<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rss version="2.0" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"><channel><title><![CDATA[Vómitos Mentales]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[Un rincón de A Coruña, repleto de lluvia, niebla y algo de sol.]]></description><language><![CDATA[ES]]></language><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><item><title><![CDATA[Lalo]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_26.htm]]></link><description><![CDATA[Miró a lo alto y lanzó una espasmódica carcajada al infinito. Agitado y tembloroso, se perdió en un vaivén de movimientos inciertos e inseguros. En medio de aquella danza histérica llevó una mano a la cabeza y se tiró del estropajo. Con la otra, después de un generalizado repaso, rascó sus partes desde el bolsillo. Palmeó la camisa de franela y el pantalón de pana amarilla, se golpeó como si los remiendos fuesen moscas. Acabó perdiéndose entre una polvareda. Convertido en una  sombra sin edad y sin rostro.<br/><br/>   Apareció unos metros más adelante girando sobre sí mismo en circunferencias irregulares. Al detenerse contempló las zapatillas desatadas, una de ellas sin cordones, y mantuvo unos instantes de quietud. Una vez más, levantó la cabeza y buscó en el vacío; otra carcajada gutural retumbó más allá de las nubes.<br/><br/>   Paseos sin destino, recorridos cortos y giros imprevistos lo acercaban y alejaban al mismo tiempo. Una rama seca de pino atrajo su atención y se agachó para recogerla. La partió en varios trozos, se quedó con uno del tamaño de una batuta y comenzó a voltearla con la habilidad de un malabarista.<br/><br/>   Había sufrido una transformación, del estado de inquietud y agitación pasó a uno de calma y coherencia. Los movimientos inseguros e impulsivos eran serenos y precisos, emanaba un sosiego impensable segundos antes. Incluso su destartalada presencia, acorde con la conducta anterior, parecía ahora un accidente.<br/><br/>   Se sentó en el suelo y, con la palma de la mano, allanó y limpió el espacio que quedaba entre sus piernas. Con la ayuda de la rama dibujó la silueta de una paloma. Avanzó arrastrándose sobre el trasero del pantalón y dibujó otra exactamente igual. Sorprendente e inesperada habilidad que repitió varias veces. Abstraído y tranquilo, se dejaba esconder por la media tarde y el ruido del palo al rozar con el suelo. Cuatro  o cinco metros más adelante se incorporó y observó unos instantes el dibujo. Al darse la vuelta y comprobar el refutado, arrojó el palo lo más alto que le permitieron sus fuerzas. Pataleó y braceó, la agitación volvió a sumirle en unos ires y venires sin sentido. Parecía encontrarse de nuevo en medio de un baile de borrachos. En esta ocasión ni siquiera lo acompañaba con las estertóreas carcajadas.<br/><br/>   No muy lejos, encontró la rama que había utilizado para dibujar. La recogió y, otra vez calmado, regresó junto al dibujo que se había salvado. Lo borró con el pie y volvió a sentarse, en esta ocasión en dirección contraria. Una a una rehizo las siluetas de palomas que había pintado, repitiendo el mismo gesto de arrastrarse sobre el trasero del pantalón. Cuando remató de dibujar la última se reincorporó y echó un vistazo a lo que dejara a sus espaldas: Igual, su rastro marcado en la tierra había borrado las palomas.<br/><br/>   Arrojó una vez más el palo lejos de sí, en esta ocasión sin perder la compostura. Sereno, levantó un poco el pie con la intención de borrar el dibujo que se había salvado, pero dudó unos instantes; el tiempo justo para cambiar de idea. Abandonó el monte, su lugar predilecto, y partió en dirección al pueblo. En silencio, se encaminó ladera abajo en busca de un alma caritativa que compartiese la cena. Callado, siempre callado, nunca le habían oído decir una palabra, nadie; ni para pedir comida. Aunque algunos afirmaban que hablar sí hablaba.<br/><br/>________________<br/>]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[Luz de Mayo]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_25.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/>Cuando el sol se cuela entre las rendijas de las persianas mal cerradas y arrastra sus haces por la habitación hasta la cama para ayudarnos a levantar, sabemos que aquella es una luz de mayo. Con el tiempo aprendemos a esperarlo mientras avanza sigiloso, encendiendo baldosa a baldosa hasta incendiarnos el lecho con el calor de primavera.<br/><br/>En el exterior aguardan multitud de aromas y colores, la brisa de la mañana y el trinar de los pájaros. Abrimos la ventana de par en par y ahí está: rojo y ardiente de vida, elevándose en busca del mediodía. Pero hasta entonces luces y sombras, despertares y legañas; es pueblo, aldea y es infancia; una experiencia o recuerdo de la niñez, de esa inocencia anterior a las resacas que nos impiden abrir los ojos a la explosión de sensaciones y claridad. Imagen que nunca cambia porque mayo siempre es mayo. Y ahí se queda, en un rincón de nuestra memoria, cada día más profundo y lejano. Permanece, somos nosotros quienes nos vamos.<br/><br/>Pasado el mediodía, al atardecer, cuando ya se vislumbra el ocaso, ante los ocres de otoño, descubrimos que son nuestras andanzas las que se repiten, todas se convierten en una; forman parte del mismo viaje. Porque cada ventana, cada lugar o pueblo son uno; las mismas gentes, edificios; alegrías y tristezas, ilusiones y desengaños… Una y única imagen fotocopiada a cada instante, parpadeo a parpadeo, hasta el fin de los tiempos.<br/><br/>Tan sólo varían luces y sombras, ese tablero de ajedrez y de apariencia que viste de extraños a los iguales. Es el sol quien se convierte en plural, el que se descompone en colores y anima a buscar en noviembre a mayo. Por eso somos viajeros y porque lo somos siempre habrá otra oportunidad, otra primavera el siguiente año.<br/>]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[Y tú gritas poeta...]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_24.htm]]></link><description><![CDATA[¡Poeta! gritas al otro lado del mar<br/>¿y tú me lo llamas desde tan lejos?<br/>Mis coplas sólo son tus deseos de amar,<br/>palabras que a tu alma sirven de espejos,<br/>despertando en ti tan dulce sextina.<br/>¿Y tú gritas poeta amiga argentina?<br/>]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[Despertares Concéntricos]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_23.htm]]></link><description><![CDATA[–Ring, ring, riiinng...<br/>–Para el despertador de una vez...<br/>–¡Boh! Qué tonto eres... Es la puerta...<br/>–Ring, ring, riiinng...<br/>–Va, va, ya vaaaa. ¿La puerta? ¿Quién será a estas horas? Vaaa... Maldita sea, es el dichoso teléfono...<br/>–¿Es qué no piensas abrir nunca?<br/>–No es la puerta mujer, es... Sííí..., dígame.<br/>–¡Hola! Muy buenos días. Le llamamos de Radio Rueda... ¿Podría usted contestarnos a una pregunta para nuestro concurso...? ¿Sabría decirnos qué hora es?<br/><br/>En la calle dos automóviles chocaron. Por fortuna, sólo aboyaron un poco el frente y el mes de sus respectivos dueños. Uno de los chóferes salió maldiciendo, con cara de pocos amigos.<br/>–¿Qué pasa...? –Contestó el otro conductor.<br/>–Un imbécil, que tiró el teléfono a la calle y me rompió el parabrisas.<br/>Un testigo involuntario, sin poder disimular la sonrisa, comentó con acento burlón.<br/>–¿No se habrá confundido de apartato?<br/><br/>–Vaya, otra llamada que se cortó. Queridos oyentes de Radio Rueda, otro participante que no ha podido responder a nuestra pregunta en el concurso Despertares Concéntricos. Otro desafortunado que ha perdido la opción de entrar en el sorteo de un magnífico reloj despertador...<br/>]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[La postal de mayo]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_22.htm]]></link><description><![CDATA[Abrí la ventana de par en par, deseaba que el día entrara de golpe en el dormitorio: el olor, los pájaros, la luz y los sueños del despertar, ahí estaban. Tan sólo una ausencia en la postal de mayo. Retrocedí hasta la cama y me senté. Esperaría, sin ella ni mayo es primavera.]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[Mi primera ciudad]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_21.htm]]></link><description><![CDATA[Mi primera ciudad, A Coruña, fue adolescente. Huía del examen intelectual y de la confesión moral que obsesivamente me cuestionaban; huía de la desilusión paterna, de la sensación de fracaso y del sentido de culpa que se me antojaban, cada vez más, una amenaza y no la ayuda que me gustaría tener. Saber, moral y amor parecían haberse confabulado con la intención de demostrarme y, lo que es peor, convencerme de mi inutilidad.<br/><br/>Aún no había cumplido los quince años, cuando subí al ferrobús dispuesto a llevarles la contraria. Nunca sería sabio, ni santo, ni siquiera el hijo deseado, pero de ahí a ser un don nadie había una diferencia que esperaba encontrar tres estaciones más allá.<br/><br/>La ilusión y los asientos del convoy, que permitían elegir el modo de viajar: de frente o de espaldas, me ayudaron a dejar el pueblo sin resentimiento. Condición que, a su vez, obligaba a ir de cara hacia lo desconocido. Más que un inconveniente, me resultó una situación aleccionadora(tenía la edad propicia) y elegí un asiento al lado de la ventanilla. Iba decidido a conquistar la ciudad de un vistazo. Por desgracia, todavía era de noche.<br/><br/>Las dos siguientes estaciones atestaron el tren de huevos, gallinas, conejos, verduras, patatas y mujeres de plaza. Tan sólo a mí parecía sorprenderme aquella huerta-corral en la que se habían convertido los pasillos. Los demás viajeros dormitaban las primeras horas del lunes como si fuesen las últimas de sus vidas.<br/><br/>Estaban de fiesta, esa fue la primera impresión que me causó la ciudad a través de los cristales. A Coruña de noche era una fiesta adornada con luces multicolores, que se encendían y apagaban caprichosamente, como si cada bombilla tuviese personalidad propia. Eché de menos la luz del día, aquella belleza cegaba más que iluminaba.<br/><br/>A treinta o cuarenta metros de la estación de San Cristóbal, cuando la máquina aminoró la marcha, el interior del ferrobús se convirtió en un gallinero. Fue como si de pronto se hubiesen atravesado los límites del inframundo: malos modos, gritos, insultos, empujones y prisa, mucha prisa. Todos querían ser los primeros en bajar. Las puertas de los vagones se achicaban ante la avalancha.<br/><br/>Esperé, era el primer día. Los atascos y las prisas no suponían más que un hecho circunstancial. Aún no había reconocido la ciudad. Fui de los últimos en abandonar el tren, me apeé con cuidado para no perder el equilibrio. No sé si por el efecto óptico que producía el movimiento del tren a través de la ventanilla o porque la gente avanzaba deprisa, pero el andén parecía moverse bajo sus pies. Seguí al grupo a cierta distancia, necesitaba familiarizarme con la situación.<br/><br/>A la altura de la máquina, cuando vi las toperas de las vías, me desinfle. Nunca había imaginado que las líneas paralelas pudieran tener fin. Estaba acostumbrado a ver como discurrían a través de los campos hasta que se perdían de vista. No pude evitar el desencanto, tan sólo había caminado veinte o treinta pasos y la sensación de que San Cristóbal se iba a convertir en epílogo me resultaba decepcionante, además de contradictoria.<br/><br/>Habría continuación, todo fin contiene en esencia un principio, pero no el de un adolescente recién llegado. Más allá de aquel final de vías también era ciudad: un conjunto o bloque de cemento que se elevaba muy por encima de mi capacidad de comprensión. Un resultado frío y distante, agrietado por unas hendiduras que caían verticales hasta el suelo, dónde se convertían en calles y éstas, a su vez, en un laberinto sin salida.<br/><br/>Aquel mismo día, desde un andamio elevado a nueve pisos de altura, vi por primera vez el mar. Se mecía colgado de una línea horizontal que lo separaba del azul infinito. Una perfección conmovedora, su sencillez se me impuso a la complejidad urbana.<br/><br/>Pero la inmensidad no sólo se mostraba simple, también inalcanzable. Aquella línea tenía forma de sueño, por eso en los edificios se abrían tantas ventanas. En cambio, el caos y desorden me resultaban próximos y familiares. La ciudad de tierra firme se parecía a las estanterías de mi habitación. Pronto comencé a sentirme como en casa, nadie puede ir más allá de su horizonte. A Coruña continuaría creciendo, el día menos pensado dejaría de ser adolescente.<br/>]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[Retrato]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_20.htm]]></link><description><![CDATA[Retrato<br/><br/>Coincidimos en la feria, en esa feria de calvos que venden crecepelo (porque la vida es eso ¿no?). Parecía desorientada y perdida entre tanta peineta inútil. ¡Cómo estás!, pensé. ¿Qué tal?, le dije. Algo contestó, seguro, pero a mí los sentidos tan sólo funcionan de uno en uno. Sus palabras sonaban espontáneas y alegres, sin censura a pesar de que yo estaba iniciando el viaje a lo más profundo de su sonrisa. Era su expresión, aquel malicioso entornar de ojos quien me advertía: ¡qué te estoy viendo!. ¡Irresistible!. Sí, tremendamente y, además, de un modo natural. Demasiado límpida aquella mirada color verde mar para una realidad empecinada consigo misma.<br/><br/>Sorpresa y desconcierto, las dos sensaciones se aunaban; hoy ya no cabe el embrujo sin costa. Mi interés, al principio simple, tan sólo prestaba atención al disfrute de contemplarla. Pero cuanto más la miraba, más me incitaba a pensar. Ante su imagen ningún tópico se mantenía en pie. La muy condenada, era rubia e inteligente; emanaba sexualidad suficiente para soñar toda una vida, al tiempo que, con palabras muy despiertas, te ayudaba a mantener los pies en la tierra. Su cuerpo era de mujer y no de la adolescente impúber que establecen los cánones estéticos. En su interior, la niña noble y generosa; predispuesta a soñar e ilusionarse.<br/><br/>Al deseo se llega con facilidad, es hambre y ella, la mujer, puro alimento. Lo sabía, ¡claro!. Como también sabía que el placer es un fin en sí mismo. Algunas cosas no es necesario decirlas. Para la existencia posterior a la satisfacción estaba esa niña que supo cuidar más allá de la adolescencia. Sobrada de imaginación y ternura.<br/><br/>No es fácil intentar ser niño. Todo va demasiado deprisa, se levanta uno deprisa, trabaja deprisa, se divierte deprisa y, lo que es peor, ama aún más deprisa. La falta de tiempo nos impide alcanzar, incluso, las cosas pequeñas. A nadie, en su sano juicio, se le ocurre aspirar a lo imposible cuando lo posible ahoga. Se necesita imaginación, ganas de soñar y sobre todo: estar loco. Para los niños, aunque no se atreven a decirlo, los mayores somos locos. Por eso ninguno quiere continuar más allá de la adolescencia. Y si alguno decide acompañar a la persona en su madurez, esa persona, tarde o temprano, será amada sin prisas, como sólo sabe amar la posteridad; con la admiración y respeto que unos pocos alcanzan.<br/><br/>El cómo carece de importancia, sea a través de las palabras, del objetivo de una cámara o de una sonrisa cómplice, la búsqueda siempre será la más hermosa de las locuras.<br/><br/>A esa niña dulce, apasionada por las imágenes entrañables, con cariño y admiración.<br/>]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[Partiste hacia el ocaso]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_19.htm]]></link><description><![CDATA[Querida:<br/>Como sabes, frente a la ventana de la habitación, separada tan sólo por el jardín, está la carretera. Esa por la que un día te fuiste a buscar la vida que no encontrabas aquí. Partiste hacia el ocaso, o eso me pareció a mí; camino de la ciudad, ibas detrás del sol del atardecer como el que va detrás de un espejismo. Todavía recuerdo tu silueta, con la mano levantada en señal de autostop, alejándose y empequeñeciendo hasta convertirse en un punto negro. No he vuelto a saber de ti. Espero que hayas encontrado las razones que añorabas cada día al levantarte. Al principio intenté tranquilizarte ¿recuerdas? Te decía que había que tener un poco de paciencia, si aquí el sol tarda más en salir es por culpa de las montañas, pero nunca faltó a la cita. No, ni a pesar de tú ausencia. Pero te angustiaba el monte, temías que se te cayera encima en el momento menos pensado. Por eso no insistí para que te quedaras, por eso, y porque no sabía muy bien si realmente era sólo la montaña o también te asustaba no poder ver nacer el día con la antelación suficiente. Que el sol nos sorprenda cuando ya está en lo alto y pase por encima de nuestras cabezas sin darnos tiempo a pensar, puede infundir miedo. Lo sé. Miedo a quedarse atrapado en el pasado, a que se vaya el aliento antes de respirarlo; miedo a que la última oportunidad se nos escape de las manos. Podría decirte que sólo se trataba de un sentimiento engañoso, que la idea de un final imprevisto es falsa; podría decirte que cada amanecer es un nuevo nacimiento ¿Pero de qué serviría si se te iba el alma detrás de cada puesta de sol? Pudiendo elegir revivir con el alba decidiste marchar con el ocaso. Era tu decisión y no había vuelta atrás. No, no creo que regreses por el oeste, para ti sería rendirse y resignarse a lo que te ha puesto en marcha; algo así como enterrarse en vida. En eso coincidimos, para saber cuando uno está muerto no hace falta certificado médico, basta con haber perdido la ilusión. Estoy convencido de que no dejarás de caminar detrás del sol mientras existan montañas que te asusten. Tendrás que atravesarlas para vencer el miedo y eso será como regresar al punto de partida. Pero habrá que esperar, antes deberás recorrer el mundo, dar una vuelta completa, convencerte de que el sol de la aurora es el mismo que el del ocaso. Cuando ese momento llegue, estaré aquí, esperándote, contemplando como desciendes victoriosa las montañas de levante.<br/>Tuyo.<br/>P.D. Esta carta es ausencia, como otras muchas.<br/>]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[... así, libre, como una flor salvaje]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_18.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>He oído hablar de amor. Lo vi escrito en letras mayúsculas, describirlo como un sentimiento eterno, como una fuerza inmensa; mostrarle respeto, desearlo, adorarlo, temerlo; también rezarle, en su nombre se han levantado templos y llenado cementerios. He oído hablar tanto de amor que me cuesta imaginarlo. A veces, la idea de un cajón desastre al que van a parar esos trastos complicados, difíciles de comprender, me resulta simpática, me hace sonreír. Pero no me gusta llamarlo de ese modo, suena a botiquín de primeros auxilios. Tampoco soy capaz de expresarme a través de un dios tan poderoso, me cohíbe. Prefiero guardar silencio y contemplarte; así, libre, como una flor salvaje.]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item><item><title><![CDATA[¡Alto!]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amontonaletras/c_17.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>¿Qué me está pasando? ¿Qué estoy haciendo? Se acabó ¡alto! no quiero volver a enamorarme. No, ni ser criado de nadie ¡Nunca más la esclavitud! ¡Nunca! Basta de inclinarme ante una sonrisa, basta ya de claudicar ante una mirada, basta de mendigar cariño ¡Ya está bien! no más miseria ¡Basta!<br/>Allí donde el fuego tiene dueño, se cobra por el calor. Si he de arder en la hoguera, también yo cobraré por ello. Leño por leño y brasa por brasa o no hay trato. Amor con amor se paga.<br/>]]></description><author><![CDATA[XoseAntón]]></author></item></channel></rss>
