Un abecedario sin letras
Sí, sé que llevo un cacao de letras alucinante... voy de la D. a la J. pasando algunas veces por la G. Así que voy a intentar hacer una breve descripción de cada uno, destacando lo que más me gusta de ellos (a ver si con un poco de suerte un día se fusionan...)
D.
De él he hablado mucho, lo sé. Y soy consciente que quizá lo que más me guste sea ese “ahora sí, ahora no” tan propio de él. Es arrogante, creído, y sabe qué decir para dejarme totalmente a sus pies... no sé, será por eso que dicen que a las mujeres nos gusta que no nos hagan caso, porque a mí me encanta.
G.
Mágico. Sí, también he hablado de él y creo que el adjetivo que más le pega es el de “mágico”. Aunque claro, siempre he dicho que, físicamente, es mi tipo ideal: delgadito, alto, pelo largo y liso, inteligente, divertido... vamos, que es difícil resistirse a su encanto.
J.
Me saca diez años. Sí, parece alarmante, pero no puedo evitar sentirme atraída por chicos mucho mayores que yo, me es totalmente imposible fijarme en chicos de mi edad.
Él es el chico más educado que conozco, y siempre me ha encantado su sonrisa. Es atento, dulce, como uno de esos principitos de cuentos de hadas. Y sé que le encanta seducirme... con sus miraditas y sus caricias. Me encanta.
Supongo que ahora es más fácil entender por qué llevo un descontrol tan grande con mis sentimientos. No siento amor, pero por cada uno siento algo distinto, que hace que me olvide de los demás cuando no están.
Así que, o empiezo a ser menos impresionable o me pongo a borrar el abecedario de principio a fin!
D.
De él he hablado mucho, lo sé. Y soy consciente que quizá lo que más me guste sea ese “ahora sí, ahora no” tan propio de él. Es arrogante, creído, y sabe qué decir para dejarme totalmente a sus pies... no sé, será por eso que dicen que a las mujeres nos gusta que no nos hagan caso, porque a mí me encanta.
G.
Mágico. Sí, también he hablado de él y creo que el adjetivo que más le pega es el de “mágico”. Aunque claro, siempre he dicho que, físicamente, es mi tipo ideal: delgadito, alto, pelo largo y liso, inteligente, divertido... vamos, que es difícil resistirse a su encanto.
J.
Me saca diez años. Sí, parece alarmante, pero no puedo evitar sentirme atraída por chicos mucho mayores que yo, me es totalmente imposible fijarme en chicos de mi edad.
Él es el chico más educado que conozco, y siempre me ha encantado su sonrisa. Es atento, dulce, como uno de esos principitos de cuentos de hadas. Y sé que le encanta seducirme... con sus miraditas y sus caricias. Me encanta.
Supongo que ahora es más fácil entender por qué llevo un descontrol tan grande con mis sentimientos. No siento amor, pero por cada uno siento algo distinto, que hace que me olvide de los demás cuando no están.
Así que, o empiezo a ser menos impresionable o me pongo a borrar el abecedario de principio a fin!
Me agota
Quisiera yo no tener que temblar... y no mirarte, y no hablarte... ni siquiera verte.
Quisiera no tener que temblar nunca más.
Me agota intentar creer que no me importas tanto como creo, como crees. Me agota sentir que nunca seré suficiente, que jamás me mirarás de una forma especial.
Por no ser capaz, no soy capaz ni de rendirme ante esta estúpida situación.
Me siento como un gato invisible. Un gato que elige su camino, que va por dónde quiere, pero que siempre vuelve a ti. Un estúpido gato al que no miras, al que no le haces caso, pero te encanta que esté allí.
Un gato que no es capaz de escapar.
Y quisiera saber qué hacer para poder mirarte sin ahogarme, para poder pasar por tu lado sin tensar ni un solo músculo.
Me cansa el no, el empezar a huir y sentirme, de repente, más atrapada que nunca. Porque siempre caigo en la misma red.
Borraré la D del abecedario, y así no recordaré nunca más tu nombre.
Odio la forma en que me hablas... porque sabes que eso me retendrá el tiempo que tú quieras. Detesto sentirme arrastrada.
Quisiera no tener que temblar nunca más.
Me agota intentar creer que no me importas tanto como creo, como crees. Me agota sentir que nunca seré suficiente, que jamás me mirarás de una forma especial.
Por no ser capaz, no soy capaz ni de rendirme ante esta estúpida situación.
Me siento como un gato invisible. Un gato que elige su camino, que va por dónde quiere, pero que siempre vuelve a ti. Un estúpido gato al que no miras, al que no le haces caso, pero te encanta que esté allí.
Un gato que no es capaz de escapar.
Y quisiera saber qué hacer para poder mirarte sin ahogarme, para poder pasar por tu lado sin tensar ni un solo músculo.
Me cansa el no, el empezar a huir y sentirme, de repente, más atrapada que nunca. Porque siempre caigo en la misma red.
Borraré la D del abecedario, y así no recordaré nunca más tu nombre.
Odio la forma en que me hablas... porque sabes que eso me retendrá el tiempo que tú quieras. Detesto sentirme arrastrada.
Primera parte.
Cuando me desperté vi el morro húmedo y sediento de Damm, mi mejor amigo, dicen. Conseguí despegar mi cabeza de la almohada y busqué el mando de la televisión entre las sábanas. Tenía una, bueno, tenía muchas malas costumbres, y una de ellas era dormirme mientras un hombre inglés intentaba venderme –en castellano- un cuchillo que lo corta todo, un aparato que te quita grasa de cualquier parte del cuerpo, o un colchón súper bueno para la espalda con un montón de cosas de regalo.
Al fin pude divisar el mando de la tele, entre la mancha de café y la de mantequilla, apagué la tele y bajé los pies de la cama. Busqué desesperadamente mis dos zapatillas. Encontré una, la del pie derecho. Para encontrar la otra me vi obligado a bucear entre los ácaros de debajo de mi cama. Entretanto, Damm procuraba que no se me congelara el pie izquierdo a base de lametazos.
Ya con mis dos zapatillas, me puse la bata de asilo que tenía colgada detrás de la puerta y, como cada mañana, fui directo al cuarto de baño. Pase por delante del espejo sin mirar, ¿quién tiene el valor para mirarse la cara cuando acaba de levantarse? des de luego, ése no era yo. Así que fui directamente hacia el váter.
Después de pasarme unos treinta segundos intentando inútilmente sentarme sin que la helada taza del váter entrara en contacto con mi piel, hice un gran acto de valentía, y me senté.
Al fin pude divisar el mando de la tele, entre la mancha de café y la de mantequilla, apagué la tele y bajé los pies de la cama. Busqué desesperadamente mis dos zapatillas. Encontré una, la del pie derecho. Para encontrar la otra me vi obligado a bucear entre los ácaros de debajo de mi cama. Entretanto, Damm procuraba que no se me congelara el pie izquierdo a base de lametazos.
Ya con mis dos zapatillas, me puse la bata de asilo que tenía colgada detrás de la puerta y, como cada mañana, fui directo al cuarto de baño. Pase por delante del espejo sin mirar, ¿quién tiene el valor para mirarse la cara cuando acaba de levantarse? des de luego, ése no era yo. Así que fui directamente hacia el váter.
Después de pasarme unos treinta segundos intentando inútilmente sentarme sin que la helada taza del váter entrara en contacto con mi piel, hice un gran acto de valentía, y me senté.





