MALA ACTITUD.
Inspirado en un comentario propio que dejé en el espacio de la bitácora de uno de mis enlaces, se me ocurre pensar que es verdad que todos tenemos alguna vez que acudir a eventos y actos sociales de los cuales preferiríamos no hacer acto de presencia.
Ya sea por razones laborales de tu cónyuge que tiene un trabajo importante y de nivel, ya sea porque algún familiar o amigo de toda la vida trabaja en la política y has de estar presente. En cualquier caso, a veces nos vemos abocados a representar un papel en algún momento dado de nuestra vida, o en más de uno.
Hay varias formas de eludir compromisos; como por ejemplo fingir mal estar o enfermedad, pero no es un remedio definitivo, no obstante, sí existen ciertas tácticas para crear el rechazo total, aplastante e infinito de tu persona en cualquier evento social o público venidero si tienes la osadía de ponerlas en práctica.
Todo evento social, y por consiguiente, casposo, empieza por las presentaciones. El aburrimiento y el tedio empiezan a adueñarse de ti a una hora muy temprana, incluso antes de que llegues al sitio, y, una de dos: o aguantas con resignación hasta que acabe o pones en funcionamiento las técnicas para que jamás te vuelvan a citar a tales encuentros.
Cuando el anfitrión, con sonrisa de burgués, se acerque a ti para saludarte, chocarte la mano, o besarte, ya sea alcalde, político, juez, inspector de policía, etc., deberás corresponderle con un potente y huracanado estornudo en plena cara, a poder ser, acompañado de abundante mucosidad.
Ya eres a partir de ahí, objeto de cotilleos y de miradas. Después de las presentaciones cutres y vergonzantes, siempre con la sonrisa dibujada en la jeta, llega la hora del aperitivo. Ahí no hay ningún secreto, come de la manera más guarra posible y en cada plato que veas que sólo queda una sola pieza para comer (la de la vergüenza se suele llamar) como que tú, vergüenza no tienes, o al contrario, eres el que más tiene porque nunca la gastas, te la comes con desespero, que se note que vas con agonía.
Después llegará la comida, cuando a alguien se le ocurra decir que aproveche, como mandan los buenos modales y la educación, tú te tiras un pedo, a poder ser, que sea maloliente antes que sonoro, de aquellos que hacen tanto pestazo que hacen que la cara más pétrea se arrugue en un rictus de asco evidente. No digas, obviamente, que has sido tú, ponte a hurgarte la nariz como si no fuera nada contigo.
Ahora ya eres víctima de miradas de odio florido, y ya toda la chusma allí reunida están maldiciendo el día que tú te cruzaste en sus vidas de manera tan repulsiva. Si resulta que los allí presentes son más duros de lo que pensabas y no te invitan a irte, te levantas y pides perdón sincero mientras te suenas con un pañuelo lleno de roña y detritus, a poder ser acartonado, roído y descosido por las puntas, así causa un efecto más impactante.
Increíblemente, si aceptan tus disculpas, pero deseas irte porque la desazón y el hastío están acabando con tu cordura, realiza un sonoro y prolongado eructo acompañado de un enérgico vómito que has de repartir como buen samaritano entre todas las caras de estupefacción de los comensales.
Indudablemente, no te pedirán amablemente que te vayas, pues los que reaccionen más pronto ante tales actos incorrectos de barbarie gastronómica tratarán de lincharte, apalizarte y romper todos y cada uno de tus miembros.
Una vez hayas escapado, te convertirás en una leyenda urbana, jamás volverán a invitarte a un evento social o público, aunque seas la mujer o marido de una persona que ostenta un importante puesto en la maquinaria de estado.
Las consecuencias colaterales y sentimentales derivadas de tan canallesca actitud van a cuenta tuya, pero ya te digo que serás rechazado por la mayoría de tu familia que se sentirá tremendamente defraudada. Dejarás de ser el nieto preferido de los abuelos, y éstos, sólo desearán enderezar tu comportamiento hijoputa a golpe de "gallao".
Ni qué decir tiene que tendrás que mudarte a otro pueblo o ciudad, pero podrás gozar de plena libertad, y aunque rechazado por todas las personas civilizadas y educadas que formaron parte de tu vida, nunca más tendrás que representar un papel.
No te querrán ver ni en los mangos de los paraguas.
Ya sea por razones laborales de tu cónyuge que tiene un trabajo importante y de nivel, ya sea porque algún familiar o amigo de toda la vida trabaja en la política y has de estar presente. En cualquier caso, a veces nos vemos abocados a representar un papel en algún momento dado de nuestra vida, o en más de uno.
Hay varias formas de eludir compromisos; como por ejemplo fingir mal estar o enfermedad, pero no es un remedio definitivo, no obstante, sí existen ciertas tácticas para crear el rechazo total, aplastante e infinito de tu persona en cualquier evento social o público venidero si tienes la osadía de ponerlas en práctica.
Todo evento social, y por consiguiente, casposo, empieza por las presentaciones. El aburrimiento y el tedio empiezan a adueñarse de ti a una hora muy temprana, incluso antes de que llegues al sitio, y, una de dos: o aguantas con resignación hasta que acabe o pones en funcionamiento las técnicas para que jamás te vuelvan a citar a tales encuentros.
Cuando el anfitrión, con sonrisa de burgués, se acerque a ti para saludarte, chocarte la mano, o besarte, ya sea alcalde, político, juez, inspector de policía, etc., deberás corresponderle con un potente y huracanado estornudo en plena cara, a poder ser, acompañado de abundante mucosidad.
Ya eres a partir de ahí, objeto de cotilleos y de miradas. Después de las presentaciones cutres y vergonzantes, siempre con la sonrisa dibujada en la jeta, llega la hora del aperitivo. Ahí no hay ningún secreto, come de la manera más guarra posible y en cada plato que veas que sólo queda una sola pieza para comer (la de la vergüenza se suele llamar) como que tú, vergüenza no tienes, o al contrario, eres el que más tiene porque nunca la gastas, te la comes con desespero, que se note que vas con agonía.
Después llegará la comida, cuando a alguien se le ocurra decir que aproveche, como mandan los buenos modales y la educación, tú te tiras un pedo, a poder ser, que sea maloliente antes que sonoro, de aquellos que hacen tanto pestazo que hacen que la cara más pétrea se arrugue en un rictus de asco evidente. No digas, obviamente, que has sido tú, ponte a hurgarte la nariz como si no fuera nada contigo.
Ahora ya eres víctima de miradas de odio florido, y ya toda la chusma allí reunida están maldiciendo el día que tú te cruzaste en sus vidas de manera tan repulsiva. Si resulta que los allí presentes son más duros de lo que pensabas y no te invitan a irte, te levantas y pides perdón sincero mientras te suenas con un pañuelo lleno de roña y detritus, a poder ser acartonado, roído y descosido por las puntas, así causa un efecto más impactante.
Increíblemente, si aceptan tus disculpas, pero deseas irte porque la desazón y el hastío están acabando con tu cordura, realiza un sonoro y prolongado eructo acompañado de un enérgico vómito que has de repartir como buen samaritano entre todas las caras de estupefacción de los comensales.
Indudablemente, no te pedirán amablemente que te vayas, pues los que reaccionen más pronto ante tales actos incorrectos de barbarie gastronómica tratarán de lincharte, apalizarte y romper todos y cada uno de tus miembros.
Una vez hayas escapado, te convertirás en una leyenda urbana, jamás volverán a invitarte a un evento social o público, aunque seas la mujer o marido de una persona que ostenta un importante puesto en la maquinaria de estado.
Las consecuencias colaterales y sentimentales derivadas de tan canallesca actitud van a cuenta tuya, pero ya te digo que serás rechazado por la mayoría de tu familia que se sentirá tremendamente defraudada. Dejarás de ser el nieto preferido de los abuelos, y éstos, sólo desearán enderezar tu comportamiento hijoputa a golpe de "gallao".
Ni qué decir tiene que tendrás que mudarte a otro pueblo o ciudad, pero podrás gozar de plena libertad, y aunque rechazado por todas las personas civilizadas y educadas que formaron parte de tu vida, nunca más tendrás que representar un papel.
No te querrán ver ni en los mangos de los paraguas.