VIERNES NOCHE.
Hace un buen puñado de años de esto. Aquel chaval -PunKo lo llamábamos- pidió un quinto de cerveza. Éramos diez, y a esas alturas de la noche, a más de uno se le trababa la lengua y veía a la virgen vestida de cuero y cantando canciones sobre el infierno.
A Punko, - como al resto de la cuadrilla-, gustaba de salir los fines de semana a antros poco iluminados donde ponían la música muy alta. Bebíamos mucho, hablábamos y fumábamos porros. Todos los garitos a los que íbamos a dejarnos el dinero eran cutres y sus luces parpadeaban. Una vez -y creo que no lo imaginé- una mujer mayor que nosotros, se desplomó de repente estrellando sus narices contra el suelo y no supimos qué coño hacer.
Aquella noche, el bareto estaba abarrotado de norte a sur. El que más, pidió una jarra de medio y el que menos pidió una mediana; Punko -aún no se sabe porqué, y como ya he mencionado- pidió un quinto.
El que servía -al que apodábamos gamba- probablemente iba más ebrio que el resto de la clientela y, haciéndose oír con suprema claridad por encima de los acordes brutales de la música que vomitaban los altavoces, exclamó: ¿un quinto? ¡ Aquí ni quintos ni mierdas! ¡AQUÍ SE SIRVE BEBIDA PARA HOMBRES!
A más de uno se le atragantó el trago que en ese momento daba. Punko dijo: puta mierda, pues ponme un litro.
Nosotros y Punko, gustábamos de beber cerveza de viernes a viernes, y aquella noche deglutió unos tres o cuatro litros. Puesto que no tenía costumbre, el bueno de Punko pilló una cogorza descomunal. De aquellas que llaman de órdago.
A Punko, - como al resto de la cuadrilla-, gustaba de salir los fines de semana a antros poco iluminados donde ponían la música muy alta. Bebíamos mucho, hablábamos y fumábamos porros. Todos los garitos a los que íbamos a dejarnos el dinero eran cutres y sus luces parpadeaban. Una vez -y creo que no lo imaginé- una mujer mayor que nosotros, se desplomó de repente estrellando sus narices contra el suelo y no supimos qué coño hacer.
Aquella noche, el bareto estaba abarrotado de norte a sur. El que más, pidió una jarra de medio y el que menos pidió una mediana; Punko -aún no se sabe porqué, y como ya he mencionado- pidió un quinto.
El que servía -al que apodábamos gamba- probablemente iba más ebrio que el resto de la clientela y, haciéndose oír con suprema claridad por encima de los acordes brutales de la música que vomitaban los altavoces, exclamó: ¿un quinto? ¡ Aquí ni quintos ni mierdas! ¡AQUÍ SE SIRVE BEBIDA PARA HOMBRES!
A más de uno se le atragantó el trago que en ese momento daba. Punko dijo: puta mierda, pues ponme un litro.
Nosotros y Punko, gustábamos de beber cerveza de viernes a viernes, y aquella noche deglutió unos tres o cuatro litros. Puesto que no tenía costumbre, el bueno de Punko pilló una cogorza descomunal. De aquellas que llaman de órdago.