Ike: Un cuento de historia antigua para Verónica
Paquita Armas Fonseca
Fotos: Juvenal Balán
La pequeña Verónica de once meses, aún no entiende por qué no puede ver los muñecos que la entretienen mientras el sueño cierra sus ojos. La caja electrónica por donde disfruta de las canciones de Liuba María y de Teresita se ve negra, sin luz, sin imágenes, sin ruido. La puerta de su casa está constantemente abierta y ella intenta jugar con su vecina, pero el calor la molesta y la bañan, para al poco rato volver a sudar. Ve, sentada en el sillón, a Rita, con la que conversa su abuela. No sabe por qué está ahí si vive 16 pisos más arriba. Tampoco comprende por qué permanecen cerradas las ventanas de los pasillos, el ascensor no funciona y hay un derroche de oscuridad en un edificio nuevo, bastante seguro, pero que ante vientos y lluvias intensos puede tener también problemas.

Las Posas, Bahía Honda, Pinar del Rio.
Verónica algún día sabrá que antes de cumplir su primer año vivió la cercanía de tres organismos ciclónicos Fay, Gustav y Ike, los últimos dos con fuerza descomunal y que dañaron la Isla, su isla, donde nació ella, también sus padres, abuelos y toda una parentela acostumbrada a los embates del huracán, como lo estuvieron los indios que pusieron nombre a esas tormentas y se guarecían en cuevas fabricadas por la naturaleza.
Así la pequeñita ahora no entenderá por qué sus conocidos dirán constantemente que pobres los pinareños, gibareños, camagüeyanos, tuneros y banenses entre tantos afectados directamente por la furia de los vientos y el desplome del cielo en agua sobre la tierra. Verá con gracia cómo todos se reúnen alrededor de un radiecito de pila para escuchar las noticias o la novela. Se dormirá un poco extrañada en una sala que no es la de su casa, pero en la que entra un hilillo de aire fresco.

Las Posas, Bahía Honda, Pinar del Rio.
Cuando sea una muchacha comprenderá por qué su mamá daba paseítos con ella de un lado al otro y miraba con temor las ventanas de cristal que aullaban como lobas en celo. Y será ella, heredera de hábitos sociales, la que colará un “buchito” de café para todos, y brindará un poco de agua fría, o de arroz con calamares, o de un cocimiento de tilo.
Porque la solidaridad les viene a Verónica y a todos los nacidos en la isla caribeña desde sus ancestros, no importa cuáles sean las circunstancias en las que vivan.
Solo ese sentimiento, cultivado además por 50 años de Revolución, explica el desprendimiento de miles de ciudadanos que a lo largo del país han acogido y acogen a otros con viviendas con problemas constructivos.
En Cuba durante el paso de Ike se evacuaron dos millones 615 mil 794 de personas de las que solo 398 mil 248 fueron para albergues, el resto se resguardó en casas de familiares y amigos.
Brindar su casa, su cama, su butaca y su comida a otros en apuro, es lo que permite que miles de seres humanos con problemas habitacionales encuentren un refugio conocido, lleno de amor y buenos sentimientos. Y no solo se preservan las vidas, sino sus propiedades como en cinco casas de Banes, uno de los municipios más afectados por Ike, donde se protegen equipos de numerosos vecinos. Por ejemplo, en el hogar de Raúl Silva se salvaguardan 24 televisores.
Las muestras a lo largo de la isla son muchas: mujeres jubiladas atravesando caminos llenos de agua para dar aliento a familias sin comunicación, jóvenes reclutas trasladando bajo lluvia y fuertes vientos a personas que decidieron albergarse cuando ya la furia del huracán se sentía o artistas comandados por Kcho, durmiendo en el suelo, cantándoles o haciendo reír a los pineros para alimentarles el espíritu.
Verónica algún día escuchará los cuentos de Ike como si fueran de historia antigua. Ella tendrá otros motivos para ejercer y recibir la solidaridad, ojalá que no sean huracanes. Porque además de la vida, lo más importante que se puede y debe preservar en Cuba, es esa energía tan singular de compartir desde un buchito de café hasta el techo.
Fotos: Juvenal Balán
La pequeña Verónica de once meses, aún no entiende por qué no puede ver los muñecos que la entretienen mientras el sueño cierra sus ojos. La caja electrónica por donde disfruta de las canciones de Liuba María y de Teresita se ve negra, sin luz, sin imágenes, sin ruido. La puerta de su casa está constantemente abierta y ella intenta jugar con su vecina, pero el calor la molesta y la bañan, para al poco rato volver a sudar. Ve, sentada en el sillón, a Rita, con la que conversa su abuela. No sabe por qué está ahí si vive 16 pisos más arriba. Tampoco comprende por qué permanecen cerradas las ventanas de los pasillos, el ascensor no funciona y hay un derroche de oscuridad en un edificio nuevo, bastante seguro, pero que ante vientos y lluvias intensos puede tener también problemas.

Las Posas, Bahía Honda, Pinar del Rio.
Verónica algún día sabrá que antes de cumplir su primer año vivió la cercanía de tres organismos ciclónicos Fay, Gustav y Ike, los últimos dos con fuerza descomunal y que dañaron la Isla, su isla, donde nació ella, también sus padres, abuelos y toda una parentela acostumbrada a los embates del huracán, como lo estuvieron los indios que pusieron nombre a esas tormentas y se guarecían en cuevas fabricadas por la naturaleza.
Así la pequeñita ahora no entenderá por qué sus conocidos dirán constantemente que pobres los pinareños, gibareños, camagüeyanos, tuneros y banenses entre tantos afectados directamente por la furia de los vientos y el desplome del cielo en agua sobre la tierra. Verá con gracia cómo todos se reúnen alrededor de un radiecito de pila para escuchar las noticias o la novela. Se dormirá un poco extrañada en una sala que no es la de su casa, pero en la que entra un hilillo de aire fresco.

Las Posas, Bahía Honda, Pinar del Rio.
Cuando sea una muchacha comprenderá por qué su mamá daba paseítos con ella de un lado al otro y miraba con temor las ventanas de cristal que aullaban como lobas en celo. Y será ella, heredera de hábitos sociales, la que colará un “buchito” de café para todos, y brindará un poco de agua fría, o de arroz con calamares, o de un cocimiento de tilo.
Porque la solidaridad les viene a Verónica y a todos los nacidos en la isla caribeña desde sus ancestros, no importa cuáles sean las circunstancias en las que vivan.
Solo ese sentimiento, cultivado además por 50 años de Revolución, explica el desprendimiento de miles de ciudadanos que a lo largo del país han acogido y acogen a otros con viviendas con problemas constructivos.
En Cuba durante el paso de Ike se evacuaron dos millones 615 mil 794 de personas de las que solo 398 mil 248 fueron para albergues, el resto se resguardó en casas de familiares y amigos.
Brindar su casa, su cama, su butaca y su comida a otros en apuro, es lo que permite que miles de seres humanos con problemas habitacionales encuentren un refugio conocido, lleno de amor y buenos sentimientos. Y no solo se preservan las vidas, sino sus propiedades como en cinco casas de Banes, uno de los municipios más afectados por Ike, donde se protegen equipos de numerosos vecinos. Por ejemplo, en el hogar de Raúl Silva se salvaguardan 24 televisores.
Las muestras a lo largo de la isla son muchas: mujeres jubiladas atravesando caminos llenos de agua para dar aliento a familias sin comunicación, jóvenes reclutas trasladando bajo lluvia y fuertes vientos a personas que decidieron albergarse cuando ya la furia del huracán se sentía o artistas comandados por Kcho, durmiendo en el suelo, cantándoles o haciendo reír a los pineros para alimentarles el espíritu.
Verónica algún día escuchará los cuentos de Ike como si fueran de historia antigua. Ella tendrá otros motivos para ejercer y recibir la solidaridad, ojalá que no sean huracanes. Porque además de la vida, lo más importante que se puede y debe preservar en Cuba, es esa energía tan singular de compartir desde un buchito de café hasta el techo.





