7 ideas sobre política, democracia y construcción del sujeto revolucionario a principios de siglo

Joan Tafalla
(Intervención en el Convenio de la Rete dei Comunisti, del 24 de septiembre en Roma sobre Hegemonía y política en la época del conflicto de clase global”)
1.- Comunismo en el siglo XXI.
Parto de la hipótesis (podéis llamarlo deseo, si queréis) de que en el siglo XXI el comunismo será de nuevo un gran movimiento social de masas de carácter planetario. De que volverá a ser el más peligroso enemigo del sistema capitalista. De que saldrá el carácter marginal en que se ha sumido (con excepciones de mérito) tras los grandes cambios del escenario político y social mundial experimentados desde mediados de los años setenta.
1989 fue solo una epifenómeno de esos grandes cambios. Fue la expresión concreta de un proceso mucho más profundo y complejo: los cambios en las formas de la producción producidos por la oleada mundial de la lucha de clases de los años sesenta-setenta, acabaron en una derrota del movimiento obrero en occidente, y modificaron profundamente su composición de clase, y mostraron las limitaciones del socialismo burocratizado del este para competir con el capitalismo.
Para hacer realidad la hipótesis y/o deseo expresado más arriba, no es suficiente la voluntad de los comunistas que aún permanecemos organizados en diversas y dispersas organizaciones que parecen los restos del naufragio de una formidable flota que antaño fuera el terror de los mares. Para hacer realidad esa hipótesis, la nostalgia de los viejos y buenos tiempos es un estorbo.
Para hacer realidad esa hipótesis es preciso acertar en el diagnóstico de lo acontecido y trabajar con arreglo al principio de realidad. Para hacer realidad esa hipótesis es preciso que las condiciones objetivas (más preñadas de comunismo que nunca) se correspondan con la lenta, laboriosa, capilar, acumulación de fuerzas, interna al movimiento de clase, democrático y antiimperialista.
También para es preciso que hagamos de pontífices (en el sentido que le daba el Luckács maduro: constructores de puentes entre generaciones[1]) con el fin de poder trasladar el patrimonio de la tradición a los nuevos movimientos. Una tradición que no sólo ha sufrido una cesura intergeneracional y la más prolongada campaña anticomunista de la historia, si no que además debe ajustar cuentas con algunas experiencias del Novecientos que no han servido para afianzar el socialismo en el mundo y que, a pesar de su autoproclamada ortodoxia, eran no sólo una heterodoxia, si no, a veces una verdadera novedad absoluta respecto a las idea de Marx. Por eso es doblemente importante la tarea de construir puentes entre las actuales generaciones y la tradición democrático-revolucionaria de Marx.
En esta intervención me atendré solamente al problema de la relación entre comunismo y democracia y a la tarea de la transmisión de la tradición democrático-revolucionaria interrumpida.
2.- Comunismo y democracia.
Históricamente considerada, la reivindicación democrática es idéntica a la reivindicación del socialismo. Así lo afirmaba Engels en 1845: “La democracia de hoy día es el comunismo”[2] y Lenin en 1916:”… es imposible un socialismo victorioso que no realizase la democracia integral, del mismo modo que el proletariado no puede preparar la victoria sobre la burguesía si no desarrolla una lucha revolucionaria, amplia y consecuente, por la democracia”[3]. Por ejemplo.
En los siglos XVIII, XIX y parte del XX, para las clases dominantes, tanto para la aristocracia feudal como para la burguesía ascendente, la democracia era sinónimo de “anarquía” o de comunismo (ley agraria lo llamaban en Francia o “levellers”, o sea niveladores en Inglaterra).
En el breve periodo en el que el proletariado accedió al poder en la revolución francesa (Engels)[4], la democracia surgió como movimiento entre los sans-culottes y los jacobinos. Surgió no como forma institucional o de estado sino como movimiento de las clases trabajadoras y populares urbanas y como movimiento campesino. Ambos movimientos eran democráticos, atendiendo a su composición de clase, y eran autónomos respecto del proyecto de la burguesía de establecer un sistema económico social capitalista y un sistema político liberal-representativo. El desarrollo de la lucha de clases saldó el tema con la consolidación del capitalismo como modo de producción y de la burguesía como clase dominante. Pero ese fue un resultado concreto de la lucha de clases y no era preciso que acabase de ese modo.
De los entrañas de estos movimientos democráticos, de clase y revolucionarios autónomos con respecto de la burguesía surgió el comunismo. El hilo conductor entre Mably, Rousseau, Robespierre, Babeuf, Buonarroti, Blanqui y Marx y Engels está plenamente establecido históricamente[5].
En 1848 la conquista de la democracia era identificada por el Manifiesto Comunista como la “elevación del proletariado a clase dominante”[6]. Nada nuevo bajo el sol: Aristóteles ya lo dijo en su Política, aunque con una intención de clase opuesta a la de Marx y Engels[7]. Por otra parte el Manifiesto afirma que los comunistas forman parte del movimiento democrático[8].
La Comuna de Paris fue un intento heroico y profético para implantar una democracia proletaria. Por otra parte, fue la última aparición pública de la tradición democrática- republicana francesa. Engels caracterizó la Comuna como la “forma por fin encontrada” de la dictadura del proletariado[9]. Dictadura del proletariado que no era concebida de otro modo que como un periodo corto y excepcional para establecer la democracia o poder del proletariado.
Los soviets rusos y húngaros y los consejos obreros italianos y alemanes fueron experiencias democráticas ligadas directamente a la lucha por el socialismo en unos casos y a la construcción del mismo en el caso en que hubo victoria. No puedo detenerme en las razones de la burocratización y de la construcción de socialismos de estado férreamente centralizados y negadores de la teoría de Marx y de Lenin sobre el estado y la democracia. Un análisis que no se puede regir si se quiere contribuir al relanzamiento del comunismo.
La conclusión es simple: la lucha por la democracia es un elemento estratégico de la lucha por el socialismo. No es posible el socialismo sin democracia ni la democracia sin socialismo.
3.- Marx y Lenin y la teoría del estado.
Existe una leyenda respecto a la ausencia o pobreza de la teoría del estado y de la democracia en Marx (que, según esta concepción, habría sido un gran economista, pero un pésimo político) y en Lenin (que o bien era un “terrorista” para algunos, o bien no habría tenido tiempo para elaborar una teoría coherente sobre el tema, estando, como estaba tan absorbido por la lucha política revolucionaria). Esta leyenda, que tiene un carácter de moneda de curso legal entre los entendidos, es falsa.
Bobbio ha sido uno de los máximos defensores de esta tesis, que usó para combatir eficazmente la influencia del marxismo en Italia[10]. Contrariamente a esta tesis, se puede demostrar que hay en Marx una sólida teoría sobre la democracia y el estado. Una teoría que no sale de ningún despacho ni de la imaginación de un cerebro utópico presta a ser aplicada a la primera ocasión en cualquier circunstancia. Se trata de una teoría que entronca con la tradición democrático-republicana y que se elabora progresiva y paralelamente al desarrollo de la lucha de clases y del movimiento obrero en el que Marx intervenía activamente. Engels además tiene extensos desarrollos sobre este tema en su obra, que es menos conocida que la de Marx[11].
Por su parte, Lenin se esforzó por seguir la tradición. Y lo hizo en el marco de la propia revolución rusa de 1917. Rosa Luxemburgo no se equivocaba cuando afirmo que: “Los bolcheviques son los herederos históricos de los “levellers” ingleses y de los jacobinos franceses”. Así pues aunque algunos “leninistas” lo hayan negado, existe una sólida teoría del estado y de la democracia en Lenin. La encontramos en el “Cuaderno Azul” sobre el marxismo y el estado, (elaborado en Zürich a principios de 1917), la encontramos en “El Estado y la Revolución”, donde resume con maestría de propagandista sus estudios previos en el cuaderno Azul y la encontramos en el Lenin del Tomo 45 de sus obras completas donde reflexiona sobre el imparable proceso de burocratización de la revolución rusa y propone soluciones que, por desgracia fueron desoídas[12].
Para resumir este punto, diré que para Lenin la democracia debía ser el resultado de una alianza de masas que pusiera en movimiento a la mayoría de la sociedad, que implicaba la asunción de las metas y los fines que elabora cada sector social subalterno, en lucha por constituirse en soberano siempre que no sean contradictorios con los fines y los intereses de los demás. El grupo social o clase que asumiese la iniciativa de proponer un proyecto tal, sería el nuevo sector dirigente. A eso llamaba Lenin hegemonía. Se trataba de construir un bloque aliado de intereses comunes, que empujase a las clases subalternas a la acción política permanente y al establecimiento de un nuevo régimen o poder político popular.
Pero, ¿que os voy a contar yo, en el país de Gramsci, sobre conceptos tan queridos a Lenin como hegemonía, alianza obrero-campesina, análisis de las correlaciones de fuerzas, acumulación de fuerzas, etc. que tan bien supo utilizar el comunista sardo en la Tesis de Lyon o en la cuestión meridional?
4. - Liberalismo frente a democracia.
“Cuando hago servir una palabra- dijo Humpty Dumpty con tono despreciativo-
esta palabra significa exactamente aquello
que yo quiero que signifique, ni más ni menos”
Alicia en el país de las maravillas
La cuestión es si damos la razón a Humpty-Dumpty o no. La cuestión es si aceptamos que sea el quien marque la norma o no.
La burguesía y el capitalismo no han sido nunca democráticos. La filosofía política consustancial al mercado capitalista es el liberalismo y no la democracia. Aceptar la apropiación indebida (hurto) que la burguesía realiza del concepto democracia es nuestro pecado y nuestra penitencia. Los sistemas electorales de matriz liberal no son democráticos, si no instrumentos oligárquicos de dominación. Llamémoslos de una voz por su nombre.
Es cierto que la reivindicación del sufragio universal realizada por el movimiento obrero europeo durante el siglo XIX, que era una reivindicación revolucionaria (cuestión en la que estaban de acuerdo los obreros y los burgueses), cuando se consiguió se transformó en una instrumento para la consolidación del poder capitalista. Pero no es la primera ni la última vez que una reivindicación democrática puede ser integrada en el sistema. Ello no dice nada a favor o en contra del sufragio universal si que nos explica como acabó una batalla concreta en la eterna lucha de clases.
Pero el capitalismo desvirtuó el sufragio universal desde el mismo momento en que lo adoptó como forma de dominación política. El sistema de partidos políticos, la existencia de una clase política con intereses comunes en diversos partidos y representante orgánica de las clases dominante es una de ellas. Una clase que usurpa la representación popular y por tanto al soberanía nacional. Se trata de un sistema que habiendo surgido de la reivindicación obrera y democrática, se ha transformado en un mecanismo antidemocrático.
¿Debemos renunciar a nuestro concepto de democracia? ¡Debemos regalarle el concepto al enemigo? Desde mi punto de vista, caeríamos en una estúpida complicidad si, llevados por un reduccionismo estéril, acabásemos diciendo que Bush, Aznar, Berlusconi o Giscard d’Estaing son los demócratas y que nosotros no lo somos.
5 .- Representación frente a democracia.
“La democracia es un estado en el que el pueblo soberano,
guiado por leyes que son obra suya, hace por sí mismo
todo lo que puede hacer, y mediante
delegados todo lo que no puede hacer por sí mismo”.
Robespierre Sobre los principios de moral política, 5 de Febrero de 1794
La democracia siempre ha desconfiado de la representación. La democracia siempre ha tratado de priorizar la participación ciudadana y reducir la delegación a lo mínimo, siguiendo la tradición griega y de la republica romana. Rousseau criticó con dureza el sistema representativo inglés, por secuestrar la soberanía popular. Esta crítica del modelo representativo y liberal estuvo presente en las elaboraciones de la democracia jacobina, que supo encontrar la formula para hacer realidad en un país de 25 millones de habitantes aquello que el propio Rousseau pensaba que solo se podía hacer en un marco reducido: por ejemplo una polis griega, o en Ginebra.
En la democracia jacobina es el conjunto del pueblo quien legisla. El legislador solo adopta el papel técnico de redactor de las leyes mandatadas por el pueblo. La reducción de los mandatos, el control popular de los electos, la posibilidad de revocarlos, el derecho de petición eran otros tantos eslabones de controlar y reducir la representación a lo mínimo necesario[13]. En el capitalismo, sin control democrático y sin mandato del soberano, los representantes dejan de representar y pasan a ser una clase aparte con intereses diferentes a los de sus comitentes o mandatarios, y con privilegios que estimulan su pase a la gestión de los intereses de las clases dominantes. Eso es lo que en lenguaje reciente se ha llamado cooptación.
En los países del socialismo burocrático este fenómeno de descontrol de los delegados acabó constituyendo una capa privilegiada que regía un estado fuertemente centralizado y que lejos de disolverse en la sociedad se fortaleció hasta límites incompatibles con la promesas de la teoría y con el propio desarrollo del socialismo. Todo ello acabó con la credibilidad del sistema y con la identificación popular con el socialismo.
La teoría de Marx y de Lenin sobre la democracia, alimentándose de la tradición democrático republicana contenía numerosas indicaciones para reducir la representación a lo mínimo posible y para transformar realmente al pueblo en soberano. Pocas de esas indicaciones fueron seguidas en la construcción del socialismo en la URSS y en otros países tras 1930.
6.- La democracia como movimiento.
“En las luchas de hoy, el socialismo del mañana”
Pintada en un muro de Paris, mayo de 1968.
Existe una relación estrecha e indisoluble entre los objetivos y los instrumentos. No se puede luchar para superar la alienación con instrumentos organizativos alienantes. No se puede luchar por la democracia con métodos antidemocráticos. O sea, para no inducir a confusión con métodos elitistas y de delegación sin control.
La democracia ( es decir poder real y control por la base, formas rotatorias de de responsabilidad, rendimiento de cuentas permanente, posibilidad de revocación de cargos, limitación estricta de mandatos, ausencia de privilegios para los representantes…) es la alternativa frente a las formas burocráticas de organización ( que van de arriba abajo, primando las estrategias electorales, con “ dictadura de los permanentes” sobre el conjunto de la militancia…).
Las formas concretas y viables de la democracia surgirán (están surgiendo) como fruto de un largo proceso de experiencia e indagación colectivas en base al método de “acierto y error”. Históricamente ha sido así: las secciones de la revolución jacobina fueron una creación de las masas sans-culottes, así como la Comuna o los soviets. El papel de los comunistas nunca puede ser sustituir o limitar estas formas organizativas de la democracia, si no aceptar sus acuerdos y contribuir a estabilizarlas, a darles continuidad y visión global. Como por otra parte dijera el Manifiesto Comunista.
A donde queremos llegar es a la idea de que la democracia no es solo una forma de estado ni unos procedimientos como pretende Norberto Bobbio. La democracia no es procedimiento, si no sustancia. La democracia no es institución, si no movimiento. Henri Lefebvre lo definió ya en 1960: “El grado de democracia, o más bien el grado de democratización de la vida pública y social, es exactamente proporcional a la intensidad de la lucha por la democracia. La democracia no es otra cosa que la lucha por la democracia. La lucha por la democracia es el movimiento mismo… No hay democracia sin lucha contra el propio estado democrático, que tiende a consolidarse como un bloque, a afirmarse como una totalidad, a volverse monolítico y a instalarse sobre la sociedad de la que ha salido”[14]. Luckács insistió en su celebre libro de 1967 en la idea de la democracia sobre este proceso de democratización[15].
7.- La construcción del nuevo sujeto democrático- revolucionario.
“Lo llaman democracia y no lo es”
Consigna en las manifestaciones en
España el día 13 de marzo de 2004
Así pues no hay democracia sin movimiento democrático. Sin demos, proletariado, precariado, o como queramos llamarlo, no hay democracia. Sin bloque social, sin alianzas entre las clases subalternas, sin construcción de un proyecto social y político apto, no para gestionar los presupuestos del estado actual, sino para transformar la sociedad, no hay movimiento democrático.
Creo que estaremos de acuerdo con la afirmación de que tras años de derrota y de destrucción del proletariado como clase con perfil y proyecto político propios, en los últimos diez años hemos vivido un crescendo del movimiento. Ponemos la fecha de inicio en Seattle, pero en nuestros respectivos países (España e Italia) hemos asistido a un ascenso de las movilizaciones de masas, con capacidad de plantear una negativa a los planes del imperialismo y de los gobiernos respectivos, muy importante. No hablaré de las movilizaciones de vuestro país con Florencia y Génova, puesto que sobre esto sólo he venido a Roma para escuchar y aprender. No hablare del NO en el referéndum francés que como se ha analizado es básicamente un no de clase y un no democrático. No conozco suficientemente el caso.
Si que os hablaré de la movilizaciones desarrolladas en España, en Barcelona contra al cumbre del Banco Mundial en 2001, y sobre todo, de las movilizaciones por la paz en febrero de 2003, y tras el atentado del 11 de marzo de 2004, las movilizaciones por la verdad de los días 12 y 13, y de la decisión de un millón y medio de abstencionistas de izquierdas de ir a votar para echar a un gobierno quasi-fascista y proimperialista. Estas movilizaciones desbordaron a todos. Desde luego a los partidos del centroizquierda, que las observaron sin entusiasmo y a remolque de los acontecimientos. Pero también a todos los grupos de la izquierda mas de clase, a las vanguardias diversas que normalmente forman el esqueleto del movimiento por la paz y del movimiento antiglobalización, que en muchas ocasiones no han comprendido el sentido más profundo de esta inmensa oleada democrática.
Este desbordamiento, esta participación masiva, esta capacidad de incluso usar el voto de forma instrumental para echar un gobierno sin ser partidarios del que le va a suceder, muestran un movimiento fuerte, con continuidad, que no esta ni estará comprendido en las estructuras regulares (muy minoritarias y a veces grupusculares) de los movimientos sociales.
Me parece que este movimiento en Catalunya y en el conjunto del estado español es un síntoma de una realidad emergente: las clases subalternas, el demos el proletariado metropolitano, como queramos llamarlo empiezan a moverse y a dar muestras de una gran potencialidad. Nuestro deber es estudiar este fenómeno, además de participar en el mismo. Nuestro deber es aprender del mismo, recordando con humildad revolucionaria, que “el educador debe ser educado”[16]. Nuestro deber sería apoyar resueltamente el programa del movimiento social, estimular todas las nuevas formas de socialización emergentes, contribuir al desarrollo de una identidad de clase antagonista, estabilizar aquellas formas organizativas del movimiento parezcan mas adecuadas para su constitución de clase.
Nuestro deber sería tratar de cumplir aquella máxima situada el final de El manifiesto que dice: “…los comunistas apoyan por doquier todo movimiento revolucionario contra el régimen social y político existente”.
[1] AAVV. Conversaciones con Georg Luckács. Alianza Editorial, Madrid, 1971. El Luckács maduro dedicó una intensa reflexión a la relación entre democracia y relanzamiento del movimiento anticapitalista. Además de las citadas Conversaciones, se puede leer con provecho su obra El hombre y la democracia, editorial Contrapunto, Buenos Aires, 1989. Existe edición italiana: L’uomo e la democracia, Ed. Lucarini, roma 1987.
[2] Friedrich Engels, discurso en ocasión de La Fiesta de las naciones en Londres ( En ocasión de celebrarse la instauración de la República Francesa, el 22 de setiembre de 1792),escrito a fines de 1845 y publicado en Rheinische Jahrbücher zur gesellschaftlichen Reform, 1846. Editorial Grijalbo, Obras ce Marx y Engels, Tomo 6, Barcelona, México DF, Buenos Aires, 1978, págs.562- 576. A los propósitos de esta intervención, conviene citar en extenso esta parte del discurso: “La democracia de hoy es el comunismo. Otras democracia sólo puede existir ya en las mentes de los visionarios teóricos, quienes no se preocupan de los acontecimientos reales, para quienes no son los hombres y las circunstancias quienes desarrollan los principios, sino que, para ellos, los principios se desarrollan por sí solos. La democracia se ha convertido en principio proletario, en principio de las masas. Es posible que las masas tengan mayor o menor claridad acerca de éste, el único significado correcto de la democracia, pero para todos radica en la democracia, cuando menos, la oscura sensación del igualdad de derechos sociales. Al calcular las huestes comunistas, se pueden contar tranquilamente también las masas democráticas. Y si los partidos proletarios de diversas naciones se unen, tendrán toda la razón para inscribir la palabra “democracia” en sus banderas, ya que, con excepción de quines no cuentan, en 1846 todos los demócratas europeos son comunistas con mayor o menor claridad” (pág. 564).
[3] V.I. Lenin, La revolución socialista y el derecho de las naciones a disponer de ellas mismas (tesis); es un texto de escrito en enero-febrero de 1916, publicado en alemán en abril y en ruso en octubre del mismo año. Véase: “Notes critiques sur la question nacional-Du droit des nations a disponer d’elles-memes”, Éditions en Langues Etrangeres, Moscou, 1954.
[4] Me refiero al periodo en que los jacobinos robespierristas estuvieron en el poder entre julio de 1793 y julio de 1794. En diversas ocasiones Engels menciona este periodo como la primera ocasión en que el proletariado accedió al poder, por ejemplo en “La crítica al programa de Erfurt”, escrita en 1891: “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como la ha demostrado ya la Gran Revolución francesa”, en Contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemócrata de 1891, Marx y Engels, Obras Escogidas en tres tomos, Editorial progreso Moscú, 1976, Tomo III, Pág. .
[5] Véase Filippo Buonarroti, Cospirazione per l’eguaglianza detta di Babeuf, introduzione e traduzione di Gastote Manacorda, Giulio Einaudi editore, Torino, 1971. Existe edición francesa, con prefacio de Georges Lefebvre, en Éditions Sociales, Paris, 1957. Son las últimas ediciones que conozco : 1971 y 1957, estas fechas serían una prueba de la ruptura con la tradición que padecemos. Véase también Jacques Grandjonc, Communisme/Kommunismus/Communism. Origin et développement internacional de la terminologie communautaire, prémarxiste des utopistes aux néo-babouvistes. 1785-1842. Kart Marx Haus, Trier, Germany 1989.
[6] El Manifiesto Comunista, Capítulo II, “Proletarios y comunistas” Obras de Marx y Engels 9, Editorial Crítica, Grupo editorial Grijalbo, Barcelona, Buenos Aires, México D.F., 1978, pág. 156.
[7] “Hay oligarquía cuando controlan el régimen político los dueños de grandes fortunas, y, por el contrario, democracia, cuando los que no tienen un gran capital, sino los pobres”, Aristóteles, Política, traducción al español de Carlos García Gual, Alianza editorial, Madrid, 1993.
[8] Véase los párrafos iniciales del capítulo II, “Proletarios y comunistas” y del IV, Posición de los comunistas frente a los diversos partidos opositores; obra citada.
[9] Introducción de Engels de 1891 a La Guerra civil en Francia, Marx y Engels, Obras Escogidas en tres tomos, Editorial progreso Moscú, 1976, Tomo II, pág. 200.
[10] Norberto Bobbio, Né con Marx, né contro Marx, Editori Riuniti, Roma 1977, y ¿Qué socialismo?, Plaza y Janés, Barcelona, 1978.
[11] Véase Jacques Texier, Marx y la democracia ( primer recorrido), Realitat nº 37, octubre-noviembre de 1993. Del mismo autor, La innovaciones de Engels ( 1885, 1891, 1985), Realitat nº 44, octubre-noviembre de 1995 y, a 150 años del Manifiesto Comunista, en Realitat, nº 50, segundo trimestre de 1997. Véase también, Révolution Démocratie chez Marx et Engels, PUF/ Actuel Marx, Paris, 1998. Véase también Joaquín Miras, Repensar la política, refundar la izquierda, Editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2002.
[12] Todos estos escritos en Obras completas, Moscú.
[13] Véase Joaquín Miras, La democracia jacobina, en la revista mensual El Viejo Topo de Abril de 2005. Se puede encontrar en formato electrónico en www.espaimarx.org .
[14] Henri Lefebvre, Los marxistas y la noción de Estado, Ediciones CESPE, Buenos Aires, 1972, págs. 78 y 79.
[15] Luckács, El Hombre y la democracia, libro citado.
[16] Carlos Marx, Tesis nº 3 sobre Feuerbach, Obras Escogidas en tres tomos, Editorial progreso Moscú, 1976, Tomo I, pág. 8.
Mas allá de “El capital”, de Michael Lebowitz
Ediciones Akal publicará el próximo mes de noviembre la traducción española del libro de Michael Lebowitz- Este libro fue galardonado con el Premio Deutcher al mejor trabajo creador sobre marxismo en lengua anglosajona

Marta Harnecker
Ha pasado más de un siglo y medio desde que Marx anunciara la hora final del capitalismo, la hora en que los expropiadores serían expropiados. La revolución socialista en Rusia seguida del advenimiento del socialismo en varios de los países de Europa del Este, más tarde en Asia (China, Corea, Vietnam) y luego en Cuba, sumado al auge de los movimientos de liberación nacional en África, donde se levantaron gobiernos que se integraron al llamado “campo socialista,” eran todos hechos que parecían estarle dando la razón.
A finales de ese mismo siglo, sin embargo, la situación se tornó radicalmente diferente. Es derrotado el socialismo en Europa del Este y la URSS, y se reduce drásticamente la tradicional clase obrera industrial en los países de alto desarrollo con el consecuente debilitamiento de los movimientos obreros. El capitalismo demuestra una extraordinaria capacidad de sobreponerse a las diferentes crisis aumentando su dinamismo y su capacidad de imponer a nivel global su modelo económico, político, ideológico y cultural. La situación parece haberse revertido. No es el capitalismo sino más bien el socialismo el que parece haber sucumbido y con él, el marxismo, su teoría inspiradora.
Es en ese momento cuando, en medio de un gran escepticismo académico y político, Michael Lebowitz escribe su primera versión de este libro. Reivindicar a Marx era entonces ir en contra de la corriente intelectual claramente dominante.
Once años después, en el momento en que el autor da a luz una segunda versión1 de “Más allá de El capital” —una versión notablemente revisada, ampliada y enriquecida— la situación del mundo ha cambiado enormemente. El capitalismo realmente existente en su forma neoliberal ha sido incapaz de resolver los grandes problemas de la humanidad: aumenta desgarradoramente la pobreza; la destrucción de la naturaleza continúa su avance devastador; la prepotencia imperial se impone a costa de miles de vidas inocentes. Crece el repudio en sectores cada vez más amplios de la población mundial. Ha comenzado a revertirse la situación. Pero, como decía Marx y el autor lo recuerda en su libro: los que se oponen al capital pueden ser muy numerosos, pero sólo pueden triunfar “si están unidos por la organización y guiados por el saber.” (Marx (1864: 12)
Este libro es una importante contribución a ese saber cuyas piedras angulares colocó Marx al enfocar por primera vez en forma científica el desarrollo de la sociedad y su cambio, y detenerse especialmente en el estudio del modo de producción capitalista.
Michael Lebowitz titula su libro “Mas allá de El capital”. Pero ¿qué significa ir más allá de la obra cumbre de Karl Marx?
En primer lugar, significa que hay un más acá que se toma como punto de partida. El autor valora muy positivamente el aporte de Marx: no hay otro pensador que haya sido capaz de desentrañar la lógica del capital con el mismo rigor científico. Y al desmistificarla y develarla proporcionó a la clase obrera el instrumento teórico de su liberación.
En segundo lugar, significa un ir más allá de los conocimientos, reflexiones y respuestas que podamos encontrar en El capital. A pesar de su alta valoración de la obra cumbre de Marx, el autor la considera una incompleta. Según él no da cuenta del capitalismo como un todo.
En tercer lugar, significa que se trata de ir más allá pero desde un más acá, ya que es en el pensamiento de Marx y no fuera de él donde podemos encontrar todos los elementos a partir de los cuales se puede construir una concepción integral del mundo capaz de dar respuesta a nuestros interrogantes.
A lo largo de los distintos capítulos del libro, Michael Lebowitz demuestra la contundencia de los análisis que Marx realiza en El capital, explica en qué sentido considera que su estudio es incompleto y pone en práctica un esfuerzo teórico apasionante que demuestra todo el potencial que tiene el pensamiento de Marx para dar respuesta a las inquietudes teóricas contemporáneas.
Coincido plenamente con el autor en todo el esfuerzo que éste realiza por construir respuestas originales a temáticas de gran actualidad no abordadas o insuficientemente abordadas en El Capital: durabilidad del capitalismo y pasividad de la clase obrera; derrota del socialismo; desaparición de la clase obrera industrial; incapacidad de dar cuenta de la multiplicidad de luchas democráticas actuales.
No coincido, sin embargo, en varias de sus reflexiones metodológicas. Aquí mencionó las que me parecen más relevantes. Michael Lebowitz considera que El Capital es unilateral y yo opino, en cambio, que es más adecuado decir que se trata de un esfuerzo teórico incompleto. Pienso que no se puede criticar a este libro por no abordar como un tema central la lucha de clases. Creo que hay razones para que ésta no ocupe un lugar teórico en El Capital, a pesar de estar omnipresente en toda su obra. El autor resalta correctamente, por otra parte, el tema de la separación de los trabajadores impuesta por el capital como una de las explicaciones de su perduración en el tiempo, pero no destaca suficientemente aquellos aspectos contradictorios que va generando la lógica del capital y que van constituyendo las bases materiales y organizativas de la nueva política económica alternativa (necesidad técnica del trabajo colectivo; socialización de las fuerzas productivas). Por último, hay formulaciones que parecen cuestionar la ruptura epistemológica2 que el propio autor dice encontrar en la obra de Marx.
No es posible ni tiene sentido profundizar aquí en estas diferencias. Ninguna de ellas cuestiona el contundente aporte que hace el autor a la reflexión marxista contemporánea, como ha sido reconocido internacionalmente al serle otorgado en 2004 el prestigioso Premio Deutcher a la mejor y más innovadora obra reciente en la tradición marxista. Y, lo que es más importante, los instrumentos conceptuales que otorga a la práctica revolucionaria.
A la vez que permite una mejor comprensión de esta práctica, “Mas allá de “El capital” proporciona elementos teóricos para hacerla más eficaz. ¿Cómo comprender la sui generis revolución venezolana sin poner de relieve que los trabajadores, los sectores populares, se transforman a sí mismos a través de su práctica diaria en el trabajo, en la participación a todos los niveles, en la lucha por defender y llevar adelante el proceso revolucionario? ¿Cómo construir una política económica alternativa sin tener en cuenta la necesidad de poner fin a la separación que reina entre los trabajadores, modificar el concepto de jornada laboral y construir un estado que permita que los trabajadores se transformen a sí mismos a través de su práctica?
Más que un rescate de Marx, el libro que presentamos es un rescate del marxismo como la teoría que nos permite pasar de la contemplación del mundo a su transformación revolucionaria. No es de extrañar entonces que sean cada vez más los grupos de revolucionarios que en diferentes continentes hayan comenzado a estudiarlo y a tratar de concretar sus enseñanzas en la práctica.
Como considero que éste no es un libro de fácil lectura quise contribuir a estimular su estudio realizando una síntesis bastante desarrollada de cada capítulo en el lenguaje más sencillo posible. El lector que no guste de esta especie de introducción pedagógica que a continuación expongo, no tiene más que saltarse las páginas que siguen e introducirse de lleno en la obra de Michael Lebowitz.
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El primer capítulo parte con la pregunta: ¿por qué estudiar a Marx y no a economistas contemporáneos, o hacer nuestro análisis del sistema económico actual? Michael Lebowitz responde: por una parte, la teoría de Marx no se limita sólo al terreno económico, es una teoría de la sociedad en su conjunto, y por otra, no ha habido nunca en la historia un análisis del capitalismo tan “poderoso y revelador” como el del autor de El Capital.
Luego expone brevemente el análisis que hace Marx de los aspectos fundamentales del modo de producción capitalista. Cómo se origina, cuál es su lógica fundamental, lo que ocurre en la esfera de la producción y en la esfera de la circulación, para desarrollar finalmente el tema de las barreras y límites de este modo de producción.
El capital va desarrollando una forma de producción cada vez más adecuada al logro de su objetivo fundamental: la ganancia, pero este proceso es contradictorio porque al irse desarrollando va generando sus propias barreras y, al mismo tiempo, se las va ingeniando para ir superándolas constantemente. En ese sentido sería un proceso infinito, pero Marx no lo pensó así: sostuvo que el capitalismo crea a sus propios sepultureros. Lo único que puede poner un límite real al capitalismo es la acción en su contra de la clase obrera.
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El segundo capítulo explica por qué hay que ir más allá de El Capital. A pesar de la innegable contribución de Marx a dilucidar el funcionamiento del capitalismo, Michael Lebowitz considera su libro incompleto porque en él no se encuentran las respuestas a cuestiones como: la durabilidad del capitalismo y la pasividad de su clase obrera; la derrota del socialismo; la desaparición de la clase obrera industrial; la incapacidad de dar cuenta de la multiplicidad de luchas democráticas actuales. Pero una cosa es “El Capital” y otra el pensamiento de Marx en su totalidad. Michael Lebowitz considera que éste contiene en sí mismo todos los elementos necesarios para construir una concepción total e integral del mundo y responder a las cuestiones recién planteadas.
Sin duda que muchas cosas han cambiado desde que Marx escribió El Capital, pero lo que no ha cambiado es la naturaleza esencial del capital. En dicho libro encontramos una comprensión no superada de su dinámica, aquella que constantemente revoluciona el proceso de producción, que destruye las barreras que impiden el desarrollo de las fuerzas productivas, que obliga a las naciones a adoptar formas capitalistas de producción.
Quién, por otra parte, puede negar el carácter contradictorio de la reproducción capitalista que, por una parte, tiende hacia el desarrollo absoluto de las fuerzas productivas y la realización de plusvalía aumentando día a día la masa de productos disponibles en el mercado, pero que, al mismo tiempo, crea una masa de compradores con escasa capacidad adquisitiva debido a los bajos salarios que éstos reciben producto de la explotación capitalista.
Pocos parecen cuestionar que Marx tuvo éxito en revelar la ley que rige el modo de producción capitalista, pero hay otros elementos de su pensamiento que sí son cuestionados: todavía estamos esperando la rebelión de la clase obrera que pondría fin a la explotación capitalista anunciada por Marx: los expropiadores no han sido aún expropiados.
Otros cuestionan el reduccionismo clasista que privilegia a la clase obrera como el sujeto del cambio social. Para estos analistas la multiplicidad de luchas democráticas actuales debe ser considerada como una crítica práctica a la teoría de Marx.
Por otra parte, no pueden desdeñarse hechos como: el fracaso del modelo de sociedad que se construyó inspirado en su teoría: el socialismo de Europa del Este y la URSS; la reducción del marxismo a ideología oficial del estado en esos países transformándose en anatema para muchos luchadores por la liberación humana; y la desaparición de la clase obrera industrial como sujeto del cambio social.
“¿Ha llegado entonces la hora de decir adiós no sólo a la clase obrera —como ha postulado Gorz— sino también al marxismo?”¿Será la teoría de Marx o será el marxismo lo que se está cuestionando?, porque las dos cosas no son necesariamente lo mismo. Pudo haber ocurrido que la necesidad de responder a los hechos haya llevado a producir deformaciones de la teoría original de Marx en el Siglo XX.
Michael Lebowitz sostiene que “los muchos silencios del marxismo, el determinismo y el fatalismo de sus leyes objetivas, el reduccionismo y el economismo” no son inherentes al proyecto teórico de Marx. Sin embargo, reconoce que hay un problema en El Capital, que hay un silencio grave en él. Un silencio que permite que los científicos vean como único sujeto al capital, olvidando su otro lado: el trabajador asalariado, y sostiene que ese silencio está en la raíz de las deficiencias del marxismo realmente existente.
¿Qué hay que hacer entonces? Habría que “volver al Marx original y no adulterado” y, usando el “método y forma de acercamiento de Marx”, es decir, su “estructura de pensamiento”, habría que desarrollar nuevos elementos de su teoría buscando un desarrollo integral del marxismo. “El hecho de que haya descubierto en forma brillante un nuevo continente no significa que haya hecho un buen mapa de él.” La premisa de Michael Lebowitz es que es posible hacerlo bien. Su libro es un esfuerzo por demostrar —basado en el método de Marx— que la teoría marxista contiene en sí misma todos los elementos fundamentales necesarios para construir una concepción total e integral del mundo que responda a las ausencias y a los silencios señalados.
El tema central de “Más allá de El Capital” es la investigación no del capital sino de la otra parte, la parte de los trabajadores, la cuál fue poco desarrollada en El Capital.
iii
El tercer capítulo sostiene que El capital era sólo parte de un plan mucho más ambicioso de Marx en el que figuraban seis libros: 1) El capital, 2) La propiedad territorial, 3) El trabajo asalariado, 4) El estado; 5) El comercio internacional; 6) El mercado mundial.
Luego de analizar las opiniones de diversos autores sobre si luego de haber escrito El capital se mantiene o no vigente este plan, Michael Lebowitz llega a la conclusión de que hay temas de sumo interés que no son abordados en esa obra con la profundidad requerida como el tema de las necesidades de los trabajadores, tema que debería ser abordado en el proyectado libro sobre el trabajo asalariado. Por lo tanto, sea cual haya sido la intención de Marx, un libro sobre este tema necesita ser escrito.
Michael Lebowitz afirma que para comprender qué fue omitido en El capital, debemos comenzar por el punto acerca de las necesidades de los trabajadores. Como sabemos, Marx, consideró como algo dado al conjunto de necesidades que entran en el valor de la fuerza de trabajo. Esta es una de las hipótesis características del método que utilizó para destacar lo que le interesaba resaltar. Suponer constantes las necesidades —algo que Marx sabe que en la práctica no es así— permite resaltar lo que varía, el trabajo no necesario productor de plusvalía, es decir, el grado de explotación sufrido por el trabajador.
Es importante, recordar aquí, como lo hace el autor, que Marx siempre rechazó la tendencia por parte de los economistas a tratar las necesidades de los trabajadores como naturalmente determinadas e inmutables. Esa fue una de sus críticas a los fisiócratas.
La fuerza de trabajo tiene un rasgo “distintivo” en relación con otras mercancías: su valor depende no sólo las exigencias físicas sino también un elemento histórico o social. Este último elemento —advertía Marx — está relacionado con “la satisfacción de ciertas necesidades que brotan de las condiciones sociales en que viven y se educan los hombres.” Marx (1987: 134) Con el desarrollo capitalista, lo que antes “aparecía como un lujo se convierte [ahora] en algo necesario, y necesidades que antes eran suntuarias pasan a ser [entonces] primordiales para la industria.” Así, los viejos modelos de necesidad y lujo son reemplazados por los nuevos. (Marx, 1985a: 381).
Para asegurar la realización del plusvalor, hay un esfuerzo constante del capital por descubrir nuevos valores de uso y crear nuevas necesidades. Este es el elemento sobre el que descansa la legitimidad histórica y, al mismo tiempo, el actual poder del capital. “Cada nueva necesidad se convierte en un nuevo eslabón en la dorada cadena que asegura los trabajadores al capital.” (Marx, 1985a: 174)
Michael Lebowitz considera que el análisis que hace Marx sobre “el actual poder del capital” en los Gundrisse es extremadamente importante. No sólo por su lucidez sino también porque toda esta discusión está ausente en El capital.
Y esas necesidades indispensables pueden aumentar o disminuir. ¿Qué determina el grado en que los trabajadores logran satisfacer sus necesidades? Fundamentalmente la lucha de clases. Sin embargo, este tema no es abordado en El Capital.
iv
Para escribir el libro faltante — sostiene el autor en el cuarto capítulo — es necesario considerar en primer lugar el método que utiliza Marx en su obra. Sólo partiendo del concepto de totalidad —central en la obra de Marx— se podrán comprender las implicaciones de los elementos faltantes e investigar los defectos resultantes de El capital.
Michael Lebowitz opina que la totalidad presentada en este libro es incompleta: estudia el proceso de reproducción del capital, pero no el proceso de reproducción de la clase obrera. Aunque el trabajo asalariado está presente en El capital —y no podía no estarlo ya que sin él no se puede entender el capital—, no está presente como el sujeto que actúa por sí mismo contra el capital. No está presente la lucha de clases desde el lado del trabajador asalariado. De ahí entonces la conclusión del autor: El capital es unilateral e inadecuado.
En cuanto al método, se nos recuerda que Marx tuvo la intención —que nunca materializó— de escribir unas 40 páginas para hacer accesible al lector común el aspecto racional del método que Hegel “no sólo descubrió sino también mistificó”, pero que a pesar de eso Marx consideró muy valioso.
En ausencia de esta síntesis no queda entonces otro camino que tratar de reconstruir el método de Marx analizando sus obras.
Uno de los aspectos a destacar de ese método es que pone énfasis en el “todo”. El objetivo de era comprender la sociedad burguesa como una totalidad, como un todo interrelacionado. Este énfasis en la totalidad y en la interconexión orgánica de sus partes, contrasta con el método empleado por la ciencia burguesa que parte siempre del punto de vista del individuo.
Si pensamos en las partes individuales como “miembros de una totalidad” (Marx, 1895a:15) no se puede sostener una concepción del cambio como el resultado de estímulos exógenos. Por el contrario, el movimiento y la dirección de la sociedad burguesa debe ser considerado como un “auto-movimiento”, un desarrollo orgánico inherente a la naturaleza del sistema donde el movimiento es el resultado de una acción recíproca entre sus diversos componentes.
Comprender el mundo como un todo interrelacionado es sólo un aspecto del método de Marx. Otro aspecto es cómo él desarrolla la comprensión de ese todo.
Para Marx la mera observación y estudio empírico no puede captar las interrelaciones de una totalidad concreta. Si así fuera, no habría necesidad de la ciencia ni del pensamiento abstracto. Todo lo que resulta de la simple observación es “una concepción caótica del todo.” (Marx, 1985a: 15). El investigador “debe apropiarse pormenorizadamente de su objeto, analizar sus distintas formas de desarrollo y rastrear su nexo interno.” (Marx, 1983a: 19). Y la manera de hacerlo es comenzar con los conceptos y las “determinaciones más simples”, hasta llegar a deducir lógicamente una concepción del todo “como una rica totalidad compuesta por muchas determinaciones y relaciones.” Este era el “método científicamente exacto” (1985a: 15)
Marx explica que, contrariamente a lo que comúnmente se cree, había que “elevarse de lo abstracto a lo concreto del pensamiento” donde se da esa concatenación de múltiple determinaciones.
Tanto Marx como Hegel ponen en práctica un proceso de derivación dialéctica, pero Hegel se queda puramente en el reino del pensamiento: realiza un movimiento del concepto al concepto impulsado sólo por la revelación de las relaciones lógicas; mientras que Marx tiene siempre la totalidad real ante él, y su objetivo es comprenderla.
Este proceso de deducción que aplica Marx, al contrario del que aplica Hegel, no es una cuestión del “pensamiento concentrado en sí mismo, que se profundiza y se mueve por sí mismo,” sino que la totalidad de pensamiento es un producto de “la elaboración de la intuición y la representación en el concepto.” (Marx, 1985a: 16)
Otra cosa que diferencia a Marx de Hegel es la relación entre el orden histórico y el orden lógico. Según Marx el primero no puede dictar el orden del segundo; no hay una relación necesaria entre el orden histórico y el lógico.
Michael Lebowitz se detiene luego en el análisis de los momentos claves del proceso de construcción del concreto de pensamiento en El capital. Comienza analizando la mercancía, la forma elemental de la riqueza en la sociedad capitalista, y termina con el ciclo del capital.
El capital comprendido como una totalidad, como un todo interrelacionado, produce y reproduce productos materiales y relaciones sociales, que son a su vez presupuestos y premisas de la producción capitalista.
Sin embargo, el autor se pregunta si en el capital como un todo nos encontramos con una totalidad realmente adecuada. ¿Podemos decir que lo que encontramos es un todo orgánico en el que todos los supuestos son resultados, y todos los puntos de partida son puntos de retorno?
La respuesta es negativa, hay un elemento que no es parte del capital, que no es producido ni reproducido por el capital. Este elemento es un punto de partida pero no de retorno en el ciclo del capital, una premisa que no es un resultado del mismo capital, que es exterior a él. Y este elemento: la reproducción de la clase obrera, es necesario para la reproducción del propio capital.
Considerando el modelo de reproducción simple, Michael Lebowitz sostiene que el sistema sólo puede estar completo si se da otro proceso de producción distinto del proceso de producción del capital: la producción de la fuerza de trabajo en el curso del consumo de artículos de consumo. De esta manera, el ciclo del capital implica necesariamente un segundo ciclo: el del trabajo asalariado.
¿Y dónde debía ser analizado este segundo momento de la producción? Según el autor, éste es uno de los temas que debe ser abordado del libro faltante sobre el Trabajo Asalariado.
Hasta ahora hemos visto al trabajador asalariado como un momento en el interior del capital, tal como existe para el capital: como un trabajador separado de los medios de producción. Luego del proceso de compra venta de fuerza de trabajo, ésta se incorpora al interior del capital. Ahí vemos al trabajador asalariado obligado a trabajar subordinado a la voluntad del capital a los efectos de lograr el objetivo que éste persigue: la valorización (auto-expansión). Y finalmente vemos al trabajador asalariado nuevamente en la esfera de la circulación, mientras el capital busca realizar el plusvalor contenido en las mercancías que han sido producidas.
El trabajo asalariado está presente en cada momento del ciclo del capital no sólo como productor de plusvalor, sino también como consumidor. Pero el capital como una totalidad, no incluye en su interior una condición que es necesaria para la reproducción del capital: el mantenimiento y reproducción de la clase trabajadora. Es necesario considerar al trabajador asalariado en tanto existe fuera del capital.
Y, así como el proceso de producción del capital tiene como su objetivo la valorización del capital, el proceso de producción del trabajador tiene como objetivo satisfacer sus necesidades. Por un lado, tenemos el capital para sí, valor para sí; por el otro lado, tenemos la fuerza de trabajo para sí, el valor de uso para sí. El proceso de producción del trabajador es un proceso de consumo: debe consumir valores de uso para satisfacer sus necesidades fisiológicas y otras. El resultado del proceso de producción es el mismo obrero, que se reproduce como capacidad de trabajo vivo y transforma su naturaleza. Esta actividad es, a la vez, ejercicio y cultivo de la fuerza de trabajo.
Pero ¿cuáles son los requisitos de este particular proceso de producción del trabajador? Primero, debe poder conseguir los valores de uso requeridos. Segundo, requiere de tiempo. El hombre necesita tiempo para la satisfacción de necesidades espirituales y sociales, cuya amplitud y número dependen del nivel alcanzado en general por la civilización. El trabajador necesita tiempo libre para su desarrollo completo: para la educación humana, para el desenvolvimiento intelectual, el desempeño de funciones sociales, para el trato social, para el libre juego de las fuerzas vitales físicas y espirituales.
En resumen, este particular proceso producción no es en absoluto un proceso natural de producción, sino la producción de una relación social particular, la producción del trabajo asalariado.
Pero como la producción capitalista está determinada por el objetivo de valorización del capital y no por las necesidades sociales de los trabajadores, siempre existe una brecha importante entre las necesidades que el capital considera como imprescindibles y las necesidades sociales del trabajador, y eso significa que el trabajador se produce como necesitado. Por eso, la lucha por salarios más altos es inherente al trabajador asalariado como ser-para-sí.
Lo que surge al estudiar el trabajo asalariado es la lucha de clases desde el lado del trabajador asalariado. En oposición al cuadro expuesto en El capital, hay dos “deber ser”: no solamente la necesidad del capital por valorizarse sino también la necesidad del trabajador de desarrollarse. Una lucha de contrarios está presente en cada aspecto de la relación entre el capital y el trabajo asalariado, en la que cada parte trata de reducir al otro a la dependencia.
Michael Lebowitz destaca que no está sugiriendo que El capital es unilateral porque excluye al trabajo asalariado como tal. Es evidente que éste está presente: sin la presencia del trabajo asalariado no se podría hablar del desarrollo del capital. Está presente como la barrera que el capital debe continuamente rebasar en su intento por crecer, pero no lo está como el sujeto que actúa por sí mismo contra el capital.
El examen que realiza el autor sobre el trabajo asalariado comienza como una investigación de lo que está latente en el capital como totalidad, algo exterior pero necesario. Queda por completar el segundo “momento dialéctico”, la constitución de la unidad entre el trabajo asalariado y el capital.
Consideremos el proceso de producción del capital y el del trabajo asalariado. En primer lugar, estos procesos son opuestos. En el primero, la fuerza de trabajo es consumida por el capital, existe para el capital; en el segundo, la fuerza de trabajo es consumida por el obrero y existe para el obrero. En el primero, los medios de producción poseen y dominan al trabajador; en el segundo, ellos son poseídos y dominados por el trabajador. La diferencia entonces es la del trabajador para el capital versus el trabajador para sí.
Por otro lado, estos procesos se excluyen entre sí. El trabajador no puede ser simultáneamente para el capital y para sí. Cuanto más tiempo existe el trabajador para el capital, menos tiempo tiene para sí. En forma similar, cuanto mayor es la intensidad de trabajo para el capital, más la energía del trabajador asalariado es consumida por el capital y menos tiene disponible para sí. De este modo, el trabajo para el capital es distinto del trabajo para sí; es trabajo alienado de sí. El trabajador es sólo para sí cuando no es un trabajador para el capital.
v
El quinto capítulo sostiene que así como en El capital se desarrolla la economía política del capital, habría que desarrollar la idea de Marx de la existencia de una economía política del trabajo asalariado. Michael Lebowitz señala en este capítulo varios elementos de lo que podría ser esa política económica alternativa. Y en este sentido hace interesantes reflexiones sobre el papel que juega la competencia en el seno de los trabajadores para favorecer los intereses del capital. Además, muestra como la cooperación y la lucha política —no meramente sindical— son la principal arma de los trabajadores contra El Capital. Es a través de la cooperación que los trabajadores vencen el esfuerzo del capital por separarlos, con el objetivo de debilitar su resistencia a la explotación y es a través de ella que se crean las condiciones para la combinación y unidad que les permitirá tomar para sí los frutos de la cooperación.
Michael Lebowitz comienza señalando que para el joven Marx, el capitalismo estaba claramente caracterizado por dos aspectos contradictorios y sus relaciones dinámicas: el capital y el trabajo asalariado, y es la lucha de clases la que conduce inexorablemente a la resolución de esta contradicción. Marx criticaba a la economía política existente en su época porque veía al trabajador sólo desde la perspectiva del capital.
Pero ¿acaso no es ésta la posición que adopta en El capital? Cómo hemos visto, Marx considera allí al trabajador meramente como el mediador que permite el crecimiento del capital. No es considerado como el sujeto. Por ello Michael Lebowitz sostiene que Marx no desarrolló el lado del trabajador asalariado en la relación con el capital.
Precisa, que esa omisión no debería conducirnos, sin embargo, a concluir que Marx cambió de idea y abandonó su concepción del capitalismo como un todo. Ofrece dos argumentos que apoyan esta afirmación: uno lógico y el otro que se sustenta en los propios escritos de Marx. En primer lugar, la parte del trabajo asalariado está presente en El capital en forma latente. Al desarrollar el concepto del capitalismo como un todo se sugiere una continuidad esencial entre el pensamiento del joven Marx y el Marx maduro. Ese concepto del capitalismo como totalidad está siempre presente, pero su presencia ha sido velada por un silencio: la consumación exclusivamente de la parte del capital.
Pero esto no implica que no haya habido desarrollos significativos, ni rupturas epistemológicas entre la posición del joven Marx y la del maduro. Michael Lebowitz sostiene que sí los hubo y que la principal ruptura se manifiesta en los Grundrisse coincidiendo con su relectura de la Ciencia de la Lógica de Hegel. Allí encontramos el desarrollo de una nueva forma de comprender al capital como parte de esa totalidad: el capital como autovalorización, como valor-para-sí; el concepto de capital como un concepto que debe contener en su interior todos sus desarrollos posteriores. A partir de esta obra Marx habría abandonado la explicación del progreso del capital a partir de sus formas exteriores de manifestación como resultados de la competencia de muchos capitales, tal como lo había hecho en sus escritos anteriores a los Grundrisse.
Con este “corte” –una ruptura que no ha sido reconocida adecuadamente— Marx anunció como un primer principio la necesidad de aprehender completamente la naturaleza interna del capital: capital versus trabajo asalariado es valor para sí versus valor de uso para sí; dinero versus fuerza de trabajo; dinero versus mercancía; valor versus valor de uso.
Entonces, ¿por qué no vemos esta nueva concepción del capitalismo como un todo en El capital? Michael Lebowitz sostiene que Marx pospuso su investigación acerca del trabajo asalariado para concentrarse en el aspecto del capital en general y detuvo mucho en este aspecto tratando de apoyar sus conclusiones teóricas con hechos, hasta el punto de que ni siquiera pudo terminar su libro sobre el capital.
No cabe duda que hay una lógica en la elección de Marx. Sin embargo, al no haber puesto relevancia suficiente en la parte del trabajo asalariado, Michael Lebowitz sostiene que todo su proyecto está teñido de cierta unilateralidad. El trabajo asalariado para sí y el capitalismo como un todo están presentes, pero sólo lo están “embrionariamente”.
Por otra parte, sus escritos de la época en que escribía El Capital revelan que él no estaba pensando en que los trabajadores sólo existían para el capital. Recordemos su “Discurso Inaugural” en la reunión de la Primera Internacional. Allí señaló que no existía una, sino dos economías políticas: la del capital y la de la clase obrera. Consideró el triunfo de la Jornada de 10 horas y el surgimiento del movimiento cooperativo como sendas victorias de “la economía política de la clase obrera.”

Pero ¿cuál es esta economía política de los trabajadores que desafía la economía política del capital? Y, ¿qué significan dichas victorias?
Michael Lebowitz se propone responder a la primera pregunta tratando de reflexionar acerca de esa política económica alternativa. Su punto de partida es la descripción que hace Marx de la ciega imposición de las leyes de la oferta y la demanda como parte de la política económica del capital.
La competencia entre capitales es esencial al capitalismo, es la manifestación en la superficie de las leyes internas del capital, de su lógica de funcionamiento. Los trabajadores, por el contrario, sólo negando la competencia entre ellos y participando en la cooperación en gran escala pueden presionar en el sentido contrario al capital y producir soluciones óptimas para los trabajadores.
Pero ¿por qué los trabajadores deben negar la competencia? ¿Qué hay en la esencia del trabajo asalariado que sólo mediante la cooperación y la combinación es que actúa en su propio interés? Hay dos principios específicos, implícitos en El Capital que son relevantes para la investigación del autor. El primer principio es que toda cooperación y combinación del trabajo en la producción genera una productividad combinada y social del trabajo que excede la suma de las productividades individuales y aisladas. La cooperación da como resultado “la creación de una nueva fuerza productiva, que es intrínsicamente colectiva.” (Marx, 1983a: 400). La simple combinación del trabajo como tal no sólo acrecienta la productividad social, sino que produce también un mejoramiento de la productividad individual producto del trabajo codo a codo de los obreros.
El segundo principio en cuestión tiene que ver con la distribución de los beneficios de la fuerza socialmente productiva del trabajo. Michael Lebowitz sostiene que quienes median entre los productores están en la posibilidad de capturar los frutos de esa cooperación. Así ocurre tanto en la producción pre capitalista como en la capitalista. ¿Por qué no pueden los productores mismos apoderarse de los frutos de la cooperación en la producción? Aunque el aspecto positivo del capitalismo es que socializa la producción y crea una interdependencia entre los trabajadores, es decir, un trabajador colectivo, su aspecto negativo es que el capital exige la separación y la división entre los asalariados. Y es sólo mediante la lucha por reducir el grado de separación entre ellos, que los trabajadores pueden lograr sus objetivos.
De este modo, Marx no se limitó a desarrollar una crítica de la economía política del capital, también reveló su antítesis: la economía política de la clase obrera, que resalta la combinación del trabajo como la fuente de productividad social y la separación de los trabajadores como la condición de su explotación.
Pero Marx también señaló los límites de las fábricas cooperativas de aquella época. Ellas necesariamente reproducían los defectos del sistema existente. Para convertir la producción social en un sistema grande y armonioso de trabajo libre y cooperativo, se necesitaba realizar cambios sociales generales y éstos sólo pueden ser materializados mediante la transferencia del poder estatal de los terratenientes y capitalistas a los productores (Marx, 1866: 346).
Pero a pesar de sus límites, estas fábricas cooperativas eran consideradas por Marx como una gran “victoria” porque eran una demostración práctica de que el capital no era necesario como mediador en la producción social.
Por otra parte, en relación a los sindicatos obreros, su papel es precisamente contrarrestar la tendencia del capital explotar al máximo a la fuerza de trabajo. Y aunque al principio los trabajadores son inicialmente reunidos por el capital para los objetivos explotadores de éste, el hecho de estar concentrados en un mismo lugar de trabajo los lleva a reconocer su unidad como productores y a comprender su poder contra el capital. Disminuye su grado de separación y crece su resistencia.
Sabemos que la insubordinación de los obreros era constante en las manufacturas y que el capital superó esta barrera creando la industria moderna y el sistema fabril, que trajeron nuevas formas de competencia entre los trabajadores. La máquina no sólo sustituyó el trabajo de muchos obreros, sino que también se convirtió en “el arma más poderosa para reprimir las periódicas revueltas obreras, las huelgas, etcétera, dirigidas contra la autocracia del capital.” (Marx, 1983a: 530).
Michael Lebowitz sostiene que Marx sobreestimó la victoria del capital en su época al introducir la maquinaria y subestimó la capacidad de los obreros a poner límites “a la tiránica usurpación del capital” presionando en sentido contrario. Considera que el desarrollo de la industria de maquinarias hace al capital más vulnerable al arma de las huelgas. Por eso el capital busca introducir otros medios para dividir a los trabajadores como el trabajo a destajo y distintas formas de segmentación del trabajo.
Marx señaló el papel de los sindicatos para contrarrestar todo esto. Pero el problema es que los sindicatos actúan en oposición a capitales específicos y particulares y el poder que deben confrontar es el del capital como una totalidad. Si no enfrentan al capital global, las luchas se limitan a paliar los efectos del capitalismo en el interior del mercado laboral y en el lugar de trabajo, y no logran dirigirse contra las causas profundas de dichos efectos. Por eso Marx advertía que los sindicatos se limitaban a hacer una guerra de guerrillas contra el capital y que deberían ir más allá de las luchas puramente económicas.
En su análisis acerca de la importancia de la lucha por la Ley de las Diez Horas, Marx revela claramente que el trabajo asalariado necesita de la lucha política y el uso del estado para doblegar al capital. Sólo así puede forzar al capital a dar satisfacción a sus intereses en forma general.
En la raíces del poder del capital en general está su poder como propietario de los productos del trabajo, algo que los trabajadores sólo pueden desafiar actuando políticamente como clase para imponer una ley que limite la jornada laboral o para hacer que el estado sirva a los intereses de los asalariados, por ejemplo, legalizando y apoyando la existencia de sindicatos o llevando adelante políticas que reduzcan el nivel de desempleo. Conquistar el poder político tiene que convertirse, por lo tanto, en “el gran deber de la clase obrera.” (Marx, 1864: 384).
La totalidad de las dimensiones de la economía política de los asalariados sólo se aclara si se considera al capital como un todo. Cuando analizamos el circuito del capital, nos percatamos sólo del papel del capital como mediador.
Una vez que comprendemos la concepción de Marx de la economía política de la clase obrera, nos damos cuenta que va mucho más allá de las cuestiones sindicales. Sin embargo, debemos reconocer que no hemos llegado todavía al punto donde podamos decir que ya poseemos una visión completa de la economía política de la clase obrera y la lucha política que esta incluye. Esta es una de las razones por la que este capítulo en lugar de llamarse “economía política de la clase obrera” se llama “economía política del trabajo asalariado.” Necesitamos comprender, por ejemplo, los límites del estado capitalista para ir más allá del capital. Por cierto, tenemos todavía que investigar a fondo cómo los trabajadores pueden ir más allá del capital, en lugar de limitarse a perseguir sus intereses sólo dentro del capitalismo.
vi
El sexto capítulo aborda el tema de los salarios y de la lucha de clases con ellos relacionada. Sostiene que la forma en que El capital analiza el tema, dando por sentada la cantidad de medios de subsistencia que el trabajador necesita para reproducir su fuerza de trabajo, no da cabida a la investigación de los efectos de la lucha de clases sobre los salarios. Michael Lebowitz explora en este capítulo qué ocurre cuando se abandona dicha hipótesis y sostiene que sólo entonces se ve clara esta relación. Al no considerar esa posibilidad Marx no pudo centrarse en los trabajadores como seres humanos y fue conducido hacia explicaciones naturalistas y funcionalistas. Y esto produjo un marxismo unilateral.
En lugar de investigar los efectos de la lucha de clases sobre los salarios, se dejó de lado en El capital lo que tenía que ver con los salarios reales o el nivel de necesidades que los trabajadores pueden satisfacer.
En consecuencia, con respecto a los salarios, Marx sólo analizó explícitamente en El Capital el efecto del aumento de la productividad sobre el valor de la fuerza de trabajo. Sin embargo, no ignoraba que había otras explicaciones de los cambios que podían sufrir los salarios, como, por ejemplo, la competencia de los trabajadores desempleados dispuestos a reemplazar de inmediato a los trabajadores que pudiesen ser despedidos.
Dado que Marx no terminó este análisis, es decir, no trató el patrón de necesidades como variable, Michael Lebowitz se propuso en este capítulo continuar el proyecto de Marx considerando las combinaciones que éste no exploró.
La más importante de ellas es la hipótesis que parte de la base de que tanto la productividad como el patrón de necesidades son magnitudes variables. En sus manuscritos económicos Marx planteó tres posibilidades para el caso de aumento de la productividad. En el primer caso, el trabajador recibe la misma cantidad de valores de uso que antes y, por lo tanto cae el valor de su fuerza de trabajo. En el segundo caso, aumenta la cantidad de los medios de subsistencia, y en consecuencia el salario medio, aunque no en la misma proporción que la productividad del trabajador. En este caso caen el trabajo necesario y el valor de la fuerza de trabajo. Finalmente, el tercer caso, ocurre cuando la productividad y el patrón de necesidades suben al mismo ritmo. En este caso no habría cambio en el plusvalor, aunque éste como los salarios representaría una mayor cantidad de valores de uso que antes.
Entonces, si abandonamos la hipótesis de la invariabilidad del patrón de necesidades, surge la posibilidad de una historia totalmente diferente; de un incremento en la productividad sin cambios en el plusvalor.
Este tema es fundamental: si el equilibrio de las fuerzas de las clases es tal que mantiene la tasa de explotación constante, el efecto del aumento de la productividad será un incremento en los salarios reales y no un crecimiento del plusvalor relativo. Para que prevalezca cualquier otro resultado en este caso, se necesita un cambio en el mercado laboral. Sólo un grado cada vez mayor de separación entre los obreros iniciado por la introducción de la maquinaria asegura que la productividad crecerá en relación al salario real.
En resumidas cuentas, es posible que los salarios reales crezcan mientras la tasa de explotación también crece. Es posible que los trabajadores puedan lograr una mayor participación cuantitativa en el reparto de la riqueza”, aunque siga ensanchándose el abismo entre la lo que recibe el trabajador y lo que recibe el capitalista.
La coexistencia de salarios reales crecientes y una tasa de explotación creciente, no es sólo una posibilidad teórica, Marx observó que los salarios reales eran más altos en los países donde el capitalismo estaba más desarrollado, pero también lo era la tasa de explotación. Presumiblemente la combinación de salarios reales más altos y explotación más alta surge allí donde el capitalismo está más avanzado. En esos países, no sólo la productividad tiende a ser mayor, sino que también las formas de cooperación desarrolladas entre los trabajadores asalariados.
¿Qué sentido tiene entonces la hipótesis de Marx acerca de la invariabilidad del patrón de necesidades? Gracias a ella Marx pudo concentrar toda su atención en la tendencia inherente del capital a disminuir el trabajo necesario y revolucionar los medios de producción. Pero al congelar el patrón de necesidades dentro de una hipótesis de productividad creciente, congeló de hecho la parte del trabajador en la lucha de clases.
vii
El séptimo capítulo afirma que en la obra de Marx en general encontramos su concepción original del capitalismo como un todo, pero que esta concepción habría sido abandonada en El capital que investiga sólo la parte del capital y no la parte del trabajo asalariado y por eso es unilateral. Michael Lebowitz considera El capital como un proyecto epistemológico incompleto y, por esta razón, si se le estudia como una obra aislada, surgen problemas serios como el determinismo económico, el economicismo y el trato de las fuerzas productivas como neutrales.
Este enfoque unilateral impide, además, comprender a fondo hasta qué punto las tendencias del capital están impregnadas de la necesidad de dividir a los trabajadores. El autor sostiene que el capital puede sacrificar el obtener niveles máximos de productividad con tal de dividir a los trabajadores.
Luego analiza tres conceptos que han sido sufrido de este enfoque unilateral: el de reproducción del trabajo asalariado; el de riqueza y el de trabajo productivo. Y termina diciendo que de alguna manera Marx es responsable de aquel marxismo unilateral que por lo inadecuado de sus conceptos es incapaz de comprender la totalidad concreta. Ese marxismo cuya mejor ilustración es ese Proletariado Abstracto que no tiene otra alternativa que derrocar al capital.
El silencio en cuanto a la oposición que ejercen los trabajadores para reducir la tasa de plusvalor ha sido teóricamente sustituido por la oposición entre los capitales individuales para explicar el desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo.
Este es uno de los aspectos de la unilateralidad de El capital. Pero, el problema no está sólo en que no se desarrolla la parte del trabajo asalariado, sino en que al no comprender bien esa parte, tampoco se comprende bien la propia parte del capital dentro del capitalismo. Michael Lebowitz concluye de ello que El Capital es simplemente un momento en el desarrollo de la totalidad.
Si no se reconocen explícitamente los objetivos de los trabajadores y sus luchas por hacerlos realidad, ¿cómo podemos considerar esas acciones del capital que son llevadas a cabo para dividir al trabajo asalariado contra sí, para derrotarlo?
En el capitalismo como un todo el capital no busca simplemente hacer realidad su propio objetivo, la valorización; también debe tratar de impedir la realización de los objetivos del trabajo asalariado.
La capacidad de dividir y separar a los trabajadores para poder derrotarlos es una condición necesaria para la existencia del capital. Más que una característica fortuita o accidental, esta es una tendencia interna del capital. Esto tampoco es considerado por El Capital.
¿Qué impide a los trabajadores apropiarse de todos los beneficios de la productividad incrementada? La condición necesaria para un menor trabajo necesario es el debilitamiento del poder relativo de los trabajadores. El capital necesita un aumento en el nivel de separación entre los obreros. No entender la tendencia interna del capital a separar a los obreros conduce a considerar “neutrales” y de carácter abstracto a la tecnología y las fuerzas productivas, en vez de verlas como una encarnación de las relaciones capitalistas de producción. Ambas características típicas del economismo.
Cuando comprendemos este lado del capital, no sólo vemos como algo lógico que los capitalistas constantemente busquen modos de incrementar el nivel de separación de los obreros, sino que entendemos que no sean indiferentes a la influencia de cualquier innovación sobre la capacidad de los obreros a asociarse.
El grado de separación o división entre los trabajadores es una variable crítica, hasta el punto que el capital prefiere adoptar medidas para lograr dicho objetivo aunque ellas perjudiquen la productividad. De hecho, gran parte de lo que ocurre con la globalización capitalista es un intento por debilitar a los obreros, por evitar grandes concentraciones de trabajadores, por desunirlos y desorganizarlos.
Las divisiones entre los trabajadores son producidas y reproducidas como una condición de la existencia del capital.
De este modo, ver simplemente al trabajo asalariado para sí y sus luchas por alcanzar sus metas inmediatas (salarios más altos, jornada laboral más corta, etcétera), no es situarlo adecuadamente en el interior de la totalidad, como trabajo asalariado en relación al capital.
La lucha necesaria de los obreros para superar las diferencias entre ellos y dividir al capital, es decir, la lucha por derrotarlo no aparece en El capital. Esto también es economicismo.
El fracaso de El capital en completar esa totalidad facilita las interpretaciones economicistas de las leyes determinísticas y objetivas. Las tendencias unilaterales son un producto natural de los significativos conceptos unilaterales que aparecen en El capital. Michael Lebowitz analiza tres de estos conceptos.
El primero de ellos es el de la reproducción del trabajo asalariado. En el centro del concepto del valor de la fuerza de trabajo está la reproducción del trabajo asalariado, que sigue siendo una condición necesaria para la reproducción del capital.
Como sabemos, Marx sostiene que el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los artículos de primera necesidad “requeridos para producir, desarrollar, mantener y perpetuar la fuerza laboral.” (Marx, 1987: 108-9).
En la historia clásica, la creciente demanda de trabajo por parte del capital conduce a salarios más altos, incrementando la oferta laboral y un regreso del salario a su tasa natural una vez que se ha llegado al nivel de mano de obra deseado.
Para producir para el capital una cantidad definida de trabajo se requiere una cantidad definida de medios de subsistencia. La reproducción del trabajo asalariado vista desde esta perspectiva gira alrededor de asegurar que el apetito del capital por plus trabajo no dé lugar a “la futura degradación y despoblación incontenible de la humanidad” (Marx, 1983a: 325).y por esta vía a la no reproducción del capital.
A diferencia de la historia clásica, existe una segunda historia. En el capítulo final del Tomo I de El capital, cuando aborda la moderna teoría de la colonización, Marx señala que para perpetuar la fuerza de trabajo, el capital procura que los salarios sean lo suficientemente bajos como para impedir que los ahorros de los trabajadores les permitan abandonar la situación de asalariado, porque si logran ahorrar una cantidad suficiente tienden a convertirse en granjeros independientes.
En el curso normal de las cosas, el capital camina por dos sendas. Por una, sustituye los trabajadores por maquinaria y en consecuencia presiona hacia abajo los salarios, mediante la producción de una sobrepoblación relativa de trabajadores que presionan en el mercado de trabajo bajando los salarios. Por la otra, sin embargo, el capital genera constantemente nuevas necesidades en los trabajadores y cada nueva necesidad es un nuevo eslabón en la cadena que sujeta los obreros al capital. Marx se refería a esta situación como el poder contemporáneo del capital.
En la reproducción ampliada lo que el capitalista quiere es el crecimiento del valor (en verdad, el crecimiento del plusvalor); lo que quiere el obrero, por el otro lado, es el crecimiento del valor de uso. Y, las dos reproducciones ampliadas son compatibles si crece la productividad. Por consiguiente, el afán capitalista por desarrollar las fuerzas productivas debería verse a la luz de la lucha de los obreros por la reproducción ampliada.
Otro concepto que analiza el autor es el de riqueza. Marx considera a la fuerza de trabajo y a la tierra como fuentes primarias de la riqueza. La riqueza para el capital es valor, plusvalor, plusvalor acumulado, en su forma general como dinero y en su forma particular como medios de producción. Para el trabajador, en cambio, la riqueza son los valores de uso que entran en la producción y reproducción del trabajador y responden a las necesidades no de un ser humano abstracto sino de un ser humano particular producido en el seno de la sociedad. En resumen, la riqueza es inseparable de los seres humanos y sus cualidades en un país y época dados.

En el corazón de la comprensión de Marx acerca de la riqueza real está su concepto del “ser humano rico”: un ser humano que ha desarrollado sus capacidades y habilidades. Lo característico del capital es que en la medida en que crece “crea los elementos materiales para el desarrollo de una rica individualidad que es tan universal en su producción como en su consumo” (Marx, 1985a: 202-3). Pero el capital lo hace de una manera contradictoria, que impide el libre y completo desarrollo del potencial humano.
A diferencia de la concepción capitalista de la riqueza, tenemos entonces un rico concepto de riqueza humana. En El capital no encontraremos esta concepción de la riqueza real.
Podemos decir que ese no era el objetivo de El capital. Lo que hizo Marx en el mismo fue identificar y analizar la naturaleza de la riqueza capitalista. Reveló que la riqueza desde el punto de vista del capital era el resultado de la explotación del asalariado. Sin embargo, el consiguiente fracaso de los discípulos de Marx en elaborar el concepto alternativo de riqueza es equivalente a la sumisión de éstos al concepto de riqueza del capital. Permite sacar la conclusión de que la misma surge sólo del y mediante el capital.
El tercer concepto que analiza Michael Lebowitz es el de trabajo productivo. Para el capital el trabajo productivo es el trabajo que produce plusvalor. Para el trabajador el trabajo productivo es aquel que produce valores de uso para el obrero. Este concepto tiene un sesgo de clase concreto, excluye, por ejemplo, los “lujos” que no entran en el consumo de los trabajadores.
Por otra parte, actividades tan obviamente orientadas a satisfacer la “propia necesidad de desarrollo del trabajador” como los servicios educativos y de salud, que suelen calificarse como trabajo “improductivo”, son obviamente productivos desde el punto de vista del trabajador.
En forma similar, las actividades realizadas en el hogar por los trabajadores y miembros de sus familias son una parte del trabajo total necesario para la reproducción del trabajador. Aunque este trabajo pueda ser improductivo para el capital, en el sentido en que no produce riqueza para él, es necesario y productivo para el trabajador.
Si se aceptan dichas definiciones y, por lo tanto, no se reconoce el carácter de clase de esos conceptos, ese marxismo no sólo será rechazado por los movimientos feministas y otros movimientos, sino, lo que es más grave, no será capaz de desafiar al capital.
Pero no podemos culpar sólo a los seguidores de Marx de estas deficiencias. Debemos reconocer que hay culpa también en Marx. Él heredó conceptos, particularmente de la economía política clásica, que terminaron siendo un lastre.
El marxismo unilateral atribuye a la exclusiva acción del capital todo lo que ocurre: acortamiento de la jornada laboral; subida de salario; mejoramiento de la salud pública y del sistema de escuela pública; nacionalización de ciertos sectores de una economía, entre otros. No da cuenta de las luchas de los trabajadores que están detrás de estos resultados y concesiones del capital.
Por último, Michael Lebowitz critica el concepto de Proletario Abstracto, ese obrero fabril, ese no-capital que está unido y disciplinado como resultado del desarrollo capitalista. El autor afirma que es hora ya de decir adiós al Proletario Abstracto.
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En el octavo capítulo Michael Lebowitz trata de mostrar que también el concepto de trabajo asalariado es limitado. Para dar cuenta de muchos fenómenos, se requiere un concepto de trabajador más amplio que englobe el aspecto asalariado y el no asalariado del trabajador. Aquí cabe la reflexión sobre el trabajo tildado de no productivo de la mujer y en general de la familia del trabajador, y cómo las relaciones de explotación capitalistas están sobredeterminadas por las relaciones patriarcales que el trabajador establece en el hogar. También reflexiona acerca de cómo el capitalista usa en beneficio propio las diferencias entre los trabajadores.
Michael Lebowitz coloca en el libro un dibujo de una totalidad en la que aparece por un lado el capital y por otro el trabajo asalariado dentro de un mismo círculo y sostiene que allí falta algo. Y que ese vacío no permite comprender la ausencia de la revolución socialista y la prolongada hegemonía del capital sobre los trabajadores en los países capitalistas avanzados, ni las luchas de las mujeres por su emancipación o las luchas por la calidad de vida y la identidad cultural.
Esa totalidad parece excluir de su campo de investigación todo lo que no sea la lucha de clases inmediata entre el capital y el trabajo asalariado. Por lo tanto, la representación del capitalismo como un todo es defectuosa si se compara con la totalidad concreta real.
El autor reconoce que el problema reside en el concepto de trabajo asalariado que se utiliza. Éste es una “abstracción racional” que permite considerar sólo lo que es común a todos los asalariados en su relación con el capital. Los individuos son tratados como personificaciones de categorías económicas, como portadores de relaciones e intereses de determinadas clases. Pero lo que existe no es esa abstracción sino seres humanos concretos que son asalariados. Sin embargo, acepta que sólo mediante este procedimiento de abstracción es posible avanzar en el plano científico.
La crítica de Michael Lebowitz no es entonces al método usado por Marx en El Capital, que considera a los individuos sólo en tanto que portadores de determinadas relaciones, sino al hecho de que Marx no haya abandonado posteriormente esa premisa.
El autor se manifiesta convencido de que sólo cuando se vaya más allá de El Capital, para reflexionar acerca del tema del libro proyectado por Marx sobre el trabajo asalariado, se podrá investigar todas esas “relaciones y funciones humanas, cualquiera sea la forma en la que puedan aparecer” que caracterizan la singularidad del trabajador.
Michael Lebowitz señala que en su discusión acerca del trabajo asalariado siempre ha estado implícito que la persona es algo más que un simple asalariado. Dentro del trabajo asalariado Marx distingue el trabajo propiamente asalariado que realiza el trabajador y aquel que realiza pero sin recibir un salario, es decir, aquel que produce valores de uso para el trabajador.
Además, hay distintas maneras de obtener esos valores de uso: una, el intercambio igual entre dos asalariados donde exista una división del trabajo entre los dos; otra, la división entre trabajo improductivo realizado por un sector de trabajadores y trabajo productivo realizado por otro sector.
Marx definió como relación esclavista aquella que el asalariado mantenía con su familia para obtener una serie de valores de uso en el hogar. Muchos marxistas, sin embargo, han considerado esta expresión como algo más “metafórico que científico.”
Cuando crece el grado de miseria, ya sea debido a una caída en los salarios reales o a un crecimiento en las necesidades sociales, una de las opciones que tiene el trabajador es el incremento de la explotación en el seno del hogar, es decir, un aumento en la cantidad extra de trabajo realizado por la esposa y los hijos. Pero, también puede ocurrir que los miembros de la familia sean impulsados por el propio jefe de familia a convertirse a su vez en asalariados. El trabajador “ahora vende a su mujer y el hijo. Se convierte en tratante de esclavos” (Marx, 1983a: 482-3)
161. 200. 436. En este último caso, no todo es negativo: el desplazamiento de la mujer hacia al mercado de trabajo arranca “todo fundamento” (Engels, 1962: 231, 233) a la dominación masculina en el hogar proletario y constituye una premisa para la emancipación de la mujer.
Lo que Marx describió es totalmente consistente con el argumento de que además de las relaciones capitalistas, los asalariados también pueden existir en el seno de un “modo patriarcal de producción.” El asalariado varón de aquella época existía en el interior de dos relaciones de clase: como asalariado en relación al capital y como propietario de esclavos en relación con su familia.
Según Lebowitz, mientras el sujeto sea el capital, puede ser adecuado considerar a estos seres humanos sólo como asalariados. Sin embargo, tan pronto como el trabajador asalariado se convierte en el sujeto, es necesario considerar las otras relaciones en las que está inserto, como la patriarcal.
Entonces, en el proceso de auto producirnos no sólo consumimos valores de uso sino también las relaciones sociales bajo las cuales son producidos esos valores de uso. Este es un tema sobre el cual las feministas marxistas han hecho y continúan haciendo importantes contribuciones.
Aunque Marx describe la relación existente en el interior del hogar como esclavista en su naturaleza, no se detiene a considerar el aspecto de lucha que encierra esta relación. Este tema es excluido por no ser objeto de El Capital.
Michael Lebowitz sostiene que sería ingenuo pensar que Marx hubiese podido desarrollar este tema en el libro faltante sobre el Trabajo Asalariado. Lo que le interesa demostrar es que en el interior de la estructura marxiana existe el espacio teórico para desarrollar estas cuestiones. Considera que no hace falta agregar elementos extraños de manera ecléctica en esta teoría para dar cuenta de estos temas.
Aunque en El Capital no fue desarrollado el tema, una vez que comenzamos a investigar a los trabajadores como trabajadores no asalariados, vemos que más que asalariados abstractos, los trabajadores en cuestión son seres humanos concretos.
Sería un error, sin embargo, considerar el proceso de la producción del trabajador como ocurriendo exclusivamente fuera del trabajo asalariado.
Hemos visto cómo el mismo proceso de producción capitalista produce y reproduce a trabajadores que por educación, tradición y hábitos, perciben los requerimientos de ese modo de producción como leyes naturales y no se les ocurre que pueda existir otra cosa que la hegemonía del capital.
Por otra parte, también produce trabajadores que están separados entre sí. En parte, este es el resultado del esfuerzo consciente del capital por dividirlos y separarlos en el mercado de trabajo y en el proceso de producción.
La unidad de los trabajadores —una de las condiciones para ir más allá del capital—no es producida por el capital. En pocas palabras, el capital tiende a producir la clase obrera que necesita.
Pero el capital no se limita a eso. Confronta también a los trabajadores que han sido producidos por fuera de su relación con el capital: ellos se presentan ante el capital como seres humanos heterogéneos, es decir, como trabajadores que ya están divididos por el sexo, la edad, la raza y la nacionalidad. Esto contribuye a aumentar las dificultades para unir a los trabajadores: le suministra al capital un terreno donde éste puede usar esas diferencias.
Michael Lebowitz llama la atención sobre cómo explota el capital las contradicciones entre los obreros ingleses e irlandeses. Marx llegó a explicar que la impotencia de la clase obrera inglesa, a pesar de su gran organización, se debía a ese antagonismo que dividía a los trabajadores de ambos países en beneficio del capital. ¿Qué decir de lo que ocurre con los trabajadores inmigrantes de hoy?
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El noveno capítulo plantea la pregunta de cómo se puede ir más allá del capital. Rechaza la tesis del marxismo conservador que sostiene que el capitalismo llegaría a su fin cuando ya no permitiese más el desarrollo de las fuerzas productivas. Sostiene que tampoco se puede pensar en que sólo la insatisfacción de los trabajadores producida por su creciente pauperización puede conducir a ello, porque ese malestar lleva a luchar por mejorar la situación dentro del capitalismo y no a ir más allá de él. Lo que trata de demostrar es que el capital está completamente mistificado y que aún las luchas de los trabajadores no son suficientes por sí mismas para ir más allá del capital. Por lo tanto, lo esencial para poder lograr este objetivo es que la clase obrera posea una teoría que le permita desmistificar el capitalismo y que lo haga consciente de las condiciones de su emancipación.
Recordemos la afirmación de Marx de que existe una creciente pauperización de los trabajadores en el capitalismo y que ésta debe entenderse como la brecha entre las necesidades de éstos —desarrolladas socialmente— y las que son normalmente satisfechas. Parecería ser que cuanto mayor sea la pauperización de los trabajadores mayor será su insatisfacción, y mayores las probabilidades de que opten por ir más allá del capital.
Sin embargo, con toda razón, Michael Lebowitz señala que más que apuntar a un más allá del capital, la incapacidad de satisfacer sus necesidades conduce a los trabajadores a la lucha de clases dentro del capitalismo. La pauperización genera inmediatamente una demanda de más altos salarios. La “barrera real” del trabajo asalariado es el mismo trabajo asalariado.
Coincidiendo con Lenin, el autor señala que el capital produce espontáneamente “una conciencia sindicalista”, pero no una conciencia que lleve a más allá de la relación capital/trabajo asalariado, es decir, genera la convicción de que sólo es necesario organizarse en sindicatos, luchar por mejores salarios y por obligar al gobierno a aprobar la necesaria legislación laboral, etcétera.
Si no hay una comprensión de la naturaleza del capital, las consecuencias de su actuación aparecen necesariamente como resultados de una condición natural, independiente de toda relación particular de producción. Por ejemplo, la degradación del trabajador descrita por Marx aparece como el resultado de la producción industrial como tal antes que como el producto del modo específicamente capitalista de producción.
El capital produce al trabajador que necesita, aquel que considera la necesidad del capital como algo completamente evidente. El desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo y las condiciones de ese desarrollo aparecen ante sus ojos como logros del capital. Esta es la mistificación inherente al capital. Por lo tanto, una condición fundamental para que los obreros puedan ir más allá del capital es que logren desmistificarlo.
Esta es la principal contribución de El capital de Marx. Es allí donde se revela la naturaleza del capital, lo que no aparece ni puede aparecer en la superficie es que el capital es el resultado de la explotación del trabajador.
Para trascender al capital era necesaria una teoría que permitiese al trabajador asalariado tomar conciencia de que el capital es producto de su trabajo, es decir, es su propio producto.
Como señaló Marx en su discurso en la sesión inaugural de la Primera Internacional, los obreros pueden ser numerosos, pero sólo pueden triunfar “si están unidos por la organización y dirigidos por el saber”. La teoría marxiana ofrece ese saber; “se transforma en fuerza material en cuanto se apodera de las masas” (Marx, 1965: 30). Pero ¿cuáles son las características de una teoría capaz de revelar la naturaleza del capital? Para responder a esto debemos entender precisamente la base de la mistificación del capital.
El capital no puede aparecer como el resultado de la explotación del trabajador, porque la misma explotación no aparece en el proceso de compra y venta de la fuerza de trabajo. El salario es percibido tanto por el capitalista como para el asalariado como el precio del trabajo, como una cierta cantidad de dinero que es pagada por una cierta cantidad de trabajo. No se ve que lo que el capitalista está pagando es sólo la fuerza de trabajo —sólo una cierta cantidad de trabajo equivalente al trabajo necesario para pagar su valor—, sino se cree que se está pagando todo el trabajo. Allí se encuentra la base para la mistificación total del capital.
La venta de fuerza de trabajo —una transacción individual— oculta la explotación, y, por lo tanto, el capital no puede ser reconocido como el resultado de la explotación. La relación mercantil mistifica su relación real. Es precisamente esa relación real que no aparece a primera vista la que debe ser puesta al descubierto por la ciencia.
Para comprender la naturaleza del capital, Marx tuvo que ir más allá de la transacción mercantil individual y considerar al capitalismo como una totalidad.
Con el concepto de la reproducción del capital como un todo, Marx pudo demostrar que la fuente del capital que confronta a los obreros en cada transacción es el resultado de la explotación previa de los trabajadores.
Considerando al capitalismo como un todo, los medios de producción son reconocidos como el producto de otros trabajadores, otros miembros del obrero colectivo. Si hay una productividad incrementada como resultado de la existencia de medios de producción particulares, no se debe, entonces, a un poder oculto intrínseco a las cosas, sino la actividad de los trabajadores que produjeron esos medios de producción. Más específicamente, esa productividad incrementada resulta de la coordinación y cooperación del trabajo social.
El método de Marx de considerar al capital y el trabajo asalariado como una totalidad fue precisamente lo que se necesitaba para mostrar la naturaleza del capital como el resultado de la explotación. Como argumentó correctamente Lukacs, al escribir El Capital Marx suministró a los trabajadores una teoría para contrarrestar la mistificación inherente al capital.
Esta obra era el intento de Marx de hacer al proletariado “consciente de la condición de su emancipación,” consciente de la necesidad de abolir la propiedad del capital sobre los productos de su trabajo.
Ese era el objetivo limitado, pero sin embargo crucial de El capital, dada la tendencia inherente en el capital a desarrollar una clase obrera que considere las exigencias del capital como “leyes naturales auto-evidentes”.
Pero El capital no es simplemente un momento en la comprensión del capitalismo como un todo; es también un momento en la lucha revolucionaria de los trabajadores para ir más allá del capital.
El Capital de Marx es un estudio de la lógica del capital y eso es lo que debía ser, dada la necesidad de explicar la naturaleza del capital. Para este fin, era necesario crear un concepto abstracto que permitiese dejar de lado los aspectos heterogéneos de los asalariados a los efectos de demostrar lo que todos los asalariados tienen en común. Su objetivo era dar a los trabajadores un arma con la que ir más allá del capital.
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El décimo capítulo pretende destacar el papel de la lucha de clases. Si bien es cierto que “El Capital” señala a la clase obrera las condiciones de su emancipación, el autor recuerda que “el arma de la crítica” no es suficiente; que la teoría debe encarnarse en las masas.
El autor insiste aquí en un tema que está presente en todos los trabajos de Marx: el auto desarrollo de los trabajadores a través de sus luchas, una de cuyas partes centrales es el desarrollo del estado de los trabajadores.
Estas luchas, por sí solas, no trascienden, sin embargo, relación capital/trabajo asalariado. No obstante, en el curso de esos enfrentamientos tiene lugar un importante desarrollo cualitativo del trabajador. La lucha contra el capital es un proceso de producción de la clase obrera como Una. La clase obrera —entendida analíticamente como clase en sí— se convierte en clase para sí mediante su lucha contra el capital.
Marx describe la lucha de clases como un proceso de producción. Aunque las necesidades que intentan satisfacer no vayan más allá del capital, el mismo proceso de lucha produce nuevas personas al dotarlas con una nueva concepción de sí mismas: como sujetos capaces de transformar su mundo.
¡Nada es más central para la concepción global de Marx que esta “coincidencia entre el cambio de las circunstancias y la auto transformación, es decir, el concepto de la práctica revolucionaria!,” señala Michael Lebowitz. Marx llegó a entender que los seres humanos no son inmutables, que la lucha por satisfacer necesidades materiales puede producir nuevas personas con necesidades nuevas y “radicales.”
El auto desarrollo, sin embargo, implica siempre algo más que el mero proceso de producción material. Para Marx, significó en particular el desarrollo de seres humanos socialistas a través de la lucha colectiva. El filósofo alemán veía que la producción de una “conciencia comunista” sólo podría gestarse a través de las luchas de los trabajadores, en un “movimiento práctico, mediante una revolución. (Marx-Engels 1958: 78). El autor de El capital veía las guerras civiles y luchas nacionales no sólo como elementos para provocar un cambio en la sociedad, sino también como medios para que los trabajadores se auto transformaran y se prepararan para el ejercicio del poder político.
Al luchar contra el capital, por lo tanto, el trabajador se producen a sí mismos de una manera diferente: ‘se despoja de sus trabas individuales y desarrolla su capacidad’; “se auto transforma, desarrolla nuevas capacidades e ideas, nuevos modos de interacción, nuevas necesidades y un nuevo lenguaje.” (Marx, 1985a: 351). Mediante esta lucha los trabajadores se producen como premisas de una nueva sociedad.
¡No entender la importancia de la coincidencia entre la modificación de las circunstancias y la auto transformación —coincidencia que sólo puede entenderse como “práctica revolucionaria”— es no entender el elemento dinámico sin el cual no se puede trascender al capital! sostiene Michael Lebowitz.
Aunque Marx escribió El capital para explicar a los trabajadores contra qué estaban enfrentándose, “el esfuerzo por comprender las ideas no es suficiente.”
Ninguna crisis del capitalismo lo llevará a su fin en ausencia de una lucha de clases. Contrariamente a la tesis de la primacía de las fuerzas productivas, en la trascendencia del capital deberían estar implicadas muchas fuerzas sociales, no sólo las ligadas a la estructura económica, están también —como señala Gramsci — las influencias de “las fuerzas políticas” y las fuerzas “político-militares.”
El poder del capital descansa en gran medida en su constante habilidad para dividir y separar a los trabajadores, para ponerlos a competir entre sí, para convertir la diferencia en antagonismo. Consecuentemente, el esfuerzo por unirse y por reducir el grado de separación entre ellos constituye una parte esencial de la lucha de clases de los trabajadores.
Los sindicatos son vitales como centros de organización de la clase obrera. Pero el lugar de trabajo, sin embargo, no es el único lugar para organizarse. En 1850, Marx y Engels identificaron a la comunidad como un sitio en el que los trabajadores deberían unirse. Y a estos espacios nacionales hay que agregar el espacio internacional.
Michael Lebowitz se refiere al tema de las “alianzas” entre los trabajadores y los nuevos actores sociales. Según el autor este tema sólo se plantea como resultado de la reducción teórica de los trabajadores a productos unidimensionales del capital. Para Michael Lebowitz no habría “trabajadores y nuevos movimientos sociales” sino “trabajadores reales multidimensionales y en muchas y diferentes relaciones sociales.” Debería considerarse a los nuevos movimientos como la expresión de otras necesidades de los trabajadores y como el desarrollo de nuevos centros de organización de la clase obrera funcionando “en el amplio interés de su total emancipación.” Y, en la medida en que estas luchas estén dirigidas contra la posición del capital como dueño de los productos del trabajo social, tales luchas ofrecen la posibilidad de agrupar, en lugar de mantener separados, a todos quienes no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo.
De hecho, los distintos movimientos (y centros de organización) pueden respaldarse unos a otros y fortalecer la lucha contra el capital.
Por otra parte, observa Michael Lebowitz, si la cuestión social no se manifiesta solamente de una única forma, sino que también se combina con la cuestión nacional (en este caso, con el antimperialismo), la lucha puede ser “infinitamente más fácil.
En resumen, toda lucha por modificar las circunstancias es un proceso de auto-transformación, porque modifica a las personas que participan en él. En la medida en que para ser exitosas esas luchas deben ser colectivas, ellas producen personas para quiénes la unidad se convierte en un fin más que solamente en un medio.
Ciertamente, no se puede ir más allá del capital si no existe gente en movimiento. Por otra parte, la reproducción de la vida cotidiana, donde la gente diariamente se auto produce como personas con necesidades de mercancías y dependientes del capital, es clave para el proceso que preserva al capitalismo como un sistema orgánico. Incluso algunas luchas dirigidas contra el capital en este sentido pueden ayudar a mantener relaciones capitalistas. De ahí la importancia de trabajar esos sectores.
Finalmente Michael Lebowitz se refiere al papel que juega en esta lucha la conquista del poder del estado y elabora algunas líneas sobre el carácter del nuevo estado que los trabajadores deben construir.
Este estado obrero creará gradualmente las condiciones para ir más allá del capital, para crear la sociedad comunista. Es decir, el estado obrero no abolirá de un plumazo la industria capitalista sino que creará una creciente propiedad estatal.
Pero los capitalistas difícilmente van a aceptar este despojo gradual. Probablemente dejarán de invertir, se declararán en huelga y allí es donde el gobierno socialista necesitará coraje revolucionario para enfrentar esa situación.
En este proceso la industria estatal juega un papel de gran importancia, porque garantiza la subsistencia del proletariado. El estado obrero es un arma esencial para llevar a cabo la lucha contra el capital.
El desarrollo del estado obrero produce una nueva dimensión en la relación social entre los trabajadores. En ese “autogobierno de los productores”, los trabajadores están relacionados como ciudadanos que se autogobiernan en el esfuerzo de actuar de acuerdo con los intereses de los productores en su conjunto.
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Por último, el capítulo decimoprimero y final del libro plantea que para que los trabajadores se sientan motivados a ir más allá del capital no basta que comprendan su naturaleza sino que estén convencidos que otro mundo es posible. Y esta es una de las cuestiones por las que el libro sobre el trabajo asalariado es absolutamente esencial. En este capítulo el autor desarrolla algunos otros rasgos de la nueva sociedad cuyo centro sería, ya no el capital, sino el trabajador colectivo. Termina reafirmando la centralidad de la práctica revolucionaria para el auto-desarrollo del trabajador colectivo y la necesidad de empezar a construir de inmediato el otro mundo alternativo al capitalismo.
La consideración del patrón de necesidades como inmutable, la ausencia de reflexión sobre la importancia del grado de separación entre los trabajadores y la centralidad del trabajador como un sujeto que se desarrolla a través de sus luchas, son aspectos no abordados en El capital. Estas ausencias hacen de la teoría contenida en él una teoría no adecuada para los requerimientos de la lucha. Por eso, según Lebowitz, la elaboración del libro faltante sobre la política económica del trabajo asalariado es tan crítica.
Este silencio tiene sus consecuencias. No sólo limita la capacidad del marxismo para demostrar a los trabajadores que son sus productos y su poder los que se vuelcan contra ellos, sino también impide la posibilidad de revelar que hay una alternativa al capitalismo. Esta alternativa está íntimamente ligada a la economía política de la clase obrera.
Marx imaginaba una clara alternativa: una sociedad de productores asociados, en la que la riqueza social, en lugar de ser apropiada por los compradores de la fuerza de trabajo, fuese utilizada por los individuos libremente asociados que producen de acuerdo con “necesidades comunes y fines comunes” (Marx, 1985a: 62, 73).
Hay que recordar que toda cooperación y asociación del trabajo en la producción genera una productividad social combinada del trabajo que excede la suma de las productividades individuales y aisladas; y que en toda sociedad, la separación y división en las relaciones sociales entre los productores permiten que quienes median entre los ellos recojan los frutos de su cooperación en la producción.
El trabajador colectivo o unido está compuesto por numerosos miembros y órganos distintos. Al respecto Marx decía: “éste trabaja mejor con las manos, aquél más con la cabeza, uno como director, ingeniero, técnico, etcétera, el otro como capataz, el de más allá como obrero manual directo, o incluso como simple peón” (Marx, 1990: 79).
En el capitalismo, el capital como tal articula las distintas partes del obrero colectivo (aunque nunca todas) y media entre esas partes. Por consiguiente, el capital puede arrancar los beneficios que surgen de la cooperación en la forma de plusvalor; y lo hace como resultado de su capacidad para dividir y separar los trabajadores.
Por el contrario, con la eliminación del capital como mediador y el desarrollo del obrero colectivo para sí, ese productor compuesto por diferentes miembros y órganos se transforma en una sola fuerza de trabajo social.
La economía política de la clase obrera vislumbra una sociedad de productores libres y asociados, donde el desarrollo de los seres humanos es el objetivo explícito de la producción.
En esa sociedad cooperativa que imaginó Marx, aquella basada en la propiedad común de los medios de producción, la actividad productiva de las personas se desprende de una unidad y solidaridad basada en el reconocimiento de sus diferencias. Sus miembros se reconocen en su unidad como miembros de la familia humana y actúan sobre esta base para asegurar el bienestar de los otros en el seno de esta familia.
Al contrario de la economía política del capital, abarca algo más que el trabajo mediado por el capital. La jornada laboral en esta sociedad alternativa, por ejemplo, es más larga que la jornada laboral capitalista, porque incluye aquel trabajo improductivo para el capital que Marx incluía bajo los llamados costos de consumo de la fuerza de trabajo.
Por otra parte, la interdependencia de todos los miembros del obrero colectivo está en el corazón de la economía política de la clase trabajadora y ésta no es otra cosa que la sociedad comunista.
En esta sociedad de productores asociados, la cooperación del trabajador colectivo y la ausencia de un mediador extraño demuestran que para rendir frutos no es necesario “que los instrumentos de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo” (Marx, 1864: 11) En cambio, el trabajador ahora trata al carácter social de su trabajo como su poder.
Pero, ¿cuál es el propósito de los comunistas? Organizar la sociedad de tal manera que cada miembro de ella puede desarrollar y usar todas sus capacidades y energías con total libertad y sin infringir por ello las condiciones básicas de esta sociedad” (Marx y Engels, 1976b: 96
En la versión final del Manifiesto este objetivo era representado como la “asociación, en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos.”
En el centro de la concepción de la sociedad de los productores libres y asociados de Marx estaba el eliminar todas las cadenas que impiden el total desarrollo de los seres humanos.
La productividad social significa tiempo libre para el desarrollo artístico, científico, etcétera.
De acuerdo a ello, los primeros productos de esta sociedad de productores libremente asociados serían seres humanos capaces de desarrollar su potencial total en una sociedad humana donde “crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva” (Marx, 1970b: 24).
Un hermoso cuadro, señala el autor, pero que no surge de la nada; más bien, fluye de todas las luchas de los trabajadores en el capitalismo, impulsadas por su propia necesidad de desarrollo. El “deber ser” de los trabajadores, su impulso hacia la reproducción ampliada, surge constantemente contra las barreras creadas por el capital para apoyar la continuidad de la explotación. Los trabajadores luchan para llegar a sobrepasar esas barreras y en el proceso, transforman las circunstancias y se transforman a sí mismos.
Pero esta no es el mismo relato con el que comenzamos este libro, señala Lebowitz. En el capítulo primero es el capital el que tiene el impulso a crecer y que constantemente va sobrepasando barreras hasta que finalmente enfrenta un límite en la forma de la clase obrera. Llegado a la conclusión de que ese relato es unilateral porque no explica por qué los trabajadores luchan para ir más allá del capital, ni, significativamente, por qué aceptan al capital.
En lugar del determinismo y economismo que se desprenden del marxismo unilateral, el Marx que surge aquí es un revolucionario cuyo optimismo se basa en el supuesto de que los seres humanos luchan contra las condiciones inhumanas. Esa lucha contra una existencia inhumana es lo que impulsa a ir más allá del capital.
Partiendo del concepto del trabajador colectivo y de la sociedad del trabajador colectivo para sí, lo que surge como descubrimiento lógico en El capital es una alternativa a la sociedad capitalista: una “sociedad de la libre individualidad, basada en el desarrollo universal de los individuos y en la subordinación de su productividad colectiva convertida en su riqueza social” (Marx, 1985a: 62).
Cuando Marx escribió El capital, lo hizo en una época en que las visiones utópicas eran habituales. Dada su creencia en que los trabajadores desarrollarían los elementos de la nueva sociedad en el curso de sus luchas, Marx se resistía a escribir recetas sobre la futura sociedad. Sin embargo, luego de la experiencia del último siglo —con el “socialismo realmente existente”— es esencial resucitar la visión de una nueva sociedad, la sociedad de los productores asociados, y no para el futuro, sino para las necesidades del presente.
Hoy comprendemos mucho más claramente que el capitalismo no engendra su negación “con la [inexorabilidad] de un proceso natural” (Marx, 1983a: 954), pero siempre hay una posibilidad de que se produzca el terreno apropiado en el que se pueda seguir la lucha contra el capital.
Michael Lebowitz concluye su libro diciendo que la continuidad del proyecto de Marx significa mucho más que escribir los libros faltantes. Su proyecto, era hacer lo que pudiera para ayudar a dar a luz esa “asociación, en la que el libre desarrollo de cada uno sea la condición para el libre desarrollo de todos.” Hacer ver que el capital es el producto de los trabajadores que se vuelve contra ellos, trabajar por la unidad en la lucha, reafirmar la centralidad de la práctica revolucionaria para el auto desarrollo del trabajador colectivo y exponer la visión de una alternativa posible, son todos ingredientes esenciales para demostrar hoy que “un mundo mejor es posible. ¡Construyámoslo ahora!
Notas
1. El prológo a la nueva edición fue escrito en septiembre de 2002.
2. Explicar
Marta Harnecker
Ha pasado más de un siglo y medio desde que Marx anunciara la hora final del capitalismo, la hora en que los expropiadores serían expropiados. La revolución socialista en Rusia seguida del advenimiento del socialismo en varios de los países de Europa del Este, más tarde en Asia (China, Corea, Vietnam) y luego en Cuba, sumado al auge de los movimientos de liberación nacional en África, donde se levantaron gobiernos que se integraron al llamado “campo socialista,” eran todos hechos que parecían estarle dando la razón.
A finales de ese mismo siglo, sin embargo, la situación se tornó radicalmente diferente. Es derrotado el socialismo en Europa del Este y la URSS, y se reduce drásticamente la tradicional clase obrera industrial en los países de alto desarrollo con el consecuente debilitamiento de los movimientos obreros. El capitalismo demuestra una extraordinaria capacidad de sobreponerse a las diferentes crisis aumentando su dinamismo y su capacidad de imponer a nivel global su modelo económico, político, ideológico y cultural. La situación parece haberse revertido. No es el capitalismo sino más bien el socialismo el que parece haber sucumbido y con él, el marxismo, su teoría inspiradora.
Es en ese momento cuando, en medio de un gran escepticismo académico y político, Michael Lebowitz escribe su primera versión de este libro. Reivindicar a Marx era entonces ir en contra de la corriente intelectual claramente dominante.
Once años después, en el momento en que el autor da a luz una segunda versión1 de “Más allá de El capital” —una versión notablemente revisada, ampliada y enriquecida— la situación del mundo ha cambiado enormemente. El capitalismo realmente existente en su forma neoliberal ha sido incapaz de resolver los grandes problemas de la humanidad: aumenta desgarradoramente la pobreza; la destrucción de la naturaleza continúa su avance devastador; la prepotencia imperial se impone a costa de miles de vidas inocentes. Crece el repudio en sectores cada vez más amplios de la población mundial. Ha comenzado a revertirse la situación. Pero, como decía Marx y el autor lo recuerda en su libro: los que se oponen al capital pueden ser muy numerosos, pero sólo pueden triunfar “si están unidos por la organización y guiados por el saber.” (Marx (1864: 12)
Este libro es una importante contribución a ese saber cuyas piedras angulares colocó Marx al enfocar por primera vez en forma científica el desarrollo de la sociedad y su cambio, y detenerse especialmente en el estudio del modo de producción capitalista.
Michael Lebowitz titula su libro “Mas allá de El capital”. Pero ¿qué significa ir más allá de la obra cumbre de Karl Marx?
En primer lugar, significa que hay un más acá que se toma como punto de partida. El autor valora muy positivamente el aporte de Marx: no hay otro pensador que haya sido capaz de desentrañar la lógica del capital con el mismo rigor científico. Y al desmistificarla y develarla proporcionó a la clase obrera el instrumento teórico de su liberación.
En segundo lugar, significa un ir más allá de los conocimientos, reflexiones y respuestas que podamos encontrar en El capital. A pesar de su alta valoración de la obra cumbre de Marx, el autor la considera una incompleta. Según él no da cuenta del capitalismo como un todo.
En tercer lugar, significa que se trata de ir más allá pero desde un más acá, ya que es en el pensamiento de Marx y no fuera de él donde podemos encontrar todos los elementos a partir de los cuales se puede construir una concepción integral del mundo capaz de dar respuesta a nuestros interrogantes.
A lo largo de los distintos capítulos del libro, Michael Lebowitz demuestra la contundencia de los análisis que Marx realiza en El capital, explica en qué sentido considera que su estudio es incompleto y pone en práctica un esfuerzo teórico apasionante que demuestra todo el potencial que tiene el pensamiento de Marx para dar respuesta a las inquietudes teóricas contemporáneas.
Coincido plenamente con el autor en todo el esfuerzo que éste realiza por construir respuestas originales a temáticas de gran actualidad no abordadas o insuficientemente abordadas en El Capital: durabilidad del capitalismo y pasividad de la clase obrera; derrota del socialismo; desaparición de la clase obrera industrial; incapacidad de dar cuenta de la multiplicidad de luchas democráticas actuales.
No coincido, sin embargo, en varias de sus reflexiones metodológicas. Aquí mencionó las que me parecen más relevantes. Michael Lebowitz considera que El Capital es unilateral y yo opino, en cambio, que es más adecuado decir que se trata de un esfuerzo teórico incompleto. Pienso que no se puede criticar a este libro por no abordar como un tema central la lucha de clases. Creo que hay razones para que ésta no ocupe un lugar teórico en El Capital, a pesar de estar omnipresente en toda su obra. El autor resalta correctamente, por otra parte, el tema de la separación de los trabajadores impuesta por el capital como una de las explicaciones de su perduración en el tiempo, pero no destaca suficientemente aquellos aspectos contradictorios que va generando la lógica del capital y que van constituyendo las bases materiales y organizativas de la nueva política económica alternativa (necesidad técnica del trabajo colectivo; socialización de las fuerzas productivas). Por último, hay formulaciones que parecen cuestionar la ruptura epistemológica2 que el propio autor dice encontrar en la obra de Marx.
No es posible ni tiene sentido profundizar aquí en estas diferencias. Ninguna de ellas cuestiona el contundente aporte que hace el autor a la reflexión marxista contemporánea, como ha sido reconocido internacionalmente al serle otorgado en 2004 el prestigioso Premio Deutcher a la mejor y más innovadora obra reciente en la tradición marxista. Y, lo que es más importante, los instrumentos conceptuales que otorga a la práctica revolucionaria.
A la vez que permite una mejor comprensión de esta práctica, “Mas allá de “El capital” proporciona elementos teóricos para hacerla más eficaz. ¿Cómo comprender la sui generis revolución venezolana sin poner de relieve que los trabajadores, los sectores populares, se transforman a sí mismos a través de su práctica diaria en el trabajo, en la participación a todos los niveles, en la lucha por defender y llevar adelante el proceso revolucionario? ¿Cómo construir una política económica alternativa sin tener en cuenta la necesidad de poner fin a la separación que reina entre los trabajadores, modificar el concepto de jornada laboral y construir un estado que permita que los trabajadores se transformen a sí mismos a través de su práctica?
Más que un rescate de Marx, el libro que presentamos es un rescate del marxismo como la teoría que nos permite pasar de la contemplación del mundo a su transformación revolucionaria. No es de extrañar entonces que sean cada vez más los grupos de revolucionarios que en diferentes continentes hayan comenzado a estudiarlo y a tratar de concretar sus enseñanzas en la práctica.
Como considero que éste no es un libro de fácil lectura quise contribuir a estimular su estudio realizando una síntesis bastante desarrollada de cada capítulo en el lenguaje más sencillo posible. El lector que no guste de esta especie de introducción pedagógica que a continuación expongo, no tiene más que saltarse las páginas que siguen e introducirse de lleno en la obra de Michael Lebowitz.
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El primer capítulo parte con la pregunta: ¿por qué estudiar a Marx y no a economistas contemporáneos, o hacer nuestro análisis del sistema económico actual? Michael Lebowitz responde: por una parte, la teoría de Marx no se limita sólo al terreno económico, es una teoría de la sociedad en su conjunto, y por otra, no ha habido nunca en la historia un análisis del capitalismo tan “poderoso y revelador” como el del autor de El Capital.
Luego expone brevemente el análisis que hace Marx de los aspectos fundamentales del modo de producción capitalista. Cómo se origina, cuál es su lógica fundamental, lo que ocurre en la esfera de la producción y en la esfera de la circulación, para desarrollar finalmente el tema de las barreras y límites de este modo de producción.
El capital va desarrollando una forma de producción cada vez más adecuada al logro de su objetivo fundamental: la ganancia, pero este proceso es contradictorio porque al irse desarrollando va generando sus propias barreras y, al mismo tiempo, se las va ingeniando para ir superándolas constantemente. En ese sentido sería un proceso infinito, pero Marx no lo pensó así: sostuvo que el capitalismo crea a sus propios sepultureros. Lo único que puede poner un límite real al capitalismo es la acción en su contra de la clase obrera.
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El segundo capítulo explica por qué hay que ir más allá de El Capital. A pesar de la innegable contribución de Marx a dilucidar el funcionamiento del capitalismo, Michael Lebowitz considera su libro incompleto porque en él no se encuentran las respuestas a cuestiones como: la durabilidad del capitalismo y la pasividad de su clase obrera; la derrota del socialismo; la desaparición de la clase obrera industrial; la incapacidad de dar cuenta de la multiplicidad de luchas democráticas actuales. Pero una cosa es “El Capital” y otra el pensamiento de Marx en su totalidad. Michael Lebowitz considera que éste contiene en sí mismo todos los elementos necesarios para construir una concepción total e integral del mundo y responder a las cuestiones recién planteadas.
Sin duda que muchas cosas han cambiado desde que Marx escribió El Capital, pero lo que no ha cambiado es la naturaleza esencial del capital. En dicho libro encontramos una comprensión no superada de su dinámica, aquella que constantemente revoluciona el proceso de producción, que destruye las barreras que impiden el desarrollo de las fuerzas productivas, que obliga a las naciones a adoptar formas capitalistas de producción.
Quién, por otra parte, puede negar el carácter contradictorio de la reproducción capitalista que, por una parte, tiende hacia el desarrollo absoluto de las fuerzas productivas y la realización de plusvalía aumentando día a día la masa de productos disponibles en el mercado, pero que, al mismo tiempo, crea una masa de compradores con escasa capacidad adquisitiva debido a los bajos salarios que éstos reciben producto de la explotación capitalista.
Pocos parecen cuestionar que Marx tuvo éxito en revelar la ley que rige el modo de producción capitalista, pero hay otros elementos de su pensamiento que sí son cuestionados: todavía estamos esperando la rebelión de la clase obrera que pondría fin a la explotación capitalista anunciada por Marx: los expropiadores no han sido aún expropiados.
Otros cuestionan el reduccionismo clasista que privilegia a la clase obrera como el sujeto del cambio social. Para estos analistas la multiplicidad de luchas democráticas actuales debe ser considerada como una crítica práctica a la teoría de Marx.
Por otra parte, no pueden desdeñarse hechos como: el fracaso del modelo de sociedad que se construyó inspirado en su teoría: el socialismo de Europa del Este y la URSS; la reducción del marxismo a ideología oficial del estado en esos países transformándose en anatema para muchos luchadores por la liberación humana; y la desaparición de la clase obrera industrial como sujeto del cambio social.
“¿Ha llegado entonces la hora de decir adiós no sólo a la clase obrera —como ha postulado Gorz— sino también al marxismo?”¿Será la teoría de Marx o será el marxismo lo que se está cuestionando?, porque las dos cosas no son necesariamente lo mismo. Pudo haber ocurrido que la necesidad de responder a los hechos haya llevado a producir deformaciones de la teoría original de Marx en el Siglo XX.
Michael Lebowitz sostiene que “los muchos silencios del marxismo, el determinismo y el fatalismo de sus leyes objetivas, el reduccionismo y el economismo” no son inherentes al proyecto teórico de Marx. Sin embargo, reconoce que hay un problema en El Capital, que hay un silencio grave en él. Un silencio que permite que los científicos vean como único sujeto al capital, olvidando su otro lado: el trabajador asalariado, y sostiene que ese silencio está en la raíz de las deficiencias del marxismo realmente existente.
¿Qué hay que hacer entonces? Habría que “volver al Marx original y no adulterado” y, usando el “método y forma de acercamiento de Marx”, es decir, su “estructura de pensamiento”, habría que desarrollar nuevos elementos de su teoría buscando un desarrollo integral del marxismo. “El hecho de que haya descubierto en forma brillante un nuevo continente no significa que haya hecho un buen mapa de él.” La premisa de Michael Lebowitz es que es posible hacerlo bien. Su libro es un esfuerzo por demostrar —basado en el método de Marx— que la teoría marxista contiene en sí misma todos los elementos fundamentales necesarios para construir una concepción total e integral del mundo que responda a las ausencias y a los silencios señalados.
El tema central de “Más allá de El Capital” es la investigación no del capital sino de la otra parte, la parte de los trabajadores, la cuál fue poco desarrollada en El Capital.
iii
El tercer capítulo sostiene que El capital era sólo parte de un plan mucho más ambicioso de Marx en el que figuraban seis libros: 1) El capital, 2) La propiedad territorial, 3) El trabajo asalariado, 4) El estado; 5) El comercio internacional; 6) El mercado mundial.
Luego de analizar las opiniones de diversos autores sobre si luego de haber escrito El capital se mantiene o no vigente este plan, Michael Lebowitz llega a la conclusión de que hay temas de sumo interés que no son abordados en esa obra con la profundidad requerida como el tema de las necesidades de los trabajadores, tema que debería ser abordado en el proyectado libro sobre el trabajo asalariado. Por lo tanto, sea cual haya sido la intención de Marx, un libro sobre este tema necesita ser escrito.
Michael Lebowitz afirma que para comprender qué fue omitido en El capital, debemos comenzar por el punto acerca de las necesidades de los trabajadores. Como sabemos, Marx, consideró como algo dado al conjunto de necesidades que entran en el valor de la fuerza de trabajo. Esta es una de las hipótesis características del método que utilizó para destacar lo que le interesaba resaltar. Suponer constantes las necesidades —algo que Marx sabe que en la práctica no es así— permite resaltar lo que varía, el trabajo no necesario productor de plusvalía, es decir, el grado de explotación sufrido por el trabajador.
Es importante, recordar aquí, como lo hace el autor, que Marx siempre rechazó la tendencia por parte de los economistas a tratar las necesidades de los trabajadores como naturalmente determinadas e inmutables. Esa fue una de sus críticas a los fisiócratas.
La fuerza de trabajo tiene un rasgo “distintivo” en relación con otras mercancías: su valor depende no sólo las exigencias físicas sino también un elemento histórico o social. Este último elemento —advertía Marx — está relacionado con “la satisfacción de ciertas necesidades que brotan de las condiciones sociales en que viven y se educan los hombres.” Marx (1987: 134) Con el desarrollo capitalista, lo que antes “aparecía como un lujo se convierte [ahora] en algo necesario, y necesidades que antes eran suntuarias pasan a ser [entonces] primordiales para la industria.” Así, los viejos modelos de necesidad y lujo son reemplazados por los nuevos. (Marx, 1985a: 381).
Para asegurar la realización del plusvalor, hay un esfuerzo constante del capital por descubrir nuevos valores de uso y crear nuevas necesidades. Este es el elemento sobre el que descansa la legitimidad histórica y, al mismo tiempo, el actual poder del capital. “Cada nueva necesidad se convierte en un nuevo eslabón en la dorada cadena que asegura los trabajadores al capital.” (Marx, 1985a: 174)
Michael Lebowitz considera que el análisis que hace Marx sobre “el actual poder del capital” en los Gundrisse es extremadamente importante. No sólo por su lucidez sino también porque toda esta discusión está ausente en El capital.
Y esas necesidades indispensables pueden aumentar o disminuir. ¿Qué determina el grado en que los trabajadores logran satisfacer sus necesidades? Fundamentalmente la lucha de clases. Sin embargo, este tema no es abordado en El Capital.
iv
Para escribir el libro faltante — sostiene el autor en el cuarto capítulo — es necesario considerar en primer lugar el método que utiliza Marx en su obra. Sólo partiendo del concepto de totalidad —central en la obra de Marx— se podrán comprender las implicaciones de los elementos faltantes e investigar los defectos resultantes de El capital.
Michael Lebowitz opina que la totalidad presentada en este libro es incompleta: estudia el proceso de reproducción del capital, pero no el proceso de reproducción de la clase obrera. Aunque el trabajo asalariado está presente en El capital —y no podía no estarlo ya que sin él no se puede entender el capital—, no está presente como el sujeto que actúa por sí mismo contra el capital. No está presente la lucha de clases desde el lado del trabajador asalariado. De ahí entonces la conclusión del autor: El capital es unilateral e inadecuado.
En cuanto al método, se nos recuerda que Marx tuvo la intención —que nunca materializó— de escribir unas 40 páginas para hacer accesible al lector común el aspecto racional del método que Hegel “no sólo descubrió sino también mistificó”, pero que a pesar de eso Marx consideró muy valioso.
En ausencia de esta síntesis no queda entonces otro camino que tratar de reconstruir el método de Marx analizando sus obras.
Uno de los aspectos a destacar de ese método es que pone énfasis en el “todo”. El objetivo de era comprender la sociedad burguesa como una totalidad, como un todo interrelacionado. Este énfasis en la totalidad y en la interconexión orgánica de sus partes, contrasta con el método empleado por la ciencia burguesa que parte siempre del punto de vista del individuo.
Si pensamos en las partes individuales como “miembros de una totalidad” (Marx, 1895a:15) no se puede sostener una concepción del cambio como el resultado de estímulos exógenos. Por el contrario, el movimiento y la dirección de la sociedad burguesa debe ser considerado como un “auto-movimiento”, un desarrollo orgánico inherente a la naturaleza del sistema donde el movimiento es el resultado de una acción recíproca entre sus diversos componentes.
Comprender el mundo como un todo interrelacionado es sólo un aspecto del método de Marx. Otro aspecto es cómo él desarrolla la comprensión de ese todo.
Para Marx la mera observación y estudio empírico no puede captar las interrelaciones de una totalidad concreta. Si así fuera, no habría necesidad de la ciencia ni del pensamiento abstracto. Todo lo que resulta de la simple observación es “una concepción caótica del todo.” (Marx, 1985a: 15). El investigador “debe apropiarse pormenorizadamente de su objeto, analizar sus distintas formas de desarrollo y rastrear su nexo interno.” (Marx, 1983a: 19). Y la manera de hacerlo es comenzar con los conceptos y las “determinaciones más simples”, hasta llegar a deducir lógicamente una concepción del todo “como una rica totalidad compuesta por muchas determinaciones y relaciones.” Este era el “método científicamente exacto” (1985a: 15)
Marx explica que, contrariamente a lo que comúnmente se cree, había que “elevarse de lo abstracto a lo concreto del pensamiento” donde se da esa concatenación de múltiple determinaciones.
Tanto Marx como Hegel ponen en práctica un proceso de derivación dialéctica, pero Hegel se queda puramente en el reino del pensamiento: realiza un movimiento del concepto al concepto impulsado sólo por la revelación de las relaciones lógicas; mientras que Marx tiene siempre la totalidad real ante él, y su objetivo es comprenderla.
Este proceso de deducción que aplica Marx, al contrario del que aplica Hegel, no es una cuestión del “pensamiento concentrado en sí mismo, que se profundiza y se mueve por sí mismo,” sino que la totalidad de pensamiento es un producto de “la elaboración de la intuición y la representación en el concepto.” (Marx, 1985a: 16)
Otra cosa que diferencia a Marx de Hegel es la relación entre el orden histórico y el orden lógico. Según Marx el primero no puede dictar el orden del segundo; no hay una relación necesaria entre el orden histórico y el lógico.
Michael Lebowitz se detiene luego en el análisis de los momentos claves del proceso de construcción del concreto de pensamiento en El capital. Comienza analizando la mercancía, la forma elemental de la riqueza en la sociedad capitalista, y termina con el ciclo del capital.
El capital comprendido como una totalidad, como un todo interrelacionado, produce y reproduce productos materiales y relaciones sociales, que son a su vez presupuestos y premisas de la producción capitalista.
Sin embargo, el autor se pregunta si en el capital como un todo nos encontramos con una totalidad realmente adecuada. ¿Podemos decir que lo que encontramos es un todo orgánico en el que todos los supuestos son resultados, y todos los puntos de partida son puntos de retorno?
La respuesta es negativa, hay un elemento que no es parte del capital, que no es producido ni reproducido por el capital. Este elemento es un punto de partida pero no de retorno en el ciclo del capital, una premisa que no es un resultado del mismo capital, que es exterior a él. Y este elemento: la reproducción de la clase obrera, es necesario para la reproducción del propio capital.
Considerando el modelo de reproducción simple, Michael Lebowitz sostiene que el sistema sólo puede estar completo si se da otro proceso de producción distinto del proceso de producción del capital: la producción de la fuerza de trabajo en el curso del consumo de artículos de consumo. De esta manera, el ciclo del capital implica necesariamente un segundo ciclo: el del trabajo asalariado.
¿Y dónde debía ser analizado este segundo momento de la producción? Según el autor, éste es uno de los temas que debe ser abordado del libro faltante sobre el Trabajo Asalariado.
Hasta ahora hemos visto al trabajador asalariado como un momento en el interior del capital, tal como existe para el capital: como un trabajador separado de los medios de producción. Luego del proceso de compra venta de fuerza de trabajo, ésta se incorpora al interior del capital. Ahí vemos al trabajador asalariado obligado a trabajar subordinado a la voluntad del capital a los efectos de lograr el objetivo que éste persigue: la valorización (auto-expansión). Y finalmente vemos al trabajador asalariado nuevamente en la esfera de la circulación, mientras el capital busca realizar el plusvalor contenido en las mercancías que han sido producidas.
El trabajo asalariado está presente en cada momento del ciclo del capital no sólo como productor de plusvalor, sino también como consumidor. Pero el capital como una totalidad, no incluye en su interior una condición que es necesaria para la reproducción del capital: el mantenimiento y reproducción de la clase trabajadora. Es necesario considerar al trabajador asalariado en tanto existe fuera del capital.
Y, así como el proceso de producción del capital tiene como su objetivo la valorización del capital, el proceso de producción del trabajador tiene como objetivo satisfacer sus necesidades. Por un lado, tenemos el capital para sí, valor para sí; por el otro lado, tenemos la fuerza de trabajo para sí, el valor de uso para sí. El proceso de producción del trabajador es un proceso de consumo: debe consumir valores de uso para satisfacer sus necesidades fisiológicas y otras. El resultado del proceso de producción es el mismo obrero, que se reproduce como capacidad de trabajo vivo y transforma su naturaleza. Esta actividad es, a la vez, ejercicio y cultivo de la fuerza de trabajo.
Pero ¿cuáles son los requisitos de este particular proceso de producción del trabajador? Primero, debe poder conseguir los valores de uso requeridos. Segundo, requiere de tiempo. El hombre necesita tiempo para la satisfacción de necesidades espirituales y sociales, cuya amplitud y número dependen del nivel alcanzado en general por la civilización. El trabajador necesita tiempo libre para su desarrollo completo: para la educación humana, para el desenvolvimiento intelectual, el desempeño de funciones sociales, para el trato social, para el libre juego de las fuerzas vitales físicas y espirituales.
En resumen, este particular proceso producción no es en absoluto un proceso natural de producción, sino la producción de una relación social particular, la producción del trabajo asalariado.
Pero como la producción capitalista está determinada por el objetivo de valorización del capital y no por las necesidades sociales de los trabajadores, siempre existe una brecha importante entre las necesidades que el capital considera como imprescindibles y las necesidades sociales del trabajador, y eso significa que el trabajador se produce como necesitado. Por eso, la lucha por salarios más altos es inherente al trabajador asalariado como ser-para-sí.
Lo que surge al estudiar el trabajo asalariado es la lucha de clases desde el lado del trabajador asalariado. En oposición al cuadro expuesto en El capital, hay dos “deber ser”: no solamente la necesidad del capital por valorizarse sino también la necesidad del trabajador de desarrollarse. Una lucha de contrarios está presente en cada aspecto de la relación entre el capital y el trabajo asalariado, en la que cada parte trata de reducir al otro a la dependencia.
Michael Lebowitz destaca que no está sugiriendo que El capital es unilateral porque excluye al trabajo asalariado como tal. Es evidente que éste está presente: sin la presencia del trabajo asalariado no se podría hablar del desarrollo del capital. Está presente como la barrera que el capital debe continuamente rebasar en su intento por crecer, pero no lo está como el sujeto que actúa por sí mismo contra el capital.
El examen que realiza el autor sobre el trabajo asalariado comienza como una investigación de lo que está latente en el capital como totalidad, algo exterior pero necesario. Queda por completar el segundo “momento dialéctico”, la constitución de la unidad entre el trabajo asalariado y el capital.
Consideremos el proceso de producción del capital y el del trabajo asalariado. En primer lugar, estos procesos son opuestos. En el primero, la fuerza de trabajo es consumida por el capital, existe para el capital; en el segundo, la fuerza de trabajo es consumida por el obrero y existe para el obrero. En el primero, los medios de producción poseen y dominan al trabajador; en el segundo, ellos son poseídos y dominados por el trabajador. La diferencia entonces es la del trabajador para el capital versus el trabajador para sí.
Por otro lado, estos procesos se excluyen entre sí. El trabajador no puede ser simultáneamente para el capital y para sí. Cuanto más tiempo existe el trabajador para el capital, menos tiempo tiene para sí. En forma similar, cuanto mayor es la intensidad de trabajo para el capital, más la energía del trabajador asalariado es consumida por el capital y menos tiene disponible para sí. De este modo, el trabajo para el capital es distinto del trabajo para sí; es trabajo alienado de sí. El trabajador es sólo para sí cuando no es un trabajador para el capital.
v
El quinto capítulo sostiene que así como en El capital se desarrolla la economía política del capital, habría que desarrollar la idea de Marx de la existencia de una economía política del trabajo asalariado. Michael Lebowitz señala en este capítulo varios elementos de lo que podría ser esa política económica alternativa. Y en este sentido hace interesantes reflexiones sobre el papel que juega la competencia en el seno de los trabajadores para favorecer los intereses del capital. Además, muestra como la cooperación y la lucha política —no meramente sindical— son la principal arma de los trabajadores contra El Capital. Es a través de la cooperación que los trabajadores vencen el esfuerzo del capital por separarlos, con el objetivo de debilitar su resistencia a la explotación y es a través de ella que se crean las condiciones para la combinación y unidad que les permitirá tomar para sí los frutos de la cooperación.
Michael Lebowitz comienza señalando que para el joven Marx, el capitalismo estaba claramente caracterizado por dos aspectos contradictorios y sus relaciones dinámicas: el capital y el trabajo asalariado, y es la lucha de clases la que conduce inexorablemente a la resolución de esta contradicción. Marx criticaba a la economía política existente en su época porque veía al trabajador sólo desde la perspectiva del capital.
Pero ¿acaso no es ésta la posición que adopta en El capital? Cómo hemos visto, Marx considera allí al trabajador meramente como el mediador que permite el crecimiento del capital. No es considerado como el sujeto. Por ello Michael Lebowitz sostiene que Marx no desarrolló el lado del trabajador asalariado en la relación con el capital.
Precisa, que esa omisión no debería conducirnos, sin embargo, a concluir que Marx cambió de idea y abandonó su concepción del capitalismo como un todo. Ofrece dos argumentos que apoyan esta afirmación: uno lógico y el otro que se sustenta en los propios escritos de Marx. En primer lugar, la parte del trabajo asalariado está presente en El capital en forma latente. Al desarrollar el concepto del capitalismo como un todo se sugiere una continuidad esencial entre el pensamiento del joven Marx y el Marx maduro. Ese concepto del capitalismo como totalidad está siempre presente, pero su presencia ha sido velada por un silencio: la consumación exclusivamente de la parte del capital.
Pero esto no implica que no haya habido desarrollos significativos, ni rupturas epistemológicas entre la posición del joven Marx y la del maduro. Michael Lebowitz sostiene que sí los hubo y que la principal ruptura se manifiesta en los Grundrisse coincidiendo con su relectura de la Ciencia de la Lógica de Hegel. Allí encontramos el desarrollo de una nueva forma de comprender al capital como parte de esa totalidad: el capital como autovalorización, como valor-para-sí; el concepto de capital como un concepto que debe contener en su interior todos sus desarrollos posteriores. A partir de esta obra Marx habría abandonado la explicación del progreso del capital a partir de sus formas exteriores de manifestación como resultados de la competencia de muchos capitales, tal como lo había hecho en sus escritos anteriores a los Grundrisse.
Con este “corte” –una ruptura que no ha sido reconocida adecuadamente— Marx anunció como un primer principio la necesidad de aprehender completamente la naturaleza interna del capital: capital versus trabajo asalariado es valor para sí versus valor de uso para sí; dinero versus fuerza de trabajo; dinero versus mercancía; valor versus valor de uso.
Entonces, ¿por qué no vemos esta nueva concepción del capitalismo como un todo en El capital? Michael Lebowitz sostiene que Marx pospuso su investigación acerca del trabajo asalariado para concentrarse en el aspecto del capital en general y detuvo mucho en este aspecto tratando de apoyar sus conclusiones teóricas con hechos, hasta el punto de que ni siquiera pudo terminar su libro sobre el capital.
No cabe duda que hay una lógica en la elección de Marx. Sin embargo, al no haber puesto relevancia suficiente en la parte del trabajo asalariado, Michael Lebowitz sostiene que todo su proyecto está teñido de cierta unilateralidad. El trabajo asalariado para sí y el capitalismo como un todo están presentes, pero sólo lo están “embrionariamente”.
Por otra parte, sus escritos de la época en que escribía El Capital revelan que él no estaba pensando en que los trabajadores sólo existían para el capital. Recordemos su “Discurso Inaugural” en la reunión de la Primera Internacional. Allí señaló que no existía una, sino dos economías políticas: la del capital y la de la clase obrera. Consideró el triunfo de la Jornada de 10 horas y el surgimiento del movimiento cooperativo como sendas victorias de “la economía política de la clase obrera.”

Pero ¿cuál es esta economía política de los trabajadores que desafía la economía política del capital? Y, ¿qué significan dichas victorias?
Michael Lebowitz se propone responder a la primera pregunta tratando de reflexionar acerca de esa política económica alternativa. Su punto de partida es la descripción que hace Marx de la ciega imposición de las leyes de la oferta y la demanda como parte de la política económica del capital.
La competencia entre capitales es esencial al capitalismo, es la manifestación en la superficie de las leyes internas del capital, de su lógica de funcionamiento. Los trabajadores, por el contrario, sólo negando la competencia entre ellos y participando en la cooperación en gran escala pueden presionar en el sentido contrario al capital y producir soluciones óptimas para los trabajadores.
Pero ¿por qué los trabajadores deben negar la competencia? ¿Qué hay en la esencia del trabajo asalariado que sólo mediante la cooperación y la combinación es que actúa en su propio interés? Hay dos principios específicos, implícitos en El Capital que son relevantes para la investigación del autor. El primer principio es que toda cooperación y combinación del trabajo en la producción genera una productividad combinada y social del trabajo que excede la suma de las productividades individuales y aisladas. La cooperación da como resultado “la creación de una nueva fuerza productiva, que es intrínsicamente colectiva.” (Marx, 1983a: 400). La simple combinación del trabajo como tal no sólo acrecienta la productividad social, sino que produce también un mejoramiento de la productividad individual producto del trabajo codo a codo de los obreros.
El segundo principio en cuestión tiene que ver con la distribución de los beneficios de la fuerza socialmente productiva del trabajo. Michael Lebowitz sostiene que quienes median entre los productores están en la posibilidad de capturar los frutos de esa cooperación. Así ocurre tanto en la producción pre capitalista como en la capitalista. ¿Por qué no pueden los productores mismos apoderarse de los frutos de la cooperación en la producción? Aunque el aspecto positivo del capitalismo es que socializa la producción y crea una interdependencia entre los trabajadores, es decir, un trabajador colectivo, su aspecto negativo es que el capital exige la separación y la división entre los asalariados. Y es sólo mediante la lucha por reducir el grado de separación entre ellos, que los trabajadores pueden lograr sus objetivos.
De este modo, Marx no se limitó a desarrollar una crítica de la economía política del capital, también reveló su antítesis: la economía política de la clase obrera, que resalta la combinación del trabajo como la fuente de productividad social y la separación de los trabajadores como la condición de su explotación.
Pero Marx también señaló los límites de las fábricas cooperativas de aquella época. Ellas necesariamente reproducían los defectos del sistema existente. Para convertir la producción social en un sistema grande y armonioso de trabajo libre y cooperativo, se necesitaba realizar cambios sociales generales y éstos sólo pueden ser materializados mediante la transferencia del poder estatal de los terratenientes y capitalistas a los productores (Marx, 1866: 346).
Pero a pesar de sus límites, estas fábricas cooperativas eran consideradas por Marx como una gran “victoria” porque eran una demostración práctica de que el capital no era necesario como mediador en la producción social.
Por otra parte, en relación a los sindicatos obreros, su papel es precisamente contrarrestar la tendencia del capital explotar al máximo a la fuerza de trabajo. Y aunque al principio los trabajadores son inicialmente reunidos por el capital para los objetivos explotadores de éste, el hecho de estar concentrados en un mismo lugar de trabajo los lleva a reconocer su unidad como productores y a comprender su poder contra el capital. Disminuye su grado de separación y crece su resistencia.
Sabemos que la insubordinación de los obreros era constante en las manufacturas y que el capital superó esta barrera creando la industria moderna y el sistema fabril, que trajeron nuevas formas de competencia entre los trabajadores. La máquina no sólo sustituyó el trabajo de muchos obreros, sino que también se convirtió en “el arma más poderosa para reprimir las periódicas revueltas obreras, las huelgas, etcétera, dirigidas contra la autocracia del capital.” (Marx, 1983a: 530).
Michael Lebowitz sostiene que Marx sobreestimó la victoria del capital en su época al introducir la maquinaria y subestimó la capacidad de los obreros a poner límites “a la tiránica usurpación del capital” presionando en sentido contrario. Considera que el desarrollo de la industria de maquinarias hace al capital más vulnerable al arma de las huelgas. Por eso el capital busca introducir otros medios para dividir a los trabajadores como el trabajo a destajo y distintas formas de segmentación del trabajo.
Marx señaló el papel de los sindicatos para contrarrestar todo esto. Pero el problema es que los sindicatos actúan en oposición a capitales específicos y particulares y el poder que deben confrontar es el del capital como una totalidad. Si no enfrentan al capital global, las luchas se limitan a paliar los efectos del capitalismo en el interior del mercado laboral y en el lugar de trabajo, y no logran dirigirse contra las causas profundas de dichos efectos. Por eso Marx advertía que los sindicatos se limitaban a hacer una guerra de guerrillas contra el capital y que deberían ir más allá de las luchas puramente económicas.
En su análisis acerca de la importancia de la lucha por la Ley de las Diez Horas, Marx revela claramente que el trabajo asalariado necesita de la lucha política y el uso del estado para doblegar al capital. Sólo así puede forzar al capital a dar satisfacción a sus intereses en forma general.
En la raíces del poder del capital en general está su poder como propietario de los productos del trabajo, algo que los trabajadores sólo pueden desafiar actuando políticamente como clase para imponer una ley que limite la jornada laboral o para hacer que el estado sirva a los intereses de los asalariados, por ejemplo, legalizando y apoyando la existencia de sindicatos o llevando adelante políticas que reduzcan el nivel de desempleo. Conquistar el poder político tiene que convertirse, por lo tanto, en “el gran deber de la clase obrera.” (Marx, 1864: 384).
La totalidad de las dimensiones de la economía política de los asalariados sólo se aclara si se considera al capital como un todo. Cuando analizamos el circuito del capital, nos percatamos sólo del papel del capital como mediador.
Una vez que comprendemos la concepción de Marx de la economía política de la clase obrera, nos damos cuenta que va mucho más allá de las cuestiones sindicales. Sin embargo, debemos reconocer que no hemos llegado todavía al punto donde podamos decir que ya poseemos una visión completa de la economía política de la clase obrera y la lucha política que esta incluye. Esta es una de las razones por la que este capítulo en lugar de llamarse “economía política de la clase obrera” se llama “economía política del trabajo asalariado.” Necesitamos comprender, por ejemplo, los límites del estado capitalista para ir más allá del capital. Por cierto, tenemos todavía que investigar a fondo cómo los trabajadores pueden ir más allá del capital, en lugar de limitarse a perseguir sus intereses sólo dentro del capitalismo.
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El sexto capítulo aborda el tema de los salarios y de la lucha de clases con ellos relacionada. Sostiene que la forma en que El capital analiza el tema, dando por sentada la cantidad de medios de subsistencia que el trabajador necesita para reproducir su fuerza de trabajo, no da cabida a la investigación de los efectos de la lucha de clases sobre los salarios. Michael Lebowitz explora en este capítulo qué ocurre cuando se abandona dicha hipótesis y sostiene que sólo entonces se ve clara esta relación. Al no considerar esa posibilidad Marx no pudo centrarse en los trabajadores como seres humanos y fue conducido hacia explicaciones naturalistas y funcionalistas. Y esto produjo un marxismo unilateral.
En lugar de investigar los efectos de la lucha de clases sobre los salarios, se dejó de lado en El capital lo que tenía que ver con los salarios reales o el nivel de necesidades que los trabajadores pueden satisfacer.
En consecuencia, con respecto a los salarios, Marx sólo analizó explícitamente en El Capital el efecto del aumento de la productividad sobre el valor de la fuerza de trabajo. Sin embargo, no ignoraba que había otras explicaciones de los cambios que podían sufrir los salarios, como, por ejemplo, la competencia de los trabajadores desempleados dispuestos a reemplazar de inmediato a los trabajadores que pudiesen ser despedidos.
Dado que Marx no terminó este análisis, es decir, no trató el patrón de necesidades como variable, Michael Lebowitz se propuso en este capítulo continuar el proyecto de Marx considerando las combinaciones que éste no exploró.
La más importante de ellas es la hipótesis que parte de la base de que tanto la productividad como el patrón de necesidades son magnitudes variables. En sus manuscritos económicos Marx planteó tres posibilidades para el caso de aumento de la productividad. En el primer caso, el trabajador recibe la misma cantidad de valores de uso que antes y, por lo tanto cae el valor de su fuerza de trabajo. En el segundo caso, aumenta la cantidad de los medios de subsistencia, y en consecuencia el salario medio, aunque no en la misma proporción que la productividad del trabajador. En este caso caen el trabajo necesario y el valor de la fuerza de trabajo. Finalmente, el tercer caso, ocurre cuando la productividad y el patrón de necesidades suben al mismo ritmo. En este caso no habría cambio en el plusvalor, aunque éste como los salarios representaría una mayor cantidad de valores de uso que antes.
Entonces, si abandonamos la hipótesis de la invariabilidad del patrón de necesidades, surge la posibilidad de una historia totalmente diferente; de un incremento en la productividad sin cambios en el plusvalor.
Este tema es fundamental: si el equilibrio de las fuerzas de las clases es tal que mantiene la tasa de explotación constante, el efecto del aumento de la productividad será un incremento en los salarios reales y no un crecimiento del plusvalor relativo. Para que prevalezca cualquier otro resultado en este caso, se necesita un cambio en el mercado laboral. Sólo un grado cada vez mayor de separación entre los obreros iniciado por la introducción de la maquinaria asegura que la productividad crecerá en relación al salario real.
En resumidas cuentas, es posible que los salarios reales crezcan mientras la tasa de explotación también crece. Es posible que los trabajadores puedan lograr una mayor participación cuantitativa en el reparto de la riqueza”, aunque siga ensanchándose el abismo entre la lo que recibe el trabajador y lo que recibe el capitalista.
La coexistencia de salarios reales crecientes y una tasa de explotación creciente, no es sólo una posibilidad teórica, Marx observó que los salarios reales eran más altos en los países donde el capitalismo estaba más desarrollado, pero también lo era la tasa de explotación. Presumiblemente la combinación de salarios reales más altos y explotación más alta surge allí donde el capitalismo está más avanzado. En esos países, no sólo la productividad tiende a ser mayor, sino que también las formas de cooperación desarrolladas entre los trabajadores asalariados.
¿Qué sentido tiene entonces la hipótesis de Marx acerca de la invariabilidad del patrón de necesidades? Gracias a ella Marx pudo concentrar toda su atención en la tendencia inherente del capital a disminuir el trabajo necesario y revolucionar los medios de producción. Pero al congelar el patrón de necesidades dentro de una hipótesis de productividad creciente, congeló de hecho la parte del trabajador en la lucha de clases.
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El séptimo capítulo afirma que en la obra de Marx en general encontramos su concepción original del capitalismo como un todo, pero que esta concepción habría sido abandonada en El capital que investiga sólo la parte del capital y no la parte del trabajo asalariado y por eso es unilateral. Michael Lebowitz considera El capital como un proyecto epistemológico incompleto y, por esta razón, si se le estudia como una obra aislada, surgen problemas serios como el determinismo económico, el economicismo y el trato de las fuerzas productivas como neutrales.
Este enfoque unilateral impide, además, comprender a fondo hasta qué punto las tendencias del capital están impregnadas de la necesidad de dividir a los trabajadores. El autor sostiene que el capital puede sacrificar el obtener niveles máximos de productividad con tal de dividir a los trabajadores.
Luego analiza tres conceptos que han sido sufrido de este enfoque unilateral: el de reproducción del trabajo asalariado; el de riqueza y el de trabajo productivo. Y termina diciendo que de alguna manera Marx es responsable de aquel marxismo unilateral que por lo inadecuado de sus conceptos es incapaz de comprender la totalidad concreta. Ese marxismo cuya mejor ilustración es ese Proletariado Abstracto que no tiene otra alternativa que derrocar al capital.
El silencio en cuanto a la oposición que ejercen los trabajadores para reducir la tasa de plusvalor ha sido teóricamente sustituido por la oposición entre los capitales individuales para explicar el desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo.
Este es uno de los aspectos de la unilateralidad de El capital. Pero, el problema no está sólo en que no se desarrolla la parte del trabajo asalariado, sino en que al no comprender bien esa parte, tampoco se comprende bien la propia parte del capital dentro del capitalismo. Michael Lebowitz concluye de ello que El Capital es simplemente un momento en el desarrollo de la totalidad.
Si no se reconocen explícitamente los objetivos de los trabajadores y sus luchas por hacerlos realidad, ¿cómo podemos considerar esas acciones del capital que son llevadas a cabo para dividir al trabajo asalariado contra sí, para derrotarlo?
En el capitalismo como un todo el capital no busca simplemente hacer realidad su propio objetivo, la valorización; también debe tratar de impedir la realización de los objetivos del trabajo asalariado.
La capacidad de dividir y separar a los trabajadores para poder derrotarlos es una condición necesaria para la existencia del capital. Más que una característica fortuita o accidental, esta es una tendencia interna del capital. Esto tampoco es considerado por El Capital.
¿Qué impide a los trabajadores apropiarse de todos los beneficios de la productividad incrementada? La condición necesaria para un menor trabajo necesario es el debilitamiento del poder relativo de los trabajadores. El capital necesita un aumento en el nivel de separación entre los obreros. No entender la tendencia interna del capital a separar a los obreros conduce a considerar “neutrales” y de carácter abstracto a la tecnología y las fuerzas productivas, en vez de verlas como una encarnación de las relaciones capitalistas de producción. Ambas características típicas del economismo.
Cuando comprendemos este lado del capital, no sólo vemos como algo lógico que los capitalistas constantemente busquen modos de incrementar el nivel de separación de los obreros, sino que entendemos que no sean indiferentes a la influencia de cualquier innovación sobre la capacidad de los obreros a asociarse.
El grado de separación o división entre los trabajadores es una variable crítica, hasta el punto que el capital prefiere adoptar medidas para lograr dicho objetivo aunque ellas perjudiquen la productividad. De hecho, gran parte de lo que ocurre con la globalización capitalista es un intento por debilitar a los obreros, por evitar grandes concentraciones de trabajadores, por desunirlos y desorganizarlos.
Las divisiones entre los trabajadores son producidas y reproducidas como una condición de la existencia del capital.
De este modo, ver simplemente al trabajo asalariado para sí y sus luchas por alcanzar sus metas inmediatas (salarios más altos, jornada laboral más corta, etcétera), no es situarlo adecuadamente en el interior de la totalidad, como trabajo asalariado en relación al capital.
La lucha necesaria de los obreros para superar las diferencias entre ellos y dividir al capital, es decir, la lucha por derrotarlo no aparece en El capital. Esto también es economicismo.
El fracaso de El capital en completar esa totalidad facilita las interpretaciones economicistas de las leyes determinísticas y objetivas. Las tendencias unilaterales son un producto natural de los significativos conceptos unilaterales que aparecen en El capital. Michael Lebowitz analiza tres de estos conceptos.
El primero de ellos es el de la reproducción del trabajo asalariado. En el centro del concepto del valor de la fuerza de trabajo está la reproducción del trabajo asalariado, que sigue siendo una condición necesaria para la reproducción del capital.
Como sabemos, Marx sostiene que el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los artículos de primera necesidad “requeridos para producir, desarrollar, mantener y perpetuar la fuerza laboral.” (Marx, 1987: 108-9).
En la historia clásica, la creciente demanda de trabajo por parte del capital conduce a salarios más altos, incrementando la oferta laboral y un regreso del salario a su tasa natural una vez que se ha llegado al nivel de mano de obra deseado.
Para producir para el capital una cantidad definida de trabajo se requiere una cantidad definida de medios de subsistencia. La reproducción del trabajo asalariado vista desde esta perspectiva gira alrededor de asegurar que el apetito del capital por plus trabajo no dé lugar a “la futura degradación y despoblación incontenible de la humanidad” (Marx, 1983a: 325).y por esta vía a la no reproducción del capital.
A diferencia de la historia clásica, existe una segunda historia. En el capítulo final del Tomo I de El capital, cuando aborda la moderna teoría de la colonización, Marx señala que para perpetuar la fuerza de trabajo, el capital procura que los salarios sean lo suficientemente bajos como para impedir que los ahorros de los trabajadores les permitan abandonar la situación de asalariado, porque si logran ahorrar una cantidad suficiente tienden a convertirse en granjeros independientes.
En el curso normal de las cosas, el capital camina por dos sendas. Por una, sustituye los trabajadores por maquinaria y en consecuencia presiona hacia abajo los salarios, mediante la producción de una sobrepoblación relativa de trabajadores que presionan en el mercado de trabajo bajando los salarios. Por la otra, sin embargo, el capital genera constantemente nuevas necesidades en los trabajadores y cada nueva necesidad es un nuevo eslabón en la cadena que sujeta los obreros al capital. Marx se refería a esta situación como el poder contemporáneo del capital.
En la reproducción ampliada lo que el capitalista quiere es el crecimiento del valor (en verdad, el crecimiento del plusvalor); lo que quiere el obrero, por el otro lado, es el crecimiento del valor de uso. Y, las dos reproducciones ampliadas son compatibles si crece la productividad. Por consiguiente, el afán capitalista por desarrollar las fuerzas productivas debería verse a la luz de la lucha de los obreros por la reproducción ampliada.
Otro concepto que analiza el autor es el de riqueza. Marx considera a la fuerza de trabajo y a la tierra como fuentes primarias de la riqueza. La riqueza para el capital es valor, plusvalor, plusvalor acumulado, en su forma general como dinero y en su forma particular como medios de producción. Para el trabajador, en cambio, la riqueza son los valores de uso que entran en la producción y reproducción del trabajador y responden a las necesidades no de un ser humano abstracto sino de un ser humano particular producido en el seno de la sociedad. En resumen, la riqueza es inseparable de los seres humanos y sus cualidades en un país y época dados.

En el corazón de la comprensión de Marx acerca de la riqueza real está su concepto del “ser humano rico”: un ser humano que ha desarrollado sus capacidades y habilidades. Lo característico del capital es que en la medida en que crece “crea los elementos materiales para el desarrollo de una rica individualidad que es tan universal en su producción como en su consumo” (Marx, 1985a: 202-3). Pero el capital lo hace de una manera contradictoria, que impide el libre y completo desarrollo del potencial humano.
A diferencia de la concepción capitalista de la riqueza, tenemos entonces un rico concepto de riqueza humana. En El capital no encontraremos esta concepción de la riqueza real.
Podemos decir que ese no era el objetivo de El capital. Lo que hizo Marx en el mismo fue identificar y analizar la naturaleza de la riqueza capitalista. Reveló que la riqueza desde el punto de vista del capital era el resultado de la explotación del asalariado. Sin embargo, el consiguiente fracaso de los discípulos de Marx en elaborar el concepto alternativo de riqueza es equivalente a la sumisión de éstos al concepto de riqueza del capital. Permite sacar la conclusión de que la misma surge sólo del y mediante el capital.
El tercer concepto que analiza Michael Lebowitz es el de trabajo productivo. Para el capital el trabajo productivo es el trabajo que produce plusvalor. Para el trabajador el trabajo productivo es aquel que produce valores de uso para el obrero. Este concepto tiene un sesgo de clase concreto, excluye, por ejemplo, los “lujos” que no entran en el consumo de los trabajadores.
Por otra parte, actividades tan obviamente orientadas a satisfacer la “propia necesidad de desarrollo del trabajador” como los servicios educativos y de salud, que suelen calificarse como trabajo “improductivo”, son obviamente productivos desde el punto de vista del trabajador.
En forma similar, las actividades realizadas en el hogar por los trabajadores y miembros de sus familias son una parte del trabajo total necesario para la reproducción del trabajador. Aunque este trabajo pueda ser improductivo para el capital, en el sentido en que no produce riqueza para él, es necesario y productivo para el trabajador.
Si se aceptan dichas definiciones y, por lo tanto, no se reconoce el carácter de clase de esos conceptos, ese marxismo no sólo será rechazado por los movimientos feministas y otros movimientos, sino, lo que es más grave, no será capaz de desafiar al capital.
Pero no podemos culpar sólo a los seguidores de Marx de estas deficiencias. Debemos reconocer que hay culpa también en Marx. Él heredó conceptos, particularmente de la economía política clásica, que terminaron siendo un lastre.
El marxismo unilateral atribuye a la exclusiva acción del capital todo lo que ocurre: acortamiento de la jornada laboral; subida de salario; mejoramiento de la salud pública y del sistema de escuela pública; nacionalización de ciertos sectores de una economía, entre otros. No da cuenta de las luchas de los trabajadores que están detrás de estos resultados y concesiones del capital.
Por último, Michael Lebowitz critica el concepto de Proletario Abstracto, ese obrero fabril, ese no-capital que está unido y disciplinado como resultado del desarrollo capitalista. El autor afirma que es hora ya de decir adiós al Proletario Abstracto.
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En el octavo capítulo Michael Lebowitz trata de mostrar que también el concepto de trabajo asalariado es limitado. Para dar cuenta de muchos fenómenos, se requiere un concepto de trabajador más amplio que englobe el aspecto asalariado y el no asalariado del trabajador. Aquí cabe la reflexión sobre el trabajo tildado de no productivo de la mujer y en general de la familia del trabajador, y cómo las relaciones de explotación capitalistas están sobredeterminadas por las relaciones patriarcales que el trabajador establece en el hogar. También reflexiona acerca de cómo el capitalista usa en beneficio propio las diferencias entre los trabajadores.
Michael Lebowitz coloca en el libro un dibujo de una totalidad en la que aparece por un lado el capital y por otro el trabajo asalariado dentro de un mismo círculo y sostiene que allí falta algo. Y que ese vacío no permite comprender la ausencia de la revolución socialista y la prolongada hegemonía del capital sobre los trabajadores en los países capitalistas avanzados, ni las luchas de las mujeres por su emancipación o las luchas por la calidad de vida y la identidad cultural.
Esa totalidad parece excluir de su campo de investigación todo lo que no sea la lucha de clases inmediata entre el capital y el trabajo asalariado. Por lo tanto, la representación del capitalismo como un todo es defectuosa si se compara con la totalidad concreta real.
El autor reconoce que el problema reside en el concepto de trabajo asalariado que se utiliza. Éste es una “abstracción racional” que permite considerar sólo lo que es común a todos los asalariados en su relación con el capital. Los individuos son tratados como personificaciones de categorías económicas, como portadores de relaciones e intereses de determinadas clases. Pero lo que existe no es esa abstracción sino seres humanos concretos que son asalariados. Sin embargo, acepta que sólo mediante este procedimiento de abstracción es posible avanzar en el plano científico.
La crítica de Michael Lebowitz no es entonces al método usado por Marx en El Capital, que considera a los individuos sólo en tanto que portadores de determinadas relaciones, sino al hecho de que Marx no haya abandonado posteriormente esa premisa.
El autor se manifiesta convencido de que sólo cuando se vaya más allá de El Capital, para reflexionar acerca del tema del libro proyectado por Marx sobre el trabajo asalariado, se podrá investigar todas esas “relaciones y funciones humanas, cualquiera sea la forma en la que puedan aparecer” que caracterizan la singularidad del trabajador.
Michael Lebowitz señala que en su discusión acerca del trabajo asalariado siempre ha estado implícito que la persona es algo más que un simple asalariado. Dentro del trabajo asalariado Marx distingue el trabajo propiamente asalariado que realiza el trabajador y aquel que realiza pero sin recibir un salario, es decir, aquel que produce valores de uso para el trabajador.
Además, hay distintas maneras de obtener esos valores de uso: una, el intercambio igual entre dos asalariados donde exista una división del trabajo entre los dos; otra, la división entre trabajo improductivo realizado por un sector de trabajadores y trabajo productivo realizado por otro sector.
Marx definió como relación esclavista aquella que el asalariado mantenía con su familia para obtener una serie de valores de uso en el hogar. Muchos marxistas, sin embargo, han considerado esta expresión como algo más “metafórico que científico.”
Cuando crece el grado de miseria, ya sea debido a una caída en los salarios reales o a un crecimiento en las necesidades sociales, una de las opciones que tiene el trabajador es el incremento de la explotación en el seno del hogar, es decir, un aumento en la cantidad extra de trabajo realizado por la esposa y los hijos. Pero, también puede ocurrir que los miembros de la familia sean impulsados por el propio jefe de familia a convertirse a su vez en asalariados. El trabajador “ahora vende a su mujer y el hijo. Se convierte en tratante de esclavos” (Marx, 1983a: 482-3)
161. 200. 436. En este último caso, no todo es negativo: el desplazamiento de la mujer hacia al mercado de trabajo arranca “todo fundamento” (Engels, 1962: 231, 233) a la dominación masculina en el hogar proletario y constituye una premisa para la emancipación de la mujer.
Lo que Marx describió es totalmente consistente con el argumento de que además de las relaciones capitalistas, los asalariados también pueden existir en el seno de un “modo patriarcal de producción.” El asalariado varón de aquella época existía en el interior de dos relaciones de clase: como asalariado en relación al capital y como propietario de esclavos en relación con su familia.
Según Lebowitz, mientras el sujeto sea el capital, puede ser adecuado considerar a estos seres humanos sólo como asalariados. Sin embargo, tan pronto como el trabajador asalariado se convierte en el sujeto, es necesario considerar las otras relaciones en las que está inserto, como la patriarcal.
Entonces, en el proceso de auto producirnos no sólo consumimos valores de uso sino también las relaciones sociales bajo las cuales son producidos esos valores de uso. Este es un tema sobre el cual las feministas marxistas han hecho y continúan haciendo importantes contribuciones.
Aunque Marx describe la relación existente en el interior del hogar como esclavista en su naturaleza, no se detiene a considerar el aspecto de lucha que encierra esta relación. Este tema es excluido por no ser objeto de El Capital.
Michael Lebowitz sostiene que sería ingenuo pensar que Marx hubiese podido desarrollar este tema en el libro faltante sobre el Trabajo Asalariado. Lo que le interesa demostrar es que en el interior de la estructura marxiana existe el espacio teórico para desarrollar estas cuestiones. Considera que no hace falta agregar elementos extraños de manera ecléctica en esta teoría para dar cuenta de estos temas.
Aunque en El Capital no fue desarrollado el tema, una vez que comenzamos a investigar a los trabajadores como trabajadores no asalariados, vemos que más que asalariados abstractos, los trabajadores en cuestión son seres humanos concretos.
Sería un error, sin embargo, considerar el proceso de la producción del trabajador como ocurriendo exclusivamente fuera del trabajo asalariado.
Hemos visto cómo el mismo proceso de producción capitalista produce y reproduce a trabajadores que por educación, tradición y hábitos, perciben los requerimientos de ese modo de producción como leyes naturales y no se les ocurre que pueda existir otra cosa que la hegemonía del capital.
Por otra parte, también produce trabajadores que están separados entre sí. En parte, este es el resultado del esfuerzo consciente del capital por dividirlos y separarlos en el mercado de trabajo y en el proceso de producción.
La unidad de los trabajadores —una de las condiciones para ir más allá del capital—no es producida por el capital. En pocas palabras, el capital tiende a producir la clase obrera que necesita.
Pero el capital no se limita a eso. Confronta también a los trabajadores que han sido producidos por fuera de su relación con el capital: ellos se presentan ante el capital como seres humanos heterogéneos, es decir, como trabajadores que ya están divididos por el sexo, la edad, la raza y la nacionalidad. Esto contribuye a aumentar las dificultades para unir a los trabajadores: le suministra al capital un terreno donde éste puede usar esas diferencias.
Michael Lebowitz llama la atención sobre cómo explota el capital las contradicciones entre los obreros ingleses e irlandeses. Marx llegó a explicar que la impotencia de la clase obrera inglesa, a pesar de su gran organización, se debía a ese antagonismo que dividía a los trabajadores de ambos países en beneficio del capital. ¿Qué decir de lo que ocurre con los trabajadores inmigrantes de hoy?
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El noveno capítulo plantea la pregunta de cómo se puede ir más allá del capital. Rechaza la tesis del marxismo conservador que sostiene que el capitalismo llegaría a su fin cuando ya no permitiese más el desarrollo de las fuerzas productivas. Sostiene que tampoco se puede pensar en que sólo la insatisfacción de los trabajadores producida por su creciente pauperización puede conducir a ello, porque ese malestar lleva a luchar por mejorar la situación dentro del capitalismo y no a ir más allá de él. Lo que trata de demostrar es que el capital está completamente mistificado y que aún las luchas de los trabajadores no son suficientes por sí mismas para ir más allá del capital. Por lo tanto, lo esencial para poder lograr este objetivo es que la clase obrera posea una teoría que le permita desmistificar el capitalismo y que lo haga consciente de las condiciones de su emancipación.
Recordemos la afirmación de Marx de que existe una creciente pauperización de los trabajadores en el capitalismo y que ésta debe entenderse como la brecha entre las necesidades de éstos —desarrolladas socialmente— y las que son normalmente satisfechas. Parecería ser que cuanto mayor sea la pauperización de los trabajadores mayor será su insatisfacción, y mayores las probabilidades de que opten por ir más allá del capital.
Sin embargo, con toda razón, Michael Lebowitz señala que más que apuntar a un más allá del capital, la incapacidad de satisfacer sus necesidades conduce a los trabajadores a la lucha de clases dentro del capitalismo. La pauperización genera inmediatamente una demanda de más altos salarios. La “barrera real” del trabajo asalariado es el mismo trabajo asalariado.
Coincidiendo con Lenin, el autor señala que el capital produce espontáneamente “una conciencia sindicalista”, pero no una conciencia que lleve a más allá de la relación capital/trabajo asalariado, es decir, genera la convicción de que sólo es necesario organizarse en sindicatos, luchar por mejores salarios y por obligar al gobierno a aprobar la necesaria legislación laboral, etcétera.
Si no hay una comprensión de la naturaleza del capital, las consecuencias de su actuación aparecen necesariamente como resultados de una condición natural, independiente de toda relación particular de producción. Por ejemplo, la degradación del trabajador descrita por Marx aparece como el resultado de la producción industrial como tal antes que como el producto del modo específicamente capitalista de producción.
El capital produce al trabajador que necesita, aquel que considera la necesidad del capital como algo completamente evidente. El desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo y las condiciones de ese desarrollo aparecen ante sus ojos como logros del capital. Esta es la mistificación inherente al capital. Por lo tanto, una condición fundamental para que los obreros puedan ir más allá del capital es que logren desmistificarlo.
Esta es la principal contribución de El capital de Marx. Es allí donde se revela la naturaleza del capital, lo que no aparece ni puede aparecer en la superficie es que el capital es el resultado de la explotación del trabajador.
Para trascender al capital era necesaria una teoría que permitiese al trabajador asalariado tomar conciencia de que el capital es producto de su trabajo, es decir, es su propio producto.
Como señaló Marx en su discurso en la sesión inaugural de la Primera Internacional, los obreros pueden ser numerosos, pero sólo pueden triunfar “si están unidos por la organización y dirigidos por el saber”. La teoría marxiana ofrece ese saber; “se transforma en fuerza material en cuanto se apodera de las masas” (Marx, 1965: 30). Pero ¿cuáles son las características de una teoría capaz de revelar la naturaleza del capital? Para responder a esto debemos entender precisamente la base de la mistificación del capital.
El capital no puede aparecer como el resultado de la explotación del trabajador, porque la misma explotación no aparece en el proceso de compra y venta de la fuerza de trabajo. El salario es percibido tanto por el capitalista como para el asalariado como el precio del trabajo, como una cierta cantidad de dinero que es pagada por una cierta cantidad de trabajo. No se ve que lo que el capitalista está pagando es sólo la fuerza de trabajo —sólo una cierta cantidad de trabajo equivalente al trabajo necesario para pagar su valor—, sino se cree que se está pagando todo el trabajo. Allí se encuentra la base para la mistificación total del capital.
La venta de fuerza de trabajo —una transacción individual— oculta la explotación, y, por lo tanto, el capital no puede ser reconocido como el resultado de la explotación. La relación mercantil mistifica su relación real. Es precisamente esa relación real que no aparece a primera vista la que debe ser puesta al descubierto por la ciencia.
Para comprender la naturaleza del capital, Marx tuvo que ir más allá de la transacción mercantil individual y considerar al capitalismo como una totalidad.
Con el concepto de la reproducción del capital como un todo, Marx pudo demostrar que la fuente del capital que confronta a los obreros en cada transacción es el resultado de la explotación previa de los trabajadores.
Considerando al capitalismo como un todo, los medios de producción son reconocidos como el producto de otros trabajadores, otros miembros del obrero colectivo. Si hay una productividad incrementada como resultado de la existencia de medios de producción particulares, no se debe, entonces, a un poder oculto intrínseco a las cosas, sino la actividad de los trabajadores que produjeron esos medios de producción. Más específicamente, esa productividad incrementada resulta de la coordinación y cooperación del trabajo social.
El método de Marx de considerar al capital y el trabajo asalariado como una totalidad fue precisamente lo que se necesitaba para mostrar la naturaleza del capital como el resultado de la explotación. Como argumentó correctamente Lukacs, al escribir El Capital Marx suministró a los trabajadores una teoría para contrarrestar la mistificación inherente al capital.
Esta obra era el intento de Marx de hacer al proletariado “consciente de la condición de su emancipación,” consciente de la necesidad de abolir la propiedad del capital sobre los productos de su trabajo.
Ese era el objetivo limitado, pero sin embargo crucial de El capital, dada la tendencia inherente en el capital a desarrollar una clase obrera que considere las exigencias del capital como “leyes naturales auto-evidentes”.
Pero El capital no es simplemente un momento en la comprensión del capitalismo como un todo; es también un momento en la lucha revolucionaria de los trabajadores para ir más allá del capital.
El Capital de Marx es un estudio de la lógica del capital y eso es lo que debía ser, dada la necesidad de explicar la naturaleza del capital. Para este fin, era necesario crear un concepto abstracto que permitiese dejar de lado los aspectos heterogéneos de los asalariados a los efectos de demostrar lo que todos los asalariados tienen en común. Su objetivo era dar a los trabajadores un arma con la que ir más allá del capital.
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El décimo capítulo pretende destacar el papel de la lucha de clases. Si bien es cierto que “El Capital” señala a la clase obrera las condiciones de su emancipación, el autor recuerda que “el arma de la crítica” no es suficiente; que la teoría debe encarnarse en las masas.
El autor insiste aquí en un tema que está presente en todos los trabajos de Marx: el auto desarrollo de los trabajadores a través de sus luchas, una de cuyas partes centrales es el desarrollo del estado de los trabajadores.
Estas luchas, por sí solas, no trascienden, sin embargo, relación capital/trabajo asalariado. No obstante, en el curso de esos enfrentamientos tiene lugar un importante desarrollo cualitativo del trabajador. La lucha contra el capital es un proceso de producción de la clase obrera como Una. La clase obrera —entendida analíticamente como clase en sí— se convierte en clase para sí mediante su lucha contra el capital.
Marx describe la lucha de clases como un proceso de producción. Aunque las necesidades que intentan satisfacer no vayan más allá del capital, el mismo proceso de lucha produce nuevas personas al dotarlas con una nueva concepción de sí mismas: como sujetos capaces de transformar su mundo.
¡Nada es más central para la concepción global de Marx que esta “coincidencia entre el cambio de las circunstancias y la auto transformación, es decir, el concepto de la práctica revolucionaria!,” señala Michael Lebowitz. Marx llegó a entender que los seres humanos no son inmutables, que la lucha por satisfacer necesidades materiales puede producir nuevas personas con necesidades nuevas y “radicales.”
El auto desarrollo, sin embargo, implica siempre algo más que el mero proceso de producción material. Para Marx, significó en particular el desarrollo de seres humanos socialistas a través de la lucha colectiva. El filósofo alemán veía que la producción de una “conciencia comunista” sólo podría gestarse a través de las luchas de los trabajadores, en un “movimiento práctico, mediante una revolución. (Marx-Engels 1958: 78). El autor de El capital veía las guerras civiles y luchas nacionales no sólo como elementos para provocar un cambio en la sociedad, sino también como medios para que los trabajadores se auto transformaran y se prepararan para el ejercicio del poder político.
Al luchar contra el capital, por lo tanto, el trabajador se producen a sí mismos de una manera diferente: ‘se despoja de sus trabas individuales y desarrolla su capacidad’; “se auto transforma, desarrolla nuevas capacidades e ideas, nuevos modos de interacción, nuevas necesidades y un nuevo lenguaje.” (Marx, 1985a: 351). Mediante esta lucha los trabajadores se producen como premisas de una nueva sociedad.
¡No entender la importancia de la coincidencia entre la modificación de las circunstancias y la auto transformación —coincidencia que sólo puede entenderse como “práctica revolucionaria”— es no entender el elemento dinámico sin el cual no se puede trascender al capital! sostiene Michael Lebowitz.
Aunque Marx escribió El capital para explicar a los trabajadores contra qué estaban enfrentándose, “el esfuerzo por comprender las ideas no es suficiente.”
Ninguna crisis del capitalismo lo llevará a su fin en ausencia de una lucha de clases. Contrariamente a la tesis de la primacía de las fuerzas productivas, en la trascendencia del capital deberían estar implicadas muchas fuerzas sociales, no sólo las ligadas a la estructura económica, están también —como señala Gramsci — las influencias de “las fuerzas políticas” y las fuerzas “político-militares.”
El poder del capital descansa en gran medida en su constante habilidad para dividir y separar a los trabajadores, para ponerlos a competir entre sí, para convertir la diferencia en antagonismo. Consecuentemente, el esfuerzo por unirse y por reducir el grado de separación entre ellos constituye una parte esencial de la lucha de clases de los trabajadores.
Los sindicatos son vitales como centros de organización de la clase obrera. Pero el lugar de trabajo, sin embargo, no es el único lugar para organizarse. En 1850, Marx y Engels identificaron a la comunidad como un sitio en el que los trabajadores deberían unirse. Y a estos espacios nacionales hay que agregar el espacio internacional.
Michael Lebowitz se refiere al tema de las “alianzas” entre los trabajadores y los nuevos actores sociales. Según el autor este tema sólo se plantea como resultado de la reducción teórica de los trabajadores a productos unidimensionales del capital. Para Michael Lebowitz no habría “trabajadores y nuevos movimientos sociales” sino “trabajadores reales multidimensionales y en muchas y diferentes relaciones sociales.” Debería considerarse a los nuevos movimientos como la expresión de otras necesidades de los trabajadores y como el desarrollo de nuevos centros de organización de la clase obrera funcionando “en el amplio interés de su total emancipación.” Y, en la medida en que estas luchas estén dirigidas contra la posición del capital como dueño de los productos del trabajo social, tales luchas ofrecen la posibilidad de agrupar, en lugar de mantener separados, a todos quienes no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo.
De hecho, los distintos movimientos (y centros de organización) pueden respaldarse unos a otros y fortalecer la lucha contra el capital.
Por otra parte, observa Michael Lebowitz, si la cuestión social no se manifiesta solamente de una única forma, sino que también se combina con la cuestión nacional (en este caso, con el antimperialismo), la lucha puede ser “infinitamente más fácil.
En resumen, toda lucha por modificar las circunstancias es un proceso de auto-transformación, porque modifica a las personas que participan en él. En la medida en que para ser exitosas esas luchas deben ser colectivas, ellas producen personas para quiénes la unidad se convierte en un fin más que solamente en un medio.
Ciertamente, no se puede ir más allá del capital si no existe gente en movimiento. Por otra parte, la reproducción de la vida cotidiana, donde la gente diariamente se auto produce como personas con necesidades de mercancías y dependientes del capital, es clave para el proceso que preserva al capitalismo como un sistema orgánico. Incluso algunas luchas dirigidas contra el capital en este sentido pueden ayudar a mantener relaciones capitalistas. De ahí la importancia de trabajar esos sectores.
Finalmente Michael Lebowitz se refiere al papel que juega en esta lucha la conquista del poder del estado y elabora algunas líneas sobre el carácter del nuevo estado que los trabajadores deben construir.
Este estado obrero creará gradualmente las condiciones para ir más allá del capital, para crear la sociedad comunista. Es decir, el estado obrero no abolirá de un plumazo la industria capitalista sino que creará una creciente propiedad estatal.
Pero los capitalistas difícilmente van a aceptar este despojo gradual. Probablemente dejarán de invertir, se declararán en huelga y allí es donde el gobierno socialista necesitará coraje revolucionario para enfrentar esa situación.
En este proceso la industria estatal juega un papel de gran importancia, porque garantiza la subsistencia del proletariado. El estado obrero es un arma esencial para llevar a cabo la lucha contra el capital.
El desarrollo del estado obrero produce una nueva dimensión en la relación social entre los trabajadores. En ese “autogobierno de los productores”, los trabajadores están relacionados como ciudadanos que se autogobiernan en el esfuerzo de actuar de acuerdo con los intereses de los productores en su conjunto.
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Por último, el capítulo decimoprimero y final del libro plantea que para que los trabajadores se sientan motivados a ir más allá del capital no basta que comprendan su naturaleza sino que estén convencidos que otro mundo es posible. Y esta es una de las cuestiones por las que el libro sobre el trabajo asalariado es absolutamente esencial. En este capítulo el autor desarrolla algunos otros rasgos de la nueva sociedad cuyo centro sería, ya no el capital, sino el trabajador colectivo. Termina reafirmando la centralidad de la práctica revolucionaria para el auto-desarrollo del trabajador colectivo y la necesidad de empezar a construir de inmediato el otro mundo alternativo al capitalismo.
La consideración del patrón de necesidades como inmutable, la ausencia de reflexión sobre la importancia del grado de separación entre los trabajadores y la centralidad del trabajador como un sujeto que se desarrolla a través de sus luchas, son aspectos no abordados en El capital. Estas ausencias hacen de la teoría contenida en él una teoría no adecuada para los requerimientos de la lucha. Por eso, según Lebowitz, la elaboración del libro faltante sobre la política económica del trabajo asalariado es tan crítica.
Este silencio tiene sus consecuencias. No sólo limita la capacidad del marxismo para demostrar a los trabajadores que son sus productos y su poder los que se vuelcan contra ellos, sino también impide la posibilidad de revelar que hay una alternativa al capitalismo. Esta alternativa está íntimamente ligada a la economía política de la clase obrera.
Marx imaginaba una clara alternativa: una sociedad de productores asociados, en la que la riqueza social, en lugar de ser apropiada por los compradores de la fuerza de trabajo, fuese utilizada por los individuos libremente asociados que producen de acuerdo con “necesidades comunes y fines comunes” (Marx, 1985a: 62, 73).
Hay que recordar que toda cooperación y asociación del trabajo en la producción genera una productividad social combinada del trabajo que excede la suma de las productividades individuales y aisladas; y que en toda sociedad, la separación y división en las relaciones sociales entre los productores permiten que quienes median entre los ellos recojan los frutos de su cooperación en la producción.
El trabajador colectivo o unido está compuesto por numerosos miembros y órganos distintos. Al respecto Marx decía: “éste trabaja mejor con las manos, aquél más con la cabeza, uno como director, ingeniero, técnico, etcétera, el otro como capataz, el de más allá como obrero manual directo, o incluso como simple peón” (Marx, 1990: 79).
En el capitalismo, el capital como tal articula las distintas partes del obrero colectivo (aunque nunca todas) y media entre esas partes. Por consiguiente, el capital puede arrancar los beneficios que surgen de la cooperación en la forma de plusvalor; y lo hace como resultado de su capacidad para dividir y separar los trabajadores.
Por el contrario, con la eliminación del capital como mediador y el desarrollo del obrero colectivo para sí, ese productor compuesto por diferentes miembros y órganos se transforma en una sola fuerza de trabajo social.
La economía política de la clase obrera vislumbra una sociedad de productores libres y asociados, donde el desarrollo de los seres humanos es el objetivo explícito de la producción.
En esa sociedad cooperativa que imaginó Marx, aquella basada en la propiedad común de los medios de producción, la actividad productiva de las personas se desprende de una unidad y solidaridad basada en el reconocimiento de sus diferencias. Sus miembros se reconocen en su unidad como miembros de la familia humana y actúan sobre esta base para asegurar el bienestar de los otros en el seno de esta familia.
Al contrario de la economía política del capital, abarca algo más que el trabajo mediado por el capital. La jornada laboral en esta sociedad alternativa, por ejemplo, es más larga que la jornada laboral capitalista, porque incluye aquel trabajo improductivo para el capital que Marx incluía bajo los llamados costos de consumo de la fuerza de trabajo.
Por otra parte, la interdependencia de todos los miembros del obrero colectivo está en el corazón de la economía política de la clase trabajadora y ésta no es otra cosa que la sociedad comunista.
En esta sociedad de productores asociados, la cooperación del trabajador colectivo y la ausencia de un mediador extraño demuestran que para rendir frutos no es necesario “que los instrumentos de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo” (Marx, 1864: 11) En cambio, el trabajador ahora trata al carácter social de su trabajo como su poder.
Pero, ¿cuál es el propósito de los comunistas? Organizar la sociedad de tal manera que cada miembro de ella puede desarrollar y usar todas sus capacidades y energías con total libertad y sin infringir por ello las condiciones básicas de esta sociedad” (Marx y Engels, 1976b: 96
En la versión final del Manifiesto este objetivo era representado como la “asociación, en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos.”
En el centro de la concepción de la sociedad de los productores libres y asociados de Marx estaba el eliminar todas las cadenas que impiden el total desarrollo de los seres humanos.
La productividad social significa tiempo libre para el desarrollo artístico, científico, etcétera.
De acuerdo a ello, los primeros productos de esta sociedad de productores libremente asociados serían seres humanos capaces de desarrollar su potencial total en una sociedad humana donde “crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva” (Marx, 1970b: 24).
Un hermoso cuadro, señala el autor, pero que no surge de la nada; más bien, fluye de todas las luchas de los trabajadores en el capitalismo, impulsadas por su propia necesidad de desarrollo. El “deber ser” de los trabajadores, su impulso hacia la reproducción ampliada, surge constantemente contra las barreras creadas por el capital para apoyar la continuidad de la explotación. Los trabajadores luchan para llegar a sobrepasar esas barreras y en el proceso, transforman las circunstancias y se transforman a sí mismos.
Pero esta no es el mismo relato con el que comenzamos este libro, señala Lebowitz. En el capítulo primero es el capital el que tiene el impulso a crecer y que constantemente va sobrepasando barreras hasta que finalmente enfrenta un límite en la forma de la clase obrera. Llegado a la conclusión de que ese relato es unilateral porque no explica por qué los trabajadores luchan para ir más allá del capital, ni, significativamente, por qué aceptan al capital.
En lugar del determinismo y economismo que se desprenden del marxismo unilateral, el Marx que surge aquí es un revolucionario cuyo optimismo se basa en el supuesto de que los seres humanos luchan contra las condiciones inhumanas. Esa lucha contra una existencia inhumana es lo que impulsa a ir más allá del capital.
Partiendo del concepto del trabajador colectivo y de la sociedad del trabajador colectivo para sí, lo que surge como descubrimiento lógico en El capital es una alternativa a la sociedad capitalista: una “sociedad de la libre individualidad, basada en el desarrollo universal de los individuos y en la subordinación de su productividad colectiva convertida en su riqueza social” (Marx, 1985a: 62).
Cuando Marx escribió El capital, lo hizo en una época en que las visiones utópicas eran habituales. Dada su creencia en que los trabajadores desarrollarían los elementos de la nueva sociedad en el curso de sus luchas, Marx se resistía a escribir recetas sobre la futura sociedad. Sin embargo, luego de la experiencia del último siglo —con el “socialismo realmente existente”— es esencial resucitar la visión de una nueva sociedad, la sociedad de los productores asociados, y no para el futuro, sino para las necesidades del presente.
Hoy comprendemos mucho más claramente que el capitalismo no engendra su negación “con la [inexorabilidad] de un proceso natural” (Marx, 1983a: 954), pero siempre hay una posibilidad de que se produzca el terreno apropiado en el que se pueda seguir la lucha contra el capital.
Michael Lebowitz concluye su libro diciendo que la continuidad del proyecto de Marx significa mucho más que escribir los libros faltantes. Su proyecto, era hacer lo que pudiera para ayudar a dar a luz esa “asociación, en la que el libre desarrollo de cada uno sea la condición para el libre desarrollo de todos.” Hacer ver que el capital es el producto de los trabajadores que se vuelve contra ellos, trabajar por la unidad en la lucha, reafirmar la centralidad de la práctica revolucionaria para el auto desarrollo del trabajador colectivo y exponer la visión de una alternativa posible, son todos ingredientes esenciales para demostrar hoy que “un mundo mejor es posible. ¡Construyámoslo ahora!
Notas
1. El prológo a la nueva edición fue escrito en septiembre de 2002.
2. Explicar
Comunicado de la Comisión Permanente del PCE sobre la reforma del Estatuto de Cataluña

Comisión Permanente del PCE / 04 oct 05
Ante la aprobación, por parte del Parlamento de Cataluña, de la reforma del Estatut, el PCE acuerda publicar el siguiente comunicado:
1) El PCE muestra su respeto por el amplio consenso conseguido en torno al texto remitido a las Cortes Generales. Solamente el PP se ha autoexcluido, solicitando incluso sus máximos dirigentes estatales que no se apruebe la toma en consideración a la proposición de ley de reforma estatutaria.
2) El PCE opina que debe aprobarse la toma en consideración en el Congreso de los Diputados, a fin de proceder a la negociación correspondiente de cara a la aprobación definitiva del texto resultante, que en todo caso debe superar la dinámica confederal que se anuncia en el texto.
3) El PCE reconoce como positivo el impulso federal que se ha generado en el proceso de reforzamiento de los autogobiernos. Corresponde al gobierno presidido por Zapatero encabezar una nueva síntesis, de cara a una transformación federal del modelo de Estado. Dicha síntesis debiera basarse en un proyecto federal claro y en la propuesta consecuente de reforma constitucional, que hasta ahora no ha tenido lugar, reflejándose esta ausencia en un método que puede provocar salidas unilaterales y alimentar el enfrentamiento entre territorios.
4) El PCE considera que el sistema de financiación de las Comunidades Autónomas que se deriva del proyecto de Estatut debe reformarse desde el punto de vista federal. Las relaciones bilaterales deben comprenderse en el marco superior del acuerdo de todas las partes a través de decisiones multilaterales. En todo caso, el sistema de financiación no debería estar inscrito en el texto del Estatuto.
5) El PCE seguirá luchando por un Estado republicano, plurinacional, federal y solidario, como forma más justa de cara a la solidaridad interterritorial y a la síntesis entre fuerzas nacionalistas y no nacionalistas.
Madrid, 4 de octubre de 2005
CARACTERÍSTICAS ESTRATÉGICAS DE LA ACTUAL COYUNTURA POLÍTICA
INFORME POLÍTICO APROBADO POR EL XI PLENO DEL CC DEL PCPE LOS DÍAS 2 Y 3 DE ABRIL DE 2005
Sin un análisis científico de la realidad nuestra lucha solo discurrirá por caminos erráticos. Por ello no debemos confundir el análisis de la realidad con la descripción de sus manifestaciones más evidentes y superficiales. La estrategia del enemigo de clase es compleja y no siempre se manifiesta en su auténtico carácter.
Es necesario que el CC trabaje en la profundización del análisis de los elementos que tienen un carácter estratégico para combatir la dominación capitalista y abrir camino al avance de las ideas del socialismo entre las masas.
UN ESCENARIO MUNDIAL DE VIOLENCIA, DEPREDACIÓN Y CIRCULACIÓN DE DINERO PARASITARIO.
-Podemos resumir en dos los mecanismos de acumulación de capital en la fase actual:
a.- La acumulación más tradicional a través de la extracción de plusvalía absoluta y relativa en la producción de mercancías. El cambio histórico actual, o su tendencia, es el del tipo de mercancías que constituyen el objeto de la producción de mercancías.
b.- La acumulación sustentada en cambios históricos de gran envergadura en lo que llamamos la “financiarización” del capital. De esta forma empresas tradicionalmente productoras de mercancías obtienen la parte principal de sus ganancias a través de la venta de servicios (ejemplo General Motors).
-El capital ha conseguido la extensión planetaria de las relaciones capitalistas de producción, lo cual le permite nuevas estrategias en la explotación de la clase obrera. El carácter social de la producción tiene hoy una extensión ilimitada, de tal manera que una mercancía puede estar compuesta por partes integrantes que fueron producidas en países distintos aprovechando las condiciones del desarrollo desigual y las ventajas de los nuevos avances en distintos campos del conocimiento. Al mismo tiempo esta situación pone más de manifiesto el carácter de la clase obrera como clase única mundial, pues venda su fuerza de trabajo en un país u otro la vende para el mismo patrón.
-Junto a este mecanismo de reproducción y concentración del capital, en esta etapa, existen otros mecanismos que permiten la continuidad de este proceso que a ojos vista tiene una dinámica muy activa desde el punto de vista de su acelerada concentración cada vez en menos manos.
-El imperialismo de capitalismo parasitario (Lenin). El capital obtiene sus ganancias y/o transferencias de capital a través de nuevas estrategias que –aunque existentes en el pasado- ahora han pasado a primer plano y han adquirido otra dimensión y otro protagonismo. Situamos varios circuitos diferentes de acumulación que hoy tienen un protagonismo destacado en la dominación capitalista:
El comercio de armas. Violando todas las convenciones internacionales los llamados países democrático hacen de esta actividad elemento fundamental de su proceso de acumulación. Hay multitud de datos en esta materia. EE. UU. acumula la mitad de este sanguinario negocio.
El tráfico de drogas y la prostitución. Frente a todo el discurso contra el consumo y contra el narcotráfico miles de millones de euros son “blanqueados” diariamente por los circuitos financieros legales y en el sector inmobiliario, junto a los paraísos fiscales.
El control de la tecnología. Los países que poseen la capacidad de producir los componentes y los productos más avanzados comercializan sus producciones a precios que nada tienen que ver con su valor de producción. Es la ventaja tecnológica la que marca el precio y por tanto un factor fundamental de acumulación parasitaria.
Los servicios financieros. La posesión del capital-dinero permite obtener grandes beneficios a través de los préstamos y de las inversiones en los circuitos financieros, destacando especulación en bolsa. La llamada deuda externa coloca a los países más expoliados como exportadores netos de capital a las grandes potencias capitalistas, entregando buena parte de su PNB.
La relocalización de las producciones. Aprovechando el diferencial de “desarrollo” se producen mercancías con fuerza de trabajo “barata” para comercializarlas en los circuitos de los países centrales del capitalismo. El consumo interior de estos países centrales se ha convertido en elemento fundamental de su potencial económico, quedando en buena medida relegada la importancia de su capacidad exportadora.
La importación de mano de obra esclava. La utilización de mano de obra migrante en condiciones de “ilegalidad” permite amortiguar la caída tendencial de la tasa de ganancia en los países centrales. La situación de “ilegalidad” es requisito fundamental de su rentabilidad que permite una mayor y más brutal explotación.
El expolio medioambiental. Una explotación irracional y suicida de los recursos naturales forma parte de la modalidad actual en el proceso de acumulación.
Los diferentes polos imperialistas mantienen foros mundiales unitarios para pactar y legitimar las estrategias de la explotación de la clase obrera mundial.
La estrategia de los diferentes polos imperialistas en el actual orden mundial es de una profunda complejidad. La dialéctica entre la necesidad de tomar acuerdos que les permitan su hegemonía mundial a partir del sistema capitalista y por otra parte la feroz competencia para arrebatarse unos a otros sus mercados y su capacidad de control de los recursos energéticos y las materias primas marca el escenario mundial de la lucha de clases.
China reclama hoy un proyecto propio y avanza ante nuestros ojos hacia su constitución como primera potencia mundial a medio plazo, actualmente es la segunda. Los riesgos para el proyecto socialista en este país son evidentemente muy graves. ¿Es cierto que la estabilidad del proceso chino viene dado porque solo sobre la base de un proyecto socialista es posible mantener estable esa nación? Este es un tema al que hay que darle más importancia y prestarle más atención en nuestro trabajo.
Si efectivamente se produce un desplazamiento del centro del planeta también cambiará todo el sistema de relaciones mundiales.
Para tratar de evitar esto la lucha ideológico-cultural es un elemento fundamental de la lucha por le hegemonía. Si la cultura hegemónica es la yanky-occidental entonces China se encuentra con un fuerte escollo frente a la actual hegemonía y queda subsidiaria de ella. Este es un tema que debe de ser analizado con mayor extensión.
La progresiva liquidación de las formalidades democráticas es una consecuencia directa del agotamiento del capitalismo como forma sociohistórica. Ello en el interior de los países centrales se concreta en el aumento de las actuaciones represivas contra toda disidencia, leyes antiterroristas, actas patrióticas, etc. En la escena internacional es guerra, guerra y más guerra. Los servicios secretos de los países centrales son todos 007, permiso para matar, desaparecer, torturar, violar, …… y el ejército imperial disfruta de inmunidad en todas sus acciones.
La lucha de los pueblos y la lucha de la clase necesitan de un proyecto consciente y capaz para orientar, y de una capacidad de organización y movilización radicalizada para enfrentar la presente barbarie y ganar la confianza de los sectores expoliados y explotados.
Los países latinoamericanos demuestran de nuevo su heroísmo y levantan en estos tiempos nuevos proyectos y nuevas experiencias prácticas donde la lucha popular de masas se demuestra como un elemento fundamental de la conquista de nuevos escenarios políticos más proclives a los intereses de las mayorías.
La UE busca un espacio en esta lógica infernal, sin cuestionarla más que en aquello que le impide su hegemonía (p. ej. la última guerra contra Irak). El proceso de implantación de las políticas neoliberales desmonta de forma cada vez más acelerada el “estado del bienestar” que fue elemento fundamental para mantener a la clase obrera cautiva del reformismo. La Constitución Europea es un impulso estructural a las necesidades del capital.
La socialdemocracia sigue siendo un elemento fundamental del capital para tratar de evitar que emerjan con fuerza las tradiciones revolucionarias de la clase obrera europea. Hoy el combate ideológico de los revolucionarios tiene que centrarse en esta cuestión. Cada cierto tiempo, a través de procesos electorales bien planificados, la socialdemocracia asciende a los gobiernos de ciertos países claves de la UE para “enfriar” el combate social y político de los sectores populares. Hoy en España estamos en otro nuevo ciclo de esta estrategia.
La relación con Rusia sigue siendo un elemento no resuelto del proyecto del imperialismo europeo que hoy se desarrolla lleno de contradicciones y forcejeos.
La OTAN es el collar impuesto por EE UU como mecanismo de control de las ansias del imperialismo europeo.
En España se manifiestan todas estas tendencias estructurales expuestas anteriormente. En las políticas económicas, en las propuestas educativas, en las estrategias internacionales del gobierno, etc. Es necesario entrar a un análisis detallado de cómo el gobierno Zapatero consigue un determinado apoyo social a través de propuestas políticas que en ningún momento cuestionan la dominación del capital.
La clase obrera española es explotada cada vez con un mayor grado de violencia en los centros de trabajo, donde retrocede la actividad sindical de clase. La muerte diaria de 4-5 trabajadores es la expresión de una brutalidad empresarial que solo se rige por la lógica de la máxima ganancia. Junto a ello un suicida endeudamiento hipotecario de las familias obreras y de las clases medias se constituye en eficaz mecanismo de docilidad de la clase obrera que teme la pérdida del puesto de trabajo y la subasta bancaria de la vivienda que se adquiere con tanto esfuerzo. Ello unido a un alza constante de la cesta de la compra impone una alimentación precaria y de mala calidad a las clases populares, acrecentada por la imposición del euro que ha significado un brutal encarecimiento del consumo básico.
Las singularidades del caso español hay que situarlas en las estrategias internas para mantener la hegemonía alcanzada a través del llamado pacto de la transición. Son varios los factores que ponen en cuestión el equilibrio y la estabilidad del bloque del poder en España. Han sido detallados en el comunicado del CE en relación al debate del Plan Ibarretxe y en editoriales del UyL.
La cuestión hoy es que la superación de la Constitución del 78 está puesta sobre la mesa. Algunas iniciativas de sectores burgueses están planteando este tema que se manifiesta cada vez más inaplazable, y el movimiento republicano y de izquierdas también va perfilando propuestas en relación a ello. Las reformas de los Estatutos de Autonomía hacen emerger aspiraciones contenidas durante largos años, además del oportunismo de unas burguesías locales cuyo solo objetivo es mantener sin menoscabo su posición en la cadena de dominación capitalista.
Hay que conjugar un amplio movimiento unitario en torno a la república y la liquidación de la Constitución del 78 con un fuerte desarrollo partidario que permita recuperar en el más corto plazo de tiempo posible el partido revolucionario con capacidad de convocatoria de masas que es imprescindible para dirigir la lucha de clases en el estado.
Los retos para el trabajo partidario quedan claros y evidentes, y todas las organizaciones del partido deben trabajar sobre los elementos principales de este informe interviniendo de manera directa en su realidad más inmediata, tratando los problemas diarios del pueblo, analizándolos y colocando propuestas políticas y organizativas. Trabajar con el conjunto de los movimientos sociales en las luchas más concretas y conseguir que trabajadores y trabajadoras reconozcan al partido de una manera natural como la mejor estructura para la defensa de sus intereses y para la mejora de sus condiciones de vida.
CC PCPE 2 Y 3 DE ABRIL 2005.
Resolució del PSUC viu sobre el procés estatutari a Catalunya.

Hem arribant al final del procés Estatutari de manera molt preocupant. Cal recordar que l’esquerra, a Catalunya, va enfocar el procés de proposta d’un nou estatut plantejant a la societat catalana la necessitat d’aprofundir en la democràcia, augmentar la participació, empènyer a una renovació de la Constitució envellida i envilida per l’ús que en va fer Aznar contra la Pau, els bascos i Catalunya.
Però la victòria socialista el 15 de març va canviar l’escenari: d’una proposta de resistència es va passar a una situació en que era possible que un nou estatut fos aprovat. El PSOE va fer plantejament d’acceptar l’Estatut però va deixar de parlar de refer la Constitució. La resta de l’esquerra, en particular IU i EUiA, varen caure en el parany. Es va començar a oblidar que, encara que no governi el PP, Espanya necessita una reforma profunda de l’Estat i avançar vers un Estat Federal, Solidari i Republicà.
Sabem que la correlació de forces no permet avançar tot el que voldríem però, sense dubte, era possible avançar molt més. Desgraciadament, una proposta que inicialment era profundament transformadora avui, sota la visió estreta de les forces hegemòniques de l’esquerra, s’ha reduït a una reforma que porta només a canviar la correlació de forces entre institucions, tanmateix no significarà l’aproximació d’aquestes institucions als ciutadans; ni a Catalunya ni a Espanya.
Ens trobem amb una proposta reglamentista (218 articles front als 57 del anterior o els 169 de la Constitució) que segueix el model de redacció fosca de la fracassada Constitució europea. S’abunda en la formulació retòrica de drets ja reconeguts a lleis superiors, però és deixa de manera molt genèrica la seva concreció. Es reglamenten, per contra, excessivament aspectes lingüístics i culturals que haurien de ser objecte de lleis específiques. El primer resultat negatiu és que, en el model proposat, és molt difícil que la gent pugui llegir i entendre aquest estatut. Però és en el seu contingut on s’expressen les limitacions reals. És un Estatut adreçat a ressaltar el paper de la Generalitat front les institucions jeràrquicament superiors (Estat i fins i tot Europa) i, en canvi, dóna molt poc espai a la participació de les institucions de base (ajuntaments) i les persones. Més que un estatut dels catalans, sembla un reglament del Govern i el Parlament. Així, hi ha molt poc d’organització local i drets dels municipis, es passa per sobre del problema de les Diputacions i no es resol res en el model territorial. No hi ha avanços substancials en la concreció de formes de democràcia participativa: pressupostos participatius, revocació de càrrecs, etc, que han avançat significativament en cartes magnes com, per exemple, la Constitució Bolivariana de Veneçuela.
Amb la intenció de tenir el recolzament de CiU s’han desfet les expectatives d’avenços socials. Així, no hi ha un avenç substancial en drets socials i laborals, només ens trobem amb declaracions genèriques de principis àmpliament reconeguts que no es concreten en institucions o marcs legals nous. No s’avança en la protecció de la propietat pública ni en el paper de la planificació i control del mercat. No s’avança en el paper respecte la banca i les caixes: es reglamenta l’elecció, els nomenaments, però no hi ha un nou marc polític de funcionalitats que ha de jugar a Catalunya la banca social. Irònicament, amb aquesta tàctica, no s’ha aconseguit d’implicació de CiU però, en canvi, s’ha incrementat el desinterès dels ciutadans per l’Estatut: una veritable miopia política.
L’Estatut ha derivat exclusivament en el blindatge dels pressupostos de la Generalitat front a l’Estat. En aquest tema hi ha hagut propostes que són més aviat confederals al plantejar una negociació foralista bilateral entre Catalunya i Estat. És a dir, el canvi promès es redueix a un conflicte entre polítics catalans i espanyols pel repartiment del pressupost, sense discutir quins principis ha de garantir aquest pressupost. El problema que s’havia de resoldre és com es blinden els pressupostos públics (de l’Estat i de la Generalitat) de la cobdícia de les multinacionals i els poderosos, de les retallades fiscals dels darrers anys. No hi ha un plantejament de blindar els drets econòmics dels ciutadans més humils establint principis de suficiència i de garantia dels drets socials. No hi ha un avanç federalista en establir corresponsabilitat solidària i transparència entre totes les comunitats; i s’obre un perillós camí a la confrontació entre comunitats per uns recursos globals cada vegada més retallats (ara sense els fons europeus).
El PSUC viu, partit internacionalista i nacional català, s’oposa al desenvolupament de sistemes financers forals i, en coherència amb el projecte federal que volem per Europa, volem un projecte fiscal federal a l’Estat, basat en garantir uns drets iguals per a tots (en sanitat, educació, etc.), amb una fiscalitat en funció de la renda i no del territori. Malauradament, amb la present proposta no es blinda el tema financer en el sentit de protegir els impostos directes de l’Estat, sinó que es limita a buscar definir la quota de participació de la Generalitat en aquests, sense assegurar els mínims socials que han de cobrir. Això obre més la porta a la taxació indirecta i la privatització de serveis.
Obrir espai a la possible confrontació entre comunitats ens allunya d’un clima constructiu d’Estat Federal. No hi ha un projecte federal que permeti una reforma de la Constitució en una negociació multilateral entre iguals, sinó que assaja (com denuncia el Consell consultiu) un model bilateral funcionalment confederal o foralista. Aquest esquema de negociació bilateral, a mig termini, es pot tornar en contra del poble de Catalunya i promoure enfrontaments interns en l’Estat, del que no deixem de ser una minoria.
Un altre aspecte present en el debat ha estat el dels drets històrics, una formulació ambigua i políticament perillosa. No creiem gens adient introduir una categoria de drets històrics que es poden oposar als drets dels ciutadans i que obre el debat sobre quina història es pren com referència. Perquè la voluntat dels ciutadans podem conèixer-la democràticament però, qui te el dret a interpretar la historia? Qui interpretarà quina es la “bona”?: la dels visigots unificadors de Ibèria, la dels francs creadors de la Marca, la dels àrabs expulsats de Catalunya, la dels borbons conqueridors, la dels emigrants del sud del segle XX o dels magrebins del segle XXI... Tothom té la seva història i la seva legitimitat, desplaçar el fonament dels drets a un concepte nacionalista romàntic i eteri és extremadament perillós. Tenim el dret a l’ús de la llengua no per una historia abstracte sinó per la voluntat dels que avui vivim Catalunya. Els ciutadans no som esclaus de cap bandera, de cap lectura del passat; cal que siguem els protagonistes de com volem, democràticament i sense imposicions de cap mena, organitzar la nostra societat.
Finalment creiem que es desaprofita l’Estatut com instrument jurídic per ampliar els drets que ja tenim en els tractats europeus o la Constitució en principis innovadors. Es podia, per exemple, haver profunditzat en el tema de la Pau, la desnuclearització o els drets civils.
El PSUC viu donarà suport al nou Estatut en la mida que representa un avanç relatiu respecte la situació anterior, però lamenta la irresponsabilitat de les forces hegemòniques de l’esquerra per haver desaprofitat aquesta oportunitat per fer un avanç real que contribuís de veritat a millorar les condicions de vida de la majoria de catalans. Denunciem, a més, que s’hagi utilitzat aquest debat, durant els dos darrers anys, per no emprendre reformes en l’àmbit dels drets dels treballadors. Denunciem que s’hagi optat per una via que no permet desfer l’enfrontament nacionalista dins de l’Estat des d’una perspectiva progressista de reforma federal, defensant els drets nacionals en un marc de solidaritat i progrés social. Cal crear un marc que superi els enfrontaments entre comunitats i defineixi jurídicament una correlació de classe més favorable pels treballadors catalans.
En clau més interna, creiem que el fracàs de IU entorn a com s’ha desaprofitat aquest procés per avançar en la reforma constitucional, a través d’una acció conjunta federal a nivell d’Estat, demanda una profunda revisió del seu funcionament. És inacceptable que s’hagi estat incapaç de generar un debat a nivell d’Estat per definir un posicionament federal i que, finalment, les posicions s’adoptin des de l’opinió personal d’alguns dirigents i sota criteris conjunturals de recolzar a uns o altres sense un projecte clar d’Estat. També és necessari un canvi a EUiA, en la mesura de que havia de ser el dinamitzador central en aquest procés a nivell d’Estat , per contra fins i tot l’interior de l’organització ha restat aliena al debat. Mentre parlaven de fer participar als ciutadans de Catalunya en elaborar l’Estatut, hem estat incapaços d’implicar ni tan sols als propis militants en el debat sobre el contingut. Desprès d’un any i mig d’elaboració a porta tancada, el debat s’ha resolt en el Consell Nacional en un mati en que s’acceptava o rebutjava. No és aquesta la manera de trobar aportacions, complicitats i recolzament per implicar-nos en el debat, per aportar proposta, per assolir suport i produir la necessària mobilització. Si EUiA vol ser un moviment sociopolític de l’esquerra alternativa ha d’adoptar altres maneres de fer, EUiA ha d’entendre que només implicant i obrint la participació, més enllà de la cúpula executiva, és possible connectar amb el poble treballador i recollir l’impuls necessari per a tenir perfil propi en la política catalana.
Aprovada per unanimitat al comitè Executiu.
Barcelona, 21 de setembre de 2005
Sobre la Ley Orgánica de la Defensa Nacional: La política de defensa del Sr. Zapatero

Willy Meyer/Coordinador Ejecutivo Política Internacional IU / 29 sep 05
El 15 de Septiembre se aprobaba en el pleno del Congreso de los Diputados el Proyecto de Ley Orgánica de la Defensa Nacional, uno de los instrumentos que permite la aplicación de la Directiva de Defensa Nacional 1/2004 formulada en su día por el Presidente Zapatero donde se establecen las líneas generales de la política de defensa en relación a las amenazas, la respuesta a las mismas y la opción de las alianzas para combatirlas.
En términos de los sistemas de seguridad, la Directiva de la Defensa es el marco estratégico donde se desarrollará nuestra defensa nacional. Es “la barra” donde “colgarán” todas las leyes previstas relativas a la organización de la defensa nacional, el volumen de fuerza, los diferentes sistemas de armas y el gasto militar necesario.
Dada la importancia de esa Directiva, IU defiende que corresponda a las Cortes Generales su elaboración y aprobación y no como hasta ahora, que es competencia exclusiva del Presidente del Gobierno. Hasta la llegada al gobierno del PP (1996), la directiva se consideraba un documento clasificado y, por tanto, ni siquiera se comunicaba a las Cortes Generales.
Directiva de Defensa 1/2004: La opción estratégica del Sr. Zapatero
El escenario estratégico.-
El Sr. Zapatero reconoce que "los atentados de Nueva York, Madrid o Beslan han evidenciado que, frente a los nuevos riesgos y amenazas, la superioridad militar tradicional no constituye un factor de disuasión eficaz, ni garantiza más seguridad automáticamente. Tampoco asegura una prevención efectiva contra ataques terroristas, ni evita el riesgo de proliferación de armas de destrucción masiva”.
Reconocida esa realidad que compartimos y venimos denunciando desde la desaparición del Pacto de Varsovia (1991), correspondería a ese análisis anteponer un nuevo sistema de seguridad que permita la transición a un sistema de seguridad desmilitarizado, sin alianzas militares, optando por el desarme y la prohibición y destrucción ecológica de todo el arsenal de armas de destrucción masiva, reduciendo los ejércitos nacionales y el gasto militar.
La respuesta al terrorismo debería encomendarse al “espacio civil”, al policial, a los servicios de inteligencia, así como al poder judicial desde una concepción garante de los derechos civiles. Este nuevo sistema debería también dar respuesta al primer motivo de inseguridad en el mundo: el hambre y la pobreza.
Pues bien, el Sr. Zapatero opta por un sistema continuista donde "la lucha contra el terrorismo es clave en la estrategia de las organizaciones internacionales de seguridad y defensa".
Marco de la seguridad y la defensa de España.-
La militarización de la seguridad, el continuismo en materia de alianzas hace determinar al Sr. Zapatero que nuestra seguridad, la seguridad europea "es compatible con una relación transatlántica robusta y equilibrada (…) Los aliados de ambos lados del Atlántico compartimos y defendemos los mismo principios y valores (...) España es un aliado firme y comprometido con la Alianza Atlántica, que además mantiene una relación estrecha y consolidada con los EE.UU." y añade: "debemos estar en condiciones de poder participar con determinados países, si así se decidiese, para el desarrollo de capacidades militares mas exigentes".
La actuación de nuestras Fuerzas Armadas en el exterior requerirá el cumplimiento de una decisión previa de Naciones Unidas “o, en su caso, de otra organización multinacional de las que España forma parte", es decir, la OTAN.
Lo más grave de la Directiva de Defensa es precisamente que, tras la práctica de la guerra preventiva de G. W. Bush y su política exterior, concluye que en España compartimos sus principios y valores y nos vinculamos, por tanto, a su política de seguridad. Pero, ¿qué principios y valores compartimos? Resumamos brevemente los principios y valores de la política exterior norteamericana:
· El uso de la fuerza al margen del derecho internacional, esto es, la guerra preventiva.
· No suscribir el Tratado de Ottawa de prohibición de minas antipersonas.
· Dificultar el Tratado de París de Prohibición de armas químicas de destrucción masiva.
· No cumplimiento del Tratado de Viena en relación a los Tratados Internacionales.
· No cumplimiento del acuerdo de uso de sistemas antimisiles balísticos.
· No ratificación del Protocolo de Kyoto.
· No ratificación del Tribunal Penal Internacional.
· Incumplimiento del Convenio de Ginebra en relación a prisioneros de guerra.
· Abandono de la Conferencia de Naciones Unidas contra la esclavitud.
· Acciones reiteradas contra el papel de NNUU en el mundo.
· Autorización a sus servicios de inteligencia para la eliminación física de cualquier persona “incomoda” para la administración norteamericana.
· Acciones desde el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para empobrecer todavía más a los países en vías de desarrollo.
El Sr. Zapatero quiere mantener una relación estrecha y consolidada con los EE.UU. que ya ejerció desde la oposición al gobierno del PP votando favorablemente la actualización y renovación del Tratado Bilateral en relación a las bases de Rota y Morón aumentando sus capacidades militares y permitiendo la actuación de sus servicios de inteligencia. Además, se pone a la cabeza europea para predisponerse a aumentar las capacidades militares de los estados miembros, esto es, lo que en la directiva se denomina la necesidad de determinar “nuestro nivel de ambición militar”. Por cierto, el Ministro de Defensa presenta en esa línea unos presupuestos con un aumento significativo del gasto militar.
Finalmente, la actuación de nuestras Fuerzas Armadas en el exterior requerirá de dos condiciones: que exista una decisión previa de Naciones Unidas o bien que, lo solicite otra organización multinacional como la OTAN.
Asimismo, se puede dar la circunstancia, porque así lo prevé el Nuevo Concepto Estratégico de la OTAN (1999), que la misma requiera una acción militar sin el consentimiento del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y que el gobierno español esté dispuesto a su aceptación.
Esta es, de forma resumida, la opción del Presidente Zapatero en materia de la estrategia de la Defensa que deberá concretar en distintas iniciativas legislativas, como la recién aprobada Ley Orgánica de la Defensa Nacional.
Ley Orgánica de la Defensa Nacional.-
Como decía al principio, esta Ley es la consecuencia práctica de la Directiva que acabamos de resumir, que concreta la organización de nuestras Fuerzas Armadas para cumplir sus objetivos estratégicos.
Su Artículo 6 determina que es el Presidente de Gobierno quien de forma específica formula la Directiva de Defensa Nacional donde se establecen las líneas generales de la política de defensa y las directrices para su desarrollo.
En este punto, cabe recordar la posición de IU dicha anteriormente, favorable a que sean las Cortes y no el Presidente quien elabore y apruebe formalmente la Directiva de Defensa. La estrategia de la seguridad debe recaer en los representantes de la soberanía popular.
En su Artículo 17, referente a las misiones de las Fuerzas Armadas y su control parlamentario, se produce un avance significativo en una de las reivindicaciones que hemos mantenido en IU desde la primera guerra del Golfo, la guerra de Yugoslavia y la guerra de Irak: la exigencia que fuera el Congreso de Diputados la institución que tuviera que autorizar previamente la proyección de fuerza armada al exterior. En este sentido debemos valorar muy positivamente este avance.
Desgraciadamente, el que un estado requiera o no la autorización de su parlamento para el envío de tropas al extranjero no determina la orientación de su política de defensa y seguridad. Incluso la propia Ley prevé en este artículo en su punto 3 que cuando la solicitud de envío de tropas al extranjero por compromisos internacionales se produzca por procedimiento de urgencia y "no fuera posible realizar la consulta previa, el Gobierno someterá al Congreso de los Diputados lo antes posible la decisión que haya adoptado para la ratificación, en su caso”.
Conviene recordar que la Unión Europea prevé la organización de un Grupo de Combate que pueda realizar dos operaciones simultáneas a 6.000 Km. , donde España contribuiría con un 10% de la fuerza, un máximo de 6.000 profesionales. El tiempo establecido desde que se toma la decisión de enviar tropas europeas fuera de la UE es de 5+10 días (cinco para tomar la decisión, diez para enviarlas), es decir, que en el marco de la UE previsiblemente la autorización se someterá a consideración después del envío.
En su Articulo 19, cuando concreta las condiciones de las misiones en el exterior de las Fuerzas Armadas sostiene en el apartado “a” que deberán ser realizadas por petición expresa del Gobierno del Estado en cuyo territorio se desarrollen o autorizadas por las Resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o acordadas por organizaciones internacionales de las que España forme parte, esto es, la Unión Europea o la OTAN.
En este apartado, siguiendo la orientación de la Directiva de Defensa, el Consejo de Seguridad de la ONU se pone, desgraciadamente, al mismo nivel de petición que la OTAN.
En su Artículo 23 reafirma el carácter militar de la Guardia Civil que, como bien es sabido, desde IU defendemos su desmilitarización en el marco de un nuevo sistema policial civil y federal.
En su Artículo 26 no modifica la ubicación administrativa del Centro Nacional de Inteligencia en el Ministerio de Defensa y como es de prever, no se procederá como defiende IU a ubicarlo en Presidencia con control parlamentario con su correspondiente comisión ad hoc.
Finalmente, en su Artículo 31 la Ley aboga por promover el desarrollo de la cultura de defensa para que la sociedad conozca, valore y se identifique con el esfuerzo de nuestras Fuerzas Armadas en la salvaguarda de nuestros intereses. Este planteamiento fue propuesto en su día por el gobierno del PP cuando se aprobó el dictamen de la Comisión Mixta Congreso y Senado para la profesionalización de las Fuerzas Armadas. En aquellos días organizamos desde IU múltiples iniciativas en contra de incentivar en la sociedad civil la cultura de la defensa y no la de la paz.
Por todas estas razones, modestamente entiendo que fue un error el haber votado favorablemente la Ley de la Defensa por parte de nuestros tres diputados en el pleno del Congreso celebrado el 15 de Septiembre.
Nuestro modelo de seguridad es incompatible con esa Ley y nuestro voto debería haber sido el de la abstención. De esta manera, habríamos reconocido el avance que supuso la aparición del Congreso como figura clave en el envío de nuestras Fuerzas Armadas al extranjero, pero lo habríamos hecho desde una posición autónoma, alternativa y antinuclear, propia de nuestro modelo de seguridad.
Lamento que dada la trascendencia de esa Ley no hubiésemos podido discutir y decidir en los órganos de IU la posición al respecto.
En cualquier caso y sin dramatismos, pues no es la primera vez que una votación realizada por los compañeros diputados genera discrepancias, lo importante es que nuestra posición alternativa en esta materia sigue viva y entrelazada con los movimientos contra la guerra. No es casual que IU haya nacido al calor del referéndum de la OTAN.
El "OTAN NO, BASES FUERA" no es una antigualla, sino todo lo contrario: es más actual y necesario que nunca.
Willy Meyer/Coordinador Ejecutivo Política Internacional IU





