LIBANO
En mitad de un contexto regional altamente inflamable, con el conflicto árabe-israelí y el de Iraq en el centro del fuego, el asesinato del ex primer ministro libanés, Rafik Hariri, ha venido a recordar que Líbano también forma parte de esa misma tragedia. Las prisas por identificar a Siria como responsable último del atentado suicida, parecen el resultado de un guión ya definido de antemano. Sin que en ningún caso pueda descartarse tal posibilidad, y a la espera de datos más fiables que los actuales, parece práctico dejarse guiar por lo que siempre nos recomiendan los principales autores del género policiaco: ¿quién se beneficia de este crimen?
Recordemos, antes de aventurarnos en este proceso, que Líbano es uno de los países más artificiales del planeta, producto de los cálculos de una Francia colonial que intentaba reducir el peso de la Siria que le había tocado en suerte, en su reparto con Inglaterra. Así, echando mano de Monte Líbano y del valle de la Bekaa, París impuso la creación de un Estado que siempre ha sido visto por Damasco como parte de su territorio nacional. Por si esto no bastara, fue el propio presidente Bush (padre) quien certificó a Hafed el Asad el control de la conocida en otros tiempos como la Venecia del Levante, en reconocimiento al apoyo prestado por Damasco a Washington en la guerra de 1991 contra su común enemigo, Saddam Hussein. Desde entonces (aunque ya desde 1976 Siria tenía tropas desplegadas en Líbano) se ha hecho aún más evidente que este minúsculo país es poco más que una pieza manejada desde Damasco.
Por un lado, sirve para encontrar una salida a casi un millón de sirios, integrados en el mercado laboral y en la vida social libanesa (relajando así el impacto de una tasa de paro que, a pesar de ello, alcanza ya el 25% de la población activa). Es también un importante socio comercial, gracias a la pujanza que el propio Hariri había propiciado en su larga gestión reconstructora después de los quince años de guerra civil (1975-89). En un régimen como el sirio, dominado por la minoría alauí, la dominación del Líbano permite ganarse la lealtad de altos mandos militares pertenecientes a otros grupos étnicos o religiosos, otorgándoles el control de determinadas actividades muy lucrativas, no siempre transparentes. En fin, le otorga asimismo una imagen de actor relevante por encima de sus propios medios, en su intento de seguir monopolizando el papel de líder del frente de rechazo a la existencia de Israel.
Esta situación ha sido crecientemente cuestionada por actores políticos libaneses, entre los que destacaba ahora (pero no durante sus largos años a la cabeza del gobierno) el propio Hariri. De hecho, su abandono de la jefatura del gobierno el pasado mes de octubre está directamente ligado a la decisión de Damasco para garantizar que el actual jefe de Estado, el cristiano maronita Emile Lahoud, pudiera repetir un segundo mandato de seis años, aunque para ello hubiera que forzar (una vez más) la Constitución libanesa. Junto a Hariri, otros líderes, como el druso Walid Jumblat, habían iniciado un proceso probablemente sin retorno para eliminar la influencia siria en la vida nacional libanesa. Un objetivo nada fácil, cuando se toma en consideración que todavía permanecen unos 14.000 soldados sirios en territorio libanés (a pesar de la resolución 1559 de la ONU del pasado 2 de septiembre), y que Siria cuenta aún con poderosos aliados dentro del país.
En estas circunstancias, puede resultar inmediato inclinarse hacia la autoría siria del atentado, en su intento por eliminar a un peligroso rival (empeñado en estas últimas semanas en promover una plataforma opositora a Siria, con vistas a las próximas elecciones en las que Hariri podría reaparecer como vencedor) y por disuadir a otros actores descontentos con la aplastante presencia siria. En todo caso, ¿cómo no ver esa opción como un error garrafal de Damasco?
Nadie mejor que Bachar el Asad sabe que su régimen está en el punto de mira de Washington, en el marco de una "guerra contra el terror" dirigida a controlar a Iraq y a reducir o eliminar las resistencias que puedan oponer Siria e Irán al dominio de la zona por parte de Washington y sus aliados. De manera constante se vienen oyendo las denuncias de que Siria está dejando su territorio a los insurgentes y terroristas que atacan a las tropas estadounidenses en Iraq. También se propaga la idea de que Damasco no sólo no colabora (y recordemos que, tal como definió en su momento el actual inquilino de la Casa Blanca, "o estás conmigo o estás contra mi"), sino que promueve directamente el terrorismo internacional (con el grupo libanés Hezbollah como referencia). Al mismo tiempo, su entendimiento con Irán en el rechazo a la existencia de Israel, lo convierte en un claro objetivo de quienes ahora se empeñan en vestir de democratización la intervención armada. ¿Es posible, en esas condiciones, imaginar que las autoridades sirias han preferido eliminar a Hariri, a riesgo de provocar una reacción directa contra ellos mismos?
La historia está plagada de asesinatos libaneses promovidos desde Damasco, pero en este caso no parece que el peligro fuera tan inminente. Dicho de otro modo, no era ésta la única opción de descabezar a la oposición, arriesgándose a otorgar argumentos poderosos a quienes desean la eliminación del actual régimen sirio. Si El Asad ha aprendido algo de su padre, sabrá que ahora le conviene mostrar su lado más amable (como ha venido haciendo en sus repetidas visitas a países de la Unión Europea) y manejar con cautela de dictador sus bazas, para no renunciar a sus objetivos últimos por cuestiones coyunturales y sólo hipotéticas (como lo sería la victoria de Hariri en las elecciones).
Si esto es así, cabría girar el punto de mira en otra dirección. Israel y Estados Unidos no pueden ser descartados como actores relacionados con un asunto que tardará en esclarecerse, pero del que ambos pueden salir beneficiados. Les permite incrementar la presión sobre Siria, buscando que rebaje su resistencia al sentirse más directamente amenazada, que acepte las pretensiones de Israel sobre los Altos del Golán y que deje de apoyar a Hezbollah en su lucha contra los israelíes. Una Siria violenta y magnicida es una buena imagen sobre la que montar una respuesta que no excluya el uso de la fuerza. ¿Ha sido podido ser tan ciego El Asad para no verlo? ¿Han podido ser tan astutos Sharon o Bush para echar sobre las espaldas de su enemigo una sospecha tan abrumadora? ¿Ha actuado El Asad de forma más inteligente, promoviendo la eliminación de Hariri, a sabiendas de que lo aparentemente burdo de la operación le permitiría escapar de las acusaciones de autoría?
Recordemos, antes de aventurarnos en este proceso, que Líbano es uno de los países más artificiales del planeta, producto de los cálculos de una Francia colonial que intentaba reducir el peso de la Siria que le había tocado en suerte, en su reparto con Inglaterra. Así, echando mano de Monte Líbano y del valle de la Bekaa, París impuso la creación de un Estado que siempre ha sido visto por Damasco como parte de su territorio nacional. Por si esto no bastara, fue el propio presidente Bush (padre) quien certificó a Hafed el Asad el control de la conocida en otros tiempos como la Venecia del Levante, en reconocimiento al apoyo prestado por Damasco a Washington en la guerra de 1991 contra su común enemigo, Saddam Hussein. Desde entonces (aunque ya desde 1976 Siria tenía tropas desplegadas en Líbano) se ha hecho aún más evidente que este minúsculo país es poco más que una pieza manejada desde Damasco.
Por un lado, sirve para encontrar una salida a casi un millón de sirios, integrados en el mercado laboral y en la vida social libanesa (relajando así el impacto de una tasa de paro que, a pesar de ello, alcanza ya el 25% de la población activa). Es también un importante socio comercial, gracias a la pujanza que el propio Hariri había propiciado en su larga gestión reconstructora después de los quince años de guerra civil (1975-89). En un régimen como el sirio, dominado por la minoría alauí, la dominación del Líbano permite ganarse la lealtad de altos mandos militares pertenecientes a otros grupos étnicos o religiosos, otorgándoles el control de determinadas actividades muy lucrativas, no siempre transparentes. En fin, le otorga asimismo una imagen de actor relevante por encima de sus propios medios, en su intento de seguir monopolizando el papel de líder del frente de rechazo a la existencia de Israel.
Esta situación ha sido crecientemente cuestionada por actores políticos libaneses, entre los que destacaba ahora (pero no durante sus largos años a la cabeza del gobierno) el propio Hariri. De hecho, su abandono de la jefatura del gobierno el pasado mes de octubre está directamente ligado a la decisión de Damasco para garantizar que el actual jefe de Estado, el cristiano maronita Emile Lahoud, pudiera repetir un segundo mandato de seis años, aunque para ello hubiera que forzar (una vez más) la Constitución libanesa. Junto a Hariri, otros líderes, como el druso Walid Jumblat, habían iniciado un proceso probablemente sin retorno para eliminar la influencia siria en la vida nacional libanesa. Un objetivo nada fácil, cuando se toma en consideración que todavía permanecen unos 14.000 soldados sirios en territorio libanés (a pesar de la resolución 1559 de la ONU del pasado 2 de septiembre), y que Siria cuenta aún con poderosos aliados dentro del país.
En estas circunstancias, puede resultar inmediato inclinarse hacia la autoría siria del atentado, en su intento por eliminar a un peligroso rival (empeñado en estas últimas semanas en promover una plataforma opositora a Siria, con vistas a las próximas elecciones en las que Hariri podría reaparecer como vencedor) y por disuadir a otros actores descontentos con la aplastante presencia siria. En todo caso, ¿cómo no ver esa opción como un error garrafal de Damasco?
Nadie mejor que Bachar el Asad sabe que su régimen está en el punto de mira de Washington, en el marco de una "guerra contra el terror" dirigida a controlar a Iraq y a reducir o eliminar las resistencias que puedan oponer Siria e Irán al dominio de la zona por parte de Washington y sus aliados. De manera constante se vienen oyendo las denuncias de que Siria está dejando su territorio a los insurgentes y terroristas que atacan a las tropas estadounidenses en Iraq. También se propaga la idea de que Damasco no sólo no colabora (y recordemos que, tal como definió en su momento el actual inquilino de la Casa Blanca, "o estás conmigo o estás contra mi"), sino que promueve directamente el terrorismo internacional (con el grupo libanés Hezbollah como referencia). Al mismo tiempo, su entendimiento con Irán en el rechazo a la existencia de Israel, lo convierte en un claro objetivo de quienes ahora se empeñan en vestir de democratización la intervención armada. ¿Es posible, en esas condiciones, imaginar que las autoridades sirias han preferido eliminar a Hariri, a riesgo de provocar una reacción directa contra ellos mismos?
La historia está plagada de asesinatos libaneses promovidos desde Damasco, pero en este caso no parece que el peligro fuera tan inminente. Dicho de otro modo, no era ésta la única opción de descabezar a la oposición, arriesgándose a otorgar argumentos poderosos a quienes desean la eliminación del actual régimen sirio. Si El Asad ha aprendido algo de su padre, sabrá que ahora le conviene mostrar su lado más amable (como ha venido haciendo en sus repetidas visitas a países de la Unión Europea) y manejar con cautela de dictador sus bazas, para no renunciar a sus objetivos últimos por cuestiones coyunturales y sólo hipotéticas (como lo sería la victoria de Hariri en las elecciones).
Si esto es así, cabría girar el punto de mira en otra dirección. Israel y Estados Unidos no pueden ser descartados como actores relacionados con un asunto que tardará en esclarecerse, pero del que ambos pueden salir beneficiados. Les permite incrementar la presión sobre Siria, buscando que rebaje su resistencia al sentirse más directamente amenazada, que acepte las pretensiones de Israel sobre los Altos del Golán y que deje de apoyar a Hezbollah en su lucha contra los israelíes. Una Siria violenta y magnicida es una buena imagen sobre la que montar una respuesta que no excluya el uso de la fuerza. ¿Ha sido podido ser tan ciego El Asad para no verlo? ¿Han podido ser tan astutos Sharon o Bush para echar sobre las espaldas de su enemigo una sospecha tan abrumadora? ¿Ha actuado El Asad de forma más inteligente, promoviendo la eliminación de Hariri, a sabiendas de que lo aparentemente burdo de la operación le permitiría escapar de las acusaciones de autoría?





