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CRISIS EN ORIENTE MEDIO
Pocos asesinatos habían sacudido tanto al Medio Oriente como el del ex primer ministro libanés Rafik Hariri, en una avenida de Beirut. La muerte, a causa de un potente carro-bomba, de este multimillonario considerado el artífice del Líbano moderno, no sólo ha desatado el odio de sus paisanos contra la vecina Siria, sino una reacción en cadena, de consecuencias impredecibles.

Razón tuvo el presidente Jacques Chirac al asegurar que la muerte de Hariri iba a tener implicaciones en todo el mundo. Aunque un hombre que hablaba en nombre la Yihad islámica reivindicó el atentado en una llamada hecha a la cadena de televisión Al Yazira, como “ justo castigo al infiel agente Rafik Hariri” por su apoyo al régimen saudí que persigue a Al Qaeda, en Beirut las sospechas apuntan a la participación del gobierno sirio. Tanto, que durante el sepelio de Hariri una multitud delirante no paró de gritar “¡Siria, fuera, fuera, fuera!”.

Sin embargo, la reacción más delicada vino de parte de Estados Unidos. Aunque el gobierno de Washington se abstuvo de lanzar cualquier tipo de acusación directa, el guiño de llamar inmediatamente a consultas a su embajadora en Siria, Margaret Scobey, ha sido suficientemente elocuente para levantar una inmensa polvareda internacional en una región no exenta de tensiones.

Pocas horas después, el primer ministro sirio, Mohammed Naji al-Otri, anunció, tras una reunión sostenida en Teherán con el vicepresidente iraní, Mohamed Reza Aref, la conformación de un frente común entre Irán y Siria contra la amenaza internacional, que en este caso tenía nombre propio: Estados Unidos.

Desde la declaración de la Guerra contra el terrorismo, el presidente George W. Bush no ha ocultado su preocupación acerca del papel que juegan Irán y Siria. Los problemas entre Estados Unidos e Irán vienen de tiempo atrás, desde 1979, cuando triunfó la revolución islámica del ayatolá Jomeini. En los últimos años, sin embargo, el temor de Washington es que Irán esconda un programa nuclear para la adquisición de armas no convencionales.

En el caso de Siria, el asunto tiene que ver con la permisividad con que el gobierno del presidente Assad se comporta frente a los insurgentes iraquíes y, en general, con la supuesta promoción siria, acolitada por Irán, del terrorismo internacional.

La más reciente presión ejercida por Estados Unidos sobre Siria había sucedido en septiembre de 2004, cuando, con el respaldo de Francia, logró que el Consejo de Seguridad de la ONU, mediante la Resolución 1559, exigiera el retiro de los 15.000 soldados sirios que se encuentran en territorio libanés, petición que fue rechazada por el propio presidente del Líbano, Emile Lahoud, considerado un títere de Damasco, y que desencadenó la renuncia de Hariri al cargo de primer ministro. Ahora su asesinato, unido al anunciado frente común con Irán, no ha hecho sino azuzar al gobierno estadounidense que, en palabras de la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, ha dejado saber que, con su actitud, Siria “ha aumentado la lista de problemas”con Estados Unidos.

La reacción de Irán ha sido aun más categórica, pues el ministro de Defensa, Ali Shamjani, no dudó en amenazar con una “respuesta aplastante” si alguna de sus bases nucleares es atacada, al tiempo que instó a la unión de los países islámicos contra lo que consideró una conspiración entre Washington y Tel Aviv que busca desestabilizar la región.

Lo cierto es que el asesinato de Rafik Hariri ha desencadenado una crisis diplomática de proporciones preocupantes, y no son pocos los que temen que, en su guerra contra el terrorismo, y acodado en el magnicidio de Beirut, ahora Bush enfile sus baterías contra Siria y contra Irán, un escenario que podría tener consecuencias catastróficas.


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