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Libros...
Inmersos en la mercancía como fetiche, es decir, en la concepción del libro como objeto dotado de los valores clásicos de uso y cambio, la industria afila sus garras ante estos acontecimientos luciendo sus mejores galas, desplegando el poder y la potencia de su maquinaria comercial. Llegan las nuevas tecnologías, se destruye el mercado del disco debido a la posibilidad de reproducción doméstica, y el libro, tal cual lo conocemos, subsiste todas las acometidas. Su valor, hoy por hoy, persiste. Las desnudas paredes del chalet adosado lo agradecen. Los libros son cálidos, el papel aguanta (cada vez menos, debido a la violenta irrupción de la pasta química y la reducción de costes) y los lomos funcionan como soportes publicitarios reflejando quiénes somos: nuestra identidad de lector. En este contexto de impresionante aceleración capitalista, la industria editorial apuesta por volúmenes cada vez más perecederos, libros de usar y tirar, cuyo fin es aportar satisfacción instantánea. Rápida producción, venta inmediata. En realidad, el negocio, entendido como la compleja cadena compuesta por la fabricación, distribución y venta, sigue las directrices de cualquier otra actividad empresarial dentro, eso sí, de la sociedad del espectáculo. Mundo editorial líquido por decir con Baumann: flexible, ágil e inconsistente. De hecho, los términos empleados dentro de la jerga de esta industria, su campo semántico básico, reflejan esta idea: lineal, visibilidad, canales, coste unitario, metros cuadrados de exposición, faldones publicitarios, soportes para pilas, más una lista impronunciable de palabras en inglés provenientes del universo del marketing. El producto (el libro no deja de ser un producto más dentro de la amplia la cadena de mercancías del ocio, segmento de consumo urbano que incluye desde la visita a un parque temático a la televisión por satélite) tiene que poseer una serie de características básicas reconocibles: atractivo a la vista e incitar, per se, a la compra. En este sentido destaca el uso y abuso de llamativas cubiertas con colores cálidos o elegantes negros (se concibe todavía el color negro como símbolo sofisticado de elegancia en un país donde el negro refleja dolor), cuidados acabados brillantes y títulos cortos de fuerte resonancia. El contenido, en este caso, debería seguir -y sigue, de hecho- como la intendencia a la vanguardia, que comentaba el general De Gaulle.

 
793...
Imagino a los 793 hombres más ricos del mundo dando saltos de alegría delante de los 1.200 millones de sedientos mientras los espectadores envenenados –unos cuantos cientos de millones- aplaudimos a los magnates y despreciamos evangélicamente a los que piden agua. La sola publicación de la lista Forbes es un acto fantástico de ostentación bárbara, una impugnación de toda pretensión civilizada, algo muy parecido a un chiste sobre judíos y cámaras de gas. Pero funciona. La lista Forbes convierte a nuestros ojos la feroz competencia económica, con sus millones de víctimas, en una competición deportiva y la lucha social, que deja a regiones enteras del planeta rotas y desangradas, en una superación atlética: “en esta ocasión”, nos dice la noticia, “la lista está formada por 793 milmillonarios , una cifra récord. Entre todos ellos acumulan unas fortunas de 2,6 billones de dólares, un 18% más que el año pasado”. Por un lado, la lista estimula psicológicamente a los vencedores alimentando en ellos el afán de superación que guiaba al papá Christophe: a Berlusconi no le gustará nada que Amancio Ortega (14.8000 millones de dólares) le haya desplazado de la vigesimotercera posición a nivel mundial y de la séptima a nivel europeo y tendrá que tomar medidas –despidos, sobornos, malversaciones- para recuperar terreno; mientras que el propio Amancio Ortega, picado en su orgullo, buscará la forma de adelantar un puesto más y deslocalizará más fábricas, bajará el salario a los marroquíes o abrirá un taller de esclavos en alta mar. La lista Forbes es el aguijón deportivo de la explotación, el motor épico de la barbarie capitalista. Pero la lista Forbes estimula además la integración de los vencidos. En un mundo de tormentas estructurales en el que el capital se organiza anónimo y transversal a las culturas y las naciones, la lista Forbes mantiene la ilusión olímpica muy tranquilizadora de una rivalidad nacional: Amancio Ortega representa a los españoles en el Patíbulo Mundial como Fernando Alonso nos representa en los circuitos, y todos lo empujamos, le jaleamos, avanzamos con él cada puesto que adelanta en esta carrera. E incluso es posible –como ironizaba Angel Casanova Grima en una estupenda ficción- que los trabajadores de sus talleres, o los parados mismos, acaben cediendo una parte de sus ahorros para evitar que Berlusconi, stronzo italiano, vuelva a superarlo el año que viene. Los pobres aman, admiran y ayudan a sus ricos.