Libros...
Inmersos en la mercancía como fetiche, es decir, en la concepción del libro como objeto dotado de los valores clásicos de uso y cambio, la industria afila sus garras ante estos acontecimientos luciendo sus mejores galas, desplegando el poder y la potencia de su maquinaria comercial. Llegan las nuevas tecnologías, se destruye el mercado del disco debido a la posibilidad de reproducción doméstica, y el libro, tal cual lo conocemos, subsiste todas las acometidas. Su valor, hoy por hoy, persiste. Las desnudas paredes del chalet adosado lo agradecen. Los libros son cálidos, el papel aguanta (cada vez menos, debido a la violenta irrupción de la pasta química y la reducción de costes) y los lomos funcionan como soportes publicitarios reflejando quiénes somos: nuestra identidad de lector. En este contexto de impresionante aceleración capitalista, la industria editorial apuesta por volúmenes cada vez más perecederos, libros de usar y tirar, cuyo fin es aportar satisfacción instantánea. Rápida producción, venta inmediata. En realidad, el negocio, entendido como la compleja cadena compuesta por la fabricación, distribución y venta, sigue las directrices de cualquier otra actividad empresarial dentro, eso sí, de la sociedad del espectáculo. Mundo editorial líquido por decir con Baumann: flexible, ágil e inconsistente. De hecho, los términos empleados dentro de la jerga de esta industria, su campo semántico básico, reflejan esta idea: lineal, visibilidad, canales, coste unitario, metros cuadrados de exposición, faldones publicitarios, soportes para pilas, más una lista impronunciable de palabras en inglés provenientes del universo del marketing. El producto (el libro no deja de ser un producto más dentro de la amplia la cadena de mercancías del ocio, segmento de consumo urbano que incluye desde la visita a un parque temático a la televisión por satélite) tiene que poseer una serie de características básicas reconocibles: atractivo a la vista e incitar, per se, a la compra. En este sentido destaca el uso y abuso de llamativas cubiertas con colores cálidos o elegantes negros (se concibe todavía el color negro como símbolo sofisticado de elegancia en un país donde el negro refleja dolor), cuidados acabados brillantes y títulos cortos de fuerte resonancia. El contenido, en este caso, debería seguir -y sigue, de hecho- como la intendencia a la vanguardia, que comentaba el general De Gaulle.





