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El capital es una relación social inventada para obtener el máximo beneficio privado. Es una maquinaria que se mueve dejando un rastro imborrable sobre la sociedad, sobre las cualificaciones y la subjetividad humana, sobre el entorno natural y la política.

Pero el capital no se reproduce de la nada sino que se alimenta de dos grupos de recursos

En primer lugar necesita consumir constantemente recursos personales y sociales: salud y creatividad humanas, subjetividad, capacidades personales de todo tipo pero también redes de socialización, formas de vida tradicionales que necesita que sean adaptadas a sus necesidades y disciplinas de todo tipo. Este consumo destruye recursos personales y sociales a cambio de un salario, de dinero.

En segundo lugar consume recursos naturales, es decir, materias primas, espacio físico y todo tipo de elementos naturales necesarios para la vida como el aire, el agua. Para ello necesita privatizarlos, crear las condiciones para que deje de ser un patrimonio compartido, común.

Lo importante a retener aquí es que se trata de un consumo intrínsecamente destructivo, es decir, igual que un coche que destruye la gasolina que consume, el capitalismo consume destruyendo los recursos que necesita para subsistir, los agota. Esto no quiere decir que no intente prolongar su uso para poder seguir funcionando: el capital en general (es decir, todos los capitalistas juntos) también necesitan reproducir recursos subjetivos, tener una población laboral más o menos calificada, limpiar el aire para que no se produzca un colapso urbano etc. El mecanismo de revalorización privada y competitiva hace, sin embargo, que la reproducción de estos recursos quede siempre por debajo de su uso destructivo, la competencia fuerza a los capitales individuales para que se apropien de estos dos grupos de recursos antes que la competencia y sólo las leyes, las regulaciones y el punto de vista no individual, es decir, colectivo y social (el “interés común”) es capaz de limitar realmente esta destrucción. Sólo la cancelación del principio de la competitividad, al menos parcialmente y en ciertos ámbitos, es eficaz para mantener esta destrucción a raya.

No