11 de Agosto, 2004
El Asombro
Detenerse en un árbol o en una flor,
en una araña o en el pasto,
en el cemento quebradizo
o en la caca de pájaro...
Recuperar la ingenuidad,
recuperar el asombro.
La estética como disposición ante la vida nos ayuda a hacer sintonía con el entorno, nos da herramientas para cultivar y mantener (con esfuerzo) la perdida capacidad de asombro. Asombrarnos y entusiasmarnos por las cosas simples, obvias, pero llenas de vida e ignoradas injustamente.
De verdad que impresiona cómo nos atrae lo enajenante, la televisión, lo mórbido de la farándula, la acumulación y gasto compulsivo de bienes, pero nos repele lo natural, las experiencias reales y legítimas.
Rutinariamente nos instalamos frente a un aparato cuadrado que emite rayos de colores, e imaginamos que vivimos, pero no damos el paso de ir hacia aquello que ese aparato evoca: la realidad, la vida, las experiencias. Parece que estamos tan acostumbrados a ser espectadores de la vida de otros, que nuestro ideal se transforma en esto: ser espectadores de nuestra propia vida, voyeristas de nuestros procesos y experiencias, mas no vividores de ellos, cuerpos a encarnar el espíritu latente.
Detenerse en un árbol o en una flor,
en una araña o en el pasto,
en el cemento quebradizo
o en la caca de pájaro...
Recuperar la ingenuidad,
recuperar el asombro.
La estética como disposición ante la vida nos ayuda a hacer sintonía con el entorno, nos da herramientas para cultivar y mantener (con esfuerzo) la perdida capacidad de asombro. Asombrarnos y entusiasmarnos por las cosas simples, obvias, pero llenas de vida e ignoradas injustamente.
De verdad que impresiona cómo nos atrae lo enajenante, la televisión, lo mórbido de la farándula, la acumulación y gasto compulsivo de bienes, pero nos repele lo natural, las experiencias reales y legítimas.
Rutinariamente nos instalamos frente a un aparato cuadrado que emite rayos de colores, e imaginamos que vivimos, pero no damos el paso de ir hacia aquello que ese aparato evoca: la realidad, la vida, las experiencias. Parece que estamos tan acostumbrados a ser espectadores de la vida de otros, que nuestro ideal se transforma en esto: ser espectadores de nuestra propia vida, voyeristas de nuestros procesos y experiencias, mas no vividores de ellos, cuerpos a encarnar el espíritu latente.