1916 - AVENTURA EN EL PASADO. UNA CARTA DE AMOR
1916 – AVENTURA EN EL PASADO. UNA CARTA DE AMOR
- ¡Señorito! ¿Está despierto? ¿Me oye usted? –Una voz en la inmensa lejanía, pero aguda y estridente llegaba hasta mí, sin saber siquiera donde me hallaba.
- ¡Por favor, no grite de esa manera, quien quiera que sea! –dije, apretándome la cabeza con las dos manos.
- ¡Soy Paquita, su criada! –manifestó la voz, que ahora ya notaba un poco más cercana, más real –pero no diga que grito, señorito, eso no.
- ¿Criada? ¿Dónde estoy? –En aquél momento resultaba imposible para mí saber a ciencia cierta donde estaba, pero verdaderamente esperaba que aquella voz despejara mi interrogante.
- ¡Dónde va a ser! ¡En su casa! ¿Aún piensa que está en Málaga? Regresó antesdeayer ¿se acuerda?
- ¡Oh, mi cabeza! ¡Me va a estallar! Málaga... ¡Marisa Rondal! –dije, casi murmurando, aunque a ciencia cierta Paquita debía tener un oído muy fino.
- Si, eso quería decirle, señorito. Hay una carta suya. Usted me dijo que si llegaba algo a nombre de ella, que se lo hiciese saber de inmediato.
- ¡Ahora salgo, Paquita! –respondí, saltando de la cama.
- Mas le vale, porque son más de las diez. Lo digo por su trabajo... –el tono de recochineo de Paquita era más que evidente.
¡Las diez! El señor “Santángel” estaría furioso, esperando el artículo sobre Inglaterra. Pero no acudiría sin antes haber leído la carta de Marisa.

Era la primera vez que, despertándome, tomaba casi plena conciencia de dónde me hallaba a los pocos segundos (aunque bien es verdad que había sido gracias a Paquita), sin sentirme extrañado ni confuso, sin aquella terrible sacudida en mi cabeza que me hacía aullar de dolor y que se mantenía durante al menos una hora, hasta que paulatinamente decrecía y desparecía por completo. Era parte del precio que tenía que pagar por disfrutar de aquellos increíbles viajes en el tiempo que por supuesto yo daba por buenos, y que ahora, afortunadamente, parecía haber cesado.
Sin embargo, el aturdimiento que me invadía no cesaría, al menos de momento, algo que duraba siempre alrededor de unos cinco minutos y que en los primeros instantes hacía que desconociera realmente donde estaba, si en el pasado o en el presente.
Al salir de la habitación y llegar hasta el salón, reconocí al instante la carta de Marisa con aquél sobre fabricado con “pasta de esparto”, algo muy común en aquella época. Podía sentir su perfume, algo embriagador, y era increíble contemplar cómo estaba estampado con inimaginables sellos hoy en día. Seguro que en el presente, los numismáticos pagarían enormes sumas por aquellos ejemplares con la imagen de la Reina Victoria Eugenia de Battenberg.
¿Sería posible traerme alguno a mi vuelta? Tendría que intentarlo. Las gafas y el libreto de las zarzuelas si habían regresado conmigo en mi anterior viaje.
Las manos casi me temblaban al desdoblar la hoja que contenía la graciosa caligrafía de Marisa Rondal. Hubiera pagado con gusto por saber que tipo de pluma había utilizado para escribir aquellas frases que, al comenzar a leerlas, esperaba fueran todo lo maravillosas que ya intuía. La tinta no era negra, sino violeta, lo que le daba un tono más femenino si cabe al conjunto de la carta.
Querido Marco:
Aún hace apenas unas horas que te has marchado y ya te echo tanto de menos que mi corazón empieza a sentir dolor, pero es un dolor dulzón a la vez, porque en el fondo se siente feliz por haberte conocido y compartido tantos bellos e intensos momentos.
Pero en realidad ha durado todo tan poco... Conocerte, amarte y dejar de verte casi al instante ha dejado mi alma herida, y sólo volver a estar contigo podrá curar esta tristeza que vive en mí desde que te fuiste. Y no... no soy exagerada al decirte que todo me pareció un instante, porque eso ocurre cuando se es tremendamente feliz, que el tiempo emprende una velocidad incontrolable, dejándote sin aliento, al contrario que cuando se es desdichado.
Ahora... no soy desdichada, porque siento que te estoy amando aunque no pueda estar contigo, pero el tiempo se ha ralentizado tanto que no veo sino lejano el momento de volver a sentirme inmensamente feliz cuando me estreches entre tus brazos, me beses, me acaricies y me digas esas palabras tan bonitas y dulces que sólo tú sabes decir, enardeciendo todos mis sentidos.
Marco, prométeme que volveré a verte. Sólo te pido eso. Incluso si dejaras de amarme, podría soportarlo, pero no verte más me haría tremendamente desdichada. Hay algo en mi interior que... me dice que es como si no fueras real, que sólo eres fruto de mi imaginación, que en realidad no existes y esto no es más que un sueño, el sueño que quizá toda mujer le gustaría tener.
Si, sé que soy una tonta al pensar así, que esto no es producto de mi fantasía, y que todo ocurrió realmente. ¿Cómo si no iba a escribirte esta carta? Porque aún puedo sentir el veneno de tus labios, el sabor de tu boca... y cada vez que pienso en ello siento como se eriza toda mi piel, invadiéndome tal escalofrío que me recuerda una y otra vez que sólo será aplacado el día en que de nuevo tus brazos se apoderen de todo mi cuerpo.
Cuando leas esta carta estaré camino del nuevo mundo, hacia Argentina, el país que tanto ama a la “Patria chica”, como dicen sus ciudadanos. Junto a mí viajará “Margarita Xirgú”, la artista más famosa de España de todos los tiempos. Al menos, para mí lo es. Tenemos una pequeña gira por todos los teatros de este bello país latino.
Volveré a tiempo de estrenar en Madrid una obra de nuestro insigne escritor D. Benito Pérez Galdós, donde corre a mi cargo el principal papel femenino. Nada será tan importante en mi vida como que tú estés presente en la obra, allí en la primera fila, donde yo pueda verte y sepa que tú estás pendiente de mí en cada momento.
Sé que me esperan días muy tristes sin ti, donde el tiempo parecerá detenerse y no avanzará tanto como yo quisiera, pero todo lo daré por bueno si finalmente tú vuelves a aparecer en mi vida, lo que significará que verdaderamente esto es algo más que un sueño, que no se trata de una locura transitoria, aunque no por ello dejaría de ser una bendita locura...
No tengo valor para despedirme ni siquiera en esta carta, aunque sé que debo hacerlo, porque de lo contrario permanecería aquí toda la tarde y la noche frente a ella, hasta que la tinta se secase de tal forma que no pudiese terminarla y finalmente el sueño me abatiese.
Te haré llegar oportunamente la fecha del estreno de nuestra obra en Madrid. Sólo me queda esperar que eso ocurra antes de que mi corazón se resienta tanto que no pueda soportarlo más y se rompa en mil pedazos, y sólo de amor por ti, Marco...
Te amo, Marco Vassallo, y pase lo que pase, siempre te amaré.
Sinceramente tuya, con eterno cariño
Marisa Rondal
Una dolorosa punzada invadía ahora mi corazón, no porque no pudiese volver a verla en mi actual viaje, sino por todo lo que aquella carta transmitía. Marisa ni siquiera podía imaginar mi realidad, y que ni yo mismo tenía claro si todo esto no era más que un sueño, y ella una de mis fantasías.
Aun así... ¿Cómo podía ser una fantasía el contenido de esa carta? Sí, Marisa Rondal existía, no podía ser de otro modo, pero... ¿qué pasaba conmigo? ¿Qué sería ahora de ella si yo no regresaba en posteriores viajes?
De alguna forma estaba atado al pasado, ahora más que nunca, y no podía permitirme que Marisa Rondal no supiese otra vez de mí. Y sin embargo... ¿cómo terminaría aquello? Tarde o temprano habría que afrontar la verdad, y entonces ¿qué pensaría mi adorable andaluza de principios de siglo? ¿Cómo reaccionaría si algún día le dijese que ella tenía... 76 años más que yo, y que en el mundo actual tendría la friolera de ¡115 años!
Pero no... yo no podría jamás decirle la verdad, por mucho que quisiera. No tendría ningún sentido, y a pesar de todo, incluso ya dudaba que fuese cuerdo y no me estuviera volviendo realmente loco. Porque... ¿quién podría creerme?
- ¡Señorito! ¿Está despierto? ¿Me oye usted? –Una voz en la inmensa lejanía, pero aguda y estridente llegaba hasta mí, sin saber siquiera donde me hallaba.
- ¡Por favor, no grite de esa manera, quien quiera que sea! –dije, apretándome la cabeza con las dos manos.
- ¡Soy Paquita, su criada! –manifestó la voz, que ahora ya notaba un poco más cercana, más real –pero no diga que grito, señorito, eso no.
- ¿Criada? ¿Dónde estoy? –En aquél momento resultaba imposible para mí saber a ciencia cierta donde estaba, pero verdaderamente esperaba que aquella voz despejara mi interrogante.
- ¡Dónde va a ser! ¡En su casa! ¿Aún piensa que está en Málaga? Regresó antesdeayer ¿se acuerda?
- ¡Oh, mi cabeza! ¡Me va a estallar! Málaga... ¡Marisa Rondal! –dije, casi murmurando, aunque a ciencia cierta Paquita debía tener un oído muy fino.
- Si, eso quería decirle, señorito. Hay una carta suya. Usted me dijo que si llegaba algo a nombre de ella, que se lo hiciese saber de inmediato.
- ¡Ahora salgo, Paquita! –respondí, saltando de la cama.
- Mas le vale, porque son más de las diez. Lo digo por su trabajo... –el tono de recochineo de Paquita era más que evidente.
¡Las diez! El señor “Santángel” estaría furioso, esperando el artículo sobre Inglaterra. Pero no acudiría sin antes haber leído la carta de Marisa.

Era la primera vez que, despertándome, tomaba casi plena conciencia de dónde me hallaba a los pocos segundos (aunque bien es verdad que había sido gracias a Paquita), sin sentirme extrañado ni confuso, sin aquella terrible sacudida en mi cabeza que me hacía aullar de dolor y que se mantenía durante al menos una hora, hasta que paulatinamente decrecía y desparecía por completo. Era parte del precio que tenía que pagar por disfrutar de aquellos increíbles viajes en el tiempo que por supuesto yo daba por buenos, y que ahora, afortunadamente, parecía haber cesado.
Sin embargo, el aturdimiento que me invadía no cesaría, al menos de momento, algo que duraba siempre alrededor de unos cinco minutos y que en los primeros instantes hacía que desconociera realmente donde estaba, si en el pasado o en el presente.
Al salir de la habitación y llegar hasta el salón, reconocí al instante la carta de Marisa con aquél sobre fabricado con “pasta de esparto”, algo muy común en aquella época. Podía sentir su perfume, algo embriagador, y era increíble contemplar cómo estaba estampado con inimaginables sellos hoy en día. Seguro que en el presente, los numismáticos pagarían enormes sumas por aquellos ejemplares con la imagen de la Reina Victoria Eugenia de Battenberg.
¿Sería posible traerme alguno a mi vuelta? Tendría que intentarlo. Las gafas y el libreto de las zarzuelas si habían regresado conmigo en mi anterior viaje.
Las manos casi me temblaban al desdoblar la hoja que contenía la graciosa caligrafía de Marisa Rondal. Hubiera pagado con gusto por saber que tipo de pluma había utilizado para escribir aquellas frases que, al comenzar a leerlas, esperaba fueran todo lo maravillosas que ya intuía. La tinta no era negra, sino violeta, lo que le daba un tono más femenino si cabe al conjunto de la carta.
Querido Marco:
Aún hace apenas unas horas que te has marchado y ya te echo tanto de menos que mi corazón empieza a sentir dolor, pero es un dolor dulzón a la vez, porque en el fondo se siente feliz por haberte conocido y compartido tantos bellos e intensos momentos.
Pero en realidad ha durado todo tan poco... Conocerte, amarte y dejar de verte casi al instante ha dejado mi alma herida, y sólo volver a estar contigo podrá curar esta tristeza que vive en mí desde que te fuiste. Y no... no soy exagerada al decirte que todo me pareció un instante, porque eso ocurre cuando se es tremendamente feliz, que el tiempo emprende una velocidad incontrolable, dejándote sin aliento, al contrario que cuando se es desdichado.
Ahora... no soy desdichada, porque siento que te estoy amando aunque no pueda estar contigo, pero el tiempo se ha ralentizado tanto que no veo sino lejano el momento de volver a sentirme inmensamente feliz cuando me estreches entre tus brazos, me beses, me acaricies y me digas esas palabras tan bonitas y dulces que sólo tú sabes decir, enardeciendo todos mis sentidos.
Marco, prométeme que volveré a verte. Sólo te pido eso. Incluso si dejaras de amarme, podría soportarlo, pero no verte más me haría tremendamente desdichada. Hay algo en mi interior que... me dice que es como si no fueras real, que sólo eres fruto de mi imaginación, que en realidad no existes y esto no es más que un sueño, el sueño que quizá toda mujer le gustaría tener.
Si, sé que soy una tonta al pensar así, que esto no es producto de mi fantasía, y que todo ocurrió realmente. ¿Cómo si no iba a escribirte esta carta? Porque aún puedo sentir el veneno de tus labios, el sabor de tu boca... y cada vez que pienso en ello siento como se eriza toda mi piel, invadiéndome tal escalofrío que me recuerda una y otra vez que sólo será aplacado el día en que de nuevo tus brazos se apoderen de todo mi cuerpo.
Cuando leas esta carta estaré camino del nuevo mundo, hacia Argentina, el país que tanto ama a la “Patria chica”, como dicen sus ciudadanos. Junto a mí viajará “Margarita Xirgú”, la artista más famosa de España de todos los tiempos. Al menos, para mí lo es. Tenemos una pequeña gira por todos los teatros de este bello país latino.
Volveré a tiempo de estrenar en Madrid una obra de nuestro insigne escritor D. Benito Pérez Galdós, donde corre a mi cargo el principal papel femenino. Nada será tan importante en mi vida como que tú estés presente en la obra, allí en la primera fila, donde yo pueda verte y sepa que tú estás pendiente de mí en cada momento.
Sé que me esperan días muy tristes sin ti, donde el tiempo parecerá detenerse y no avanzará tanto como yo quisiera, pero todo lo daré por bueno si finalmente tú vuelves a aparecer en mi vida, lo que significará que verdaderamente esto es algo más que un sueño, que no se trata de una locura transitoria, aunque no por ello dejaría de ser una bendita locura...
No tengo valor para despedirme ni siquiera en esta carta, aunque sé que debo hacerlo, porque de lo contrario permanecería aquí toda la tarde y la noche frente a ella, hasta que la tinta se secase de tal forma que no pudiese terminarla y finalmente el sueño me abatiese.
Te haré llegar oportunamente la fecha del estreno de nuestra obra en Madrid. Sólo me queda esperar que eso ocurra antes de que mi corazón se resienta tanto que no pueda soportarlo más y se rompa en mil pedazos, y sólo de amor por ti, Marco...
Te amo, Marco Vassallo, y pase lo que pase, siempre te amaré.
Sinceramente tuya, con eterno cariño
Marisa Rondal
Una dolorosa punzada invadía ahora mi corazón, no porque no pudiese volver a verla en mi actual viaje, sino por todo lo que aquella carta transmitía. Marisa ni siquiera podía imaginar mi realidad, y que ni yo mismo tenía claro si todo esto no era más que un sueño, y ella una de mis fantasías.
Aun así... ¿Cómo podía ser una fantasía el contenido de esa carta? Sí, Marisa Rondal existía, no podía ser de otro modo, pero... ¿qué pasaba conmigo? ¿Qué sería ahora de ella si yo no regresaba en posteriores viajes?
De alguna forma estaba atado al pasado, ahora más que nunca, y no podía permitirme que Marisa Rondal no supiese otra vez de mí. Y sin embargo... ¿cómo terminaría aquello? Tarde o temprano habría que afrontar la verdad, y entonces ¿qué pensaría mi adorable andaluza de principios de siglo? ¿Cómo reaccionaría si algún día le dijese que ella tenía... 76 años más que yo, y que en el mundo actual tendría la friolera de ¡115 años!
Pero no... yo no podría jamás decirle la verdad, por mucho que quisiera. No tendría ningún sentido, y a pesar de todo, incluso ya dudaba que fuese cuerdo y no me estuviera volviendo realmente loco. Porque... ¿quién podría creerme?
