CAPÍTULO IV - El Hostal del Río Mundo
ALLÍ DONDE NACE EL RÍO
Te esperaré siempre…

CAPÍTULO IV
Max no tuvo dificultad alguna para encontrar el Hostal del Río Mundo. Nada más dejar a la izquierda el inicio del paseo de los Plátanos, un flamante letrero anaranjado aparecía colgado justo a la entrada del establecimiento hostelero. Una curiosa terracita resguardaba el edificio, compuesto por dos partes: a la izquierda la cafetería-restaurante, y a la derecha el hostal propiamente dicho. Sin embargo, constaba de una única puerta de acceso, en el margen derecho.
Nada más cruzar la puerta, encontró a su izquierda la de la cafetería, que estaba entreabierta, pudiendo así observar desde allí como uno de los camareros se esforzaba en atender a toda la clientela. A la derecha de aquella puerta, un tablón parecido al del albergue recogía un sinfín de recetas de la comarca, desde las típicas “Gachas migas” o el “Ajo pringue” hasta el delicioso “Codillo al horno” o las “Tortas de sardinas”.

Una escalera no demasiado ancha daba acceso a la primera planta donde, con toda probabilidad, debía hallarse la recepción. El espacio de aquél supuesto vestíbulo era quizá demasiado reducido para albergarla, pero no por ello falto de encanto. Lo que más resaltaba la atención era un enorme cuadro colgado a la derecha, casi al pie de la escalera, donde quedaba reflejada toda la comarca de la “Sierra del Segura”. Toda una espectacular ruta marcada para aquellos que la desearan conocer a fondo. Por lo demás, era también notable la presencia de una plataforma “salvaescaleras” con el que facilitar el acceso, hacia las dependencias de los pisos superiores, por parte de los discapacitados que hubiesen solicitado el hostal como lugar de residencia temporal en Riópar.
Max se decidió finalmente a entrar en la cafetería, aparcando la idea de subir las escaleras hasta no comprobar si su recién estrenada amiga, Silvia, lo estaba esperando ya para compartir el inicio de la mañana con el suculento café prometido. Y, en efecto, allí se hallaba, si bien ayudando al camarero en su acelerada tarea de atender con la mayor rapidez y soltura posible a todos los clientes, en número bastante considerable teniendo en cuenta lo temprano que aún era. Por lo visto, no cabía duda de que allí existía una sana costumbre de madrugar, aprovechando así la frescura de las primeras horas del día. Desde luego, Max reconocía que el ambiente de la calle, con la lluvia recién caída y la suave brisa mañanera, invitaba a respirar hondo, oxigenando los pulmones y renovándolos de aire limpio, al mismo tiempo que llegaba hasta la nariz el verde aroma de la sierra en su mejor esencia.

La barra era bastante amplia, existiendo suficiente espacio entre ésta y la pared de enfrente para colocar una hilera de mesas, hasta alcanzar el final de la barra. A partir de allí, el rectángulo que formaba el resto de la cafetería dejaba un amplio margen para colocar un buen número de mesas, lo que daba al local un aspecto de holgura, de sobrada capacidad. Tanto las sillas como las propias mesas, y por supuesto, los taburetes, eran de robusta madera barnizada.
En cuanto Silvia vio a Max, le sonrió casi al instante, al tiempo que le saludaba levantando la mano derecha, abriéndola y cerrándola rápidamente por dos veces.
-¡Hola! ¿Ya has logrado instalarte?
-Sí, el recepcionista poco menos que me ha enseñado el albergue por completo, mientras yo rezaba para mis adentros pidiendo que acabase cuanto antes y poder así saborear mi café de una vez, aunque debo añadir que ha merecido la pena.
-¿Tomás? -preguntó la muchacha-. No me extraña.
-¿Le conoces? -inquirió Max, con cierta intriga en su semblante.
-Bueno, no demasiado, pero sí. Aquí en Riópar se conoce prácticamente todo el mundo. Lo cierto es que él adora su albergue. O al menos, eso dice siempre.
-Desde luego sabe venderlo bien.
-Siéntate ahí enfrente, Max -dijo la muchacha, señalándole la mesa colocada a sus espaldas-. Nuestros cafés estarán listos enseguida.
Max asintió con la cabeza, no sin antes observar como ella colocaba un par de tacitas en una de las dos cafeteras exprés existentes en el bar. Poco después, y una vez en la mesa, vio como Silvia se dirigía al supuesto dueño de la cafetería, seguramente para informarle sobre su intención de tomarse un pequeño respiro. Apenas un par de minutos más tarde, se hallaba ya sentada a su lado, disfrutando ambos de aquel sabroso café.

-¡Está bueno! -dijo Max suspirando, una vez aspirado el aroma y probado el primer sorbo.
-¡Eso ni lo dudes! -exclamó ella-.Y no es porque lo haya hecho yo, es que aquí tenemos un café magnífico.
-Bueno, algo tendrás tú que ver, pues también hay que saber hacerlo, darle el punto justo. Hay lugares en que, si no está la persona que yo quiero que me lo haga, ni siquiera lo pido.
-¡Vaya! Desde luego pareces muy exigente con el café. ¿Debo sentirme entonces halagada?
-Por supuesto que sí -respondió él, mirándola directamente a los ojos.
Silvia bajó la cabeza, abrumada quizá por aquella mirada, con la excusa de remover su café con la cucharilla.
-¿Estarás trabajando en la cafetería todo el día? -preguntó Max a la muchacha.
-No, claro que no. Como ya te había dicho, en nuestra primera conversación esta mañana, sólo acudo cuando hay más trabajo, como es el caso de ahora. Fíjate, no para de entrar gente -dijo, haciendo que Max volviese la cabeza para comprobarlo.
-Y mientras tanto, tú aquí conmigo, tomando café. -dijo, un tanto apurado.
-Oh, no digas eso. Lo hago porque puedo. Es verdad que suelo tomarlo siempre dentro de la barra, cuando hay pocos clientes. En cambio, hoy la situación es distinta, naturalmente. Acepté tu invitación, ¿recuerdas?
-Sí, claro. Pero en realidad pagará el hostalero, ¿no?
-Bueno... eso no desmerece la invitación. Para mí tiene el mismo valor.

Max se entretuvo removiendo su café, mientras parecía sopesar, con cierto aire pensativo, hacia donde deseaba dirigir la conversación. Silvia, por su parte, desvió la atención por unos instantes hacia su compañero de trabajo, no fuera a necesitar ayuda sin que ella se diese cuenta. Aunque todo estaba controlado.
-¿Sabes? Antes de llegar aquí, durante el viaje, tuve tiempo de sobra para pensar en lo qué deseaba hacer durante los próximos tres meses. Quería permanecer recogido en la habitación del albergue el mayor tiempo posible, olvidando el mundo exterior por completo. No como una promesa, sino como una necesidad. Pero no existe ningún problema serio en mi vida. Todo tiene su explicación.
-No tienes que contarme nada, Max. Nos acabamos de conocer, y ni siquiera me atrevería a preguntar por tu vida personal -repuso la muchacha.
-No, verás, lo que quería decirte es que, después de la llegada a Riópar, he cambiado de opinión. Sólo un poco, porque no pienso renunciar a esa especie de evasión que me he buscado. Es algo que iría en mi detrimento, y no puedo permitírmelo. En fin, -continuó hablando, después de una pequeña pausa, y sin esperar ninguna respuesta por parte de Silvia -el caso es que ahora mi intención es salir de vez en cuando y conocer un poco más el pueblo de Riópar y todo el entorno.
-Bueno... eso no me parece mala idea por tu parte -comentó ella-. Riópar tiene mucho encanto, y sería una pena que te marchases sin descubrirlo. Claro que, si hallarte recogido todo el tiempo en el albergue era tan esencial para ti...
-Lo era y lo es -afirmó Max con rotundidad-. Sin embargo, ahora pienso que podría compartir ambas cosas. Estar encerrado todo el día puede que no sea del todo bueno, después de todo.
-¿Y qué te ha hecho cambiar de idea? Es decir…si puedo preguntarte, naturalmente.
-¡Pues claro que puedes preguntarme! No es… nada importante. Sencillamente me ha gustado lo que he visto hasta ahora. Quizá es que no esperaba que este lugar me llamase tanto la atención. Y la verdad es que no creo que a nadie pueda resultarle indiferente.
-Tienes muchísima razón, y no te lo digo porque yo haya nacido aquí, y transcurrido una buena parte de mi vida.
-¡Vaya! –exclamó Max-. Habría jurado que no eras de aquí, y que solo te hallabas por motivos de trabajo.
-No… Verás, yo pasé toda mi infancia en Riópar –comenzó a decir la muchacha, tras darle un pequeño sorbo a su café-. En realidad no me marché hasta los quince años. Fue muy doloroso, aunque no por ningún suceso en extremo importante. Simplemente resultó muy triste para mí dejar atrás todo lo que la vida me había regalado hasta entonces, algo tan sencillo pero a la vez tan especial como lo que tú ahora ves. Y no solo es Riópar, es mucho más. Tendrías que conocer bien a fondo estas sierras para alcanzar a comprenderlo, Max.
-¿Qué ocurrió para que te marchases? –preguntó Max, sin plantearse siquiera en pensar si podía hacerlo o no. De todas formas, intuía que ella deseaba responder.
© Francisco Arsis (2006)
(CONTINUARÁ)...
Te esperaré siempre…

CAPÍTULO IV
Max no tuvo dificultad alguna para encontrar el Hostal del Río Mundo. Nada más dejar a la izquierda el inicio del paseo de los Plátanos, un flamante letrero anaranjado aparecía colgado justo a la entrada del establecimiento hostelero. Una curiosa terracita resguardaba el edificio, compuesto por dos partes: a la izquierda la cafetería-restaurante, y a la derecha el hostal propiamente dicho. Sin embargo, constaba de una única puerta de acceso, en el margen derecho.
Nada más cruzar la puerta, encontró a su izquierda la de la cafetería, que estaba entreabierta, pudiendo así observar desde allí como uno de los camareros se esforzaba en atender a toda la clientela. A la derecha de aquella puerta, un tablón parecido al del albergue recogía un sinfín de recetas de la comarca, desde las típicas “Gachas migas” o el “Ajo pringue” hasta el delicioso “Codillo al horno” o las “Tortas de sardinas”.

Una escalera no demasiado ancha daba acceso a la primera planta donde, con toda probabilidad, debía hallarse la recepción. El espacio de aquél supuesto vestíbulo era quizá demasiado reducido para albergarla, pero no por ello falto de encanto. Lo que más resaltaba la atención era un enorme cuadro colgado a la derecha, casi al pie de la escalera, donde quedaba reflejada toda la comarca de la “Sierra del Segura”. Toda una espectacular ruta marcada para aquellos que la desearan conocer a fondo. Por lo demás, era también notable la presencia de una plataforma “salvaescaleras” con el que facilitar el acceso, hacia las dependencias de los pisos superiores, por parte de los discapacitados que hubiesen solicitado el hostal como lugar de residencia temporal en Riópar.
Max se decidió finalmente a entrar en la cafetería, aparcando la idea de subir las escaleras hasta no comprobar si su recién estrenada amiga, Silvia, lo estaba esperando ya para compartir el inicio de la mañana con el suculento café prometido. Y, en efecto, allí se hallaba, si bien ayudando al camarero en su acelerada tarea de atender con la mayor rapidez y soltura posible a todos los clientes, en número bastante considerable teniendo en cuenta lo temprano que aún era. Por lo visto, no cabía duda de que allí existía una sana costumbre de madrugar, aprovechando así la frescura de las primeras horas del día. Desde luego, Max reconocía que el ambiente de la calle, con la lluvia recién caída y la suave brisa mañanera, invitaba a respirar hondo, oxigenando los pulmones y renovándolos de aire limpio, al mismo tiempo que llegaba hasta la nariz el verde aroma de la sierra en su mejor esencia.

La barra era bastante amplia, existiendo suficiente espacio entre ésta y la pared de enfrente para colocar una hilera de mesas, hasta alcanzar el final de la barra. A partir de allí, el rectángulo que formaba el resto de la cafetería dejaba un amplio margen para colocar un buen número de mesas, lo que daba al local un aspecto de holgura, de sobrada capacidad. Tanto las sillas como las propias mesas, y por supuesto, los taburetes, eran de robusta madera barnizada.
En cuanto Silvia vio a Max, le sonrió casi al instante, al tiempo que le saludaba levantando la mano derecha, abriéndola y cerrándola rápidamente por dos veces.
-¡Hola! ¿Ya has logrado instalarte?
-Sí, el recepcionista poco menos que me ha enseñado el albergue por completo, mientras yo rezaba para mis adentros pidiendo que acabase cuanto antes y poder así saborear mi café de una vez, aunque debo añadir que ha merecido la pena.
-¿Tomás? -preguntó la muchacha-. No me extraña.
-¿Le conoces? -inquirió Max, con cierta intriga en su semblante.
-Bueno, no demasiado, pero sí. Aquí en Riópar se conoce prácticamente todo el mundo. Lo cierto es que él adora su albergue. O al menos, eso dice siempre.
-Desde luego sabe venderlo bien.
-Siéntate ahí enfrente, Max -dijo la muchacha, señalándole la mesa colocada a sus espaldas-. Nuestros cafés estarán listos enseguida.
Max asintió con la cabeza, no sin antes observar como ella colocaba un par de tacitas en una de las dos cafeteras exprés existentes en el bar. Poco después, y una vez en la mesa, vio como Silvia se dirigía al supuesto dueño de la cafetería, seguramente para informarle sobre su intención de tomarse un pequeño respiro. Apenas un par de minutos más tarde, se hallaba ya sentada a su lado, disfrutando ambos de aquel sabroso café.

-¡Está bueno! -dijo Max suspirando, una vez aspirado el aroma y probado el primer sorbo.
-¡Eso ni lo dudes! -exclamó ella-.Y no es porque lo haya hecho yo, es que aquí tenemos un café magnífico.
-Bueno, algo tendrás tú que ver, pues también hay que saber hacerlo, darle el punto justo. Hay lugares en que, si no está la persona que yo quiero que me lo haga, ni siquiera lo pido.
-¡Vaya! Desde luego pareces muy exigente con el café. ¿Debo sentirme entonces halagada?
-Por supuesto que sí -respondió él, mirándola directamente a los ojos.
Silvia bajó la cabeza, abrumada quizá por aquella mirada, con la excusa de remover su café con la cucharilla.
-¿Estarás trabajando en la cafetería todo el día? -preguntó Max a la muchacha.
-No, claro que no. Como ya te había dicho, en nuestra primera conversación esta mañana, sólo acudo cuando hay más trabajo, como es el caso de ahora. Fíjate, no para de entrar gente -dijo, haciendo que Max volviese la cabeza para comprobarlo.
-Y mientras tanto, tú aquí conmigo, tomando café. -dijo, un tanto apurado.
-Oh, no digas eso. Lo hago porque puedo. Es verdad que suelo tomarlo siempre dentro de la barra, cuando hay pocos clientes. En cambio, hoy la situación es distinta, naturalmente. Acepté tu invitación, ¿recuerdas?
-Sí, claro. Pero en realidad pagará el hostalero, ¿no?
-Bueno... eso no desmerece la invitación. Para mí tiene el mismo valor.

Max se entretuvo removiendo su café, mientras parecía sopesar, con cierto aire pensativo, hacia donde deseaba dirigir la conversación. Silvia, por su parte, desvió la atención por unos instantes hacia su compañero de trabajo, no fuera a necesitar ayuda sin que ella se diese cuenta. Aunque todo estaba controlado.
-¿Sabes? Antes de llegar aquí, durante el viaje, tuve tiempo de sobra para pensar en lo qué deseaba hacer durante los próximos tres meses. Quería permanecer recogido en la habitación del albergue el mayor tiempo posible, olvidando el mundo exterior por completo. No como una promesa, sino como una necesidad. Pero no existe ningún problema serio en mi vida. Todo tiene su explicación.
-No tienes que contarme nada, Max. Nos acabamos de conocer, y ni siquiera me atrevería a preguntar por tu vida personal -repuso la muchacha.
-No, verás, lo que quería decirte es que, después de la llegada a Riópar, he cambiado de opinión. Sólo un poco, porque no pienso renunciar a esa especie de evasión que me he buscado. Es algo que iría en mi detrimento, y no puedo permitírmelo. En fin, -continuó hablando, después de una pequeña pausa, y sin esperar ninguna respuesta por parte de Silvia -el caso es que ahora mi intención es salir de vez en cuando y conocer un poco más el pueblo de Riópar y todo el entorno.
-Bueno... eso no me parece mala idea por tu parte -comentó ella-. Riópar tiene mucho encanto, y sería una pena que te marchases sin descubrirlo. Claro que, si hallarte recogido todo el tiempo en el albergue era tan esencial para ti...
-Lo era y lo es -afirmó Max con rotundidad-. Sin embargo, ahora pienso que podría compartir ambas cosas. Estar encerrado todo el día puede que no sea del todo bueno, después de todo.
-¿Y qué te ha hecho cambiar de idea? Es decir…si puedo preguntarte, naturalmente.
-¡Pues claro que puedes preguntarme! No es… nada importante. Sencillamente me ha gustado lo que he visto hasta ahora. Quizá es que no esperaba que este lugar me llamase tanto la atención. Y la verdad es que no creo que a nadie pueda resultarle indiferente.
-Tienes muchísima razón, y no te lo digo porque yo haya nacido aquí, y transcurrido una buena parte de mi vida.
-¡Vaya! –exclamó Max-. Habría jurado que no eras de aquí, y que solo te hallabas por motivos de trabajo.
-No… Verás, yo pasé toda mi infancia en Riópar –comenzó a decir la muchacha, tras darle un pequeño sorbo a su café-. En realidad no me marché hasta los quince años. Fue muy doloroso, aunque no por ningún suceso en extremo importante. Simplemente resultó muy triste para mí dejar atrás todo lo que la vida me había regalado hasta entonces, algo tan sencillo pero a la vez tan especial como lo que tú ahora ves. Y no solo es Riópar, es mucho más. Tendrías que conocer bien a fondo estas sierras para alcanzar a comprenderlo, Max.
-¿Qué ocurrió para que te marchases? –preguntó Max, sin plantearse siquiera en pensar si podía hacerlo o no. De todas formas, intuía que ella deseaba responder.
© Francisco Arsis (2006)
(CONTINUARÁ)...
Comentario:
MMMMMM cada día que pasa esto se pone mejor, mi interés crece mucho, no imaginas lo aficionada que soy a las novelas, es mas las compro y me voy robando pedacitos de todo mi día para leer un ratito... Me transporto rápido, he tenido ya tantos papeles protagonista que mi imaginación no tiene limites.... Te sigo Max! OHH que diga, Mark... Un abrazo amigo, seguiré leyéndote.
Comentario:
Bueno, la historia avanza otro poco, peo siempre parándose en un momento de intriga.
Un abrazo
Un abrazo
Comentario:
Ohh, que pasó que pasó!!!! me encanta me encantaaa!!! :P
Besitos bonito!
Besitos bonito!
Comentario:
¿Qué pasó?, ¿qué pasó?, ¿qué pasó?
Vengaaaaaaa, cuentaaaaaaaaaa, no te hagas de rogar :-)))))
Besos
Vengaaaaaaa, cuentaaaaaaaaaa, no te hagas de rogar :-)))))
Besos
Comentario:
Parece que hacen buenas migas estos dos..verdad??
Besitos.
Besitos.
Comentario:
dicen los cafeteros que un buen cafe depende tanto de la materia prima como de las manos que la miman...
¿habra que esperar mucho para ver como sigue?
¿habra que esperar mucho para ver como sigue?
Comentario:
Pero mira que eres malo dejandonos a cuenta gotas....me gusta mucho como escribes, pero eso no es novedad para alguien que lo hace de una forma tan especial.
Un bikiño y buena semana!!!
Un bikiño y buena semana!!!

Comentario:
ops... por aqui no entra ni la brisa, serà que no regresas las visitas?