Aventuras de Max Fuentes - EL EMBRUJO DE SICILIA: MONREALE

Al día siguiente de haber conocido al matrimonio formado por Bertrand y Sophie, y tras un frugal aunque placentero desayuno, partimos los tres con nuestras flamantes bicicletas en dirección a Monreale, apenas situado a unos 8 kilómetros al suroeste de Palermo. Bertrand había propuesto que visitásemos no sólo aquel bello lugar rodeado de montañas, sino también, y a través de una ruta bien escogida, la no menos emblemática ciudad de Mondello, allí donde los palermitanos solían acudir a menudo para descansar del agotador bullicio de la capital.
Aquellos simpáticos amigos franceses se hallaban en su tercer viaje a Sicilia, con lo que la eterna isla de la Odisea de Ulises no era ya una desconocida para ellos. Mientras me hablaban de sus anteriores viajes, notaba como se sentían atrapados por el embrujo siciliano al observar sus gestos y la mirada brillante de sus ojos. Y algo me decía que yo acabaría sintiéndome igual conforme fuese descubriendo aquellas maravillas de la madre tierra.
La llegada a Monreale se sucedió, para mi dicha, de forma rápida y fácil. Todo lo contrario que el resto de la ruta hacia Mondello, aunque no por ello decayó mi entusiasmo por disfrutar de todo el entorno palermitano. Según me apuntó Bertrand, los árabes que dominaron Sicilia durante los siglos IX y X llegaron a utilizar esta característica ciudad como granero para abastecer al mercado de Palermo. No en vano, durante su reinado dicha capital se convirtió en un importantísimo centro cultural islámico, a la altura de otros como el califato de Córdoba o incluso el posterior reino de Granada.
Sin duda, lo que más me sorprendió fue la sublime contemplación de la catedral monrealense, levantada gracias al insigne rey normando Guillermo II en el año 1174. Un portentoso edificio medieval que, a buen seguro, habrá inspirado más de una epopeya fantástica en la mente de muchos escritores. Por si acaso, un servidor no dejaba de anotar en su pequeño cuaderno todo aquello que le resultaba especialmente relevante, y, desde luego, Monreale daba mucha “cancha”.
Sophie aportó su granito de arena explicándome que, en su anterior viaje, uno de los guías les había apuntado que el famoso escritor Guy de Maupassant, orgulloso de su pasado normando, poco más que veneraba la catedral, así como el propio Monreale, y que muy conocida y anecdótica era una de sus frases sobre el claustro del convento: “Es tan agradable que apetece quedarse en él para siempre”. Imagino que Maupassant se derretía ante la contemplación de la catedral, algo que no me pareció nada exagerado siendo así que yo disfrutaba a mi vez de su inigualable magnificencia. Baste para ello nombrar, por ejemplo, los 4.000 m2 de la superficie de su iglesia, o los 6.340 m2 de increíbles mosaicos repletos de curiosas escenas bíblicas y del propio Evangelio, sin contar con los poderosos ábsides, el mencionado claustro o la hipnotizante fuente moruna.
Antes de partir hacia Mondello siguiendo la ruta prevista por Bertrand, lo que intuía una nueva y apasionante aventura, aún tuvimos ocasión de contemplar, desde una atractiva colina situada en el punto más alto de la ciudad de Monreale, una maravillosa panorámica de la propia Palermo y de la verde y no menos armoniosa llanura llamada por sus habitantes “Conca d´Oro”.
Y así, mientras esperaba una nueva andanza a través de aquellos agradables parajes, no dejaba de repetirme interiormente: “Sicilia, cómo me embrujas”…
© Francisco Arsis
CAPÍTULO IV - El Hostal del Río Mundo
ALLÍ DONDE NACE EL RÍO
Te esperaré siempre…

CAPÍTULO IV
Max no tuvo dificultad alguna para encontrar el Hostal del Río Mundo. Nada más dejar a la izquierda el inicio del paseo de los Plátanos, un flamante letrero anaranjado aparecía colgado justo a la entrada del establecimiento hostelero. Una curiosa terracita resguardaba el edificio, compuesto por dos partes: a la izquierda la cafetería-restaurante, y a la derecha el hostal propiamente dicho. Sin embargo, constaba de una única puerta de acceso, en el margen derecho.
Nada más cruzar la puerta, encontró a su izquierda la de la cafetería, que estaba entreabierta, pudiendo así observar desde allí como uno de los camareros se esforzaba en atender a toda la clientela. A la derecha de aquella puerta, un tablón parecido al del albergue recogía un sinfín de recetas de la comarca, desde las típicas “Gachas migas” o el “Ajo pringue” hasta el delicioso “Codillo al horno” o las “Tortas de sardinas”.

Una escalera no demasiado ancha daba acceso a la primera planta donde, con toda probabilidad, debía hallarse la recepción. El espacio de aquél supuesto vestíbulo era quizá demasiado reducido para albergarla, pero no por ello falto de encanto. Lo que más resaltaba la atención era un enorme cuadro colgado a la derecha, casi al pie de la escalera, donde quedaba reflejada toda la comarca de la “Sierra del Segura”. Toda una espectacular ruta marcada para aquellos que la desearan conocer a fondo. Por lo demás, era también notable la presencia de una plataforma “salvaescaleras” con el que facilitar el acceso, hacia las dependencias de los pisos superiores, por parte de los discapacitados que hubiesen solicitado el hostal como lugar de residencia temporal en Riópar.
Max se decidió finalmente a entrar en la cafetería, aparcando la idea de subir las escaleras hasta no comprobar si su recién estrenada amiga, Silvia, lo estaba esperando ya para compartir el inicio de la mañana con el suculento café prometido. Y, en efecto, allí se hallaba, si bien ayudando al camarero en su acelerada tarea de atender con la mayor rapidez y soltura posible a todos los clientes, en número bastante considerable teniendo en cuenta lo temprano que aún era. Por lo visto, no cabía duda de que allí existía una sana costumbre de madrugar, aprovechando así la frescura de las primeras horas del día. Desde luego, Max reconocía que el ambiente de la calle, con la lluvia recién caída y la suave brisa mañanera, invitaba a respirar hondo, oxigenando los pulmones y renovándolos de aire limpio, al mismo tiempo que llegaba hasta la nariz el verde aroma de la sierra en su mejor esencia.

La barra era bastante amplia, existiendo suficiente espacio entre ésta y la pared de enfrente para colocar una hilera de mesas, hasta alcanzar el final de la barra. A partir de allí, el rectángulo que formaba el resto de la cafetería dejaba un amplio margen para colocar un buen número de mesas, lo que daba al local un aspecto de holgura, de sobrada capacidad. Tanto las sillas como las propias mesas, y por supuesto, los taburetes, eran de robusta madera barnizada.
En cuanto Silvia vio a Max, le sonrió casi al instante, al tiempo que le saludaba levantando la mano derecha, abriéndola y cerrándola rápidamente por dos veces.
-¡Hola! ¿Ya has logrado instalarte?
-Sí, el recepcionista poco menos que me ha enseñado el albergue por completo, mientras yo rezaba para mis adentros pidiendo que acabase cuanto antes y poder así saborear mi café de una vez, aunque debo añadir que ha merecido la pena.
-¿Tomás? -preguntó la muchacha-. No me extraña.
-¿Le conoces? -inquirió Max, con cierta intriga en su semblante.
-Bueno, no demasiado, pero sí. Aquí en Riópar se conoce prácticamente todo el mundo. Lo cierto es que él adora su albergue. O al menos, eso dice siempre.
-Desde luego sabe venderlo bien.
-Siéntate ahí enfrente, Max -dijo la muchacha, señalándole la mesa colocada a sus espaldas-. Nuestros cafés estarán listos enseguida.
Max asintió con la cabeza, no sin antes observar como ella colocaba un par de tacitas en una de las dos cafeteras exprés existentes en el bar. Poco después, y una vez en la mesa, vio como Silvia se dirigía al supuesto dueño de la cafetería, seguramente para informarle sobre su intención de tomarse un pequeño respiro. Apenas un par de minutos más tarde, se hallaba ya sentada a su lado, disfrutando ambos de aquel sabroso café.

-¡Está bueno! -dijo Max suspirando, una vez aspirado el aroma y probado el primer sorbo.
-¡Eso ni lo dudes! -exclamó ella-.Y no es porque lo haya hecho yo, es que aquí tenemos un café magnífico.
-Bueno, algo tendrás tú que ver, pues también hay que saber hacerlo, darle el punto justo. Hay lugares en que, si no está la persona que yo quiero que me lo haga, ni siquiera lo pido.
-¡Vaya! Desde luego pareces muy exigente con el café. ¿Debo sentirme entonces halagada?
-Por supuesto que sí -respondió él, mirándola directamente a los ojos.
Silvia bajó la cabeza, abrumada quizá por aquella mirada, con la excusa de remover su café con la cucharilla.
-¿Estarás trabajando en la cafetería todo el día? -preguntó Max a la muchacha.
-No, claro que no. Como ya te había dicho, en nuestra primera conversación esta mañana, sólo acudo cuando hay más trabajo, como es el caso de ahora. Fíjate, no para de entrar gente -dijo, haciendo que Max volviese la cabeza para comprobarlo.
-Y mientras tanto, tú aquí conmigo, tomando café. -dijo, un tanto apurado.
-Oh, no digas eso. Lo hago porque puedo. Es verdad que suelo tomarlo siempre dentro de la barra, cuando hay pocos clientes. En cambio, hoy la situación es distinta, naturalmente. Acepté tu invitación, ¿recuerdas?
-Sí, claro. Pero en realidad pagará el hostalero, ¿no?
-Bueno... eso no desmerece la invitación. Para mí tiene el mismo valor.

Max se entretuvo removiendo su café, mientras parecía sopesar, con cierto aire pensativo, hacia donde deseaba dirigir la conversación. Silvia, por su parte, desvió la atención por unos instantes hacia su compañero de trabajo, no fuera a necesitar ayuda sin que ella se diese cuenta. Aunque todo estaba controlado.
-¿Sabes? Antes de llegar aquí, durante el viaje, tuve tiempo de sobra para pensar en lo qué deseaba hacer durante los próximos tres meses. Quería permanecer recogido en la habitación del albergue el mayor tiempo posible, olvidando el mundo exterior por completo. No como una promesa, sino como una necesidad. Pero no existe ningún problema serio en mi vida. Todo tiene su explicación.
-No tienes que contarme nada, Max. Nos acabamos de conocer, y ni siquiera me atrevería a preguntar por tu vida personal -repuso la muchacha.
-No, verás, lo que quería decirte es que, después de la llegada a Riópar, he cambiado de opinión. Sólo un poco, porque no pienso renunciar a esa especie de evasión que me he buscado. Es algo que iría en mi detrimento, y no puedo permitírmelo. En fin, -continuó hablando, después de una pequeña pausa, y sin esperar ninguna respuesta por parte de Silvia -el caso es que ahora mi intención es salir de vez en cuando y conocer un poco más el pueblo de Riópar y todo el entorno.
-Bueno... eso no me parece mala idea por tu parte -comentó ella-. Riópar tiene mucho encanto, y sería una pena que te marchases sin descubrirlo. Claro que, si hallarte recogido todo el tiempo en el albergue era tan esencial para ti...
-Lo era y lo es -afirmó Max con rotundidad-. Sin embargo, ahora pienso que podría compartir ambas cosas. Estar encerrado todo el día puede que no sea del todo bueno, después de todo.
-¿Y qué te ha hecho cambiar de idea? Es decir…si puedo preguntarte, naturalmente.
-¡Pues claro que puedes preguntarme! No es… nada importante. Sencillamente me ha gustado lo que he visto hasta ahora. Quizá es que no esperaba que este lugar me llamase tanto la atención. Y la verdad es que no creo que a nadie pueda resultarle indiferente.
-Tienes muchísima razón, y no te lo digo porque yo haya nacido aquí, y transcurrido una buena parte de mi vida.
-¡Vaya! –exclamó Max-. Habría jurado que no eras de aquí, y que solo te hallabas por motivos de trabajo.
-No… Verás, yo pasé toda mi infancia en Riópar –comenzó a decir la muchacha, tras darle un pequeño sorbo a su café-. En realidad no me marché hasta los quince años. Fue muy doloroso, aunque no por ningún suceso en extremo importante. Simplemente resultó muy triste para mí dejar atrás todo lo que la vida me había regalado hasta entonces, algo tan sencillo pero a la vez tan especial como lo que tú ahora ves. Y no solo es Riópar, es mucho más. Tendrías que conocer bien a fondo estas sierras para alcanzar a comprenderlo, Max.
-¿Qué ocurrió para que te marchases? –preguntó Max, sin plantearse siquiera en pensar si podía hacerlo o no. De todas formas, intuía que ella deseaba responder.
© Francisco Arsis (2006)
(CONTINUARÁ)...
Te esperaré siempre…

CAPÍTULO IV
Max no tuvo dificultad alguna para encontrar el Hostal del Río Mundo. Nada más dejar a la izquierda el inicio del paseo de los Plátanos, un flamante letrero anaranjado aparecía colgado justo a la entrada del establecimiento hostelero. Una curiosa terracita resguardaba el edificio, compuesto por dos partes: a la izquierda la cafetería-restaurante, y a la derecha el hostal propiamente dicho. Sin embargo, constaba de una única puerta de acceso, en el margen derecho.
Nada más cruzar la puerta, encontró a su izquierda la de la cafetería, que estaba entreabierta, pudiendo así observar desde allí como uno de los camareros se esforzaba en atender a toda la clientela. A la derecha de aquella puerta, un tablón parecido al del albergue recogía un sinfín de recetas de la comarca, desde las típicas “Gachas migas” o el “Ajo pringue” hasta el delicioso “Codillo al horno” o las “Tortas de sardinas”.

Una escalera no demasiado ancha daba acceso a la primera planta donde, con toda probabilidad, debía hallarse la recepción. El espacio de aquél supuesto vestíbulo era quizá demasiado reducido para albergarla, pero no por ello falto de encanto. Lo que más resaltaba la atención era un enorme cuadro colgado a la derecha, casi al pie de la escalera, donde quedaba reflejada toda la comarca de la “Sierra del Segura”. Toda una espectacular ruta marcada para aquellos que la desearan conocer a fondo. Por lo demás, era también notable la presencia de una plataforma “salvaescaleras” con el que facilitar el acceso, hacia las dependencias de los pisos superiores, por parte de los discapacitados que hubiesen solicitado el hostal como lugar de residencia temporal en Riópar.
Max se decidió finalmente a entrar en la cafetería, aparcando la idea de subir las escaleras hasta no comprobar si su recién estrenada amiga, Silvia, lo estaba esperando ya para compartir el inicio de la mañana con el suculento café prometido. Y, en efecto, allí se hallaba, si bien ayudando al camarero en su acelerada tarea de atender con la mayor rapidez y soltura posible a todos los clientes, en número bastante considerable teniendo en cuenta lo temprano que aún era. Por lo visto, no cabía duda de que allí existía una sana costumbre de madrugar, aprovechando así la frescura de las primeras horas del día. Desde luego, Max reconocía que el ambiente de la calle, con la lluvia recién caída y la suave brisa mañanera, invitaba a respirar hondo, oxigenando los pulmones y renovándolos de aire limpio, al mismo tiempo que llegaba hasta la nariz el verde aroma de la sierra en su mejor esencia.

La barra era bastante amplia, existiendo suficiente espacio entre ésta y la pared de enfrente para colocar una hilera de mesas, hasta alcanzar el final de la barra. A partir de allí, el rectángulo que formaba el resto de la cafetería dejaba un amplio margen para colocar un buen número de mesas, lo que daba al local un aspecto de holgura, de sobrada capacidad. Tanto las sillas como las propias mesas, y por supuesto, los taburetes, eran de robusta madera barnizada.
En cuanto Silvia vio a Max, le sonrió casi al instante, al tiempo que le saludaba levantando la mano derecha, abriéndola y cerrándola rápidamente por dos veces.
-¡Hola! ¿Ya has logrado instalarte?
-Sí, el recepcionista poco menos que me ha enseñado el albergue por completo, mientras yo rezaba para mis adentros pidiendo que acabase cuanto antes y poder así saborear mi café de una vez, aunque debo añadir que ha merecido la pena.
-¿Tomás? -preguntó la muchacha-. No me extraña.
-¿Le conoces? -inquirió Max, con cierta intriga en su semblante.
-Bueno, no demasiado, pero sí. Aquí en Riópar se conoce prácticamente todo el mundo. Lo cierto es que él adora su albergue. O al menos, eso dice siempre.
-Desde luego sabe venderlo bien.
-Siéntate ahí enfrente, Max -dijo la muchacha, señalándole la mesa colocada a sus espaldas-. Nuestros cafés estarán listos enseguida.
Max asintió con la cabeza, no sin antes observar como ella colocaba un par de tacitas en una de las dos cafeteras exprés existentes en el bar. Poco después, y una vez en la mesa, vio como Silvia se dirigía al supuesto dueño de la cafetería, seguramente para informarle sobre su intención de tomarse un pequeño respiro. Apenas un par de minutos más tarde, se hallaba ya sentada a su lado, disfrutando ambos de aquel sabroso café.

-¡Está bueno! -dijo Max suspirando, una vez aspirado el aroma y probado el primer sorbo.
-¡Eso ni lo dudes! -exclamó ella-.Y no es porque lo haya hecho yo, es que aquí tenemos un café magnífico.
-Bueno, algo tendrás tú que ver, pues también hay que saber hacerlo, darle el punto justo. Hay lugares en que, si no está la persona que yo quiero que me lo haga, ni siquiera lo pido.
-¡Vaya! Desde luego pareces muy exigente con el café. ¿Debo sentirme entonces halagada?
-Por supuesto que sí -respondió él, mirándola directamente a los ojos.
Silvia bajó la cabeza, abrumada quizá por aquella mirada, con la excusa de remover su café con la cucharilla.
-¿Estarás trabajando en la cafetería todo el día? -preguntó Max a la muchacha.
-No, claro que no. Como ya te había dicho, en nuestra primera conversación esta mañana, sólo acudo cuando hay más trabajo, como es el caso de ahora. Fíjate, no para de entrar gente -dijo, haciendo que Max volviese la cabeza para comprobarlo.
-Y mientras tanto, tú aquí conmigo, tomando café. -dijo, un tanto apurado.
-Oh, no digas eso. Lo hago porque puedo. Es verdad que suelo tomarlo siempre dentro de la barra, cuando hay pocos clientes. En cambio, hoy la situación es distinta, naturalmente. Acepté tu invitación, ¿recuerdas?
-Sí, claro. Pero en realidad pagará el hostalero, ¿no?
-Bueno... eso no desmerece la invitación. Para mí tiene el mismo valor.

Max se entretuvo removiendo su café, mientras parecía sopesar, con cierto aire pensativo, hacia donde deseaba dirigir la conversación. Silvia, por su parte, desvió la atención por unos instantes hacia su compañero de trabajo, no fuera a necesitar ayuda sin que ella se diese cuenta. Aunque todo estaba controlado.
-¿Sabes? Antes de llegar aquí, durante el viaje, tuve tiempo de sobra para pensar en lo qué deseaba hacer durante los próximos tres meses. Quería permanecer recogido en la habitación del albergue el mayor tiempo posible, olvidando el mundo exterior por completo. No como una promesa, sino como una necesidad. Pero no existe ningún problema serio en mi vida. Todo tiene su explicación.
-No tienes que contarme nada, Max. Nos acabamos de conocer, y ni siquiera me atrevería a preguntar por tu vida personal -repuso la muchacha.
-No, verás, lo que quería decirte es que, después de la llegada a Riópar, he cambiado de opinión. Sólo un poco, porque no pienso renunciar a esa especie de evasión que me he buscado. Es algo que iría en mi detrimento, y no puedo permitírmelo. En fin, -continuó hablando, después de una pequeña pausa, y sin esperar ninguna respuesta por parte de Silvia -el caso es que ahora mi intención es salir de vez en cuando y conocer un poco más el pueblo de Riópar y todo el entorno.
-Bueno... eso no me parece mala idea por tu parte -comentó ella-. Riópar tiene mucho encanto, y sería una pena que te marchases sin descubrirlo. Claro que, si hallarte recogido todo el tiempo en el albergue era tan esencial para ti...
-Lo era y lo es -afirmó Max con rotundidad-. Sin embargo, ahora pienso que podría compartir ambas cosas. Estar encerrado todo el día puede que no sea del todo bueno, después de todo.
-¿Y qué te ha hecho cambiar de idea? Es decir…si puedo preguntarte, naturalmente.
-¡Pues claro que puedes preguntarme! No es… nada importante. Sencillamente me ha gustado lo que he visto hasta ahora. Quizá es que no esperaba que este lugar me llamase tanto la atención. Y la verdad es que no creo que a nadie pueda resultarle indiferente.
-Tienes muchísima razón, y no te lo digo porque yo haya nacido aquí, y transcurrido una buena parte de mi vida.
-¡Vaya! –exclamó Max-. Habría jurado que no eras de aquí, y que solo te hallabas por motivos de trabajo.
-No… Verás, yo pasé toda mi infancia en Riópar –comenzó a decir la muchacha, tras darle un pequeño sorbo a su café-. En realidad no me marché hasta los quince años. Fue muy doloroso, aunque no por ningún suceso en extremo importante. Simplemente resultó muy triste para mí dejar atrás todo lo que la vida me había regalado hasta entonces, algo tan sencillo pero a la vez tan especial como lo que tú ahora ves. Y no solo es Riópar, es mucho más. Tendrías que conocer bien a fondo estas sierras para alcanzar a comprenderlo, Max.
-¿Qué ocurrió para que te marchases? –preguntó Max, sin plantearse siquiera en pensar si podía hacerlo o no. De todas formas, intuía que ella deseaba responder.
© Francisco Arsis (2006)
(CONTINUARÁ)...
AVENTURAS DE MAX FUENTES - EL EMBRUJO DE SICILIA
Porticello
Mi destino era Sicilia, isla evocadora de ensueños, allí donde Ulises navegó atravesando sus aguas, cuna de Pirandello y musa a la vez de otros tantos escritores de gran prestigio, desde Lampedusa hasta el poeta Quasimodo. Es tan hermosa que resulta imposible ignorarla, repleta de maravillas artísticas inigualables; impresionantes ciudades, como la bella Palermo, capaz de embrujarte sin remedio; como Siracusa y sus atrayentes ruinas grecorromanas, o la propia Ragusa, ciudad barroca por excelencia, que te embriaga y te transporta a una época en la que todos desearíamos estar presentes, como si de un auténtico viaje al pasado se tratase.
Me encantan los viajes literarios. Siempre lo he dicho. Desprenden un halo mágico, y revivirlos significa viajar de nuevo a esos lugares retratados con la pluma, la que todo escritor necesita usar para transformar todo en una especie de ritual, místico y profundo. El corazón palpita, el recuerdo te embarga, secuestrando tu alma, llevándola hasta allí ipso facto. Y es, en ese instante, donde aquella bendita experiencia cobra vida de nuevo, y hasta la más sencilla anécdota estalla en tu mente, con los cinco sentidos uniéndose y dando paso a un sexto, y con él… todo es posible.
Sicilia es la mayor isla del mediterráneo, con más de 25.000 km2, y casi cinco millones de habitantes. Una tierra fascinante donde las haya, repleta de vestigios de innumerables civilizaciones: sicanos, sículos, fenicios, griegos, romanos, vándalos, ostrogodos, bizantinos, árabes, normandos…
Todo ello terminó convirtiéndola, alrededor del siglo XII en una indiscutible monarquía, tan poderosa como próspera, extendiendo sus brazos incluso fuera de la propia isla, y desarrollando una civilización multicultural única en el entonces mundo conocido.
Mi primera aventura en Sicilia transcurrió en bicicleta. No resultó difícil alquilar una en Bagheria, noble villa situada muy cerca de la bella capital de la “Cuenca del Oro”: Palermo. Por treinta euros diarios fue posible recorrer el entorno y disfrutar de las bellezas arquitectónicas de Cefalú o de Monreale, o jugar a redescubrir aquella linda “dolce vita” de Mondello, en su día un pequeño pueblo de pescadores y que, desde finales del siglo XIX hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial, los ricos europeos escogieron como residencia de verano, gozando allí de una vida repleta de placeres y encantador descanso. Todo ello sin olvidarme de la propia Bagheria, allí donde durante varios siglos existió una fulgurante creación de palacios y villas, por los más brillantes y prestigiosos arquitectos del mundo civilizado.
En uno de esos viajes en bicicleta conocí a una pareja embarcada en la misma aventura que yo. Eran franceses, pero ellos hablaban un poco el castellano, así que no tuvimos problemas para comunicarnos. Se llamaban Bertrand y Sophie. Coincidí con ellos cerca de Bagheira, en un lugar llamado Porticello. Dio la casualidad, además, que se alojaban en el mismo hotel que yo, el Grand Hotel Villa Igiea en Palermo. Había pinchado una de mis ruedas, y ellos se ofrecieron gustosos a ayudarme. Fue una suerte que apareciesen, dado que yo era bastante torpe en este tipo de situaciones, y aunque llevaba una cámara de repuesto, cambiarla se me antojaba harto difícil, por increíble que parezca. Cuando Bertrand terminó, dejándome la bicicleta en perfecto estado, los tres sabíamos que acabaríamos viajando juntos en aquella fantástica semana en bicicleta…
© Francisco Arsis

Bagheria
HIPERBREVE

Foto: Littlejack
Sabía que él jamás lo comprendería; sin embargo, escapar de esa monotonía que nos invadía era lo más sensato. En aquel instante ya no me importaba donde fuese a parar, y por ello estaba decidida a huir sin descanso, por mucho que el horizonte resultase impreciso y desconociese adónde acabaría llevándome. Mientras tanto, intentaría poner en claro mis ideas, sopesando nuestra relación, si mereció la pena alguna vez haber compartido mi vida con él, si en el fondo estaría dispuesta a regresar o preferiría perderme en el limbo para siempre, sin importarme ya nada en este mundo…
© Francisco Arsis
LA HUIDA

Foto: Hotblack
LA HUIDA
Hoy siento que mi alma se rompe en pedazos. Todo aquello que un día construí, por lo que tanto luché, se ha derrumbando como un castillo de naipes. Mi vida carece de sentido en estos momentos, pero al menos nunca más volveré a mirar hacia atrás. Y sólo podré rehacer esa vida huyendo de una vez por todas. Por el bien de mi hija, por las dos.
Por ello, haré todo lo que esté en mi mano para que él no nos encuentre. Mi hija es lo más sagrado para mí en este mundo, y me siento responsable de ella. Juan no nos encontrará, nunca más. Debería odiarle. De hecho, me sobran motivos para hacerlo, pero aún así, siento que no puedo. Desconozco cómo ha sido capaz de convertirse en lo que hoy es, un corazón sin alma, un ser depravado, una bestia enloquecida. Todos estos últimos meses sus palizas fueron terribles, e incluso mi hija tuvo que sufrir la ira de ese canalla, y no… yo no puedo permitir que eso ocurra de nuevo. No, nunca más. Fui cobarde hasta ahora, demasiado tal vez. El miedo atenazaba mi cuerpo, mi mente, y encontrar a mi hija llorando de dolor resultaba mucho peor que hallarse en el mismísimo infierno, pero nada podía contra él. Por eso, he decidido huir de una vez por todas. No sé me ocurre otra solución. Estoy convencida de que el alejamiento bajo decisión judicial no cambiaría nada. Tarde o temprano se echaría encima de nosotras, y solo Dios sabe hasta donde sería capaz de llegar. Nos mataría a las dos, sin duda. Desde luego, no sería el primero en hacer algo semejante. Por desgracia, tampoco el último.
Sin embargo, a pesar de mi huida sé que no me faltarán fuerzas para hacerle frente si es preciso. Nunca he tenido valor para ello, pero ya no puedo más, y si tengo que luchar, juro por Dios que lo haré. Él me buscará, tratará de encontrarme. Es más, iría hasta el fin del mundo si fuese preciso. Y yo probablemente tendré que pasarme el resto de mi vida huyendo, pero aun así será mejor que dejarme atrapar y caer en sus manos otra vez.
Ahora mi niña y yo nos enfrentamos a un futuro incierto, nada claro. Sin embargo, cualquier cosa será infinitamente mejor que regresar a su lado, soportando sus continuas amenazas, y aquel incansable maltrato a la que ambas estuvimos sometidas. ¿Cómo era posible que el hombre que un día tanto me había querido, no sólo resultaba ahora un extraño, sino que además sentía que me hallaba frente a mi peor y más terrible enemigo? ¿Cómo había sido capaz de llegar a tales extremos? ¿En qué clase de monstruo se había convertido aquella persona que un día me juró amor eterno, y ahora en cambio, no juraba sino matarme en caso de lograr atraparme?
Pero no le dejaré. Soy consciente, sin embargo, de que me enfrento a una nueva época de oscuridad, donde resulta imposible vislumbrar el final del camino, pero cualquier cosa es mejor que quedar atrapado entre las fauces de aquella persona que un día apareció en vida en forma de ángel, y acabó transformándose en demonio.
Valor… no me faltará. Por mi hija, por mí, por todas las mujeres que se hallan en la misma situación que yo, jamás me rendiré…
© Francisco Arsis
CAPÍTULO III - El albergue "Los Chorros del Río Mundo"
ALLÍ DONDE NACE EL RÍO
Te esperaré siempre…

CAPÍTULO III
El albergue rural de Los Chorros se hallaba justo enfrente de la gasolinera, a la entrada de Riópar. El aspecto de la fachada era sumamente atractivo, aunque desde luego a Max le bastaba con que por dentro resultase acogedor, y por encima de todo, que pudiera respirarse una gran paz y silencio, mucho silencio. Tomás, un hombre que debía aparentar unos cincuenta años, estaba al cargo de la recepción, y en cuanto vio a Max cruzar la puerta, se acercó hasta él, dispuesto a atenderle debidamente. Ante todo, esperaba que el recepcionista fuese una persona amable, que era lo menos que se podía pedir en estos casos.

-Bienvenido a Los Chorros, señor –dijo el hombre, ofreciéndole el paso al interior del albergue.
-Muchas gracias –respondió Max-. Tengo reservada una habitación a nombre de Max Fuentes.
-¡Ah, es usted! Hoy es nuestro único cliente nuevo con reserva. Me alegro de que haya escogido a Los Chorros como lugar de residencia en Riópar. Espero y deseo que su estancia le resulte agradable en esta casa.
-Gracias. Yo también lo espero –dijo Max, sonriente.
-Me llamo Tomás, señor Fuentes, y soy el recepcionista, entre otras ocupaciones del albergue.
-Encantado, Tomás. Pero llámeme Max. Me sentiré más cómodo. Soy una persona que huyo de las formalidades innecesarias, al menos para mí.
-Claro, como desee –asintió el recepcionista-. Disculpe un instante. Voy a por la llave de su habitación.
Mientras Max se dedicaba a escrutar el entorno, aquel hombre en apariencia sencillo y afable, recogía la llave del interior de un pequeño armario situado en la pared, justo detrás del recibidor.
-Y dígame, ¿le recomendó alguien este lugar?
-No, la verdad es que la elección fue pura casualidad.
-Le gustará, ya lo verá. Es un lugar muy acogedor, como puede observar.
-Sí, faltará ver la habitación, pero todo tiene un aspecto magnífico.
-Me alegro de que piense así. Por cierto, ¿y su equipaje?
-Está en el coche. Aparqué cerca del ayuntamiento. Lo cierto es que, al divisar el pueblo, lo primero que pensé fue que debía estacionar el coche lo antes posible, y me olvidé del albergue por completo.
-Tenemos un parking exterior, aunque sin vigilancia –explicó el recepcionista-. Pero, al menos, tendrá el coche cerca del albergue.
-Cuando amaine o deje de llover lo llevaré allí, y de paso entraré el equipaje –repuso Max.
-Claro, como quiera. Usted avíseme, y yo lo dejaré en su habitación.
-No, no se preocupe, no hace falta, lo haré yo. Sólo traigo un par de maletas. De todos modos, gracias.
-El cliente manda, naturalmente. En fin, acompáñeme, le enseñaré el saloncito. Allí podrá ver usted tranquilamente la televisión cuando le apetezca, y de paso, si coincide con alguno de los demás residentes, podrá usted trabar amistad con ellos. También tenemos un salón de estar, algo más amplio que el anterior.
-No acostumbro a ver la televisión, pero no estará mal conocer a sus otros inquilinos. ¿Está el albergue lleno?
-Durante el verano sí, y es necesario hacer reserva con tiempo, pero ahora es temporada baja. No obstante, quedan pocas habitaciones libres. Claro que nadie tiene hecha una reserva como la suya.
-Sí, comprendo que debe ser poco habitual –dijo Max, esperando que aquel hombre no le preguntase sobre las razones de aquella extraña reserva. No le apetecía para nada hablar de su vida a las primeras de cambio.

El aspecto del saloncito era en verdad muy acogedor. En realidad se notaba un exquisito cuidado en cada una de las salas, donde la decoración, obviamente rústica, campaba a sus anchas.
-También tenemos un tablón donde ofrecemos varias actividades. Puede apuntarse a la que quiera: senderismo, mountain-bike, barranquismo, escalada, espeleología… incluso rutas a caballo, si le apetece.
-Vaya, van ustedes bien servidos –dijo Max, asintiendo atónito con la cabeza.
-Es lo que se pretende –manifestó el recepcionista-. Tenga en cuenta que las dos sierras, la de Alcaraz y la del Segura se prestan a ello. Además, aquí casi todo el mundo vive del turismo, y hay que explotarlo todo al máximo.
-Hacen ustedes muy bien. Desde luego, son apuestas interesantísimas las que me ha descrito, aunque de momento mi intención es pasar el máximo tiempo que sea posible entre las cuatro paredes de mi habitación, relajarme y escribir todo lo que pueda.
-¿Es usted escritor? ¡Vaya, eso es muy interesante!
-Si, por eso buscaba un lugar como este, donde el descanso y el silencio parecen asegurados.
-En eso le doy toda la razón –declaró el recepcionista-. De todas formas, si cambia de opinión, no tiene más que decírmelo, y estaré encantado de aconsejarle sobre cuales son las mejores actividades.
-Por supuesto, no se preocupe. Lo tendré en cuenta.
-Mire, aquí está la cafetería – dijo, llevándole en dirección a otra de las salas-. Usted dejó constancia, al hacer la reserva, que sólo deseaba alojamiento y desayuno, ¿no es así?
-En principio, sí –respondió Max-. Tal vez más adelante solicite la pensión completa, si les parece bien.
-Naturalmente, cuando usted quiera. Todos los días servimos platos típicos caseros, propios de la sierra. Aunque en casi todos los establecimientos hosteleros de Riópar y del contorno puede hacerlo.

-No dudo que dispondrán ustedes de una cocina magnífica, y con un menú provisto de gran variedad de platos, pero suelo ser una persona quizá demasiado complicada a la hora de comer. Quiero decir que no soy de comidas fijas, y soy capaz de saltarme un almuerzo o una cena sin problemas, sin que mi estómago se resienta ni un ápice. En pocas palabras, como cuando tengo hambre.
-Comprendo que por esa razón no desee pensión completa. Fuera de las horas estipuladas la cocina permanece cerrada, pero si es preciso quizá podamos hacer una pequeña excepción con usted. Aunque no le prometo nada.
-No, no se preocupe. En circunstancias extremas, seguro que podría arreglármelas para salir del apuro. Pero se agradece el favor.
-De nada, Max. Ya sabe que el cliente es lo más importante para nosotros, y por eso tratamos de que se sienta como en su propia casa.
Siguieron caminando hacia otra sala, la de la lavandería. Varias lavadoras estaban colocadas a lo largo y ancho de la habitación. Gracias a dios, estaba acostumbrado a utilizar aquél electrodoméstico que a la mayoría de los hombres les infundía tanto respeto, más por interés que cualquier otra razón, y que para Max, en cambio, no suponía problema alguno. ¿Consecuencias del hecho de vivir solo?, se preguntaba a sí mismo. Mejor que ninguna mujer le oyese decir eso. Poco después, se encaminaban ya hacia su habitación reservada.
-Bien, aquí está su habitación –dijo el hombre, nada más abrir la puerta con la correspondiente llave-. ¿Qué le parece?
Aquella espaciosa sala resultaba realmente acogedora, y la cama, que era de matrimonio, aparecía vestida con una flamante y suntuosa colcha blanca. Sin duda, dormiría a gusto durante los próximos tres meses –se decía Max interiormente, mientras la contemplaba. Un cuadro muy pintoresco, con una brillante imagen del nacimiento del río Mundo en todo su esplendor, aparecía colocado de forma estratégica entre dos lamparitas de pared a pocos centímetros de la cabecera de la cama. Completaban el conjunto un par de mesitas a juego con dos lamparitas más, si bien éstas un poco más grandes que las de pared. Pero eso no era todo, obviamente. Un poquito más allá, un sofá de madera de cedro tapizado de blanco, un par de sillas realizadas con idéntico material, y una mesa baja de pino situada en el centro del conjunto, reposando sobre ella una preciosa y brillante planta, daban el toque final al ambiente rústico que la habitación requería en estos casos.
-Creo que me sentiré muy bien aquí –dijo al fin, tras embeberse de todo lo que la vista le ofrecía.
-Entonces, una vez más, habremos cumplido nuestro objetivo, que no es otro que el cliente quede satisfecho de su estancia en esta casa –repuso el recepcionista.

-Me asomaré al balcón –dijo Max de nuevo, acercándose al amplio ventanal que daba al exterior-. Tengo la impresión de que ha dejado de llover, pues hace ya varios minutos que no escucho el característico golpeteo del agua al llegar al suelo.
-Bien, así podrá comprobar también la magnífica vista que se puede contemplar desde aquí.
Lo cierto es que Tomás tenía razón. El paisaje que ahora Max observaba no tenía precio. Cuando la inspiración pareciese abandonarle, asomarse al balcón y contemplar la belleza paisajística que el entorno de Riópar ofrecía, haría sin duda que regresase a borbotones. O al menos eso pensaba en aquellos instantes.
-Tomás, creo que será mejor que aproveche este momento para recoger el coche y subir el equipaje –dijo, mientras regresaba a la habitación.
-Sí, tiene razón –respondió el hombre, asintiendo con la cabeza.
-Pero ya que salgo, aprovecharé para desayunar fuera, por esta vez. Lo digo para que no me esperen en la cafetería.
-Claro, no hay inconveniente. Es más, es algo que ocurre de forma habitual. Hay veces que ni siquiera acude nadie al desayuno, por increíble que parezca. La mayoría de la gente acaba siempre optando por desayunar fuera.
-No, yo sí lo haré, pero hoy… ya que es el primer día, quiero aprovechar para descubrir Riópar. Es lo menos que puedo hacer.
-Como usted guste, Max. Recuerde que si me necesita estaré en recepción. Y si no, sólo tiene que llamarme. Estoy seguro de que le oiré.
-De acuerdo entonces, Tomás.
De haber empezado la mañana de otra forma, Max se hallaría ya refugiado en su rústica habitación, tecleando en su ordenador portátil, una vez que la inspiración le hubiese llegado. Pero ahora, de repente, pensaba que todo era diferente, que existía un buen motivo para salir afuera, y sabía muy bien de qué se trataba. Un delicioso café humeante le estaba esperando y, seguramente, iba a tomarlo en compañía de aquella muchacha llamada Silvia, que tan buena impresión, apenas una media hora antes, le había dado…
© Francisco Arsis (2006)
Te esperaré siempre…

CAPÍTULO III
El albergue rural de Los Chorros se hallaba justo enfrente de la gasolinera, a la entrada de Riópar. El aspecto de la fachada era sumamente atractivo, aunque desde luego a Max le bastaba con que por dentro resultase acogedor, y por encima de todo, que pudiera respirarse una gran paz y silencio, mucho silencio. Tomás, un hombre que debía aparentar unos cincuenta años, estaba al cargo de la recepción, y en cuanto vio a Max cruzar la puerta, se acercó hasta él, dispuesto a atenderle debidamente. Ante todo, esperaba que el recepcionista fuese una persona amable, que era lo menos que se podía pedir en estos casos.

-Bienvenido a Los Chorros, señor –dijo el hombre, ofreciéndole el paso al interior del albergue.
-Muchas gracias –respondió Max-. Tengo reservada una habitación a nombre de Max Fuentes.
-¡Ah, es usted! Hoy es nuestro único cliente nuevo con reserva. Me alegro de que haya escogido a Los Chorros como lugar de residencia en Riópar. Espero y deseo que su estancia le resulte agradable en esta casa.
-Gracias. Yo también lo espero –dijo Max, sonriente.
-Me llamo Tomás, señor Fuentes, y soy el recepcionista, entre otras ocupaciones del albergue.
-Encantado, Tomás. Pero llámeme Max. Me sentiré más cómodo. Soy una persona que huyo de las formalidades innecesarias, al menos para mí.
-Claro, como desee –asintió el recepcionista-. Disculpe un instante. Voy a por la llave de su habitación.
Mientras Max se dedicaba a escrutar el entorno, aquel hombre en apariencia sencillo y afable, recogía la llave del interior de un pequeño armario situado en la pared, justo detrás del recibidor.
-Y dígame, ¿le recomendó alguien este lugar?
-No, la verdad es que la elección fue pura casualidad.
-Le gustará, ya lo verá. Es un lugar muy acogedor, como puede observar.
-Sí, faltará ver la habitación, pero todo tiene un aspecto magnífico.
-Me alegro de que piense así. Por cierto, ¿y su equipaje?
-Está en el coche. Aparqué cerca del ayuntamiento. Lo cierto es que, al divisar el pueblo, lo primero que pensé fue que debía estacionar el coche lo antes posible, y me olvidé del albergue por completo.
-Tenemos un parking exterior, aunque sin vigilancia –explicó el recepcionista-. Pero, al menos, tendrá el coche cerca del albergue.
-Cuando amaine o deje de llover lo llevaré allí, y de paso entraré el equipaje –repuso Max.
-Claro, como quiera. Usted avíseme, y yo lo dejaré en su habitación.
-No, no se preocupe, no hace falta, lo haré yo. Sólo traigo un par de maletas. De todos modos, gracias.
-El cliente manda, naturalmente. En fin, acompáñeme, le enseñaré el saloncito. Allí podrá ver usted tranquilamente la televisión cuando le apetezca, y de paso, si coincide con alguno de los demás residentes, podrá usted trabar amistad con ellos. También tenemos un salón de estar, algo más amplio que el anterior.
-No acostumbro a ver la televisión, pero no estará mal conocer a sus otros inquilinos. ¿Está el albergue lleno?
-Durante el verano sí, y es necesario hacer reserva con tiempo, pero ahora es temporada baja. No obstante, quedan pocas habitaciones libres. Claro que nadie tiene hecha una reserva como la suya.
-Sí, comprendo que debe ser poco habitual –dijo Max, esperando que aquel hombre no le preguntase sobre las razones de aquella extraña reserva. No le apetecía para nada hablar de su vida a las primeras de cambio.

El aspecto del saloncito era en verdad muy acogedor. En realidad se notaba un exquisito cuidado en cada una de las salas, donde la decoración, obviamente rústica, campaba a sus anchas.
-También tenemos un tablón donde ofrecemos varias actividades. Puede apuntarse a la que quiera: senderismo, mountain-bike, barranquismo, escalada, espeleología… incluso rutas a caballo, si le apetece.
-Vaya, van ustedes bien servidos –dijo Max, asintiendo atónito con la cabeza.
-Es lo que se pretende –manifestó el recepcionista-. Tenga en cuenta que las dos sierras, la de Alcaraz y la del Segura se prestan a ello. Además, aquí casi todo el mundo vive del turismo, y hay que explotarlo todo al máximo.
-Hacen ustedes muy bien. Desde luego, son apuestas interesantísimas las que me ha descrito, aunque de momento mi intención es pasar el máximo tiempo que sea posible entre las cuatro paredes de mi habitación, relajarme y escribir todo lo que pueda.
-¿Es usted escritor? ¡Vaya, eso es muy interesante!
-Si, por eso buscaba un lugar como este, donde el descanso y el silencio parecen asegurados.
-En eso le doy toda la razón –declaró el recepcionista-. De todas formas, si cambia de opinión, no tiene más que decírmelo, y estaré encantado de aconsejarle sobre cuales son las mejores actividades.
-Por supuesto, no se preocupe. Lo tendré en cuenta.
-Mire, aquí está la cafetería – dijo, llevándole en dirección a otra de las salas-. Usted dejó constancia, al hacer la reserva, que sólo deseaba alojamiento y desayuno, ¿no es así?
-En principio, sí –respondió Max-. Tal vez más adelante solicite la pensión completa, si les parece bien.
-Naturalmente, cuando usted quiera. Todos los días servimos platos típicos caseros, propios de la sierra. Aunque en casi todos los establecimientos hosteleros de Riópar y del contorno puede hacerlo.

-No dudo que dispondrán ustedes de una cocina magnífica, y con un menú provisto de gran variedad de platos, pero suelo ser una persona quizá demasiado complicada a la hora de comer. Quiero decir que no soy de comidas fijas, y soy capaz de saltarme un almuerzo o una cena sin problemas, sin que mi estómago se resienta ni un ápice. En pocas palabras, como cuando tengo hambre.
-Comprendo que por esa razón no desee pensión completa. Fuera de las horas estipuladas la cocina permanece cerrada, pero si es preciso quizá podamos hacer una pequeña excepción con usted. Aunque no le prometo nada.
-No, no se preocupe. En circunstancias extremas, seguro que podría arreglármelas para salir del apuro. Pero se agradece el favor.
-De nada, Max. Ya sabe que el cliente es lo más importante para nosotros, y por eso tratamos de que se sienta como en su propia casa.
Siguieron caminando hacia otra sala, la de la lavandería. Varias lavadoras estaban colocadas a lo largo y ancho de la habitación. Gracias a dios, estaba acostumbrado a utilizar aquél electrodoméstico que a la mayoría de los hombres les infundía tanto respeto, más por interés que cualquier otra razón, y que para Max, en cambio, no suponía problema alguno. ¿Consecuencias del hecho de vivir solo?, se preguntaba a sí mismo. Mejor que ninguna mujer le oyese decir eso. Poco después, se encaminaban ya hacia su habitación reservada.
-Bien, aquí está su habitación –dijo el hombre, nada más abrir la puerta con la correspondiente llave-. ¿Qué le parece?
Aquella espaciosa sala resultaba realmente acogedora, y la cama, que era de matrimonio, aparecía vestida con una flamante y suntuosa colcha blanca. Sin duda, dormiría a gusto durante los próximos tres meses –se decía Max interiormente, mientras la contemplaba. Un cuadro muy pintoresco, con una brillante imagen del nacimiento del río Mundo en todo su esplendor, aparecía colocado de forma estratégica entre dos lamparitas de pared a pocos centímetros de la cabecera de la cama. Completaban el conjunto un par de mesitas a juego con dos lamparitas más, si bien éstas un poco más grandes que las de pared. Pero eso no era todo, obviamente. Un poquito más allá, un sofá de madera de cedro tapizado de blanco, un par de sillas realizadas con idéntico material, y una mesa baja de pino situada en el centro del conjunto, reposando sobre ella una preciosa y brillante planta, daban el toque final al ambiente rústico que la habitación requería en estos casos.
-Creo que me sentiré muy bien aquí –dijo al fin, tras embeberse de todo lo que la vista le ofrecía.
-Entonces, una vez más, habremos cumplido nuestro objetivo, que no es otro que el cliente quede satisfecho de su estancia en esta casa –repuso el recepcionista.

-Me asomaré al balcón –dijo Max de nuevo, acercándose al amplio ventanal que daba al exterior-. Tengo la impresión de que ha dejado de llover, pues hace ya varios minutos que no escucho el característico golpeteo del agua al llegar al suelo.
-Bien, así podrá comprobar también la magnífica vista que se puede contemplar desde aquí.
Lo cierto es que Tomás tenía razón. El paisaje que ahora Max observaba no tenía precio. Cuando la inspiración pareciese abandonarle, asomarse al balcón y contemplar la belleza paisajística que el entorno de Riópar ofrecía, haría sin duda que regresase a borbotones. O al menos eso pensaba en aquellos instantes.
-Tomás, creo que será mejor que aproveche este momento para recoger el coche y subir el equipaje –dijo, mientras regresaba a la habitación.
-Sí, tiene razón –respondió el hombre, asintiendo con la cabeza.
-Pero ya que salgo, aprovecharé para desayunar fuera, por esta vez. Lo digo para que no me esperen en la cafetería.
-Claro, no hay inconveniente. Es más, es algo que ocurre de forma habitual. Hay veces que ni siquiera acude nadie al desayuno, por increíble que parezca. La mayoría de la gente acaba siempre optando por desayunar fuera.
-No, yo sí lo haré, pero hoy… ya que es el primer día, quiero aprovechar para descubrir Riópar. Es lo menos que puedo hacer.
-Como usted guste, Max. Recuerde que si me necesita estaré en recepción. Y si no, sólo tiene que llamarme. Estoy seguro de que le oiré.
-De acuerdo entonces, Tomás.
De haber empezado la mañana de otra forma, Max se hallaría ya refugiado en su rústica habitación, tecleando en su ordenador portátil, una vez que la inspiración le hubiese llegado. Pero ahora, de repente, pensaba que todo era diferente, que existía un buen motivo para salir afuera, y sabía muy bien de qué se trataba. Un delicioso café humeante le estaba esperando y, seguramente, iba a tomarlo en compañía de aquella muchacha llamada Silvia, que tan buena impresión, apenas una media hora antes, le había dado…
© Francisco Arsis (2006)
CAPITULO II. Una muchacha llamada Silvia
ALLÍ DONDE NACE EL RÍO
Te esperaré siempre…

CAPÍTULO II
La chica, una rubita que por su aspecto parecía algo más joven que él, que contaba 32 años, iba vestida con una falda de color beig, una chaqueta vaquera y debajo una camiseta blanca con el nombre del pueblo, Riópar, impreso en ella. En realidad estaba resignada a pasar por el lado izquierdo de Max, sabiendo que la incesante lluvia se ensañaría con ella, y por ello le sorprendió la reacción de aquél chico que nunca había visto en su vida y que quizá se hallaba de paso, como la mayoría de las personas que recalaban en el pueblo, y más en aquella época del año, a comienzos de octubre y cuando el otoño ya reinaba a sus anchas. Otra cosa distinta era durante el verano, cuando acudía una gran cantidad de turistas, dispuestos a pasar allí sus vacaciones de todos los años.
-¡No, por favor, pasa tú por este lado! -exclamó Max, cediéndole el paso mientras lo marcaba claramente con elegancia con su mano derecha.
-¡M… muchísimas gracias! -respondió la muchacha, realmente sorprendida.

Aún se detuvo unos instantes, agradeciéndole con un gesto de aprobación y una sonrisa dibujada en sus labios aquel pequeño detalle al fin y al cabo, mientras Max asentía a su vez con afabilidad, no sin comprobar como las penetrantes gotas de lluvia resbalaban por su cara, manchando sus gafas y dejándole casi sin visibilidad. Lo cierto es que se había quedado prendado de aquella chispeante sonrisa, y el hecho de mojarse apenas resultaba importante para él. Pero en cuanto salió de su momentánea hipnosis, regresando a la cruda realidad, comprendió que el agua le estaba ya calando los huesos, y dado el trayecto que aún le quedaba, con la lluvia cayendo con una furia doblemente mayor, lo más sensato era esperar a que el tiempo amainase, no fuera que acabase con un impresionante resfriado, algo que detestaba más que la peor de las enfermedades.
Ahora, al alcance de su vista, una fuente que simulaba el nacimiento del río Mundo se mezclaba con la imperante lluvia, formando un salvaje y espectacular cuadro, casi engrandeciendo aquel pequeño pero a la vez atractivo monumento. Al cabo que lo contemplaba, pensaba en lo mal que había comenzando este nuevo intento de evasión, el tercero para ser exactos, pero que hasta ese momento nunca había dado resultado. Max era escritor, o deseaba serlo, porque su primera novela aún no había salido al mercado, entre otras cosas porque ni siquiera estaba terminada. En realidad, esos viajes eran la excusa para poder acabarla, encontrar un lugar adecuado lo suficientemente tranquilo para dar rienda suelta a su imaginación. Lo cierto es que aún le faltaba un tercio de la novela que estaba desarrollando, o al menos eso creía, porque hasta ese momento le había parecido demasiado corta, inconsistente, y con un final que ni siquiera era capaz de vislumbrar. Desde luego tenía claro que el desenlace de la novela debía ser espectacular, que dejase al lector gratamente sorprendido, y aquello para él era como la guinda de un delicioso pastel. Sin ella, perdía todo su encanto, toda su esencia. Y no podía permitirse algo semejante. Para ello, estaba convencido que le bastaba con tres meses; eso sí, relajado, tranquilo, con una concentración sin límites.

Mientras pensaba en su futuro libro, al tiempo que contemplaba los reguerillos de agua que se formaban en la calzada, se dio cuenta de que el día comenzaba a clarear ya, aunque no demasiado, debido a los nubarrones que surcaban el cielo. Pero, en cierta forma, le agradaba esa tonalidad gris que invadía el entorno. Sin duda, le traía recuerdos de su infancia, cuando acudía al primer día colegio cogido de la mano de su madre, con su impermeable azul y sus botas rojas recién estrenadas, metiéndolas en todos los charcos que hallaba a su alrededor.
Se hallaba en mitad de aquel recuerdo cuando, de repente, observó que la muchacha rubia se disponía ahora a cruzar la calle, tras haber pasado de nuevo por su lado, con un flamante paraguas que la salvaguardaba de la lluvia. Claro que, al parecer, esta vez no había reparado en él, y puede que incluso ni siquiera le hubiese retenido en su memoria, pues el encuentro entre ambos había sido más bien insignificante. ¿Con cuántas personas desconocidas nos cruzaríamos al día, y que tras una ínfima conversación, como unos buenos días al coincidir en un ascensor, incluso comentando el tiempo que es lo típico en estos casos, eran borrados por completo de nuestra memoria? Todos, o casi todos, sin duda alguna.
Pero Max Fuentes no pudo evitar reclamar su atención. Al menos quiso saludarla de nuevo, y contemplar una vez más aquella bonita sonrisa, si es que se la ofrecía en esta ocasión, como respuesta a su saludo.
-¡Hola! –dijo, saludando con la mano -. ¡Menuda lluvia! ¿Verdad?
-¡Ah… hola! –respondió la muchacha, deteniéndose cuando ya iba a colocar un pie en la calzada-. Tú debes ser el de antes, ¿no es así? El chico galante que me ha cedido el paso.
-Pues sí… así es. Veo que me has recordado.
-Has sido muy amable. Gracias de nuevo –dijo, con una leve sonrisa esta vez.
-Al menos ahora ya tienes paraguas –objetó Max-. Es una suerte, porque puedes seguir tu camino. En cambio, yo…
-¿Adónde vas? –inquirió la joven.
-Tengo hecha una reserva en el albergue rural de Los Chorros, a la entrada del pueblo.
La chica asintió, acercándose hacia donde Max se hallaba, entrecerrando el paraguas.
-Si quieres puedo acompañarte. Está muy cerca del lugar hacia donde me dirijo.
-Bueno, no querría molestar… -dijo Max-. Ni tampoco que tuvieses que desviarte de tu camino por mi culpa.
-No, no te preocupes. En realidad aquí en Riópar todo está cerca. Como supongo que sabrás, es un pueblo pequeño. Eso sí, muy acogedor.
La muchacha abrió de nuevo su paraguas, esperando a que Max se colocase a su lado.
-La verdad es que he aparcado el coche enfrente del ayuntamiento, que está a pocos metros de aquí…
-Comprendo –dijo la muchacha-. Pero cae una lluvia torrencial, y no merece la pena llegar hasta el coche sin paraguas, calándote hasta los huesos. Yo misma he regresado a mi casa por el paraguas. Era lo más sensato, a pesar de estar relativamente cerca del trabajo.
Ahora era Max quien sonreía a la chica rubia. Sentía que había tenido suerte al tropezarse con ella.
-¿Entonces ibas a trabajar?
La muchacha asintió de nuevo con la cabeza.
-Justo al final del paseo de los Plátanos, a la izquierda –dijo a continuación, mientras hacia señas con la mano-. En el hostal del Río Mundo. Llevo allí… unos tres meses.
-Me suena haber leído algo sobre ese lugar en las revistas que hablan de Riópar.
-Es normal –dijo la chica, encogiéndose de hombros-. Es una opción diferente a la del albergue de Los Chorros, pero para mi igual de atractiva.
-No lo dudo –admitió Max-. Elegí el albergue al azar, sin más. Creo que aquí cualquier sitio hubiese resultado bueno para mí.
-¿Vienes buscando descanso? ¿Te han dado ahora en otoño las vacaciones? –preguntó la muchacha, un poco intrigada.
-Algo así –respondió él-. Pero pienso quedarme unos tres meses.
-¿Tres meses? ¡Caray!
La chica se quedó en verdad desconcertada.
-Te sorprende, ¿a que sí?
-Obviamente. Pero no tienes por qué contarme nada, por supuesto.
Habían dejado atrás ya el paseo de los Plátanos, pero aún quedaba trayecto hasta llegar al albergue rural.
-Bueno, es largo de contar. O tal vez no, según se mire. Pero… teniendo en cuenta que el pueblo es pequeño, supongo que nos veremos más veces. Yo estaré encantado de charlar contigo.
-¿Sabes de qué me he dado cuenta? – preguntó la muchacha.
-¿De qué? –preguntó Max a su vez, expectante.
-Pues que llevamos rato hablando, y aún no sabemos nuestros nombres. Ya que vamos a vernos alguna vez, supongo, me gustaría llamarte por tu nombre.
-¡Ah, claro! Es verdad. Me llamo Max Fuentes. ¿Y tú?
-Silvia…. Silvia Cortés –respondió la chica, después del consabido beso en las mejillas.
Poco después, en mitad de su conversación, más o menos trivial, llegaban al albergue rural llamado Los Chorros.
-Bueno –dijo Max-. Muchas gracias por acompañarme. Ha sido todo un detalle.
-También lo tuviste tú antes conmigo –respondió Silvia.
-Por cierto… ¿tenéis bar en el hostal?
-Por supuesto que lo hay. Yo misma suelo echar una mano de vez en cuando.
-Entonces me acercaré ahora a tomar un café, en cuánto me den la llave de la habitación que me corresponde. Empezar el día sin café puede resultar tormentoso para mí.
-Pues en eso nos parecemos. Yo sin tomar nada temprano, no soy nadie –dijo la muchacha.
-Pues… será un placer invitarte.
-¿En el lugar en que trabajo? No, hombre. Nos lo tomamos los dos, y que pague el hostalero.
El comentario de Silvia les hizo reír a ambos abiertamente. No cabía duda de que, para Max, su estancia en la sierra comenzaba con buen pie, a pesar de las inclemencias temporales…
© Francisco Arsis (2006)

Te esperaré siempre…

CAPÍTULO II
La chica, una rubita que por su aspecto parecía algo más joven que él, que contaba 32 años, iba vestida con una falda de color beig, una chaqueta vaquera y debajo una camiseta blanca con el nombre del pueblo, Riópar, impreso en ella. En realidad estaba resignada a pasar por el lado izquierdo de Max, sabiendo que la incesante lluvia se ensañaría con ella, y por ello le sorprendió la reacción de aquél chico que nunca había visto en su vida y que quizá se hallaba de paso, como la mayoría de las personas que recalaban en el pueblo, y más en aquella época del año, a comienzos de octubre y cuando el otoño ya reinaba a sus anchas. Otra cosa distinta era durante el verano, cuando acudía una gran cantidad de turistas, dispuestos a pasar allí sus vacaciones de todos los años.
-¡No, por favor, pasa tú por este lado! -exclamó Max, cediéndole el paso mientras lo marcaba claramente con elegancia con su mano derecha.
-¡M… muchísimas gracias! -respondió la muchacha, realmente sorprendida.

Aún se detuvo unos instantes, agradeciéndole con un gesto de aprobación y una sonrisa dibujada en sus labios aquel pequeño detalle al fin y al cabo, mientras Max asentía a su vez con afabilidad, no sin comprobar como las penetrantes gotas de lluvia resbalaban por su cara, manchando sus gafas y dejándole casi sin visibilidad. Lo cierto es que se había quedado prendado de aquella chispeante sonrisa, y el hecho de mojarse apenas resultaba importante para él. Pero en cuanto salió de su momentánea hipnosis, regresando a la cruda realidad, comprendió que el agua le estaba ya calando los huesos, y dado el trayecto que aún le quedaba, con la lluvia cayendo con una furia doblemente mayor, lo más sensato era esperar a que el tiempo amainase, no fuera que acabase con un impresionante resfriado, algo que detestaba más que la peor de las enfermedades.
Ahora, al alcance de su vista, una fuente que simulaba el nacimiento del río Mundo se mezclaba con la imperante lluvia, formando un salvaje y espectacular cuadro, casi engrandeciendo aquel pequeño pero a la vez atractivo monumento. Al cabo que lo contemplaba, pensaba en lo mal que había comenzando este nuevo intento de evasión, el tercero para ser exactos, pero que hasta ese momento nunca había dado resultado. Max era escritor, o deseaba serlo, porque su primera novela aún no había salido al mercado, entre otras cosas porque ni siquiera estaba terminada. En realidad, esos viajes eran la excusa para poder acabarla, encontrar un lugar adecuado lo suficientemente tranquilo para dar rienda suelta a su imaginación. Lo cierto es que aún le faltaba un tercio de la novela que estaba desarrollando, o al menos eso creía, porque hasta ese momento le había parecido demasiado corta, inconsistente, y con un final que ni siquiera era capaz de vislumbrar. Desde luego tenía claro que el desenlace de la novela debía ser espectacular, que dejase al lector gratamente sorprendido, y aquello para él era como la guinda de un delicioso pastel. Sin ella, perdía todo su encanto, toda su esencia. Y no podía permitirse algo semejante. Para ello, estaba convencido que le bastaba con tres meses; eso sí, relajado, tranquilo, con una concentración sin límites.

Mientras pensaba en su futuro libro, al tiempo que contemplaba los reguerillos de agua que se formaban en la calzada, se dio cuenta de que el día comenzaba a clarear ya, aunque no demasiado, debido a los nubarrones que surcaban el cielo. Pero, en cierta forma, le agradaba esa tonalidad gris que invadía el entorno. Sin duda, le traía recuerdos de su infancia, cuando acudía al primer día colegio cogido de la mano de su madre, con su impermeable azul y sus botas rojas recién estrenadas, metiéndolas en todos los charcos que hallaba a su alrededor.
Se hallaba en mitad de aquel recuerdo cuando, de repente, observó que la muchacha rubia se disponía ahora a cruzar la calle, tras haber pasado de nuevo por su lado, con un flamante paraguas que la salvaguardaba de la lluvia. Claro que, al parecer, esta vez no había reparado en él, y puede que incluso ni siquiera le hubiese retenido en su memoria, pues el encuentro entre ambos había sido más bien insignificante. ¿Con cuántas personas desconocidas nos cruzaríamos al día, y que tras una ínfima conversación, como unos buenos días al coincidir en un ascensor, incluso comentando el tiempo que es lo típico en estos casos, eran borrados por completo de nuestra memoria? Todos, o casi todos, sin duda alguna.
Pero Max Fuentes no pudo evitar reclamar su atención. Al menos quiso saludarla de nuevo, y contemplar una vez más aquella bonita sonrisa, si es que se la ofrecía en esta ocasión, como respuesta a su saludo.
-¡Hola! –dijo, saludando con la mano -. ¡Menuda lluvia! ¿Verdad?
-¡Ah… hola! –respondió la muchacha, deteniéndose cuando ya iba a colocar un pie en la calzada-. Tú debes ser el de antes, ¿no es así? El chico galante que me ha cedido el paso.
-Pues sí… así es. Veo que me has recordado.
-Has sido muy amable. Gracias de nuevo –dijo, con una leve sonrisa esta vez.
-Al menos ahora ya tienes paraguas –objetó Max-. Es una suerte, porque puedes seguir tu camino. En cambio, yo…
-¿Adónde vas? –inquirió la joven.
-Tengo hecha una reserva en el albergue rural de Los Chorros, a la entrada del pueblo.
La chica asintió, acercándose hacia donde Max se hallaba, entrecerrando el paraguas.
-Si quieres puedo acompañarte. Está muy cerca del lugar hacia donde me dirijo.
-Bueno, no querría molestar… -dijo Max-. Ni tampoco que tuvieses que desviarte de tu camino por mi culpa.
-No, no te preocupes. En realidad aquí en Riópar todo está cerca. Como supongo que sabrás, es un pueblo pequeño. Eso sí, muy acogedor.
La muchacha abrió de nuevo su paraguas, esperando a que Max se colocase a su lado.
-La verdad es que he aparcado el coche enfrente del ayuntamiento, que está a pocos metros de aquí…
-Comprendo –dijo la muchacha-. Pero cae una lluvia torrencial, y no merece la pena llegar hasta el coche sin paraguas, calándote hasta los huesos. Yo misma he regresado a mi casa por el paraguas. Era lo más sensato, a pesar de estar relativamente cerca del trabajo.
Ahora era Max quien sonreía a la chica rubia. Sentía que había tenido suerte al tropezarse con ella.
-¿Entonces ibas a trabajar?
La muchacha asintió de nuevo con la cabeza.
-Justo al final del paseo de los Plátanos, a la izquierda –dijo a continuación, mientras hacia señas con la mano-. En el hostal del Río Mundo. Llevo allí… unos tres meses.
-Me suena haber leído algo sobre ese lugar en las revistas que hablan de Riópar.
-Es normal –dijo la chica, encogiéndose de hombros-. Es una opción diferente a la del albergue de Los Chorros, pero para mi igual de atractiva.
-No lo dudo –admitió Max-. Elegí el albergue al azar, sin más. Creo que aquí cualquier sitio hubiese resultado bueno para mí.
-¿Vienes buscando descanso? ¿Te han dado ahora en otoño las vacaciones? –preguntó la muchacha, un poco intrigada.
-Algo así –respondió él-. Pero pienso quedarme unos tres meses.
-¿Tres meses? ¡Caray!
La chica se quedó en verdad desconcertada.
-Te sorprende, ¿a que sí?
-Obviamente. Pero no tienes por qué contarme nada, por supuesto.
Habían dejado atrás ya el paseo de los Plátanos, pero aún quedaba trayecto hasta llegar al albergue rural.
-Bueno, es largo de contar. O tal vez no, según se mire. Pero… teniendo en cuenta que el pueblo es pequeño, supongo que nos veremos más veces. Yo estaré encantado de charlar contigo.
-¿Sabes de qué me he dado cuenta? – preguntó la muchacha.
-¿De qué? –preguntó Max a su vez, expectante.
-Pues que llevamos rato hablando, y aún no sabemos nuestros nombres. Ya que vamos a vernos alguna vez, supongo, me gustaría llamarte por tu nombre.
-¡Ah, claro! Es verdad. Me llamo Max Fuentes. ¿Y tú?
-Silvia…. Silvia Cortés –respondió la chica, después del consabido beso en las mejillas.
Poco después, en mitad de su conversación, más o menos trivial, llegaban al albergue rural llamado Los Chorros.
-Bueno –dijo Max-. Muchas gracias por acompañarme. Ha sido todo un detalle.
-También lo tuviste tú antes conmigo –respondió Silvia.
-Por cierto… ¿tenéis bar en el hostal?
-Por supuesto que lo hay. Yo misma suelo echar una mano de vez en cuando.
-Entonces me acercaré ahora a tomar un café, en cuánto me den la llave de la habitación que me corresponde. Empezar el día sin café puede resultar tormentoso para mí.
-Pues en eso nos parecemos. Yo sin tomar nada temprano, no soy nadie –dijo la muchacha.
-Pues… será un placer invitarte.
-¿En el lugar en que trabajo? No, hombre. Nos lo tomamos los dos, y que pague el hostalero.
El comentario de Silvia les hizo reír a ambos abiertamente. No cabía duda de que, para Max, su estancia en la sierra comenzaba con buen pie, a pesar de las inclemencias temporales…
© Francisco Arsis (2006)

AVENTURAS DE MAX FUENTES - ALLÍ DONDE NACE EL RÍO
ALLÍ DONDE NACE EL RÍO
Te esperaré siempre…

CAPÍTULO I
Al contemplar las primeras casas que se abrían a su paso, al pie de la carretera, Max Fuentes comprendía que estaba llegando a su destino. Por fin llegaba el ansiado momento, aquella paz que tanto deseaba. Sin embargo, por la razón que fuese, tampoco sentía gran satisfacción por ello. Su ánimo había decaído últimamente y sin motivo aparente, aunque en el fondo sabía que tenía su explicación, por más que intentara negárselo a sí mismo.
Nada más llegar al pueblo aminoró la marcha. Un letrero de bienvenida rezaba justo a la entrada, en su margen derecho. Riópar parecía tal y como lo había imaginado, un interesante y acogedor pueblecito situado en plena sierra, lejos de la mundana civilización y exenta de los ruidos malsanos de las grandes ciudades, entre otras grandes ventajas. El pueblecito se hallaba además enclavado muy cerca del nacimiento de un importante río, a muy escasos kilómetros, llamado Mundo.

En su reloj swatch, las manecillas marcaban apenas las siete de la mañana cuando ya se encontraba aparcando el coche justo enfrente del Ayuntamiento, apenas unos metros más allá desde el anuncio de bienvenida. En realidad a la Casa Consistorial se accedía subiendo unas grandes escaleras que daban acceso a una amplia plazoleta, y que en su centro guardaba una preciosa fuente sujetada por leones tallados en piedra, dándole un aire majestuoso al entorno. Justo a la vuelta de donde había aparcado su pequeño Opel Corsa, al que tanto aprecio tenía, apareció ante él una amplia arboleda que servía de embellecimiento al llamado “Paseo de los Plátanos”. Un sinfín de banquetas de madera se hallaban al paso de los árboles, a un lado y otro de la acera, donde seguramente la mayoría de los vecinos de la localidad disfrutaban de las tertulias de la tarde, o sencillamente, aprovechaban para descansar un rato, inmersos en la lectura de un buen libro o viendo pasar al resto de los transeúntes.

Pero en aquellas horas de la mañana todo estaba desierto, y ni un alma se podía encontrar en las calles. A Max le gustaba conducir de noche cuando partía de viaje hacía algún lejano lugar, a varios cientos de kilómetros de su casa, en Torrelodones. Solía detenerse un par de veces o tres durante el viaje, para echar gasolina, descansar unos minutos y despejarse en caso de que apareciese algún atisbo de sueño, o incluso tomar un café en alguno de los bares de carretera que nunca cerraban durante la noche, y que quizá no eran tan pocos como alguna gente suponía.
Había reservado una estancia para tres meses, el tiempo que necesitaba para reorganizar su vida, en un albergue rural llamado “Los Chorros del Río Mundo”. Tenía entendido, según le habían explicado por teléfono al hacer la reserva, que aquella enorme casa compuesta por 14 habitaciones dobles y que era fácilmente reconocible por sus largas dimensiones, se encontraba justo a la entrada del pueblo, aunque si en verdad había pasado por delante de la casa ni siquiera había sido capaz de divisarla, y menos con la neblina que aún reinaba, unido al hecho de que tampoco había amanecido del todo.

Una rápida solución, sin duda, era preguntar en la primera cafetería que encontrase a su paso. Sí, seguramente si caminaba en dirección hacía el letrero de bienvenida, era más que probable que diese muy pronto con Los Chorros, aunque el deseo de tener cuanto antes entre sus manos un buen café humeante, podía con todo. Y ya de paso, preguntar no costaba nada. Mientras llegaba a esta conclusión, comprendió que tenía que retroceder sobre sus pasos, después de haber cruzado casi todo el paseo de los Plátanos, pues recordaba haber divisado una pequeña cafetería bajo los arcos de la plazoleta del ayuntamiento.

Sin embargo, apenas había andado unos pocos pasos, un descomunal relámpago iluminó por completo el entorno, dando lugar a una inesperada y torrencial lluvia, haciendo que Max retrocediese hasta la acera, cubriéndose gracias al hueco que dejaban los balcones de las casas adyacentes al paseo. Aún así, Max era una de esas personas eternamente impacientes que, si está en su mano, no se doblegan ante nada, y por ello decidió atravesar el trayecto que le separaba de la cafetería mediante una estudiada carrera. Y entonces fue cuando la vio, corriendo justo en dirección contraria, hacia donde él se hallaba. Por desgracia, en la acera sólo había cabida para que uno de los dos no se mojase, dado que el bajo de los balcones apenas cubría la mitad del espacio. Pero si algo tenía Max era un alto grado de caballerosidad y civismo, así que sin dudarlo se dispuso a dejar paso a la muchacha, aún a sabiendas de que, durante unos instantes, la lluvia se ensañaría con su persona sin remedio.
© Francisco Arsis (2006)

Te esperaré siempre…

CAPÍTULO I
Al contemplar las primeras casas que se abrían a su paso, al pie de la carretera, Max Fuentes comprendía que estaba llegando a su destino. Por fin llegaba el ansiado momento, aquella paz que tanto deseaba. Sin embargo, por la razón que fuese, tampoco sentía gran satisfacción por ello. Su ánimo había decaído últimamente y sin motivo aparente, aunque en el fondo sabía que tenía su explicación, por más que intentara negárselo a sí mismo.
Nada más llegar al pueblo aminoró la marcha. Un letrero de bienvenida rezaba justo a la entrada, en su margen derecho. Riópar parecía tal y como lo había imaginado, un interesante y acogedor pueblecito situado en plena sierra, lejos de la mundana civilización y exenta de los ruidos malsanos de las grandes ciudades, entre otras grandes ventajas. El pueblecito se hallaba además enclavado muy cerca del nacimiento de un importante río, a muy escasos kilómetros, llamado Mundo.

En su reloj swatch, las manecillas marcaban apenas las siete de la mañana cuando ya se encontraba aparcando el coche justo enfrente del Ayuntamiento, apenas unos metros más allá desde el anuncio de bienvenida. En realidad a la Casa Consistorial se accedía subiendo unas grandes escaleras que daban acceso a una amplia plazoleta, y que en su centro guardaba una preciosa fuente sujetada por leones tallados en piedra, dándole un aire majestuoso al entorno. Justo a la vuelta de donde había aparcado su pequeño Opel Corsa, al que tanto aprecio tenía, apareció ante él una amplia arboleda que servía de embellecimiento al llamado “Paseo de los Plátanos”. Un sinfín de banquetas de madera se hallaban al paso de los árboles, a un lado y otro de la acera, donde seguramente la mayoría de los vecinos de la localidad disfrutaban de las tertulias de la tarde, o sencillamente, aprovechaban para descansar un rato, inmersos en la lectura de un buen libro o viendo pasar al resto de los transeúntes.

Pero en aquellas horas de la mañana todo estaba desierto, y ni un alma se podía encontrar en las calles. A Max le gustaba conducir de noche cuando partía de viaje hacía algún lejano lugar, a varios cientos de kilómetros de su casa, en Torrelodones. Solía detenerse un par de veces o tres durante el viaje, para echar gasolina, descansar unos minutos y despejarse en caso de que apareciese algún atisbo de sueño, o incluso tomar un café en alguno de los bares de carretera que nunca cerraban durante la noche, y que quizá no eran tan pocos como alguna gente suponía.
Había reservado una estancia para tres meses, el tiempo que necesitaba para reorganizar su vida, en un albergue rural llamado “Los Chorros del Río Mundo”. Tenía entendido, según le habían explicado por teléfono al hacer la reserva, que aquella enorme casa compuesta por 14 habitaciones dobles y que era fácilmente reconocible por sus largas dimensiones, se encontraba justo a la entrada del pueblo, aunque si en verdad había pasado por delante de la casa ni siquiera había sido capaz de divisarla, y menos con la neblina que aún reinaba, unido al hecho de que tampoco había amanecido del todo.

Una rápida solución, sin duda, era preguntar en la primera cafetería que encontrase a su paso. Sí, seguramente si caminaba en dirección hacía el letrero de bienvenida, era más que probable que diese muy pronto con Los Chorros, aunque el deseo de tener cuanto antes entre sus manos un buen café humeante, podía con todo. Y ya de paso, preguntar no costaba nada. Mientras llegaba a esta conclusión, comprendió que tenía que retroceder sobre sus pasos, después de haber cruzado casi todo el paseo de los Plátanos, pues recordaba haber divisado una pequeña cafetería bajo los arcos de la plazoleta del ayuntamiento.

Sin embargo, apenas había andado unos pocos pasos, un descomunal relámpago iluminó por completo el entorno, dando lugar a una inesperada y torrencial lluvia, haciendo que Max retrocediese hasta la acera, cubriéndose gracias al hueco que dejaban los balcones de las casas adyacentes al paseo. Aún así, Max era una de esas personas eternamente impacientes que, si está en su mano, no se doblegan ante nada, y por ello decidió atravesar el trayecto que le separaba de la cafetería mediante una estudiada carrera. Y entonces fue cuando la vio, corriendo justo en dirección contraria, hacia donde él se hallaba. Por desgracia, en la acera sólo había cabida para que uno de los dos no se mojase, dado que el bajo de los balcones apenas cubría la mitad del espacio. Pero si algo tenía Max era un alto grado de caballerosidad y civismo, así que sin dudarlo se dispuso a dejar paso a la muchacha, aún a sabiendas de que, durante unos instantes, la lluvia se ensañaría con su persona sin remedio.
© Francisco Arsis (2006)

LA LEYENDA DE VERÓNICA
Versión libre sobre la clásica leyenda urbana. Espero que os guste. Feliz verano a todos.

“... pues todos los espejos son una vías
de entrada al Otro Mundo y conducen directamente
a la cueva de Lilith. Ésta es la cueva donde fue
Lilith cuando abandonó a Adán y el Jardín del
Edén para siempre, la cueva donde se divirtió
con sus amantes los demonios. De estas uniones
nacieron multitud de demonios, que salieron en
tropel de esa cueva y se infiltraron en el mundo.
Y cuando quieren volver, sencillamente entran en
el espejo más cercano. Por esa razón se dice que
Lilith ha hecho su hogar en todos los espejos.
(Howard Schwartz)”.
Carolina y Verónica se habían enamorado perdidamente de aquél chico tan atractivo que llegara tan solo una semana antes al convento. Las dos muchachas, novicias, habían convenido en su día convertirse en religiosas, motivo de una promesa tal vez no demasiado meditada, y que las había arrastrado de forma irremediable hacia una vida, en realidad, de ninguna de las maneras deseada. Pero, lejos de profundizar en su religión, habían terminado por sucumbir ante el agradable semblante del muchacho de una de las congregaciones llegadas para participar en la convivencia religiosa, organizada por el convento.
La amistad entre ellas surgió cuando ambas eran aún muy pequeñas. Carolina, que tenía 17 años, era tres años mayor que Verónica, que sólo contaba con 14. Los padres de las muchachas, tras su matrimonio, fueron a residir justo en la misma calle, una casa enfrente de la otra. Durante su infancia, habían sido inseparables, y su amistad realmente parecía algo especial. Rara era la vez que terminaba el día sin que hubieran consumado alguna de sus travesuras. Aunque Carolina era la mayor, y se suponía debía tener la voz cantante, no era sino Verónica quien casi siempre convencía a su amiga para hacer realidad todas las barrabasadas que se les ocurrían. A tanto llegaron, que, sin pensárselo dos veces, a Verónica se le cruzó por la cabeza, en una de aquellas alocadas mañanas infantiles, una de sus innumerables ideas perversas: Si Carolina llegaba a cumplir 17 años sin haberse enamorado de ningún chico, era porque sin duda tenía alma de monja y tenía que ingresar en un convento. Por supuesto, las mismas condiciones valían para Verónica, pero para entonces ésta aún tendría tres años más para derribar la apuesta. Así que la decisión final fue que, si al cumplir 17 años Verónica, ninguna de las dos había logrado enamorarse, ambas entrarían en el convento el mismo día, cosa que finalmente, sucedió. Sin notificar nada a sus padres, la misma noche en que Verónica alcanzó la edad, ambas llamaron a la puerta del convento, cerrándose tras de sí el mundo exterior.
Al principio fue divertido. Cada una pugnaba por demostrar a la otra que podía ser mejor monja, y las religiosas más veteranas no notaban nada extraño en ellas, salvo un par de chiquillas que deseaban reconocer en sus corazones el amor a Dios. Pero poco a poco fueron cambiando, según pasaba el tiempo, hasta volverse algo rebeldes y díscolas. La gota que colmó el vaso fue la llegada de aquel muchachito de ojos azules, llegado en una de las congregaciones, donde había sido desde muy pequeño criado por los monjes al ser abandonado por su madre, cosa harto habitual en aquellos tiempos.
Desde su llegada al convento, Carolina perdió totalmente la razón por aquél muchacho, cuyo nombre era Álvaro. Por su parte, ocurría que Verónica también se había enamorado de él, lo que podría redundar en un desagradable enfrentamiento entre ambas amigas.
Carolina asediaba continuamente a Álvaro, por todos los rincones, por los pasillos. Y a pesar de que el muchacho intentaba zafarse de todos sus arrebatos, en el fondo algo debía sentir también por ella, porque ambos terminaban besándose siempre y prometiéndose estar juntos a la menor ocasión. Carolina le había hecho saber a su amiga el amor que sentía por Álvaro, decidiendo Verónica desde aquel momento mantener en secreto sus sentimientos hacia el joven. Sin embargo, ésta última, bastante más avispada que su amiga, supo encandilar con mayor rapidez a su amado, y quiso la fatalidad que, encontrándose en la habitación de Álvaro ambos jóvenes haciendo el amor, fuesen sorprendidos por Carolina, quien después de buscar a Verónica por todas partes sin hallarla, se le había ocurrido preguntar al muchacho por ella acudiendo directamente a sus aposentos.
La reacción de Carolina no se hizo esperar, dando gritos y haciendo aspavientos, sin dejar de amenazar a su, hasta aquel momento, amiga del alma. En vano Verónica pudo explicarle a su amiga, quien había finalmente abandonado la habitación corriendo sin mirar hacia atrás, su intención de renunciar a la vida religiosa y casarse con Álvaro en cuanto fuese posible, a pesar de su corta edad. Al comprobar que resultaba imposible hacer entrar en razón a Carolina, decidió regresar a su habitación y hablar con ella a la mañana siguiente. Aunque esa mañana.... jamás llegaría para Verónica...
Así pues, mientras Verónica dormía plácidamente esa misma noche, aquella en la que fuera sorprendida por su amiga, tramaba ésta su perdición, al precio que fuese. Cogiendo unas tijeras de costura, que curiosamente estaban atadas a un lazo rojo, para que pudiesen permanecer colgadas del cuello sin posibilidad de pérdida, Carolina estaba más que dispuesta a terminar con la vida de Verónica, cosa que sin lugar a dudas, haría sin remedio. Después de entrar en su habitación y comprobar que ésta se encontraba dormida, levantando las tijeras, totalmente fuera de si, las clavó en el corazón de la muchacha mientras gritaba con furia: “Verónica”, “Verónica”, “Verónicaaaaa”.
(Continua en...)
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“... pues todos los espejos son una vías
de entrada al Otro Mundo y conducen directamente
a la cueva de Lilith. Ésta es la cueva donde fue
Lilith cuando abandonó a Adán y el Jardín del
Edén para siempre, la cueva donde se divirtió
con sus amantes los demonios. De estas uniones
nacieron multitud de demonios, que salieron en
tropel de esa cueva y se infiltraron en el mundo.
Y cuando quieren volver, sencillamente entran en
el espejo más cercano. Por esa razón se dice que
Lilith ha hecho su hogar en todos los espejos.
(Howard Schwartz)”.
Carolina y Verónica se habían enamorado perdidamente de aquél chico tan atractivo que llegara tan solo una semana antes al convento. Las dos muchachas, novicias, habían convenido en su día convertirse en religiosas, motivo de una promesa tal vez no demasiado meditada, y que las había arrastrado de forma irremediable hacia una vida, en realidad, de ninguna de las maneras deseada. Pero, lejos de profundizar en su religión, habían terminado por sucumbir ante el agradable semblante del muchacho de una de las congregaciones llegadas para participar en la convivencia religiosa, organizada por el convento.
La amistad entre ellas surgió cuando ambas eran aún muy pequeñas. Carolina, que tenía 17 años, era tres años mayor que Verónica, que sólo contaba con 14. Los padres de las muchachas, tras su matrimonio, fueron a residir justo en la misma calle, una casa enfrente de la otra. Durante su infancia, habían sido inseparables, y su amistad realmente parecía algo especial. Rara era la vez que terminaba el día sin que hubieran consumado alguna de sus travesuras. Aunque Carolina era la mayor, y se suponía debía tener la voz cantante, no era sino Verónica quien casi siempre convencía a su amiga para hacer realidad todas las barrabasadas que se les ocurrían. A tanto llegaron, que, sin pensárselo dos veces, a Verónica se le cruzó por la cabeza, en una de aquellas alocadas mañanas infantiles, una de sus innumerables ideas perversas: Si Carolina llegaba a cumplir 17 años sin haberse enamorado de ningún chico, era porque sin duda tenía alma de monja y tenía que ingresar en un convento. Por supuesto, las mismas condiciones valían para Verónica, pero para entonces ésta aún tendría tres años más para derribar la apuesta. Así que la decisión final fue que, si al cumplir 17 años Verónica, ninguna de las dos había logrado enamorarse, ambas entrarían en el convento el mismo día, cosa que finalmente, sucedió. Sin notificar nada a sus padres, la misma noche en que Verónica alcanzó la edad, ambas llamaron a la puerta del convento, cerrándose tras de sí el mundo exterior.
Al principio fue divertido. Cada una pugnaba por demostrar a la otra que podía ser mejor monja, y las religiosas más veteranas no notaban nada extraño en ellas, salvo un par de chiquillas que deseaban reconocer en sus corazones el amor a Dios. Pero poco a poco fueron cambiando, según pasaba el tiempo, hasta volverse algo rebeldes y díscolas. La gota que colmó el vaso fue la llegada de aquel muchachito de ojos azules, llegado en una de las congregaciones, donde había sido desde muy pequeño criado por los monjes al ser abandonado por su madre, cosa harto habitual en aquellos tiempos.
Desde su llegada al convento, Carolina perdió totalmente la razón por aquél muchacho, cuyo nombre era Álvaro. Por su parte, ocurría que Verónica también se había enamorado de él, lo que podría redundar en un desagradable enfrentamiento entre ambas amigas.
Carolina asediaba continuamente a Álvaro, por todos los rincones, por los pasillos. Y a pesar de que el muchacho intentaba zafarse de todos sus arrebatos, en el fondo algo debía sentir también por ella, porque ambos terminaban besándose siempre y prometiéndose estar juntos a la menor ocasión. Carolina le había hecho saber a su amiga el amor que sentía por Álvaro, decidiendo Verónica desde aquel momento mantener en secreto sus sentimientos hacia el joven. Sin embargo, ésta última, bastante más avispada que su amiga, supo encandilar con mayor rapidez a su amado, y quiso la fatalidad que, encontrándose en la habitación de Álvaro ambos jóvenes haciendo el amor, fuesen sorprendidos por Carolina, quien después de buscar a Verónica por todas partes sin hallarla, se le había ocurrido preguntar al muchacho por ella acudiendo directamente a sus aposentos.
La reacción de Carolina no se hizo esperar, dando gritos y haciendo aspavientos, sin dejar de amenazar a su, hasta aquel momento, amiga del alma. En vano Verónica pudo explicarle a su amiga, quien había finalmente abandonado la habitación corriendo sin mirar hacia atrás, su intención de renunciar a la vida religiosa y casarse con Álvaro en cuanto fuese posible, a pesar de su corta edad. Al comprobar que resultaba imposible hacer entrar en razón a Carolina, decidió regresar a su habitación y hablar con ella a la mañana siguiente. Aunque esa mañana.... jamás llegaría para Verónica...
Así pues, mientras Verónica dormía plácidamente esa misma noche, aquella en la que fuera sorprendida por su amiga, tramaba ésta su perdición, al precio que fuese. Cogiendo unas tijeras de costura, que curiosamente estaban atadas a un lazo rojo, para que pudiesen permanecer colgadas del cuello sin posibilidad de pérdida, Carolina estaba más que dispuesta a terminar con la vida de Verónica, cosa que sin lugar a dudas, haría sin remedio. Después de entrar en su habitación y comprobar que ésta se encontraba dormida, levantando las tijeras, totalmente fuera de si, las clavó en el corazón de la muchacha mientras gritaba con furia: “Verónica”, “Verónica”, “Verónicaaaaa”.
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