MORIR Y RENACER...

Mi padre parecía por fin esbozar una ligera sonrisa, después de algunos meses tristes, lúgubres, en que nada tenía sentido. Su vida, la nuestra también, había recibido un durísimo golpe tras la muerte de mi madre.
Pero teníamos que reordenar nuestras vidas, situarlas de nuevo en este tren en marcha que, cada vez que realiza alguna parada, muchos son los que se bajan, aunque también, y con dicha, otros tantos o más los que se suben.
Yo iba a tomar la primera comunión, y mi padre se sentía orgulloso de mí, porque incluso me habían elegido para ofrecer la lectura del “Santo Evangelio según San Mateo”.
-Tu madre esperaba este momento con verdadera ilusión –me decía mientras transitábamos por el viaducto, camino de la iglesia –. Deja que te mire bien –continuaba hablando al tiempo que se alejaba unos pasos para verme caminar con mi flamante traje blanco.
Cuando terminé de leer el Santo Evangelio durante la misa, y levanté la mirada desde el púlpito, mi primera visión no fue otra que la de mi padre, cuyas lágrimas descendían por sus mejillas, sin duda producidas por una mezcla de emoción y tristeza. Emoción por comprobar que yo estaba creciendo y tristeza al no poder compartir aquel bello instante con mi madre.
Transcurrieron algunos meses más, y un día, mi padre llegaría a casa con la noticia de que había encontrado una nueva madre para nosotros. Por supuesto, jamás nadie ocuparía el lugar que yo tenía guardado en mi corazón para mi madre. Sin embargo, tener una madre como los demás niños... eso era importante para mí.
Esperé con gran expectación el día que mi padre había elegido para presentarnos a la que sería nuestra nueva madre. Nos había reunido a todos, sus cuatro hijos, en el comedor de nuestra nueva casa.
Era una mujer rubia, muy linda, con una grácil sonrisa permanentemente dibujada en su rostro, mientras observaba atentamente nuestras caras. Yo sonreía también, me sentía casi un poquito feliz por esta nueva etapa que se nos avecinaba.
Apenas recuerdo cuales fueron sus palabras, pero sí su mirada llena de ternura. Y aquella fue la primera y la última vez que la vi. Dos semanas después de su visita, mi padre esperaría su respuesta, una llamada, una carta. Isabel, que así se llamaba nuestra futura madre, debía decidir si se casaba o no con él, si iba a formar parte de nuestras vidas en un camino juntos hacia el futuro.
Faltaba poco para la medianoche, y el teléfono de la abuela, casa donde mi padre esperaba su respuesta, comenzó a sonar cuando ya había perdido toda esperanza. Unas horas antes, mi padre, al llegar a casa de la abuela, le había preguntado:
-Madre, ¿sabe usted algo? ¿Llegó carta esta mañana? –decía mi padre con tono algo compungido, deseando no recibir una respuesta negativa.
-No, hijo mío. ¿Estás seguro de que es eso lo que deseas?
-Si, madre. Es lo mejor para todos, especialmente para los niños. Usted lo sabe bien.
-Claro, claro hijo –decía la abuela, al tiempo que apoyaba sus manos en los hombros de su primogénito, mientras éste estaba sentado en la silla, mirando fijamente el teléfono.
Sin embargo, las noticias no iban a ser buenas. Al descolgar el teléfono, pudo escuchar la voz de Isabel, titubeante, llorosa.
-Lo siento, Roberto, no puedo afrontar esto. Es demasiado para mí. Perdóname, perdóname, Roberto. Yo te quiero, créeme, pero... tu necesitas algo más, y yo me siento tan insignificante... Te mereces lo mejor, y tus hijos también... No me siento capaz, mi vida. Espero que algún día puedas comprenderme...
No le dio tiempo a contestar. Isabel cortó la llamada sin más. No con mala fe, sino por sentirse incapaz de escuchar su voz... -¿por qué, por qué, Isabel? –diría mi padre a la nada...
Ya no habría otro amanecer para mi padre. Pero no fue aquella negativa de su amada la causa de su muerte, aunque sí el dolor que sintió en lo más profundo de su corazón. Decidió valorar, comprender... Mañana será otro día, Roberto, no desfallezcas.
Quiso cenar. A mi abuela le habían traído un jamón de jabugo, de esos que tanto le gustaban a su hijo. Comer le haría llenar el vacío que sentía en aquel angustioso momento.
Mi padre había dejado de cuidarse en este aspecto. Padecía del estómago, y mi madre, en vida, lo cuidaba constantemente, a base de purés, arroz, verduras. Todo cambió al quedarse solo, y comer y beber le hacía olvidar... sin comprender que se estaba matando poco a poco.
Y aquella misma noche, su magullado cuerpo no pudo más, estallando por dentro, deteniendo así su vida para siempre...
Al día siguiente, vinieron a buscarme al colegio. Yo no sabía nada, absolutamente nada. En el aula apareció mi tío-abuelo, diciéndome: -Vamos hijo, ven a casa-.
Por el camino temí lo peor, comprendí. Ya había pasado una vez. –Tío, mi padre ha muerto, ¿verdad? Es por eso que vienes a recogerme, ¿no es así?
Y la respuesta fue el grito del silencio.
Pero aún mi inocencia, la propia de mi edad, seguía triunfante, y cuando vi a mi padre allí, acostado en la cama, le dije a mi tío: -¿Puede oírnos? -. Y pellizcándome dulcemente mi mejilla, me respondió: -¡Pues claro que no! ¿No ves? Está dormido. Seguro que en estos momentos sueña contigo.
Y yo, me acerqué a su oreja, y tocándola con mis dedos, notando su rigidez, su helor, le susurré al oído: -¡Papá, tienes que despertarte, estamos todos aquí, esperándote...
Esa misma tarde fue el entierro, y al salir de la iglesia, nos pusieron en fila a mis hermanos y a mí, mientras infinidad de personas pasaban por delante nuestro, abrazándonos y dándonos el pésame.
Y entonces, al ver a mi amigo Juan, sentir su abrazo, con aquella triste expresión reflejada en su cara por segunda vez en mi vida... entonces comprendí todo. Jamás volvería a ver a mis padres, nunca más. Se habían ido los dos para siempre, y me había quedado solo, completamente solo... Estallé en sollozos, y jamás, jamás en la vida he vuelto a llorar como aquél día.
Aún no había transcurrido un mes, mis tíos-abuelos, que estaban pensando en adoptarme, me llevaron a Valencia y pasar allí el verano. Era importante olvidar un poco, aunque eso fuese más que imposible.
Iban a llevarme a “Almusafes”, y allí comer una paella, como las que hacía mi padre cuando venía a visitarnos toda nuestra familia valenciana. Justo la tarde anterior fuimos a visitar a la familia que nos había invitado, unos amigos de mi padre que vivían en un bloque de pisos de una zona céntrica de Valencia.
Yo seguía igual, sin ganas de nada, sin poder esbozar ni una sonrisa a nadie. ¿Para qué? Decidí salirme al rellano de la escalera. Quería estar solo, yo y mis pensamientos. Y de repente apareció una niñita de unos 6 ó 7 años que bajaba desde los pisos de arriba. Al verme se detuvo, justo en la puerta de enfrente de donde yo estaba. Miraba mi cara, seria, cabizbaja. Y al levantar la vista hacia ella vi que comenzaba a esbozar una delicada sonrisa, cercana, afable, pero a la vez tímida. Y ella arrancaría mi primera sonrisa desde el día de la muerte de mi padre. Sentí que quería hablarle, decirle: ¡Hola! ¿Quién eres? Pero llegué tarde. Al instante su madre la llamaría, desde uno o dos pisos más abajo: ¡Nena! ¿Estás ahí? Baja ya, que tu padre acaba de llegar... Y siguió descendiendo, con lo cual nunca más volvería a verla.
Al entrar de nuevo en la casa, no pude evitar preguntarle a mi tío:
-Tío ¿las niñas de Valencia son todas guapas?...
Comentario:
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Siempre sentiré no haber estado a tu lado desde que fuiste un niño... debimos conocernos antes Mark.
Un beso.
Un beso.
Comentario:
Has tenido que tener una vida realmente dura... Lo siento...
Comentario:
Resulta curioso. Ayer hablabas de muerte, de lecturas de Evangelio... mientras yo leia un pasaje, como mi especial homenaje a mi tio en su funeral..