Mis propias "Navidades Blancas"

¡Cuán bello es regocijarse viendo las calles vestirse de blanco! Se trata de un fenómeno del que tenemos grandes conocimientos, pero que, hasta que no lo contemplamos con nuestros propios ojos, y reiteramos lo fantástico que puede llegar a ser, no somos conscientes de que la nieve NO se limita a ser ese elemento de la navidad papanoélica y comercial que todos conocemos, sino una bendición caída del cielo. Y es que uno no tiene más que limitarse a levantar la cabeza para alborozarse con tan sublime polvo de hadas. Esas pelusillas deslumbrantes que caen a cámara lenta, con una ralentización exquisita, que provoca tal efecto en sus espectadores, que los deja ensimismados observando como cada brizna va depositándose lentamente sobre sus caras sonrientes, sedimentando y haciéndose más y más transparente, hasta que finalmente se transforma en una constituyente más de esa gota que resbalará posteriormente hasta alcanzar el suelo.
El caso es que esta mañana, mientras viajaba a mundos perdidos en mi imaginación, mientras veía la lentitud de los copos a través de mi ventana, y disfrutaba, pensando en sus cortas vidas, me he dado de bruces con un copito que se acababa de fijar a mi ventana, apegándose con gran ímpetu, aferrándose a ella como si de ello le dependiera la vida. La corta vida… Efectivamente, yo sabía que si dejaba caer a este copito de nieve moriría irremediablemente al chocar contra la acera pero ¿y qué? ¿no mueren ya infinidad de hermanos suyos? ¿que importa uno más?... ¿cómo vamos a evitar la muerte de los trescientos seseinta y siente millones cuatrocientos ocheinta y tres copos que han caído esta mañana, SI NI SIQUIERA NOS PREOCUPAMOS POR LA CANTIDAD DE PERSONAS QUE MUEREN EN UN SOLO SEGUNDO, LA MAYORÍA DE ELLAS INJUSTAMENTE? … el copo… ¡Pobre copocillo! Seguramente, acababa de nacer de y ya le tocaba morir(… vaya… de algo me suena esto). Al final he tomado la decisión de dignarme a abrir la ventana y a recogerlo, para darle cobijo en mi casa. ¡Pero sólo a él! Me ha importado una mierda todos los otros que estaban cayendo hacia el abismo infinito. Yo he decidido “apadrinar” a ese copo y mi conciencia ha quedado tranquila…

Rápidamente, he abierto la ventana, he alargado la mano para dar cobijo a ese pequeñín y… vaya… se me ha escapado de los dedos cayendo al infierno, a la calzada que esperaba palpitante ese grumo congelado de agua. He bajado corriendo las escaleras, sorprendido por ese apego momentáneo al ser inerte, llorando. Sin darme cuenta, mis tristes lágrimas golpeaban el frío suelo de los peldaños, algunas incluso víctimas de la esquina afilada que separaba los escalones. ¡Estaba matándolas! ¡He querido salvar un copo de entre cientos, y he matado mis propias lágrimas! Ya nada me importaba… yo solo quería ver que había sido de ese copo. Habría muerto, de eso no cabía la menor duda, pero… ¿y la esperanza de volverlo a ver? ¿no nos ciega muchas veces esa esperanza desesperada, inútil en otras palabras?
Al llegar, mi copo había muerto.
Si no fuese porque el frío ambiental me despejaba, no me hubiese dado cuenta de la madre del copito, que caía con más rapidez que los demás, y que gritaba a los cuatro vientos: “¿qué le has hecho a mi hijo?” “Tú le has matado”
He pensado en ese momento en explicárselo todo, en decirle que no había sido yo, que es algo que pasa, un fenómeno natural contra el que no podemos luchar, todos morimos, queramos o no, y que, aunque perder un hijo puede doler incluso más que perder una madre, el ciclo de la vida sigue, y que tal vez algún día se encuentren en el mar, nadando a la deriva, constituyendo un par de gotas conjugadas bañadas por la calidez del sol…

En el instante antes de que cayera, la he cazado al vuelo. Ha sido como si a una persona a la que le daban un mes de vida le hubiesen aplazado su cita con la Parca. Mientras observaba sus formas de copo de nieve, con la típica estructura de estrellita que los profes les cuentan a sus alumnos cuando están acabando la primaria y que tanto les fascina, la desagradecida madre seguía insultándome y culpándome. La verdad es que no me he molestado en explicarle nada. He subyugado mis delirios de inocencia. Al cabo de unos segundos su voz se ha apagado completamente, no sin antes musitar no se qué cosas sobre la muerte.Claro está que cuanto uno más cerca está de ella, más (y con mayor frecuencia) la materializa en sus pensamientos. En el fondo, me he alegrado... ¡me estaba aburriendo ya con tanta obsesión y lamento!
"Reflejo"

Comentario:
Hace siglos q leí la historia de estos copos desdichados y se me quedó pillado el ordena para hacerte mi comentario, me ha encantado, ya de por si la nieve me parece lo más bonito q he visto, será q me encanta el frío y la historia es preciosa, leer tus relatos, es leerte, es conocerte, te quiero mucho wapo!!escribe más porque por ahora todos me gustan!Un besote fuerte dsd los Madriles.
Comentario:
desde luego nunca imagine como un copo tan indefenso podia despertar tanta admiración. intento seguir el blog, y esto es lo más precioso que he leido, a valido la pena haber entrado, seguid asi!!
Comentario:
Lo mejor que te he leído (por ahora). Aunque creo que la copo madre hubiera llorado a su hijo en vez de emplear sus últimas horas en culparte. En cualquier caso, la historia es preciosa, ingeniosa y echa una mirada divertida a un tema tan duro como la muerte. Eso, que me ha encantado.
Comentario:
Vaya, se puede hacer todo un tratado sobre la vuda y la muerte a partir de un par de copos de nieve... Y veo que tú lo has conseguido.
Un saludo.
Un saludo.
Comentario:
Me encanta como escribes jeje (K)
Comentario:
Un buen texto de la nada. Es bonito, muy bonito.
No creía que fueras capaz de escribir algo así; no sé si yo puedo. Felicidades.
Me ha puesto los pelos de gallina. Lo mejor que he leído esta semana :-)
No creía que fueras capaz de escribir algo así; no sé si yo puedo. Felicidades.
Me ha puesto los pelos de gallina. Lo mejor que he leído esta semana :-)





