Crisis (Diario del capitán taparrabos)
Steven, por el amor de Dios, vives en un arrecife. No puedes adoptar a esa rata.
Ya sé que es una rata muy bien educada.
No estoy siendo negativo, Steven, es simplemente que no creo que sea una buena idea.
Mira, pienso en los sentimientos de la rata, veo a la rata. ¡Es una rata, maldita sea! No puede respirar bajo el agua. Eso no les gustaría a las lampreas.
Oh, soy un racista, claro, ahora me sales con eso.
Ya sé que has hablado con las lampreas y que les parece bien.
Pienso que las lampreas no tienen capacidad para decir la verdad. No hacen más que mentir y tener hijos.
Esto no tiene nada que ver con tus proyectos personales y tus ilusiones, Steven, no es una afrenta personal.
Por favor, te pido que no me amenaces con la aleta.
¿Dónde va a vivir, estúpido?
Ah, ya, la fuerza del amor os hará sobrevivir...
¿Han estudiado las lampreas asistencia social? ¡¿Han cuidado las lampreas de una rata?!
Creo que no me estás escuchando.
¡Una rata, Steven! ¿Has perdido el juicio?
Dioses, Steven, cuando te pones así no te soporto.
Ya sé que me va a oír, pero no pienso bajar la voz.
¡No estoy haciendo una escena!
Bien, empecemos de nuevo. Creo que podré hacerte entrar en razón.
¿Qué educación has pensado darle?
¿Crees que podrá ir con vosotros a hacer rabiar a las ballenas?
¿No entiendes que la falta de aleta la convertirá en una apestada social?
Steven, no tengo ningún problema con las ratas.
No, no es un trauma infantil.
Steven, respeto a tu rata, es sólo que pienso que no sabes qué es lo mejor para ella.
Al diablo, Steven.
Ya sé que es una rata muy bien educada.
No estoy siendo negativo, Steven, es simplemente que no creo que sea una buena idea.
Mira, pienso en los sentimientos de la rata, veo a la rata. ¡Es una rata, maldita sea! No puede respirar bajo el agua. Eso no les gustaría a las lampreas.
Oh, soy un racista, claro, ahora me sales con eso.
Ya sé que has hablado con las lampreas y que les parece bien.
Pienso que las lampreas no tienen capacidad para decir la verdad. No hacen más que mentir y tener hijos.
Esto no tiene nada que ver con tus proyectos personales y tus ilusiones, Steven, no es una afrenta personal.
Por favor, te pido que no me amenaces con la aleta.
¿Dónde va a vivir, estúpido?
Ah, ya, la fuerza del amor os hará sobrevivir...
¿Han estudiado las lampreas asistencia social? ¡¿Han cuidado las lampreas de una rata?!
Creo que no me estás escuchando.
¡Una rata, Steven! ¿Has perdido el juicio?
Dioses, Steven, cuando te pones así no te soporto.
Ya sé que me va a oír, pero no pienso bajar la voz.
¡No estoy haciendo una escena!
Bien, empecemos de nuevo. Creo que podré hacerte entrar en razón.
¿Qué educación has pensado darle?
¿Crees que podrá ir con vosotros a hacer rabiar a las ballenas?
¿No entiendes que la falta de aleta la convertirá en una apestada social?
Steven, no tengo ningún problema con las ratas.
No, no es un trauma infantil.
Steven, respeto a tu rata, es sólo que pienso que no sabes qué es lo mejor para ella.
Al diablo, Steven.
Un encuentro (Diario del capitán Taparrabos)
Oh, Dioses, una vez conocí a un hombre cerca de los acantilados que para robarme la comida no cesaba de repetirme que tenía un mono de tres cabezas a mi espalda.
—Eh, detrás de ti. ¡Un mono de tres cabezas! Ahhhhhhhhh
Obviamente era un truco barato de piratas.
Lo que sí recuerdo es que lo torturamos un poco y luego nos cansamos de él. Lo dejamos que se marchara por el mar atado a un madero. Supongo que es una buena despedida. Francamente, aquí no tenemos cajas de bombones, y entiendo, como una regla natural en el corazón de los hombres —salvo por estos apestosos comehombres con los que cohabito—, que no le habría apetecido el hígado de un buzo.
Decía que iba a acabar con un villano que tenía nombre de ratón con graves vicios de apareamiento.
Diablos, era un tipo agradable. No sé por qué me he acordado de él.
Se llamaba Guybrush Threepwood, y decía que era pirata.
—Eh, detrás de ti. ¡Un mono de tres cabezas! Ahhhhhhhhh
Obviamente era un truco barato de piratas.
Lo que sí recuerdo es que lo torturamos un poco y luego nos cansamos de él. Lo dejamos que se marchara por el mar atado a un madero. Supongo que es una buena despedida. Francamente, aquí no tenemos cajas de bombones, y entiendo, como una regla natural en el corazón de los hombres —salvo por estos apestosos comehombres con los que cohabito—, que no le habría apetecido el hígado de un buzo.
Decía que iba a acabar con un villano que tenía nombre de ratón con graves vicios de apareamiento.
Diablos, era un tipo agradable. No sé por qué me he acordado de él.
Se llamaba Guybrush Threepwood, y decía que era pirata.
TOUR
Si los turistas estuvieran interesados en nosotros, ¿qué sería lo que podemos enseñar de todo esto que nos pertenece?
Yo podría hacer de guía para ellos. Se me da bien hacer de guía. De hecho, soy el único tipo que podría encontrar un liloth —animal que tradicionalmente adora mearse en las declaraciones de la renta e intentar devorar el relleno de las zapatillas de montar a caballo— a media tarde y con mucho viento. Sería un guía fenomenal, uno de esos que reparten folletos y hacen chistecitos sobre la lencería de la reina.
Jo, Jo, Jo... se dice que en esta urna Luis XV evacuaba su néctar real, y las doncellas echaban la mezcla a los estofados, faisanes y monjas a la brasa del castillo, y se relamían con gusto.
Jo, jo, jo... ¿Lo han cogido, eh? ¿Lo han cogido? ¡Luis XV!
Es cierto. Creo que podría desempeñar muy bien mi cometido.
Correría desnudo hasta el recodo de playa donde hubieran atracado los turistas, gritando como una ameba enloquecida de amor, y les diría:
Ustedes también pueden quitarse la ropa, amigos. Vamos, no sean tímidos, seguro que ahí debajo hay un buen material humano.
Supongo que debido a la imperante crisis matrimonial del mundo —donde las parejas se preguntan sobre la subida de acciones mientras hacen tostadas—, muchas de esas hermosas damas que vinieran a la isla comentarían algo a sus hombretones:
Oh, cariño, qué sano y educado parece tu amiguito de abajo.
Después, subiríamos hasta la cima del volcán. Por supuesto, les instaría a que guardaran sus quesos alemanes y demás productos de tipo lácteo a buen recaudo. Les hablaría sobre los volcanes alérgicos a la lactosa y el riesgo que conlleva el tener queso en las inmediaciones. Sería interesante, del mismo modo, hacer una visita a los sorbetuétanos. El jefe haría preciosos rituales con vísceras.
Supongo que también, al menos a alguno de ellos le gustaría sumergirse en el agua y dejar que pequeño Spielberg lo rodee con la aleta bien visible. Aunque, después de todo, convendría estudiar la viabilidad de esa atracción. No creo poder evitar que Pequeño Spielberg quiera practicar el sadismo.
Al llegar el atardecer, a modo de broche, todos nos abrazaríamos y besaríamos con profusión —y evitando intercambio de fluidos—, y diríamos cuánto han crecido los chicos, espero que tengáis dinero para pagar la universidad de Jail y no queda mantequilla de cacahuete en la nevera, ¡Dioses, diablos y prostitutas!
Todos podríamos disfrutar lanzando nuestra propia botella con mensaje —una factura, compra mantequilla, odio a tu madre con todo mi corazón— justo cuando el sol estuviera empezando a ponerse.
Lástima que haga cuarenta grados.
Voten al capitán, ¡y cocos les regalarán! Y recuerden los que ya lo hicieron, que todos los días tienen la oportunidad de repetir. No se considera trampa. Es más, yo les querría mucho si lo hicieran. Y dejaría que me invitaran a comer la peor especialidad culinaria de su madre.
¿Verdad que es un trato estupendo? Oigan, Hitler habría fusilado al gato si le hubieran dado de comer eso. Piensen que yo soy más amable, y que un voto favorecería que aumentara mi higiene personal. Sólo por si tengo que ir a casa de su madre, claro.
Yo podría hacer de guía para ellos. Se me da bien hacer de guía. De hecho, soy el único tipo que podría encontrar un liloth —animal que tradicionalmente adora mearse en las declaraciones de la renta e intentar devorar el relleno de las zapatillas de montar a caballo— a media tarde y con mucho viento. Sería un guía fenomenal, uno de esos que reparten folletos y hacen chistecitos sobre la lencería de la reina.
Jo, Jo, Jo... se dice que en esta urna Luis XV evacuaba su néctar real, y las doncellas echaban la mezcla a los estofados, faisanes y monjas a la brasa del castillo, y se relamían con gusto.
Jo, jo, jo... ¿Lo han cogido, eh? ¿Lo han cogido? ¡Luis XV!
Es cierto. Creo que podría desempeñar muy bien mi cometido.
Correría desnudo hasta el recodo de playa donde hubieran atracado los turistas, gritando como una ameba enloquecida de amor, y les diría:
Ustedes también pueden quitarse la ropa, amigos. Vamos, no sean tímidos, seguro que ahí debajo hay un buen material humano.
Supongo que debido a la imperante crisis matrimonial del mundo —donde las parejas se preguntan sobre la subida de acciones mientras hacen tostadas—, muchas de esas hermosas damas que vinieran a la isla comentarían algo a sus hombretones:
Oh, cariño, qué sano y educado parece tu amiguito de abajo.
Después, subiríamos hasta la cima del volcán. Por supuesto, les instaría a que guardaran sus quesos alemanes y demás productos de tipo lácteo a buen recaudo. Les hablaría sobre los volcanes alérgicos a la lactosa y el riesgo que conlleva el tener queso en las inmediaciones. Sería interesante, del mismo modo, hacer una visita a los sorbetuétanos. El jefe haría preciosos rituales con vísceras.
Supongo que también, al menos a alguno de ellos le gustaría sumergirse en el agua y dejar que pequeño Spielberg lo rodee con la aleta bien visible. Aunque, después de todo, convendría estudiar la viabilidad de esa atracción. No creo poder evitar que Pequeño Spielberg quiera practicar el sadismo.
Al llegar el atardecer, a modo de broche, todos nos abrazaríamos y besaríamos con profusión —y evitando intercambio de fluidos—, y diríamos cuánto han crecido los chicos, espero que tengáis dinero para pagar la universidad de Jail y no queda mantequilla de cacahuete en la nevera, ¡Dioses, diablos y prostitutas!
Todos podríamos disfrutar lanzando nuestra propia botella con mensaje —una factura, compra mantequilla, odio a tu madre con todo mi corazón— justo cuando el sol estuviera empezando a ponerse.
Lástima que haga cuarenta grados.
Voten al capitán, ¡y cocos les regalarán! Y recuerden los que ya lo hicieron, que todos los días tienen la oportunidad de repetir. No se considera trampa. Es más, yo les querría mucho si lo hicieran. Y dejaría que me invitaran a comer la peor especialidad culinaria de su madre.
¿Verdad que es un trato estupendo? Oigan, Hitler habría fusilado al gato si le hubieran dado de comer eso. Piensen que yo soy más amable, y que un voto favorecería que aumentara mi higiene personal. Sólo por si tengo que ir a casa de su madre, claro.
VISIONES
He visto en mis sueños al gran señor de los Cocos. El gran Hundalacteohim.
Era enorme como una eternidad, el gran maestro, y estaba cubierto de pelos enormes como troncos de palmera. De vez en cuando, en mi sueño, de su majestad manaban borbotones gigantescos —cascadas verdaderamente insondables para los humanos delgados como yo, arrepentidos de su ignorancia hortofrutícola— de su leche marca Coco´s Master Milk TM. .
Alabado sea el gran señor, aleluya, porque ha bendecido mis ensoñaciones con un dulce néctar de ballenas gordas y revistas de monjas.
¡Alabemos todos al señor de los cocos!
¡Temblad, paraguayas!
Lástima que me despertara solo.
Es cierto. He tenido poluciones nocturnas.
Vótenme. Les prepararía unas gachas si lo hicieran.
Era enorme como una eternidad, el gran maestro, y estaba cubierto de pelos enormes como troncos de palmera. De vez en cuando, en mi sueño, de su majestad manaban borbotones gigantescos —cascadas verdaderamente insondables para los humanos delgados como yo, arrepentidos de su ignorancia hortofrutícola— de su leche marca Coco´s Master Milk TM. .
Alabado sea el gran señor, aleluya, porque ha bendecido mis ensoñaciones con un dulce néctar de ballenas gordas y revistas de monjas.
¡Alabemos todos al señor de los cocos!
¡Temblad, paraguayas!
Lástima que me despertara solo.
Es cierto. He tenido poluciones nocturnas.
Vótenme. Les prepararía unas gachas si lo hicieran.
Petición
Los caníbales ya han manifestado sus condiciones. Si quiero que me voten en el concurso 20 Blogs de Vente Minutos, tendré que darles mi hígado -y puedo soportar desangrarme, pero no que lo cocinen con hierbecitas extrañas y lo chupeteen y paladeen como vulgares ancianitas sin dientes- así que se lo pido a ustedes: turistas, astronautas, recolectores de fieras, bailarinas, capitanes ebrios, náufragos, vendedoras de ligas...
Vótenme.
Aquí pueden hacerlo
Se me puede votar una vez al día, y no me sentiré agobiado, pero no me pidan que les esté eternamente agradecido, bastantes problemas tenemos aquí con el aburrimiento, como para encima regalarles a ustedes parte de mi eternidad.
En todo caso, les cederé un coco guapo para que lo cuelguen en su estanque, y pueden, si les apetece, presumir delante de sus hijos o introducirlo como juguetito en las prácticas nocturnas con su pareja.
Ustedes verán.
No me abandonen, yo nunca lo haría.
Mantengan a salvo sus nalgas de las bestias nocturnas, y que les sea leve.
Vótenme.
Aquí pueden hacerlo
Se me puede votar una vez al día, y no me sentiré agobiado, pero no me pidan que les esté eternamente agradecido, bastantes problemas tenemos aquí con el aburrimiento, como para encima regalarles a ustedes parte de mi eternidad.
En todo caso, les cederé un coco guapo para que lo cuelguen en su estanque, y pueden, si les apetece, presumir delante de sus hijos o introducirlo como juguetito en las prácticas nocturnas con su pareja.
Ustedes verán.
No me abandonen, yo nunca lo haría.
Mantengan a salvo sus nalgas de las bestias nocturnas, y que les sea leve.
La creación (Diario del Capitán Taparrabos)
Al amanecer, cuando todo esto está en silencio —en completa suspensión, quiero decir; si alguien eructara probablemente lo sentirían hasta las hormigas— he subido al peñón más alto de la isla. Ahí, uno se siente importante. De pronto, quién sabe por qué, me he puesto en pie, he extendido los brazos, y he comenzado a hablar.
Hágase la lluvia de meteoritos... Y he empezado a tirar piedras a la lejanía.
Adelante, gorilas... En ese momento parece como que les hayan entrado terribles necesidades de apareamiento —alguien tendría que haber visto cómo se agitaba la espesura y esos montones de alaridos que salían de la foresta—.
Vamos, ratas comehumanos... Y los masticanudillos han comenzado a poner las ollas a funcionar. Humo como estelas de cometas, olor a fritanga, y el incauto que escribe a su casa, a su madre, a sus hijos, portaos bien, haced caso a vuestra madre.
Cuando he sentido cierta sensación mañanera, he dicho: Hágase la lluvia
(Creo que no describiré ese proceder. Todo el mundo tiene imaginación, ¿no?)
Ya sé que mucha gente hubiera querido que me pusiera a fabricar preciosas figuras humanas que hablaran, y se aparearan, y un día sintieran que les apetece comerse una manzana verde, saltándose la cola del mercado y no pagando como las personas de pro, pero no es este el caso. Además, hubiera tenido que adaptarme a la dolorosa pérdida de una costilla, y no estoy preparado para arrancarme costillas. En caso de que alguien quiera verme haciendo una cosa tan impresionante como esa, que pague, y debería saber que aquí no tenemos cajeros automáticos (creo que no hemos formalizado relaciones con los bancos para obtener esa comodidad)
Finalmente, me he sentido con fuerzas para dejarme llevar.
He aquí la luz —he dicho—... Y se me ha encogido el corazón cuando unos tímidos rayos han asomado por el horizonte.
He visto un amanecer tan nuestro —luces tímidas que arriban por encima de las zonas verdes y reptan por el volcán, arrullándolo— que por un momento me he sentido como en los mejores días, con enormes filetes en la mesa, puros, y las nalgas de Trudy listas para ser pellizcadas.
Hágase la lluvia de meteoritos... Y he empezado a tirar piedras a la lejanía.
Adelante, gorilas... En ese momento parece como que les hayan entrado terribles necesidades de apareamiento —alguien tendría que haber visto cómo se agitaba la espesura y esos montones de alaridos que salían de la foresta—.
Vamos, ratas comehumanos... Y los masticanudillos han comenzado a poner las ollas a funcionar. Humo como estelas de cometas, olor a fritanga, y el incauto que escribe a su casa, a su madre, a sus hijos, portaos bien, haced caso a vuestra madre.
Cuando he sentido cierta sensación mañanera, he dicho: Hágase la lluvia
(Creo que no describiré ese proceder. Todo el mundo tiene imaginación, ¿no?)
Ya sé que mucha gente hubiera querido que me pusiera a fabricar preciosas figuras humanas que hablaran, y se aparearan, y un día sintieran que les apetece comerse una manzana verde, saltándose la cola del mercado y no pagando como las personas de pro, pero no es este el caso. Además, hubiera tenido que adaptarme a la dolorosa pérdida de una costilla, y no estoy preparado para arrancarme costillas. En caso de que alguien quiera verme haciendo una cosa tan impresionante como esa, que pague, y debería saber que aquí no tenemos cajeros automáticos (creo que no hemos formalizado relaciones con los bancos para obtener esa comodidad)
Finalmente, me he sentido con fuerzas para dejarme llevar.
He aquí la luz —he dicho—... Y se me ha encogido el corazón cuando unos tímidos rayos han asomado por el horizonte.
He visto un amanecer tan nuestro —luces tímidas que arriban por encima de las zonas verdes y reptan por el volcán, arrullándolo— que por un momento me he sentido como en los mejores días, con enormes filetes en la mesa, puros, y las nalgas de Trudy listas para ser pellizcadas.
Oh, Dioses (Diario del capitán taparrabos)
Oh, fantástico, esto empieza a desmadrarse. ¿Alguien me escucha? ¿Alguien en este maldito lugar sabe de lo que hablo? Esos malditos armadillos han invadido uno de los claros, hacia el noroeste y cruzando el lago sur.
Son peores que una tribu de amazonas en celo.
Peores...
Peores que un montón de ancianas arrancándose la piel a mordiscos por quién es la ganadora de la partida de bridge.
En realidad, creo que no he visto nunca una cosa como esta. Es como si de repente te dieras cuenta de que hay un montón de ojos pegados a tu espalda, es más, a tu nuca, como diciendo: mira, chico, vamos a torturarte en mitad de la noche, y gritarás, y pedirás que tu madre te arrope y te diga niño guapo, mi rey, cosita linda.
Ese maldito cerdo al que le rayé el caparazón los lidera, y veo en sus ojos al demonio, y estoy seguro —y creo que yo nunca estoy seguro de nada— de que van a ir por ahí secuestrando mujeres y haciendo que adoremos a su jefe. Y yo me imagino a ese armadillo gordo, y gigante, y con las patas llenas de anillos de oro, y a todos nosotros besándole los pies. ¡Y nos hará limpiarle el caparazón con la lengua!
Maldito sea, ni siquiera nos dejará un cepillo de dientes como en el servicio militar.
Aunque me imagino que ese cerdo y yo volveremos a encontrarnos algún día, en algún lugar de esta isla. Y entonces, sólo uno de nosotros quedará vivo.
—Voy a hacerme un plato de consomé con tu concha, bastardo.
Esto no ha hecho más que empezar.
Son peores que una tribu de amazonas en celo.
Peores...
Peores que un montón de ancianas arrancándose la piel a mordiscos por quién es la ganadora de la partida de bridge.
En realidad, creo que no he visto nunca una cosa como esta. Es como si de repente te dieras cuenta de que hay un montón de ojos pegados a tu espalda, es más, a tu nuca, como diciendo: mira, chico, vamos a torturarte en mitad de la noche, y gritarás, y pedirás que tu madre te arrope y te diga niño guapo, mi rey, cosita linda.
Ese maldito cerdo al que le rayé el caparazón los lidera, y veo en sus ojos al demonio, y estoy seguro —y creo que yo nunca estoy seguro de nada— de que van a ir por ahí secuestrando mujeres y haciendo que adoremos a su jefe. Y yo me imagino a ese armadillo gordo, y gigante, y con las patas llenas de anillos de oro, y a todos nosotros besándole los pies. ¡Y nos hará limpiarle el caparazón con la lengua!
Maldito sea, ni siquiera nos dejará un cepillo de dientes como en el servicio militar.
Aunque me imagino que ese cerdo y yo volveremos a encontrarnos algún día, en algún lugar de esta isla. Y entonces, sólo uno de nosotros quedará vivo.
—Voy a hacerme un plato de consomé con tu concha, bastardo.
Esto no ha hecho más que empezar.
Aquellos maravillosos interrogatorios (Diario del capitán Taparrabos)
A veces nos gusta someter a uno de esos buzos a un exhaustivo interrogatorio. Querríamos preguntarle sobre especies vegetales, especies animales y qué tipo de mayonesa usaba su madre para las ensaladas, pero si vemos que está tomando muestras de un coral, eso nos enfurece. Es el hecho de que vaya a catalogar el entorno de nuestra isla en algún museo, muy lejano a nosotros. Nos imaginamos a ese coral expuesto en una vitrina, con un cartelito que dice:
“Coralensis tuccano: la zona donde crece alberga habitantes muy desagradables. Huelen mal, peor alguien cocinando lombarda para cuatrocientos invitados”.
De modo que le apretamos las tuercas, sólo un poco, nada como para confesarse, lo prometo, o que tenga que preocuparle a un sacerdote. Pequeño Spielberg hace de poli bueno. Supongo que tiene ganas de arrancarle un brazo —el sol cae a plomo sobre nosotros, y solemos tener hambre—, pero se contiene.
—Así que te gusta jugar con los corales, ¿eh? —le digo—. Los corales son una cosa estupenda que produce la naturaleza, no está bien infravalorarlos.
Pequeño Spielberg hace como que intenta apartarme de allí, y eso parece tranquilizar a ese apestoso rastreafondos. Pero lo siguiente que hemos ensayado es que yo me crujo los nudillos —suenan peor que un cuchillo al ser afilado—. Ojalá tuviéramos un violín para hacer música tétrica.
—Tú eras uno de esos chicos que estudiaban de noche, ¿eh, pequeño bastardo? Seguro que ayudabas a tu abuela a rellenar los formularios del banco. Nos gustan ese tipo de chicos, ¿verdad, Steven? Los chicos como tú, que no traicionan a nadie. Porque tú no nos traicionarías, ¿me equivoco?
A veces, uno de esos buzos suplica por su vida. Algunos dicen que se dejaron el gas abierto, e imploran que les dejemos volver para enmendar el error, que harán que esta isla entre en los almanaques y las revistas de calvos con anillos. Dirán que aquí vive gente diligente, que paga sus facturas, aunque tarden mucho, mediante botellas cruzando el océano. Pequeño Spielberg tira de mí de nuevo, y en ese momento poso la mano, lentamente, en el hombro de uno de esos entrometidos.
—No, ¡por favor! ¡Por el amor del Señor! —gritan, haciendo muchos aspavientos— ¡No he terminado de pagar los plazos de la ortodoncia de mi hija!
Si no suplican mucho —el hecho de que imploren por su vida significa que, al menos, son gente que se lava los dientes y tira de la cadena— puedo llegar a enfadarme terriblemente. O bien elijo rascarme la entrepierna, o bien los exprimo un poco más:
—Oh, estoy seguro de que no lo volverás a hacer. Dime una cosa, apestoso pedo del espacio, ¿cuándo fue la última vez que probaste la sal?
Seguro que quieren contestarme que el médico les recomienda reposo y alimentos libres de sal, pero no les suele quedar mucho tiempo para contestar a esta última pregunta. Les arranco el tubo del oxígeno, e introduzco —dulcemente, lo prometo— su cabeza en el agua.
—Qué buenos tiempos de escuela, ¿verdad Steven? Una vez me hicieron aprenderme el orden de los arácnidos, de arriba abajo. Era, verdaderamente, una buena época, —me dirijo a ellos— ¿no te parece, limpiafondos? Pero de los reyes godos no me acuerdo. ¿Tú te acuerdas de los reyes godos?
Seguramente mucha gente no lo crea, pero hay algunos que los recitan enteros. Se nota que en el colegio ahora cultivan proporcionalmente las ciencias y el apasionante devenir histórico.
Esos chicos son muy aplicados.
Finalmente, me prometen que no lo volverán a hacer, y que cuando vuelvan a su hogar irán, inmediatamente, a solicitar una plaza vacante en el departamento de vendedores de enciclopedias.
—Pídele perdón al coral —les ordeno.
Y las burbujas en la superficie me indican que están lo suficientemente arrepentidos.
“Coralensis tuccano: la zona donde crece alberga habitantes muy desagradables. Huelen mal, peor alguien cocinando lombarda para cuatrocientos invitados”.
De modo que le apretamos las tuercas, sólo un poco, nada como para confesarse, lo prometo, o que tenga que preocuparle a un sacerdote. Pequeño Spielberg hace de poli bueno. Supongo que tiene ganas de arrancarle un brazo —el sol cae a plomo sobre nosotros, y solemos tener hambre—, pero se contiene.
—Así que te gusta jugar con los corales, ¿eh? —le digo—. Los corales son una cosa estupenda que produce la naturaleza, no está bien infravalorarlos.
Pequeño Spielberg hace como que intenta apartarme de allí, y eso parece tranquilizar a ese apestoso rastreafondos. Pero lo siguiente que hemos ensayado es que yo me crujo los nudillos —suenan peor que un cuchillo al ser afilado—. Ojalá tuviéramos un violín para hacer música tétrica.
—Tú eras uno de esos chicos que estudiaban de noche, ¿eh, pequeño bastardo? Seguro que ayudabas a tu abuela a rellenar los formularios del banco. Nos gustan ese tipo de chicos, ¿verdad, Steven? Los chicos como tú, que no traicionan a nadie. Porque tú no nos traicionarías, ¿me equivoco?
A veces, uno de esos buzos suplica por su vida. Algunos dicen que se dejaron el gas abierto, e imploran que les dejemos volver para enmendar el error, que harán que esta isla entre en los almanaques y las revistas de calvos con anillos. Dirán que aquí vive gente diligente, que paga sus facturas, aunque tarden mucho, mediante botellas cruzando el océano. Pequeño Spielberg tira de mí de nuevo, y en ese momento poso la mano, lentamente, en el hombro de uno de esos entrometidos.
—No, ¡por favor! ¡Por el amor del Señor! —gritan, haciendo muchos aspavientos— ¡No he terminado de pagar los plazos de la ortodoncia de mi hija!
Si no suplican mucho —el hecho de que imploren por su vida significa que, al menos, son gente que se lava los dientes y tira de la cadena— puedo llegar a enfadarme terriblemente. O bien elijo rascarme la entrepierna, o bien los exprimo un poco más:
—Oh, estoy seguro de que no lo volverás a hacer. Dime una cosa, apestoso pedo del espacio, ¿cuándo fue la última vez que probaste la sal?
Seguro que quieren contestarme que el médico les recomienda reposo y alimentos libres de sal, pero no les suele quedar mucho tiempo para contestar a esta última pregunta. Les arranco el tubo del oxígeno, e introduzco —dulcemente, lo prometo— su cabeza en el agua.
—Qué buenos tiempos de escuela, ¿verdad Steven? Una vez me hicieron aprenderme el orden de los arácnidos, de arriba abajo. Era, verdaderamente, una buena época, —me dirijo a ellos— ¿no te parece, limpiafondos? Pero de los reyes godos no me acuerdo. ¿Tú te acuerdas de los reyes godos?
Seguramente mucha gente no lo crea, pero hay algunos que los recitan enteros. Se nota que en el colegio ahora cultivan proporcionalmente las ciencias y el apasionante devenir histórico.
Esos chicos son muy aplicados.
Finalmente, me prometen que no lo volverán a hacer, y que cuando vuelvan a su hogar irán, inmediatamente, a solicitar una plaza vacante en el departamento de vendedores de enciclopedias.
—Pídele perdón al coral —les ordeno.
Y las burbujas en la superficie me indican que están lo suficientemente arrepentidos.
Indignación (diario del Capitán Taparrabos)
Hoy me sentí realmente molesto. Molesto es una palabra muy sutil, pensándolo bien. Fui a pasear a una de las calas, cerca de la cueva de la tortuga, y encontré una botella varada en la aren, muy cerca de las rocas. ¿Quién puede esperarse que lleguen botellas, aquí, de no se sabe dónde? Normalmente, uno acaba encontrando otro tipo de cosas. Cosas como, digamos, bikinis dados de sí, ojos de cristal con cataratas... Ah, recuerdo que una vez llegó un cadáver, pero lo volvimos a lanzar al mar porque no queríamos tener problemas con la justicia. Y en otra ocasión, arribó una gaviota manchada de petróleo, a la que dimos un entierro digno. Rezamos por sus hijos. También rezamos para que al patrón del petrolero le diera un infarto y no pudiera despedirse de nadie, o alguien le mordiera un testículo y no hubiera mercromina en el barco.
Pero no una maldita botella con una lista de la compra dentro. Incluso puedo aceptar que alguien escribiera algo como esto en el mensaje:
Oh, alabada sea la locura, porque sigo pensando en ti, mi ratita.
Por favor, si alguien lee este mensaje, manden un barco. Les ruego que lo llenen de botellas de whisky. Y si a alguien no le importa demasiado, que le diga a su mujer que embarque con la tripulación.
Cuando esto llegue a tus manos, paseante, yo probablemente estaré muerto. Eso no significa que no puedas organizarme un funeral, ¿lo comprendes?
Pero ese alguien decidió que era mejor meter una lista de la compra, que ahora reseño debidamente:
Dos cajas de pastillas para matar cucarachas.
Preservativos con forma de la Torre Eiffel.
Muchos palitos de cangrejo.
Cuchillo de jamón.
Ir a preguntar si tienen “No me tires de los callos que me despeino” en la librería.
Eso es básicamente lo que decía el mensaje. Luego, furiosomolesto —puede que esa palabra me valga— la he devuelto a las aguas.
Maldita sea, no somos una droguería
Pero no una maldita botella con una lista de la compra dentro. Incluso puedo aceptar que alguien escribiera algo como esto en el mensaje:
Oh, alabada sea la locura, porque sigo pensando en ti, mi ratita.
Por favor, si alguien lee este mensaje, manden un barco. Les ruego que lo llenen de botellas de whisky. Y si a alguien no le importa demasiado, que le diga a su mujer que embarque con la tripulación.
Cuando esto llegue a tus manos, paseante, yo probablemente estaré muerto. Eso no significa que no puedas organizarme un funeral, ¿lo comprendes?
Pero ese alguien decidió que era mejor meter una lista de la compra, que ahora reseño debidamente:
Dos cajas de pastillas para matar cucarachas.
Preservativos con forma de la Torre Eiffel.
Muchos palitos de cangrejo.
Cuchillo de jamón.
Ir a preguntar si tienen “No me tires de los callos que me despeino” en la librería.
Eso es básicamente lo que decía el mensaje. Luego, furiosomolesto —puede que esa palabra me valga— la he devuelto a las aguas.
Maldita sea, no somos una droguería
Secretos (diario del Capitán Taparrabos)
Creo que pequeño Spielberg empieza a padecer síntomas de depresión. Hoy no quiso comerse a una familia de bañistas. En otras circunstancias, primero los habría rodeado un rato para ponerlos nerviosos —incluso su aleta, cortando la superficie del agua, algunas veces me da escalofríos hasta a mí—, y luego sólo habrían quedado ridículos trozos de bañadores flotando en la superficie del agua. Pero hoy, pequeño Spielberg no ha podido hacer nada de eso.
¿En qué demonios estás pensando, Steven? Míralos, están bien alimentados. Tú sueñas con los turistas bien alimentados.
Él ha empezado a hablarme de los niños. Me dijo que si no pensaba en los niños. Dijo que nunca nadie se acordaba de ellos.
¡Esos pobres niños —ha recalcado—, yo no soy un hacedor de huérfanos!
Y luego ha dicho que echaba de menos a su madre, lo dura que es la infancia para un tiburón martillo, ser el maldito adoptado del arrecife. Me dice que recapacite en las cosas horribles que he hecho en la vida.
Creo que hay algo que pequeño Spielberg no me ha contado todavía.
¿En qué demonios estás pensando, Steven? Míralos, están bien alimentados. Tú sueñas con los turistas bien alimentados.
Él ha empezado a hablarme de los niños. Me dijo que si no pensaba en los niños. Dijo que nunca nadie se acordaba de ellos.
¡Esos pobres niños —ha recalcado—, yo no soy un hacedor de huérfanos!
Y luego ha dicho que echaba de menos a su madre, lo dura que es la infancia para un tiburón martillo, ser el maldito adoptado del arrecife. Me dice que recapacite en las cosas horribles que he hecho en la vida.
Creo que hay algo que pequeño Spielberg no me ha contado todavía.














