Pesadillas (diario del capitán taparrabos)
A veces sueño que estoy en mitad de una consulta. Me encuentro tumbado en un diván, completamente desnudo. Como no viene nadie, hago el ruido del armadillo en época de cópula y me divierto mirándome las uñas de los pies. Toda la habitación está a oscuras. Y de pronto, oigo la voz. Es Trudy que me habla:
—Oiga, ¿ha tirado usted de la cadena?
Y es horrible el modo en que Trudy me habla de usted. Yo le digo:
—No sé de qué me está hablando.
—Oh, claro que lo sabe —dice Trudy—. Había pelitos en la ducha, bastardo infecto
Y a veces, en mitad del sueño, puedo recordar que Trudy y yo nos peleábamos de una manera muy violenta por que yo no había tirado de la cadena, o porque ella había encontrado esa revista con modelos de lencería escondida en el armario de los cereales. Siento la mirada acusadora de Trudy, pero no se mueve. Sólo hay sombras a mi alrededor. Es algo muy extraño
—Tiene usted un despacho precioso —le digo, para romper el hielo.
—Tiene usted unas costillas y un aspecto famélico realmente sexual, querido —responde.
—Oh —le digo, y sé que me he ruborizado—, lo dice usted para camelarme.
Y no sé por qué me sale una risita de doncella parisina.
—Ummm... Creo que me estoy poniendo muy a tono... —dice Trudy.
Entonces, alguien enciende la luz, y yo me estremezco al ver esa cosa que me estaba hablando. No es ella.
—¡Oh, Dios mío!, ¿dónde estás, ma petit? —grito, y agito los brazos.
Es un coco el que me habla.
De pronto intento levantarme, pero noto que tengo las muñecas sujetas con correas. Y el coco se mueve hacia mí, lentamente. Cae a la alfombra, rueda. Creo oír la fricción de los pelos con la tarima. Poco a poco, lo noto mucho más cerca.
—No ha tirado usted de la cadena... —susurra.
Y entonces me despierto.
—Oiga, ¿ha tirado usted de la cadena?
Y es horrible el modo en que Trudy me habla de usted. Yo le digo:
—No sé de qué me está hablando.
—Oh, claro que lo sabe —dice Trudy—. Había pelitos en la ducha, bastardo infecto
Y a veces, en mitad del sueño, puedo recordar que Trudy y yo nos peleábamos de una manera muy violenta por que yo no había tirado de la cadena, o porque ella había encontrado esa revista con modelos de lencería escondida en el armario de los cereales. Siento la mirada acusadora de Trudy, pero no se mueve. Sólo hay sombras a mi alrededor. Es algo muy extraño
—Tiene usted un despacho precioso —le digo, para romper el hielo.
—Tiene usted unas costillas y un aspecto famélico realmente sexual, querido —responde.
—Oh —le digo, y sé que me he ruborizado—, lo dice usted para camelarme.
Y no sé por qué me sale una risita de doncella parisina.
—Ummm... Creo que me estoy poniendo muy a tono... —dice Trudy.
Entonces, alguien enciende la luz, y yo me estremezco al ver esa cosa que me estaba hablando. No es ella.
—¡Oh, Dios mío!, ¿dónde estás, ma petit? —grito, y agito los brazos.
Es un coco el que me habla.
De pronto intento levantarme, pero noto que tengo las muñecas sujetas con correas. Y el coco se mueve hacia mí, lentamente. Cae a la alfombra, rueda. Creo oír la fricción de los pelos con la tarima. Poco a poco, lo noto mucho más cerca.
—No ha tirado usted de la cadena... —susurra.
Y entonces me despierto.
Sobre la fama (diario del capitán taparrabos)
He estado pensando que necesito una frase propia, algo con gancho. Uno nunca quiere ponerse así de serio, pero he pensado que eso, sensatamente, me daría vierto vestigio de tipo duro. Eso se pega, estoy convencido. Si dices algo eminente todo el mundo te cede el asiento en los autobuses y las camareras te ponen doble ración de mayonesa, y te dicen: oh, su frase es tan hermosa... Suelo repetirla para mis adentros cuando saco a pasear al perro.
Como aquí no hay nada de eso, puede ser que simplemente esos bastardos de la parte norte que se comen a la gente me hagan un altar, ofrendas florales, algo así.
Pienso que debe ser algo así como esos tipos que dicen una gran cita completamente borrachos, y luego lo recuerda todo el mundo. Sus amigos la difunden, y dicen:
Oh, K, cómo era K. Qué gran tipo. Aprende lo que dijo.
Y K sale en todos los libros y le citan en un montón de tertulias.
Tu abuelo puede repetirlo en una cena. —Mi querido nieto, un hombre muy sabio, llamado K, decía...—. Y sólo le habías pedido ir a jugar a revolcarte en el recinto de arena del parque, mientras veías a tus amiguitos meterse arena en la boca; en ese lugar maravilloso donde otros pequeñuelos habían orinado. Pero es importante, porque sabes que un abuelo, al tener todas esas cosas que contar y esos ataques de gota —si es que tu abuelo tiene gota y no otra cosa— es algo así como un oso panda paseando en la Asociación Nacional del Rifle, en los Estados Unidos. Entonces, te dice lo de K, y vaya si uno le escucha.
Un repartidor de pizzas puede citar a ese hombre ya muerto si no le has dado suficiente propina.
Tu madre dice: mira lo que se le ocurrió a K. K fue un gran hombre que dijo lo siguiente. Entonces uno no puede replicarle a su propia madre que lo que dijo K no tiene nada que ver con la necesidad de acabarse la sopa del plato, y que tu odio hacia las zanahorias no cambiará. Así que lo tengo decidido.
Es hora de pasar a la historia.
Enfado (diario del capitán taparrabos)
He manifestado mi disconformidad a los caníbales de la zona norte por el asunto de la nueva dinámica de grupo. Lo explicaré detenidamente. Pero antes he de vigilar el contenido de mi zona anal —cuando un hombre cuenta historias mientras se baña en el río, puede asustar al público si a las sanguijuelas les apetece bailar la conga en mitad de su recto—. Mientras chapoteo, lo voy a contar.
Uno de esos salvajes, no hace demasiado, cogió la balsa y estuvo algo más de un mes fuera. Se marchó al amanecer vestido como un papagayo en celo —con esa cantidad de plumas que se colocan por todo el cuerpo para los rituales—. El tipo estaba llorando y dijo que había escuchado por ahí que existía un Dios, y quería comprobar si era comestible y si su hígado celestial se podía hervir con un poco de kubashi y costilla de anglomar. Le dije que estaba buscando un imposible. Me respondió que en su familia hubo una época en que se preciaban por tener grandes aventureros entre sus filas. Que su tío Mubashi una vez trajo un hígado encebollado de bartango —eso es notario en su lengua—, y que toda la tribu bailó desnuda durante un mes frente a esa cosa hasta que no pudieron soportar el olor.
Le he vuelto a repetir con voz de estanquero declamando a Shakespeare que sólo encontrará muerte, destrucción y autoservicios por todas partes.
El maldito volvió hoy con la balsa cargada de un montón de revistas pornográficas —mujeres delgadas, dios mío, de pechos hermosos como los de Trudy— y una botella de whiskey.
Preveo que eso será el fin y que la tribu entera se dará al etilismo.
“En qué estáis pensando”, le he dicho. “¿Qué será de la danza del torso mojado? ¿Quién bailará ahora en la cima del volcán con un corazón sanguinolento en las manos?
Los tiempos cambian; eso es lo que me ha respondido. Y ha añadido que la nouvelle cuisine es el futuro, y que si alguien en esta isla va a probar un pedacito de hígado, será bajo su supervisión.
Oh, cállate, le he dicho.
Y he ido a revolcarme un rato en el lago.
Uno de esos salvajes, no hace demasiado, cogió la balsa y estuvo algo más de un mes fuera. Se marchó al amanecer vestido como un papagayo en celo —con esa cantidad de plumas que se colocan por todo el cuerpo para los rituales—. El tipo estaba llorando y dijo que había escuchado por ahí que existía un Dios, y quería comprobar si era comestible y si su hígado celestial se podía hervir con un poco de kubashi y costilla de anglomar. Le dije que estaba buscando un imposible. Me respondió que en su familia hubo una época en que se preciaban por tener grandes aventureros entre sus filas. Que su tío Mubashi una vez trajo un hígado encebollado de bartango —eso es notario en su lengua—, y que toda la tribu bailó desnuda durante un mes frente a esa cosa hasta que no pudieron soportar el olor.
Le he vuelto a repetir con voz de estanquero declamando a Shakespeare que sólo encontrará muerte, destrucción y autoservicios por todas partes.
El maldito volvió hoy con la balsa cargada de un montón de revistas pornográficas —mujeres delgadas, dios mío, de pechos hermosos como los de Trudy— y una botella de whiskey.
Preveo que eso será el fin y que la tribu entera se dará al etilismo.
“En qué estáis pensando”, le he dicho. “¿Qué será de la danza del torso mojado? ¿Quién bailará ahora en la cima del volcán con un corazón sanguinolento en las manos?
Los tiempos cambian; eso es lo que me ha respondido. Y ha añadido que la nouvelle cuisine es el futuro, y que si alguien en esta isla va a probar un pedacito de hígado, será bajo su supervisión.
Oh, cállate, le he dicho.
Y he ido a revolcarme un rato en el lago.






