Fromage (diario del Capitán Taparrabos)
A mi querido Guybrush Threepwood
Una vez oí que se puede conseguir que un volcán entre en erupción con un poco de queso. El tipo que me habló de aquella curiosa reacción de la naturaleza es, realmente, alguien a quien no consigo recordar muy bien, pero lo que sí recuerdo es que me recomendó el parmesano encarecidamente.
—Dios mío, no te imaginas el milagro natural que puedes conseguir con un pequeño trozo de parmesano. Es... vaya, no creo que puedas hacerte una idea. ¡Puedes ganar un buen montón de pasta llamando a esos tipos de los noticiarios! ¡Y sólo has tenido que desalojar a tres o cuatro mil personas para conseguirlo! Creo que es un precio que se puede pagar, ¿no te parece?
Poco después me enteré de que aquel tipo había fundado una especie de orden religiosa, y se dedicaba a visitar un montón de islas exóticas y a realizar extraños y demoníacos rituales con trozos de cabrales, en esas cimas hermosas de los vergeles.
La eminente orden de los Volcanes Alérgicos a la Lactosa.
Creo que así era como se llamaba.
Oh, vaya, están entrándome unas ganas espantosas de subir ahí arriba a probar las teorías de aquel hombre. Podría... Podría ponerme a bailar desnudo en el borde si tuviera un trozo de camembert. Podría gritar:
—Pobres Mortales... La profecía se ha cumplido.
Me imagino que tendría que poner voz cavernosa y tener una iluminación adecuada para la cara.
¡Y reírme en la cara de esos malditos comehombres, mientras corro frente a ellos con el trozo de queso y les amenazo! Eso sería lo mejor de todo.
—¿Así que queréis un pedacito de mi bazo, eh, bastardos catahígados! No sabéis con quién estáis tratando. No tenéis la menor idea. Contemplad el poder del... ¡Camembert!
Y cuando haga eso, espero que se ponga a llover y que un rayo lo haga parecer muy pero que muy impresionante.
No tengo nada más que decir sobre estás ensoñaciones, así que, si alguien me disculpa, iré a mirar al horizonte a desear con todas mis fuerzas que un barco cargado de productos de importación se estrelle contra las rocas.
Ataque sorpresa (diario del capitán taparrabos)
Claro que mucha gente puede pensar que aquí nos pasamos el día tomando el sol, y en parte es cierto. Pero no todo es de color de rosa. Nada de eso.
Esta noche, a la salida de la luna, he sufrido una emboscada terrible. Juro que sólo estaba intentando coger unas flores para trenzármelas en la barba. Uno de esos apestosos salvajes nos ha contado que en una gran ciudad del sur ahora los hombres hacen eso: se quitan pelo por todo el cuerpo, o en mitad de la noche se embadurnan de crema, se ponen rodajas de pepino en los ojos, y ronronean de placer al hacerse calvas premeditadas en las cejas.
Metrototal, o un nombre parecido. Creo que así lo llaman.
De modo que he pensado: ¿Por qué no? Yo también podría depilarme.
Después he deducido que quizás eso no sería una buena idea, teniendo en cuenta que intentar afeitarse con una piedra volcánica no debe ser muy bueno para la salud. Por eso de ponerlo todo perdido de sangre, tengo entendido. Así que pensé que ponerme unas flores en la barba no estaría del todo mal.
—¿No es verdad, ángel de amor,
que en esta apartada orilla,
más tarde la luna brilla
y se respira mejor?
Creo recordar que he recitado esa estrofa mientras iba tranquilamente tomando mi paseo dominical. Maldita sea, sólo estaba intentando ser un poco culto. ¿Qué hay de malo en eso?
Y entonces ha ocurrido. De pronto, ha salido de la nada y se ha abalanzado sobre mí.
Ha sido un armadillo, un armadillo gigante.
Pudiera ser que tuviera los ojos inyectados en sangre y lanzara extraños gruñidos, del fondo mismo de su instinto comehombres honrados, aunque también pudiera ser que me lo esté inventando. O que sólo, al fin y al cabo, estuviera intentando aparearse conmigo.
^Pero cuando una bestia de cincuenta kilos se abalanza sobre ti, no queda mucho tiempo para la diplomacia. Uno se pone a pensar en el valor de la vida, en por qué no aceptó llevar la navaja suiza de papá a la excursión del colegio. Afortunadamente, cuando llevas mucho tiempo sin acicalarte como es debido, das gracias a Dios por que tus uñas de los pies corten más que un rascavidrios.
Allí estábamos: la bestia, el hombre, el encuentro definitivo de la evolución.
—Eh, rata de pantano —le he dicho—: eres tan feo que todo el mundo pagaría por verte en el circo.
—Riiiiijjjjjjjj ashshshshs gloglo rukkkkkkkk
—Luchas como una vaca...
—ghhhhhhhtaaaaaaaa.
Pero luego las palabras se han fundido con los gritos, y un poco más tarde esa cosa estaba rugiendo de veras y metiéndome una zarpa en el ojo. Y yo, al mismo tiempo, le rallaba la panza con las uñas. He intentado escribir:
“Soy un apestoso armadillo y nunca encontraré hembra”.
Aunque no sé si he conseguido terminar la frase.
Ante la igualdad física, nos hemos retirado a desangrarnos con dignidad, cada uno a un rincón del camino.
Más tarde, he amanecido en la choza, y uno de estos apestosos comehombres me ha dado un ungüento para las heridas. Me he tapado con la hoja de palmera, y con los ojos temblones, le he dicho a ese salvaje:
—Hay cosas... cosas terribles que salen en la oscuridad.
Esta noche, a la salida de la luna, he sufrido una emboscada terrible. Juro que sólo estaba intentando coger unas flores para trenzármelas en la barba. Uno de esos apestosos salvajes nos ha contado que en una gran ciudad del sur ahora los hombres hacen eso: se quitan pelo por todo el cuerpo, o en mitad de la noche se embadurnan de crema, se ponen rodajas de pepino en los ojos, y ronronean de placer al hacerse calvas premeditadas en las cejas.
Metrototal, o un nombre parecido. Creo que así lo llaman.
De modo que he pensado: ¿Por qué no? Yo también podría depilarme.
Después he deducido que quizás eso no sería una buena idea, teniendo en cuenta que intentar afeitarse con una piedra volcánica no debe ser muy bueno para la salud. Por eso de ponerlo todo perdido de sangre, tengo entendido. Así que pensé que ponerme unas flores en la barba no estaría del todo mal.
—¿No es verdad, ángel de amor,
que en esta apartada orilla,
más tarde la luna brilla
y se respira mejor?
Creo recordar que he recitado esa estrofa mientras iba tranquilamente tomando mi paseo dominical. Maldita sea, sólo estaba intentando ser un poco culto. ¿Qué hay de malo en eso?
Y entonces ha ocurrido. De pronto, ha salido de la nada y se ha abalanzado sobre mí.
Ha sido un armadillo, un armadillo gigante.
Pudiera ser que tuviera los ojos inyectados en sangre y lanzara extraños gruñidos, del fondo mismo de su instinto comehombres honrados, aunque también pudiera ser que me lo esté inventando. O que sólo, al fin y al cabo, estuviera intentando aparearse conmigo.
^Pero cuando una bestia de cincuenta kilos se abalanza sobre ti, no queda mucho tiempo para la diplomacia. Uno se pone a pensar en el valor de la vida, en por qué no aceptó llevar la navaja suiza de papá a la excursión del colegio. Afortunadamente, cuando llevas mucho tiempo sin acicalarte como es debido, das gracias a Dios por que tus uñas de los pies corten más que un rascavidrios.
Allí estábamos: la bestia, el hombre, el encuentro definitivo de la evolución.
—Eh, rata de pantano —le he dicho—: eres tan feo que todo el mundo pagaría por verte en el circo.
—Riiiiijjjjjjjj ashshshshs gloglo rukkkkkkkk
—Luchas como una vaca...
—ghhhhhhhtaaaaaaaa.
Pero luego las palabras se han fundido con los gritos, y un poco más tarde esa cosa estaba rugiendo de veras y metiéndome una zarpa en el ojo. Y yo, al mismo tiempo, le rallaba la panza con las uñas. He intentado escribir:
“Soy un apestoso armadillo y nunca encontraré hembra”.
Aunque no sé si he conseguido terminar la frase.
Ante la igualdad física, nos hemos retirado a desangrarnos con dignidad, cada uno a un rincón del camino.
Más tarde, he amanecido en la choza, y uno de estos apestosos comehombres me ha dado un ungüento para las heridas. Me he tapado con la hoja de palmera, y con los ojos temblones, le he dicho a ese salvaje:
—Hay cosas... cosas terribles que salen en la oscuridad.
Recuerdos (diario del capitán taparrabos)
Algunas veces estos tíos me caen bien, pero no es algo que se pueda explicar fácilmente. Quiero decir que se comen a la gente, y eso parece muy horrible al principio —porque los buzos, como todos, gritan cuando los meten en la olla con alguna planta aromática en la boca, y a uno se le encoge el estómago—, pero, después de todo, aquí todos estamos un poco solos. Esta es nuestra isla, así que supongo que nadie puede decir nada sobre eso, porque nunca estuvo aquí llenándose los huesos de aire tropical y pensando en qué habrá más allá. ¿Más allá de donde? Y no se encuentra la palabra, de veras que no.
Solos y rodeados de palmeras. Nadie sabe lo que es intentar entablar una conversación con un cocodrilo sobre una antigua letra que pagaste, porque esos bichos tienen hambre, y se les nublan los ojos y entonces ni un buen doctor puede hacerles entrar en razón para que se moderen un poco al intentar arrancarte la cabeza.
¿Qué es lo que ocurre en el mundo?
Le preguntamos al tiempo cuando morirá, y eso es todo.
Y a veces miramos al cielo e imaginamos formas en las nubes, como todo el mundo, o hablamos en sueños. En eso consiste todo, eso es todo lo que es. Uno se pone a nombrar muebles de caoba, plazas llenas de luz, o aquella revista pornográfica que compró e hizo que la lluvia mojara un poco menos. Y eso es todo lo que podemos hacer, así que no queremos a nadie moviendo la boca. Vaya si sabemos que es duro, terriblemente duro.
Así que algunas veces, por una íntima lógica de los hombres ahogados, nos juntamos en la orilla de la playa, echamos nuestros cuerpos al sol, cruzamos los brazos, y entonces esperamos. Allí, en esta isla nuestra que sólo nos habla a veces. Somos hombres tumbados, eso puede hacerlo todo el mundo, pero no como nosotros. No podemos arreglar el mundo porque no sabemos lo que pasa en él, pero podemos mirar las nubes.
Eso es todo. Las plantas, algún rugido en mitad de la noche, un pez que sabe bien en la hoguera, y nosotros. Eso es todo.
Hombres tumbados que miran las nubes, y se entienden, se miran los labios, y no necesitan decir nada para saber que se ha borrado la vida anterior, y sólo queda esta, y las nubes, el sol sobre los cuerpos, y las barbas.
Entonces alguien dice, con voz queda, en su idioma:
Mirad, ésa se parece a una mujer.
La de más allá, al gran Dios Kajún.
Ésa es como la lava solidificada del volcán.
Aquí estamos nosotros, tumbados en la arena.
Somos la isla, y vivimos, respiramos, y a veces, sabemos que esto es lo único que podemos amar.
Tres caníbales y un hombre, mirando las nubes.
Eso es todo.
Y a veces, es hermoso.
Solos y rodeados de palmeras. Nadie sabe lo que es intentar entablar una conversación con un cocodrilo sobre una antigua letra que pagaste, porque esos bichos tienen hambre, y se les nublan los ojos y entonces ni un buen doctor puede hacerles entrar en razón para que se moderen un poco al intentar arrancarte la cabeza.
¿Qué es lo que ocurre en el mundo?
Le preguntamos al tiempo cuando morirá, y eso es todo.
Y a veces miramos al cielo e imaginamos formas en las nubes, como todo el mundo, o hablamos en sueños. En eso consiste todo, eso es todo lo que es. Uno se pone a nombrar muebles de caoba, plazas llenas de luz, o aquella revista pornográfica que compró e hizo que la lluvia mojara un poco menos. Y eso es todo lo que podemos hacer, así que no queremos a nadie moviendo la boca. Vaya si sabemos que es duro, terriblemente duro.
Así que algunas veces, por una íntima lógica de los hombres ahogados, nos juntamos en la orilla de la playa, echamos nuestros cuerpos al sol, cruzamos los brazos, y entonces esperamos. Allí, en esta isla nuestra que sólo nos habla a veces. Somos hombres tumbados, eso puede hacerlo todo el mundo, pero no como nosotros. No podemos arreglar el mundo porque no sabemos lo que pasa en él, pero podemos mirar las nubes.
Eso es todo. Las plantas, algún rugido en mitad de la noche, un pez que sabe bien en la hoguera, y nosotros. Eso es todo.
Hombres tumbados que miran las nubes, y se entienden, se miran los labios, y no necesitan decir nada para saber que se ha borrado la vida anterior, y sólo queda esta, y las nubes, el sol sobre los cuerpos, y las barbas.
Entonces alguien dice, con voz queda, en su idioma:
Mirad, ésa se parece a una mujer.
La de más allá, al gran Dios Kajún.
Ésa es como la lava solidificada del volcán.
Aquí estamos nosotros, tumbados en la arena.
Somos la isla, y vivimos, respiramos, y a veces, sabemos que esto es lo único que podemos amar.
Tres caníbales y un hombre, mirando las nubes.
Eso es todo.
Y a veces, es hermoso.






