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A una isla desierta
Ningún hombre es una isla, pero yo sí.
Acerca de
La verdad es que he caído aquí, y no está mal. Llegué agarrado a un madero. También sirve para descolgar los cocos, atizar en la cabeza a pequeño Spielberg, bailar la danza del torso mojado, osea, que es la mejor demostración de multiutilidad que conozco. Algunos dirían que la dieta de la isla me proporciona el aspecto de un somalí. Un costillar bien marcado es atractivo, después de todo. Y no tengo nada más que decir sobre eso.
Sindicación
 
Oh, Dioses (Diario del capitán taparrabos)
Oh, fantástico, esto empieza a desmadrarse. ¿Alguien me escucha? ¿Alguien en este maldito lugar sabe de lo que hablo? Esos malditos armadillos han invadido uno de los claros, hacia el noroeste y cruzando el lago sur.
Son peores que una tribu de amazonas en celo.
Peores...
Peores que un montón de ancianas arrancándose la piel a mordiscos por quién es la ganadora de la partida de bridge.
En realidad, creo que no he visto nunca una cosa como esta. Es como si de repente te dieras cuenta de que hay un montón de ojos pegados a tu espalda, es más, a tu nuca, como diciendo: mira, chico, vamos a torturarte en mitad de la noche, y gritarás, y pedirás que tu madre te arrope y te diga niño guapo, mi rey, cosita linda.
Ese maldito cerdo al que le rayé el caparazón los lidera, y veo en sus ojos al demonio, y estoy seguro —y creo que yo nunca estoy seguro de nada— de que van a ir por ahí secuestrando mujeres y haciendo que adoremos a su jefe. Y yo me imagino a ese armadillo gordo, y gigante, y con las patas llenas de anillos de oro, y a todos nosotros besándole los pies. ¡Y nos hará limpiarle el caparazón con la lengua!
Maldito sea, ni siquiera nos dejará un cepillo de dientes como en el servicio militar.
Aunque me imagino que ese cerdo y yo volveremos a encontrarnos algún día, en algún lugar de esta isla. Y entonces, sólo uno de nosotros quedará vivo.
—Voy a hacerme un plato de consomé con tu concha, bastardo.
Esto no ha hecho más que empezar.

 
Aquellos maravillosos interrogatorios (Diario del capitán Taparrabos)
A veces nos gusta someter a uno de esos buzos a un exhaustivo interrogatorio. Querríamos preguntarle sobre especies vegetales, especies animales y qué tipo de mayonesa usaba su madre para las ensaladas, pero si vemos que está tomando muestras de un coral, eso nos enfurece. Es el hecho de que vaya a catalogar el entorno de nuestra isla en algún museo, muy lejano a nosotros. Nos imaginamos a ese coral expuesto en una vitrina, con un cartelito que dice:

“Coralensis tuccano: la zona donde crece alberga habitantes muy desagradables. Huelen mal, peor alguien cocinando lombarda para cuatrocientos invitados”.

De modo que le apretamos las tuercas, sólo un poco, nada como para confesarse, lo prometo, o que tenga que preocuparle a un sacerdote. Pequeño Spielberg hace de poli bueno. Supongo que tiene ganas de arrancarle un brazo —el sol cae a plomo sobre nosotros, y solemos tener hambre—, pero se contiene.
—Así que te gusta jugar con los corales, ¿eh? —le digo—. Los corales son una cosa estupenda que produce la naturaleza, no está bien infravalorarlos.
Pequeño Spielberg hace como que intenta apartarme de allí, y eso parece tranquilizar a ese apestoso rastreafondos. Pero lo siguiente que hemos ensayado es que yo me crujo los nudillos —suenan peor que un cuchillo al ser afilado—. Ojalá tuviéramos un violín para hacer música tétrica.
—Tú eras uno de esos chicos que estudiaban de noche, ¿eh, pequeño bastardo? Seguro que ayudabas a tu abuela a rellenar los formularios del banco. Nos gustan ese tipo de chicos, ¿verdad, Steven? Los chicos como tú, que no traicionan a nadie. Porque tú no nos traicionarías, ¿me equivoco?
A veces, uno de esos buzos suplica por su vida. Algunos dicen que se dejaron el gas abierto, e imploran que les dejemos volver para enmendar el error, que harán que esta isla entre en los almanaques y las revistas de calvos con anillos. Dirán que aquí vive gente diligente, que paga sus facturas, aunque tarden mucho, mediante botellas cruzando el océano. Pequeño Spielberg tira de mí de nuevo, y en ese momento poso la mano, lentamente, en el hombro de uno de esos entrometidos.
—No, ¡por favor! ¡Por el amor del Señor! —gritan, haciendo muchos aspavientos— ¡No he terminado de pagar los plazos de la ortodoncia de mi hija!
Si no suplican mucho —el hecho de que imploren por su vida significa que, al menos, son gente que se lava los dientes y tira de la cadena— puedo llegar a enfadarme terriblemente. O bien elijo rascarme la entrepierna, o bien los exprimo un poco más:
—Oh, estoy seguro de que no lo volverás a hacer. Dime una cosa, apestoso pedo del espacio, ¿cuándo fue la última vez que probaste la sal?
Seguro que quieren contestarme que el médico les recomienda reposo y alimentos libres de sal, pero no les suele quedar mucho tiempo para contestar a esta última pregunta. Les arranco el tubo del oxígeno, e introduzco —dulcemente, lo prometo— su cabeza en el agua.
—Qué buenos tiempos de escuela, ¿verdad Steven? Una vez me hicieron aprenderme el orden de los arácnidos, de arriba abajo. Era, verdaderamente, una buena época, —me dirijo a ellos— ¿no te parece, limpiafondos? Pero de los reyes godos no me acuerdo. ¿Tú te acuerdas de los reyes godos?
Seguramente mucha gente no lo crea, pero hay algunos que los recitan enteros. Se nota que en el colegio ahora cultivan proporcionalmente las ciencias y el apasionante devenir histórico.
Esos chicos son muy aplicados.
Finalmente, me prometen que no lo volverán a hacer, y que cuando vuelvan a su hogar irán, inmediatamente, a solicitar una plaza vacante en el departamento de vendedores de enciclopedias.
—Pídele perdón al coral —les ordeno.
Y las burbujas en la superficie me indican que están lo suficientemente arrepentidos.
 
Indignación (diario del Capitán Taparrabos)
Hoy me sentí realmente molesto. Molesto es una palabra muy sutil, pensándolo bien. Fui a pasear a una de las calas, cerca de la cueva de la tortuga, y encontré una botella varada en la aren, muy cerca de las rocas. ¿Quién puede esperarse que lleguen botellas, aquí, de no se sabe dónde? Normalmente, uno acaba encontrando otro tipo de cosas. Cosas como, digamos, bikinis dados de sí, ojos de cristal con cataratas... Ah, recuerdo que una vez llegó un cadáver, pero lo volvimos a lanzar al mar porque no queríamos tener problemas con la justicia. Y en otra ocasión, arribó una gaviota manchada de petróleo, a la que dimos un entierro digno. Rezamos por sus hijos. También rezamos para que al patrón del petrolero le diera un infarto y no pudiera despedirse de nadie, o alguien le mordiera un testículo y no hubiera mercromina en el barco.
Pero no una maldita botella con una lista de la compra dentro. Incluso puedo aceptar que alguien escribiera algo como esto en el mensaje:

Oh, alabada sea la locura, porque sigo pensando en ti, mi ratita.

Por favor, si alguien lee este mensaje, manden un barco. Les ruego que lo llenen de botellas de whisky. Y si a alguien no le importa demasiado, que le diga a su mujer que embarque con la tripulación.

Cuando esto llegue a tus manos, paseante, yo probablemente estaré muerto. Eso no significa que no puedas organizarme un funeral, ¿lo comprendes?


Pero ese alguien decidió que era mejor meter una lista de la compra, que ahora reseño debidamente:

Dos cajas de pastillas para matar cucarachas.
Preservativos con forma de la Torre Eiffel.
Muchos palitos de cangrejo.
Cuchillo de jamón.
Ir a preguntar si tienen “No me tires de los callos que me despeino” en la librería.

Eso es básicamente lo que decía el mensaje. Luego, furiosomolesto —puede que esa palabra me valga— la he devuelto a las aguas.
Maldita sea, no somos una droguería
 
Secretos (diario del Capitán Taparrabos)
Creo que pequeño Spielberg empieza a padecer síntomas de depresión. Hoy no quiso comerse a una familia de bañistas. En otras circunstancias, primero los habría rodeado un rato para ponerlos nerviosos —incluso su aleta, cortando la superficie del agua, algunas veces me da escalofríos hasta a mí—, y luego sólo habrían quedado ridículos trozos de bañadores flotando en la superficie del agua. Pero hoy, pequeño Spielberg no ha podido hacer nada de eso.
¿En qué demonios estás pensando, Steven? Míralos, están bien alimentados. Tú sueñas con los turistas bien alimentados.
Él ha empezado a hablarme de los niños. Me dijo que si no pensaba en los niños. Dijo que nunca nadie se acordaba de ellos.
¡Esos pobres niños —ha recalcado—, yo no soy un hacedor de huérfanos!
Y luego ha dicho que echaba de menos a su madre, lo dura que es la infancia para un tiburón martillo, ser el maldito adoptado del arrecife. Me dice que recapacite en las cosas horribles que he hecho en la vida.
Creo que hay algo que pequeño Spielberg no me ha contado todavía.