No me pises que llevo chanclas
Hace catorce días que pensé podría volver a mecer en su cuna el hacha de guerra, pero no. Una vez más el viento comenzó a soplar abrazándome con ráfagas que cortan la respiración y encogen hasta las más inmersas entrañas haciendo que tropiece, caiga y desespere.
Cuando aquella niña aún inocente e ilusa entró cierto recreo matutino y se sentó con toda inquietud en las incómodas butacas del salón de actos esperando a que aquel extraño hombre, que decían fumaba y a la vez celebrara eucaristías, aclarase el porqué de esa reunión, juro que no existe vulgar humano que pudiese imaginar lo que esperaba.
No sé si por doquier, por suerte, por desgracia o sencillamente porque sí, esa reunión con aquellas fotos, pañoletas de colores y relatos de experiencias ya vividas provocó que algo que yo creía muerto volviese a vivir. Eso que algunos llaman fe, otros ilusión, otros pasatiempos y a lo que yo, en este nimio instante, tengo el placer de poder calificar como Vida.
Una Vida que cada noche baila tangos con la soledad y al amanecer se desliza al son de una guitarra que ilumina un nuevo camino. Pero no estoy sola, me siento observada por vestir los harapos de ilusión y amor que me abrigan en los gélidos días de invierno y calzar esas chanclas de cuero desgastadas por tantos cruces mal dirigidos y épocas en las que mis pies se arrastran.
El mundo me mira, me señala y se aparta de mí como si de un enfermo terminal se tratase. No sé si porque las agujas de mi reloj avanzan ahora más deprisa o si porque mi paso va ralentizándose con el paso del tiempo, de las experiencias y de los atascos.
Aunque yo llevo orgullosa esas chanclas de piel y cuerdas que me identifican como joven católica, comprometida y vicenciana, siento que me hundo en los fangos de la sociedad mirando hacia arriba esperando a que alguien venga a salvarme como aquella niña ilusa que hace años se sentó en la butaca del colegio pensando que jamás iría a ese campamento…
Cuando aquella niña aún inocente e ilusa entró cierto recreo matutino y se sentó con toda inquietud en las incómodas butacas del salón de actos esperando a que aquel extraño hombre, que decían fumaba y a la vez celebrara eucaristías, aclarase el porqué de esa reunión, juro que no existe vulgar humano que pudiese imaginar lo que esperaba.
No sé si por doquier, por suerte, por desgracia o sencillamente porque sí, esa reunión con aquellas fotos, pañoletas de colores y relatos de experiencias ya vividas provocó que algo que yo creía muerto volviese a vivir. Eso que algunos llaman fe, otros ilusión, otros pasatiempos y a lo que yo, en este nimio instante, tengo el placer de poder calificar como Vida.
Una Vida que cada noche baila tangos con la soledad y al amanecer se desliza al son de una guitarra que ilumina un nuevo camino. Pero no estoy sola, me siento observada por vestir los harapos de ilusión y amor que me abrigan en los gélidos días de invierno y calzar esas chanclas de cuero desgastadas por tantos cruces mal dirigidos y épocas en las que mis pies se arrastran.
El mundo me mira, me señala y se aparta de mí como si de un enfermo terminal se tratase. No sé si porque las agujas de mi reloj avanzan ahora más deprisa o si porque mi paso va ralentizándose con el paso del tiempo, de las experiencias y de los atascos.
Aunque yo llevo orgullosa esas chanclas de piel y cuerdas que me identifican como joven católica, comprometida y vicenciana, siento que me hundo en los fangos de la sociedad mirando hacia arriba esperando a que alguien venga a salvarme como aquella niña ilusa que hace años se sentó en la butaca del colegio pensando que jamás iría a ese campamento…
Ibuprofeno, por favor
El último programa de Ana Rosa Quintana, el primer día del fin de semana festivo conmemorativo al 25 aniversario de juventudes y la continuación de mi extensa, prolongada y fortuita amargura.
Cuando Lorenzo comienza a disfrazar el día de un empalagoso romanticismo y su título de Astro Rey es bastante cuestionable, y las parejas ya imaginan el polvo que les echaran a sus respectivos cónyuges cuando dentro de cinco minutos lleguen a casa, me decido a abrir el cesto de ropa sucia, colocarme unos pantalones color nieve dormida sobre el arcén (que quisieron ser modernos cuando aún eran patrón) y, llavero JMV en mano, salgo hacia la tienda de lencería.
Por las calles siguen paseándose esos rostros desencajados por la madre rutina cuyos centros son unos ojos a medio abrir que gritan llamadas de socorro.
Un par de tangas que tardaré en estrenar, debido a que a mi espejo desde hace tiempo se le antoja reflejar mi joven silueta deformada en una 95 de pecho, una 44 de pantalón y unas piernas abrazadas por una más que dominante celulitis, y no el tópico 90-60-90 que tanto soñé en aquellas noches en las que el sueño no me rehuía y eran algo más que 8 horas acumuladas, en vela, son mi única compañía al regreso.
Y… ¿por qué no? ¡Qué más dará el que mañana haya en mi armario un pantalón más cuyo botón no quiera sumergirse en el plácido regazo de su ojal! Me paro en el súper: tableta de milka (con su oferta, +25% gratis y barrita de milka lufflé, para más joder), nestlé capuchino (imprescindible) y de postres, un par de dalkys.
Al llegar a casa rindo un homenaje a lo que alguien un día denominó grasas, dulces y engordar y, como no, indiscutiblemente, a la fábrica Clinex, mi fiel compañía desde que decidiste convertirme en un puñado de heridas.
Peor a este banquete le falta algo, esta soso. No quiero degustarlo tirada en pelotas encima de mi cama (para volver a hundirme, donde nadie jamás a llegado, en el instante en que miro) con la nimia compañía que pueden ofrecerme unas cuantas lágrimas, que me escuecen como el alcohol, que se adueñan de mis mejillas cual tobogán de Aqua Park
No pido unas manos masculinas que lo único que busquen sea el desvío hacia la autopista que conduce al paraíso de mis voluminosos senos, ni esas fraternales que te secan las lágrimas por mera compasión.
Quiero esas manos que algún día (¡qué lejano se me antoja ahora!) tuve cerca pero que alguien me arrebató. Unas manos que me dominen, me dirijan y me hagan sentirme algo más que un trozo de carne con piernas que llora en cada esquina…
¿Dónde volaron? Devuélveme aquel mapa en el que nuestra complicidad y la pasión reprimida invadían mi todo y me conducían con los ojos tapados por mi puta ingenuidad hacia ti.
O si eso es ya algo imposible, heme aquí, dime por qué te fuiste, por qué te eché de mi lado, por qué estoy sola aún cuando tanta gente está abrazándome. Dime, ¿qué te llevaste de mí y no me piensas devolver? ¡Por qué!
Cuando Lorenzo comienza a disfrazar el día de un empalagoso romanticismo y su título de Astro Rey es bastante cuestionable, y las parejas ya imaginan el polvo que les echaran a sus respectivos cónyuges cuando dentro de cinco minutos lleguen a casa, me decido a abrir el cesto de ropa sucia, colocarme unos pantalones color nieve dormida sobre el arcén (que quisieron ser modernos cuando aún eran patrón) y, llavero JMV en mano, salgo hacia la tienda de lencería.
Por las calles siguen paseándose esos rostros desencajados por la madre rutina cuyos centros son unos ojos a medio abrir que gritan llamadas de socorro.
Un par de tangas que tardaré en estrenar, debido a que a mi espejo desde hace tiempo se le antoja reflejar mi joven silueta deformada en una 95 de pecho, una 44 de pantalón y unas piernas abrazadas por una más que dominante celulitis, y no el tópico 90-60-90 que tanto soñé en aquellas noches en las que el sueño no me rehuía y eran algo más que 8 horas acumuladas, en vela, son mi única compañía al regreso.
Y… ¿por qué no? ¡Qué más dará el que mañana haya en mi armario un pantalón más cuyo botón no quiera sumergirse en el plácido regazo de su ojal! Me paro en el súper: tableta de milka (con su oferta, +25% gratis y barrita de milka lufflé, para más joder), nestlé capuchino (imprescindible) y de postres, un par de dalkys.
Al llegar a casa rindo un homenaje a lo que alguien un día denominó grasas, dulces y engordar y, como no, indiscutiblemente, a la fábrica Clinex, mi fiel compañía desde que decidiste convertirme en un puñado de heridas.
Peor a este banquete le falta algo, esta soso. No quiero degustarlo tirada en pelotas encima de mi cama (para volver a hundirme, donde nadie jamás a llegado, en el instante en que miro) con la nimia compañía que pueden ofrecerme unas cuantas lágrimas, que me escuecen como el alcohol, que se adueñan de mis mejillas cual tobogán de Aqua Park
No pido unas manos masculinas que lo único que busquen sea el desvío hacia la autopista que conduce al paraíso de mis voluminosos senos, ni esas fraternales que te secan las lágrimas por mera compasión.
Quiero esas manos que algún día (¡qué lejano se me antoja ahora!) tuve cerca pero que alguien me arrebató. Unas manos que me dominen, me dirijan y me hagan sentirme algo más que un trozo de carne con piernas que llora en cada esquina…
¿Dónde volaron? Devuélveme aquel mapa en el que nuestra complicidad y la pasión reprimida invadían mi todo y me conducían con los ojos tapados por mi puta ingenuidad hacia ti.
O si eso es ya algo imposible, heme aquí, dime por qué te fuiste, por qué te eché de mi lado, por qué estoy sola aún cuando tanta gente está abrazándome. Dime, ¿qué te llevaste de mí y no me piensas devolver? ¡Por qué!