El ritual del desayuno. Tres mosqueteros de nuestro tiempo
Hasta que no empecé a desayunar con ellos, nunca jamás en la vida se me hubiese podido pasar por la imaginación que un simple desayuno tuviese tanta historia. Bueno, es que los participantes de este desayuno. No son cualquier cosa, no son gente corriente. Igual alguien está pensando que son simplemente tres funcionarios de una universidad publica cualquiera. Nada mas lejos de la realidad,. cuando yo los conocí, ya eran una “institución”. Desde mi particular punto de vista son, simplemente como ese poema de Bertold Brech que dice….
“Hay hombres que luchan un día y son buenos
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay los que luchan muchos años y son muy buenos,
Pero hay los que luchan toda la vida,
Esos son los imprescindibles.
Ellos forman parte de esa clase de hombres que luchan toda la vida, de los imprescindibles. Hay que reconocer que están hechos de otra pasta y se pasan el santo día luchando. Hay días que luchan, simplemente, para que sus legítimas no les coman mucho el terreno. Otros luchan para intentar mejorar lo que les rodea. Tienen una visión muy particular de lo sucede a su alrededor y defienden sus principios y su filosofía de vida, a capa y espada como tres buenos Mosqueteros. Por que es así como yo los veo, como tres Mosqueteros de nuestro tiempo. Y creedme, es difícil ser un buen mosquetero en los tiempos que corren. Habrá mucho por ahí que opine que tienen mucho peligro. Incluso que son demasiado “subversivos para ser de verdad”. Se equivocan, yo lo adivino apenas porque los conozco un poco. Pero solo un poco y esta pequeña historia habla de ellos y su ritual del desayuno.
Atos, Portos y Aramis, se llaman en realidad Silverio, Ignacio y Pablo. Da igual el orden en que los nombre, porque son
“todos para uno y uno para todos.”
Se cubren las espaldas mientras manejan la espada, comparten sus penas y sus alegrías. Que como os podréis imaginar son las penas y las alegrías de nuestros tiempos:
Uno de ellos afirma“……. El niño lo tengo otra vez malo y ha dao una noche terrible”.
El otro “ a ver como escapamos en la reunión de hoy, porque el nuevo va a venir con la lección bien aprendía y dispuesto a darnos un buen dolor de cabeza ¿tu tas mirao ya los papeles?”. El tercero no contesta, conduce y tararea una canción de Aute, que siempre viene al caso.
Yo los observo, sin que ellos lo sepan y anoto mentalmente cada una de sus miradas, sus gestos, la entonación de su discusiones.
Me resulta bastante difícil escribir sobre ellos, que han impulsado mi necesidad urgente de escribir hoy, porque para mi escribir, mas que un simple placer, a veces, es una urgente necesidad de transformar en palabras un calidoscopio de sensaciones y en ese preciso instante necesito sentarme frente a mi portátil, olvidarme del mundanal ruido y dejar que los dedos se vayan solos por el teclado, hilvanado una palabra tras otra como una Parca que se entretiene tejiendo destinos ajenos. ¿Quién pudiera verdad?.
En realidad no pretendo tejer sus destinos, ya estaban bien entrelazados cuando yo los encontré un buen día, que me dio a mi por aceptar una invitación de uno de ellos, Ignacio, a unirme a su ritual del desayuno. No tengo idea de cuanto llevan desayunando juntos, pero eso, no es lo importante.
Hasta que no empecé a desayunar con ellos, nunca jamás en la vida se me hubiese podido pasar por la imaginación que, lo que frente al resto del mundo, puede ser simplemente el desayuno de un grupo de funcionarios, tuviese todo un ritual.
Cada uno de los mosqueteros toma el café de una manera, uno solo con hielo, otro con leche y otro con “tostada”. Porque en realidad, no tienen nada que ver, son completamente diferentes. Uno es un cacereño entrañablemente idealista, otro un granadino paternalista y el tercero un sevillano sindicalista.
Que difícil escribir sobre ellos, lo he intentado “sienes y sienes de veses“ pero nunca he pasado de la tercera línea, es complicado condensar en un puñado de palabras er mogollón de sensaciones que se producen durante 30 minutos. Porque solo los veo “juntos” durante escasos treinta minutos e intentar describir a tres personas que apenas conozco es bastante arriesgado. Porque reconozco que puedo llegar a ser corrosiva y bastante despiadada cuando me pongo con “el dardo en la palabra.”
Yo soy la intrusa, soy consciente de ello, hay días que me pregunto que hago yo en medio de sus duelos verbales. Hay días en los que, simplemente me dedico a observarlos. Otros en los que llego a agotarlos con mi chachara incesante ¿verdad?. Pero……”se siente“,……….. “es lo que hay.” Finalmente aceptaron pulpo como animal de compañía. Por supuesto no soy Dartacán. Ellos ya tienen a José Carlos, ese papel ya está pillado. Tampoco soy la bella damisela que tienen que salvar de las garras del malvado. Para eso haría falta ser una veinteañera de buen ver y yo, voy que escarbo pa los cuarenta y de buen ver, na de na. Así que en este relato de sus peripecias, soy solo la narradora.
El ritual empieza cuando Ignacio dice: ¿Nos vamos?. Y después de un par de llamadas telefónicas pa avisar al resto, todo se pone en marcha. Ignacio enfila en pasillo, recorrido que aprovecha para saludar a toda fémina con la que se cruza y pegarle un buen repaso con la mirada. Pablo aparece sonriente, siempre sonriente. Al grupo se unen los mosqueteros restantes Silverio y José Carlos. A veces, viene otra intrusa y entonces me siento mas arropada, la otra intrusa es Mercedes, un par de ojos claros y unas cuantas neuronas muy bien puestas. Eso justamente es Mercedes. Pero no reúne los requisitos para ser tampoco una bella damisela desvalida, es una mujer de carácter. Y no me la imagino en apuros pidiendo auxilio. Es bastante resolutiva. O tal vez sea solo su disfraz para el ritual del desayuno, ¿Quién sabe?
Los observo juntos y me empiezo a hacerme las mismas preguntas, que todavía no tienen respuesta:
¿Pablo estará así de sonriente siempre?, ¿estará así de sonriente a las tres y pico cuando entre por la puerta de su casa?, ¿estará así de sonriente hasta la hora de acostarse?. ¿Silverio será un poco menos soso cuando esté borracho?, Silverio ¿borracho?, este chavá no pierde los papeles ni borracho. ¿Cómo se puede ser tan formal?. Los veo junto Ignacio o y me pregunto ¿Cómo habrán acabado desayunando juntos si es que no tienen na que ver el uno con el otro?. Silverio tan cauto y serio, tan formal y legalista, Ignacio tan listo y escaqueador tan, puesto base y Pablo …….. Tan rebelde utópico, sonriente y cantarín.
Cuando los veo discutiendo enfurecidos por intentar ganarle la discusión al contrario, simplemente me pregunto como se comportarán en compañía de sus legítimas. Si serán tan fieros en las discusiones domésticas. Ellos tienen asumido que sus legítimas les tienen bien domesticados y que son unas tiranas. Lo suyo va a ser quedar con sus legítimas, un día de estos y que me cuenten su punto de vista. A ver como les pido los teléfonos de sus legítimas sin que se den cuenta de lo que estoy tramando. Bueno, sigamos que me disperso.
Dentro del ritual del desayuno, y como era de esperar, cada uno tiene su sitio. Su posición exacta en la mesa. Lo descubrí un buen día que se me ocurrió sentarme en el sitio de Pablo, y por ese motivo voy dedicarme a despellejarlo a él primero.
Vamos a allá….
Si fuese parte del refranero español sería el siguiente, “perro ladrador poco mordedor,” pero lo que es ladrar, le gusta ladrar tela. Tiene una habilidad increíble usando la ironía. Usa la ironía con la misma destreza que un mosquetero la espada, es incisivo y letal, si quiere ganar la contienda no dudes que va a darte un buen revolcón dialéctico y quizás eso es lo que mas me asusta de él, o lo que ¿Por qué no decirlo? Menos me gusta de él.
Si fuese el fruto de un árbol, sin dudarlo sería un limón refrescante y acido todo en uno. Si fuese música, sería la canción protesta de cualquier cantautor. Si fuese objeto, sería indudablemente un juguete infantil o un chupe. Tiene el pelo largo y es presumido. Me divierte observarlo cuando se hace y se deshace la cola para recogerse el pelo. Pero sobre todo me divierte cuando se le transparentan las ideas, se le ilumina la cara y dice una de sus frases magistrales, esas del tipo: “tía, déjate de historias, si al final, aquí, el que mejor te comprende soy yo.” o ……. mejor aún: “no me cuentes historias tía, que yo se que a ti te va ese rollo.” Estoy convencida que me juzga y me condena, a mi o a cualquiera, sin oportunidad de defenderte. Pero cada uno es como es……… ya lo dice la canción. Por cierto, me gusta como canta, lo hace mu bien.
Mientras siguen discutiendo sobre el tema estrella del día, observo a otro mosquetero.
Silverio con ese deje granadino cuando habla que me recuerda a la gente de Murcia. Es alto y con gafas y sobre todo es excesivamente cortés y educado, se siente en la obligación de estar pendiente de los demás hasta comprobar que los demás se sienten a gusto. No tengo claro si es así con todo el mundo o solo se comporta así en horario laboral. Un día de estos tengo que preguntárselo. Me encanta su forma de transmitir porque aparte del mensaje que quiera dar, te transmite tranquilidad. Y me llama la atención que presuma de ser un despiste con patas. Si fuese película sería “Un hombre tranquilo”. Si fuese un libro sería un texto legal. Si fuese animal sería un San Bernardo, con su barrilito para ayudar a los extraviados en la nieve. Y lo que no me gusta es, y además es algo que me pone nerviosa, es su forma de hablar. Lo hace muy bajito, al principio no me enteraba de na de lo que decía. Pero como hace poco me han ajustado el sonotone, ya lo pillo to.
Y por supuesto también forma parte del ritual averiguar si alguno de los otros mosqueteros está en problemas pa ayudarlo, pa escucharlo, pa aconsejarlo, o si la cosa no tiene remedio, aunque sea solo …… para consolarlo. Me encanta como se preocupan los unos de los otros. Y tienen una complicidad que envidio.
Y así se pasan los treinta minutos. A veces se pasan los treinta minutos comportándose como niños en edad escolar haciendo travesuras. Otras discutiendo como diputados en el congreso.
Y a mi me encanta estar allí, observando, escuchando, aprendiendo y participando.
Seguramente después de leer esto, tendré que buscarme otra pandilla de desayuno, pero espera, voy a releerla, ………. No, en realidad he sido muy benévola, los he despellejado muy poquito. Solo lo poco que los conozco. Bueno, ellos ya saben que pueden en el plazo que estimen conveniente presentar el recurso que proceda ante “mi picapleitos”.
Y por si todavía no lo tienen claro y con el permiso de sus legítimas….
Quiero que sepan que, como dice ese poema de Benedetti,
“ya sabes que puedes contar conmigo,
y no hasta dos, ni hasta diez,
sólo contar conmigo”.
Y, eso es todo, ya se me ha terminado la necesidad urgente de escribir de manera impulsiva.
Si alguno está pensando que el Ignacín ha salido muy poco repasado, es así, pero todo tiene una explicación y es tan simple como que , como al muchacho lo conozco mas, le tengo preparado un relato en exclusiva en el que me dedico a despellejarlo a él solo. (Tiembla Ignacio…….. Je, je,je) Si cuando se lo entregue, quiere pasaros una copia, allá él. Pero ese relato le faltan todavía un par de parrafos bien perfilados y está todavía en el horno.
Comentario:
Me gusta tu descripción y la atmósfera de solidaridad imprescindible para ser eso, imprescindible en un mundo de egolatrías. Felicidades por estar ahí, aunque sea durante el desayuno, evocando a Bertol Bretch.





