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Las historias de Badulake y Tonelete
Badulake y Tonelete: 2 personajes entrañables que también son sus propios autores
Sindicación
 
Cadaqués


Ella estudia las formas, los colores. Los ángulos. Los puntos de vista. Las historias que contienen.
Calles empinadas, el mar. Barcos. Azul. La sandalia de un turista. El reloj (WATER RESISTANT 50M) de un pescador. El sol rebotando aquí y allá, botando y rebotando en paredes blancas, en el agua del mar, en las velas de los barcos... Una gaviota. Un niño que pasa corriendo. Peces hechos de plata.
Los colores, las texturas.
- ¿Has visto ese amarillo?
- Sí, Badulake.
Ella sigue mirando cosas y tiene ideas que más tarde, como por arte de magia, se convertirán en maravillosos cuadros y dibujos.
Ella mira las calles empinadas y las gaviotas y el mar y yo la miro a ella. También a mí se me ocurren ideas, miles y miles de ideas que revolotean por mi mente y trato de resumir en unas pocas palabras. Tengo una libreta y esribo: Gracias. Gracias gracias gracias gracias gracias...
Dejo el bolígrafo en el suelo. Miro.
- ¿Qué haces, Badulake?
- El pino, ¿no lo ves?
De pronto yo también estoy haciendo el pino.
- Así se ven cantidad de pies.
- Sí.
- ¿Vamos a tomarnos una cerveza?
- ¡Vale!
Y ya el cielo vuelve a estar arriba y el suelo abajo, y caminamos y reímos y llegamos a una terracita al lado del mar donde nos sentaremos y la brisa nos contará historias. Pero esas ya son otras historias.


Tonelete
 
Texto donde Tonelete declara aquellas cosas que considera oportuno declarar en estos momentos, y de paso plantea una pregunta
A veces, cansado de reír, me pongo a llorar. Así, sin más. Otras veces, viajando en el metro, la prensa gratuita me sirve como talismán de normalidad, son mis veinte minutos de ciudadano corriente. Pero por debajo voy leyendo otra cosa, leo en mi cabeza ese libro que escribiré y que acabará con todas las artimañas de esos que parecen padres de familia porque empujan un carrito de bebé, pero en realidad llevan alacranes dentro, de esos que parecen ejecutivos, porque llevan maletines de aspecto muy profesional, pero en realidad son maletines llenos de alacranes, y de todos esos supuestos estudiantes que supuestamente llenan sus mochilas de apuntes, pero en lugar de apuntes meten tarántulas; un libro que cumplirá la función que en las películas de vaqueros cumple el puñetazo en la mesa, el revólver rápidamente desenfundado, y la acusación (luego escrupulosamente verificada) de que las cartas están marcadas. En ocasiones soy oscuro, y en otras ocasiones estoy lleno de luz. Las ideas no se están quietas en mi cerebro, siempre evolucionan a otra cosa, se dan codazos, se empujan, se pellizcan, se hacen cosquillas, se muerden unas a otras y es un griterío que no se pueden ni imaginar. Un calcetín de cada color para mí no es sólo un despiste: es una distinción, piensen lo que piensen aquellos que llevan los calcetines conjuntados y el nudo de la corbata bien hecho. Dos más dos son cuatro si les da la gana. Escribo lo que debería gritar, y grito lo que no debería haber gritado, por ejemplo “chimpancé” (a un portero de discoteca que medía dos metros por dos metros). Me gusta la palabra chimpancé. Es fea pero me complace. Chimpancé. Chimpancé. Me gusta ver cómo arden las fallas en Valencia, sobre todo cuando no se celebran las Fallas, y también me gusta soltar toros por las calles de Pamplona, sobre todo cuando no son Sanfermines. Me gusta Madrid.

¿Será que estoy loco?



Tonelete