Otra razón
Me salió un poema. No soy poeta y no sé si será bueno o malo. Simplemente salió. No he tenido tiempo para pulirlo, en esta casa de locos... Es para ti, Badulake, tal cual. Espero que te guste.
Entre los días que se desvanecen como fantasmas
dame otra razón
para aferrarme al tiempo:
al tiempo vivo que se vive,
al pasado que se recuerda,
al futuro que se espera.
Dame un motivo para agarrarme a la ilusión,
a las ganas,
a la luz del sol, a la brisa que me despeina,
a la risa que nos despeina...
a la vida,
a mí mismo, a ti... a los dos juntos...
Dame una esperanza
y quizá nazca algo bello...
no sé,
por ejemplo:
una alegría compartida,
el reflejo de tus ojos en los míos
o una locura hermosa.
Dame otra razón con forma de sonrisa,
de mirada,
o de palabras tan sencillas
que las puedan comprender los niños
y los corazones desprevenidos.
Dame un instante de perdernos en el otro,
de mirarnos a los ojos,
de rozarnos con la punta de los dedos,
para vivir ese momento antes de que se pierda,
para que ese fragmento de tiempo
sea una cosa que nace,
que quiere vivir y vive,
y no sólo un pedacito de morir
o de irse marchitando.
Por favor,
dime que me quieres,
que estás a mi lado...
Dame una razón
aunque no sea razonable.
Tonelete
Entre los días que se desvanecen como fantasmas
dame otra razón
para aferrarme al tiempo:
al tiempo vivo que se vive,
al pasado que se recuerda,
al futuro que se espera.
Dame un motivo para agarrarme a la ilusión,
a las ganas,
a la luz del sol, a la brisa que me despeina,
a la risa que nos despeina...
a la vida,
a mí mismo, a ti... a los dos juntos...
Dame una esperanza
y quizá nazca algo bello...
no sé,
por ejemplo:
una alegría compartida,
el reflejo de tus ojos en los míos
o una locura hermosa.
Dame otra razón con forma de sonrisa,
de mirada,
o de palabras tan sencillas
que las puedan comprender los niños
y los corazones desprevenidos.
Dame un instante de perdernos en el otro,
de mirarnos a los ojos,
de rozarnos con la punta de los dedos,
para vivir ese momento antes de que se pierda,
para que ese fragmento de tiempo
sea una cosa que nace,
que quiere vivir y vive,
y no sólo un pedacito de morir
o de irse marchitando.
Por favor,
dime que me quieres,
que estás a mi lado...
Dame una razón
aunque no sea razonable.
Tonelete
Regalos abandonados en una habitación de hotel
Al abandonar una habitación de hotel, siempre hay que dejar algunos objetos a modo de regalitos para los huéspedes que vengan después y sepan encontrarlos. Hay que dejarlos sin darle mayor importancia al asunto, como si realmente los hubiéramos olvidado.
En este lugar:
Yo dejé mis alacranes de bolsillo en el cajón de la mesita de noche.
Badu, un azul celeste prendido de las cortinas.
Yo un susto gordo debajo de la cama.
Badu una carcajada escondida en el pliegue de las sábanas.
Yo un misterio en el lavabo.
Badu un cabello en el centro exacto de la habitación.
Yo un cocodrilo parlanchín en el armario.
Badu un poema vivo tras el espejo.
Yo pelusillas esparcidas por el suelo.
Y Badu un suspiro en el aire.
Nota importante:
Nunca se deje el alma en la habitación de hotel, pues sólo lograría que quien venga después se sienta incómodo, como si estuviera en la casa de un extraño...
Tonelete
En este lugar:
Yo dejé mis alacranes de bolsillo en el cajón de la mesita de noche.
Badu, un azul celeste prendido de las cortinas.
Yo un susto gordo debajo de la cama.
Badu una carcajada escondida en el pliegue de las sábanas.
Yo un misterio en el lavabo.
Badu un cabello en el centro exacto de la habitación.
Yo un cocodrilo parlanchín en el armario.
Badu un poema vivo tras el espejo.
Yo pelusillas esparcidas por el suelo.
Y Badu un suspiro en el aire.
Nota importante:
Nunca se deje el alma en la habitación de hotel, pues sólo lograría que quien venga después se sienta incómodo, como si estuviera en la casa de un extraño...
Tonelete
El mar

- ¡Vamos a la playa!
- ¡Vamos!
Y allá que íbamos, cada uno con su cubo y su pala, instrumentos con los que pensábamos construir nuestro mundo de arena, un mundo sólo para nosotros, para los cangrejos, y para los pescadores que quisieran convidarnos con pescaditos y langostas. El camino polvoriento atravesaba aquel páramo...
- ¿Cómo lo llaman, Badulake?
- Semidesértico, Tonelete...
¡Eso! Aquel páramo semidesértico... Arena y plantas tortuosas, de un gris casi blanco y llenas de espinas, que se retorcían a ras del suelo, y aquellos monstruos de muchos brazos que llaman cactus, y alguna lagartija, y el sol prepotente dominando todo desde las alturas... y aquel calor...
- Qué calor, Tonelete.
- ¡Ánimo!
Cruzábamos aquel paraje, siguiendo el camino que, según nos habían dicho, llevaba al mar, y de pronto, surgido de algún sueño, apareció un maravilloso lagarto del color del cielo.
- ¡Qué bonito!
El bicho azul echó a correr. Y claro, Badulake no pudo evitar seguirlo, y claro, yo no pude hacer otra cosa que seguir a Badulake, temeroso de perderla, de que se fuera volando y me dejara atrás, al ras del suelo...
- ¡Espera, Badulake!
Cuando desapareció, tan misteriosamente como se había presentado, aquella maravilla celestial, nos rodeaban la misma arena, la misma vegetación mezquina, el mismo sol... pero ni rastro del camino.
- ¿En qué dirección crees que está la playa?
- No lo sé, Tonelete... Quizá aquella mujer lo sepa.
Miré en la dirección que me indicaba, y efectivamente vi una mujer a lo lejos. Vestía una larga túnica roja. Iba caminando despacio, con expresión ausente y todo el aspecto de no ir a ninguna parte.
- ¡Hola! Por favor, ¿sabría indicarnos cómo llegar al mar?
No respondió, ni dio ninguna señal de haberme oído. Grité más, con el mismo resultado: la mujer seguía su camino, imperturbable. Badulake y yo nos quedamos mirándola, hasta que se perdió, tras una pequeña colina.
- Vaya...
- Sí, vaya... ¡mira!
De pronto había otra persona. Esta vez se trataba de un hombre, y caminaba en la misma dirección.
- ¡Hola!
- ¡Oiga, oiga! ¡Estamos aquí!
Nada... pero de pronto el desierto se había llenado de gente. Todos vestían largas túnicas de colores vivos, y parecían dirigirse al mismo lugar.
- ¡Qué raro!
- Sigamos a alguno de ellos... quizá vayan a la playa.
- ¡Buena idea!
Al poco rato, un hombre anciano pasó cerca de nosotros, y corrimos hasta alcanzarle. Ni siquiera nos miró. Caminamos a su lado. Caminamos y caminamos a través de aquel erial.
- Qué calor, ¿eh?
Hasta que de pronto, a lo lejos...
- ¡Mira Badulake! ¡El mar!
- ¡Qué bien!
Al poco rato empezamos a notar una brisa fresca, lo que nos animó bastante. Decidí entablar conversación con nuestro peculiar guía.
- ¡Buenas tardes!
No dijo nada (quizá porque eran las diez de la mañana).
- ¿Cómo se llama?
- ... (esta vez sí contestó, pero no le oí bien)
- Perdón. ¿Cómo dijo que se llama?
- ...
Entonces fue cuando Badulake intervino en mi intento de diálogo.
- Usted está muerto, ¿verdad?
El desconocido asintió lentamente. Volvió su mirada a Badulake y mostró una sonrisa radiante, como si todas las arrugas de su rostro sonrieran al mismo tiempo. Por fin dijo algo inteligible:
- Así es, señorita, estoy muerto. Ahora voy al cielo, y ya casi llegué...
- ¡Qué bien! Le felicito. Nosotros vamos a la playa.
Seguimos caminando, cada vez de mejor humor. En el camino, nuestro nuevo amigo nos contó cómo había estado vagando por el desierto desde que murió. Había conocido muchos lugares, había hablado con los animalitos y las plantas del desierto.
- Ellos me indicaban el camino correcto y me animaban a seguir.
Nos habló de los cactus y de las serpientes, de los pájaros y los ratones de campo, y nos contó un chiste que yo no comprendí, pero al oír la alegre risa de Badulake no pude evitar sonreírme.
Por fin llegamos a una playa grande y tranquila que rodeaba a una amplia bahía. El mar estaba en calma y llegaba a la tierra con olas levísimas, como amorosas caricias, como si recién acabara de hacer el amor con la tierra, como dos amantes que, cansados y felices, buscan el sueño en los brazos del otro.
- Ustedes se quedan aquí, supongo – dijo nuestro nuevo amigo.
- Sí, señor.
- Ha sido un placer...
- ¡Igualmente! ¡Que le vaya bien!
- Adiós...
Y siguió andando, entrando poco a poco en el mar. Cincuenta metros más allá, el agua le llegaba ya hasta el cuello. Se volvió para despedirse con un ademán de la mano, y sin más continuó hacia su misterioso destino subacuático.
Badulake miró al cielo, y luego me miró, con una sonrisa grave, seriamente alegre.
- Seguro que nuestro amigo encontrará maravillas allá donde va, - dijo.
- ¡Seguro!
Y nos quedamos de este lado, jugando con las olas, con la arena, felices de estar en aquel paraíso solitario, felices de estar juntos y de estar vivos...
Tonelete





