El mar

- ¡Vamos a la playa!
- ¡Vamos!
Y allá que íbamos, cada uno con su cubo y su pala, instrumentos con los que pensábamos construir nuestro mundo de arena, un mundo sólo para nosotros, para los cangrejos, y para los pescadores que quisieran convidarnos con pescaditos y langostas. El camino polvoriento atravesaba aquel páramo...
- ¿Cómo lo llaman, Badulake?
- Semidesértico, Tonelete...
¡Eso! Aquel páramo semidesértico... Arena y plantas tortuosas, de un gris casi blanco y llenas de espinas, que se retorcían a ras del suelo, y aquellos monstruos de muchos brazos que llaman cactus, y alguna lagartija, y el sol prepotente dominando todo desde las alturas... y aquel calor...
- Qué calor, Tonelete.
- ¡Ánimo!
Cruzábamos aquel paraje, siguiendo el camino que, según nos habían dicho, llevaba al mar, y de pronto, surgido de algún sueño, apareció un maravilloso lagarto del color del cielo.
- ¡Qué bonito!
El bicho azul echó a correr. Y claro, Badulake no pudo evitar seguirlo, y claro, yo no pude hacer otra cosa que seguir a Badulake, temeroso de perderla, de que se fuera volando y me dejara atrás, al ras del suelo...
- ¡Espera, Badulake!
Cuando desapareció, tan misteriosamente como se había presentado, aquella maravilla celestial, nos rodeaban la misma arena, la misma vegetación mezquina, el mismo sol... pero ni rastro del camino.
- ¿En qué dirección crees que está la playa?
- No lo sé, Tonelete... Quizá aquella mujer lo sepa.
Miré en la dirección que me indicaba, y efectivamente vi una mujer a lo lejos. Vestía una larga túnica roja. Iba caminando despacio, con expresión ausente y todo el aspecto de no ir a ninguna parte.
- ¡Hola! Por favor, ¿sabría indicarnos cómo llegar al mar?
No respondió, ni dio ninguna señal de haberme oído. Grité más, con el mismo resultado: la mujer seguía su camino, imperturbable. Badulake y yo nos quedamos mirándola, hasta que se perdió, tras una pequeña colina.
- Vaya...
- Sí, vaya... ¡mira!
De pronto había otra persona. Esta vez se trataba de un hombre, y caminaba en la misma dirección.
- ¡Hola!
- ¡Oiga, oiga! ¡Estamos aquí!
Nada... pero de pronto el desierto se había llenado de gente. Todos vestían largas túnicas de colores vivos, y parecían dirigirse al mismo lugar.
- ¡Qué raro!
- Sigamos a alguno de ellos... quizá vayan a la playa.
- ¡Buena idea!
Al poco rato, un hombre anciano pasó cerca de nosotros, y corrimos hasta alcanzarle. Ni siquiera nos miró. Caminamos a su lado. Caminamos y caminamos a través de aquel erial.
- Qué calor, ¿eh?
Hasta que de pronto, a lo lejos...
- ¡Mira Badulake! ¡El mar!
- ¡Qué bien!
Al poco rato empezamos a notar una brisa fresca, lo que nos animó bastante. Decidí entablar conversación con nuestro peculiar guía.
- ¡Buenas tardes!
No dijo nada (quizá porque eran las diez de la mañana).
- ¿Cómo se llama?
- ... (esta vez sí contestó, pero no le oí bien)
- Perdón. ¿Cómo dijo que se llama?
- ...
Entonces fue cuando Badulake intervino en mi intento de diálogo.
- Usted está muerto, ¿verdad?
El desconocido asintió lentamente. Volvió su mirada a Badulake y mostró una sonrisa radiante, como si todas las arrugas de su rostro sonrieran al mismo tiempo. Por fin dijo algo inteligible:
- Así es, señorita, estoy muerto. Ahora voy al cielo, y ya casi llegué...
- ¡Qué bien! Le felicito. Nosotros vamos a la playa.
Seguimos caminando, cada vez de mejor humor. En el camino, nuestro nuevo amigo nos contó cómo había estado vagando por el desierto desde que murió. Había conocido muchos lugares, había hablado con los animalitos y las plantas del desierto.
- Ellos me indicaban el camino correcto y me animaban a seguir.
Nos habló de los cactus y de las serpientes, de los pájaros y los ratones de campo, y nos contó un chiste que yo no comprendí, pero al oír la alegre risa de Badulake no pude evitar sonreírme.
Por fin llegamos a una playa grande y tranquila que rodeaba a una amplia bahía. El mar estaba en calma y llegaba a la tierra con olas levísimas, como amorosas caricias, como si recién acabara de hacer el amor con la tierra, como dos amantes que, cansados y felices, buscan el sueño en los brazos del otro.
- Ustedes se quedan aquí, supongo – dijo nuestro nuevo amigo.
- Sí, señor.
- Ha sido un placer...
- ¡Igualmente! ¡Que le vaya bien!
- Adiós...
Y siguió andando, entrando poco a poco en el mar. Cincuenta metros más allá, el agua le llegaba ya hasta el cuello. Se volvió para despedirse con un ademán de la mano, y sin más continuó hacia su misterioso destino subacuático.
Badulake miró al cielo, y luego me miró, con una sonrisa grave, seriamente alegre.
- Seguro que nuestro amigo encontrará maravillas allá donde va, - dijo.
- ¡Seguro!
Y nos quedamos de este lado, jugando con las olas, con la arena, felices de estar en aquel paraíso solitario, felices de estar juntos y de estar vivos...
Tonelete
Comentario:
Seré cangrejito de mar, seré cangrejito en la arena, para poder observar... ésta playa desierta.
Miauuu
Miauuu
Comentario:
un lagarto azul, un cielo al que se accede por el mar, un anciano despidiéndose, y dos personas felices disfrutando de lo que a los ojos de las mentes simples es sólo una playa.
Me encantó el cuento :)
Besos.
Me encantó el cuento :)
Besos.
Comentario:
Qué alegría, qué felicidad, cuánto amor...
Yo quiero ir a la playita con Tonelete y Badulake.
Resulta que frente a mi casa, tengo el mar. Pero me da a mí que no se trata del mismo mar, porque mi pensamiento y mi imaginación, ahora mismo prefiere este mar de dos.
Yo quiero ir a la playita con Tonelete y Badulake.
Resulta que frente a mi casa, tengo el mar. Pero me da a mí que no se trata del mismo mar, porque mi pensamiento y mi imaginación, ahora mismo prefiere este mar de dos.





