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Entre barras y estrellas
Experiencias de un "alien" en washington (USA)
Acerca de
"Viajar, como los libros, se empieza con incertidumbre y se termina con nostalgia"



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Sindicación
 
10. La gran manzana
“La ciudad que nunca duerme”, la eternamente Nueva. La ciudad más grande de los Estados Unidos, la primera capital, fundada Nueva Ámsterdam por sus primeros habitantes, holandeses, rebautizada Nueva York por sus ocupantes británicos, eternamente presentes en cada una de las piedras que forjan este terreno de islas y espacios ganados al mar. La Gran Manzana.

Algo tienen las películas que le roban a uno el encanto de la sensación de introducirse en un espacio nuevo sobradamente conocido a través de instantáneas, fotogramas y leyendas. Algo tienen que, al hacerte presente, no puedes evitar tener la sensación de que quizás ya habías estado allí, deja-vu constante, sueño revivido, vida reinventada, espacio redescubierto o simplemente vuelto a andar. Frente a ti, la visión de un espejismo que sientes haber vivido previamente; por dentro un extraño vacío como el de quien vuelve a casa y comprueba palmo a palmo si todo está en su sitio, mientras percibe con claridad cada una de las novedades que se fueron introduciendo desde la última vez. Tal vez sea por esto que es más puro el sentimiento de quien visita un lugar virgen e intacto de cámaras y fotogramas. Es el lado oscuro de Hollywood, el robo de la sensación de “la primera vez”, “el primer día”, “la primera visita”, sustituida por un “míralo, es igual que en aquella película” y afortunadamente recuperado cuando el resto de sentidos hacen su aparición en forma de olores, tactos, sensaciones y sonidos.

Sensaciones que se apoderan de uno, como la sobredosis de estímulos visuales que se vive en el corazón de Times Square, donde cada palmo de espacio es una señal luminosa que atraviesa la retina para quedarse en el subconsciente, sin pasar por el terreno de lo consciente, haciendo imposible recordar quién se anunciaba o quién te bombardeó con su dosis de píldoras publicitarias. Sensaciones como la Torre de Babel que es cada calle de Manhattan, donde todo rasgo y todo idioma es posible, donde cada palabra al aire tiene diferente entonación y significado, donde cada individuo es embajador de una nación y cada nación se hace parte de la metrópoli. Sensaciones como el túnel del espacio que es Chinatown, donde el inglés es la segunda lengua, o como la Zona Cero, donde el vacío y el silencio son la principal atracción turística.

Es la magia de una ciudad que es, a su vez, espejo y modelo del mundo, con su incansable arteria de comunicación humana que es su metro, frágil hormiguero de destinos diarios; con la verticalidad de sus edificios que desafían la terrenalidad del hombre apuntando hacia la última frontera en haber sido rota, el cielo; con la diversidad de barrios originada por el constante flujo de inmigrantes de cualquier parte del mundo que ha ido construyendo esta nación robada a sus dueños originarios.

La Gran Manzana, espacio de reencuentros y encrucijada de caminos, como la que vivimos este fin de semana, entre compañeros de destino, donde pasado, presente y futuro quedaron sobre la mesa sin dejar un palmo libre, enlazando España, Honduras y ahora Estados Unidos. Visitas devueltas y visitas prometidas, propósitos de enmienda y propuestas que habrán de llegar, y es que pocas experiencias pueden superar la de conocer una ciudad y un país de la mano de quien lo hace suyo; es el descubrimiento completo de un espacio y unas vidas que se asocian en simbiosis perfecta, un espacio humanizado y unos destinos mestizos, vividos en compañía y liberados de prejuicios, haciendo real aquella ilusión que canta Jorge Drexler, “Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera”.
 
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