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Entre barras y estrellas
Experiencias de un "alien" en washington (USA)
Acerca de
"Viajar, como los libros, se empieza con incertidumbre y se termina con nostalgia"



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Sindicación
 
11. Historias de cafeterias I y II
(1) EL PODER

Una mesa se vacía dejando un extraño eco argentino. Dos corbatas y una falda conversan sobre el estado de las cosas saboreando una taza de café. “Este, parece que vamos a seguir acá un buen tiempo”, “Eso parece”. Risas, miradas que se intercambian entre las corbatas y la falda, con sonrisas medio intencionadas e intenciones medio entre sonrisas. El mundo se mueve allá fuera, el café se va consumiendo y un profundo malestar me crece por dentro. A saber porqué me molesta tanto la simbología del poder y la cadencia de las palabras que siguen flotando después de haberse despejado la mesa.

(2) LA FRONTERA

Otra mesa de cafetería, otra sensación de profunda molestia. El otro extremo, un negro desheredado observa a través de la ventana cómo llueve, con su café recién terminado y restos de una galleta sobre la mesa. Ríe, baja la cabeza, mira tímidamente hacia donde estoy sentado y vuelve a bajar la cabeza. Otro negro, con chaqueta y corbata, se acerca a su mesa para tomar una de las sillas vacías que no está utilizando y lo desafía con la mirada sin dirigirle ni una sola palabra. Preferiría que no estuviera aquí, no verlo, que saliera de la cafetería y volviera a su hábitat natural, la calle, y, por un momento, olvido que es humano y lo siento como una molestia que preferiría borrar de mi vista.

Media melena o media peluca, una cinta de pelo rojo, jeans, zapatillas blancas y una camiseta verde de manga corta bajo la que sobresale una sudadera roja. Sigue mirando fuera, tarareando la música que suena, con la mirada perdida, alternativamente dirigida hacia vehículos, peatones y alguno de los clientes que entra por la cafetería. Uno de ellos entra en el local y se sienta con él a comerse una hamburguesa y leer el periódico, mientras me surge la duda de si el desheredado es un hombre o una mujer; tiene la cara desfigurada, los ojos bizcos, pecho inexistente y una extraña voz de tiple en la frontera entre géneros. La pobreza tiene un rostro difuso, no se define, simplemente es y está, ignorante de barreras, invadiendo el espacio en el que se la quiere encerrar, produciendo a quien la mira cara a cara una violenta lucha interna entre la piedad y el rechazo.

El desheredado se levanta, moviéndose como una bailarina por el local, mientras su compañero termina de leer la sección de deportes del Washington Post. Se acerca a la puerta, da media vuelta y sale del local encendiendo un cigarrillo, desfilando frente a su compañero por delante de la ventana del escaparate, frontera entre el mundo cálido y feliz de Starbucks y la frialdad de la calle.

Pasada la escena se limpia el decorado y un nuevo cliente, elegantemente vestido, ocupa el lugar de los que se fueron. La vida sigue, los camareros sonríen, el ambiente se relaja y el orden se reestablece, dejando únicamente un eco en forma de imagen borrosa que se difumina lentamente mientras fuera siguen desfilando desheredados que se refugian de la lluvia en portales y abrigos roídos. Lo confieso, me siento aliviado, aunque desconcertado frente al choque entre mis principios y mis sensaciones.

No