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Entre barras y estrellas
Experiencias de un "alien" en washington (USA)
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"Viajar, como los libros, se empieza con incertidumbre y se termina con nostalgia"



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06. Carnaval
Queda una semana para la gran fecha, el primer martes de noviembre de cada año bisiesto; el día D que, una vez cada cuatro años, marca el principal ágora en el sistema político americano; no son las únicas elecciones pero sí las más conocidas a nivel mundial (cada 2 años, por ejemplo, se vuelve a votar al Congreso –Senado y Cámara de Representantes-).

Atrás quedan las polémicas elecciones del año 2000, Florida y las famosas papeletas mariposa, el interminable recuento a mano y la decisión final del Tribunal Supremo–con un mes de interminable espera- de cortar por lo sano y dar por bueno el primer recuento de la noche electoral que daba por vencedor al candidato republicano, George W.

Mucho ha llovido desde entonces, y acá estamos de nuevo, enfrascados en un nuevo proceso electoral de dimensiones inmanejables, como todo en esta gran nación... y es que, a diferencia de Río de Janeiro, Cádiz o Tenerife, en Estados Unidos el carnaval no es anual ... ¡se celebra una vez cada cuatro años! ...

¡Y qué carnaval! Ejércitos de voluntarios aguardan en las esquinas de las calles y en centros comerciales, ataviados con camisetas, gorras, pines y la mejor de sus sonrisas. “¿Votará usted a John Kerry para conseguir “una América más fuerte”?” – “Lo siento, soy extranjero” – “Pero si pudiera ... ¿le votaría?”

Lluvia de rojos y azules. Carteles en las casas, automóviles, carpetas, carteras y mochilas... “Yo apoyo a Bush / Cheney”. Puntos y puestos de venta en las calles, “compre una galleta para comprarle un billete de vuelta a casa Dubya”. Encuentros de sensibilización hacia los desinteresados “Vota para hacerte oír... que no te roben tu voto”, campañas para captar el voto indeciso, dicen que el voto definitivo para inclinar la equilibradísima balanza hacia uno u otro lado.

Temperatura in crescendo, inversamente proporcional al frío que empieza a llegar según se acerca el invierno. Debates en cada uno de los canales del interminable dial televisivo y radiofónico americano, unos contra otros, otros contra unos, uno para todos y todos para uno. Sondeos minuto a minuto, el Reality Show electoral ... “a las 10.00h el candidato demócrata se adelantaba 1 punto sobre el presidente... pero a las 11.00h la opinión vuelve a estar equilibrada y el senador pierde puestos mientras el tiempo avanza”. Milimétrica carrera de galgos de precisión orwelliana que llena titulares, comentarios, opiniones y contenidos audiovisuales, haciendo inevitable recordar aquel dicho que fue puesto en boca de Mark Twain “hay tres clases de mentiras, la mentira piadosa, la mentira falsa y llana y la estadística” (con permiso de mis padres).

La fiesta de los números. La magnitud de esta nación obliga a campañas electorales que se extienden durante meses y que requieren cantidades astronómicas de viajes y dinero que nadie se atreve a poner sobre la mesa. Recaudaciones, millonarias donaciones “sin animo de lucro” por parte de empresas e individuos con intereses contrarios (¿a costa de qué?) y leyes para limitar el gasto y las donaciones que terminan por tener siempre alguna puerta de atrás que permite saltarse las normas y mantener el despilfarro.

Campaña de lemas sin ideales. Slogans de impacto, frases cortas y directas, sonrisas en el momento justo y figuras famosas que respalden al candidato; expresidentes, excombatientes, expresidarios y excomulgados; actores, cantantes, empresarios, justicieros y enterados; atletas, inmigrantes representantes del “American Dream” y algún que otro iluminado extranjero que no se ha terminado de enterar aún de que aquí la voz que más se escucha es la que llega desde dentro. Escenas preparadas (“hay que mostrar al candidato como a una persona normal”), mensajes que quedan en la superficie, en la coraza, palabras medidas para robar algunos votos y que, una vez interiorizadas podrían resumirse en cuatro palabras que se alcanzan a intuir dispersas y que resumen no sólo los últimos cuatro años sino probablemente los cuatro nuevos que vendrán: Irak, terrorismo, empleo y sanidad.

Democracia moderna. Grecia, como Platón, en el mundo de las ideas, y una puesta en práctica que no se casa con aquello en lo que uno siempre creyó, o al menos, aquello que a uno le contaron. “El gobierno del pueblo, el sistema menos malo, los intereses colectivos, el poder en tu voz y en tu voto”. ¿En qué punto del camino entre revoluciones y guerras quedó el desvío que conduce a esta praxis oligárquica en la que 280 millones de opiniones se reducen a dos opciones que se diferencian únicamente en cómo combinar cuatro palabras?

Seguiremos atentos al desenlace, con la inquietud que produce el saber que éste (y no otro) es el modelo al que aspira el resto de países del mundo moderno. Las fichas están sobre la mesa y el dado está ya en el aire. Seguiremos soñando que otro mundo es posible, y mientras tanto, acomódense...¡que empieza el carnaval!

Bsos.

Jose.
 
No