A Don Mauricio Bonino: mis disculpas.
Caía la noche.
El pórtico me daba el espacio solitario para eplayarme.
El pino torcido, la anacahuita, la palmera, los cipreces, el rosal, se empeñaban firmemente en adornar el camino de salida, o de entrada.
Más allá, la luna recortaba su silueta en el negro firmamento produciendo un fenómeno que no se da siempre. No se reflejaba el blanco. Su rostro era de un rojo tímido. Ahí estaban mis hijos, mi esposa, mi familia.
Pero el color me daba la pauta de la noticia que habia recibido. Selene me miraba con verguenza o tal vez su color era de llantos.
Mauricio había partido.
Por fin, la vida le dió el asueto a su sufrimiento. Su silla de ruedas quedaba vacía. Se diluía en la distancia su inmensa sabiduría, su picardía, su afanoso apego a lo terrenal.
El alma pura y dorada cortaba su cordón con placer y obediencia. Se levaba en un destello rojo y verde, con arpegios de una guitarra negra, de una guitarra ausente, de una guitarra que había faltado a su cita.
Desde aquí lo despedí con una sonrisa; casi de perdón y verguenza por mi ausencia.
No lo veré mas hasta dentro de algún tiempo. Tal vez más o tal vez menos del que yo imagino.
El silencio aterra respetuosamente.
La luna dibuja su rostro triste. Es mi espejo aúreo. Mi conección al otro mundo de mis sueños.
La Cañada Baja, sin saber, cae en el letargo de la madrugada y a modo de despedida, tal vez, deja explotar sus fuegos de artificio en lágrimas que brillan y se disuelven en la nada.
Queda la huella.
Queda una pausa.
Queda la luna roja.
Queda otro adiós inconcluso.
Hasta mañana Mauricio.
Perdón y gracias, muchas gracias por tu ejemplo.
El pórtico me daba el espacio solitario para eplayarme.
El pino torcido, la anacahuita, la palmera, los cipreces, el rosal, se empeñaban firmemente en adornar el camino de salida, o de entrada.
Más allá, la luna recortaba su silueta en el negro firmamento produciendo un fenómeno que no se da siempre. No se reflejaba el blanco. Su rostro era de un rojo tímido. Ahí estaban mis hijos, mi esposa, mi familia.
Pero el color me daba la pauta de la noticia que habia recibido. Selene me miraba con verguenza o tal vez su color era de llantos.
Mauricio había partido.
Por fin, la vida le dió el asueto a su sufrimiento. Su silla de ruedas quedaba vacía. Se diluía en la distancia su inmensa sabiduría, su picardía, su afanoso apego a lo terrenal.
El alma pura y dorada cortaba su cordón con placer y obediencia. Se levaba en un destello rojo y verde, con arpegios de una guitarra negra, de una guitarra ausente, de una guitarra que había faltado a su cita.
Desde aquí lo despedí con una sonrisa; casi de perdón y verguenza por mi ausencia.
No lo veré mas hasta dentro de algún tiempo. Tal vez más o tal vez menos del que yo imagino.
El silencio aterra respetuosamente.
La luna dibuja su rostro triste. Es mi espejo aúreo. Mi conección al otro mundo de mis sueños.
La Cañada Baja, sin saber, cae en el letargo de la madrugada y a modo de despedida, tal vez, deja explotar sus fuegos de artificio en lágrimas que brillan y se disuelven en la nada.
Queda la huella.
Queda una pausa.
Queda la luna roja.
Queda otro adiós inconcluso.
Hasta mañana Mauricio.
Perdón y gracias, muchas gracias por tu ejemplo.





