Entierro de Carnaval
28 de febrero de 2005.
Entierros de Carnaval.
Para los que hoy peinamos canas, para los que sembramos las semillas, para los que hoy estuvieron y no pudieron porque el acero coartó su existencia, para los que quisieron llegar y el tiempo les dio su negativa, para los que hicieron lo imposible para que no germinaran las simientes, para los jóvenes, para los que están por nacer, para los que están muriendo…
Caía la tarde plúmbea, amenazante en sus nubarrones, caían pocas esperanzas pero muchas más se comenzaban a erguir en realidades.
Corría el reloj, los pocos ataban sus manecillas, quitaban sus segunderos; los muchos, impacientes vivían intensamente cada “tic” aguardando la campanada final.
La calle se permitía el ir y venir de pasos urgentes para aquí y para allá. Las corridas de unos, los pasos firmes, lentos y seguros de otros.
Quien despertaba a esta hora no podría distinguir si estábamos en vísperas de año nuevo, si corría el año 82, si “la peste” había tomado las ventanas, los autobuses, los coches de bocinas encendidas, la gente…
Algunos, cerraban sus ventanas dejando una rendija imperceptible para poder presenciar un día histórico, por primera vez y nerviosos se azotaban con su silencio, en busca de paz interior, la radio iba a Clarín o se quedaba muda en un violento movimiento de perillas.
El Papa, monigote del capitalismo, símbolo decadente de la Institución que ha matado más seres humanos por no pensar como ellos en la historia, agonizaba en el Vaticano.
Alejandro Drexler, con su “prohibido” canto, paradójicamente les cantaba al mundo que el talento no se reconoce con un premio sino con el respeto del silencio y el aplauso cínico de aquellos que no entienden cómo un “latino” usurpa un lugar de privilegio (¿?).
En todos los continentes, desperdigados, obligados o no, frente a la tecnología, cientos de miles intentan conectarse a un hecho más que relevante en la historia de un pequeño país que a pocos importa.
Mi hogar calentaba calderas con agua para los termos.
Se ensillaban mates.
Se fabricaban bocadillos con lo que había.
Nuestras banderas adornaban los hombros de mis hijos porque las propias vestían por dentro nuestros cuerpos.
Nuestra radio llenaba el espacio de cánticos “profanos”, hasta hoy, símbolo de más de 30 años de esperanzas rotas.
Nos íbamos hacia un tablado, a ver un espectáculo de Carnaval.
El autobús nos dejo cerca. En el trayecto se observaban banderas rojas, azules y blancas y uruguayas. Banderas rojas con diferentes estampas.
No vi, banderas del Partido Colorado, del Partido Nacional y de los otros que han forjando hasta hoy la gloriosa historia de este país y han hecho posible que este día sea distinto.
Caminando hacia el punto de reunión, por momentos retrocedí a los años 70, a los 80, a los 90, iba y venía en estampas impresionistas que nos deja la memoria.
Mi vista inundada de emociones cruzaba el verde del Parque de los Aliados en un repetir de vida floreada con rosas rojas, azules y blancas.
La gente imantada era conducida por “la cosa” en una misma dirección.
Llegando, penetramos al Velódromo, lugar del espectáculo, y al pisar la grada vi ese mar de esperanzas, nuevamente adornado con banderas, nuevamente con sonrisas, nuevamente con las ganas, con respeto, con la vida en la mano.
La música brotaba de los altavoces y todos, habiendo dejado los pruritos y vergüenzas, propias de los uruguayos, coreaban a viva voz, a garganta pura, tema tras tema que salía al aire.
La hora señalada era la media noche.
Pasaban los artistas dejando la cultura en la brisa redonda, pues nada se escapaba.
Ya no mas mentiras, ya no mas impunidades, ya no mas horrores.
En un momento, mientras actuaba una murga, aquella fiesta que en respetuoso silencio escuchaba, estallo poco a poco en aplausos atronadores.
Un sentir de no saber lo que pasa corrió por muchos. Por la escalera central, dificultosamente y ayudada por un muchacho un pañuelo blanco bajaba las escaleras.
Un pañuelo blanco que hace mas de 30 años busca a un ser querido.
Se detuvo todo.
Paro la murga.
Paro el viento.
Pararon los corazones.
Soplo el silencio y el respeto de las palmas se hizo sentir sin cesar hasta que la madre, Presidenta de las “Madres de Plaza de Mayo”, tomó asiento en su lugar cerca del escenario.
Pasaban los minutos y a diez para las doce, piso la tabla, casualmente, cosa del destino, merecido y justo lugar, La Reina de la Teja.
Murga luchadora, incasable en pos de los derechos humanos, la reivindicación de la democracia en este país, siempre en el reclamo de la justicia y la denuncia de las injusticias, con un José Morgade, su director, ya entrado más que en canas muy ovacionado, vertía su imparable verborrea coherente en palabras sin libreto, de las que salen de los corazones espontáneamente.
Apenas pudieron cantar algo cuando llegó la media noche.
He estado en muchos actos cívicos, en muchos. Tal vez más imponentes en su dimensión, pero no tan significativos como este.
Se acababa la era de los Partidos Tradicionales. Se abrían las puertas de los cementerios para invitar a sus tumbas a sus integrantes.
Y esto lo digo con todo el respeto del mundo; ahora ubíquense en el lugar que les corresponde si les queda un poco de dignidad en lo escaso de la persona. ¡Miren a los lados!, miren lo que han dejado, un país destrozado, repleto de injusticia social, repleto de corrupción y heridas que costará mucho, pero mucho tiempo poder cerrar…
Los invito a que descansen en paz, si es que tienen un gramo de conciencia, los invito a su entierro de carnaval. A que la realidad los invada hasta lo más íntimo de su ser y dejen de una vez por todas, de seguir vendiendo hipócritas mentiras financiadas por terceros y disfruten en sus nichos todo el dinero que han ganado estafando en la esencia de la palabra al soberano.
Tuvieron más de 150 años para construir.
Cierto que algunos “hicieron”, pero sus mal paridos hijos no respetaron en lo más mínimo aquél esfuerzo, sino que utilizaron sus nombres e ideales para intereses personales y de otros aliados, amigos de lo ajeno, que por encima de todas las premisas buscaban llenar sus bolsillos a costillas del trabajo de un país que lentamente fue cayendo en un pozo insondable de desesperanza, angustia y terror.
Ya está, ya fue, no merece una línea más la crítica. Podrían escribirse varias enciclopedias sobre esto, pero no es mi cometido hoy.
Los fuegos artificiales pintaban la negrura del firmamento, las banderas volaban alto, flameaban la esperanza, marcaban el fin y el comienzo. Los abrazos pululaban en todos lados. Mirar a mis lados y ver a mis hijos, de sonrisas puestas, de banderas puestas, de sueños en un principio realizados era la magia orgullosa que me regalaba el destino.
Ver germinar las semillas es lo imperdible de la vida.
Ver la planta nueva, la planta “chueca”, sus hojas abiertas con verde esperanza hecho realidad.
Muchas veces he insultado al señor tiempo por la ubicación de mi natalidad. Hoy, ya mas viejo, debo pedirle disculpas y darle gracias por dejarme ver nacer lo uno procreó.
Dejarme ver hecho realidad un sueño tantas veces roto y vuelto a componer.
Dejarme haber sido protagonista de la historia grande de este Uruguay.
Dejarme solamente, dejarme respirar el aire.
Así nuestras vidas cobran sentidos multidimensionales dejando volar la creatividad del error humano al libre albedrío de los sentimientos.
Uno tras otro dejando el alma en las tablas fueron dando lo suyo y de a poco nuestro respetuoso aplauso colmaba las expectativas de los actores.
Paradójicamente Araca la Cana, murga que cumple sus 70 años en el carnaval, representaba a un sepulturero y más de la excelencia del espectáculo quedó representado este entierro de carnaval notable y realista, por mas que la ficción nos juega a los ojos a veces una mala pasada…
Esta vez no fue un sueño, fue la firme realidad del mismo hecha razón, hecha presente y futuro.
Gracias a la vida por poder compartir con mis seres queridos algo que quedará en la historia más íntima del Uruguay.
Entierros de Carnaval.
Para los que hoy peinamos canas, para los que sembramos las semillas, para los que hoy estuvieron y no pudieron porque el acero coartó su existencia, para los que quisieron llegar y el tiempo les dio su negativa, para los que hicieron lo imposible para que no germinaran las simientes, para los jóvenes, para los que están por nacer, para los que están muriendo…
Caía la tarde plúmbea, amenazante en sus nubarrones, caían pocas esperanzas pero muchas más se comenzaban a erguir en realidades.
Corría el reloj, los pocos ataban sus manecillas, quitaban sus segunderos; los muchos, impacientes vivían intensamente cada “tic” aguardando la campanada final.
La calle se permitía el ir y venir de pasos urgentes para aquí y para allá. Las corridas de unos, los pasos firmes, lentos y seguros de otros.
Quien despertaba a esta hora no podría distinguir si estábamos en vísperas de año nuevo, si corría el año 82, si “la peste” había tomado las ventanas, los autobuses, los coches de bocinas encendidas, la gente…
Algunos, cerraban sus ventanas dejando una rendija imperceptible para poder presenciar un día histórico, por primera vez y nerviosos se azotaban con su silencio, en busca de paz interior, la radio iba a Clarín o se quedaba muda en un violento movimiento de perillas.
El Papa, monigote del capitalismo, símbolo decadente de la Institución que ha matado más seres humanos por no pensar como ellos en la historia, agonizaba en el Vaticano.
Alejandro Drexler, con su “prohibido” canto, paradójicamente les cantaba al mundo que el talento no se reconoce con un premio sino con el respeto del silencio y el aplauso cínico de aquellos que no entienden cómo un “latino” usurpa un lugar de privilegio (¿?).
En todos los continentes, desperdigados, obligados o no, frente a la tecnología, cientos de miles intentan conectarse a un hecho más que relevante en la historia de un pequeño país que a pocos importa.
Mi hogar calentaba calderas con agua para los termos.
Se ensillaban mates.
Se fabricaban bocadillos con lo que había.
Nuestras banderas adornaban los hombros de mis hijos porque las propias vestían por dentro nuestros cuerpos.
Nuestra radio llenaba el espacio de cánticos “profanos”, hasta hoy, símbolo de más de 30 años de esperanzas rotas.
Nos íbamos hacia un tablado, a ver un espectáculo de Carnaval.
El autobús nos dejo cerca. En el trayecto se observaban banderas rojas, azules y blancas y uruguayas. Banderas rojas con diferentes estampas.
No vi, banderas del Partido Colorado, del Partido Nacional y de los otros que han forjando hasta hoy la gloriosa historia de este país y han hecho posible que este día sea distinto.
Caminando hacia el punto de reunión, por momentos retrocedí a los años 70, a los 80, a los 90, iba y venía en estampas impresionistas que nos deja la memoria.
Mi vista inundada de emociones cruzaba el verde del Parque de los Aliados en un repetir de vida floreada con rosas rojas, azules y blancas.
La gente imantada era conducida por “la cosa” en una misma dirección.
Llegando, penetramos al Velódromo, lugar del espectáculo, y al pisar la grada vi ese mar de esperanzas, nuevamente adornado con banderas, nuevamente con sonrisas, nuevamente con las ganas, con respeto, con la vida en la mano.
La música brotaba de los altavoces y todos, habiendo dejado los pruritos y vergüenzas, propias de los uruguayos, coreaban a viva voz, a garganta pura, tema tras tema que salía al aire.
La hora señalada era la media noche.
Pasaban los artistas dejando la cultura en la brisa redonda, pues nada se escapaba.
Ya no mas mentiras, ya no mas impunidades, ya no mas horrores.
En un momento, mientras actuaba una murga, aquella fiesta que en respetuoso silencio escuchaba, estallo poco a poco en aplausos atronadores.
Un sentir de no saber lo que pasa corrió por muchos. Por la escalera central, dificultosamente y ayudada por un muchacho un pañuelo blanco bajaba las escaleras.
Un pañuelo blanco que hace mas de 30 años busca a un ser querido.
Se detuvo todo.
Paro la murga.
Paro el viento.
Pararon los corazones.
Soplo el silencio y el respeto de las palmas se hizo sentir sin cesar hasta que la madre, Presidenta de las “Madres de Plaza de Mayo”, tomó asiento en su lugar cerca del escenario.
Pasaban los minutos y a diez para las doce, piso la tabla, casualmente, cosa del destino, merecido y justo lugar, La Reina de la Teja.
Murga luchadora, incasable en pos de los derechos humanos, la reivindicación de la democracia en este país, siempre en el reclamo de la justicia y la denuncia de las injusticias, con un José Morgade, su director, ya entrado más que en canas muy ovacionado, vertía su imparable verborrea coherente en palabras sin libreto, de las que salen de los corazones espontáneamente.
Apenas pudieron cantar algo cuando llegó la media noche.
He estado en muchos actos cívicos, en muchos. Tal vez más imponentes en su dimensión, pero no tan significativos como este.
Se acababa la era de los Partidos Tradicionales. Se abrían las puertas de los cementerios para invitar a sus tumbas a sus integrantes.
Y esto lo digo con todo el respeto del mundo; ahora ubíquense en el lugar que les corresponde si les queda un poco de dignidad en lo escaso de la persona. ¡Miren a los lados!, miren lo que han dejado, un país destrozado, repleto de injusticia social, repleto de corrupción y heridas que costará mucho, pero mucho tiempo poder cerrar…
Los invito a que descansen en paz, si es que tienen un gramo de conciencia, los invito a su entierro de carnaval. A que la realidad los invada hasta lo más íntimo de su ser y dejen de una vez por todas, de seguir vendiendo hipócritas mentiras financiadas por terceros y disfruten en sus nichos todo el dinero que han ganado estafando en la esencia de la palabra al soberano.
Tuvieron más de 150 años para construir.
Cierto que algunos “hicieron”, pero sus mal paridos hijos no respetaron en lo más mínimo aquél esfuerzo, sino que utilizaron sus nombres e ideales para intereses personales y de otros aliados, amigos de lo ajeno, que por encima de todas las premisas buscaban llenar sus bolsillos a costillas del trabajo de un país que lentamente fue cayendo en un pozo insondable de desesperanza, angustia y terror.
Ya está, ya fue, no merece una línea más la crítica. Podrían escribirse varias enciclopedias sobre esto, pero no es mi cometido hoy.
Los fuegos artificiales pintaban la negrura del firmamento, las banderas volaban alto, flameaban la esperanza, marcaban el fin y el comienzo. Los abrazos pululaban en todos lados. Mirar a mis lados y ver a mis hijos, de sonrisas puestas, de banderas puestas, de sueños en un principio realizados era la magia orgullosa que me regalaba el destino.
Ver germinar las semillas es lo imperdible de la vida.
Ver la planta nueva, la planta “chueca”, sus hojas abiertas con verde esperanza hecho realidad.
Muchas veces he insultado al señor tiempo por la ubicación de mi natalidad. Hoy, ya mas viejo, debo pedirle disculpas y darle gracias por dejarme ver nacer lo uno procreó.
Dejarme ver hecho realidad un sueño tantas veces roto y vuelto a componer.
Dejarme haber sido protagonista de la historia grande de este Uruguay.
Dejarme solamente, dejarme respirar el aire.
Así nuestras vidas cobran sentidos multidimensionales dejando volar la creatividad del error humano al libre albedrío de los sentimientos.
Uno tras otro dejando el alma en las tablas fueron dando lo suyo y de a poco nuestro respetuoso aplauso colmaba las expectativas de los actores.
Paradójicamente Araca la Cana, murga que cumple sus 70 años en el carnaval, representaba a un sepulturero y más de la excelencia del espectáculo quedó representado este entierro de carnaval notable y realista, por mas que la ficción nos juega a los ojos a veces una mala pasada…
Esta vez no fue un sueño, fue la firme realidad del mismo hecha razón, hecha presente y futuro.
Gracias a la vida por poder compartir con mis seres queridos algo que quedará en la historia más íntima del Uruguay.
Comentario:
Continua ha escribir amigo, solo en la poesia queda inscrita la memoria genetica del exiliado. Y los arboles , los patios, los abuelos y las rejas, siguen y seguiran persiguiendonos hasta la hora de la hora ....





