EL SABOR DE LA LECTURA
"La delicia y el perfume de mi vida es la memoria de esas horas en que te encontré y retuve el placer tal y como lo deseaba. Delicias y perfumes de mi vida, para mí que odié los goces y los amores rutinarios" -- Kavafis--
Coincidiendo con alguna ausencia, hace unos meses leí “De la ternura, la impostura y el sexo” de Susana Pérez-Alonso. Me encantó el libro, cuatro historias de mujeres maduras, independientes, luchadoras, mujeres que se habían dejado la piel buscando su independencia… Llega el momento de replantearse si realmente es eso lo que quieren…
Una vertiginosa lucha las ha llevado a un lugar que ya no les gusta. Su carne pide algo distinto… Sus entrañas desprenden un olor extraño, sus miradas se apagaron…
Sintieron los mayores placeres de la vida, fueron plenas durante casi una vida, disfrutaron la purpurina de las noches de luna llena…
Ahora eso no les basta
Desean más
Se buscan una y otra vez en los rincones vacíos de sus dudas.
Creo que hoy volveré a leerlo.
Un fragmento que siempre me hará vibrar: “Ahora, mientras ella leía poemas de Kavafis, lo estarían enterrando. Estaba en la cama grande, inmensa, que habían comprado hacía veinte años. Veía los cuadros que él había colgado año tras año. Grandes, extraños. A ella no le habían gustado nunca. No entendía esa pintura. No entendía tantas cosas…
Dentro de un mes cumpliría sesenta años y ahora estaba sola para siempre. Dejó el libro encima de la colcha, el dedo anular señalando una página y el resto aferrado a la tapa. Era la garra de un animal herido asido a la nada. No tenía derecho ni al recuerdo.
Ahora estarían tirando tierra sobre el féretro. Alguien, no sabía quién, dejaría caer veinte rosas rojas entre la madera y la tierra. Sin cintas, sin nombre. Sus rosas no tenían derecho a nombre. Veinte años no es nada. La vida borra con la muerte lo que no ha de verse. Lo que el mundo aun sabiendo no quiere que se vea.
Estaba empezando a marearse. A él no le habría gustado. La habría llamado hipocondríaca. “Ya estás somatizando” Le habría dado un grito y un beso. Pero él no estaba. Nunca más le gritaría. No volvería a besarla. No volvería a tirarla de la cama de un empujón. Nunca más oiría su voz diciendo: “Dúchate, venga, vamos a pasear”.
Lavarse los dientes ya no sería lo mismo. Ya no vendría por detrás. Nadie la engancharía por la cintura. Los botones del pijama no se abrirían. No sentiría la mano grande subiendo por la tripa. El cuello no volvería a dolerle por tener que echar la cabeza hacia atrás buscando su boca.
El libro de poemas voló por encima de la cama. Quería sentir dolor en el cuello. Quería retorcerse contra él. No quería aquel dolor de alma. No quería vacío. Quería que él volviese. Quería estar sentada encima de su tripa para siempre. Mirando sus ojos. Quería ver aquellos ojos verdes llenos de manchas marrones. Quería mirar aquellos ojos una vez más. Quería el cuello de toro entre sus manos. Mirarse. Separarse en mitad del sueño y volver a encontrarse de madrugada. Viajar, comer, ¡Dios! ¡Cuánto le gustaba todo! Cuánto le había amado. Cuánto le amaba. De qué manera le quería. Desde el mismo día en que se vieron. Le deseó desde ese mismo instante.
Mirar, ver. Si tuviese valor se arrancaría los ojos. Eso debería hacer. Y cortarse las orejas. Quemar las yemas de los dedos. La nariz ya no la quería para nada. No volvería a ponerla sobre su frente después de hacer el amor. No podría oler la piel de la frente. Ni el pelo cano.
Abrió los ojos. Aspiró. Aún estaba dentro. Tenía su olor hasta en las tripas. No necesitaba más. El sudor de la frente de “su hombre” olía a vida.
-Eres mi hombre. Te pongas como te pongas, eso eres.
Y él se ponía como un loco.
-Estás chiflada. Estás como una cabra. Entérate de una vez. Me das miedo cuando dices esas cosas. Eres un peligro público.
Ella reía y encarándose decía:
-¿Si? ¡Bueno y qué!
Veinte años. Así había sido durante veinte años. “Te quiero”. “No quiero hablar contigo, hoy no. Hoy te tengo manía. Quizá más tarde no te la tenga, no lo sé. Hola, lo he meditado mucho y he decidido que no mereces ser mi amante. No mereces que te quiera”. Ella lo hacía para herir, para morir matando. Lo hacía cuando pensaba que se moriría de algún tumor extraño. Y no quería que él sufriese por eso. Quería alejarlo de su dolor. “Eso” solía pasar varias veces al año. A él lo dejaba desconcertado. Durante doscientos cuarenta meses, cuatro mil trescientos ochenta y un días más o menos había sido así.
De vez en cuando él le recordaba que ya no era una niña, que tenía manchas marrones en las manos. Ella respondía: “Y qué!” Tengo estrías en el cerebro por tu culpa”
Y ni las arrugas de los párpados podían esconder el arrebato. Había vivido “arrebatá” “enamorá perdía”. Y ahora, cuando todo era más sereno, más calmo, él se moría. La dejaba sola. Ella le había dicho muchas veces: “Si te mueres antes que yo, no te lo perdonaré nunca; te resucito y te mato con mis manos o mi boca. ¡Te lo juro, te mato a besos!
Nunca más volvería a ver su número en la pantalla del móvil. Y nunca era tanto tiempo. Nunca era jamás. Y jamás es siempre. Y siempre desde hoy sería todo.
Ella debía conformarse con ser "la dama", lo que en el fondo tenía una connotación despectiva. Pero ella había sido siempre ella. Nunca fue señora de..., se conformó con ser mujer. Nunca pidió un anillo, aunque en el fondo sí que le hubiese gustado. Nunca había entendido aquella extraña relación a tantas bandas. Pero un día, después de algunos años, dejó de preocuparle. Ella le quería y no le atormentaba si él estaba enamorado o no. Él siempre regresaba a su lado y ella se dejaba caer en sus brazos. Él se acunaba y eso era lo único importante.
Siempre había perdido en aquella relación. Perdía para ganarlo a él. Había amado de una forma que nunca pudo imaginar. Había sido tan feliz. Había sido tan fácil aprender todo aquello con él. Para él. Se abrió a sus ojos con una naturalidad que aún le extrañaba. No podría haber sido igual con otro hombre. Jamás. Era cuestión de sentido, de sentimiento. Voluptuoso, sensorial, emocional. Delicadeza, ternura, excitación. De todo auello.
Nada de aquellas cosas aparentemente sin importancia volverían a suceder. Y habían sido, eran tan importantes que gracias a todo aquello pudo vivir. A trozos, vivía a trozos pero de una manera tan intensa que los últimos veinte años fueron los mejores de su vida. Los cuarenta anteriores carecían de importancia. No fueron más que un camino hacia el encuentro. Tardío. Había llegado tarde y a destiempo. Arrollando. Como un viento del norte. Como una plaga de terminas. Comenzó por su mente y terminó paseándose por todo su cuerpo.
Ella había deseado tanto una casa normal, un amor estable, un hijo, un marido. La envidiaban, lo curioso era eso. Sus amigas la envidiaban. La admiraban. Tenía un hombre rico, famoso, que aparentemente la quería. Viajaban por medio mundo. Pensaban que no quería más. Y ella quería ser una maruja ilustrada. Ilustrada pero maruja. Y nunca lo había sido. Era un ama de casa a "saltos", a trozos. Sólo cuando a él le daba el arrebato de "jugar a las cocinitas". ¿por qué le había querido tanto? ¿por qué una mujer inteligente hace esas cosas? El sollozo fue tan profundo, tan desgarrador que casi ni oyó como Asunción decía: "En cinco minutos estoy ahí".
Dejó caer el teléfono de la mano. Se agarró a la almohada abrazándola. Quería morirse. Marchar con él. No quería sentir aquel dolor. No podría soportarlo más tiempo. De repente la almohada la llenó de aquel olor. Se estiró, buscó con la nariz como un perro. Era su aroma. Raspó la cara entera con la funda, la arañó esperando notar la humedad del sudor en cada pliegue de la almohada. Con el pecho y el vientre aplastados contra el colchón, buscaba olores de manera desesperada. Pasó la lengua por la funda. Tenía su sabor. La muerte no había cambiado los olores. Ni ella podía borrarlos. La muerte no era nadie en aquella cama.
Él había dejado de respirar. Así de fácil. Sin más. Ella estaba medio dormida y se volvió a mirarlo como hacía cada noche. Parecía dormir. Se acercó a besarlo. Tomó entre los suyos un trozo de su labio inferior. No hubo más respuesta que el trozo de carne escapando de su boca. No respiraba. No pudo reanimarlo. Golpeó su pecho con desesperación. Esperaba los latidos, quería que volviese a funcionar. Pero no lo hizo. Al cabo de un rato, mientras su propio corazón pareció estaallar, dejó de intentarlo. Se arrimó a él, lo abrazó. Besó su cara y subió la ropa de la cama. Lo arropó. Lloró en silencio, sin ruido. Le habló suave unas veces, a gritos otras.
Coincidiendo con alguna ausencia, hace unos meses leí “De la ternura, la impostura y el sexo” de Susana Pérez-Alonso. Me encantó el libro, cuatro historias de mujeres maduras, independientes, luchadoras, mujeres que se habían dejado la piel buscando su independencia… Llega el momento de replantearse si realmente es eso lo que quieren…
Una vertiginosa lucha las ha llevado a un lugar que ya no les gusta. Su carne pide algo distinto… Sus entrañas desprenden un olor extraño, sus miradas se apagaron…
Sintieron los mayores placeres de la vida, fueron plenas durante casi una vida, disfrutaron la purpurina de las noches de luna llena…
Ahora eso no les basta
Desean más
Se buscan una y otra vez en los rincones vacíos de sus dudas.
Creo que hoy volveré a leerlo.
Un fragmento que siempre me hará vibrar: “Ahora, mientras ella leía poemas de Kavafis, lo estarían enterrando. Estaba en la cama grande, inmensa, que habían comprado hacía veinte años. Veía los cuadros que él había colgado año tras año. Grandes, extraños. A ella no le habían gustado nunca. No entendía esa pintura. No entendía tantas cosas…
Dentro de un mes cumpliría sesenta años y ahora estaba sola para siempre. Dejó el libro encima de la colcha, el dedo anular señalando una página y el resto aferrado a la tapa. Era la garra de un animal herido asido a la nada. No tenía derecho ni al recuerdo.
Ahora estarían tirando tierra sobre el féretro. Alguien, no sabía quién, dejaría caer veinte rosas rojas entre la madera y la tierra. Sin cintas, sin nombre. Sus rosas no tenían derecho a nombre. Veinte años no es nada. La vida borra con la muerte lo que no ha de verse. Lo que el mundo aun sabiendo no quiere que se vea.
Estaba empezando a marearse. A él no le habría gustado. La habría llamado hipocondríaca. “Ya estás somatizando” Le habría dado un grito y un beso. Pero él no estaba. Nunca más le gritaría. No volvería a besarla. No volvería a tirarla de la cama de un empujón. Nunca más oiría su voz diciendo: “Dúchate, venga, vamos a pasear”.
Lavarse los dientes ya no sería lo mismo. Ya no vendría por detrás. Nadie la engancharía por la cintura. Los botones del pijama no se abrirían. No sentiría la mano grande subiendo por la tripa. El cuello no volvería a dolerle por tener que echar la cabeza hacia atrás buscando su boca.
El libro de poemas voló por encima de la cama. Quería sentir dolor en el cuello. Quería retorcerse contra él. No quería aquel dolor de alma. No quería vacío. Quería que él volviese. Quería estar sentada encima de su tripa para siempre. Mirando sus ojos. Quería ver aquellos ojos verdes llenos de manchas marrones. Quería mirar aquellos ojos una vez más. Quería el cuello de toro entre sus manos. Mirarse. Separarse en mitad del sueño y volver a encontrarse de madrugada. Viajar, comer, ¡Dios! ¡Cuánto le gustaba todo! Cuánto le había amado. Cuánto le amaba. De qué manera le quería. Desde el mismo día en que se vieron. Le deseó desde ese mismo instante.
Mirar, ver. Si tuviese valor se arrancaría los ojos. Eso debería hacer. Y cortarse las orejas. Quemar las yemas de los dedos. La nariz ya no la quería para nada. No volvería a ponerla sobre su frente después de hacer el amor. No podría oler la piel de la frente. Ni el pelo cano.
Abrió los ojos. Aspiró. Aún estaba dentro. Tenía su olor hasta en las tripas. No necesitaba más. El sudor de la frente de “su hombre” olía a vida.
-Eres mi hombre. Te pongas como te pongas, eso eres.
Y él se ponía como un loco.
-Estás chiflada. Estás como una cabra. Entérate de una vez. Me das miedo cuando dices esas cosas. Eres un peligro público.
Ella reía y encarándose decía:
-¿Si? ¡Bueno y qué!
Veinte años. Así había sido durante veinte años. “Te quiero”. “No quiero hablar contigo, hoy no. Hoy te tengo manía. Quizá más tarde no te la tenga, no lo sé. Hola, lo he meditado mucho y he decidido que no mereces ser mi amante. No mereces que te quiera”. Ella lo hacía para herir, para morir matando. Lo hacía cuando pensaba que se moriría de algún tumor extraño. Y no quería que él sufriese por eso. Quería alejarlo de su dolor. “Eso” solía pasar varias veces al año. A él lo dejaba desconcertado. Durante doscientos cuarenta meses, cuatro mil trescientos ochenta y un días más o menos había sido así.
De vez en cuando él le recordaba que ya no era una niña, que tenía manchas marrones en las manos. Ella respondía: “Y qué!” Tengo estrías en el cerebro por tu culpa”
Y ni las arrugas de los párpados podían esconder el arrebato. Había vivido “arrebatá” “enamorá perdía”. Y ahora, cuando todo era más sereno, más calmo, él se moría. La dejaba sola. Ella le había dicho muchas veces: “Si te mueres antes que yo, no te lo perdonaré nunca; te resucito y te mato con mis manos o mi boca. ¡Te lo juro, te mato a besos!
Nunca más volvería a ver su número en la pantalla del móvil. Y nunca era tanto tiempo. Nunca era jamás. Y jamás es siempre. Y siempre desde hoy sería todo.
Ella debía conformarse con ser "la dama", lo que en el fondo tenía una connotación despectiva. Pero ella había sido siempre ella. Nunca fue señora de..., se conformó con ser mujer. Nunca pidió un anillo, aunque en el fondo sí que le hubiese gustado. Nunca había entendido aquella extraña relación a tantas bandas. Pero un día, después de algunos años, dejó de preocuparle. Ella le quería y no le atormentaba si él estaba enamorado o no. Él siempre regresaba a su lado y ella se dejaba caer en sus brazos. Él se acunaba y eso era lo único importante.
Siempre había perdido en aquella relación. Perdía para ganarlo a él. Había amado de una forma que nunca pudo imaginar. Había sido tan feliz. Había sido tan fácil aprender todo aquello con él. Para él. Se abrió a sus ojos con una naturalidad que aún le extrañaba. No podría haber sido igual con otro hombre. Jamás. Era cuestión de sentido, de sentimiento. Voluptuoso, sensorial, emocional. Delicadeza, ternura, excitación. De todo auello.
Nada de aquellas cosas aparentemente sin importancia volverían a suceder. Y habían sido, eran tan importantes que gracias a todo aquello pudo vivir. A trozos, vivía a trozos pero de una manera tan intensa que los últimos veinte años fueron los mejores de su vida. Los cuarenta anteriores carecían de importancia. No fueron más que un camino hacia el encuentro. Tardío. Había llegado tarde y a destiempo. Arrollando. Como un viento del norte. Como una plaga de terminas. Comenzó por su mente y terminó paseándose por todo su cuerpo.
Ella había deseado tanto una casa normal, un amor estable, un hijo, un marido. La envidiaban, lo curioso era eso. Sus amigas la envidiaban. La admiraban. Tenía un hombre rico, famoso, que aparentemente la quería. Viajaban por medio mundo. Pensaban que no quería más. Y ella quería ser una maruja ilustrada. Ilustrada pero maruja. Y nunca lo había sido. Era un ama de casa a "saltos", a trozos. Sólo cuando a él le daba el arrebato de "jugar a las cocinitas". ¿por qué le había querido tanto? ¿por qué una mujer inteligente hace esas cosas? El sollozo fue tan profundo, tan desgarrador que casi ni oyó como Asunción decía: "En cinco minutos estoy ahí".
Dejó caer el teléfono de la mano. Se agarró a la almohada abrazándola. Quería morirse. Marchar con él. No quería sentir aquel dolor. No podría soportarlo más tiempo. De repente la almohada la llenó de aquel olor. Se estiró, buscó con la nariz como un perro. Era su aroma. Raspó la cara entera con la funda, la arañó esperando notar la humedad del sudor en cada pliegue de la almohada. Con el pecho y el vientre aplastados contra el colchón, buscaba olores de manera desesperada. Pasó la lengua por la funda. Tenía su sabor. La muerte no había cambiado los olores. Ni ella podía borrarlos. La muerte no era nadie en aquella cama.
Él había dejado de respirar. Así de fácil. Sin más. Ella estaba medio dormida y se volvió a mirarlo como hacía cada noche. Parecía dormir. Se acercó a besarlo. Tomó entre los suyos un trozo de su labio inferior. No hubo más respuesta que el trozo de carne escapando de su boca. No respiraba. No pudo reanimarlo. Golpeó su pecho con desesperación. Esperaba los latidos, quería que volviese a funcionar. Pero no lo hizo. Al cabo de un rato, mientras su propio corazón pareció estaallar, dejó de intentarlo. Se arrimó a él, lo abrazó. Besó su cara y subió la ropa de la cama. Lo arropó. Lloró en silencio, sin ruido. Le habló suave unas veces, a gritos otras.
Comentario:
Susana: anoche aluciné escuchándote por Radio Nacional. Estoy deseando conectar contigo para confirmar la sensación de que eres real.Ya creía imposible sentirse de izquierdas con tanto mamarracho en coche oficial. Voy a ir a la Casa del Libro a buscar todos tus libros (compraré los que pueda). Tu amigo Antonio.
Comentario:
Gracias por el comentario, muchas gracias, de verdad:) Entré a buscar una cosa y encontré esto. Gracias :)
Susana
Susana
Comentario:
Querida Esquirla!
Estos días no ando por aquí. Ya sabes que a veces me escondo. Ya saldré...
Mil besos...
Estos días no ando por aquí. Ya sabes que a veces me escondo. Ya saldré...
Mil besos...
Comentario:
Me lo apunto por si el interés, el momento va a más...
Por cierto no he llegado a leer el post completo.....te buscaba a tí
Un beso!
Por cierto no he llegado a leer el post completo.....te buscaba a tí
Un beso!
Comentario:
Susana Pérez-Alonso es la mejor!
Susana for president!!!!
por cierto, un besazo!
Susana for president!!!!
por cierto, un besazo!





