La luna y las mujeres y los hombres de ojos vacíos.
Edith Södergran decía ser un neutro, y ser mar y alma. También dijo -qué atrevida- ser fuego y agua en unión sincera sin condiciones, y que Dios es lo que el anhelo puede hacer bajar a la tierra. Amaba lo muerto al igual que yo -almas paralelas con un siglo de diferencia, quelle bêtise- porque la ruta de la luna alrededor de este bendito planeta no es más que un camino de muerte, una tela, una red intransigente de palabras efímeras que resbalan en el siglo amargo que me vio nacer y morir, nacer y morir, un siglo XX arrugado para ella y para mí, para nosotras que, como si fuéramos Simona Vinci escribiendo aquel primer relato de aquella segunda novela, quisiéramos ver a nuestro retoño resbalando y partiéndose la crisma, la sangre en el agua monumento al amor. Y es que la muerte, mes enfants, es un monumento al amor.
Edith desnuda sus ojos al admitir que se encontró con un hombre de mirada vacía. Desnuda mis propios versos al describir su acento de tsunamis desquiciados, y los versos decían,
sí los versos suyos decían algo así como que amó una vez a un hombre, y preguntaréis dónde está la gracia, pero es que resulta que él, ¡oh!, él no creía en nada. Y el muy hijo de la gran puta -podéis daros cuenta del poder de las palabras- llegó un día frío con los ojos vacíos (y es que nos pierden, señoras, nos pierden), para marcharse (repítome: ¡hijoputa!) un día pesado con el olvido en la frente.
Edith y yo nos cogemos de la mano en el vacío obtuso del tiempo y nos tornamos cerebro único al confluir la sangre a un mismo pensamiento:
Qué maravilloso es todo lo muerto
y qué indescriptible:
una hoja muerta y un hombre muerto
y el disco de la luna.
charlize+edith=laniñaquequeríaserpoetisanórdica
Edith desnuda sus ojos al admitir que se encontró con un hombre de mirada vacía. Desnuda mis propios versos al describir su acento de tsunamis desquiciados, y los versos decían,
sí los versos suyos decían algo así como que amó una vez a un hombre, y preguntaréis dónde está la gracia, pero es que resulta que él, ¡oh!, él no creía en nada. Y el muy hijo de la gran puta -podéis daros cuenta del poder de las palabras- llegó un día frío con los ojos vacíos (y es que nos pierden, señoras, nos pierden), para marcharse (repítome: ¡hijoputa!) un día pesado con el olvido en la frente.
Edith y yo nos cogemos de la mano en el vacío obtuso del tiempo y nos tornamos cerebro único al confluir la sangre a un mismo pensamiento:
Qué maravilloso es todo lo muerto
y qué indescriptible:
una hoja muerta y un hombre muerto
y el disco de la luna.
charlize+edith=laniñaquequeríaserpoetisanórdica





