A propósito de un relato de António Lobo Antunes ("Hospital Miguel Bombarda")
Expedientes solapantes
Nadie sabe por qué, pero es un hecho que leemos ciertas cosas sólo en determinados momentos, justo cuando van a cobrar sentido porque se solapan con sucesos recientes vividos con intensidad. Podría tratarse de mera probabilidad estadística (alguien que escribe sobre x en un momento t1 puede ser leído por otro que vive algo parecido a x en t2, siendo t1 y t2 relativamente cercanos…). Pero todos sabemos que en esto de leer y encontrar significado la estadística importa poco. Preferimos creer que un supremo hipervinculador, abstracto y eficiente, es el responsable de conectar el texto sobre x con mi vivencia de algo parecido a x, para arremeter así contra el vacío de significado cósmico hacia el que todo tiende.
El relato que comento se me solapa en varios aspectos: habla de una institución por la que deambulan enfermos pobres atiborrados de medicamentos, de expedientes disciplinarios por insubordinación, de un director impresentable que confunde estar ordenado con estar bien y de la vergüenza de haberse callado tantas veces. Estas cuatro fichas dan para jugar una buena partida.
António Lobo Antunes
Recién llegado de la guerra de Angola, el escritor empezó a trabajar como psiquiatra en prácticas en aquel manicomio de Lisboa. Era una pocilga y a nadie le importaba: los internos eran pobres. Un día el novelista se presentó al trabajo vestido con el uniforme de los pacientes. Le abrieron un expediente disciplinario. Ahora escribe: "Me da vergüenza haber trabajado en el hospital. De haberme callado tantas veces. Tenía que ganarme la vida ¿no?".
Hospital Miguel Bombarda
«Son casi las once de la noche. La fijeza de las farolas de fuera, tan quietas como los árboles. Normalmente palpitan, suben, bajan, parecen moverse. Algunos raros automóviles en la autopista o lo que quiera que sea. Y yo sentado, escribiendo.
No sé qué. Escribo.
La estilográfica ha de encontrar su camino.
Hoy almorcé en el hospital en el que trabajaba y donde conozco cada vez a menos personas. Siempre pensé, desde el primer día, que yo era un vulgar médico en prácticas recién llegado de África, que en lugar de hacerlo en un hospital me habían colocado en una pocilga de mierda. Pero ¿a quién le importa? Son enfermos y son pobres. Allí van ellos penando, atiborrados de medicamentos hasta la garganta, con expresiones vacías. Serenos, claro, pero en el sentido en que las verduras son serenas. Tuve un director para quien la serenidad era esencial: ponía en la receta sereno, ordenado, lo que para él era sinónimo de estar bien. El director, en cambio, que no era sereno ni ordenado, no tomaba ninguna medicina. Andaba detrás de las enfermeras como un perro hurgando en las sobras, se ponía la mano delante de la boca para susurrarme
-Tráigame a ésa
las empujaba contra la camilla, en la sala de vendajes. En una ocasión le pregunté
-¿Sereno y ordenado no será lo contrario de estar vivo?
y él, hinchándose tras el escritorio
-Mire que le inicio un expediente disciplinario
y me lo inició. Qué verbo extraordinario, iniciar. Le inicio un expediente disciplinario. Designaron a un fiscal que me llamó al despacho de la administración. El fiscal era el médico de cabecera de la pocilga. Un único médico de cabecera para centenares de pacientes. Llegaba al mediodía. Se iba a las once. Durante los años de practicante me iniciaron
(bendito verbo)
tres expedientes disciplinarios por insubordinación. No: dos por insubordinación, un tercero por presentarme al trabajo
(otra hermosa expresión, presentarse al trabajo)
vestido con el uniforme de los pacientes. Porque a los pacientes se les imponía un uniforme, lo que me sublevaba. Y les rapaban la cabeza. Y los atendían cada muerte de obispo. Pero andaban serenos y ordenados. Casi todos. Me acuerdo de un muchacho que se roció con gasolina y encendió una cerilla. De varios que se suicidaron. Del psicoanalista que aplicaba electrochoques en serie. Del terapeuta de grupo
(terapeuta de grupo: me pasé ocho años oyendo esa frasecita y aún no sé bien lo que es)
que, en la atención de urgencia, aplicaba dosis de inyecciones que me aterraban. Musitaba con dulzura
-Y ahora se toma un Lorenim y se queda confuso pero sereno.
Y, de hecho, la víctima se babeaba, farfullando incoherencias. Por lo menos no estorbaba a nadie. A propósito de uniforme, me acordé ahora de que hay una fotografía del poeta Ângelo de Lima con él y con la cabecita rapada. Compuso unos cuantos versos en el hospital, algunos excelentes.
Dibujaba. Mi padre recordaba haber visto sus dibujos y sus escritos llenándose de moho en una especie de sótano. No interesaban un cuerno: estupideces de un loquito cualquiera. En el segundo año como practicante gané el premio de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría con un trabajo sobre él: debo de haber sido el único en presentarse. En la ceremonia de entrega del premio el director, repentinamente amable
-Es una pena que usted sea tan impulsivo
yo que no era para nada impulsivo.
En veintisiete meses de guerra una persona aprende, aunque no sea más que a dominarse. Quien no se dominaba, se moría. Quien se dominaba, se moría menos. Yo sólo me morí un poco.
No hay una pizca de exageración en lo que he dicho. Escribí todo un libro sobre esto, llamado Conocimiento del infierno, y el resultado fue que uno de mis jefes se apareció con una pistola en el hospital para pegarme un tiro. No estaba sereno ni ordenado pero no lo internaron. Cuando se cruzaba conmigo, se echaba a correr. Nunca vi la pistola, yo que me acordaba muy bien de esos instrumentos. Me harté de montarlos y desmontarlos. De aceitarlos. De apretarles el gatillo.
Once de la noche. Tal vez medianoche. La fijeza de la farola de fuera, tan quietas como los árboles. Normalmente palpitan, suben, bajan, parecen moverse. Me da vergüenza haber trabajado en el hospital. De haber sido médico allí. De haberme callado tantas veces. Tenía que ganarme la vida, ¿no? Todos tenemos que ganarnos la vida, ¿no? Una muchacha se estranguló con la cinta del pelo, y el asistente a mí
-Esto queda entre nosotros.
Farolas tan quietas como los árboles. Yo sentado escribiendo. No sé qué. Escribo. La estilográfica ha de encontrar su camino. Lo encontró: en la punta de la pluma veo a un muchacho rociándose con gasolina, encendiendo una cerilla. Pero eso, es evidente, queda entre nosotros.»
- La estilográfica ha de encontrar su camino.
Parece experiencia común que el impulso de escribir surge más bien a deshoras, cuando cesa el crujir de lo cotidiano y el nivel de consciencia sensorial se relaja hasta dar su oportunidad a los automatismos. Sólo entonces las estilográficas encuentran su camino y los teclados sus combinaciones. Es preciso reducir al mínimo la afluencia de estímulos que entretienen y dispersan nuestra atención para facilitar el procesamiento y la salida de lo sentido y sus significados.
- Hoy almorcé en el hospital en el que trabajaba y donde conozco cada vez a menos personas.
Me pregunto qué sentiría si visitara en unos años las aulas de secundaria donde he trabajado, sobre todo las más cutres, y me viera rodeado de alumnos que no conozco. No diría, seguramente, que “me habían colocado en una pocilga de mierda”, pero sí que a muchos les importó muy poco que se le parecieran bastante.
Exageraría diciendo que los alumnos tenían mucho en común con los enfermos de un psiquiátrico. Pero igual bastantes cosas sí; y con los pobres también. Entre el deambular de muchos estudiantes y el penar de enfermos psiquiátricos puede que no detectara tanta diferencia; tampoco entre el atiborre de medicamentos y el efecto de otras sustancias. Y donde me vería perdido sería en el reconocimiento de diferencias entre las expresiones vacías de muchos alumnos de secundaria, enfermos psiquiátricos y verduras.
El “efecto vacío” de los medicamentos en el psiquiátrico se corresponde con el “público, en efecto” de muchos centros de secundaria. Sería injusto omitir que tuve promociones donde predominaron los alumnos despiertos, ilusionados y maduros. Como obligado es reconocer que tienden a menos (OCDE dixit).
- Tuve un director para quien la serenidad era esencial: ponía en la receta sereno, ordenado, lo que para él era sinónimo de estar bien. El director, en cambio, que no era sereno ni ordenado, no tomaba ninguna medicina.
Deben de ser legión, porque yo he padecido algunos de esos. Se trata de personajes intelectualmente abducidos por la nada, tecnoanalfabetos borrachos de burocracia. Les delataba su fraudulento empeño por aparentar normalidad a toda costa, aun siendo ellos el caos en persona. Cuesta considerarlos el resultado inevitable de leyes demasiado orgánicas y decretos realistas en exceso, pero podrían serlo. Al director del psiquiátrico del relato y los míos les une su patológica tendencia a imponer mediante reglamentos de régimen disciplinario la ecuación ordenado = bueno.
Presentada así podría sugerir algo incluso elevado, como presuntas vinculaciones entre el orden estético y el moral. Pero la práctica cotidiana ya se encargó durante años de disipar las presunciones: orden no es otra cosa que aparente ajuste a la formalidad de algún decreto -y sólo si les conviene, porque los molestos de igual o mayor rango se los pasan por donde más sudan, mientras los subordinales no se enteren-; bueno significa tranquilidad para su jornada laboral. Cuáles fuesen los resultados prácticos de este ajuste fraudulento sobre alumnos o profesores les traían al fresco: daba igual sacar analfabetos de los centros que intentar mantenerlos dentro con técnicas carcelarias. Lo importante era la ecuación, no sus efectos. Algunos nos dimos cuenta muy pronto de que ecuaciones como esa jamás explicarían el funcionamiento de un sistema en equilibrio; en realidad, sólo generaban caos y vacío. Pero ¿de qué otro modo justificar las nóminas de tantos impresentables nombrados a dedo precisamente por su ignorancia matemática?
-¿Sereno y ordenado no será lo contrario de estar vivo?
La pregunta sin malicia de Lobo Antunes a su director me recuerda un ruego que hice en una sesión de evaluación donde ocurrieron ciertos episodios poco gloriosos para el claustro de profesores. Decidí ponerle Sobresaliente a todos mis alumnos en la 2ª evaluación por su excelente comportamiento en clase y su cooperación eficaz buscando en internet y recopilando materiales de interés para las asignaturas de filosofía en bachillerato, compensando así la penuria de recursos existentes en el centro. Y solicité que, a ser posible, el sobresaliente tuviera efectos retroactivos para la primera evaluación, rogando hacer constar en acta que lamentaba no estar a la altura del alumnado y que también los absentistas tenían Sobre, precisamente por el buen gusto que demostraron al no asistir a un centro donde ocurrían las cosas que ocurrían, algunas muy desagradables; el mismo buen gusto que mostraban la directora y otros profesores llevando a sus hijos a un colegio privado, acojonados por los efectos letales de la ecuación orden = bien en los centros públicos.
Si a Lobo Antunes su director le amenazó con incoarle un expediente disciplinario –y se lo abrieron-, a mí el inspector me secuestró de oficio los sobresalientes y entregaron a los padres los boletines con la casilla de mi asignatura en blanco, sin más explicaciones. Eso sí, antes habían tenido el detalle de rogarme encarecidamente que cogiese una baja para, en mi ausencia, decir que estaba pirao y justificar así la evaporación del sobresaliente general. ¿Cómo explicar ante los ordinarios de turno que en varios cursos de una misma promoción los alumnos han merecido sobresaliente, cuando lo único que sobresale desde hace lustros es el acierto abrumador de las políticas educativas, en medio del suspenso general de todo el sistema y sus usuarios?
- ¿Estamos locos, o qué? Menudo desorden, …si el tema trasciende. ¡Cuántos quebraderos de cabeza darían los agravios comparativos! ¡... y qué atroz incremento del caos!
-pensaría el secuestrasobres-
Todo eso junto debía de ser algo muy malo para mis alumnos
(recuerden: todo por ellos, pero sin ellos)
y, por lo tanto, secuestrable de oficio. Este fue mi primer avistamiento severo de un control de calidad en el sistema educativo. Casi un expediente X, vamos.
- Durante los años de practicante me iniciaron
(bendito verbo)
tres expedientes disciplinarios por insubordinación. No: dos por insubordinación, un tercero por presentarme al trabajo
(otra hermosa expresión, presentarse al trabajo)
vestido con el uniforme de los pacientes.
En mi expediente, el verbo era incoar (parece más técnico, pero no tiene el glamour de iniciar). Y por insubordinación también. Pero resulta más verosímil pensar que fue por presentarme al trabajo como funcionario con ganas de trabajar. O por decir que para dar bien las clases hacían falta ciertos medios y mejores condiciones. Mi verdadero delito fue pedir por escrito, y con registro de entrada, varios ordenadores portátiles, programas, un DVD con TV y el traslado de un ordenador sin utilizar en la sala de profesores al aula de un grupo del que era tutor, para instalarle software educativo y dejarles aprender por su cuenta. Todo esto junto y de una tacada debió resultarles amenazante, desestabilizador, si cundía el ejemplo. Y decidieron expedientar por lo sano.
Otro parecido encuentro en el episodio que nos abrió más los ojos: Lobo Antunes no puede olvidar a un muchacho que se roció con gasolina y se prendió. Lo mío no llegó a tanto, pero sí vi a varios alumnos desvanecerse o salir del centro en ambulancia y a un amigo de las ecuaciones decir, mientras abanicaba a un aturdido, “tranquilo, sólo es ansiedad…” Todo el edificio era un contenedor inflamable y un avispero de zumbidos de motor interminables, resultado de un proyecto arquitectónico infame que pasó por alto su insolación permanente y la vecindad de seis carriles de autovía poco dispuestos a alejarse de la pizarra.
Los ciegos de oficio decidieron sobre papel que 27-30º C eran condiciones normales para dar clase y 75-80 decibelios también, sin vacilar lo mínimo cuando conocieron además que unas sierras radiales y asesinas gustaban de unirse al coro infernal. Apenas unos grados centígrados y 15-20 decibelios separan al estudiante de su condición de biomasa, un sucedáneo fácil de clonar y mucho más barato de entretener. Los mismos grados y decibelios que alejan al señor de la pizarra de su condición de profesor y lo reducen a contaminación acústica. Pero explicarle estas cosas a los de orden = bien era tarea condenada al fracaso. Antes o después habría que darles con alguna metáfora en el morro, cosa muy mal vista entre personajes tan literales, grises y ordinarios de oficio. Total, para terminar explicándoles la diferencia entre un proyecto barato pero inútil y otro algo más caro pero compatible con su finalidad educativa... a quien administra la mala educación.
Me perdió hablarle a los alumnos de ergonomía y prevención de riesgos laborales en un edificio enfermo, regentado por incondicionales de la ecuación ordenado = bueno y, por lo visto, ya muy habituados a convivir con la enfermedad estructural. A Lobo Antunes le fastidió su excesiva identificación con los pacientes rapados del psiquiátrico y, sobre todo, presentarse al trabajo con uniforme de impresentable, el mismo que usaban los pacientes. Ya se sabe… la indignación es el detonante de la sublevación, y cuando ciertas cosas quedan patentes, el paso siguiente es inevitable y desordenado.
[Me acuerdo…] Del psicoanalista que aplicaba electrochoques en serie. Del terapeuta de grupo que, en la atención de urgencia, aplicaba dosis de inyecciones que me aterraban. Musitaba con dulzura
-Y ahora se toma un Lorenim y se queda confuso pero sereno.
Y, de hecho, la víctima se babeaba, farfullando incoherencias. Por lo menos no estorbaba a nadie.
Con qué eficacia filtra el tiempo los episodios y nos deja sólo bosquejos desplumados de lo que en su momento fueron impresiones en tromba. Quizás con todos sus detalles queden ocultos los significados y sea preciso recordarlos en esquema para que hoy tengan sentido. El psicoanalista aficionado al electrochoque y el terapeuta de grupo me evocan una clase donde permanecimos dentro del aula, a pesar del calor insoportable, porque queríamos ver una película en DVD y disponíamos de reproductor y proyector multimedia. Una muchacha cargada de sentido común me pidió, por favor, abrir un poco la ventana porque tenía mucho calor. Tenía su espalda apoyada contra la pared del fondo y le pedí que se acercara a la puerta del pasillo, que estaba abierta, a ver si notaba alivio, porque si abríamos la ventana entraba el ruido del tráfico por la autovía y anulaba el sonido de la película que a duras penas escuchábamos por el pequeño altavoz del proyector. Prefirió quedarse donde estaba y, al cabo de unos minutos, se acercó y me dijo que notaba calambres en el brazo derecho y tenía varios músculos de la cara rígidos.
Reconozco que me alarmé cuando comprobé que era cierto, y la acompañé a llamar a sus padres para irse a casa. Pero no pude evitar la sensación de haberlos puesto ese día al borde del desmayo y el calambre con mi empeño por evitar los ruidos para escuchar la película. Cuando volví de acompañarla vi al resto de la clase medio ‘sonaos’, adormilados y a duras penas manteniendo la cabeza sobre el cuello, con las ventanas abiertas para ventilarse como fuese y el ruido del tráfico apagando la banda sonora –que además distorsionaba como una lata por estar al máximo-. Comprendí que había caído en la trampa de la falsa ecuación: orden no era sólo igual a bueno; podía equivaler también a modorra, aburrimiento, agotamiento, ausencia, indiferencia y hasta muerte lenta por asfixia.
El efecto del Lorenim sobre los pacientes del psiquiátrico lo provocaban el calor y el ruido sobre mis alumnos. El babeo y las incoherencias sería cuestión de tiempo, supongo. Ese día volví a casa con muy mala oszia y peor cuerpo, que se agravó cuando supe las causas fisiológicas de los calambres y la rigidez muscular referidos por la pobre chica. En vez de llevarla a la cafetería y asegurarme de que ingería líquidos y zumos para reponer el agua y las sales perdidas –causas de los síntomas-, hice el jilipollas empeñándome en proyectarles una película del montón en un espacio sin condiciones ergonómicas elementales y viciado por la ecuación orden = bueno, tan insalubre en ambientes educativos medios y bajos.
-Es una pena que usted sea tan impulsivo
yo que no era para nada impulsivo.
En veintisiete meses de guerra una persona aprende, aunque no sea más que a dominarse. Quien no se dominaba, se moría.
Con qué frecuencia tendemos los humanos a considerar raros, impulsivos o de mal carácter a quienes se mueven en registros distintos al nuestro. Por lo que a mí respecta, prefiero las personas raras pero con talento, de mal carácter pero coherentes y lúcidos. Son los soplagaitas de presunto buen carácter los que me sacan de quicio. Por lo general, en ellos su carácter está por ver y lo poco que se observa huele a pose. Es la gente “de perfil institucional”, sin fuste individual y amaestrados para la estandarización de gestos vacíos, expresiones comodín y modales de conveniencia, la que me pone de los nervios. Con qué dificultad ocultan la mayoría su propensión al doble lenguaje y a la mentira patológica, agravados según la magnitud del deseo de medrar y su capacidad de aguante hasta lograr la plena abdución por el poder.
Hay que tratar con benevolencia a los que nos dicen que tenemos talento pero nos pierde el carácter. Verbalizar tales cosas ya supone un esfuerzo considerable y un punto de admiración que sólo surge de la amistad. Pero muchos no entienden que es el carácter lo que propicia el talento, obligado a seguirle muy de lejos en proyectos excesivos e imprudentes, impuestos casi por nuestro temperamento o tejido emocional. Pocas veces nuestros conocimientos y habilidades están a la altura de lo que el temperamento nos exige. Un carácter inquieto y “proyectante” es fuente de tormentos sin fin para quien anda justo de recursos mentales. Sin embargo, quien cultiva con esmero ciertas habilidades y nunca se da por satisfecho al aprender tendrá muchos motivos para estarle agradecido a su carácter. Sin él sus conocimientos no pasarían de ser mera instrucción y sus proyectos meros encargos de circunstancia.
Quizás no merezca la pena detenerse en explicarle a los íntimos que lo “impulsivo” a sus ojos no es más que el destilado inevitable de muchos otros pulsos y palpitaciones que, pujando con igual o más fuerza, de momento quedaron bajo control. Ese esfuerzo de contención resulta agotador y requiere un carácter fuerte. Igual procede hablarles de la distinción entre sistemas en equilibrio aparente pero sin dinámica alguna (el orden sereno de los cementerios, p.ej.) y el dominio o equilibrio resultante de la tensión entre fuerzas opuestas, como en el arco y la lira de Heráclito.
- Escribí todo un libro sobre esto, llamado Conocimiento del infierno, y el resultado fue que uno de mis jefes se apareció con una pistola en el hospital para pegarme un tiro. No estaba sereno ni ordenado pero no lo internaron. Cuando se cruzaba conmigo, se echaba a correr.
Qué atrevimiento, reflejar al jefe en un libro de autorreflexión. Casi todos los jefes se te aparecen con pistola, antes o después. Sólo te puedes fiar de los compañeros, que no pasan del 15-20% por lo general. El resto son sólo mano de obra, y muchos sólo manos, sin obra ni oficio alguno. Es una temeridad permitir que tu inmediato superior, jefa o jefo, acceda a tu diario personal y tenga la desgracia de verse en un espejo menos afín y complaciente. Como es de primerizos decirle lo que realmente piensas de su encomiable labor. O sacas el libro con seudónimo o te esperas a que muera el jefe. Pero no hay término medio. Un jefe subsiste en su inframundo particular a base de autobombo y charlas con abducidos, con otros igual de jilipollas pero más cercanos al puesto al que de verdad aspira y para cuyo perfil se entrena gesticulando cada mañana en el baño. Hacerles llegar por escrito la verdad es toda una imprudencia con resultado más que probable de lesiones y hasta homicidio. Primero porque les jodes el autobombo, cosa que a muchos les hunde y no sólo les afecta (bastante afectados van ya de por sí). Y segundo porque lo desplazas perturbadoramente del círculo de abducidos y le obligas a mirar para abajo, delito equiparable a pinchar un globo en plena ascensión.
De poco sirve apelar a normativas, leyes y reglamentos de regímenes internos o externos. Un jefe es un jefe, en su perfecta idiotez, pero las normas le afectan a él de manera distinta que a ti. No está escrito en ningún sitio pero te lo dicen por todos lados. Ha de presentar un cuadro clínico meridianamente claro, pero ten por seguro que la medicación te la pondrán a ti, no a él. Lo que nunca debes asumir es que toda salvación pasa por el jefe. Más bien lo contrario: no hay perdición sin el jefe. Pero mientras no suponga un riesgo socio-laboral inminente, a disimular por el hospital y cuidado con las pistolas.
Me da vergüenza haber trabajado en el hospital. De haber sido médico allí. De haberme callado tantas veces. Tenía que ganarme la vida, ¿no? Todos tenemos que ganarnos la vida, ¿no? Una muchacha se estranguló con la cinta del pelo, y el asistente a mí
-Esto queda entre nosotros.
También yo siento vergüenza de haber trabajado tanto tiempo en algunos sitios y de haberme callado demasiadas veces. Sobre todo lamento haber aparentado creer que orden = bueno y que tanto lo que hacía como lo que dejaba de hacer era para ganarme la vida. En realidad me la estaba desganando, y para largo. Me parece destructivo permanecer durante años con la sensación de no tener carácter ni proyectos. De momento, seguiré leyendo a los que conocen el infierno porque debían ganarse la vida. Después ya veremos qué hacer ante los jefes con pistola y poco serenos. Odiaría ser un esbirro al servicio de un jefe idiota.
Nadie sabe por qué, pero es un hecho que leemos ciertas cosas sólo en determinados momentos, justo cuando van a cobrar sentido porque se solapan con sucesos recientes vividos con intensidad. Podría tratarse de mera probabilidad estadística (alguien que escribe sobre x en un momento t1 puede ser leído por otro que vive algo parecido a x en t2, siendo t1 y t2 relativamente cercanos…). Pero todos sabemos que en esto de leer y encontrar significado la estadística importa poco. Preferimos creer que un supremo hipervinculador, abstracto y eficiente, es el responsable de conectar el texto sobre x con mi vivencia de algo parecido a x, para arremeter así contra el vacío de significado cósmico hacia el que todo tiende.
El relato que comento se me solapa en varios aspectos: habla de una institución por la que deambulan enfermos pobres atiborrados de medicamentos, de expedientes disciplinarios por insubordinación, de un director impresentable que confunde estar ordenado con estar bien y de la vergüenza de haberse callado tantas veces. Estas cuatro fichas dan para jugar una buena partida.
---------- [Relato aparecido en El País, suplem. Babelia, 4/12/04] ----------
António Lobo Antunes
Recién llegado de la guerra de Angola, el escritor empezó a trabajar como psiquiatra en prácticas en aquel manicomio de Lisboa. Era una pocilga y a nadie le importaba: los internos eran pobres. Un día el novelista se presentó al trabajo vestido con el uniforme de los pacientes. Le abrieron un expediente disciplinario. Ahora escribe: "Me da vergüenza haber trabajado en el hospital. De haberme callado tantas veces. Tenía que ganarme la vida ¿no?".
Hospital Miguel Bombarda
«Son casi las once de la noche. La fijeza de las farolas de fuera, tan quietas como los árboles. Normalmente palpitan, suben, bajan, parecen moverse. Algunos raros automóviles en la autopista o lo que quiera que sea. Y yo sentado, escribiendo.
No sé qué. Escribo.
La estilográfica ha de encontrar su camino.
Hoy almorcé en el hospital en el que trabajaba y donde conozco cada vez a menos personas. Siempre pensé, desde el primer día, que yo era un vulgar médico en prácticas recién llegado de África, que en lugar de hacerlo en un hospital me habían colocado en una pocilga de mierda. Pero ¿a quién le importa? Son enfermos y son pobres. Allí van ellos penando, atiborrados de medicamentos hasta la garganta, con expresiones vacías. Serenos, claro, pero en el sentido en que las verduras son serenas. Tuve un director para quien la serenidad era esencial: ponía en la receta sereno, ordenado, lo que para él era sinónimo de estar bien. El director, en cambio, que no era sereno ni ordenado, no tomaba ninguna medicina. Andaba detrás de las enfermeras como un perro hurgando en las sobras, se ponía la mano delante de la boca para susurrarme
-Tráigame a ésa
las empujaba contra la camilla, en la sala de vendajes. En una ocasión le pregunté
-¿Sereno y ordenado no será lo contrario de estar vivo?
y él, hinchándose tras el escritorio
-Mire que le inicio un expediente disciplinario
y me lo inició. Qué verbo extraordinario, iniciar. Le inicio un expediente disciplinario. Designaron a un fiscal que me llamó al despacho de la administración. El fiscal era el médico de cabecera de la pocilga. Un único médico de cabecera para centenares de pacientes. Llegaba al mediodía. Se iba a las once. Durante los años de practicante me iniciaron
(bendito verbo)
tres expedientes disciplinarios por insubordinación. No: dos por insubordinación, un tercero por presentarme al trabajo
(otra hermosa expresión, presentarse al trabajo)
vestido con el uniforme de los pacientes. Porque a los pacientes se les imponía un uniforme, lo que me sublevaba. Y les rapaban la cabeza. Y los atendían cada muerte de obispo. Pero andaban serenos y ordenados. Casi todos. Me acuerdo de un muchacho que se roció con gasolina y encendió una cerilla. De varios que se suicidaron. Del psicoanalista que aplicaba electrochoques en serie. Del terapeuta de grupo
(terapeuta de grupo: me pasé ocho años oyendo esa frasecita y aún no sé bien lo que es)
que, en la atención de urgencia, aplicaba dosis de inyecciones que me aterraban. Musitaba con dulzura
-Y ahora se toma un Lorenim y se queda confuso pero sereno.
Y, de hecho, la víctima se babeaba, farfullando incoherencias. Por lo menos no estorbaba a nadie. A propósito de uniforme, me acordé ahora de que hay una fotografía del poeta Ângelo de Lima con él y con la cabecita rapada. Compuso unos cuantos versos en el hospital, algunos excelentes.
Dibujaba. Mi padre recordaba haber visto sus dibujos y sus escritos llenándose de moho en una especie de sótano. No interesaban un cuerno: estupideces de un loquito cualquiera. En el segundo año como practicante gané el premio de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría con un trabajo sobre él: debo de haber sido el único en presentarse. En la ceremonia de entrega del premio el director, repentinamente amable
-Es una pena que usted sea tan impulsivo
yo que no era para nada impulsivo.
En veintisiete meses de guerra una persona aprende, aunque no sea más que a dominarse. Quien no se dominaba, se moría. Quien se dominaba, se moría menos. Yo sólo me morí un poco.
No hay una pizca de exageración en lo que he dicho. Escribí todo un libro sobre esto, llamado Conocimiento del infierno, y el resultado fue que uno de mis jefes se apareció con una pistola en el hospital para pegarme un tiro. No estaba sereno ni ordenado pero no lo internaron. Cuando se cruzaba conmigo, se echaba a correr. Nunca vi la pistola, yo que me acordaba muy bien de esos instrumentos. Me harté de montarlos y desmontarlos. De aceitarlos. De apretarles el gatillo.
Once de la noche. Tal vez medianoche. La fijeza de la farola de fuera, tan quietas como los árboles. Normalmente palpitan, suben, bajan, parecen moverse. Me da vergüenza haber trabajado en el hospital. De haber sido médico allí. De haberme callado tantas veces. Tenía que ganarme la vida, ¿no? Todos tenemos que ganarnos la vida, ¿no? Una muchacha se estranguló con la cinta del pelo, y el asistente a mí
-Esto queda entre nosotros.
Farolas tan quietas como los árboles. Yo sentado escribiendo. No sé qué. Escribo. La estilográfica ha de encontrar su camino. Lo encontró: en la punta de la pluma veo a un muchacho rociándose con gasolina, encendiendo una cerilla. Pero eso, es evidente, queda entre nosotros.»
---------[Traducción de Mario Merlino.]----------------
- La estilográfica ha de encontrar su camino.
Parece experiencia común que el impulso de escribir surge más bien a deshoras, cuando cesa el crujir de lo cotidiano y el nivel de consciencia sensorial se relaja hasta dar su oportunidad a los automatismos. Sólo entonces las estilográficas encuentran su camino y los teclados sus combinaciones. Es preciso reducir al mínimo la afluencia de estímulos que entretienen y dispersan nuestra atención para facilitar el procesamiento y la salida de lo sentido y sus significados.
- Hoy almorcé en el hospital en el que trabajaba y donde conozco cada vez a menos personas.
Me pregunto qué sentiría si visitara en unos años las aulas de secundaria donde he trabajado, sobre todo las más cutres, y me viera rodeado de alumnos que no conozco. No diría, seguramente, que “me habían colocado en una pocilga de mierda”, pero sí que a muchos les importó muy poco que se le parecieran bastante.
Exageraría diciendo que los alumnos tenían mucho en común con los enfermos de un psiquiátrico. Pero igual bastantes cosas sí; y con los pobres también. Entre el deambular de muchos estudiantes y el penar de enfermos psiquiátricos puede que no detectara tanta diferencia; tampoco entre el atiborre de medicamentos y el efecto de otras sustancias. Y donde me vería perdido sería en el reconocimiento de diferencias entre las expresiones vacías de muchos alumnos de secundaria, enfermos psiquiátricos y verduras.
El “efecto vacío” de los medicamentos en el psiquiátrico se corresponde con el “público, en efecto” de muchos centros de secundaria. Sería injusto omitir que tuve promociones donde predominaron los alumnos despiertos, ilusionados y maduros. Como obligado es reconocer que tienden a menos (OCDE dixit).
- Tuve un director para quien la serenidad era esencial: ponía en la receta sereno, ordenado, lo que para él era sinónimo de estar bien. El director, en cambio, que no era sereno ni ordenado, no tomaba ninguna medicina.
Deben de ser legión, porque yo he padecido algunos de esos. Se trata de personajes intelectualmente abducidos por la nada, tecnoanalfabetos borrachos de burocracia. Les delataba su fraudulento empeño por aparentar normalidad a toda costa, aun siendo ellos el caos en persona. Cuesta considerarlos el resultado inevitable de leyes demasiado orgánicas y decretos realistas en exceso, pero podrían serlo. Al director del psiquiátrico del relato y los míos les une su patológica tendencia a imponer mediante reglamentos de régimen disciplinario la ecuación ordenado = bueno.
Presentada así podría sugerir algo incluso elevado, como presuntas vinculaciones entre el orden estético y el moral. Pero la práctica cotidiana ya se encargó durante años de disipar las presunciones: orden no es otra cosa que aparente ajuste a la formalidad de algún decreto -y sólo si les conviene, porque los molestos de igual o mayor rango se los pasan por donde más sudan, mientras los subordinales no se enteren-; bueno significa tranquilidad para su jornada laboral. Cuáles fuesen los resultados prácticos de este ajuste fraudulento sobre alumnos o profesores les traían al fresco: daba igual sacar analfabetos de los centros que intentar mantenerlos dentro con técnicas carcelarias. Lo importante era la ecuación, no sus efectos. Algunos nos dimos cuenta muy pronto de que ecuaciones como esa jamás explicarían el funcionamiento de un sistema en equilibrio; en realidad, sólo generaban caos y vacío. Pero ¿de qué otro modo justificar las nóminas de tantos impresentables nombrados a dedo precisamente por su ignorancia matemática?
-¿Sereno y ordenado no será lo contrario de estar vivo?
La pregunta sin malicia de Lobo Antunes a su director me recuerda un ruego que hice en una sesión de evaluación donde ocurrieron ciertos episodios poco gloriosos para el claustro de profesores. Decidí ponerle Sobresaliente a todos mis alumnos en la 2ª evaluación por su excelente comportamiento en clase y su cooperación eficaz buscando en internet y recopilando materiales de interés para las asignaturas de filosofía en bachillerato, compensando así la penuria de recursos existentes en el centro. Y solicité que, a ser posible, el sobresaliente tuviera efectos retroactivos para la primera evaluación, rogando hacer constar en acta que lamentaba no estar a la altura del alumnado y que también los absentistas tenían Sobre, precisamente por el buen gusto que demostraron al no asistir a un centro donde ocurrían las cosas que ocurrían, algunas muy desagradables; el mismo buen gusto que mostraban la directora y otros profesores llevando a sus hijos a un colegio privado, acojonados por los efectos letales de la ecuación orden = bien en los centros públicos.
Si a Lobo Antunes su director le amenazó con incoarle un expediente disciplinario –y se lo abrieron-, a mí el inspector me secuestró de oficio los sobresalientes y entregaron a los padres los boletines con la casilla de mi asignatura en blanco, sin más explicaciones. Eso sí, antes habían tenido el detalle de rogarme encarecidamente que cogiese una baja para, en mi ausencia, decir que estaba pirao y justificar así la evaporación del sobresaliente general. ¿Cómo explicar ante los ordinarios de turno que en varios cursos de una misma promoción los alumnos han merecido sobresaliente, cuando lo único que sobresale desde hace lustros es el acierto abrumador de las políticas educativas, en medio del suspenso general de todo el sistema y sus usuarios?
- ¿Estamos locos, o qué? Menudo desorden, …si el tema trasciende. ¡Cuántos quebraderos de cabeza darían los agravios comparativos! ¡... y qué atroz incremento del caos!
-pensaría el secuestrasobres-
Todo eso junto debía de ser algo muy malo para mis alumnos
(recuerden: todo por ellos, pero sin ellos)
y, por lo tanto, secuestrable de oficio. Este fue mi primer avistamiento severo de un control de calidad en el sistema educativo. Casi un expediente X, vamos.
- Durante los años de practicante me iniciaron
(bendito verbo)
tres expedientes disciplinarios por insubordinación. No: dos por insubordinación, un tercero por presentarme al trabajo
(otra hermosa expresión, presentarse al trabajo)
vestido con el uniforme de los pacientes.
En mi expediente, el verbo era incoar (parece más técnico, pero no tiene el glamour de iniciar). Y por insubordinación también. Pero resulta más verosímil pensar que fue por presentarme al trabajo como funcionario con ganas de trabajar. O por decir que para dar bien las clases hacían falta ciertos medios y mejores condiciones. Mi verdadero delito fue pedir por escrito, y con registro de entrada, varios ordenadores portátiles, programas, un DVD con TV y el traslado de un ordenador sin utilizar en la sala de profesores al aula de un grupo del que era tutor, para instalarle software educativo y dejarles aprender por su cuenta. Todo esto junto y de una tacada debió resultarles amenazante, desestabilizador, si cundía el ejemplo. Y decidieron expedientar por lo sano.
Otro parecido encuentro en el episodio que nos abrió más los ojos: Lobo Antunes no puede olvidar a un muchacho que se roció con gasolina y se prendió. Lo mío no llegó a tanto, pero sí vi a varios alumnos desvanecerse o salir del centro en ambulancia y a un amigo de las ecuaciones decir, mientras abanicaba a un aturdido, “tranquilo, sólo es ansiedad…” Todo el edificio era un contenedor inflamable y un avispero de zumbidos de motor interminables, resultado de un proyecto arquitectónico infame que pasó por alto su insolación permanente y la vecindad de seis carriles de autovía poco dispuestos a alejarse de la pizarra.
Los ciegos de oficio decidieron sobre papel que 27-30º C eran condiciones normales para dar clase y 75-80 decibelios también, sin vacilar lo mínimo cuando conocieron además que unas sierras radiales y asesinas gustaban de unirse al coro infernal. Apenas unos grados centígrados y 15-20 decibelios separan al estudiante de su condición de biomasa, un sucedáneo fácil de clonar y mucho más barato de entretener. Los mismos grados y decibelios que alejan al señor de la pizarra de su condición de profesor y lo reducen a contaminación acústica. Pero explicarle estas cosas a los de orden = bien era tarea condenada al fracaso. Antes o después habría que darles con alguna metáfora en el morro, cosa muy mal vista entre personajes tan literales, grises y ordinarios de oficio. Total, para terminar explicándoles la diferencia entre un proyecto barato pero inútil y otro algo más caro pero compatible con su finalidad educativa... a quien administra la mala educación.
Me perdió hablarle a los alumnos de ergonomía y prevención de riesgos laborales en un edificio enfermo, regentado por incondicionales de la ecuación ordenado = bueno y, por lo visto, ya muy habituados a convivir con la enfermedad estructural. A Lobo Antunes le fastidió su excesiva identificación con los pacientes rapados del psiquiátrico y, sobre todo, presentarse al trabajo con uniforme de impresentable, el mismo que usaban los pacientes. Ya se sabe… la indignación es el detonante de la sublevación, y cuando ciertas cosas quedan patentes, el paso siguiente es inevitable y desordenado.
[Me acuerdo…] Del psicoanalista que aplicaba electrochoques en serie. Del terapeuta de grupo que, en la atención de urgencia, aplicaba dosis de inyecciones que me aterraban. Musitaba con dulzura
-Y ahora se toma un Lorenim y se queda confuso pero sereno.
Y, de hecho, la víctima se babeaba, farfullando incoherencias. Por lo menos no estorbaba a nadie.
Con qué eficacia filtra el tiempo los episodios y nos deja sólo bosquejos desplumados de lo que en su momento fueron impresiones en tromba. Quizás con todos sus detalles queden ocultos los significados y sea preciso recordarlos en esquema para que hoy tengan sentido. El psicoanalista aficionado al electrochoque y el terapeuta de grupo me evocan una clase donde permanecimos dentro del aula, a pesar del calor insoportable, porque queríamos ver una película en DVD y disponíamos de reproductor y proyector multimedia. Una muchacha cargada de sentido común me pidió, por favor, abrir un poco la ventana porque tenía mucho calor. Tenía su espalda apoyada contra la pared del fondo y le pedí que se acercara a la puerta del pasillo, que estaba abierta, a ver si notaba alivio, porque si abríamos la ventana entraba el ruido del tráfico por la autovía y anulaba el sonido de la película que a duras penas escuchábamos por el pequeño altavoz del proyector. Prefirió quedarse donde estaba y, al cabo de unos minutos, se acercó y me dijo que notaba calambres en el brazo derecho y tenía varios músculos de la cara rígidos.
Reconozco que me alarmé cuando comprobé que era cierto, y la acompañé a llamar a sus padres para irse a casa. Pero no pude evitar la sensación de haberlos puesto ese día al borde del desmayo y el calambre con mi empeño por evitar los ruidos para escuchar la película. Cuando volví de acompañarla vi al resto de la clase medio ‘sonaos’, adormilados y a duras penas manteniendo la cabeza sobre el cuello, con las ventanas abiertas para ventilarse como fuese y el ruido del tráfico apagando la banda sonora –que además distorsionaba como una lata por estar al máximo-. Comprendí que había caído en la trampa de la falsa ecuación: orden no era sólo igual a bueno; podía equivaler también a modorra, aburrimiento, agotamiento, ausencia, indiferencia y hasta muerte lenta por asfixia.
El efecto del Lorenim sobre los pacientes del psiquiátrico lo provocaban el calor y el ruido sobre mis alumnos. El babeo y las incoherencias sería cuestión de tiempo, supongo. Ese día volví a casa con muy mala oszia y peor cuerpo, que se agravó cuando supe las causas fisiológicas de los calambres y la rigidez muscular referidos por la pobre chica. En vez de llevarla a la cafetería y asegurarme de que ingería líquidos y zumos para reponer el agua y las sales perdidas –causas de los síntomas-, hice el jilipollas empeñándome en proyectarles una película del montón en un espacio sin condiciones ergonómicas elementales y viciado por la ecuación orden = bueno, tan insalubre en ambientes educativos medios y bajos.
-Es una pena que usted sea tan impulsivo
yo que no era para nada impulsivo.
En veintisiete meses de guerra una persona aprende, aunque no sea más que a dominarse. Quien no se dominaba, se moría.
Con qué frecuencia tendemos los humanos a considerar raros, impulsivos o de mal carácter a quienes se mueven en registros distintos al nuestro. Por lo que a mí respecta, prefiero las personas raras pero con talento, de mal carácter pero coherentes y lúcidos. Son los soplagaitas de presunto buen carácter los que me sacan de quicio. Por lo general, en ellos su carácter está por ver y lo poco que se observa huele a pose. Es la gente “de perfil institucional”, sin fuste individual y amaestrados para la estandarización de gestos vacíos, expresiones comodín y modales de conveniencia, la que me pone de los nervios. Con qué dificultad ocultan la mayoría su propensión al doble lenguaje y a la mentira patológica, agravados según la magnitud del deseo de medrar y su capacidad de aguante hasta lograr la plena abdución por el poder.
Hay que tratar con benevolencia a los que nos dicen que tenemos talento pero nos pierde el carácter. Verbalizar tales cosas ya supone un esfuerzo considerable y un punto de admiración que sólo surge de la amistad. Pero muchos no entienden que es el carácter lo que propicia el talento, obligado a seguirle muy de lejos en proyectos excesivos e imprudentes, impuestos casi por nuestro temperamento o tejido emocional. Pocas veces nuestros conocimientos y habilidades están a la altura de lo que el temperamento nos exige. Un carácter inquieto y “proyectante” es fuente de tormentos sin fin para quien anda justo de recursos mentales. Sin embargo, quien cultiva con esmero ciertas habilidades y nunca se da por satisfecho al aprender tendrá muchos motivos para estarle agradecido a su carácter. Sin él sus conocimientos no pasarían de ser mera instrucción y sus proyectos meros encargos de circunstancia.
Quizás no merezca la pena detenerse en explicarle a los íntimos que lo “impulsivo” a sus ojos no es más que el destilado inevitable de muchos otros pulsos y palpitaciones que, pujando con igual o más fuerza, de momento quedaron bajo control. Ese esfuerzo de contención resulta agotador y requiere un carácter fuerte. Igual procede hablarles de la distinción entre sistemas en equilibrio aparente pero sin dinámica alguna (el orden sereno de los cementerios, p.ej.) y el dominio o equilibrio resultante de la tensión entre fuerzas opuestas, como en el arco y la lira de Heráclito.
- Escribí todo un libro sobre esto, llamado Conocimiento del infierno, y el resultado fue que uno de mis jefes se apareció con una pistola en el hospital para pegarme un tiro. No estaba sereno ni ordenado pero no lo internaron. Cuando se cruzaba conmigo, se echaba a correr.
Qué atrevimiento, reflejar al jefe en un libro de autorreflexión. Casi todos los jefes se te aparecen con pistola, antes o después. Sólo te puedes fiar de los compañeros, que no pasan del 15-20% por lo general. El resto son sólo mano de obra, y muchos sólo manos, sin obra ni oficio alguno. Es una temeridad permitir que tu inmediato superior, jefa o jefo, acceda a tu diario personal y tenga la desgracia de verse en un espejo menos afín y complaciente. Como es de primerizos decirle lo que realmente piensas de su encomiable labor. O sacas el libro con seudónimo o te esperas a que muera el jefe. Pero no hay término medio. Un jefe subsiste en su inframundo particular a base de autobombo y charlas con abducidos, con otros igual de jilipollas pero más cercanos al puesto al que de verdad aspira y para cuyo perfil se entrena gesticulando cada mañana en el baño. Hacerles llegar por escrito la verdad es toda una imprudencia con resultado más que probable de lesiones y hasta homicidio. Primero porque les jodes el autobombo, cosa que a muchos les hunde y no sólo les afecta (bastante afectados van ya de por sí). Y segundo porque lo desplazas perturbadoramente del círculo de abducidos y le obligas a mirar para abajo, delito equiparable a pinchar un globo en plena ascensión.
De poco sirve apelar a normativas, leyes y reglamentos de regímenes internos o externos. Un jefe es un jefe, en su perfecta idiotez, pero las normas le afectan a él de manera distinta que a ti. No está escrito en ningún sitio pero te lo dicen por todos lados. Ha de presentar un cuadro clínico meridianamente claro, pero ten por seguro que la medicación te la pondrán a ti, no a él. Lo que nunca debes asumir es que toda salvación pasa por el jefe. Más bien lo contrario: no hay perdición sin el jefe. Pero mientras no suponga un riesgo socio-laboral inminente, a disimular por el hospital y cuidado con las pistolas.
Me da vergüenza haber trabajado en el hospital. De haber sido médico allí. De haberme callado tantas veces. Tenía que ganarme la vida, ¿no? Todos tenemos que ganarnos la vida, ¿no? Una muchacha se estranguló con la cinta del pelo, y el asistente a mí
-Esto queda entre nosotros.
También yo siento vergüenza de haber trabajado tanto tiempo en algunos sitios y de haberme callado demasiadas veces. Sobre todo lamento haber aparentado creer que orden = bueno y que tanto lo que hacía como lo que dejaba de hacer era para ganarme la vida. En realidad me la estaba desganando, y para largo. Me parece destructivo permanecer durante años con la sensación de no tener carácter ni proyectos. De momento, seguiré leyendo a los que conocen el infierno porque debían ganarse la vida. Después ya veremos qué hacer ante los jefes con pistola y poco serenos. Odiaría ser un esbirro al servicio de un jefe idiota.
| ------------ Imagen: Fernando Vicente, para Babelia/El País.------------ |
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| ¿Cuál es la diferencia? |
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| ------------ Imagen: OjiDigital Press ------------ |

