Relación entre política y mentira
La mentira como virus totalitario
PAOLO FLORES D'ARCAIS, filósofo italiano,
director de la revista MicroMega.
El País, 10/12/2004
«¿Es compatible la democracia liberal con la destrucción de esas que Hannah Arendt denominaba las "modestas verdades de hecho"? Su respuesta (y la nuestra) es un rotundo y sonoro "No". La destrucción de las verdades de hecho y su sustitución por una "verdad" de régimen son, en efecto, una de las características esenciales de los totalitarismos. (No por casualidad, tras haber suprimido los testimonios deben suprimir también a los testigos: primero se borra a Trotski de las fotografías, después se le "borra" en la realidad, es decir, se le asesina. La mentira sistemática, cuyo objetivo es el de suprimir las "modestas verdades de hecho", puede alentar otros crímenes).
Es cierto que el derecho a la mentira (es más, la mentira como virtud política) tiene una gran tradición. Pero antes de la democracia. La mentira como virtud del "realismo político" consiste en engañar a los enemigos. Que algunas veces (más bien siempre, por lo menos potencialmente) son también súbditos. Pero en democracia ya no hay súbditos, sólo hay ciudadanos soberanos. Un Gobierno que miente a los ciudadanos es en consecuencia un Gobierno que les priva de su soberanía, esa soberanía que, por medio de un mandato, constituye la única fuente de legitimidad del Gobierno. Y la acción de sustraer la soberanía se llama, técnicamente, golpe de Estado. Por tanto, toda mentira de Gobierno es, técnicamente hablando, un "golpe de Estado" latente. Una tentativa. Un preludio. Un indicio. Porque trata a los ciudadanos como enemigos, y no como soberanos: usurpa su poder.
[...]
Bush, en efecto, ha ganado no a pesar de sus mentiras, sino precisamente por haber rechazado reconocerlas con arrogancia, y por haber hablado de otras cosas (como Aznar en las Cortes hace unos días). Un "hablar de otras cosas" que no tiene en cuenta las "modestas verdades de hecho", sino que sólo tiene como objetivo construir y reforzar una identidad/pertenencia basada en ciertos "valores" y en la difamación de los adversarios. En el caso de Bush, estos "valores" son los de un fundamentalismo protestante totalmente fanático, que lo anima a declarar que ha recibido el programa electoral directamente de Jesús (declaración especular a la del fundamentalismo islámico que recita: "El Corán es nuestra Constitución").
En Occidente ya está en curso un choque que no había sido previsto por la filosofia política liberal y por la ciencia política: aquel entre el valor de las "modestas verdades de hecho" y la voluntad de anhelar los valores propios de pertenencia, la propia "identidad" política, incluso en perjuicio y como destrucción de las modestas verdades de hecho. Un choque que, sin duda alguna, era considerado como un choque de civilizaciones, pero entre el Occidente liberal-demócrata y sus antagonistas totalitarios. Y que, sin embargo, hoy se vuelve a plantear en el seno del Occidente mismo, cambiando de forma radical el sentido de la tradicional contraposición entre derecha e izquierda.
El amor (sí: el amor, la pasión civil, el deseo) por las modestas verdades de hecho debería constituir el ethos común e indestructible de toda la ciudadanía democrática: de derecha, de centro, de izquierda, y de cualquier otro matiz. La indignación por la mentira política debería ser automática en todo ciudadano, puesto que, como hemos visto, el ciudadano engañado es un ciudadano tratado como un súbdito, al que se le ha robado la soberanía. El orgullo (imperial) inglés afirmaba "right or wrong, my country", expresando exactamente la idea de una contraposición respecto a los enemigos. Pero cuando, en el seno de un mismo país, alguien puede actuar según la lógica de "true or false, my party", significa que considera enemigos no sólo a los que no piensan como él, sino que considera hostes a todos a los que todavía les preocupan las modestas verdades de hecho. Una forma suave de lógica de guerra civil.
Con Bush, con Aznar (y por supuesto, con Berlusconi) no tenemos que vérnosla con partidos de derecha, en el sentido tradicional del término, sino con fuerzas extrademocráticas (si no se quiere admitir, por cautela diplomática, que son más exactamente fuerzas antidemocráticas), porque al defender con orgullo y arrogancia su "derecho" a manipular y abolir los hechos, inoculando de forma masiva un virus totalitario en las democracias liberales, destruyen la base común (la realidad de los hechos) sobre la que dividirse según las diferentes opiniones. Es decir, destruyen los cimientos -como valor irrenunciable- de una convivencia civil.»
[Traducción de Valentina Valverde.]
---------------
[Comentario:
- Lo que muchos consideran "habilidad política" no consiste, por desgracia, más que en la facilidad para endosarle al enemigo (no adversario político), "verdades de régimen" como si fueran "verdades de hecho". Las instituciones politizadas, por dignas que pudieran ser en origen, degeneran en máquinas de ocultar "modestas verdades de hecho" y presentar, en su lugar, "verdades de conveniencia institucional" o "verdades de régimen". Es una forma ya clásica y bien consolidada de sustraer a los ciudadanos su poder de decisión, o su capacidad para reflexionar sobre temas que les incumben, convencidos de que tal proceso puede resultar problemático para los intereses de quien ostenta la máxima responsabilidad institucional. En su lugar, se le presentan como únicas verdades las previamente procesadas y neutralizadas, las "verdades orgánicas" o "de régimen". De ahí el empeño patológico de todas las formas de poder por controlar hasta el último eslabón de la maquinaria propagandística y cualquier fuente independiente de información. Dos ejemplos especialmente lamentables fueron el 11-M y el accidente del YAK-42, con Trillo al frente del Ministerio de Defensa. Pero episodios como los errores en cadena de las fuerzas de seguridad en la investigación de la trama de los explosivos utilizados en el 11-M ponen de manifiesto hasta qué punto puede resultar aberrante confiar en el sentido de la responsabilidad de quienes, precisamente por la cercanía de su cargo al poder político, son más proclives a convertirse en incondicionales de las "verdades de régimen". Especialmente cuando todas las "modestas verdades de hecho" se vuelven tozudas y dejan al descubierto la mentira e irresponsabilidad que el esbirro elegido para el cargo politizado, con toda la maquinaria neutralizadora a su servicio, no pudo ocultar por más tiempo.
- En sentido positivo, podrían aducirse ejemplos como el de Sherron Watkins, ejecutiva de Enron y subdirectora general, quien aseguró a los senadores estadounidenses que la eléctrica Enron (una de las compañías líderes en programas de apoyo a la comunidad, una de las 100 mejores empresas para trabajar en Estados Unidos y una de las más admiradas a nivel global, que por comunicar un espejismo se convirtió en paradigma de la autodestrucción) pudo haber sido salvada de la bancarrota, pero sus superiores ignoraron sus advertencias. Aseguró que Skilling, ex presidente ejecutivo de Enron, con toda probabilidad estaba enterado de los problemas financieros de la empresa. Sus superiores, no obstante, desoyeron sus advertencias sobre las dudosas prácticas contables, mediante la creación de sociedades que sirvieron para ocultar las pérdidas de Enron. En otoño, durante un breve periodo, Enron tuvo la posibilidad de salvarse, pero se perdió porque varios directivos no reconocían o no aceptaron que la compañía estaba manipulando su situación financiera. A Sherron Watkins le preocupó el cúmulo de "modestas verdades de hecho" que abocaban a su empresa a la ruina; al ex presidente, la ocultación de esta situación a toda costa mediante "verdades de régimen" que no pasaron de ser espejismos, con el único fin de dilatar lo posible en el tiempo la bancarrota de un conglomerado empresarial que dejó en la ruina a miles de accionistas, mientras engordaba a un reducido número de altos ejecutivos.
- Las democracias sólo se consolidan cuando la mayoría de los ciudadanos asumen con responsabilidad su condición de ciudadano y están dispuestos a poner todo su empeño en la defensa de las "modestas verdades de hecho", cuya suma e interrelación constituye el mejor antídoto contra toda forma de mentira y corrupción institucional. Esto requiere tanto acciones individuales como acudir a controles externos, en lo posible. Aunque no sean noticia, la vida administrativa está llena de infinidad de episodios destinados a neutralizar "modestas verdades de hecho" y consolidar "verdades de régimen" que sólo benefician a los responsables políticos de las mismas o a los funcionarios con intereses poco claros que trabajan en ellas. El ámbito de la política, la sanidad, la justicia y la educación, por la variedad y alcance de los servicios que prestan, constituyen entornos paradigmáticos. La reacción más frecuente contra quienes reclaman transparencia y mayor atención a las "modestas verdades de hecho", las que denotan un mal funcionamiento del servicio, suele ser de arremetida disciplinaria y acoso psicológico. De ahí que el mobbing sea un fenómeno tan extendido en toda la administración pública, en proporción directa al grado de desprofesionalización y politización de las instituciones, que terminan degenerando en meros instrumentos al servicio preferente del poder político de turno y sus intereses.]
PAOLO FLORES D'ARCAIS, filósofo italiano,
director de la revista MicroMega.
El País, 10/12/2004
«¿Es compatible la democracia liberal con la destrucción de esas que Hannah Arendt denominaba las "modestas verdades de hecho"? Su respuesta (y la nuestra) es un rotundo y sonoro "No". La destrucción de las verdades de hecho y su sustitución por una "verdad" de régimen son, en efecto, una de las características esenciales de los totalitarismos. (No por casualidad, tras haber suprimido los testimonios deben suprimir también a los testigos: primero se borra a Trotski de las fotografías, después se le "borra" en la realidad, es decir, se le asesina. La mentira sistemática, cuyo objetivo es el de suprimir las "modestas verdades de hecho", puede alentar otros crímenes).
Es cierto que el derecho a la mentira (es más, la mentira como virtud política) tiene una gran tradición. Pero antes de la democracia. La mentira como virtud del "realismo político" consiste en engañar a los enemigos. Que algunas veces (más bien siempre, por lo menos potencialmente) son también súbditos. Pero en democracia ya no hay súbditos, sólo hay ciudadanos soberanos. Un Gobierno que miente a los ciudadanos es en consecuencia un Gobierno que les priva de su soberanía, esa soberanía que, por medio de un mandato, constituye la única fuente de legitimidad del Gobierno. Y la acción de sustraer la soberanía se llama, técnicamente, golpe de Estado. Por tanto, toda mentira de Gobierno es, técnicamente hablando, un "golpe de Estado" latente. Una tentativa. Un preludio. Un indicio. Porque trata a los ciudadanos como enemigos, y no como soberanos: usurpa su poder.
[...]
Bush, en efecto, ha ganado no a pesar de sus mentiras, sino precisamente por haber rechazado reconocerlas con arrogancia, y por haber hablado de otras cosas (como Aznar en las Cortes hace unos días). Un "hablar de otras cosas" que no tiene en cuenta las "modestas verdades de hecho", sino que sólo tiene como objetivo construir y reforzar una identidad/pertenencia basada en ciertos "valores" y en la difamación de los adversarios. En el caso de Bush, estos "valores" son los de un fundamentalismo protestante totalmente fanático, que lo anima a declarar que ha recibido el programa electoral directamente de Jesús (declaración especular a la del fundamentalismo islámico que recita: "El Corán es nuestra Constitución").
En Occidente ya está en curso un choque que no había sido previsto por la filosofia política liberal y por la ciencia política: aquel entre el valor de las "modestas verdades de hecho" y la voluntad de anhelar los valores propios de pertenencia, la propia "identidad" política, incluso en perjuicio y como destrucción de las modestas verdades de hecho. Un choque que, sin duda alguna, era considerado como un choque de civilizaciones, pero entre el Occidente liberal-demócrata y sus antagonistas totalitarios. Y que, sin embargo, hoy se vuelve a plantear en el seno del Occidente mismo, cambiando de forma radical el sentido de la tradicional contraposición entre derecha e izquierda.
El amor (sí: el amor, la pasión civil, el deseo) por las modestas verdades de hecho debería constituir el ethos común e indestructible de toda la ciudadanía democrática: de derecha, de centro, de izquierda, y de cualquier otro matiz. La indignación por la mentira política debería ser automática en todo ciudadano, puesto que, como hemos visto, el ciudadano engañado es un ciudadano tratado como un súbdito, al que se le ha robado la soberanía. El orgullo (imperial) inglés afirmaba "right or wrong, my country", expresando exactamente la idea de una contraposición respecto a los enemigos. Pero cuando, en el seno de un mismo país, alguien puede actuar según la lógica de "true or false, my party", significa que considera enemigos no sólo a los que no piensan como él, sino que considera hostes a todos a los que todavía les preocupan las modestas verdades de hecho. Una forma suave de lógica de guerra civil.
Con Bush, con Aznar (y por supuesto, con Berlusconi) no tenemos que vérnosla con partidos de derecha, en el sentido tradicional del término, sino con fuerzas extrademocráticas (si no se quiere admitir, por cautela diplomática, que son más exactamente fuerzas antidemocráticas), porque al defender con orgullo y arrogancia su "derecho" a manipular y abolir los hechos, inoculando de forma masiva un virus totalitario en las democracias liberales, destruyen la base común (la realidad de los hechos) sobre la que dividirse según las diferentes opiniones. Es decir, destruyen los cimientos -como valor irrenunciable- de una convivencia civil.»
[Traducción de Valentina Valverde.]
---------------
[Comentario:
- Lo que muchos consideran "habilidad política" no consiste, por desgracia, más que en la facilidad para endosarle al enemigo (no adversario político), "verdades de régimen" como si fueran "verdades de hecho". Las instituciones politizadas, por dignas que pudieran ser en origen, degeneran en máquinas de ocultar "modestas verdades de hecho" y presentar, en su lugar, "verdades de conveniencia institucional" o "verdades de régimen". Es una forma ya clásica y bien consolidada de sustraer a los ciudadanos su poder de decisión, o su capacidad para reflexionar sobre temas que les incumben, convencidos de que tal proceso puede resultar problemático para los intereses de quien ostenta la máxima responsabilidad institucional. En su lugar, se le presentan como únicas verdades las previamente procesadas y neutralizadas, las "verdades orgánicas" o "de régimen". De ahí el empeño patológico de todas las formas de poder por controlar hasta el último eslabón de la maquinaria propagandística y cualquier fuente independiente de información. Dos ejemplos especialmente lamentables fueron el 11-M y el accidente del YAK-42, con Trillo al frente del Ministerio de Defensa. Pero episodios como los errores en cadena de las fuerzas de seguridad en la investigación de la trama de los explosivos utilizados en el 11-M ponen de manifiesto hasta qué punto puede resultar aberrante confiar en el sentido de la responsabilidad de quienes, precisamente por la cercanía de su cargo al poder político, son más proclives a convertirse en incondicionales de las "verdades de régimen". Especialmente cuando todas las "modestas verdades de hecho" se vuelven tozudas y dejan al descubierto la mentira e irresponsabilidad que el esbirro elegido para el cargo politizado, con toda la maquinaria neutralizadora a su servicio, no pudo ocultar por más tiempo.
- En sentido positivo, podrían aducirse ejemplos como el de Sherron Watkins, ejecutiva de Enron y subdirectora general, quien aseguró a los senadores estadounidenses que la eléctrica Enron (una de las compañías líderes en programas de apoyo a la comunidad, una de las 100 mejores empresas para trabajar en Estados Unidos y una de las más admiradas a nivel global, que por comunicar un espejismo se convirtió en paradigma de la autodestrucción) pudo haber sido salvada de la bancarrota, pero sus superiores ignoraron sus advertencias. Aseguró que Skilling, ex presidente ejecutivo de Enron, con toda probabilidad estaba enterado de los problemas financieros de la empresa. Sus superiores, no obstante, desoyeron sus advertencias sobre las dudosas prácticas contables, mediante la creación de sociedades que sirvieron para ocultar las pérdidas de Enron. En otoño, durante un breve periodo, Enron tuvo la posibilidad de salvarse, pero se perdió porque varios directivos no reconocían o no aceptaron que la compañía estaba manipulando su situación financiera. A Sherron Watkins le preocupó el cúmulo de "modestas verdades de hecho" que abocaban a su empresa a la ruina; al ex presidente, la ocultación de esta situación a toda costa mediante "verdades de régimen" que no pasaron de ser espejismos, con el único fin de dilatar lo posible en el tiempo la bancarrota de un conglomerado empresarial que dejó en la ruina a miles de accionistas, mientras engordaba a un reducido número de altos ejecutivos.
- Las democracias sólo se consolidan cuando la mayoría de los ciudadanos asumen con responsabilidad su condición de ciudadano y están dispuestos a poner todo su empeño en la defensa de las "modestas verdades de hecho", cuya suma e interrelación constituye el mejor antídoto contra toda forma de mentira y corrupción institucional. Esto requiere tanto acciones individuales como acudir a controles externos, en lo posible. Aunque no sean noticia, la vida administrativa está llena de infinidad de episodios destinados a neutralizar "modestas verdades de hecho" y consolidar "verdades de régimen" que sólo benefician a los responsables políticos de las mismas o a los funcionarios con intereses poco claros que trabajan en ellas. El ámbito de la política, la sanidad, la justicia y la educación, por la variedad y alcance de los servicios que prestan, constituyen entornos paradigmáticos. La reacción más frecuente contra quienes reclaman transparencia y mayor atención a las "modestas verdades de hecho", las que denotan un mal funcionamiento del servicio, suele ser de arremetida disciplinaria y acoso psicológico. De ahí que el mobbing sea un fenómeno tan extendido en toda la administración pública, en proporción directa al grado de desprofesionalización y politización de las instituciones, que terminan degenerando en meros instrumentos al servicio preferente del poder político de turno y sus intereses.]