Una de las dos Españas, ausente en la concentración de Colón, renuncia a la verdad y a la dignidad
Como ciudadano pocas veces he creído en los gestos cuando se trata de elevarlos a la categoría de hechos inamovibles. Por eso, las manifestaciones, concentraciones y otros rituales con una fuerte carga teatral y simbólica, nunca han merecido mi atención, quizás por un apego enfermizo a la esencia de las cosas, unido a un fortísimo individualismo. Esto no quiere decir que no haya simpatizado con muchísimas expresiones colectivas, pero sencillamente, jamás había participado.
Ayer, sin embargo, decidí tomar el volante, hacer unos cientos de kilómetros y tras ponerme un par de pegatinas en el pecho, pasé a engordar la nómina de los que expresan en la calle lo que les dicta su consciencia, su sentido común y su dignidad. En realidad asistí al acto por la profunda certidumbre, de que la mayoría de las personas que me encontraría estarían movidas por las mismas convicciones. Miré directamente los rostros, percibí gestos, oí conversaciones, observé expresiones, que hasta el momento habían estado ocultas en titulares de periódico y guerras de cifras, y que por mucho que en otras ocasiones las hubiera apoyado desde la distancia de mi individualismo militante, ahora sí, formaba parte de los que estaban en el asfalto. Trascurrido el emotivo acto, más que nunca, me reafirmo en que los que estaban ayer con el corazón en la plaza de Colón y los que estábamos allí, pertenecemos a la España que todavía no ha renunciado a la verdad ni a la dignidad.
Hablaron familiares de las víctimas del terrorismo, habló la dignidad de los que no se dejan convencer por los gaseosos conceptos de “paz”, ni de que la rendición ante el terror es una “victoria de la democracia”. Los trileros de las palabras y de los conceptos están presentes en este sistema, porque reina la relatividad moral y el engaño colectivo campa a sus anchas. Una fina ingeniería social diseñada desde una abrumadora mayoría de medios de comunicación, confunde a la ciudadanía, y trueca los conceptos de comodidad y falta de compromiso, por el de paz. El concepto de democracia se acomoda como la plastilina a casi todo lo que nos venden dentro del dictado de la corrección política, y muchas de las cosas que se hacen en su nombre, acaban sustituyendo a la dignidad.
Una democracia auténtica, la democracia de los ciudadanos, donde la ciudadanía fuera un título que pudiéramos exhibir con orgullo, jamás permitiría que un puñado de asesinos llevará la iniciativa en un proceso de rendición después de asesinar a casi mil personas, jamás hubiera triunfado el terrorismo, jamás un atentado terrorista hubiera sido el coadyuvante para un cambio de gobierno que nos conduce a un cambio de régimen. Si ser ciudadano fuera un título que pudiéramos exhibir con orgullo, no habría un complot mayoritario para ocultar la verdad sobre quienes prepararon los atentados del 11M, verdadero punto de inflexión que dio comienzo a esta ignominia. Si ser ciudadano fuera un título que pudiéramos exhibir con orgullo, no tendríamos al 80% de la población anestesiada renunciando a su condición de hombres libres.
Ayer hablaron las victimas ejerciendo de conciencia crítica, mirando a los ojos de los miles de ciudadanos que nada quieren saber. Esos que tienen la memoria histórica de un mosquito, los que ayer estaban indignados y clamaban contra el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco y ahora otorgan en el proceso de rendición, y miran con despectiva extrañeza a los que murieron y a sus familias.
Los que estábamos ayer en Colón también quisiéramos ser conciencia crítica de todos aquellos que tras masacrar a los inocentes de los trenes de Atocha se lanzaron a la calle porque querían saber la verdad, con la doblez típica de la izquierda cuando lo que quiere es otra cosa: el poder. Ayer de nuevo se pidió saber la verdad, pero miles de ciudadanos aquejados de amnesia permanecían en silencio. La verdad nos hará libres, nos hará ciudadanos.
Que la democracia no es cosa de la izquierda es una realidad histórica. Todo lo que nos cuentan estos demócratas de salón en España es un mito. Ayer muchos comprendimos que la verdadera democracia y la regeneración de la ciudadanía no vendrán de la mano de la izquierda.
Ayer, sin embargo, decidí tomar el volante, hacer unos cientos de kilómetros y tras ponerme un par de pegatinas en el pecho, pasé a engordar la nómina de los que expresan en la calle lo que les dicta su consciencia, su sentido común y su dignidad. En realidad asistí al acto por la profunda certidumbre, de que la mayoría de las personas que me encontraría estarían movidas por las mismas convicciones. Miré directamente los rostros, percibí gestos, oí conversaciones, observé expresiones, que hasta el momento habían estado ocultas en titulares de periódico y guerras de cifras, y que por mucho que en otras ocasiones las hubiera apoyado desde la distancia de mi individualismo militante, ahora sí, formaba parte de los que estaban en el asfalto. Trascurrido el emotivo acto, más que nunca, me reafirmo en que los que estaban ayer con el corazón en la plaza de Colón y los que estábamos allí, pertenecemos a la España que todavía no ha renunciado a la verdad ni a la dignidad.
Hablaron familiares de las víctimas del terrorismo, habló la dignidad de los que no se dejan convencer por los gaseosos conceptos de “paz”, ni de que la rendición ante el terror es una “victoria de la democracia”. Los trileros de las palabras y de los conceptos están presentes en este sistema, porque reina la relatividad moral y el engaño colectivo campa a sus anchas. Una fina ingeniería social diseñada desde una abrumadora mayoría de medios de comunicación, confunde a la ciudadanía, y trueca los conceptos de comodidad y falta de compromiso, por el de paz. El concepto de democracia se acomoda como la plastilina a casi todo lo que nos venden dentro del dictado de la corrección política, y muchas de las cosas que se hacen en su nombre, acaban sustituyendo a la dignidad.
Una democracia auténtica, la democracia de los ciudadanos, donde la ciudadanía fuera un título que pudiéramos exhibir con orgullo, jamás permitiría que un puñado de asesinos llevará la iniciativa en un proceso de rendición después de asesinar a casi mil personas, jamás hubiera triunfado el terrorismo, jamás un atentado terrorista hubiera sido el coadyuvante para un cambio de gobierno que nos conduce a un cambio de régimen. Si ser ciudadano fuera un título que pudiéramos exhibir con orgullo, no habría un complot mayoritario para ocultar la verdad sobre quienes prepararon los atentados del 11M, verdadero punto de inflexión que dio comienzo a esta ignominia. Si ser ciudadano fuera un título que pudiéramos exhibir con orgullo, no tendríamos al 80% de la población anestesiada renunciando a su condición de hombres libres.
Ayer hablaron las victimas ejerciendo de conciencia crítica, mirando a los ojos de los miles de ciudadanos que nada quieren saber. Esos que tienen la memoria histórica de un mosquito, los que ayer estaban indignados y clamaban contra el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco y ahora otorgan en el proceso de rendición, y miran con despectiva extrañeza a los que murieron y a sus familias.
Los que estábamos ayer en Colón también quisiéramos ser conciencia crítica de todos aquellos que tras masacrar a los inocentes de los trenes de Atocha se lanzaron a la calle porque querían saber la verdad, con la doblez típica de la izquierda cuando lo que quiere es otra cosa: el poder. Ayer de nuevo se pidió saber la verdad, pero miles de ciudadanos aquejados de amnesia permanecían en silencio. La verdad nos hará libres, nos hará ciudadanos.
Que la democracia no es cosa de la izquierda es una realidad histórica. Todo lo que nos cuentan estos demócratas de salón en España es un mito. Ayer muchos comprendimos que la verdadera democracia y la regeneración de la ciudadanía no vendrán de la mano de la izquierda.