La solidaridad de la progresía
La solidaridad es una marca de agua indeleble en las tibias consciencias de aquellos que se autoincluyen en la llamada izquierda progresista. Todos ellos, una vez titulados por el alma máter del progreso, son distinguidos con un sello que no les abandonará de por vida: El de solidarios. Para mantener este título basta una existencia tibia, sin demasiados sobresaltos, voz bajita, opiniones discretas. Basta no orinarse fuera del tiesto, armarse con esa coraza invisible que ellos llaman antifascismo, y dar el título de fascista a todos aquellos que no encajen en el perfil para el que han sido creados por su alma máter.
Semejantes individuos compran y venden incienso sin inmutarse, se lo intercambian. Lo mismo les vale para trabajarse un ascenso, una reunión de la secta, un artículo periodístico o una clase en la universidad. De los bancos de esta salen no pocos clones con esa marca indeleble en sus tibias almas.
La marca de la casa, la solidaridad, es un valor en alza. Es un tótem. El término pierde su significado profundo. Se quedan con la palabra, la esencia no es necesaria. Basta con invocar el humo y les acerca a la tribu. Son reconocidos, admitidos, se reconocen a salvo de esa cutre intemperie donde todos son fascistas, ultraderechistas, católicos o simplemente de derechas.
En un sistema económico contrario al que ellos en teoría preconizan, se sienten como peces en el agua porqué están ungidos, y en realidad lo que tendría que estar en lo profundo de su ideología es ignorado. ¿Para qué mas florituras, si ya tenemos el sello distintivo y vivimos de puta madre?, se preguntan.
¿La solidaridad del misionero?, cutre..., esa no vende. La nuestra es la que da dividendos. ¿La solidaridad de unos territorios con otros?, perfecta siempre que los otros estén bien lejos, si es posible que sean musulmanes. Esta vale para hacer carrera. ¿Solidaridad de Cataluña y País Vasco con Extremadura?, ¡ fachas de mierda, eso se llama España !
Semejantes individuos compran y venden incienso sin inmutarse, se lo intercambian. Lo mismo les vale para trabajarse un ascenso, una reunión de la secta, un artículo periodístico o una clase en la universidad. De los bancos de esta salen no pocos clones con esa marca indeleble en sus tibias almas.
La marca de la casa, la solidaridad, es un valor en alza. Es un tótem. El término pierde su significado profundo. Se quedan con la palabra, la esencia no es necesaria. Basta con invocar el humo y les acerca a la tribu. Son reconocidos, admitidos, se reconocen a salvo de esa cutre intemperie donde todos son fascistas, ultraderechistas, católicos o simplemente de derechas.
En un sistema económico contrario al que ellos en teoría preconizan, se sienten como peces en el agua porqué están ungidos, y en realidad lo que tendría que estar en lo profundo de su ideología es ignorado. ¿Para qué mas florituras, si ya tenemos el sello distintivo y vivimos de puta madre?, se preguntan.
¿La solidaridad del misionero?, cutre..., esa no vende. La nuestra es la que da dividendos. ¿La solidaridad de unos territorios con otros?, perfecta siempre que los otros estén bien lejos, si es posible que sean musulmanes. Esta vale para hacer carrera. ¿Solidaridad de Cataluña y País Vasco con Extremadura?, ¡ fachas de mierda, eso se llama España !
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