EL PRODUCTOR DE PORNO.
Todos mis amigos son verdaderas eminencias. Los elijo así porque me encantan los contrastes.
El último que añadí a mi lista es el señor José Luis Hilador Caldero.
Yo no soy periodista profesional pero en cuanto puedo le hago una entrevista a quien sea.
Llegué a su lujoso chalet y me recibió con hospitalidad y dos mastines.
J.L- ¿Está usted cómodo, Blas.?
B.D- Sí, gracias. Empiezo ya si no le importa. ¿Cuántos años tiene, maestro.?
J.L.- Hace un mes cumplí 85, en cambio hace dos no. Es curioso esto de las fechas.
B.D- Es usted una leyenda en el cine porno ibérico. ¿Cómo fueron sus inicios y por qué quiso dedicarse a eso.?
J.L.- Bueno, los comienzos fueron muy duros y difíciles, teniendo en cuenta que estábamos en la España de Franco. A mí me gustaba mucho el tema del sexo y dispuse de una pequeña herencia.
Mis padres murieron en un accidente de tráfico. Ellos vivían aún en el pueblo y yo ya residía en Gerona capital, emancipado con 55 años. Estaban labrando su finca de algarrobos con el tractor cuando se les echó encima una moto de trial y los aplastó. Luego los algarrobos me rentaron unos dinerillos.
B.D.- Pero en el franquismo del año 70 sería imposible hacer porno.
J.L.- En efecto. La censura lo controlaba todo. Fíjese, si a Raimon el cantautor le censuraban una frase por canción, qué no harían con una película de sexo explícito.
Aunque debo confesarle que yo a Raimon le hubiese censurado toda la obra de punta a punta. Y a Montllor también.
B.D.- ¿Y de qué modo pudo resolver el tema.?
J.L.- Yo estaba decidido a ser productor porno. Lo tenía claro. Pero, ¿cómo podría burlar al régimen franquista sin que se dieran cuenta?.
Entonces se me ocurrió una idea brillante: Irme a Francia.
B.D.- Muy hábil.
J.L.- Allí alquilé un almacén en desuso y lo acondicioné para el cine. Encontré a un director descendiente bastardo directo de los Lumiere - de ambos- y recluté actores en la bohemia noche parisina.
B.D.- Tendrá miles y miles de anécdotas que contar en una ocupación así.
J.L- Yo diría que miles. Recuerdo a una actriz, Marujita Fontaine, que tuvo que dejar el negocio por pudor. Le daba una enorme vergüenza ponerse las bragas delante de la gente al finalizar su trabajo. No llegó a adaptarse a ese mundillo tan desinhibido. Lástima, porque jadeaba como nadie.
Y Otra vez, un tal Robert Dumont se presentó a uno de mis castings. Era un tío escultural. Piedra pura, musculoso, guapo y con unas dotes interpretativas fuera de serie. Pero tenía el rabo como el de una boina. Vaya mierda de pijo.
Yo le pregunté por qué se había apuntado a un prueba de actor porno con esa miseria de colgajo. Y él me contestó que sólo por su impresionante aspecto físico, ya que creía que en esas películas las escenas difíciles y los primeros planos se filmaban con doble.
B.D.- Perdone, maestro. ¿Para ser actor sexual basta con calzar buen trasto, o se necesitan otras cualidades.?
J.L.- ¡Hombre, claro.! Un buen actor pornográfico debe interpretar el papel. Debe meterse una y otra vez en el papel hasta el fondo. No valen las sobreactuaciones. No sirven los histriónicos. No puede llegar un tío al estudio y liarse a dar saltos con el nabo en la mano. Tiene que cogerle el hilo al dramatismo de cada escena.
Aunque también los que van del palo Actors Studio se pasan. Un tío vestido de bombero que se la está endiñando a una enfermera, no puede ir mirando de refilón a la cámara todo el tiempo y frunciendo el ceño como James Dean. Hay que estar por la faena.
Y al que eché a patadas de mi despacho fue a Michael J. Fox. Aún no había triunfado en la industria y le dije que otra vez viniese con su padre o con un adulto. Joder, tenía 27 años y parecía sacado a destiempo de una incubadora. Un físico así no cuela en esto del sexo aunque tuviera la minga como el cuello de un avestruz. Si llego a filmar con él me hubieran acusado de pederastia.
Ahora me viene a la mente un sujeto extraño, Andrés Llobarru, un tipo atlético, no sé si de Madrid o Bilbao, que era un obseso del cine americano de los 40 y 50. El animal pretendía filmar todas las secuencias con una colilla de chester desmayada en la comisura de los labios. Se creía Bogart, el cabrón. Y claro, llegó un día en que su partenaire se negó en redondo a rodar la escena del cunilingus. Ni se sabe la cantidad de potorros que llegó a chamuscar con su puta pose.
Luego estaba la diva del momento, Jolie Lapin que se subió a la parra con el éxito y sólo estaba pendiente de su figura. Esa no quería practicar felaciones. Decía que comer entre horas engordaba.
El director que era muy listo le puso un ejemplo para convencerla. Le dijo que los mineros no paraban de picar entre comidas y estaban más flacos que un fluorescente.
B.D.- Vaya mundo, desde luego.
J.L.- Sí. También conocí al nieto de Chaplin. Y me contó cosas interesantes. Pocos saben que el famoso Charlot caminaba así porque cuando era desconocido intentó labrarse un futuro en el incipiente porno de Hollywood. Se confundió de puerta –allá rodaban muchas películas a la vez en diferentes platós- y fue a caer en una de orgías gays.
¡Qué tiempos aquellos.!
B.D.- Bueno, ya no le molesto más, maestro, que estará cansado.
J.L.- Bien. Ha sido un placer.
B.D.- Pero, perdone, antes de irme dígame. ¿Cómo se puede saber en ese tipo de películas cual será un éxito y cual una cagada, si son casi iguales.? Un productor debe cuidar sus inversiones, supongo.
J.L.- Bueno...,piense que ese cine no tiene guionistas, cada actor se maquilla su polla, cada actriz usa su propio pintalabios, se rueda en un metro cuadrado..., así que mucha pasta no hay que poner.
Y lo que usted dice de distinguir una película buena de una mala....,ja ja ja, joven, yo para eso tenía un ojo infalible.
Me casé con una pedorra que era fea y antipática de cojones, y cuando después de visionar un film me daban ganas de tirármela sin haber bebido, apostaba por su lanzamiento.
Por eso nunca me divorcié. Fue un inversión magnífica.
B.D.- Pues eso es todo. Muchas gracias, maestro.
J.L.- De nada, a su disposición.
EL COMPOSITOR.
Salvador Baqueriza quería ser compositor de clásica aunque para ello tuviese que desistir y dedicarse a otra cosa.
Eso era un jueves.
El lunes quiso ser quiromántico, paranormal y médium.
Ninguna chica se había fijado jamás en él. Por eso andaba en la obsesión de tener alguna experiencia sobre humana.
Pero en cualquier disciplina hay que empezar desde el parvulario e ir subiendo.
Se matriculó en una academia de ciencias ocultas y cuando todos sus compañeros dominaban ya la adivinación del futuro en los posos de una taza de café, Salvador aún tenía verdaderos problemas para interpretar los de una hormigonera.
Así que lo dejó y se volvió a la solfa.
Al finalizar su primer año, como trabajo de fin de curso presentó una suite para arpa de boca. Este instrumento tan limitado no es que le apasionara, pero era con el único que podía componerlo todo en pizzicatto.
Antes lo probó con el clarinete pero se le estropeaban las lengüetas.
Al segundo curso llegó como uno de los peores estudiantes en cuanto al sentido del ritmo.
Los profesores prepararon la pieza de Schubert “La Muerte y la Doncella”, y a Salvador para no deprimirlo le buscaron un hueco en la formación dándole un platillo solamente y dejando el otro custodiado por dos guardias jurados.
En esta obra, el segundo movimiento es un “andante con moto” de 15 minutos.
Salvador estuvo 17 riendo como una hiena emporrada. Se le ocurrió el chiste de que para tocar eso deberían ponerse casco.
Faltó una chispita para que lo expulsaran, pero su padre tenía peso.
En el tercer año se aplicó con todas sus fuerzas. Ya se veía más maduro y compuso varias corcheas de cierta belleza, todas ellas pensadas para una maraca en mano izquierda, mientras con la batuta en la derecha se dirigía él solo.
Acabó con una puntuación de 5,5 y promocionó.
En esa temporada compuso una gran serie de obras a las que llamó “Los Conciertos Qué Grande es Burgos” y ya no abusaba tanto del pizzicatto.
Los violines gemían dulces al suave roce del palito ese que lleva como un cordel tenso atado de punta a punta.
Comenzaba con un “adagio” en el que los metales lucían más que las maderas, sin duda por su composición física y por el efecto de los focos.
Un “re” sostenido por tres oboes se cayó al suelo, pero lo recogieron tan rápido que el respetable ni se dio cuenta.
Entonces empezó un “moderato” de dos minutos que pasó a bastante “allegro” cuando el trombón entró antes de tiempo.
El esquema de la obra es un crescendo prolongado.
“Allegro vivace”, cellos y contrabajos aliados mofándose de los canijos violines. Luego “allegro molto vivace combinado con un “andante con brío” y la percusión haciendo acto de presencia. El chico de los bombos se lía a agredirlos sin ningún decoro y el alumno que una vez cada diez minutos toca el gong, se aburre y se esconde detrás del instrumento para echar un cigarrito.
Ahí, Salvador aprovecha para subir el tono hasta un “allegro con fuoco ma non troppo.”
El pianista comienza a aporrear las teclas con los zapatos y el concierto amenaza con írsele de las manos.
Pero Salvador, que ya ha adquirido algo de tablas, baja con astucia el ritmo de su batuta y entra en un “andante” que va cayendo a “moderato” para concluir en “piano pianísimo molto insufríbile.”
Al finalizar el concierto una ovación se prolonga durante tres o cuatro cuartos de hora. Proviene de las manos de cinco personas apellidadas Baqueriza. El resto de familiares de alumnos hace bastante tiempo que se fueron a ver el fútbol.
La carrera de este prescindible músico, para sorpresa de todos, culminó con fama al aparecer en una película como el compositor que desde su fracaso narra la vida del maestro Rodrigo.
Y cuando a los noventa años, ya por pena, le dejan dirigir la obra de su envidiado colega “Los Jardines de Aranjuez”, Salvador consigue convertirlos bajo su dirección en una estéril sucursal de los Monegros.
EL GRAN SAMBA EN PARÍS.
París Era una nación grandísima, puntera, - como donde terminan los zapatos- muy modernísima y llena de avances tecnológicos.
El gran Samba se encontró fuera de lugar al principio, teniendo en cuenta de dónde venía él, ahí todo tan lujoso, tan automático, con esos códigos tan secretos con los que se comunicaban las gentes y que él no comprendía.
Se instaló como pudo en un hotel y se continuó asombrando al ver que en París los hoteles no empleaban botones para llevar las maletas. En París tenían ya cremalleras.
Pero, ah, la tranquilidad dura poco cuando es breve y concisa. Uno de los cremalleras al percatarse de la presencia de Dulcealmíbar, instó a nuestro héroe a deshacerse de ella, puesto que las normas no permitían la entrada de animales.
El gran Samba se alzó como un militar nazi, se le subió la sangre a la cara y pensó mirando con profundo asco al despreciable cremalleras: Tamaña ofensa no se salda sino con la vida. Voy a dar muerte a este infecto primate.
Sacó de su mochila una pistola del 45 –de Marzo más o menos- y se dispuso a disparar. Pero se detuvo, recapacitó, y se dijo para sus adentros que sería esa una muerte demasiado rápida e indolora para quien osó menospreciar a su canela Dulcealmíbar.
Entonces extrajo del cargador una bala y se la metió a mano -como si hurgase con un sacacorchos- en la barriga al descarado mozo.
El cremalleras falleció en unos minutos y el gran Samba huyó abandonando sus baúles. Al momento estuvieron allí la policía y una ambulancia. Son en verdad eficaces los servicios en esas culturas tan adelantadas.
Uno de los médicos que parecía novato le preguntó al veterano que examinaba el cadáver:
-Qué herida más desgarrada, ¿no?. Un boquete de entrada como el puño y sin orificio de salida. ¿Dónde estará alojada la bala.?
Y el doctor, sin mirarlo siquiera le contestó:
-Pues en el hotel, gilipollas.
Abandonamos esa escena y nos vamos a por faena.
El gran Samba se fue para el Amazonas porque París para él no es que no valiese una misa, sino que no valía ni medio padrenuestro.
En ese majestuoso río se encontró con los jíbaros. Y le parecieron un colectivo admirable por su estructura jerárquica. Nunca había imaginado que en una tribu todos pudieran ser cabecillas.
De ellos aprendió que la cerbatana no era instrumento de chupetones para adentro sino de soplidos para afuera. Se tragó un dardo emponzoñado y se le atascó en la nuez, quedándole el cuello hinchado como el de un orangután macho adulto.
Su voz se agravó dos tercios, o cinco octavas, o mucho. Esto le reportó mayores respetos entre los indígenas de la zona. Hablaba como un megáfono dentro de un tonel.
De hecho, los indios alucinaban con las maravillas del gran Samba. Por ejemplo con el dominio que ejercía sobre la fauna selvática. Lograba que especies absolutamente salvajes y violentas se doblegasen a su voluntad. Hacía con ellas lo que quería.
Un día vieron cómo en una canoa, sereno y aplomado, el gran Samba con sólo unas solemnes frases conseguía que las pirañas comiesen de su mano. La primera frase era algo referente a san Francisco de Assis, la naturaleza y el hermano lobo y la última después de la experiencia, a dios, a la santa madre y a la fisiología individual.
Cuando se le preguntaba si era creyente, él contestaba que sí, que creía que no.
También acostumbraba a irse a un llano y haciéndose el muerto esperaba a que los buitres empezasen a comerle el intestino. Entonces cuando estaban confiados les propinaba un capón en el cogote para darles un buen susto. Gastaba muchas bromas el gran Samba.
Y no se moría porque era carne de superhéroe. De peores lesiones se recuperó Cristo en sólo tres días, decía.
Una vez se estaba bañando en un meandro del Amazonas, despatarrado y con los brazos extendidos para tomar el sol tranquilamente y sestear un rato, cuando de pronto apareció un yacaré solitario –estos son los peores porque si no, irían con amigos- y abriendo su letal bocaza lo pilló justo por el medio.
La imagen era: Nuestro protagonista como un aspa, con los huevos en la glotis del caimán, el hocico a la altura del pecho y todo el abdomen metido en la boca. Sólo quedaban fuera de las fauces las piernas, -una por cada lado- los brazos y la cabeza.
El gran Samba estaba realmente jodido. Cualquier tonto hubiese pensado que no había más escapatoria que cagarse de miedo. Así el bicho con las arcadas soltaría presa. Pero este genio sabía que eso no era la solución puesto que los yacarés están hartos de pasearse por el fondo de los manglares, que son cieno puro, y no les da asco nada.
El reptil apretaba más y más su poderosa tenaza maxilar y al héroe le empezaba a faltar oxígeno. Sonaban tambores de muerte en toda la selva.
Pero el gran Samba no era un tipo común. Recordó que a los cocodrilos si se les consigue atrancar la boca con una estaca o algo similar, están desarmados.
Así que se esforzó en pensar algo. Se concentró en rememorar la última vez que se acopló virilmente con algo, pero no encontraba imágenes excitantes y lloró por su lamentable vida sexual. Aunque eso precisamente le dio las de ganar, pues entonces le vino la escena de cuando a los cinco años vio desnuda a su tía Reme en la acequia del pueblo y se le izó el miembro con la fuerza de un carro de combate Leopard y la dureza de otro carro de combate de la misma marca y modelo.
La quijada superior del caimán se fue elevando y elevando como levantada por un gato hidráulico hasta que al reptil se le rajó el cráneo y quedó como un inerme pelele.
Así ese ingenioso valiente se libró una vez más de la muerte, mas no de la erección.
Volvió a la aldea con las marcas de los dientes formando un arco en su torso, y con una manifiesta insuficiencia en el tamaño del taparrabos.
La suegra del jefe, que estaba ya un poco mayor y veía turbio, se puso a adorarle en mitad de la plaza creyendo que habían instalado un tótem nuevo.
Cuando le contó al hechicero lo que le había pasado con el yacaré y cómo iba de salido y reventón, éste le dijo que fuese a su choza y poseyera a su hija, que ya el domingo con más tiempo los casaría.
Tú, orgullo de yerno. Yo suegro feliz, le dijo abrazándolo.
El gran Samba sin esperar más palabras se lanzó atravesando la portezuela de cañas cual demonio de Tasmania y como la chica no estaba en ese momento, se tiró al hermano. De tal modo y manera que se tuvo que casar con él.
(Próximamente el gran Samba en Noruega, el Tibet, o lo que sea.)
EL GRAN SAMBA. (Madera de superhéroe.)
Ya nada más nacer, el gran Samba tuvo serias dificultades con su formación física. Tenía los brazos a mayor altura que las piernas y se vio forzado a adaptarse a ello.
Tardó en andar erguido un año y medio -año más, año menos- y hubo de hacerlo solamente con los pies.
Todos los del pueblo decían: “Oh, qué alto es este chico y cuanto equilibrio tiene el daopolculo”.
En realidad esta diferencia con la masa le llenaba de orgullo. A él y también a los vecinos que lo consideraban una nota de distinción local. Ningún otro pueblo de los alrededores poseía un individuo tan singular, al que además podían recurrir para que les alcanzara los botes más altos de las estanterías, les podase las ramas de los chopos, etc.
Es sencillo, entonces, comprender por qué le suprimieron el nombre de Paco por el apodo de Paco.
El gran Samba era apreciado por la gente de bien, loado por los poetas, llorado por las ancianas, babeado por los cretinos y temido por los cobardes.
El tiempo se acercaba seco y soleado por la vertiente septentrional o por la meridional...El tiempo se acercaba seco y soleado por la vertiente.
En aquel lugar cada madrugada de sábado a miércoles la población iba a la vertiente para ver amanecer, porque ese pueblo era un sitio limítrofe, pero que muy limítrofe.
Limitaba al norte, al sur, al oeste, al suroeste, al este, al nordeste y a un montón de puntos cardinales más de los cuales prefiero no hacer una relación porque si me dejo alguno, podría sentirse ofendido y marcharse a otra población menos limítrofe.
Nuestro amigo siempre asistía a la ceremonia solar y se apostaba quieto fijando sus pupilas, sus retinas, sus córneas y sus nervios ópticos hacia el suroeste, con lo cual jamás vio un sólo amanecer.
Al gran Samba le amanecía por la paletilla izquierda.
La multitud permanecía mirando al este y los mozos más juerguistsas se petaban las cápsulas ovaladas de tejido conjuntivo que alojaban en sus calzones, ante la obcecación de nuestro protagonista.
Incluso le compusieron una coplilla corta y pegadiza que rápidamente caló en la gente.
Decía así: Samba, Samba, Samba, oh, oh, oh, gran Samba.
Esas latitudes tan limítrofes raramente dieron en su historia compositores de talla. Ahora, eso sí, de allí salieron agricultores, paletas, rovelloneros y representantes de fiambreras de prestigio universal.
A este hombre las mofas y befas le transpiraban el miembro. Él acrecentaba más aún su satisfacción por ser tan distinto de la plebe.
En las noches de pleno junio los aldeanos se desplazaban hasta el bosque buscando la soledad de los pinares, pero se iban todos, y entonces el gran Samba aprovechaba para hallar la soledad en el pueblo bajo un farol.
Allí discurría, cavilaba, sopesaba, discernía y se quedaba traspuesto pensando en el derecho a la diferencia. Y se dormía sonriendo, orgulloso de sus especial talento.
Se decía a sí mismo: Toda persona idéntica, clónica, clavadita a las demás tiene el derecho inviolable a la diferencia aunque se parezca al resto de sus congéneres como una sevillana a otra sevillana. ¡Quien pierde sus orígenes, pierde el documento nacional de identidad.! ¡El que ignora la historia está obligado a repetir examen.! ¡El que a buen árbol se esconde oculto, buena sombra le pusilanimiza.!
Así era de listo el gran Samba.
Él por eso mismo no caería nunca en la albañilería ni en la agricultura. Él sería capaz de inventar un oficio propio, una carrera que le habría de conducir a la aventura, a la gloria y a la consecución de grandes gestas.
No se suelen dar normalmente individuos varones con la extrema sensibilidad del gran Samba. Era tal la suya que a la menor tristeza, no sólo se le llenaban los ojos de lágrimas sino también las orejas, el ombligo, los sobacos y las vellosidades intestinales.
Viendo a su perrita Dulcealmíbar oler las flores de la primavera, el gran Samba se encharcaba en llanto.
Ciertamente tenía un corazón muy grande. Bien, no tanto como los glúteos, pero muy grande. Como suele decir la gente, un corazón que no le cabía en el pecho. Por eso lo llevaba en la chepa.
Mas un día, una tarde antes del almuerzo, volvía a casa andando el sendero –no todo, sino sólo la parte que le abarcaban los pies- e iba con su cestillo de mimbre –parece una contradicción, pero el cesto era de él y de mimbre, de los dos- cantando y dando saltos como la reencarnación transmutada de Heidi, Blancanieves y los tres cerditos, esparciendo por el aire orquídeas silvestres, margaritas de invernadero, pétalos de rosa y explótalos de lirio, cuando de repente sus ojos vieron que un desaprensivo perro se disponía a olisquearle la matrícula a la perrita Dulcealmíbar.
Las facciones del gran Samba cambiaron automáticamente. Los ojos se le inyectaron en sangre de su grupo, las uñas se le afilaron respetando el bordecillos negro que las adornaba y aparecieron sus dientes, apretados, amarillos, con zonas marrones, puntos negros y algún destello violáceo. Aunque éste era el aspecto habitual de su dentadura, todo sea dicho.
El gran Samba se abalanzó con agilidad circense sobre el abyecto perraco y le asestó dos bocados en el lomo -él al perro- mientras le aprisionaba los genitales por la parte de los huevos.
El can aulló como nunca había aullado en riguroso directo. Y como pudo entre alaridos de dolor, se revolvió, y poniéndose panza arriba con un pataleo frenético le bailó un claqué en el pecho a nuestro héroe que lo abrazaba, llenándolo de arañazos por doquier.
El cánido al fin logró zafarse de su fiero atacante y salió huyendo como alma que lleva el diablo.
El comportamiento relatado podría parecer inverosímil en un ser tan poético como el gran Samba. Pero es que además de ser muy sensible, también era bravo y aguerrido. No en vano había hecho la mili en Birmania, donde le enseñaron técnicas de supervivencia límite.
Gracias a una preparación tan elitista, las heridas producidas por el perro malo se las curó él mismo.
Cogió ortigas y las machacó sobre una piedra con un pequeño tronco, –si los troncos son muy pequeños se les llama ramas- después añadió musgos y líquenes, y por último dos boñigas frescas de cebú que masticó para hacer con todo ello una pasta. Se la extendió por la zona afectada y siguió su camino.
Las heridas le sanaron, mas hubo de pagar un alto precio por ello. Durante varios días las moscas le acudían a la boca sin descanso.
Se bebió tres litros y medio de listerini con flúor acción lejía para conseguir recuperar un aliento mínimamente soportable, pero el estómago se le resintió muchísimo.
Tiempo después, alguien le explico que enjuagar no era sinónimo de ingerir.
El gran Samba cuando se hizo mayor –a los quince años de su nacimiento ya había cumplido treinta. Quince años arriba, quince años abajo- sintió que su cociente intelectual era superior al de los jilgueros y se marchó a correr mundo.
Para ese menester se indumentó con unas zapatillas blandas con cámara de aire, que se hinchaban como una rueda, un pantalón corto, una camiseta sin mangas y un cronómetro, y no tomó más equipaje que una ligera mochila y cuatro baúles de madera de pino forrados con piel de vaca macho, que es más dura.
En la fiesta patronal de su pueblo, cada año después de ver amanecer en la vertiente, los vecinos llevaban a cabo una competición cuya tradición se perdía en la noche de los tiempos.
Se trataba de un combate intelectual contra los jilgueros, que venían a centenares desde las arboledas cercanas.
Éstas avecillas llevaban ganándoles más de ciento cincuenta años y lógicamente se había establecido una rivalidad sana pero no exenta de ciertos rencores.
Siempre salía algún mozo fanfarrón que pasado de vinos, le daba un tiro al jilguero ganador..
Entonces los pájaros restantes fruncían el ceño, se cruzaban de alas y pataleaban su protesta rabiosamente.
Mas como las fiestas son las fiestas y es de ley que reine la armonía, el alcalde obligaba al borracho avicida a presentarle sus disculpas al muerto y a prometerle que no lo mataría nunca más.
El gran Samba se creía superior al jilguero y por tanto más inteligente que sus paisanos. Por eso dejó el pueblo.
Todo el que se marcha de un pueblo, lo deja. Nadie lo lleva consigo. Porque si nos damos cuenta, amigos, los pueblos están agarrados de cojones al suelo con cemento.
Fin del capítulo.
(Próximamente, el gran Samba en Paris. O lo que sea.)
SAN SAGRARIO de PADUA
CAPITULO CINCO Y FINAL
Fray Sagrario pues, en ese portento había sufrido un desprendimiento de alma, como una especie de divino rechazo y ahora se hallaba desprovisto de ella, tieso e impávido igual que un leño, llevando sus pasos de acá para allá sin motivación alguna.
Intentó reencender sus adentros con el mismo ahínco que antes empleara pretendiendo ahogarlos. Y de ciento y una maneras probó recuperar el dolor flamígero que le causaba el alma cuando la tenía, para volverla a tener aunque fuera a ese precio y no haber de pervivir en insensibilidad, desalmado y sin norte.
Tal era su fijación, que una noche creyéndose solo, fray Alai lo detuvo en la acción de comerse el cuarto cirio de la capilla de Santa Eulalia, con el paladar en carne viva y a punto de asfixia.
En cuanto se descuidaban los hermanos, fray Sagrario se tiraba a los braseros, o bebía brea y corría hacia las antorchas.
Decidieron atarlo y cuando lo hicieron ni resistencia opuso, tan en desánimo como estaba. Se negaba también a hacer de vientre por temor a que si le quedaba aún algo, un resquicio siquiera de alma dentro, se fuera de él y desgraciáralo más si cabe.
Fray Alai, triste, abatido y anciano, creyó que antes de acudir a la final llamada, debía intentar una última cosa por su amado discípulo, además de estarse día y noche a sus pies rogando al Señor por la restitución de su espíritu, y determinó llevárselo en peregrinación al nacimiento del río Ibrattone, a ocho mil leguas italianas del convento, puesto que allí manaban las aguas que el Apóstol San Lucas bendijo y que desde entonces tenían la milagrosa propiedad de humedecer cuanto tocaban.
Cuentan las escrituras que llegando San Lucas en huída de los filisteos y sin descansar en muchas jornadas, vio cómo su caballo extenuado se volvía espuma y estaba en trance de morir, con lo que su porvenir parecía haber llegado ya a límite, pues no podría escapar con vida sin la ayuda del animal.
Y a punto estaba el noble bruto de ir a la muerte cuando oyeron el rumor del agua que refiero.
El equino arrastrose en desesperado intento y en cuanto consiguió darse un atracón de agua en esa fuente milagrosa, se compuso al pronto y sintiose repuesto y aliviado.
Historias como éstas eran las que alimentaban la fe de fray Alai y el arma eficaz con que convencía siempre al desventurado Lupo Sagrario.
Pusiéronse en camino recibiendo cientodiecinueve bendiciones y fuéronse haciendo cada vez más pequeños en la lejanura.
Cuando el anciano consideró que estaban suficientemente apartados, desató a Sagrario y lo llevó suelto, pues tuvo la precaución de no portar consigo nada inflamable.
Anduvieron andando treinta días y catorce noches. Las restantes dieciséis las pasaron en vigilia, alertas por temor de las alimañas, ya que no pudieron prender ninguna hoguera.
Y por fin arribaron al sacro monte, donde pudieron ver la urna con la piedra que conserva los restos de la baba incorrupta del apostólico caballo y que era objeto de peregrinaje en todo el mundo cristiano.
Oraron y se mantuvieron en estricto ayuno durante cinco largas horas como acto de contrición para lavar sus posibles pecados y para estar despabilados cuando llegara el amanecer e hicieran su plegaria, la plegaria de mayor importancia que fray Alai llevara a cabo en su longeva existencia.
Toda la fe de noventa y ocho años la concentraría en un solo esfuerzo aunque eso le costara la vida, por el desdichado muchacho al que consideraba ya más que como a un hijo, como a trillizos.
Y llegó el momento. Amanecía un alba despaciosa.
Fray Alali tomó en las palmas de sus manos a Sagrario como si de un descomunal retoño se tratara, fortalecido sin duda por su férrea convicción religiosa y de modo sobrehumano lo alzó mostrándolo a un cielo del que emergía la incandescente esfera cegadora del mundo en majestuosa muestra del poderío divino.
Entonces dijo con voz recia y firme:
“Oh, Señor, Dios de todo lo creado. Este infeliz que te presento ha sido privado de su alma por alguna artimaña diabólica.
Tú que lo llamaste a santidad destacándolo de entre la masa, atiende, ruégote humildemente, a su injusta carencia y concédesela de nuevo.
Oh, Señor del universo, póngome yo mismo en precio cuando le abogo, por cuanto de bueno mostrome en el tiempo en que la tuvo.”
Luego, esperando la respuesta se cantó unos salmos.
La emoción los mantuvo abrazados durante un cierto tiempo mientras el sol seguía subiendo, izado por Ángeles de guardia.
Que el mundo era un bello cuartel y el sol su bandera, sabía fray Sagrario por boca de fray Alai. Y que cuando éste falleciera, él continuaría su obra, lo asumía como un voto inquebrantable.
Tres meses más tarde a las puertas del convento llegaban los dos Santos varones.
San Sagrario portaba al anciano en brazos, cayéndosele algún trocito y envuelto en moscas. Moscas enviadas inequívocamente para proteger en espeso manto al cuerpo de fray Alai durante tan largo y penoso viaje.
Diéronle cristiana sepultura con la más honda pena jamás sentida y oraron vertiendo lágrimas los monjes todos.
Cuando se fueron reponiendo de tan amargo episodio, interesáronse vivamente por la suerte de San Sagrario; de cómo le iba el asunto del alma y de si se encontraba bien de salud. A todo ello él respondió con detalle, narrando asimismo de principio a fin la emocionante peripecia.
San Sagrario fue nombrado abad y pasó a convertirse en el mayor consejero de la curia romana. Todos los cardenales, obispos o teólogos le presentaban sus incógnitas y le sometían humildes sus estudios, especialmente si concernían al alma.
Las interrogantes le eran planteadas a millares:
“¿Es ciertamente el espíritu una tea divina?.”
“¿Tienen alma las urracas si se les prende fuego.?”
“¿Son acaso las ventosidades, remanentes de alma, puesto que arden.?”
Por dilucidar cuestiones como éstas, San Sagrario fue beatificado y poco más adelante canonizado en vida, convirtiéndose de ese modo en el Santo vivo más venerado de la historia.
Y a la edad de cincuenta y cuatro años pacíficamente murió, sin poder concluir un estudio en el que iba a demostrar que el número seis no debía ser de uso terrenal puesto que Dios hizo el mundo en seis días; ni el dos tampoco, porque el empleo de tal cifra supondría una incursión en el terreno de lo sacrílego, teniendo en cuenta el divino designio de que la Virgen y San José fueran dos.
A título póstumo el Rey lo nombró Marqués de Florencia y en la fachada del convento ordenó colocar un escudo heráldico de cuero en el que figuraran una sobria cabeza de gallina sobre campo de brasas y un lema que rezase: “Anímate, hombre.”
FIN
Fray Sagrario pues, en ese portento había sufrido un desprendimiento de alma, como una especie de divino rechazo y ahora se hallaba desprovisto de ella, tieso e impávido igual que un leño, llevando sus pasos de acá para allá sin motivación alguna.
Intentó reencender sus adentros con el mismo ahínco que antes empleara pretendiendo ahogarlos. Y de ciento y una maneras probó recuperar el dolor flamígero que le causaba el alma cuando la tenía, para volverla a tener aunque fuera a ese precio y no haber de pervivir en insensibilidad, desalmado y sin norte.
Tal era su fijación, que una noche creyéndose solo, fray Alai lo detuvo en la acción de comerse el cuarto cirio de la capilla de Santa Eulalia, con el paladar en carne viva y a punto de asfixia.
En cuanto se descuidaban los hermanos, fray Sagrario se tiraba a los braseros, o bebía brea y corría hacia las antorchas.
Decidieron atarlo y cuando lo hicieron ni resistencia opuso, tan en desánimo como estaba. Se negaba también a hacer de vientre por temor a que si le quedaba aún algo, un resquicio siquiera de alma dentro, se fuera de él y desgraciáralo más si cabe.
Fray Alai, triste, abatido y anciano, creyó que antes de acudir a la final llamada, debía intentar una última cosa por su amado discípulo, además de estarse día y noche a sus pies rogando al Señor por la restitución de su espíritu, y determinó llevárselo en peregrinación al nacimiento del río Ibrattone, a ocho mil leguas italianas del convento, puesto que allí manaban las aguas que el Apóstol San Lucas bendijo y que desde entonces tenían la milagrosa propiedad de humedecer cuanto tocaban.
Cuentan las escrituras que llegando San Lucas en huída de los filisteos y sin descansar en muchas jornadas, vio cómo su caballo extenuado se volvía espuma y estaba en trance de morir, con lo que su porvenir parecía haber llegado ya a límite, pues no podría escapar con vida sin la ayuda del animal.
Y a punto estaba el noble bruto de ir a la muerte cuando oyeron el rumor del agua que refiero.
El equino arrastrose en desesperado intento y en cuanto consiguió darse un atracón de agua en esa fuente milagrosa, se compuso al pronto y sintiose repuesto y aliviado.
Historias como éstas eran las que alimentaban la fe de fray Alai y el arma eficaz con que convencía siempre al desventurado Lupo Sagrario.
Pusiéronse en camino recibiendo cientodiecinueve bendiciones y fuéronse haciendo cada vez más pequeños en la lejanura.
Cuando el anciano consideró que estaban suficientemente apartados, desató a Sagrario y lo llevó suelto, pues tuvo la precaución de no portar consigo nada inflamable.
Anduvieron andando treinta días y catorce noches. Las restantes dieciséis las pasaron en vigilia, alertas por temor de las alimañas, ya que no pudieron prender ninguna hoguera.
Y por fin arribaron al sacro monte, donde pudieron ver la urna con la piedra que conserva los restos de la baba incorrupta del apostólico caballo y que era objeto de peregrinaje en todo el mundo cristiano.
Oraron y se mantuvieron en estricto ayuno durante cinco largas horas como acto de contrición para lavar sus posibles pecados y para estar despabilados cuando llegara el amanecer e hicieran su plegaria, la plegaria de mayor importancia que fray Alai llevara a cabo en su longeva existencia.
Toda la fe de noventa y ocho años la concentraría en un solo esfuerzo aunque eso le costara la vida, por el desdichado muchacho al que consideraba ya más que como a un hijo, como a trillizos.
Y llegó el momento. Amanecía un alba despaciosa.
Fray Alali tomó en las palmas de sus manos a Sagrario como si de un descomunal retoño se tratara, fortalecido sin duda por su férrea convicción religiosa y de modo sobrehumano lo alzó mostrándolo a un cielo del que emergía la incandescente esfera cegadora del mundo en majestuosa muestra del poderío divino.
Entonces dijo con voz recia y firme:
“Oh, Señor, Dios de todo lo creado. Este infeliz que te presento ha sido privado de su alma por alguna artimaña diabólica.
Tú que lo llamaste a santidad destacándolo de entre la masa, atiende, ruégote humildemente, a su injusta carencia y concédesela de nuevo.
Oh, Señor del universo, póngome yo mismo en precio cuando le abogo, por cuanto de bueno mostrome en el tiempo en que la tuvo.”
Luego, esperando la respuesta se cantó unos salmos.
La emoción los mantuvo abrazados durante un cierto tiempo mientras el sol seguía subiendo, izado por Ángeles de guardia.
Que el mundo era un bello cuartel y el sol su bandera, sabía fray Sagrario por boca de fray Alai. Y que cuando éste falleciera, él continuaría su obra, lo asumía como un voto inquebrantable.
Tres meses más tarde a las puertas del convento llegaban los dos Santos varones.
San Sagrario portaba al anciano en brazos, cayéndosele algún trocito y envuelto en moscas. Moscas enviadas inequívocamente para proteger en espeso manto al cuerpo de fray Alai durante tan largo y penoso viaje.
Diéronle cristiana sepultura con la más honda pena jamás sentida y oraron vertiendo lágrimas los monjes todos.
Cuando se fueron reponiendo de tan amargo episodio, interesáronse vivamente por la suerte de San Sagrario; de cómo le iba el asunto del alma y de si se encontraba bien de salud. A todo ello él respondió con detalle, narrando asimismo de principio a fin la emocionante peripecia.
San Sagrario fue nombrado abad y pasó a convertirse en el mayor consejero de la curia romana. Todos los cardenales, obispos o teólogos le presentaban sus incógnitas y le sometían humildes sus estudios, especialmente si concernían al alma.
Las interrogantes le eran planteadas a millares:
“¿Es ciertamente el espíritu una tea divina?.”
“¿Tienen alma las urracas si se les prende fuego.?”
“¿Son acaso las ventosidades, remanentes de alma, puesto que arden.?”
Por dilucidar cuestiones como éstas, San Sagrario fue beatificado y poco más adelante canonizado en vida, convirtiéndose de ese modo en el Santo vivo más venerado de la historia.
Y a la edad de cincuenta y cuatro años pacíficamente murió, sin poder concluir un estudio en el que iba a demostrar que el número seis no debía ser de uso terrenal puesto que Dios hizo el mundo en seis días; ni el dos tampoco, porque el empleo de tal cifra supondría una incursión en el terreno de lo sacrílego, teniendo en cuenta el divino designio de que la Virgen y San José fueran dos.
A título póstumo el Rey lo nombró Marqués de Florencia y en la fachada del convento ordenó colocar un escudo heráldico de cuero en el que figuraran una sobria cabeza de gallina sobre campo de brasas y un lema que rezase: “Anímate, hombre.”
FIN





