EL GRAN SAMBA EN PARÍS.
París Era una nación grandísima, puntera, - como donde terminan los zapatos- muy modernísima y llena de avances tecnológicos.
El gran Samba se encontró fuera de lugar al principio, teniendo en cuenta de dónde venía él, ahí todo tan lujoso, tan automático, con esos códigos tan secretos con los que se comunicaban las gentes y que él no comprendía.
Se instaló como pudo en un hotel y se continuó asombrando al ver que en París los hoteles no empleaban botones para llevar las maletas. En París tenían ya cremalleras.
Pero, ah, la tranquilidad dura poco cuando es breve y concisa. Uno de los cremalleras al percatarse de la presencia de Dulcealmíbar, instó a nuestro héroe a deshacerse de ella, puesto que las normas no permitían la entrada de animales.
El gran Samba se alzó como un militar nazi, se le subió la sangre a la cara y pensó mirando con profundo asco al despreciable cremalleras: Tamaña ofensa no se salda sino con la vida. Voy a dar muerte a este infecto primate.
Sacó de su mochila una pistola del 45 –de Marzo más o menos- y se dispuso a disparar. Pero se detuvo, recapacitó, y se dijo para sus adentros que sería esa una muerte demasiado rápida e indolora para quien osó menospreciar a su canela Dulcealmíbar.
Entonces extrajo del cargador una bala y se la metió a mano -como si hurgase con un sacacorchos- en la barriga al descarado mozo.
El cremalleras falleció en unos minutos y el gran Samba huyó abandonando sus baúles. Al momento estuvieron allí la policía y una ambulancia. Son en verdad eficaces los servicios en esas culturas tan adelantadas.
Uno de los médicos que parecía novato le preguntó al veterano que examinaba el cadáver:
-Qué herida más desgarrada, ¿no?. Un boquete de entrada como el puño y sin orificio de salida. ¿Dónde estará alojada la bala.?
Y el doctor, sin mirarlo siquiera le contestó:
-Pues en el hotel, gilipollas.
Abandonamos esa escena y nos vamos a por faena.
El gran Samba se fue para el Amazonas porque París para él no es que no valiese una misa, sino que no valía ni medio padrenuestro.
En ese majestuoso río se encontró con los jíbaros. Y le parecieron un colectivo admirable por su estructura jerárquica. Nunca había imaginado que en una tribu todos pudieran ser cabecillas.
De ellos aprendió que la cerbatana no era instrumento de chupetones para adentro sino de soplidos para afuera. Se tragó un dardo emponzoñado y se le atascó en la nuez, quedándole el cuello hinchado como el de un orangután macho adulto.
Su voz se agravó dos tercios, o cinco octavas, o mucho. Esto le reportó mayores respetos entre los indígenas de la zona. Hablaba como un megáfono dentro de un tonel.
De hecho, los indios alucinaban con las maravillas del gran Samba. Por ejemplo con el dominio que ejercía sobre la fauna selvática. Lograba que especies absolutamente salvajes y violentas se doblegasen a su voluntad. Hacía con ellas lo que quería.
Un día vieron cómo en una canoa, sereno y aplomado, el gran Samba con sólo unas solemnes frases conseguía que las pirañas comiesen de su mano. La primera frase era algo referente a san Francisco de Assis, la naturaleza y el hermano lobo y la última después de la experiencia, a dios, a la santa madre y a la fisiología individual.
Cuando se le preguntaba si era creyente, él contestaba que sí, que creía que no.
También acostumbraba a irse a un llano y haciéndose el muerto esperaba a que los buitres empezasen a comerle el intestino. Entonces cuando estaban confiados les propinaba un capón en el cogote para darles un buen susto. Gastaba muchas bromas el gran Samba.
Y no se moría porque era carne de superhéroe. De peores lesiones se recuperó Cristo en sólo tres días, decía.
Una vez se estaba bañando en un meandro del Amazonas, despatarrado y con los brazos extendidos para tomar el sol tranquilamente y sestear un rato, cuando de pronto apareció un yacaré solitario –estos son los peores porque si no, irían con amigos- y abriendo su letal bocaza lo pilló justo por el medio.
La imagen era: Nuestro protagonista como un aspa, con los huevos en la glotis del caimán, el hocico a la altura del pecho y todo el abdomen metido en la boca. Sólo quedaban fuera de las fauces las piernas, -una por cada lado- los brazos y la cabeza.
El gran Samba estaba realmente jodido. Cualquier tonto hubiese pensado que no había más escapatoria que cagarse de miedo. Así el bicho con las arcadas soltaría presa. Pero este genio sabía que eso no era la solución puesto que los yacarés están hartos de pasearse por el fondo de los manglares, que son cieno puro, y no les da asco nada.
El reptil apretaba más y más su poderosa tenaza maxilar y al héroe le empezaba a faltar oxígeno. Sonaban tambores de muerte en toda la selva.
Pero el gran Samba no era un tipo común. Recordó que a los cocodrilos si se les consigue atrancar la boca con una estaca o algo similar, están desarmados.
Así que se esforzó en pensar algo. Se concentró en rememorar la última vez que se acopló virilmente con algo, pero no encontraba imágenes excitantes y lloró por su lamentable vida sexual. Aunque eso precisamente le dio las de ganar, pues entonces le vino la escena de cuando a los cinco años vio desnuda a su tía Reme en la acequia del pueblo y se le izó el miembro con la fuerza de un carro de combate Leopard y la dureza de otro carro de combate de la misma marca y modelo.
La quijada superior del caimán se fue elevando y elevando como levantada por un gato hidráulico hasta que al reptil se le rajó el cráneo y quedó como un inerme pelele.
Así ese ingenioso valiente se libró una vez más de la muerte, mas no de la erección.
Volvió a la aldea con las marcas de los dientes formando un arco en su torso, y con una manifiesta insuficiencia en el tamaño del taparrabos.
La suegra del jefe, que estaba ya un poco mayor y veía turbio, se puso a adorarle en mitad de la plaza creyendo que habían instalado un tótem nuevo.
Cuando le contó al hechicero lo que le había pasado con el yacaré y cómo iba de salido y reventón, éste le dijo que fuese a su choza y poseyera a su hija, que ya el domingo con más tiempo los casaría.
Tú, orgullo de yerno. Yo suegro feliz, le dijo abrazándolo.
El gran Samba sin esperar más palabras se lanzó atravesando la portezuela de cañas cual demonio de Tasmania y como la chica no estaba en ese momento, se tiró al hermano. De tal modo y manera que se tuvo que casar con él.
(Próximamente el gran Samba en Noruega, el Tibet, o lo que sea.)
EL GRAN SAMBA. (Madera de superhéroe.)
Ya nada más nacer, el gran Samba tuvo serias dificultades con su formación física. Tenía los brazos a mayor altura que las piernas y se vio forzado a adaptarse a ello.
Tardó en andar erguido un año y medio -año más, año menos- y hubo de hacerlo solamente con los pies.
Todos los del pueblo decían: “Oh, qué alto es este chico y cuanto equilibrio tiene el daopolculo”.
En realidad esta diferencia con la masa le llenaba de orgullo. A él y también a los vecinos que lo consideraban una nota de distinción local. Ningún otro pueblo de los alrededores poseía un individuo tan singular, al que además podían recurrir para que les alcanzara los botes más altos de las estanterías, les podase las ramas de los chopos, etc.
Es sencillo, entonces, comprender por qué le suprimieron el nombre de Paco por el apodo de Paco.
El gran Samba era apreciado por la gente de bien, loado por los poetas, llorado por las ancianas, babeado por los cretinos y temido por los cobardes.
El tiempo se acercaba seco y soleado por la vertiente septentrional o por la meridional...El tiempo se acercaba seco y soleado por la vertiente.
En aquel lugar cada madrugada de sábado a miércoles la población iba a la vertiente para ver amanecer, porque ese pueblo era un sitio limítrofe, pero que muy limítrofe.
Limitaba al norte, al sur, al oeste, al suroeste, al este, al nordeste y a un montón de puntos cardinales más de los cuales prefiero no hacer una relación porque si me dejo alguno, podría sentirse ofendido y marcharse a otra población menos limítrofe.
Nuestro amigo siempre asistía a la ceremonia solar y se apostaba quieto fijando sus pupilas, sus retinas, sus córneas y sus nervios ópticos hacia el suroeste, con lo cual jamás vio un sólo amanecer.
Al gran Samba le amanecía por la paletilla izquierda.
La multitud permanecía mirando al este y los mozos más juerguistsas se petaban las cápsulas ovaladas de tejido conjuntivo que alojaban en sus calzones, ante la obcecación de nuestro protagonista.
Incluso le compusieron una coplilla corta y pegadiza que rápidamente caló en la gente.
Decía así: Samba, Samba, Samba, oh, oh, oh, gran Samba.
Esas latitudes tan limítrofes raramente dieron en su historia compositores de talla. Ahora, eso sí, de allí salieron agricultores, paletas, rovelloneros y representantes de fiambreras de prestigio universal.
A este hombre las mofas y befas le transpiraban el miembro. Él acrecentaba más aún su satisfacción por ser tan distinto de la plebe.
En las noches de pleno junio los aldeanos se desplazaban hasta el bosque buscando la soledad de los pinares, pero se iban todos, y entonces el gran Samba aprovechaba para hallar la soledad en el pueblo bajo un farol.
Allí discurría, cavilaba, sopesaba, discernía y se quedaba traspuesto pensando en el derecho a la diferencia. Y se dormía sonriendo, orgulloso de sus especial talento.
Se decía a sí mismo: Toda persona idéntica, clónica, clavadita a las demás tiene el derecho inviolable a la diferencia aunque se parezca al resto de sus congéneres como una sevillana a otra sevillana. ¡Quien pierde sus orígenes, pierde el documento nacional de identidad.! ¡El que ignora la historia está obligado a repetir examen.! ¡El que a buen árbol se esconde oculto, buena sombra le pusilanimiza.!
Así era de listo el gran Samba.
Él por eso mismo no caería nunca en la albañilería ni en la agricultura. Él sería capaz de inventar un oficio propio, una carrera que le habría de conducir a la aventura, a la gloria y a la consecución de grandes gestas.
No se suelen dar normalmente individuos varones con la extrema sensibilidad del gran Samba. Era tal la suya que a la menor tristeza, no sólo se le llenaban los ojos de lágrimas sino también las orejas, el ombligo, los sobacos y las vellosidades intestinales.
Viendo a su perrita Dulcealmíbar oler las flores de la primavera, el gran Samba se encharcaba en llanto.
Ciertamente tenía un corazón muy grande. Bien, no tanto como los glúteos, pero muy grande. Como suele decir la gente, un corazón que no le cabía en el pecho. Por eso lo llevaba en la chepa.
Mas un día, una tarde antes del almuerzo, volvía a casa andando el sendero –no todo, sino sólo la parte que le abarcaban los pies- e iba con su cestillo de mimbre –parece una contradicción, pero el cesto era de él y de mimbre, de los dos- cantando y dando saltos como la reencarnación transmutada de Heidi, Blancanieves y los tres cerditos, esparciendo por el aire orquídeas silvestres, margaritas de invernadero, pétalos de rosa y explótalos de lirio, cuando de repente sus ojos vieron que un desaprensivo perro se disponía a olisquearle la matrícula a la perrita Dulcealmíbar.
Las facciones del gran Samba cambiaron automáticamente. Los ojos se le inyectaron en sangre de su grupo, las uñas se le afilaron respetando el bordecillos negro que las adornaba y aparecieron sus dientes, apretados, amarillos, con zonas marrones, puntos negros y algún destello violáceo. Aunque éste era el aspecto habitual de su dentadura, todo sea dicho.
El gran Samba se abalanzó con agilidad circense sobre el abyecto perraco y le asestó dos bocados en el lomo -él al perro- mientras le aprisionaba los genitales por la parte de los huevos.
El can aulló como nunca había aullado en riguroso directo. Y como pudo entre alaridos de dolor, se revolvió, y poniéndose panza arriba con un pataleo frenético le bailó un claqué en el pecho a nuestro héroe que lo abrazaba, llenándolo de arañazos por doquier.
El cánido al fin logró zafarse de su fiero atacante y salió huyendo como alma que lleva el diablo.
El comportamiento relatado podría parecer inverosímil en un ser tan poético como el gran Samba. Pero es que además de ser muy sensible, también era bravo y aguerrido. No en vano había hecho la mili en Birmania, donde le enseñaron técnicas de supervivencia límite.
Gracias a una preparación tan elitista, las heridas producidas por el perro malo se las curó él mismo.
Cogió ortigas y las machacó sobre una piedra con un pequeño tronco, –si los troncos son muy pequeños se les llama ramas- después añadió musgos y líquenes, y por último dos boñigas frescas de cebú que masticó para hacer con todo ello una pasta. Se la extendió por la zona afectada y siguió su camino.
Las heridas le sanaron, mas hubo de pagar un alto precio por ello. Durante varios días las moscas le acudían a la boca sin descanso.
Se bebió tres litros y medio de listerini con flúor acción lejía para conseguir recuperar un aliento mínimamente soportable, pero el estómago se le resintió muchísimo.
Tiempo después, alguien le explico que enjuagar no era sinónimo de ingerir.
El gran Samba cuando se hizo mayor –a los quince años de su nacimiento ya había cumplido treinta. Quince años arriba, quince años abajo- sintió que su cociente intelectual era superior al de los jilgueros y se marchó a correr mundo.
Para ese menester se indumentó con unas zapatillas blandas con cámara de aire, que se hinchaban como una rueda, un pantalón corto, una camiseta sin mangas y un cronómetro, y no tomó más equipaje que una ligera mochila y cuatro baúles de madera de pino forrados con piel de vaca macho, que es más dura.
En la fiesta patronal de su pueblo, cada año después de ver amanecer en la vertiente, los vecinos llevaban a cabo una competición cuya tradición se perdía en la noche de los tiempos.
Se trataba de un combate intelectual contra los jilgueros, que venían a centenares desde las arboledas cercanas.
Éstas avecillas llevaban ganándoles más de ciento cincuenta años y lógicamente se había establecido una rivalidad sana pero no exenta de ciertos rencores.
Siempre salía algún mozo fanfarrón que pasado de vinos, le daba un tiro al jilguero ganador..
Entonces los pájaros restantes fruncían el ceño, se cruzaban de alas y pataleaban su protesta rabiosamente.
Mas como las fiestas son las fiestas y es de ley que reine la armonía, el alcalde obligaba al borracho avicida a presentarle sus disculpas al muerto y a prometerle que no lo mataría nunca más.
El gran Samba se creía superior al jilguero y por tanto más inteligente que sus paisanos. Por eso dejó el pueblo.
Todo el que se marcha de un pueblo, lo deja. Nadie lo lleva consigo. Porque si nos damos cuenta, amigos, los pueblos están agarrados de cojones al suelo con cemento.
Fin del capítulo.
(Próximamente, el gran Samba en Paris. O lo que sea.)
SAN SAGRARIO de PADUA
CAPITULO CINCO Y FINAL
Fray Sagrario pues, en ese portento había sufrido un desprendimiento de alma, como una especie de divino rechazo y ahora se hallaba desprovisto de ella, tieso e impávido igual que un leño, llevando sus pasos de acá para allá sin motivación alguna.
Intentó reencender sus adentros con el mismo ahínco que antes empleara pretendiendo ahogarlos. Y de ciento y una maneras probó recuperar el dolor flamígero que le causaba el alma cuando la tenía, para volverla a tener aunque fuera a ese precio y no haber de pervivir en insensibilidad, desalmado y sin norte.
Tal era su fijación, que una noche creyéndose solo, fray Alai lo detuvo en la acción de comerse el cuarto cirio de la capilla de Santa Eulalia, con el paladar en carne viva y a punto de asfixia.
En cuanto se descuidaban los hermanos, fray Sagrario se tiraba a los braseros, o bebía brea y corría hacia las antorchas.
Decidieron atarlo y cuando lo hicieron ni resistencia opuso, tan en desánimo como estaba. Se negaba también a hacer de vientre por temor a que si le quedaba aún algo, un resquicio siquiera de alma dentro, se fuera de él y desgraciáralo más si cabe.
Fray Alai, triste, abatido y anciano, creyó que antes de acudir a la final llamada, debía intentar una última cosa por su amado discípulo, además de estarse día y noche a sus pies rogando al Señor por la restitución de su espíritu, y determinó llevárselo en peregrinación al nacimiento del río Ibrattone, a ocho mil leguas italianas del convento, puesto que allí manaban las aguas que el Apóstol San Lucas bendijo y que desde entonces tenían la milagrosa propiedad de humedecer cuanto tocaban.
Cuentan las escrituras que llegando San Lucas en huída de los filisteos y sin descansar en muchas jornadas, vio cómo su caballo extenuado se volvía espuma y estaba en trance de morir, con lo que su porvenir parecía haber llegado ya a límite, pues no podría escapar con vida sin la ayuda del animal.
Y a punto estaba el noble bruto de ir a la muerte cuando oyeron el rumor del agua que refiero.
El equino arrastrose en desesperado intento y en cuanto consiguió darse un atracón de agua en esa fuente milagrosa, se compuso al pronto y sintiose repuesto y aliviado.
Historias como éstas eran las que alimentaban la fe de fray Alai y el arma eficaz con que convencía siempre al desventurado Lupo Sagrario.
Pusiéronse en camino recibiendo cientodiecinueve bendiciones y fuéronse haciendo cada vez más pequeños en la lejanura.
Cuando el anciano consideró que estaban suficientemente apartados, desató a Sagrario y lo llevó suelto, pues tuvo la precaución de no portar consigo nada inflamable.
Anduvieron andando treinta días y catorce noches. Las restantes dieciséis las pasaron en vigilia, alertas por temor de las alimañas, ya que no pudieron prender ninguna hoguera.
Y por fin arribaron al sacro monte, donde pudieron ver la urna con la piedra que conserva los restos de la baba incorrupta del apostólico caballo y que era objeto de peregrinaje en todo el mundo cristiano.
Oraron y se mantuvieron en estricto ayuno durante cinco largas horas como acto de contrición para lavar sus posibles pecados y para estar despabilados cuando llegara el amanecer e hicieran su plegaria, la plegaria de mayor importancia que fray Alai llevara a cabo en su longeva existencia.
Toda la fe de noventa y ocho años la concentraría en un solo esfuerzo aunque eso le costara la vida, por el desdichado muchacho al que consideraba ya más que como a un hijo, como a trillizos.
Y llegó el momento. Amanecía un alba despaciosa.
Fray Alali tomó en las palmas de sus manos a Sagrario como si de un descomunal retoño se tratara, fortalecido sin duda por su férrea convicción religiosa y de modo sobrehumano lo alzó mostrándolo a un cielo del que emergía la incandescente esfera cegadora del mundo en majestuosa muestra del poderío divino.
Entonces dijo con voz recia y firme:
“Oh, Señor, Dios de todo lo creado. Este infeliz que te presento ha sido privado de su alma por alguna artimaña diabólica.
Tú que lo llamaste a santidad destacándolo de entre la masa, atiende, ruégote humildemente, a su injusta carencia y concédesela de nuevo.
Oh, Señor del universo, póngome yo mismo en precio cuando le abogo, por cuanto de bueno mostrome en el tiempo en que la tuvo.”
Luego, esperando la respuesta se cantó unos salmos.
La emoción los mantuvo abrazados durante un cierto tiempo mientras el sol seguía subiendo, izado por Ángeles de guardia.
Que el mundo era un bello cuartel y el sol su bandera, sabía fray Sagrario por boca de fray Alai. Y que cuando éste falleciera, él continuaría su obra, lo asumía como un voto inquebrantable.
Tres meses más tarde a las puertas del convento llegaban los dos Santos varones.
San Sagrario portaba al anciano en brazos, cayéndosele algún trocito y envuelto en moscas. Moscas enviadas inequívocamente para proteger en espeso manto al cuerpo de fray Alai durante tan largo y penoso viaje.
Diéronle cristiana sepultura con la más honda pena jamás sentida y oraron vertiendo lágrimas los monjes todos.
Cuando se fueron reponiendo de tan amargo episodio, interesáronse vivamente por la suerte de San Sagrario; de cómo le iba el asunto del alma y de si se encontraba bien de salud. A todo ello él respondió con detalle, narrando asimismo de principio a fin la emocionante peripecia.
San Sagrario fue nombrado abad y pasó a convertirse en el mayor consejero de la curia romana. Todos los cardenales, obispos o teólogos le presentaban sus incógnitas y le sometían humildes sus estudios, especialmente si concernían al alma.
Las interrogantes le eran planteadas a millares:
“¿Es ciertamente el espíritu una tea divina?.”
“¿Tienen alma las urracas si se les prende fuego.?”
“¿Son acaso las ventosidades, remanentes de alma, puesto que arden.?”
Por dilucidar cuestiones como éstas, San Sagrario fue beatificado y poco más adelante canonizado en vida, convirtiéndose de ese modo en el Santo vivo más venerado de la historia.
Y a la edad de cincuenta y cuatro años pacíficamente murió, sin poder concluir un estudio en el que iba a demostrar que el número seis no debía ser de uso terrenal puesto que Dios hizo el mundo en seis días; ni el dos tampoco, porque el empleo de tal cifra supondría una incursión en el terreno de lo sacrílego, teniendo en cuenta el divino designio de que la Virgen y San José fueran dos.
A título póstumo el Rey lo nombró Marqués de Florencia y en la fachada del convento ordenó colocar un escudo heráldico de cuero en el que figuraran una sobria cabeza de gallina sobre campo de brasas y un lema que rezase: “Anímate, hombre.”
FIN
Fray Sagrario pues, en ese portento había sufrido un desprendimiento de alma, como una especie de divino rechazo y ahora se hallaba desprovisto de ella, tieso e impávido igual que un leño, llevando sus pasos de acá para allá sin motivación alguna.
Intentó reencender sus adentros con el mismo ahínco que antes empleara pretendiendo ahogarlos. Y de ciento y una maneras probó recuperar el dolor flamígero que le causaba el alma cuando la tenía, para volverla a tener aunque fuera a ese precio y no haber de pervivir en insensibilidad, desalmado y sin norte.
Tal era su fijación, que una noche creyéndose solo, fray Alai lo detuvo en la acción de comerse el cuarto cirio de la capilla de Santa Eulalia, con el paladar en carne viva y a punto de asfixia.
En cuanto se descuidaban los hermanos, fray Sagrario se tiraba a los braseros, o bebía brea y corría hacia las antorchas.
Decidieron atarlo y cuando lo hicieron ni resistencia opuso, tan en desánimo como estaba. Se negaba también a hacer de vientre por temor a que si le quedaba aún algo, un resquicio siquiera de alma dentro, se fuera de él y desgraciáralo más si cabe.
Fray Alai, triste, abatido y anciano, creyó que antes de acudir a la final llamada, debía intentar una última cosa por su amado discípulo, además de estarse día y noche a sus pies rogando al Señor por la restitución de su espíritu, y determinó llevárselo en peregrinación al nacimiento del río Ibrattone, a ocho mil leguas italianas del convento, puesto que allí manaban las aguas que el Apóstol San Lucas bendijo y que desde entonces tenían la milagrosa propiedad de humedecer cuanto tocaban.
Cuentan las escrituras que llegando San Lucas en huída de los filisteos y sin descansar en muchas jornadas, vio cómo su caballo extenuado se volvía espuma y estaba en trance de morir, con lo que su porvenir parecía haber llegado ya a límite, pues no podría escapar con vida sin la ayuda del animal.
Y a punto estaba el noble bruto de ir a la muerte cuando oyeron el rumor del agua que refiero.
El equino arrastrose en desesperado intento y en cuanto consiguió darse un atracón de agua en esa fuente milagrosa, se compuso al pronto y sintiose repuesto y aliviado.
Historias como éstas eran las que alimentaban la fe de fray Alai y el arma eficaz con que convencía siempre al desventurado Lupo Sagrario.
Pusiéronse en camino recibiendo cientodiecinueve bendiciones y fuéronse haciendo cada vez más pequeños en la lejanura.
Cuando el anciano consideró que estaban suficientemente apartados, desató a Sagrario y lo llevó suelto, pues tuvo la precaución de no portar consigo nada inflamable.
Anduvieron andando treinta días y catorce noches. Las restantes dieciséis las pasaron en vigilia, alertas por temor de las alimañas, ya que no pudieron prender ninguna hoguera.
Y por fin arribaron al sacro monte, donde pudieron ver la urna con la piedra que conserva los restos de la baba incorrupta del apostólico caballo y que era objeto de peregrinaje en todo el mundo cristiano.
Oraron y se mantuvieron en estricto ayuno durante cinco largas horas como acto de contrición para lavar sus posibles pecados y para estar despabilados cuando llegara el amanecer e hicieran su plegaria, la plegaria de mayor importancia que fray Alai llevara a cabo en su longeva existencia.
Toda la fe de noventa y ocho años la concentraría en un solo esfuerzo aunque eso le costara la vida, por el desdichado muchacho al que consideraba ya más que como a un hijo, como a trillizos.
Y llegó el momento. Amanecía un alba despaciosa.
Fray Alali tomó en las palmas de sus manos a Sagrario como si de un descomunal retoño se tratara, fortalecido sin duda por su férrea convicción religiosa y de modo sobrehumano lo alzó mostrándolo a un cielo del que emergía la incandescente esfera cegadora del mundo en majestuosa muestra del poderío divino.
Entonces dijo con voz recia y firme:
“Oh, Señor, Dios de todo lo creado. Este infeliz que te presento ha sido privado de su alma por alguna artimaña diabólica.
Tú que lo llamaste a santidad destacándolo de entre la masa, atiende, ruégote humildemente, a su injusta carencia y concédesela de nuevo.
Oh, Señor del universo, póngome yo mismo en precio cuando le abogo, por cuanto de bueno mostrome en el tiempo en que la tuvo.”
Luego, esperando la respuesta se cantó unos salmos.
La emoción los mantuvo abrazados durante un cierto tiempo mientras el sol seguía subiendo, izado por Ángeles de guardia.
Que el mundo era un bello cuartel y el sol su bandera, sabía fray Sagrario por boca de fray Alai. Y que cuando éste falleciera, él continuaría su obra, lo asumía como un voto inquebrantable.
Tres meses más tarde a las puertas del convento llegaban los dos Santos varones.
San Sagrario portaba al anciano en brazos, cayéndosele algún trocito y envuelto en moscas. Moscas enviadas inequívocamente para proteger en espeso manto al cuerpo de fray Alai durante tan largo y penoso viaje.
Diéronle cristiana sepultura con la más honda pena jamás sentida y oraron vertiendo lágrimas los monjes todos.
Cuando se fueron reponiendo de tan amargo episodio, interesáronse vivamente por la suerte de San Sagrario; de cómo le iba el asunto del alma y de si se encontraba bien de salud. A todo ello él respondió con detalle, narrando asimismo de principio a fin la emocionante peripecia.
San Sagrario fue nombrado abad y pasó a convertirse en el mayor consejero de la curia romana. Todos los cardenales, obispos o teólogos le presentaban sus incógnitas y le sometían humildes sus estudios, especialmente si concernían al alma.
Las interrogantes le eran planteadas a millares:
“¿Es ciertamente el espíritu una tea divina?.”
“¿Tienen alma las urracas si se les prende fuego.?”
“¿Son acaso las ventosidades, remanentes de alma, puesto que arden.?”
Por dilucidar cuestiones como éstas, San Sagrario fue beatificado y poco más adelante canonizado en vida, convirtiéndose de ese modo en el Santo vivo más venerado de la historia.
Y a la edad de cincuenta y cuatro años pacíficamente murió, sin poder concluir un estudio en el que iba a demostrar que el número seis no debía ser de uso terrenal puesto que Dios hizo el mundo en seis días; ni el dos tampoco, porque el empleo de tal cifra supondría una incursión en el terreno de lo sacrílego, teniendo en cuenta el divino designio de que la Virgen y San José fueran dos.
A título póstumo el Rey lo nombró Marqués de Florencia y en la fachada del convento ordenó colocar un escudo heráldico de cuero en el que figuraran una sobria cabeza de gallina sobre campo de brasas y un lema que rezase: “Anímate, hombre.”
FIN
SAN SAGRARIO de PADUA
CAPITULO CUATRO
Lupo y su nuevo amigo tuvieron en común la inclinación por las artes y la creatividad.
Giovanni, que así se llamaba el mozo, gustaba de las letras y estaba terminando unos cuentos que Sagrario esperaba con afán poder valorar.
Y hasta él mismo, poco dotado para las artes mayores, se destacaba día a día con sus trabajos en cuero, confeccionando con exquisito gusto pulseras, monederos, morrales, maletas o baúles.
Las caballerías que portaban ornatos de su diseño se hacían mirar con delectación por cuantos hubiere cerca. “Diseño de fray Sagrario, sin duda.” Afirmaban al ver sus bellas piezas.
Al final hasta en la Corte Real era un apreciado distintivo poseer siquiera un pañuelo de su firma.
“No vale para sudor ni moco, puesto que es de cuero tieso, pero no hay más que verlo: Es un Sagrario." Eso dicen que dijo el nobilísimo Don Enzo Piazoletta di Cappoglio., valido del rey, administrador principal de la villa y notable por sus finísimas maneras.
Por otro lado, la vida del ardiente fraile transcurría, como ya quedó dicho, bastante más llevadera. En el interior del convento todo permanecía inmutable, como era recto y deseado. La conducta austera, el coro, los maitines, las vísperas, las angostas celdas, el obscuro comedor y los agradecimientos al Señor con la escucha silenciosa de las Santas Lecturas, pacificaban por fuerza al más díscolo de los mortales.
Pero llegó el día en que a la hora de la cena fray Sagrario solicitó el locutorio, pues le apetecía enormemente leer esa noche.
Comentó a fray Alai que esa tarde en la villa, su amigo Giovanni el escritor, le había entregado por fin terminada la obra en la que había trabajado tanto tiempo y que estaba ansioso por darle lectura.
Fray Alai, que tenía confianza plena en su pupilo después de larga y estrecha convivencia, luchando codo a codo contra sus males y sapiente de su nobleza, accedió sin mucho meditar.
Tomaron todos asiento con la sobriedad acostumbrada en la enorme estancia y bendijeron las viandas con un padrenuestro. Los vinos fueron bendiciéndolos con siete rosarios completos, probando a ver si iban mejorando los caldos rezo a rezo y siendo el séptimo ya cantado en pie y acompañado de palmas.
Decidieron serenarse con un Credo, más murmurado que claro, y empezaron a nutrirse.
Fray Sagrario subió al estrado, abrió nervioso el grueso libro y comenzó a leer.
El texto venía a decir que un gallardo joven huyendo de las maldades, buscó una noche refugio en un convento y que hallándose todos dormidos, el fraile que custodiaba la entrada le dio posada no sin advertirle que sería tarea dificultosa acomodarlo.
Los monjes escuchaban entre chuperreteos más bien poco, mientras Sagrario proseguía en busca del talento de su amigo.
Resulta pues que el doncel huía porque era culpado de la muerte de la hija del marqués, desaparecida sin dejar huella hacía pocos días, y los primos de la misma, con muy malas ideas, quisieron vengar en él toda la envidia que le guardaban desde siempre, puesto que era valiente, guapo, educado y admirado por las señoras de la corte.
Ellos, los primos, habían hecho huir a la doncella amenazándola de muerte, con lo que además de ver aumentada la herencia, pues el marqués no tuvo más descendientes, en la misma jugada vertían culpas sobre el odiado enemigo y se libraban de él.
Ya por esta parte, los monjes se empezaban a mirar con disimulo como insinuándose unos a otros que aquello no parecía muy santo.
Fray Sagrario embebido leía.
Resulta que no habían cámaras libres en donde dar lecho al espontáneo huésped, ya que habían llegado casualmente al atardecer tres frailes de otra orden y ya dos de ellos se vieron obligados a compartir celda.
El joven asustado dijo que aunque fuese en los establos, pero que por Dios, le diera protección.
Tras mucho discurrir, el portero creyó que si entraba en silencio a la cámara del fraile que estaba solo, tal vez poniendo varias mantas en el suelo al lado del camastro y en angostura manifiesta, pudiera tratar de acomodarse.
Llegados aquí, en los comensales se notaba un cierto nerviosismo y ya empezaban a sentirse pequeños codazos de atención y rumores de contrariedad. Mas fray Sagrario continuaba hipnótico su lectura con el siguiente texto:
“....el fraile que no dormía, escuchó toda la conversación y cuando estuvo todo calmo y quedo en el convento, con apagada voz llamó al joven y le dijo que con él se acostase. Y el joven después de mil negativas afables, terminó por acceder.
El clérigo, poniéndole la mano en el pecho, empezó a tocarle no de otro modo que hacen las gentiles jóvenes con sus amantes.
Mucho se maravilló el varón y temió que el fraile por enfermizo amor impelido, se inclinara a tocarle de aquella manera. El monje por presunción o por algo que el chico hiciera, presto conoció aquella duda y sonrió abriéndose una camisa que llevaba, tomó su mano y se la puso sobre el pecho diciéndole:
-Ahuyenta, mozo, tus necios pensamientos y busca aquí para que conozcas lo que te escondo.
Al poner el doncel la mano en el pecho del fraile, topó con dos pechitos redondos, tan suaves y delicados cual si fuesen de marfil, y al hallarlos y comprender que trataba con hembra, sin esperas más invitación, abrazola prontamente y quiso besarla....”
En ese instante los monjes escupieron de sus fauces los bocados que mascaban y bramaron como bestias.
Fray Sagrario despertó súbito de su trance, percatándose entonces de lo que había estado pronunciando. Vio absorto cómo ciento veinte crucifijos le apuntaban con un estruendoso vocerío de vade retros satanases y sintió cómo el pánico se sumaba al mayor de los ardores que jamás hubo sentido, haciéndolo evacuarse por el hábito abajo igual que un bebé incontinente y despavorido.
Se hincó de hinojos y se dio de golpes contra el pétreo suelo pidiendo perdón al Altísimo en un ataque de histeria.
Fue entonces cuando los hermanos asistieron estupefactos a un portento que los dejó sin habla:
Las heces fecales de fray Sagrario se inflamaron en espontánea combustión y volaron como enormes llamaradas por los aires hasta desaparecer por el ábside del altar mayor, dejando una suerte de fresco que aún puede admirarse restaurado y que preconizó en su día el movimiento abstracto que siglos más tarde se viera.
Fray Sagrario a partir de ese episodio y tras cumplir mansamente las penitencias que le fueron impuestas, quedó lívido, sin ardor alguno, apagado, sin voluntad, como muerto en vida.
Dejó de ir a visitar enfermos, dejó de trabajar en la recogida de huevos, no fue más al bosque a por frutos, cosa que le placía, y ni siquiera quiso ver ya nunca a su apreciado amigo Giovanni Bocaccio, quien por cierto tenía vetada su entrada en España, pues Don Diego Rustidera había extendido una orden de apresamiento contra él, acusándolo de ser arma del Diablo.
(Continuará.)
Lupo y su nuevo amigo tuvieron en común la inclinación por las artes y la creatividad.
Giovanni, que así se llamaba el mozo, gustaba de las letras y estaba terminando unos cuentos que Sagrario esperaba con afán poder valorar.
Y hasta él mismo, poco dotado para las artes mayores, se destacaba día a día con sus trabajos en cuero, confeccionando con exquisito gusto pulseras, monederos, morrales, maletas o baúles.
Las caballerías que portaban ornatos de su diseño se hacían mirar con delectación por cuantos hubiere cerca. “Diseño de fray Sagrario, sin duda.” Afirmaban al ver sus bellas piezas.
Al final hasta en la Corte Real era un apreciado distintivo poseer siquiera un pañuelo de su firma.
“No vale para sudor ni moco, puesto que es de cuero tieso, pero no hay más que verlo: Es un Sagrario." Eso dicen que dijo el nobilísimo Don Enzo Piazoletta di Cappoglio., valido del rey, administrador principal de la villa y notable por sus finísimas maneras.
Por otro lado, la vida del ardiente fraile transcurría, como ya quedó dicho, bastante más llevadera. En el interior del convento todo permanecía inmutable, como era recto y deseado. La conducta austera, el coro, los maitines, las vísperas, las angostas celdas, el obscuro comedor y los agradecimientos al Señor con la escucha silenciosa de las Santas Lecturas, pacificaban por fuerza al más díscolo de los mortales.
Pero llegó el día en que a la hora de la cena fray Sagrario solicitó el locutorio, pues le apetecía enormemente leer esa noche.
Comentó a fray Alai que esa tarde en la villa, su amigo Giovanni el escritor, le había entregado por fin terminada la obra en la que había trabajado tanto tiempo y que estaba ansioso por darle lectura.
Fray Alai, que tenía confianza plena en su pupilo después de larga y estrecha convivencia, luchando codo a codo contra sus males y sapiente de su nobleza, accedió sin mucho meditar.
Tomaron todos asiento con la sobriedad acostumbrada en la enorme estancia y bendijeron las viandas con un padrenuestro. Los vinos fueron bendiciéndolos con siete rosarios completos, probando a ver si iban mejorando los caldos rezo a rezo y siendo el séptimo ya cantado en pie y acompañado de palmas.
Decidieron serenarse con un Credo, más murmurado que claro, y empezaron a nutrirse.
Fray Sagrario subió al estrado, abrió nervioso el grueso libro y comenzó a leer.
El texto venía a decir que un gallardo joven huyendo de las maldades, buscó una noche refugio en un convento y que hallándose todos dormidos, el fraile que custodiaba la entrada le dio posada no sin advertirle que sería tarea dificultosa acomodarlo.
Los monjes escuchaban entre chuperreteos más bien poco, mientras Sagrario proseguía en busca del talento de su amigo.
Resulta pues que el doncel huía porque era culpado de la muerte de la hija del marqués, desaparecida sin dejar huella hacía pocos días, y los primos de la misma, con muy malas ideas, quisieron vengar en él toda la envidia que le guardaban desde siempre, puesto que era valiente, guapo, educado y admirado por las señoras de la corte.
Ellos, los primos, habían hecho huir a la doncella amenazándola de muerte, con lo que además de ver aumentada la herencia, pues el marqués no tuvo más descendientes, en la misma jugada vertían culpas sobre el odiado enemigo y se libraban de él.
Ya por esta parte, los monjes se empezaban a mirar con disimulo como insinuándose unos a otros que aquello no parecía muy santo.
Fray Sagrario embebido leía.
Resulta que no habían cámaras libres en donde dar lecho al espontáneo huésped, ya que habían llegado casualmente al atardecer tres frailes de otra orden y ya dos de ellos se vieron obligados a compartir celda.
El joven asustado dijo que aunque fuese en los establos, pero que por Dios, le diera protección.
Tras mucho discurrir, el portero creyó que si entraba en silencio a la cámara del fraile que estaba solo, tal vez poniendo varias mantas en el suelo al lado del camastro y en angostura manifiesta, pudiera tratar de acomodarse.
Llegados aquí, en los comensales se notaba un cierto nerviosismo y ya empezaban a sentirse pequeños codazos de atención y rumores de contrariedad. Mas fray Sagrario continuaba hipnótico su lectura con el siguiente texto:
“....el fraile que no dormía, escuchó toda la conversación y cuando estuvo todo calmo y quedo en el convento, con apagada voz llamó al joven y le dijo que con él se acostase. Y el joven después de mil negativas afables, terminó por acceder.
El clérigo, poniéndole la mano en el pecho, empezó a tocarle no de otro modo que hacen las gentiles jóvenes con sus amantes.
Mucho se maravilló el varón y temió que el fraile por enfermizo amor impelido, se inclinara a tocarle de aquella manera. El monje por presunción o por algo que el chico hiciera, presto conoció aquella duda y sonrió abriéndose una camisa que llevaba, tomó su mano y se la puso sobre el pecho diciéndole:
-Ahuyenta, mozo, tus necios pensamientos y busca aquí para que conozcas lo que te escondo.
Al poner el doncel la mano en el pecho del fraile, topó con dos pechitos redondos, tan suaves y delicados cual si fuesen de marfil, y al hallarlos y comprender que trataba con hembra, sin esperas más invitación, abrazola prontamente y quiso besarla....”
En ese instante los monjes escupieron de sus fauces los bocados que mascaban y bramaron como bestias.
Fray Sagrario despertó súbito de su trance, percatándose entonces de lo que había estado pronunciando. Vio absorto cómo ciento veinte crucifijos le apuntaban con un estruendoso vocerío de vade retros satanases y sintió cómo el pánico se sumaba al mayor de los ardores que jamás hubo sentido, haciéndolo evacuarse por el hábito abajo igual que un bebé incontinente y despavorido.
Se hincó de hinojos y se dio de golpes contra el pétreo suelo pidiendo perdón al Altísimo en un ataque de histeria.
Fue entonces cuando los hermanos asistieron estupefactos a un portento que los dejó sin habla:
Las heces fecales de fray Sagrario se inflamaron en espontánea combustión y volaron como enormes llamaradas por los aires hasta desaparecer por el ábside del altar mayor, dejando una suerte de fresco que aún puede admirarse restaurado y que preconizó en su día el movimiento abstracto que siglos más tarde se viera.
Fray Sagrario a partir de ese episodio y tras cumplir mansamente las penitencias que le fueron impuestas, quedó lívido, sin ardor alguno, apagado, sin voluntad, como muerto en vida.
Dejó de ir a visitar enfermos, dejó de trabajar en la recogida de huevos, no fue más al bosque a por frutos, cosa que le placía, y ni siquiera quiso ver ya nunca a su apreciado amigo Giovanni Bocaccio, quien por cierto tenía vetada su entrada en España, pues Don Diego Rustidera había extendido una orden de apresamiento contra él, acusándolo de ser arma del Diablo.
(Continuará.)
SAN SAGRARIO de PADUA
CAPITULO TRES
Fray Sagrario entendió que toda esa teoría numérica era plausible y obtuvo respuestas abundantes de boca de fray Alai en cuanto su inmadurez lo confundía. Mas no hallaba explicación aún a lo de sus ardores internos.
Y eso que fray Alai lo tuvo sin comer ni beber durante nueve días, manteniéndolo únicamente con la ingestión de caldo de gallina, croquetas, fruta, queso, pan blanco y filetes de buey las nueve noches.
Al cabo del tratamiento, fray Sagrario no presentaba cambio alguno en su aspecto, como no fuera acaso un poquitín de ojeras de tanta vigilia.
De todos modos el venerable fraile continuó estudiando el caso y le examinó todos los humores que pudo por si dentro de su cuerpo hubiera un fuego de origen ultramundano o algo, aunque nada hallara.
Sin descartar posibilidad alguna, envió misiva a la curia hispana demandando un experto en fenómenos inexplicables, a sabiendas de que aquellas tierras daban mucho de sí en esos menesteres y más si se tratase de atemorizar al mismísimo Diablo.
Dos meses más tarde acudió el inquisidor Don Diego de Rustidera y aseguró que si dentro del afectado moraba Satanás, él se lo sacaba, y que si no estuviera poseso, pues que no, que sería finalmente la voluntad de Dios la que decidiera.
En treinta días de dura lucha, nada pudo hacer Don Diego que cambiase el estado interno de fray Sagrario, pero de sus métodos quedó seriamente resentido su estado externo.
Cuando fray Alai no pudo más que conmiserarse de su discípulo, tomó la decisión de instar al exorcista a que retornase a España lo antes posible.
Rustidera, aún en su fracaso, insistía en que le concedieran más tiempo, pues tal vez no atacara el mal por su verdadero frente y quizás el Demonio no lo tuviese dentro sino fuera. “Mirad, mirad, hermanos, qué rostro más demoníaco y qué pintas tan diabólicas tiene el enajenado ese. Él es Lucifer en persona.” Eso decía mientras lo embarcaban a empellones.
Fray Sagrario tardó en reponerse del estrago lo que sólo Dios sabe, mientras sus ardores, lejos de desaparecer, persistían con pertinaz tozudez tenaz.
Mas una vez recobrado de llagas y moratones y estando en el bosque de Pinestrone una mañana recogiendo frutillas silvestres con su tutor, fue testigo de algo muy importante para su futuro.
Mientras iba relatando añoranzas de su casa y de su niñez, las veborragias de su padre, su tío y sus hermanos, fray Alai dio un súbito respingo como accionado por un arco, y entonces Dios Nuestro Señor en su bondad infinita, iluminó la mente del veterano siervo.
Fray Alai, con irreprimibles lágrimas, tomó por los hombros a Sagrario, que ya era todo un muchacho de treinta años y le dijo eufórico:
“Gracias a Dios que ahora lo veo todo claro. Tú estás llamado ciertamente. Tú eres un elegido. Por fin lo comprendo.
De niño tus precarios oídos hubieron de soportar debates incautos sobre la existencia del espíritu, y tu pueril cerebro absorbió teologías harto temerarias, con lo que ese soplo anímico, ese don que Dios nos confía, es decir el alma, te fue creciendo en contrariada e incómoda pesadumbre, instalándosete en campo de congojas y con lo cual ella misma te manda señales de rechazo abrasándote las entrañas.
No debes olvidar que el Espíritu Santo, el compendio de todas las almas, no es otra cosa que una llama purificadora que persigue con afanes incendiarios a esa paloma que a su vez no es sino la apariencia que adopta el vil cuervo del Demonio para atormentarnos, un canalla hábil como pocos en cuestiones de impostura. Dios permite esas metáforas y de nuestro talento depende el descifrarlas.”
Fray Sagrario tampoco pudo contenerse y lloró amargamente durante décadas. Hasta el punto en que no había extremaunción o entierro al que no lo invitasen para ambientar.
A partir de ese momento y aunque con ardores, su vida abrió una nueva etapa. En su deambular ofreciendo consuelo a enfermos y lisiados, a heridos de contiendas y a viejos agónicos, a ciegos e inválidos, a damas deprimidas y a cortesanos aburridos, tuvo en fortuna toparse con un avispado varón de edad aproximada a la suya con el que trabó amistad profunda.
Esto lo ilusionó en gran medida, pues aunque no tenía queja de sus bondadosos hermanos en Cristo, echaba de menos sin embargo conversaciones de menos ancianidad o noticias del acontecer moderno.
El nuevo amigo hizo que Lupo Sagrario levantara su ánimo y no se hermetizase en sus quemazones, distrayéndole un tanto del perpetuo suplicio.
(Continuará.)
Fray Sagrario entendió que toda esa teoría numérica era plausible y obtuvo respuestas abundantes de boca de fray Alai en cuanto su inmadurez lo confundía. Mas no hallaba explicación aún a lo de sus ardores internos.
Y eso que fray Alai lo tuvo sin comer ni beber durante nueve días, manteniéndolo únicamente con la ingestión de caldo de gallina, croquetas, fruta, queso, pan blanco y filetes de buey las nueve noches.
Al cabo del tratamiento, fray Sagrario no presentaba cambio alguno en su aspecto, como no fuera acaso un poquitín de ojeras de tanta vigilia.
De todos modos el venerable fraile continuó estudiando el caso y le examinó todos los humores que pudo por si dentro de su cuerpo hubiera un fuego de origen ultramundano o algo, aunque nada hallara.
Sin descartar posibilidad alguna, envió misiva a la curia hispana demandando un experto en fenómenos inexplicables, a sabiendas de que aquellas tierras daban mucho de sí en esos menesteres y más si se tratase de atemorizar al mismísimo Diablo.
Dos meses más tarde acudió el inquisidor Don Diego de Rustidera y aseguró que si dentro del afectado moraba Satanás, él se lo sacaba, y que si no estuviera poseso, pues que no, que sería finalmente la voluntad de Dios la que decidiera.
En treinta días de dura lucha, nada pudo hacer Don Diego que cambiase el estado interno de fray Sagrario, pero de sus métodos quedó seriamente resentido su estado externo.
Cuando fray Alai no pudo más que conmiserarse de su discípulo, tomó la decisión de instar al exorcista a que retornase a España lo antes posible.
Rustidera, aún en su fracaso, insistía en que le concedieran más tiempo, pues tal vez no atacara el mal por su verdadero frente y quizás el Demonio no lo tuviese dentro sino fuera. “Mirad, mirad, hermanos, qué rostro más demoníaco y qué pintas tan diabólicas tiene el enajenado ese. Él es Lucifer en persona.” Eso decía mientras lo embarcaban a empellones.
Fray Sagrario tardó en reponerse del estrago lo que sólo Dios sabe, mientras sus ardores, lejos de desaparecer, persistían con pertinaz tozudez tenaz.
Mas una vez recobrado de llagas y moratones y estando en el bosque de Pinestrone una mañana recogiendo frutillas silvestres con su tutor, fue testigo de algo muy importante para su futuro.
Mientras iba relatando añoranzas de su casa y de su niñez, las veborragias de su padre, su tío y sus hermanos, fray Alai dio un súbito respingo como accionado por un arco, y entonces Dios Nuestro Señor en su bondad infinita, iluminó la mente del veterano siervo.
Fray Alai, con irreprimibles lágrimas, tomó por los hombros a Sagrario, que ya era todo un muchacho de treinta años y le dijo eufórico:
“Gracias a Dios que ahora lo veo todo claro. Tú estás llamado ciertamente. Tú eres un elegido. Por fin lo comprendo.
De niño tus precarios oídos hubieron de soportar debates incautos sobre la existencia del espíritu, y tu pueril cerebro absorbió teologías harto temerarias, con lo que ese soplo anímico, ese don que Dios nos confía, es decir el alma, te fue creciendo en contrariada e incómoda pesadumbre, instalándosete en campo de congojas y con lo cual ella misma te manda señales de rechazo abrasándote las entrañas.
No debes olvidar que el Espíritu Santo, el compendio de todas las almas, no es otra cosa que una llama purificadora que persigue con afanes incendiarios a esa paloma que a su vez no es sino la apariencia que adopta el vil cuervo del Demonio para atormentarnos, un canalla hábil como pocos en cuestiones de impostura. Dios permite esas metáforas y de nuestro talento depende el descifrarlas.”
Fray Sagrario tampoco pudo contenerse y lloró amargamente durante décadas. Hasta el punto en que no había extremaunción o entierro al que no lo invitasen para ambientar.
A partir de ese momento y aunque con ardores, su vida abrió una nueva etapa. En su deambular ofreciendo consuelo a enfermos y lisiados, a heridos de contiendas y a viejos agónicos, a ciegos e inválidos, a damas deprimidas y a cortesanos aburridos, tuvo en fortuna toparse con un avispado varón de edad aproximada a la suya con el que trabó amistad profunda.
Esto lo ilusionó en gran medida, pues aunque no tenía queja de sus bondadosos hermanos en Cristo, echaba de menos sin embargo conversaciones de menos ancianidad o noticias del acontecer moderno.
El nuevo amigo hizo que Lupo Sagrario levantara su ánimo y no se hermetizase en sus quemazones, distrayéndole un tanto del perpetuo suplicio.
(Continuará.)
SAN SAGRARIO de PADUA.
CAPITULO DOS
La quemazón interna de Lupo acentuábase año tras año, sin que sus parientes reparasen mucho en él, enfrascados como estaban en asuntos mayores. Y su cabecita aunque joven, iba madurándose con rapidez, llena de aquellas desconcertantes locuciones.
También sabría más tarde en sus propias carnes lo que eran los golpes duros de la vida, cuando una noche tuvo la desgracia de encontrar a la abuela, el ser que más quería, aquella mujer que ineficazmente perseveraba en procurarle alivio, muerta para siempre en los fogones de la cocina y atufando a seis o siete días.
“Dios Santo, -pensó- tanto debate y tanto discurso, que ni nos dimos cuenta. Y yo, porque me arde el cuerpo de nuevo y vine en busca de ayuda, que si no...Oh, Dios mío, cuán ingratos y egoístas...y aún más, cuán ignorante he sido en éstos todos mis años...Ay, abuela mía...Abuela no: ¡Madre!. ¡Madre!.”
En ese instante Lupo Sagrario se hubo dado cuenta de que no era cierto que no conociese a su mamá porque se la llevara la cigüeña que a él le trajo como había oído contar a su padre, sino que su abuela no era su abuela. Ella era su verdadera madre.
Habían acordado ocultárselo porque en esa familia la disparidad de edades era de difícil comprensión.
Un año más tarde Lupo Sagrario experimentó asimismo la muerte de su progenitor, que aunque dolorosa como es lógico, ya la esperaban todos.
Francesco Sagrario no se tomaba prisas ni para morir. Nada más nacer, en cuanto la comadrona lo vio sentenció: “ Huy, me temo que con el poco fuelle que llora, este crío va a tener los días contados.”
Y así fue en realidad, claro que teniendo presente el ritmo de vida del sujeto, morirse le llevó setenta y nueve años.
Tras la tragedia Lupo se hizo las maletas, pues tenía mucha traza trabajando el cuero, y partió de su hogar a emanciparse.
Él notaba llamadas de santidad, sentía que era reclamado por Algo superior, y esas voces guiaron sus pies hacia el lugar propicio.
Solicitó admisión en el convento de San Paolo, donde pacían en murmullo de salmos una centena larga de piadosos monjes benedictinos de la suborden de los goliardos.
Allí le fueron enseñadas muchas de las grandes virtudes que honrarían su persona y le haría acreedor de la gracia del Señor.
Fue confiada su educación al sabio criterio de Fray Marco D´Alai, el más anciano y respetado teólogo de la orden.
Fray Alai era el mayor de ciento veinte hermanos y de él brotaron las aceptadas teorías que supondrían el régimen interno del convento. Como la de considerar a la docena una medida de reprobado uso, basándose en que doce fueron los Apóstoles de Jesús y su utilización debía suponer sin duda una osadía rayana en la blasfemia.
Así de igual modo el número diez por análogo motivo, al tener un claro referente divino en los Santos Mandamientos.
Sobre la unidad y el tres demostró también que no debían ser de empleo humano por su implicación directa en la mayor instancia celestial, ya que Dios los eligió para sí y sólo Él puede ser uno y trino.
Esto demostró Fray Alai documentalmente en un concilio mediante el pasaje bíblico en que San Pedro se atrevió a negar tres veces, tres, al Hijo de Dios. Y entonces como castigo el Padre le envió un gallo para que le cantara todos los días de su vida, privándole así de un sólo momento de descanso como purga a su abominable pecado.
La tabla numérica que era de uso por tanto en el orden interno del convento, quedaba como sigue: 2-4-5-6-7-8-9-11-13-14, etc.
Si bien no estaba explícitamente condenado, el sumar 6 y 4, ó 5 y 7 denotaba mal gusto.
Sirva como ejemplo el hecho de que criando en sus corrales gallinas ponedoras, los monjes salían los miércoles a la plaza para vender sus apreciados huevos y éstos eran empaquetados en oncenas o trecenas, y a aquellos que sólo deseaban la mitad, se les vendían cinco y medio o seis y medio.
El pueblo, en su mayoría buena gente pero ignorante, refunfuñaban contrariados.
(Continuará.)
La quemazón interna de Lupo acentuábase año tras año, sin que sus parientes reparasen mucho en él, enfrascados como estaban en asuntos mayores. Y su cabecita aunque joven, iba madurándose con rapidez, llena de aquellas desconcertantes locuciones.
También sabría más tarde en sus propias carnes lo que eran los golpes duros de la vida, cuando una noche tuvo la desgracia de encontrar a la abuela, el ser que más quería, aquella mujer que ineficazmente perseveraba en procurarle alivio, muerta para siempre en los fogones de la cocina y atufando a seis o siete días.
“Dios Santo, -pensó- tanto debate y tanto discurso, que ni nos dimos cuenta. Y yo, porque me arde el cuerpo de nuevo y vine en busca de ayuda, que si no...Oh, Dios mío, cuán ingratos y egoístas...y aún más, cuán ignorante he sido en éstos todos mis años...Ay, abuela mía...Abuela no: ¡Madre!. ¡Madre!.”
En ese instante Lupo Sagrario se hubo dado cuenta de que no era cierto que no conociese a su mamá porque se la llevara la cigüeña que a él le trajo como había oído contar a su padre, sino que su abuela no era su abuela. Ella era su verdadera madre.
Habían acordado ocultárselo porque en esa familia la disparidad de edades era de difícil comprensión.
Un año más tarde Lupo Sagrario experimentó asimismo la muerte de su progenitor, que aunque dolorosa como es lógico, ya la esperaban todos.
Francesco Sagrario no se tomaba prisas ni para morir. Nada más nacer, en cuanto la comadrona lo vio sentenció: “ Huy, me temo que con el poco fuelle que llora, este crío va a tener los días contados.”
Y así fue en realidad, claro que teniendo presente el ritmo de vida del sujeto, morirse le llevó setenta y nueve años.
Tras la tragedia Lupo se hizo las maletas, pues tenía mucha traza trabajando el cuero, y partió de su hogar a emanciparse.
Él notaba llamadas de santidad, sentía que era reclamado por Algo superior, y esas voces guiaron sus pies hacia el lugar propicio.
Solicitó admisión en el convento de San Paolo, donde pacían en murmullo de salmos una centena larga de piadosos monjes benedictinos de la suborden de los goliardos.
Allí le fueron enseñadas muchas de las grandes virtudes que honrarían su persona y le haría acreedor de la gracia del Señor.
Fue confiada su educación al sabio criterio de Fray Marco D´Alai, el más anciano y respetado teólogo de la orden.
Fray Alai era el mayor de ciento veinte hermanos y de él brotaron las aceptadas teorías que supondrían el régimen interno del convento. Como la de considerar a la docena una medida de reprobado uso, basándose en que doce fueron los Apóstoles de Jesús y su utilización debía suponer sin duda una osadía rayana en la blasfemia.
Así de igual modo el número diez por análogo motivo, al tener un claro referente divino en los Santos Mandamientos.
Sobre la unidad y el tres demostró también que no debían ser de empleo humano por su implicación directa en la mayor instancia celestial, ya que Dios los eligió para sí y sólo Él puede ser uno y trino.
Esto demostró Fray Alai documentalmente en un concilio mediante el pasaje bíblico en que San Pedro se atrevió a negar tres veces, tres, al Hijo de Dios. Y entonces como castigo el Padre le envió un gallo para que le cantara todos los días de su vida, privándole así de un sólo momento de descanso como purga a su abominable pecado.
La tabla numérica que era de uso por tanto en el orden interno del convento, quedaba como sigue: 2-4-5-6-7-8-9-11-13-14, etc.
Si bien no estaba explícitamente condenado, el sumar 6 y 4, ó 5 y 7 denotaba mal gusto.
Sirva como ejemplo el hecho de que criando en sus corrales gallinas ponedoras, los monjes salían los miércoles a la plaza para vender sus apreciados huevos y éstos eran empaquetados en oncenas o trecenas, y a aquellos que sólo deseaban la mitad, se les vendían cinco y medio o seis y medio.
El pueblo, en su mayoría buena gente pero ignorante, refunfuñaban contrariados.
(Continuará.)
SAN SAGRARIO de PADUA. (Vida de un ejemplar.)
CAPITULO UNO
Quiso Dios que Lupo Sagrario Fratello naciera en el seno de una familia acomodada en esa bella ciudad italiana.
Muy acomodada sería justo enfatizar, ya que a la hora que fuese, el visitante los encontraría a todos excepto a la abuela, en no más dedicación que el cultivo de la laxitud y la holganza.
Mas este clima, lejos de contagiar al niño Lupo, no hizo sino atizar el fuego que precozmente sentía.
Día sí y día no, insistentes ardores reconcomían el interior de la pequeña criatura. Unos males que la abuela siempre sacrificada y solícita intentaba sofocar por medio de caldos y otros bebedizos sin conseguirlo.
Lupo Sagrario crecía y mientras lo hacía jugueteando con sus cosillas, era testigo inconsciente de los larguísimos, de los infinitos debates que ocupaban sin desmayo a Don Francesco, su padre, y a su hermano Vittorio, que convalecía de una herida de flecha en la oreja sufrida según él en una dura campaña de cuando la guerra con Creta y que al infectársele un poco, convirtió a un bravo y audaz soldado en un mutilado inútil que no podía valerse sino para descansar.
También estaban Vincenzo, el hermano mayor que detentaba posiciones patriarcales en la familia, pues era algo mayor incluso que la abuela, y su tío Lucio que vivía con ellos desde que quedara huérfano y desamparado a los cuarenta años de edad.
Las polémicas de que gustaban esos ilustrados, como ya dije, se prolongaban en la eternidad y no por causa de un excepcionalmente fértil o frondoso verbo, sino por calmo y parsimonioso hasta extremos patológicos.
Vittorio lanzaba una idea tras un sorbito de grappa sobre la existencia, preguntándose si en verdad existía; o sobre la muerte, dudando de que si la existencia no existía difícilmente pudiera existir la muerte, a no ser que los muertos se hicieran los yertos; o sobre algo del Creador, o etcétera.
Entonces los otros mecánicamente encajaban el reto, reflexionaban lo necesario y disponían sus magines para el embate.
Si Vittorio defendía la no existencia de Dios, por ejemplo, Lucio la aseguraba al cabo de dos o tres horas, y Francesco intentaba sosegarlos ya entrada la noche instándoles a alejarse del maniqueísmo y planteando que tal vez existiera y tal vez no; tal vez algunos días, quizás los domingos, o puede que crease sólo parte del universo, o quién sabe si un cierto porcentaje de la humanidad...
En una ocasión sostuvo que no era descabellado que creara nada más a aquellos seres a los que dotó de alma, y que los animales, las rocas o los esclavos fuesen obra de algún creador distinto, grande y admirable también sin duda aunque evidentemente menos hábil.
Así quedaban dormidos en placidez esperando que el día siguiente los despertase libres de esas desazones y en disposición de recobrar energías con las escudillas de leche y migas que les preparaba la abuela para que se desayunaran y diesen comienzo a otro nuevo y apasionante temario.
Pero Lupo Sagrario no se acababa de sentir realizado en aquel ambiente.
(Continuará.)
CENTROS CLÍNICOS DE ESTÉTICA, ESA MARAVILLA.
A veces la vida lo pone a uno de rebote con todo y siente la necesidad de encerrarse en sí mismo.
Mi amigo José Cancela estaba en esas, pero no sabía cómo hacerlo porque siempre hay alguna persona que interrumpe el recogimiento y rompe el trance.
Por suerte la Corporación Grasa y Estética, anunciada en televisión, tenía soluciones para resolverlo con una intervención quirúrgica.
Cancela acudió al centro y se hizo instalar una cremallera a todo lo largo de su anatomía como el mono de un currante, también llamado buzo en muchas zonas.
Y fue un éxito. De ese modo, cuando deseaba encerrarse en sí mismo, se echaba la cremallera por dentro y se quedaba como un pangolín acojonado, o aún mejor, como un chubasquero de esos que se recogen enteros en su propia capucha.
La única pega es que al quedar hecho una esfera humana y sin capacidad de maniobra ni visión, tuvo también que buscarse la ayuda de un asistente social para que lo fuese chutando de acá para allá.
Ciertamente la aparición de estos centros médico- estéticos es una bendición de dios.
Si usted es muy bajo y eso le acompleja, ellos le pueden añadir en una sencilla intervención veinte o treinta vértebras más a su columna y lo dejan hecho un pívot.
Si es usted un feto de buena familia y ya está harto de sudar todo el día a 37 grados y sin ventilar ahí metido en el barrigón de su madre, oliendo a humedad, pues se va al centro policlínico más cercano y le injertan un climatizador al útero, que para eso es pijo y puede costeárselo.
O si usted desea ser cantante y le han echado de todos los castings de OT porque tiene las cuerdas volcales calcinadas del orujo, se dirige a la corporación y le trasplantan todas las que quiera.
Puede usted tener en el cuello más cuerdas que un arpa. Y llegar a tonos insospechados.
Yo se lo recomiendo a todo el mundo porque he probado sus ventajas.
Desde que me hice un estiramiento en la piel de la cara para eliminar por completo las arrugas, soy un tipo de aspecto mucho más risueño. Tanto que cuando suelto una carcajada la gente me ve los tímpanos por el interior de la boca.
Además laboralmente mi vida ha mejorado, tengo la agenda hasta el culo y ya no hay feria en la que no me contraten.
Vayan, que hay cola.
Mi amigo José Cancela estaba en esas, pero no sabía cómo hacerlo porque siempre hay alguna persona que interrumpe el recogimiento y rompe el trance.
Por suerte la Corporación Grasa y Estética, anunciada en televisión, tenía soluciones para resolverlo con una intervención quirúrgica.
Cancela acudió al centro y se hizo instalar una cremallera a todo lo largo de su anatomía como el mono de un currante, también llamado buzo en muchas zonas.
Y fue un éxito. De ese modo, cuando deseaba encerrarse en sí mismo, se echaba la cremallera por dentro y se quedaba como un pangolín acojonado, o aún mejor, como un chubasquero de esos que se recogen enteros en su propia capucha.
La única pega es que al quedar hecho una esfera humana y sin capacidad de maniobra ni visión, tuvo también que buscarse la ayuda de un asistente social para que lo fuese chutando de acá para allá.
Ciertamente la aparición de estos centros médico- estéticos es una bendición de dios.
Si usted es muy bajo y eso le acompleja, ellos le pueden añadir en una sencilla intervención veinte o treinta vértebras más a su columna y lo dejan hecho un pívot.
Si es usted un feto de buena familia y ya está harto de sudar todo el día a 37 grados y sin ventilar ahí metido en el barrigón de su madre, oliendo a humedad, pues se va al centro policlínico más cercano y le injertan un climatizador al útero, que para eso es pijo y puede costeárselo.
O si usted desea ser cantante y le han echado de todos los castings de OT porque tiene las cuerdas volcales calcinadas del orujo, se dirige a la corporación y le trasplantan todas las que quiera.
Puede usted tener en el cuello más cuerdas que un arpa. Y llegar a tonos insospechados.
Yo se lo recomiendo a todo el mundo porque he probado sus ventajas.
Desde que me hice un estiramiento en la piel de la cara para eliminar por completo las arrugas, soy un tipo de aspecto mucho más risueño. Tanto que cuando suelto una carcajada la gente me ve los tímpanos por el interior de la boca.
Además laboralmente mi vida ha mejorado, tengo la agenda hasta el culo y ya no hay feria en la que no me contraten.
Vayan, que hay cola.
LENGUA Y GROSERÍA. (El precio del saber)
Yo inicié mi carrera muy cerca de mi residencia, en la ciudad condal. Estuve una semana en filosofía, pero aquello se me quedaba pequeño. Así que, audaz, me matriculé en la complutense de Córdoba.
Fue un gran sacrificio ya que cada día iba y venía en autobús, pero valió la pena ya que allí aprendí cosas del lenguaje que en ningún otro lugar hubiese conocido.
El profesor Andrés Plutarco, que se puso ese nombre como homenaje a un perro de Walt Disney, era lo más en filología gramatical hispánica y sintaxis del castellano evolutivo clásico. (Hasta tenía un hiato disecado sobre su mesa.)
Fíjense cómo era que en una de sus clases llegó a crear una sílaba antes ignorada.
Tuve la suerte de estar ahí.
Martes 12-Mayo-2002.
El señor Plutarco estaba impartiendo su sapiencia en el aula manga que es la que usan los estudiantes de caricatura y cómic cuando está libre.
-Caballeros, las palabras de acuerdo con su acentuación se denominan LLANAS o GRAVES, AGUDAS y ESDRÚJULAS, según la fuerza del acento recaiga sobre una sílaba u otra.....juuumm, juumm...ejemmm...buf...joder. Lo siento, señores, es que me atasco porque tengo hoy un poco de ardor de estómago, me estoy ulcerando por momentos y me he visto obligado a tomar varias sales de frutas.
Bien, como decía, las sílabas tónicas son las que llevan la carga del acento y las átonas todas las demás. Ejemplo: “pan-ta-lón”. Su sílaba tónica es la última “on” y las átonas por tanto serán “pan y ”ta”. Esta palabra es aguda. Bien.
El vocablo “be-rén-je-na” comprobamos que es esdrújula pues el acento recae sobre su antepenúltima sílaba “ren” y como antes, las demás son átonas.
Luego, como muestra de palabra llana o grave podríamos decir “mon-ta-brourrrgggg-ña”. Perdón, les pido disculpas, se me ha escapado un regüeldo, ya saben, las putas sales.
Los alumnos, pasado un instante de perplejidad, estaban todos riyendo y riyendo y riyendo y sin parar de riyer.
Y entonces el maestro Plutarco hizo un gesto severo, los mandó callar y les dijo con voz solemne y aplomada:
-Caballeros, dejen ya de rierse, pues acaban ustedes de asistir a algo portentoso, al nacimiento de una nueva silaba, lo que no es moco de enfermo. Hemos presenciado, por ese azar que sólo asiste a los campeones, el descubrimiento de las sílabas barítonas.
Las sílabas barítonas son aquellas que hacen que una palabra llana, se convierta en una palabra realmente grave. Además lleva acento ortográfico y tropezones.
Pueden retirar-bruuoorrggg-se.
El alumnado prorrumpió en vítores , le dedicaron una cerrada ovación y se fueron para la cafetería a practicar su nueva sílaba con unas cruzcampo.
Fue un gran sacrificio ya que cada día iba y venía en autobús, pero valió la pena ya que allí aprendí cosas del lenguaje que en ningún otro lugar hubiese conocido.
El profesor Andrés Plutarco, que se puso ese nombre como homenaje a un perro de Walt Disney, era lo más en filología gramatical hispánica y sintaxis del castellano evolutivo clásico. (Hasta tenía un hiato disecado sobre su mesa.)
Fíjense cómo era que en una de sus clases llegó a crear una sílaba antes ignorada.
Tuve la suerte de estar ahí.
Martes 12-Mayo-2002.
El señor Plutarco estaba impartiendo su sapiencia en el aula manga que es la que usan los estudiantes de caricatura y cómic cuando está libre.
-Caballeros, las palabras de acuerdo con su acentuación se denominan LLANAS o GRAVES, AGUDAS y ESDRÚJULAS, según la fuerza del acento recaiga sobre una sílaba u otra.....juuumm, juumm...ejemmm...buf...joder. Lo siento, señores, es que me atasco porque tengo hoy un poco de ardor de estómago, me estoy ulcerando por momentos y me he visto obligado a tomar varias sales de frutas.
Bien, como decía, las sílabas tónicas son las que llevan la carga del acento y las átonas todas las demás. Ejemplo: “pan-ta-lón”. Su sílaba tónica es la última “on” y las átonas por tanto serán “pan y ”ta”. Esta palabra es aguda. Bien.
El vocablo “be-rén-je-na” comprobamos que es esdrújula pues el acento recae sobre su antepenúltima sílaba “ren” y como antes, las demás son átonas.
Luego, como muestra de palabra llana o grave podríamos decir “mon-ta-brourrrgggg-ña”. Perdón, les pido disculpas, se me ha escapado un regüeldo, ya saben, las putas sales.
Los alumnos, pasado un instante de perplejidad, estaban todos riyendo y riyendo y riyendo y sin parar de riyer.
Y entonces el maestro Plutarco hizo un gesto severo, los mandó callar y les dijo con voz solemne y aplomada:
-Caballeros, dejen ya de rierse, pues acaban ustedes de asistir a algo portentoso, al nacimiento de una nueva silaba, lo que no es moco de enfermo. Hemos presenciado, por ese azar que sólo asiste a los campeones, el descubrimiento de las sílabas barítonas.
Las sílabas barítonas son aquellas que hacen que una palabra llana, se convierta en una palabra realmente grave. Además lleva acento ortográfico y tropezones.
Pueden retirar-bruuoorrggg-se.
El alumnado prorrumpió en vítores , le dedicaron una cerrada ovación y se fueron para la cafetería a practicar su nueva sílaba con unas cruzcampo.
A LA MIERDA CON LAS MATEMÁTICAS
Las matemáticas son molestas. Cabrean. Son falsas y traidoras. Y los peores son los números. Esos sí que son malos. Ponzoña pura.
Mi antepasado Blaise Pascal ya se peleaba con ellos y mis genes deben de haber heredado su odio.
El otro día fui al laboratorio de un colega que se dedica a producir substancias que reaccionan cuando se les azuzan otras distintas,
y me lo encontré liado con un pedazo de microscopio de la hostia.
Qué pasa eminencia, le dije, qué haces tan concentrado ahí.
Dice, nada, mirando esto. Es que he conseguido aislar una molécula. Me he tirado toda la tarde pero ya la tengo. Pilla tú un rato, anda.
Yo me quité las gafas y me amorré al artilugio.
Joder, Hopkins, no se ve una mierda, qué canijo es esto, tío, le dije.
Coño, me dijo él, es una molécula. Cómo quieres que sea. Además con este microscopio electrónico se ve de puta madre, no jodas.
¿De puta madre?, me reboté. ¿Esa minucia que parece el ovario de un piojo? ¡Pues menuda porquería de microscopio!
Oye, no me toques las pelotas, capullo, que cuesta el aparato 300.000 dólares, me dijo. Es lo último en alta tecnología. He pagado 6.000 de entrada y he firmado una hipoteca por 30 años, chaval. Lleva tracción delantera en las cuatro ruedas y con unos retoquillos la llevará también en la de recambio. Es una pasada.
Joder, qué gilipollas, le contesté. Con esa pasta te podrías haber comprado un pedazo de molécula de 5 kilos y la podrías ver sin microscopio. Eres más tonto que el Pascal.
¿Qué queremos decir con esta parábola, queridos negados.?
Pues que a menudo el hombre se lía y se lía y se lía, y resulta que las cosas son más fáciles de lo que parecen.
Volviendo al sabio Blaise. Él decía que las matemáticas existían y que si no existieran finalmente, tampoco se habría perdido nada. (Eso exactamente opinaba también de dios y de su esposa.)
Y del mismo modo creía en la existencia de los números.
Vaya payaso!
Los números no existen. Sólo el uno (1) en todo caso.
Lo demostraré:
Si uno (1) lo multiplicamos por uno (1), da como resultado uno (1). ¿Siempre el mismo uno? ¡¡Una polla como una cazuela!!
Falacia, hermanos, falacia. Atentos.
La realidad es esta:
Si un uno (1) lo multiplicamos por otro uno (1), obtenemos otro uno distinto (1).
Al primer uno (1) lo llamaremos A , al segundo B y al resultante C.
Si el uno (1A) se multiplica por el uno distinto (1B) da la resultante de un tercer uno llamado (1C). ¡No son el mismo uno sino uno, uno y uno, cojones.¡
Para definirlos no sería correcto emplear pues el número falso 3. El 3 no existe. Son tres unos unos. Cada uno (1) es un solo uno (1), lo que pasa es que hay (1), (1), (1).
O sea, y para que lo vean más claro: Un equipo de fútbol no está compuesto por once (11) futbolistas, sino por once unos (1) diferentes que son futbolistas.
Otro ejemplo.
Si tomamos lo que habitualmente conocemos por dos (2) manzanas, lo que estaremos viendo son dos unos (1) manzanas. (Unos a los que deberíamos llamar D y E, porque los A, B, y C, son los de la multiplicación, no estos. A ver si estamos atentos.)
Sólo si las machacamos (las manzanas) hasta que se fundan la una (D) en la otra (E) y se despersonalicen totalmente, esos dos unos (1)(1) que antes ustedes llamaban 2, podrán considerarse unificados. Pero, ah, caballeros, la resultante será una compota (1 F) y estaremos de nuevo ante la unidad, el único número real y fiable.
Está claro. Y si hay algún matemático en la sala, que hable ahora o calle para siempre.
CIENCIAS----EL PEZSAPO ABISAL----VIDA----HÁBITOS---VICIOS---ETCÉTERAS.
Todos hemos visto documentales a manta. OK.
Pero pocos caemos en la cuenta de que están mutilados por la censura.
Veamos aquí sin cortes al Pezsapo Abisal.
Este repugnante ser, para que se hagan una idea, se asemeja a un calamar que pareciera un pez, con rabo, aletas dorsales, aletas caudales, aletas nasales, branquias, ojos saltones y las fauces cual si a una rana le implantásemos la dentadura del abuelo.
Es pequeño para su tamaño aunque bajo una lupa se vea enorme. Y sus características biológicas son como mínimo curiosas.
El Pezsapo Abisal es hermásfrodita de cuantos animales pueblan las profundidades del océano. Cambia de sexo constantemente. Las colonias nadan juntas en formación anárquica y suelen detenerse cada cierto tiempo en el fondo para hurgar en el lodo, del que extraen substancias. Las substancias les encantan.
Es entonces cuando se cambian el sexo unos con otros como viejos mercaderes de ganado. Incluso si uno que es macho, en ese momento destaca por su talla viril, se pueden efectuar subastas para ver cual de los otros consigue cambiárselo, ya que todos lo quieren.
Si se lo queda una hembra , a partir de entonces y hasta el siguiente trueque, será un macho.
Se ha visto en alguna inmersión cómo han llegado a cambiar incluso de corte de pelo o de patillas para estar más acordes con su nueva situación y aspirar a machos alfa.
En la época de celo, es normal verlos aparearse desnudos. Lo acostumbrado es que se lo hagan un macho y una hembra. Pero alguna vez hay equívocos porque un macho que ahora es hembra puede seguirse sintiendo atraído por su antigua novia.
La mayoría de las hembras después de cinco o seis cambios es infecunda u estéril, con lo cual los machos acaban por fecundarse ellos solos y guardan su simiente en una marsupia.
Dicho esperma será transferido a aquella hembra que aún conserve su capacidad reproductiva, con lo cual deberá poner unas 6.000 docenas de huevos frescos.
Estos huevos a su vez serán recogidos por los machos, si es que todavía no han vuelto a cambiar de sexo, y los transportarán pegados bajo su cola con una sustancia que segregan justo por debajo de ella.
Así los protegen de los depredadores. Y no por llevarlos consigo, sino por el hedor que desprenden.
Una vez eclosionan, a los alevines más les vale espabilar y salir corriendo de aquella cloaca.
El Pezsapo Abisal es tremendamente territorial, por eso siempre vive en hábitats y rara vez se traslada a ecosistemas o a lugares mayores.
Suelen pasar la mayor parte de su vida en grutas de hasta dos hectáreas de profundidad.
Ahí no se puede bajar en apnea, como pudimos comprobar en los buceadores del equipo con que practicamos la primera inmersión. Ni con cámara fotográfica de un solo uso, por supuesto, ya que el cartón se deshace enseguida por la humedad y la presión, igual que los buzos.
Y haciendo un poco de historia, diremos que se han hallado Pezsapos precolombinos. En un principio la noticia nos llenó de esperanzas, pero luego resultó que casi todos estaban muertos.
También en los restos fosilizados de un gavial se creyó hallar la presencia de un Pezsapo.
Cuando los científicos le hacían la autopsia al fósil, el doctor Samuel Txicstlán, de México F.C., aseguró que el gavial ese había muerto sin duda de piedras en el riñón. “No veas si está duro. Ya quebré siete bisturiles.”
Pero el director de la investigación Pacho Stevens de Puerto Rico, le dijo que los fósiles son siempre así y que por eso él hurgaba en ese organismo con un cincel y una maza.
Bien, el caso es que había un Pezsapo a medio digerir en el estómago del reptil.
Y no es que esta mierda de bicho sea venenoso. No lo es. Lo que pasa es que es indigesto y antipático.
Eso es todo.
Hasta aquí la ciencia de hoy. No lo desaprovechen y aprendan.
NUEVO DEPORTE---LA LUCHA CON BASE
Estoy intentando sacar al mercado una nueva práctica deportiva que puede revolucionar el universo mundo.
Es una lucha libre perfecta y aglutinante, karate, sumo, kikboxing, grecorromana, la petanca ... en fin, total.
Aúna en sí todas las artes de pelea diseñadas por el hombre y por la propia naturaleza.
Vale todo, arañazos, mordiscos, cabezazos, cortes de mangas, etc.
Sólo hay una norma que es la que distingue esta sangrienta disciplina de la simple pelea discotequera:
HAY QUE ARGUMENTAR TODAS LAS ACCIONES.
Conditio sine qua non.
Si uno de los púgiles no sostiene su golpe, patadón, etc. en una idea, una base argumental o un pensamiento filosófico, el árbitro le descalificará de inmediato.
Tengo aquí un ejemplo para que se hagan una idea.
Paco Soto, el Epicúreo de Chamberí, contra Rafa Pinchado, “Senequita”.
Comienza el primer asalto y a ambos luchadores les asaltan las dudas. (Lógico en una sesión inaugural)
Paco da vueltas alrededor de su oponente. Rafa gira sobre su eje y mantiene la guardia alta. (Nunca se debe bajar la guardia y menos si ésta es urbana.)
Rafa sorprende a Paco con esto: “Yo acepto las leyes inmutables y necesarias que deben regir al hombre y al mundo, para que te jodas, toma!” Y le endiña un gancho en los huevos (Hemos de puntualizar que Rafa es de corta estatura pero grande coraje.)
“Me cago yo en el puto determinismo ahora mismo y te digo que no hay mayor placer que el intelectual y te voy a dar un tetrafarmakon que te vas a enterar...” Paco se rehace con bravura mientras lanza su mensaje y le da un codazo en la base del cráneo al rival. Luego con la velocidad del trueno, le pega un rodillazo en la barbilla, le arranca el bigote y le escupe un lapo. Cuatro acciones que simbolizan la negación al temor a los dioses, al temor a morir, al temor al azar o destino y al temor a sufrir.
Rafa sangra por la nariz y eso que nadie le ha pegado ahí, pero es que cuando le llegó el golpe al mentón, él se estaba hurgando groseramente.
“Me paso yo tu eudemonismo de pijo mierda por el escroto. Nada podrás hacerme si a nada me apego. Ningún dolor serás capaz de causarme si me abstengo de sufrir, pues yo no temo ni al pánico. Abstine et Sustine, cabrón.” Y le mete un bocado en el ombligo que se lo desata. A Paco se le está saliendo la asadurilla por la barriga y el ring será difícil de limpiar.
Pero intenta defenderse “Superados los temores podremos enfrentarnos con los deseos que son las ataduras del espíritu... por eso son mejores.... los...” y darle unos pellizcos en los ojos, pero está ya sin fuerzas morales.
Rafa al verlo en ese estado se encabrona como quiere y le patea el código genético de arriaba abajo y de izquierda a derecha, empleando al tiempo argumentos de Zenon, y contando la vida y obras de Epitecto, del emperador Marco Aurelio, etc..
El árbitro cuando ve que un contendiente va a morir, detiene el combate y concede la victoria al otro, lógicamente.
Rafa Pinchado, “Senequita”, se alza así como primer campeón de Lucha con Base, y Paco Soto, el Epicúreo de Chamberí se va a l quirófano presentando hematomas en el 80% de su cuerpo y en el 75% de su mente.
FIN
INFORMACIÓN
Este diario supongo que es de lo más sencillo que hay en el mercado gratuito de blogs.
Tiene menos misterios que el funcionamiento de un posavasos. Pero aún así y como servidor de ustedes es un completo patán, resulta que hay cosas que o bien no funcionan, o bien no sé manejarlas.
El caso es que yo esperaba que bajo cada página saliera eso típico de "Pag. siguiente. Pag. anterior", pero no. Parece que para verlo todo hay que clicar encima de "septiembre 2005", bajo Archivos.
De hecho, tampoco funciona el tema de pegar imágenes, y eso ya me ha jodido más porque tengo algunos cuadros que robé del Museo del Lúgubre y querría exponerlos a la crítica de los cientos de expertos que inundan de visitas este lugar.
Ya me imformaré para resolverlo.
Es que acabo de empezar y no doy para más.
Saludos.
Tiene menos misterios que el funcionamiento de un posavasos. Pero aún así y como servidor de ustedes es un completo patán, resulta que hay cosas que o bien no funcionan, o bien no sé manejarlas.
El caso es que yo esperaba que bajo cada página saliera eso típico de "Pag. siguiente. Pag. anterior", pero no. Parece que para verlo todo hay que clicar encima de "septiembre 2005", bajo Archivos.
De hecho, tampoco funciona el tema de pegar imágenes, y eso ya me ha jodido más porque tengo algunos cuadros que robé del Museo del Lúgubre y querría exponerlos a la crítica de los cientos de expertos que inundan de visitas este lugar.
Ya me imformaré para resolverlo.
Es que acabo de empezar y no doy para más.
Saludos.
RECORTES DE PRENSA ACERCA DEL NOVELÓN "ENRIQUE BRAUN"
He recogido algunas opiniones en los medios de difusión. Y sólo les muestro ahora las más favorables, naturalmente.
"Se contradice constantemente en varios puntos. Es desigual todo el tiempo, lo que la dota de una homogeneidad apabullante". (Baltasar Pocino.)
"Jamás leí algo igual, ni parecido, ni nada, de hecho." (Juan Carlos Primate.)
"No veas, tío, si abusa de las comas el hijo de puta este." (Ocupante del sillón c minúscula de la Real Academia de la Lengua.)
"Leer es una mierda, pero me gusta el nombre del autor." (Asociación de Ferreteros.)
"¿Y de qué va? Yo si acaso ya la veré cuando la hagan en peli." (Mi hermana.)
"Se contradice constantemente en varios puntos. Es desigual todo el tiempo, lo que la dota de una homogeneidad apabullante". (Baltasar Pocino.)
"Jamás leí algo igual, ni parecido, ni nada, de hecho." (Juan Carlos Primate.)
"No veas, tío, si abusa de las comas el hijo de puta este." (Ocupante del sillón c minúscula de la Real Academia de la Lengua.)
"Leer es una mierda, pero me gusta el nombre del autor." (Asociación de Ferreteros.)
"¿Y de qué va? Yo si acaso ya la veré cuando la hagan en peli." (Mi hermana.)
ENRIQUE BRAUN---1
Mientras en el este de Zambia los desdichados habitantes de las montañas se ven obligados a caminar cientos de kilómetros para huir de la barbarie ; mientras la lluvia ácida asola los campos de Lituania; mientras en Detroit los desórdenes se extienden como regueros de pólvora y miles de inocentes no se atreven siquiera a cruzar la calle, así estén en verde todos los semáforos; y mientras las últimas ballenas perecen bajo desaprensivos arpones, extinguiéndose de océanos, mares y ríos, Enrique Braun hace otras cosas.
Braun es un hombre de su tiempo, por eso no hace el ridículo con la ropa que viste. Sabe que en las medianías del siglo XXI, consolidada ya casi totalmente la realidad global, cuesta creer que en vida de sus abuelos el mundo pudiese haber sido de otro modo.
Enrique Braun nació en la localidad de Trujillo justo un año antes de que esa tierra de sus ancestros dejase de conocerse como Extremadura.
La evolución de las cosas es vertiginosa y él no pierde detalle. No se separa del audífono ni cuando se baña porque es sumergible.
Este minúsculo aparato lo mantiene informado sin descanso. Optó por conectarse a Globalred aunque la imagen fuese algo más pálida, convencido de una mayor veracidad de información con respecto a Linternet, cadena ésta líder de abonados pero mucho menos fiable.
En el año 2041 el ingenio de la cibernética permite recibir boletines informativos las 24 horas del día, 365 días por semana, y además a través del oído interno estar conectado permanentemente por el nervio óptico a la propia emisora recibiendo imágenes si se desea.
Enrique Braun vive en un cuarto piso del antiguo barrio judío, demolido antaño, y del cual apenas quedan leves vestigios como una pequeña fuente y un arco en el que mean los perros.
Aquellas angostas casuchas frías y húmedas en las que el aire se renovaba cada tres generaciones, dieron paso tras su demolición a unos rascacielos pladureros porcionados en pequeños apartamentos fríos y húmedos en los que el aire debe suministrarse mediante bombeo, pero en los que se pueden alojar muchísimas más personas.
Escogió precisamente ese edificio, aún a pesar de que el propietario le resultase insufrible, porque el tipo tenía un farmacia justo en el entresuelo.
Fuera o no desagradable verlo, compensaba la circunstancia de que las numerosas noches en que Braun llegaba tarde y borracho, la cruz luminosa del establecimiento orientaba sus pasos hasta el domicilio. Era como su particular estrella de belén.
Nada más conocer al sujeto, un recelo, una alarma interior avisó a Braun de que con ese macarra no iba a hacer muy buenas migas.
Enrique entró por primera vez en la farmacia a comprar un frasco de Mortacefol familiar, además de que le convenía a menudo para mitigar las resacas, para de paso darse a conocer un poco más como nuevo vecino.
Tosco hombre el farmacéutico. No era sino una ruda forma de vida, ex guarda autovías, que tras el cortísimo ejercicio laboral que les permite esa dedicación, se ven recompensados por el gobierno con la concesión de un tranquilete negocio para que no se aburran después de jubilarse a los 30 o 35 años como mucho.
Jarro, que así se llamaba el tío porque su padre fue escribiente, tenía en el rostro más marcas que la tabla de un charcutero. Y tantas más tendría en el alma, pues nadie sino así capaz sería de colgar en la puerta de su farmacia un letrero como éste:
“Píldora por píldora y gragea por gragea. Tal es la ley del Optalidón.”
Además cuando le concedieron el negocio exigiéndole un cursillo de iniciación al uso del esparadrapo, él juró ser hipócrita.
Jarro pidió un precio abusivo por los analgésicos a Enrique y para más inri le lanzó las monedas que suponían el cambio rodando por el suelo mientras bramaba:
“¡Maldita sea, coge tu puto dinero y lárgate antes de que te reviente los sesos, sucio hijo de perra. La próxima vez traes el dinero justo, cabronazo de mierda. Me cago en tus muertos, maldito cobarde. Fuera de aquí antes de que te mate!.”
CAPITULO OTRO
Son las seis de la mañana. Enrique Braun se despereza como cada día, es decir, intentando alejar su mano derecha lo más posible de la izquierda. Siempre hace eso antes de ponerse en faena. La vida es una faena y él es consciente, por eso cayó en la bebida. (No en toda, sólo en la de alcohol.)
El tiempo es un bien escaso y para ahorrarlo, nada más levantarse divide su higiene personal por días: los pares se lava las manos y los dientes, y los impares la cara y las muelas.
Entretanto y eso sí a diario, escucha y mira a través del aparatillo audiovisual todas las informaciones globales, todos los nuevos acontecimientos que no ha sido capaz de asimilar durante el sueño.
No tiene que mudarse porque duerme vestido y de esa guisa se ducha un poco. Es cierto que sale a la escalera chorreando, pero esto le asegura la ropa algo limpia y una caída perfecta en los pantalones de tergal. Además como hace tanto calor debido a la inversión térmico-atmosférica llega ya seco a la cafetería.
Baja deprisa a la calle y la salta más que la cruza, por no tener que ver siquiera de refilón al farmacéutico.
Pasa por la frutería y compra su habitual media docena de plátanos. Pregunta invariablemente si son mundiales a la señora Andamia. Y ella le responde que por supuesto, que ella jamás vendería otros que no lo fueran.
Se hace la buena y Enrique le sigue la comba, pero a estas alturas de la película ya casi todos saben que detrás de esa anciana de apariencia bondadosa se solapa una de las principales responsables de la ola de extorsiones a cines, bibliotecas y billares del municipio.
Luego Braun se acerca a la cafetería burguer de Zipo Zipayo, la bióloga que se cambió el sexo por una apuesta, y se come sus plátanos untándolos en el café con leche.
Braun tiene ya un callo en la oreja, además de por el audífono, por haberse de oír cada día las mismas cantinelas en boca de los parroquianos del local. Que si se mojan bien, que si son esponjosos, que si no los unte tanto que se le van a deshacer, etc, etc.
Aunque lo presencien todas las mañanas parece que no se acostumbren a verlo haciendo eso.
Enrique Braun había adoptado ese hábito gastronómico por haber sido testigo ya desde niño de que en su familia nadie comió jamás cosa igual. Y se erigió en un verdadero performer del desayuno.
Él pensaba y no sin razón que también todos ellos creyéndose ortodoxos, inconscientemente eran autores de acciones tan absurdas como Flatero Flogherty que fumaba y fumaba cigarrillos con fruición, cuando son mejores con filtro.
¿Unos cacahuetes?, le preguntaba doña Zipayo con afán de redondear la mofa, y toda la concurrencia se reía a carcajadas llenando el tugurio de perdigones de bocata.
A Enrique le resbalaba aquel escarnio como se rinden las gotas de lluvia cayendo derrotadas por los aleros de un tejado; como se convierte la soberbia de la lluvia en lágrimas de vencimiento que arrastran su impotencia por las mangas de un impermeable; como la lluvia en definitiva que quiere llover pero le sale el día seco y soleado para que se joda.
Enrique tenía el aplomo por la sangre, como los glóbulos. No en balde su padre había sido labriego agrario.
El padre de Enrique Braun se llamaba Horacio Topo y tenía siete hermanos pese a ser hijo único hasta que su madre no tuvo al segundo.
Hombre corpulento comparado con según quien, araba de sol a sol con su curtido tractor nuclear unas pocas hectáreas heredades de un amigo del abuelo. No era bien, bien, amigo hermano, sino amigo segundo, pero se habían criado cada uno en un sitio y jamás llegaron a conocerse.
La finca era una extensión de asfalto de la cual no disimulaba orgullo. Le llenaba la existencia ver cómo el amanecer disponía colores rojizos casi violáceos sobre sus dominios y como al pasar de la jornada se agrisaba hasta no verse un carajo. Le gustaba entonces quedarse dormido allí, después de asistir a ese milagro, por no saber volver a casa con todo tan negro.
Allá plantaba dos hileras de farolas, acá empezaban a brotar las alcantarillas y bocas de incendios...
Cuidaba que los frágiles semáforos no se curvasen como las farolas ligándolos con mimo, y satisfecho los mostraba a su hijo las contadas veces en que recibía su visita.
Mira qué bien sale el ámbar este año, le decía.
La tradición de esa familia marcaba a cada primogénito la incontestable dedicación a esos menesteres, pero Enrique le dio el gran disgusto al romper con los antepasados y dedicarse al periodismo extremo.
Enrique de jovenzuelo sí que acudía a echar un cable al padre. No le desagradaba del todo aquello de las tareas campestres. La paz de los campos de pavimento, los bancales de asfalto, ver crecer señales y buzones, de vez en cuando bañarse en la depuradora con los demás chicos chapoteando y zambuyéndose a ver quién era más diestro esquivando los detritus sólidos....
Hasta que una tarde estando cerca, oyó mientras se adormecía tomando el sol que unos gritos desgarradores provenían de la charca.
Un niño pequeño estaba en trance de morir ahogado. Enrique corrió. No había nadie más. Ves como no se pueden dejar solos a los críos, joder.
Se lanzó al lodo seguro de su experiencia y de sus nociones de socorrismo. Logró a toda velocidad dar alcance a la aterrorizada criatura y cuando ya parecía hundirse por completo, lo agarró por las pilosidades de la cabeza. De allí asomó un ser menudo pero inmanejable, presa de la histeria, imposible de serenar, que se aferraba sin control al cuello de Braun y lo mordía, le metía los dedos en los ojos, un ser que parecía tener más extremidades que una araña y mayor potencia y velocidad que una liebre en un lanzamorteros.
Si Enrique no lo resolvía pronto, perecerían ambos. Así que le arreó una bofetada. No surtió efecto. Se hundían. Le dio con más fuerza. Se iban para abajo. Volvió a pegarle una y otra vez pero ya con el puño cerrado. Y diez interminables horas necesitó para poder sacarlo a tierra firme.
Pudo salvar al chico de morir ahogado en mierda, en una heroica acción a la que apostó su propia vida. No obstante, el niño expiraba horas después en el hospital a causa de diversas fracturas en el cráneo.
Braun es un hombre de su tiempo, por eso no hace el ridículo con la ropa que viste. Sabe que en las medianías del siglo XXI, consolidada ya casi totalmente la realidad global, cuesta creer que en vida de sus abuelos el mundo pudiese haber sido de otro modo.
Enrique Braun nació en la localidad de Trujillo justo un año antes de que esa tierra de sus ancestros dejase de conocerse como Extremadura.
La evolución de las cosas es vertiginosa y él no pierde detalle. No se separa del audífono ni cuando se baña porque es sumergible.
Este minúsculo aparato lo mantiene informado sin descanso. Optó por conectarse a Globalred aunque la imagen fuese algo más pálida, convencido de una mayor veracidad de información con respecto a Linternet, cadena ésta líder de abonados pero mucho menos fiable.
En el año 2041 el ingenio de la cibernética permite recibir boletines informativos las 24 horas del día, 365 días por semana, y además a través del oído interno estar conectado permanentemente por el nervio óptico a la propia emisora recibiendo imágenes si se desea.
Enrique Braun vive en un cuarto piso del antiguo barrio judío, demolido antaño, y del cual apenas quedan leves vestigios como una pequeña fuente y un arco en el que mean los perros.
Aquellas angostas casuchas frías y húmedas en las que el aire se renovaba cada tres generaciones, dieron paso tras su demolición a unos rascacielos pladureros porcionados en pequeños apartamentos fríos y húmedos en los que el aire debe suministrarse mediante bombeo, pero en los que se pueden alojar muchísimas más personas.
Escogió precisamente ese edificio, aún a pesar de que el propietario le resultase insufrible, porque el tipo tenía un farmacia justo en el entresuelo.
Fuera o no desagradable verlo, compensaba la circunstancia de que las numerosas noches en que Braun llegaba tarde y borracho, la cruz luminosa del establecimiento orientaba sus pasos hasta el domicilio. Era como su particular estrella de belén.
Nada más conocer al sujeto, un recelo, una alarma interior avisó a Braun de que con ese macarra no iba a hacer muy buenas migas.
Enrique entró por primera vez en la farmacia a comprar un frasco de Mortacefol familiar, además de que le convenía a menudo para mitigar las resacas, para de paso darse a conocer un poco más como nuevo vecino.
Tosco hombre el farmacéutico. No era sino una ruda forma de vida, ex guarda autovías, que tras el cortísimo ejercicio laboral que les permite esa dedicación, se ven recompensados por el gobierno con la concesión de un tranquilete negocio para que no se aburran después de jubilarse a los 30 o 35 años como mucho.
Jarro, que así se llamaba el tío porque su padre fue escribiente, tenía en el rostro más marcas que la tabla de un charcutero. Y tantas más tendría en el alma, pues nadie sino así capaz sería de colgar en la puerta de su farmacia un letrero como éste:
“Píldora por píldora y gragea por gragea. Tal es la ley del Optalidón.”
Además cuando le concedieron el negocio exigiéndole un cursillo de iniciación al uso del esparadrapo, él juró ser hipócrita.
Jarro pidió un precio abusivo por los analgésicos a Enrique y para más inri le lanzó las monedas que suponían el cambio rodando por el suelo mientras bramaba:
“¡Maldita sea, coge tu puto dinero y lárgate antes de que te reviente los sesos, sucio hijo de perra. La próxima vez traes el dinero justo, cabronazo de mierda. Me cago en tus muertos, maldito cobarde. Fuera de aquí antes de que te mate!.”
CAPITULO OTRO
Son las seis de la mañana. Enrique Braun se despereza como cada día, es decir, intentando alejar su mano derecha lo más posible de la izquierda. Siempre hace eso antes de ponerse en faena. La vida es una faena y él es consciente, por eso cayó en la bebida. (No en toda, sólo en la de alcohol.)
El tiempo es un bien escaso y para ahorrarlo, nada más levantarse divide su higiene personal por días: los pares se lava las manos y los dientes, y los impares la cara y las muelas.
Entretanto y eso sí a diario, escucha y mira a través del aparatillo audiovisual todas las informaciones globales, todos los nuevos acontecimientos que no ha sido capaz de asimilar durante el sueño.
No tiene que mudarse porque duerme vestido y de esa guisa se ducha un poco. Es cierto que sale a la escalera chorreando, pero esto le asegura la ropa algo limpia y una caída perfecta en los pantalones de tergal. Además como hace tanto calor debido a la inversión térmico-atmosférica llega ya seco a la cafetería.
Baja deprisa a la calle y la salta más que la cruza, por no tener que ver siquiera de refilón al farmacéutico.
Pasa por la frutería y compra su habitual media docena de plátanos. Pregunta invariablemente si son mundiales a la señora Andamia. Y ella le responde que por supuesto, que ella jamás vendería otros que no lo fueran.
Se hace la buena y Enrique le sigue la comba, pero a estas alturas de la película ya casi todos saben que detrás de esa anciana de apariencia bondadosa se solapa una de las principales responsables de la ola de extorsiones a cines, bibliotecas y billares del municipio.
Luego Braun se acerca a la cafetería burguer de Zipo Zipayo, la bióloga que se cambió el sexo por una apuesta, y se come sus plátanos untándolos en el café con leche.
Braun tiene ya un callo en la oreja, además de por el audífono, por haberse de oír cada día las mismas cantinelas en boca de los parroquianos del local. Que si se mojan bien, que si son esponjosos, que si no los unte tanto que se le van a deshacer, etc, etc.
Aunque lo presencien todas las mañanas parece que no se acostumbren a verlo haciendo eso.
Enrique Braun había adoptado ese hábito gastronómico por haber sido testigo ya desde niño de que en su familia nadie comió jamás cosa igual. Y se erigió en un verdadero performer del desayuno.
Él pensaba y no sin razón que también todos ellos creyéndose ortodoxos, inconscientemente eran autores de acciones tan absurdas como Flatero Flogherty que fumaba y fumaba cigarrillos con fruición, cuando son mejores con filtro.
¿Unos cacahuetes?, le preguntaba doña Zipayo con afán de redondear la mofa, y toda la concurrencia se reía a carcajadas llenando el tugurio de perdigones de bocata.
A Enrique le resbalaba aquel escarnio como se rinden las gotas de lluvia cayendo derrotadas por los aleros de un tejado; como se convierte la soberbia de la lluvia en lágrimas de vencimiento que arrastran su impotencia por las mangas de un impermeable; como la lluvia en definitiva que quiere llover pero le sale el día seco y soleado para que se joda.
Enrique tenía el aplomo por la sangre, como los glóbulos. No en balde su padre había sido labriego agrario.
El padre de Enrique Braun se llamaba Horacio Topo y tenía siete hermanos pese a ser hijo único hasta que su madre no tuvo al segundo.
Hombre corpulento comparado con según quien, araba de sol a sol con su curtido tractor nuclear unas pocas hectáreas heredades de un amigo del abuelo. No era bien, bien, amigo hermano, sino amigo segundo, pero se habían criado cada uno en un sitio y jamás llegaron a conocerse.
La finca era una extensión de asfalto de la cual no disimulaba orgullo. Le llenaba la existencia ver cómo el amanecer disponía colores rojizos casi violáceos sobre sus dominios y como al pasar de la jornada se agrisaba hasta no verse un carajo. Le gustaba entonces quedarse dormido allí, después de asistir a ese milagro, por no saber volver a casa con todo tan negro.
Allá plantaba dos hileras de farolas, acá empezaban a brotar las alcantarillas y bocas de incendios...
Cuidaba que los frágiles semáforos no se curvasen como las farolas ligándolos con mimo, y satisfecho los mostraba a su hijo las contadas veces en que recibía su visita.
Mira qué bien sale el ámbar este año, le decía.
La tradición de esa familia marcaba a cada primogénito la incontestable dedicación a esos menesteres, pero Enrique le dio el gran disgusto al romper con los antepasados y dedicarse al periodismo extremo.
Enrique de jovenzuelo sí que acudía a echar un cable al padre. No le desagradaba del todo aquello de las tareas campestres. La paz de los campos de pavimento, los bancales de asfalto, ver crecer señales y buzones, de vez en cuando bañarse en la depuradora con los demás chicos chapoteando y zambuyéndose a ver quién era más diestro esquivando los detritus sólidos....
Hasta que una tarde estando cerca, oyó mientras se adormecía tomando el sol que unos gritos desgarradores provenían de la charca.
Un niño pequeño estaba en trance de morir ahogado. Enrique corrió. No había nadie más. Ves como no se pueden dejar solos a los críos, joder.
Se lanzó al lodo seguro de su experiencia y de sus nociones de socorrismo. Logró a toda velocidad dar alcance a la aterrorizada criatura y cuando ya parecía hundirse por completo, lo agarró por las pilosidades de la cabeza. De allí asomó un ser menudo pero inmanejable, presa de la histeria, imposible de serenar, que se aferraba sin control al cuello de Braun y lo mordía, le metía los dedos en los ojos, un ser que parecía tener más extremidades que una araña y mayor potencia y velocidad que una liebre en un lanzamorteros.
Si Enrique no lo resolvía pronto, perecerían ambos. Así que le arreó una bofetada. No surtió efecto. Se hundían. Le dio con más fuerza. Se iban para abajo. Volvió a pegarle una y otra vez pero ya con el puño cerrado. Y diez interminables horas necesitó para poder sacarlo a tierra firme.
Pudo salvar al chico de morir ahogado en mierda, en una heroica acción a la que apostó su propia vida. No obstante, el niño expiraba horas después en el hospital a causa de diversas fracturas en el cráneo.
ENRIQUE BRAUN---2
En la calle se suceden las sirenas. Es algo que a nadie asombra.
Un señor con boina y pantalón de pana verde saca de su morral una superautomática de última generación. Nada más cogerla y a pesar de que lo hace con dos dedos por la culata, los tres cañones del arma se disparan repetidamente, llegándole dos impactos a la ingle y dos más al pie y la rodilla.
A Enrique nunca le han gustado que las pistolas sean tan automáticas. Él lleva consigo siempre un revolver que compró a un anticuario que contaba con la total confianza de otras personas.
De forma casi imposible, el normal frenesí de coches patrulla y ambulancias, consigue multiplicarse y Enrique Braun se apresura en pagar la cuenta de su desayuno, saliendo de inmediato al exterior con sus profesionales ansias de averiguación.
Halla pronta respuesta al fenomenal alboroto. Nada menos que 100 atracadores han tomado el conventos de las Santamadres Virginianas, donde por lo visto se han hecho con dos rehenes, dos monjitas que deben encontrarse en franco apocamiento.
La situación en esos momentos es de auténtica locura. Un juez de policía ciudadana levanta los brazos decretando caos técnico, pero los criminales ni se arredran ni se amedrentan porque no tienen la suficiente cultura. Son gentes sin escolarizar.
Su aparente cabecilla se deja ver a través de un ventanuco, puesto que cuando lo intentó por el centro de un tabique, no podía vérsele.
El villano asegura que si alguien intenta algo, matará a las rehenes cuantas veces sea preciso y exige un atomicópter para él y otro para sus 99 secuaces.
El comisario intenta convencerle de que no los hay tan grandes y que sise repartieran 50 pasajeros en cada uno podrían tener sitio todos y a las dos hermanas no habrían de causarles el menos daño.
El cabecilla entonces se enfada visiblemente y grita que él es el jefe y que quiere un atomicópter para él solo, que al resto de la banda los podía reconfortar un asno macho, que a él se la sudaba.
Enrique Braun no se perdía detalle y fue presto a alertar al mando de la policía: “Este tipo es peligroso. Este tipo sí tiene estudios primario.” Le dijo.
El comisario diose cuenta del acierto y diole las gracias.
Enrique dijo que de nada, hombre, que para eso estamos.
El comisario dijo que encantado de haberle conocido.
Enrique dijo que lo mismo digo.
El comisario le dijo que podían una noche salir a cenar con sus esposas.
Enrique le dijo que tanto él mismo como otros muchos, habían optado por la soltería, aunque era consciente de que un buen número de personas se decantaban por el matrimonio, y que él contra eso no tenía nada en absoluto porque prefería huir de los prejuicios.
El comisario le dijo que en cualquier caso podía casarse para asistir a la cena y divorciarse esa misma madrugada, ya que él mismo antes de casarse era soltero al igual que su mujer y sus tres hijos.
Enrique le dijo que depende de lo que se entienda por matrimonio, por soltería y por hijos.
El comisario le dijo que odiaba la semántica.
Enrique dijo que semántica puede no ser lo mismo para uno que para otro.
Minutos más tarde el grueso de la fuerzas policiales habían olvidado a los delincuentes y se veían impotentes en el intento de separar al comisario y a Enrique Braun , que se aferraban entre sí como dos gatos conectados a un enchufe.
El comisario le arrancó seis falanges de un solo dedo a Enrique y éste a su vez acertó un puntapié al policía de una magnitud tal que le juntó la canal de los glúteos con el entrecejo.
Jamás se había visto tamaño fruncimiento.
Huelga decir que no se volvieron a dirigir la palabra.
Más tarde trascendió a las cadenas informativas que los atracadores colgaron al cabecilla del cuello que se la soportaba, entregándose sin más condición que la de que se callasen de una santa vez las dos monjas, que se dedicaron tanto tiempo como duró el suceso a cantar gregoriano para ahuyentar sus temores.
Un señor con boina y pantalón de pana verde saca de su morral una superautomática de última generación. Nada más cogerla y a pesar de que lo hace con dos dedos por la culata, los tres cañones del arma se disparan repetidamente, llegándole dos impactos a la ingle y dos más al pie y la rodilla.
A Enrique nunca le han gustado que las pistolas sean tan automáticas. Él lleva consigo siempre un revolver que compró a un anticuario que contaba con la total confianza de otras personas.
De forma casi imposible, el normal frenesí de coches patrulla y ambulancias, consigue multiplicarse y Enrique Braun se apresura en pagar la cuenta de su desayuno, saliendo de inmediato al exterior con sus profesionales ansias de averiguación.
Halla pronta respuesta al fenomenal alboroto. Nada menos que 100 atracadores han tomado el conventos de las Santamadres Virginianas, donde por lo visto se han hecho con dos rehenes, dos monjitas que deben encontrarse en franco apocamiento.
La situación en esos momentos es de auténtica locura. Un juez de policía ciudadana levanta los brazos decretando caos técnico, pero los criminales ni se arredran ni se amedrentan porque no tienen la suficiente cultura. Son gentes sin escolarizar.
Su aparente cabecilla se deja ver a través de un ventanuco, puesto que cuando lo intentó por el centro de un tabique, no podía vérsele.
El villano asegura que si alguien intenta algo, matará a las rehenes cuantas veces sea preciso y exige un atomicópter para él y otro para sus 99 secuaces.
El comisario intenta convencerle de que no los hay tan grandes y que sise repartieran 50 pasajeros en cada uno podrían tener sitio todos y a las dos hermanas no habrían de causarles el menos daño.
El cabecilla entonces se enfada visiblemente y grita que él es el jefe y que quiere un atomicópter para él solo, que al resto de la banda los podía reconfortar un asno macho, que a él se la sudaba.
Enrique Braun no se perdía detalle y fue presto a alertar al mando de la policía: “Este tipo es peligroso. Este tipo sí tiene estudios primario.” Le dijo.
El comisario diose cuenta del acierto y diole las gracias.
Enrique dijo que de nada, hombre, que para eso estamos.
El comisario dijo que encantado de haberle conocido.
Enrique dijo que lo mismo digo.
El comisario le dijo que podían una noche salir a cenar con sus esposas.
Enrique le dijo que tanto él mismo como otros muchos, habían optado por la soltería, aunque era consciente de que un buen número de personas se decantaban por el matrimonio, y que él contra eso no tenía nada en absoluto porque prefería huir de los prejuicios.
El comisario le dijo que en cualquier caso podía casarse para asistir a la cena y divorciarse esa misma madrugada, ya que él mismo antes de casarse era soltero al igual que su mujer y sus tres hijos.
Enrique le dijo que depende de lo que se entienda por matrimonio, por soltería y por hijos.
El comisario le dijo que odiaba la semántica.
Enrique dijo que semántica puede no ser lo mismo para uno que para otro.
Minutos más tarde el grueso de la fuerzas policiales habían olvidado a los delincuentes y se veían impotentes en el intento de separar al comisario y a Enrique Braun , que se aferraban entre sí como dos gatos conectados a un enchufe.
El comisario le arrancó seis falanges de un solo dedo a Enrique y éste a su vez acertó un puntapié al policía de una magnitud tal que le juntó la canal de los glúteos con el entrecejo.
Jamás se había visto tamaño fruncimiento.
Huelga decir que no se volvieron a dirigir la palabra.
Más tarde trascendió a las cadenas informativas que los atracadores colgaron al cabecilla del cuello que se la soportaba, entregándose sin más condición que la de que se callasen de una santa vez las dos monjas, que se dedicaron tanto tiempo como duró el suceso a cantar gregoriano para ahuyentar sus temores.
ENRIQUE BRAUN---3
Fue un día de un mes. En el cielo los colores básicamente azules comenzaban a perder vigor.
Era ya bastante más tarde de lo convenido. Y había una cita. Era ya mucho más tarde que hacía unas horas y el misterioso tipo no acudía al encuentro secreto que tenían concertado.
En la terraza de aquellos enormes almacenes los clientes iban pagando sus consumiciones, unos con desgana y otros con tarjeta.
Enrique Braun se estaba incomodando visiblemente por tan dilatada espera y por la púa de hierro que no retiró del asiento cuando lo tomó.
Enrique Braun había mirado tantas veces su reloj, que ya éste lo miraba a él también constantemente. Entonces una mano se posó en su hombro. La mano llevaba afortunadamente al resto de la anatomía consigo: El cuerpo entero de Lolón Vásquez.
Lolón Vásquez se disculpó argumentando que había perdido el autobús. Es que no sé dónde rayos lo puse, le dijo.
Enrique Braun aceptó de mala gana y Lolón se sentó a su lado. Un aburrido camarero preguntó al recién llegado que qué desearía tomar. Lolón le contestó sin atender, que lo que estuviera tomando Braun. El camarero arrebató de la mano de Enrique su horchata con vino y la colocó frente a Vásquez.
Y Lolón habló. Voy a serte sincero, no me andaré con tapujos, no vengo a perder el tiempo yéndome por las ramas. Quiero contarte esto rápido e ir directo al grano. Ya que me has esperado tanto y de veras que lo siento, pero es que perdí como te dije el autobús y estuve buscándolo sin éxito.
Enrique Braun bostezaba.
Voy a serte sincero, continuó, no he venido hasta aquí para divagar mintiendo sobre tal o cual cuestión que en definitiva pudiera ser al fin un asunto menor incluso residual y que desvirtuase el calado real de lo esencialmente importante. Te diré la verdad, que para eso te cité.
Enrique Braun ya había vomitado las alcachofas que se metió de pincho al pie de la mesa, cuando Lolón le aseguró que realmente y de verdad, pensaba ir al estadio de globalfútbol de Zonaextrema, en donde tendría lugar la gran final entre los dos equipos más importantes del mundo.
Lolón pensaba acudir al partido que enfrentaría a los Zaragoza Maños y a los Toronto Labas, y una vez allí, armado hasta las cejas pretendía disparar indiscriminadamente contra quien fuese.
Esto, pese a no ser el colmo de la imaginación, sí era gravísimo habida cuenta de que el estadio presentaría un lleno absoluto.
Lolón contó todo ello con pelos y señales y con la mayor de las sinceridades porque era un auténtico franco tirador.
Lolón y Enrique fueron amigos inseparables en la infancia, cada uno de diferentes niños y no se conocieron hasta los 18 años en el ejército global. Allí forjaron una buena relación, una mejor dolencia hepatico-renal y una clara dependencia de los calimochos.
Lolón quería llevar a cabo una masacre para después suicidarse según y cómo. Mas, tras tomar la firme decisión acordose de su amigo y quísolo premiar con la exclusiva.
CAPITULO OTRO
19 de Junio. 16 horas y 30 minutos. La ciudad parece en calma. Enrique Braun está un pelín perplejo. Ni hay demasiada gente alrededor del estadio, ni se oyen los cánticos de las aficiones, ni nada da muestras de que allí se vaya a celebrar el mayor acontecimiento del siglo.
Se acerca a un empleado que barre cerca de las taquillas. Le muestra con disimulo un billete de los grandes. Aunque trate de ocultarlo es inútil. Estos billetes son como toallas de baño.
Enrique le susurra que puede ser suyo si le sopla una cierta información. El tipo cede gustoso. La pregunta es si sabe de algún chivatazo que haya hecho al público desistir de presenciar una final tan esperada.
El barrendero dice que eso no lo sabe pero que en cambio sí puede asegurarle que el partido se juega el próximo domingo, y que sería insólito que una final global se jugase en un martes como hoy.
Enrique entonces le suplica por favor la devolución del billete y el tipo se lleva la mano a la bragueta con no se sabe qué significado.
Braun lo llama grosero y el otro responde con evidente tosquedad, morándole el ojo seriamente con el palo del escobón.
La reyerta pudo llegar a mayores. Enrique estuvo a punto de sacar el revólver y el empleado a punto de sacarle el ojo.
Enrique tenía un pronto muy malo. Tan malo que pocas veces le coincidía con las situaciones conflictivas. Lo mismo le salía por las buenas y pegaba a un desconocido, que se aflojaba como un cretino cuando precisaba de nervio y agallas.
Se propuso olvidar el altercado y centrar todas sus neuronas en la fecha correcta. 24 de Junio. Domingo 24, no cesaba de repetirse.
Cómo un hombre tan informado podía haberse despistado de ese modo. Se dio de baja en Globalred y se abonó a Linternet. Seguro que Globalred estaba ocultando y tergiversando los boletines de noticias. Seguro que detrás de todo estaba la maligna sombra de don Pietro Grullo el acaparador.
De don Pietro Grullo se decía: Pietro Grullo, yo me lo condimento, yo me lo engullo.
Este siniestro magnate de las finanzas odiaba con toda su alma a Enrique. Le tenía jurada venganza. Era la encarnación de la maldad.
Era cruel, despiadado, pendenciero, vengativo, malhablado, fiero, venenoso, ateo, fraudulento, traidor, alto, cheparudo, sucio, integrista, libidinoso, ojos azules, xenófobo, racista, fumador, vil, metal, mánager, desaprensivo, astuto, ya mayor, poderoso, soez, abyecto y malo.
La gente decía: El perro de Pietro Grullo ni come ni deja comer alimento alguno porque cuyo rabo él mismo se lo ha cortado.
Pero por qué habría de querer tan mal a Enriquie, por qué siendo como era de megalómano y misántropo, guardaba un especial odio hacia el pobre Braun.
Muy sencillo, porque don Pietro Grullo era el hijo bastardo de aquel niño que había muerto con el cerebro hecho caldo a causa del fallido salvamento de que fue objeto por la persona de Enrique en la poza de la depuradora.
Don Pietro juró tomarse la justicia por su zarpa y no descansar hasta que viese al infanticida de su padre aplastado por una apisonadora de su propiedad.
Era ya bastante más tarde de lo convenido. Y había una cita. Era ya mucho más tarde que hacía unas horas y el misterioso tipo no acudía al encuentro secreto que tenían concertado.
En la terraza de aquellos enormes almacenes los clientes iban pagando sus consumiciones, unos con desgana y otros con tarjeta.
Enrique Braun se estaba incomodando visiblemente por tan dilatada espera y por la púa de hierro que no retiró del asiento cuando lo tomó.
Enrique Braun había mirado tantas veces su reloj, que ya éste lo miraba a él también constantemente. Entonces una mano se posó en su hombro. La mano llevaba afortunadamente al resto de la anatomía consigo: El cuerpo entero de Lolón Vásquez.
Lolón Vásquez se disculpó argumentando que había perdido el autobús. Es que no sé dónde rayos lo puse, le dijo.
Enrique Braun aceptó de mala gana y Lolón se sentó a su lado. Un aburrido camarero preguntó al recién llegado que qué desearía tomar. Lolón le contestó sin atender, que lo que estuviera tomando Braun. El camarero arrebató de la mano de Enrique su horchata con vino y la colocó frente a Vásquez.
Y Lolón habló. Voy a serte sincero, no me andaré con tapujos, no vengo a perder el tiempo yéndome por las ramas. Quiero contarte esto rápido e ir directo al grano. Ya que me has esperado tanto y de veras que lo siento, pero es que perdí como te dije el autobús y estuve buscándolo sin éxito.
Enrique Braun bostezaba.
Voy a serte sincero, continuó, no he venido hasta aquí para divagar mintiendo sobre tal o cual cuestión que en definitiva pudiera ser al fin un asunto menor incluso residual y que desvirtuase el calado real de lo esencialmente importante. Te diré la verdad, que para eso te cité.
Enrique Braun ya había vomitado las alcachofas que se metió de pincho al pie de la mesa, cuando Lolón le aseguró que realmente y de verdad, pensaba ir al estadio de globalfútbol de Zonaextrema, en donde tendría lugar la gran final entre los dos equipos más importantes del mundo.
Lolón pensaba acudir al partido que enfrentaría a los Zaragoza Maños y a los Toronto Labas, y una vez allí, armado hasta las cejas pretendía disparar indiscriminadamente contra quien fuese.
Esto, pese a no ser el colmo de la imaginación, sí era gravísimo habida cuenta de que el estadio presentaría un lleno absoluto.
Lolón contó todo ello con pelos y señales y con la mayor de las sinceridades porque era un auténtico franco tirador.
Lolón y Enrique fueron amigos inseparables en la infancia, cada uno de diferentes niños y no se conocieron hasta los 18 años en el ejército global. Allí forjaron una buena relación, una mejor dolencia hepatico-renal y una clara dependencia de los calimochos.
Lolón quería llevar a cabo una masacre para después suicidarse según y cómo. Mas, tras tomar la firme decisión acordose de su amigo y quísolo premiar con la exclusiva.
CAPITULO OTRO
19 de Junio. 16 horas y 30 minutos. La ciudad parece en calma. Enrique Braun está un pelín perplejo. Ni hay demasiada gente alrededor del estadio, ni se oyen los cánticos de las aficiones, ni nada da muestras de que allí se vaya a celebrar el mayor acontecimiento del siglo.
Se acerca a un empleado que barre cerca de las taquillas. Le muestra con disimulo un billete de los grandes. Aunque trate de ocultarlo es inútil. Estos billetes son como toallas de baño.
Enrique le susurra que puede ser suyo si le sopla una cierta información. El tipo cede gustoso. La pregunta es si sabe de algún chivatazo que haya hecho al público desistir de presenciar una final tan esperada.
El barrendero dice que eso no lo sabe pero que en cambio sí puede asegurarle que el partido se juega el próximo domingo, y que sería insólito que una final global se jugase en un martes como hoy.
Enrique entonces le suplica por favor la devolución del billete y el tipo se lleva la mano a la bragueta con no se sabe qué significado.
Braun lo llama grosero y el otro responde con evidente tosquedad, morándole el ojo seriamente con el palo del escobón.
La reyerta pudo llegar a mayores. Enrique estuvo a punto de sacar el revólver y el empleado a punto de sacarle el ojo.
Enrique tenía un pronto muy malo. Tan malo que pocas veces le coincidía con las situaciones conflictivas. Lo mismo le salía por las buenas y pegaba a un desconocido, que se aflojaba como un cretino cuando precisaba de nervio y agallas.
Se propuso olvidar el altercado y centrar todas sus neuronas en la fecha correcta. 24 de Junio. Domingo 24, no cesaba de repetirse.
Cómo un hombre tan informado podía haberse despistado de ese modo. Se dio de baja en Globalred y se abonó a Linternet. Seguro que Globalred estaba ocultando y tergiversando los boletines de noticias. Seguro que detrás de todo estaba la maligna sombra de don Pietro Grullo el acaparador.
De don Pietro Grullo se decía: Pietro Grullo, yo me lo condimento, yo me lo engullo.
Este siniestro magnate de las finanzas odiaba con toda su alma a Enrique. Le tenía jurada venganza. Era la encarnación de la maldad.
Era cruel, despiadado, pendenciero, vengativo, malhablado, fiero, venenoso, ateo, fraudulento, traidor, alto, cheparudo, sucio, integrista, libidinoso, ojos azules, xenófobo, racista, fumador, vil, metal, mánager, desaprensivo, astuto, ya mayor, poderoso, soez, abyecto y malo.
La gente decía: El perro de Pietro Grullo ni come ni deja comer alimento alguno porque cuyo rabo él mismo se lo ha cortado.
Pero por qué habría de querer tan mal a Enriquie, por qué siendo como era de megalómano y misántropo, guardaba un especial odio hacia el pobre Braun.
Muy sencillo, porque don Pietro Grullo era el hijo bastardo de aquel niño que había muerto con el cerebro hecho caldo a causa del fallido salvamento de que fue objeto por la persona de Enrique en la poza de la depuradora.
Don Pietro juró tomarse la justicia por su zarpa y no descansar hasta que viese al infanticida de su padre aplastado por una apisonadora de su propiedad.
ENRIQUE BRAUN---4
Domingo 23 de junio. Sólo faltaba un día para que fuera domingo 24 de junio.
Ese año no era bisiesto. La semana en cambio sí lo era y por eso llevaba dos domingos.
Enrique estaba ansioso, inquieto, tenso. Le quedaba una jornada por delante y no sabía en qué invertirla.
Las páginas de citas de Linternet, todas se mostraban guarras en desmesura. Finalmente recurrió a su agenda personal. Llamó a Rerta, pero ella misma le dijo que en ese momento no estaba y que prefería no discutir tonterías.
Hizo lo propio con Alondra Minué, una exnovia de su marido. Su teléfono se había quitado la vida suicidándose, por lo que ella prefirió no descolgarlo hasta que viniera el juez.
Todos los demás nombres de la lista estaban ya tachados de ocasiones anteriores como prueba de pretéritos fracasos.
Hundido en su miseria, intentó lo último: una cita a ciegas.
Navegó unos minutos por el ciberespacio, pulsó una cifra al azar, el ciberespacio le dijo que Arturo Rañote, 43 años, pelo corto, ojos castaños, etc, etc.
Enrique lo probó de nuevo: Marco Tron, 99 años, pelo muy muy corto, ojos mates, pulso débil, no molestar por favor.
Enrique estaba a punto de llorar, harto de frustraciones y de calimocho cuando por fin la cifra caprichosa del destino que el azar tenía para él predispuesta por suerte y en lo que ni dios ni la metafísica tenían nada que ver, le llevó hasta Ferneja Grund, 25 años, pelo sedoso, ojos profundos, teutona..
¿Ferneja?, preguntó.
Sí soy yo, contestó.
Verás, soy Enriue Braun, estoy muy solo, y si tú quisieras venir a mi casa a tomar té con pastas y luego más tarde a merendar al parque y después a cenar algo exótico a un frankfurt, nos pondríamos ciegos de comer.
Ella aceptó. Quedaron dentro de media hora en casa de Enrique.
Ferneja iría con un vestido rojo, el libro del filósofo Zarrapastras Así Habló Federo Niche, y un tiesto con geranios en la solapa.
Querían poder reconocerse rápidamente. Él llevaría una camisa de manga corta encima de un pullover de lana, un sombrero hongo en la cabeza e iría sin pantalones.
Mientras venía y no venía, se puso los pantalones. Igual me distinguirá si llama a la puerta de mi casa y además no hay ninguna persona conmigo, vamos, digo yo, pensó Enrique.
Ding-dang-dong!, sonó el timbre del portero automático, que a sus oídos fue como una caricia musical tañida por ángeles.
Sin duda la especial sensibilidad de aquella dama había conseguido que se tornara dócil un timbre que siempre había sobresaltado a Enrique con un ronco rrrrrriiiiinnnngggg rrrrriiiiinnnngggg!!!
El piso estaba como siempre, revuelto, sucio, con revistas viejas por los suelos, ceniza en la alfombra, vasos por todas partes, mondas de plátano renegridas por la inexorabilidad del tiempo que no pasa en balde, etc.
Enrique percatado súbitamente del espectáculo que ofrecía su morada oscura, aprovechó corriendo el lapso de tiempo que consumiría ella en subir por la escala de incendios de la fachada, dado que el ascensor estaba en obras y la escalera principal fuera de servicio, y escondió de un puntapié el orinal y la palangana bajo los faldones del sofá.
En éstas llegó la señorita Grund. Estaba preciosa.
Tomaron té soluble con terrones de azúcar insolubles. Comentaron la casualidad de que ambos conservasen apellidos germánicos, que a ambos les interesase Zarrapastras, aunque a Enrique no, y que tanto el uno como la otra se sintieran solos cuando no había nadie.
El té estaba pasado de fecha en varias décadas. Rieron la contrariedad y se lo echaron al geranio que cayó en una reverencia de la que ya no se repuso.
Enrique y Ferneja. Braun y Grund. Enrique Braun y Ferneja Grund. Qué bien combinaban y con qué armonía esas sílabas en cualquier orden. Rimaban con amor.
Enrique le cantó unas antiguas coplas, recibidas cuando niño de la dulce voz de su madre.
Eran coplas de albañilería, de enyesado y mortero seco.
La madre de Enrique fue hasta la tumba una mujer de principios. Una fidelidad extrema la llevaba a deshonrar al marido sólo y únicamente con hombres del ramo de la construcción.
El sr. Braun estaba orgulloso contándoselo a todos en el pabellón de profundos de Santa Mariana de Fuelle.
Ferneja, enternecida, correspondió a su galán declamándole a voz en grito unos versos de Guillaume Formón:
No sé qué no sé cuantos de la aurora
Que florece como alguna cosa del viento
Y tal y cual de la tierra que llora
Y se hincha el corazón y no me acuerdo.
Se miraron a la cara, se cogieron las manos, se restregaron las lorzas de la riñonada, y se encabritaron profiriendo incontrolables sonidos como un par de alces en celo.
Luego sobre la mesa Enrique, enarbolando los calzoncillos y ya con el duende a favor, cantó la más grande de las tonadas:
Ay, ay, ay, lerele, leré, traun
Ye, ye ye, lorolo, lolán lolea
Prié pirié lelero laro, lulo, lau.
Ella daba palmas, hacía piruetas, cabriolas, jaleaba, aullaba y se limaba las uñas.
Este delirio los llevó una vez más a aparearse en lo alto de la mesa. Ahora así, ahora asá, ahora por allende, ahora por acuquende, hasta que se les pasó la hora de la merienda y se marcharon tras una leve ducha directos a cenar.
Enrique le dijo a ella que conocía un restaurante fantástico en el que podrían restaurarse a base de bien. Hacían unos bocadillos de salchicha exquisitos y tenían una excelente carta de calimochos.
Por el camino le contaba él a ella que tenía la secreta información de la masacre que se iba a cometer en el estadio.
Ella le respondía en tono petitorio diciéndole que no se creyera que era una chica fácil, dejándose engañar por lo ocurrido en su piso.
Él continuaba con sus confidencias exponiendo lo de don Pietro Grullo.
Ella le juraba que hasta hace unas horas era completamente virgen del chirri.
Él le decía que si alguien se enteraba de las terribles intenciones de Lolón Vásquez, además de birlarle la exclusiva, el clima de histeria podría tener consecuencias funestas.
Ella seguía con que si le pareció una experta en esas lides es porque era una mujer muy leída, no por una dilatada experiencia en burdeles, ni por haberse dedicado tres años al cine X.
Figúrate, meditaba él, que se descubre lo del franco tirador y se corre la voz. Vásquez sería capaz de cambiar de idea y llevar a cabo su sangría en otro momento y lugar. En ese caso yo nada sabría y nada podría hacer. No quiero ni pensarlo, cariño.
Ella le dijo que vale.
Ese año no era bisiesto. La semana en cambio sí lo era y por eso llevaba dos domingos.
Enrique estaba ansioso, inquieto, tenso. Le quedaba una jornada por delante y no sabía en qué invertirla.
Las páginas de citas de Linternet, todas se mostraban guarras en desmesura. Finalmente recurrió a su agenda personal. Llamó a Rerta, pero ella misma le dijo que en ese momento no estaba y que prefería no discutir tonterías.
Hizo lo propio con Alondra Minué, una exnovia de su marido. Su teléfono se había quitado la vida suicidándose, por lo que ella prefirió no descolgarlo hasta que viniera el juez.
Todos los demás nombres de la lista estaban ya tachados de ocasiones anteriores como prueba de pretéritos fracasos.
Hundido en su miseria, intentó lo último: una cita a ciegas.
Navegó unos minutos por el ciberespacio, pulsó una cifra al azar, el ciberespacio le dijo que Arturo Rañote, 43 años, pelo corto, ojos castaños, etc, etc.
Enrique lo probó de nuevo: Marco Tron, 99 años, pelo muy muy corto, ojos mates, pulso débil, no molestar por favor.
Enrique estaba a punto de llorar, harto de frustraciones y de calimocho cuando por fin la cifra caprichosa del destino que el azar tenía para él predispuesta por suerte y en lo que ni dios ni la metafísica tenían nada que ver, le llevó hasta Ferneja Grund, 25 años, pelo sedoso, ojos profundos, teutona..
¿Ferneja?, preguntó.
Sí soy yo, contestó.
Verás, soy Enriue Braun, estoy muy solo, y si tú quisieras venir a mi casa a tomar té con pastas y luego más tarde a merendar al parque y después a cenar algo exótico a un frankfurt, nos pondríamos ciegos de comer.
Ella aceptó. Quedaron dentro de media hora en casa de Enrique.
Ferneja iría con un vestido rojo, el libro del filósofo Zarrapastras Así Habló Federo Niche, y un tiesto con geranios en la solapa.
Querían poder reconocerse rápidamente. Él llevaría una camisa de manga corta encima de un pullover de lana, un sombrero hongo en la cabeza e iría sin pantalones.
Mientras venía y no venía, se puso los pantalones. Igual me distinguirá si llama a la puerta de mi casa y además no hay ninguna persona conmigo, vamos, digo yo, pensó Enrique.
Ding-dang-dong!, sonó el timbre del portero automático, que a sus oídos fue como una caricia musical tañida por ángeles.
Sin duda la especial sensibilidad de aquella dama había conseguido que se tornara dócil un timbre que siempre había sobresaltado a Enrique con un ronco rrrrrriiiiinnnngggg rrrrriiiiinnnngggg!!!
El piso estaba como siempre, revuelto, sucio, con revistas viejas por los suelos, ceniza en la alfombra, vasos por todas partes, mondas de plátano renegridas por la inexorabilidad del tiempo que no pasa en balde, etc.
Enrique percatado súbitamente del espectáculo que ofrecía su morada oscura, aprovechó corriendo el lapso de tiempo que consumiría ella en subir por la escala de incendios de la fachada, dado que el ascensor estaba en obras y la escalera principal fuera de servicio, y escondió de un puntapié el orinal y la palangana bajo los faldones del sofá.
En éstas llegó la señorita Grund. Estaba preciosa.
Tomaron té soluble con terrones de azúcar insolubles. Comentaron la casualidad de que ambos conservasen apellidos germánicos, que a ambos les interesase Zarrapastras, aunque a Enrique no, y que tanto el uno como la otra se sintieran solos cuando no había nadie.
El té estaba pasado de fecha en varias décadas. Rieron la contrariedad y se lo echaron al geranio que cayó en una reverencia de la que ya no se repuso.
Enrique y Ferneja. Braun y Grund. Enrique Braun y Ferneja Grund. Qué bien combinaban y con qué armonía esas sílabas en cualquier orden. Rimaban con amor.
Enrique le cantó unas antiguas coplas, recibidas cuando niño de la dulce voz de su madre.
Eran coplas de albañilería, de enyesado y mortero seco.
La madre de Enrique fue hasta la tumba una mujer de principios. Una fidelidad extrema la llevaba a deshonrar al marido sólo y únicamente con hombres del ramo de la construcción.
El sr. Braun estaba orgulloso contándoselo a todos en el pabellón de profundos de Santa Mariana de Fuelle.
Ferneja, enternecida, correspondió a su galán declamándole a voz en grito unos versos de Guillaume Formón:
No sé qué no sé cuantos de la aurora
Que florece como alguna cosa del viento
Y tal y cual de la tierra que llora
Y se hincha el corazón y no me acuerdo.
Se miraron a la cara, se cogieron las manos, se restregaron las lorzas de la riñonada, y se encabritaron profiriendo incontrolables sonidos como un par de alces en celo.
Luego sobre la mesa Enrique, enarbolando los calzoncillos y ya con el duende a favor, cantó la más grande de las tonadas:
Ay, ay, ay, lerele, leré, traun
Ye, ye ye, lorolo, lolán lolea
Prié pirié lelero laro, lulo, lau.
Ella daba palmas, hacía piruetas, cabriolas, jaleaba, aullaba y se limaba las uñas.
Este delirio los llevó una vez más a aparearse en lo alto de la mesa. Ahora así, ahora asá, ahora por allende, ahora por acuquende, hasta que se les pasó la hora de la merienda y se marcharon tras una leve ducha directos a cenar.
Enrique le dijo a ella que conocía un restaurante fantástico en el que podrían restaurarse a base de bien. Hacían unos bocadillos de salchicha exquisitos y tenían una excelente carta de calimochos.
Por el camino le contaba él a ella que tenía la secreta información de la masacre que se iba a cometer en el estadio.
Ella le respondía en tono petitorio diciéndole que no se creyera que era una chica fácil, dejándose engañar por lo ocurrido en su piso.
Él continuaba con sus confidencias exponiendo lo de don Pietro Grullo.
Ella le juraba que hasta hace unas horas era completamente virgen del chirri.
Él le decía que si alguien se enteraba de las terribles intenciones de Lolón Vásquez, además de birlarle la exclusiva, el clima de histeria podría tener consecuencias funestas.
Ella seguía con que si le pareció una experta en esas lides es porque era una mujer muy leída, no por una dilatada experiencia en burdeles, ni por haberse dedicado tres años al cine X.
Figúrate, meditaba él, que se descubre lo del franco tirador y se corre la voz. Vásquez sería capaz de cambiar de idea y llevar a cabo su sangría en otro momento y lugar. En ese caso yo nada sabría y nada podría hacer. No quiero ni pensarlo, cariño.
Ella le dijo que vale.
ENRIQUE BRAUN---5
El restaurante rebosaba. Pasó por su mente buscar otro sitio menos concurrido, cuando de la última mesa del rincón, la que está al lado de los lavabos de caballeros, retiraban con urgencia cuatro enfermeros a una pareja inconsciente que presentaba por toda su epidermis abundante erupciones.
Aprovecharon la circunstancia y ocuparon su lugar.
La música adornaba el aire revoloteando por entre las sierpes de humo que nacían de cientos de cigarrillos. La atmósfera oscura era una invitación a la paz y el recogimiento.
Una vela por mesa alumbrando lo justo, sólo los rasgos de las caras, construyendo en aquel escenario un cuadro de máscaras flotantes, de rostros que se miran en amorosos duetos.
Una vajilla de buen plástico, unos cubiertos camping, un excelente tetrabrick de calimocho fresquito y un crujiente bocadillo podían hacer de la noche una velada de ensueño.
Charlaban y reían felices durante la cena, se decían cosas que no puedo transcribir porque lo hacían con la boca llena y no se entendía en absoluto.
Enrique no fue capaz de resistirse y amparado en la penumbra y en que las mantelerías de los restaurantes suelen ser largas para sin duda proteger mejor unas espléndidas mesas de ébano, se despojó de uno de sus zapatos y extendió la pierna a tientas buscando los cálidos muslos de Ferneja Grund.
Fue internándose en esa confortable senda que poco a poco iba cediendo paso hacia un dulce destino por ambos deseado.
Una vez en la estación de término, el pie se fundió con la más ardorosa intimidad hembruna. Un pie desnudo, pues con las prisas olvidó los calcetines en el piso, y una feminidad explosiva sin ropa interior porque no la había usado en su vida, dieron lugar a tal furor, a tal fragor, que una olla expres ya hubiese reventado.
Un registro calórico se dio bajo la mesa, tan colosal, que los clientes de las mesas contiguas empezaban a llamar la atención de los camareros, quejándose de que algo de lo servido estaba en mal estado.
La gente acabó por irse a cenar a los urinarios.
Al día siguiente se supo que el personal del restaurante no tuvo suficiente con abrir puertas y ventanas y se vieron obligados a quitarle el techo al local para que sanidad no se lo precintase.
Ferneja salió a la calle con notorio rubor en sus cándidas mejillas y Enrique con el pie derecho arrugado.
Enrique miró un reloj de la calle y se apercibió percatándose de lo tardísimo que se la había hecho, con tanto amorío y tanta copla. Mañana, o ya debiera decir hoy mismo, dentro de unas horas, tendría lugar la tan esperada final, el partido del siglo, el choque de los dos eternos rivales por el trofeo de la superliga que enfrentaría al mejor ataque y centro del campo los Zaragoza Maños y a la defensa más disciplinada, subterránea y bronca de los Toronto Labas.
Le dijo que se iba a dormir un poco porque la jornada que se avecinaba prometía ser agitada y se despidió besándola dulcemente en el cuerpo.
Ella en acto recíproco, besó la anatomía del varón, y otra vez allí mismo se enzarzaron abandonados al fornicio.
Una hora más tarde a Enrique le parecía increíble estar durmiendo por fin en su apartamento.
CAPITULO OTRO
El servicio de despertador de Linternet sonó con su habitual bip-bip-biribip. Enrique estaba sumido en un hondo letargo, no hacía ni dos horas que dormía.
El audífono insistió subiendo el volumen, pero ni así. Estaba programado para aumentar los decibelios tres veces y como no diera resultado, se puso en funcionamiento su última opción: Un chispazo eléctrico le sacudió el nervio óptico haciendo que Enrique a su vez despertase a todo el vecindario con un alarido nueve en la escala rigter.
La eficacia de este sistema estaba fuera de toda duda.
Tras reponerse y cambiarse el tímpano por uno japonés que compró de oferta, se dispuso con presteza a comenzar el día.
Hoy sí que lo era. No habían errores de calendario ni puñetas.
Se lavó las muelas y los codos, se duchó con agua caliente que salió fría, se comió dos tubos de Mortacefol para la cabeza, se sacudió la ropa del modo que le enseñara su perro Braulio, pobrecillo, muerto un año antes de que Enrique naciera , se desperezó, tosió, se sonó las pituitarias, carraspeó, hizo flexiones, y no ocultaré que durante ese proceso matinal no se le escaparan algunas sonoridades gástricas.
Abrió la ventana y estuvo unos instantes contemplando la pared de ladrillo plástico que tenía por vista.
Respiró profundamente y le asaltó otro acceso de tos que lo tiró al suelo curvándolo como un pangolín.
A rastras alcanzó el cajón de las medicinas y se bebió el frasco de linimento.
Se repuso.
Ágilmente bajó las 59 escaleras como si fueran 57. Ahora se sentía hecho un chaval, vivo, espoleado. Se compró los plátanos de desayuno sin perderse en charlas con doña Andamia. Fue raudo a la cafetería y se los comió sin pelar para ahorrar tiempo. Tomó un par de sorbos del cafeconleche y se echó el resto en el bolsillo para luego. Pagó y salió volando.
Intentó coger un taxi, pero el dueño estaba demasiado cerca. Desistió y se asió al parachoques del autobús que hacía la zona deportiva. Llegó sin suelas y sin rodilleras, pero valió la pena: ya estaba en el estadio y además sin gastarse ni un maravedí esterlino.
Habían cientos de miles de docenas de personas. Las entradas se vendían desde hacía seis meses. Los dos emporios informativos lo anunciaban desde el año pasado. Se organizaron viajes para que desde todos los puntos del globo pudiese venir el público. Nadie, aficionado o no, era ajeno a ese partido. En definitiva, Enrique se hallaba ante un verdadero evento.
Se dispuso a entrar en el estadio. La cola se alargaba enormemente porque habían algunos tipos que eran de látex. Una vez dentro, ya estaba en el interior. Lo que tenía que hacer era subir a la mayor altura posible con fin de otear el graderío entero e intentar la detección del loco asesino psicópata.
Se encaramó al marcador láser y se acalambró, pero como era un hombre de recursos consiguió un taburete y allí se subió. Entonces disimuló cual si fuera un turista oriental e hizo ver que tomaba unas instantáneas del campo.
Cuando quiso cambiar el carrete se percató de que lo que tenía en las manos era la afeitadora Braun que guardaba como recuerdo de su tatarabuelo, creador de esa antigua marca y famoso fabricante de maquinillas, puesto que no quiso dedicarse tampoco a la agricultura rompiendo así una férrea tradición familiar.
Aprovecharon la circunstancia y ocuparon su lugar.
La música adornaba el aire revoloteando por entre las sierpes de humo que nacían de cientos de cigarrillos. La atmósfera oscura era una invitación a la paz y el recogimiento.
Una vela por mesa alumbrando lo justo, sólo los rasgos de las caras, construyendo en aquel escenario un cuadro de máscaras flotantes, de rostros que se miran en amorosos duetos.
Una vajilla de buen plástico, unos cubiertos camping, un excelente tetrabrick de calimocho fresquito y un crujiente bocadillo podían hacer de la noche una velada de ensueño.
Charlaban y reían felices durante la cena, se decían cosas que no puedo transcribir porque lo hacían con la boca llena y no se entendía en absoluto.
Enrique no fue capaz de resistirse y amparado en la penumbra y en que las mantelerías de los restaurantes suelen ser largas para sin duda proteger mejor unas espléndidas mesas de ébano, se despojó de uno de sus zapatos y extendió la pierna a tientas buscando los cálidos muslos de Ferneja Grund.
Fue internándose en esa confortable senda que poco a poco iba cediendo paso hacia un dulce destino por ambos deseado.
Una vez en la estación de término, el pie se fundió con la más ardorosa intimidad hembruna. Un pie desnudo, pues con las prisas olvidó los calcetines en el piso, y una feminidad explosiva sin ropa interior porque no la había usado en su vida, dieron lugar a tal furor, a tal fragor, que una olla expres ya hubiese reventado.
Un registro calórico se dio bajo la mesa, tan colosal, que los clientes de las mesas contiguas empezaban a llamar la atención de los camareros, quejándose de que algo de lo servido estaba en mal estado.
La gente acabó por irse a cenar a los urinarios.
Al día siguiente se supo que el personal del restaurante no tuvo suficiente con abrir puertas y ventanas y se vieron obligados a quitarle el techo al local para que sanidad no se lo precintase.
Ferneja salió a la calle con notorio rubor en sus cándidas mejillas y Enrique con el pie derecho arrugado.
Enrique miró un reloj de la calle y se apercibió percatándose de lo tardísimo que se la había hecho, con tanto amorío y tanta copla. Mañana, o ya debiera decir hoy mismo, dentro de unas horas, tendría lugar la tan esperada final, el partido del siglo, el choque de los dos eternos rivales por el trofeo de la superliga que enfrentaría al mejor ataque y centro del campo los Zaragoza Maños y a la defensa más disciplinada, subterránea y bronca de los Toronto Labas.
Le dijo que se iba a dormir un poco porque la jornada que se avecinaba prometía ser agitada y se despidió besándola dulcemente en el cuerpo.
Ella en acto recíproco, besó la anatomía del varón, y otra vez allí mismo se enzarzaron abandonados al fornicio.
Una hora más tarde a Enrique le parecía increíble estar durmiendo por fin en su apartamento.
CAPITULO OTRO
El servicio de despertador de Linternet sonó con su habitual bip-bip-biribip. Enrique estaba sumido en un hondo letargo, no hacía ni dos horas que dormía.
El audífono insistió subiendo el volumen, pero ni así. Estaba programado para aumentar los decibelios tres veces y como no diera resultado, se puso en funcionamiento su última opción: Un chispazo eléctrico le sacudió el nervio óptico haciendo que Enrique a su vez despertase a todo el vecindario con un alarido nueve en la escala rigter.
La eficacia de este sistema estaba fuera de toda duda.
Tras reponerse y cambiarse el tímpano por uno japonés que compró de oferta, se dispuso con presteza a comenzar el día.
Hoy sí que lo era. No habían errores de calendario ni puñetas.
Se lavó las muelas y los codos, se duchó con agua caliente que salió fría, se comió dos tubos de Mortacefol para la cabeza, se sacudió la ropa del modo que le enseñara su perro Braulio, pobrecillo, muerto un año antes de que Enrique naciera , se desperezó, tosió, se sonó las pituitarias, carraspeó, hizo flexiones, y no ocultaré que durante ese proceso matinal no se le escaparan algunas sonoridades gástricas.
Abrió la ventana y estuvo unos instantes contemplando la pared de ladrillo plástico que tenía por vista.
Respiró profundamente y le asaltó otro acceso de tos que lo tiró al suelo curvándolo como un pangolín.
A rastras alcanzó el cajón de las medicinas y se bebió el frasco de linimento.
Se repuso.
Ágilmente bajó las 59 escaleras como si fueran 57. Ahora se sentía hecho un chaval, vivo, espoleado. Se compró los plátanos de desayuno sin perderse en charlas con doña Andamia. Fue raudo a la cafetería y se los comió sin pelar para ahorrar tiempo. Tomó un par de sorbos del cafeconleche y se echó el resto en el bolsillo para luego. Pagó y salió volando.
Intentó coger un taxi, pero el dueño estaba demasiado cerca. Desistió y se asió al parachoques del autobús que hacía la zona deportiva. Llegó sin suelas y sin rodilleras, pero valió la pena: ya estaba en el estadio y además sin gastarse ni un maravedí esterlino.
Habían cientos de miles de docenas de personas. Las entradas se vendían desde hacía seis meses. Los dos emporios informativos lo anunciaban desde el año pasado. Se organizaron viajes para que desde todos los puntos del globo pudiese venir el público. Nadie, aficionado o no, era ajeno a ese partido. En definitiva, Enrique se hallaba ante un verdadero evento.
Se dispuso a entrar en el estadio. La cola se alargaba enormemente porque habían algunos tipos que eran de látex. Una vez dentro, ya estaba en el interior. Lo que tenía que hacer era subir a la mayor altura posible con fin de otear el graderío entero e intentar la detección del loco asesino psicópata.
Se encaramó al marcador láser y se acalambró, pero como era un hombre de recursos consiguió un taburete y allí se subió. Entonces disimuló cual si fuera un turista oriental e hizo ver que tomaba unas instantáneas del campo.
Cuando quiso cambiar el carrete se percató de que lo que tenía en las manos era la afeitadora Braun que guardaba como recuerdo de su tatarabuelo, creador de esa antigua marca y famoso fabricante de maquinillas, puesto que no quiso dedicarse tampoco a la agricultura rompiendo así una férrea tradición familiar.
ENRIQUE BRAUN---6
Una vez hecho el ridículo desde lo alto del taburete, puso en sus ojos visuales un binocular de gran potencia.
Al equiparse para la misión dudó entre si llevar unos anteojos de alcance, unos prismáticos de aumento, una lupa, unos quevedos, un celofán colorado, cacahuetes o un aparato binocular de gran potencia.
Al final sólo recordaba la última alternativa y por eso la prefirió.
Estuvo haciendo barridos sistemáticos por las gradas, asiento por asiento, persona a persona. Era consciente de la importancia de su cometido.
Un delgado hilo separa la vida de la muerte. Un fino hilo se tiende entre el salmón y la caña. Es muy insignificante la distancia que, si ponemos un hilo sobre una mesa, nos muestra el trozo que hay a la derecha del hilo y el trozo que hay a la izquierda del mismo.
El hilo era para Enrique Braun toda una filosofía vital. Podía pasarse horas enteras pensando en cosas relacionadas con los hilos, hasta que lo perdía definitivamente y no sabía en qué estaba pensando cuando empezó.
Buscaba a alguien sospechoso, alguna persona extraña, pero en ese estadio los 200.000 espectadores era a cual más raro.
Se ponía nervioso. Se preguntaba cómo diablos distinguiría al paranoico sanguinario. No llevaría un hacha y una capucha negra. No llevaría un letrero en mayúsculas. Quizás no llevase ni entrada y se coló con astucia.
Desesperado rezó: Señorito de mi vida, eres niño como yo, por eso guardan cuatro angelitos mi cama y hacen que encuentre las cosas perdidas que cuando se dan no se quitan, flor escogida en el valle de lágrimas, amén.
La fe, como los barrenos y las excavadoras, mueve montañas.
Inició otra pasada por la grada norte y, ¡albricias, eureka, cáspita, rediantres, sacrebleu, hostias.!: Allí estaba el villano. Por fin lo encontró.
Tenía que ser él. Hubo un detalle que no escapó a la inteligencia de Enrique. La gente poco o mucho, se mueve, gesticula, habla, da signos de vida en resumidas cuentas, pero aquel tipo era demasiado estático y demasiado alto y además era de cartón piedra como los cabezudos de las fiestas patronales.
Bajo el enorme muñeco se ocultaba la desequilibrada personalidad de Lolón Vásquez.
Afinó más el zoom de sus binoculares y vio claramente los ojos del criminal que brillaban tras los falsos lunares de la pajarita, y, horror, un sospechoso orificio practicado en el ojal de la chaqueta.
Por allí debería asomar el cañón del arma. Por ese agujero de muerte saldrían las laserbalas de triple explosión. Por esa trampa hueca pretendía Lolón lanzar su letal semilla para sembrar desangre los frágiles y desvalidos pechos de ancianos y niños. Por ese fúnebre conducto osaba ese cerdo hendir y lacerar los magníficos y excitantes pechos de las mujeres, que cuando uno piensa un rato en ellos se pone como un yunque encendido de martillazos. Esos esplendorosos atributos de alta repostería, esa confitería fina coronada de guinda, esos sobaos pasiegos, esas mantecadas de astorga, esos trémulos flanes hechos para el deleite, esos pudins de magro diseñados para el infatigable alfarero. ¡Dios santo, esas tetas!.
Y Lolón el patológico quería hacerlas polvo. Enrique jamás lo permitiría.
EnriqueBraun estaba decididamente encabronado.
CAPITULO OTRO
Sonó la sirena del estadio y comenzó el encuentro. La multitud gritó.
Sacaban de centro los Toronto Labas. Tenían un central muy duro. Lanzó el balón y tres codazos.
Parrondo, el cerebro de los Zaragoza Maños se quedó en la hierba con escasa simetría en sus costillares. La hinchada bramó.
Toronto anotó sus primeros tochadauns y el estadio rugió.
El guardameta de los Maños efectuó un saque largo ganando 200 yardas y apuntando para su equipo un jattrick. La afición baló.
Lo árbitros graznaban y las chirliders aullaban, croaban, piaban, rebuznaban, relinchaban, ladraban, maullaban, cacareaban ,mascaban chicle y se espantaban los babosos.
Enrique ajeno al partido, vio de reojo los marcadores y sintió con pena que los Toronto aventajasen a su equipo por seis jandreds a cuatro en el segundo ruaund a falta de media hora para que el colegiado señalase el cambio de campo, de reglas y de deporte, con un íguel patforbirdi de penalización para los Maños.
Pero él a lo suyo, a cazar a Vásquez antes de la media parte, no fuera a decidirse el tanteo en tandas de fildgouls, con lo que un autgraunde fallado daría al traste con las esperanzas del club de sus amores.
El estadio entero emitía sonidos guturales.
CAPITULO OTRO
En el palco de autoridades sentábanse orondos los individuos de mayor relieve: El excmo. Sr. Don Frasco Grandes D´oliveira, presidente de Globalred , máximo accionista de la Banca Ghana, dueño de una importante firma de bicicletas y posiblemente en la sombra, tesorero de su asociación de vecinos.
Su señoría Tribuno Largatierra, juez de primera, segunda y postrera instancia, abogado, fiscal, patricio, acusado, absuelto, etc.
Don Pietro Grullo, ya conocido, y del que la gente decía: Pietro Grullo el cual a la mano cerrada llama puño en pleno uso de sus facultades de ciencias delante de un notario y ay de aquel que osara rebatirlo huy huy huy ,cuán malo es.
Aunque no existieran pruebas era claro que este magnate de las finanzas controlaba Linternet bajo una identidad falsa y tenía a sus 580.000 empleados sin dar de alta, pues había sobornado a su señoría Tribuno Largatierra y al servicio de mantenimiento del alumbrado municipal.
También estaba don Runjo Panochas, el alcalde electo por don Pietro, incapaz, borracho, desafeitado y graduado en escolaridad con un 5 coma 2 copiando.
Y los presidentes de los clubs que se enfrentaban, Don Abelardo Incognoscíbile y don Sansón Incognoscíbile., hermanos gemelos a los que sus padres abandonaron en sendas bolsas de plástico que lanzaron a un torrente.
Vivieron vidas separadas acogidos por familias distintas, progresaron en la industria de la extorsión y se conocieron cuando contaban 50 años en un programa de televisión llorando en directo.
Ahora su rivalidad deportiva los hacía irreconciliables y en cuanto uno se descuidaba, el otro le pinchaba los neumáticos, le echaba salfumán en la cerveza o le hacía cualquier cosa por el estilo.
Se sentaban en los extremos opuestos del palco, casi en la barandilla y rodeados de alambradas de pinchos.
Enrique Braun sabía que si el objetivo de Lolón hubiesen sido estas personalidades, no tendría gana alguna de mover un dedo por ellas, es más , ahora estaría allí con la malsana intención de presenciar el éxito de un buen atentado. Pero por desgracia el cretino que se ocultaba en tan burdo muñeco, atacaría al azar, indiscriminadamente y a puto boyo.
Enrique examinó su revólver, miró con cariño aquella reliquia de tiempos remotos hecha por las sabias manos sin duda de un genial orfebre. Una vez más escogió las balas de artesanía, desechó las que no entraban en el tambor y las que bailaban dentro por falta de calibre, y cuando lo tuvo lleno lo cerró, le dio dos vueltas de alambre para que no se le cayera y lo alojó como siempre por dentro del pantalón en la parte izquierda de la barriga. Como era un poco largo, hace tiempo le limó totalmente el punto de mira para que no le volviese a arañar el cojón.
Respiró hondo diez veces y se apresuró a soltar el aire, porque ya se estaba empezando a poner bermellón e inflado como un zeppelín.
Al equiparse para la misión dudó entre si llevar unos anteojos de alcance, unos prismáticos de aumento, una lupa, unos quevedos, un celofán colorado, cacahuetes o un aparato binocular de gran potencia.
Al final sólo recordaba la última alternativa y por eso la prefirió.
Estuvo haciendo barridos sistemáticos por las gradas, asiento por asiento, persona a persona. Era consciente de la importancia de su cometido.
Un delgado hilo separa la vida de la muerte. Un fino hilo se tiende entre el salmón y la caña. Es muy insignificante la distancia que, si ponemos un hilo sobre una mesa, nos muestra el trozo que hay a la derecha del hilo y el trozo que hay a la izquierda del mismo.
El hilo era para Enrique Braun toda una filosofía vital. Podía pasarse horas enteras pensando en cosas relacionadas con los hilos, hasta que lo perdía definitivamente y no sabía en qué estaba pensando cuando empezó.
Buscaba a alguien sospechoso, alguna persona extraña, pero en ese estadio los 200.000 espectadores era a cual más raro.
Se ponía nervioso. Se preguntaba cómo diablos distinguiría al paranoico sanguinario. No llevaría un hacha y una capucha negra. No llevaría un letrero en mayúsculas. Quizás no llevase ni entrada y se coló con astucia.
Desesperado rezó: Señorito de mi vida, eres niño como yo, por eso guardan cuatro angelitos mi cama y hacen que encuentre las cosas perdidas que cuando se dan no se quitan, flor escogida en el valle de lágrimas, amén.
La fe, como los barrenos y las excavadoras, mueve montañas.
Inició otra pasada por la grada norte y, ¡albricias, eureka, cáspita, rediantres, sacrebleu, hostias.!: Allí estaba el villano. Por fin lo encontró.
Tenía que ser él. Hubo un detalle que no escapó a la inteligencia de Enrique. La gente poco o mucho, se mueve, gesticula, habla, da signos de vida en resumidas cuentas, pero aquel tipo era demasiado estático y demasiado alto y además era de cartón piedra como los cabezudos de las fiestas patronales.
Bajo el enorme muñeco se ocultaba la desequilibrada personalidad de Lolón Vásquez.
Afinó más el zoom de sus binoculares y vio claramente los ojos del criminal que brillaban tras los falsos lunares de la pajarita, y, horror, un sospechoso orificio practicado en el ojal de la chaqueta.
Por allí debería asomar el cañón del arma. Por ese agujero de muerte saldrían las laserbalas de triple explosión. Por esa trampa hueca pretendía Lolón lanzar su letal semilla para sembrar desangre los frágiles y desvalidos pechos de ancianos y niños. Por ese fúnebre conducto osaba ese cerdo hendir y lacerar los magníficos y excitantes pechos de las mujeres, que cuando uno piensa un rato en ellos se pone como un yunque encendido de martillazos. Esos esplendorosos atributos de alta repostería, esa confitería fina coronada de guinda, esos sobaos pasiegos, esas mantecadas de astorga, esos trémulos flanes hechos para el deleite, esos pudins de magro diseñados para el infatigable alfarero. ¡Dios santo, esas tetas!.
Y Lolón el patológico quería hacerlas polvo. Enrique jamás lo permitiría.
EnriqueBraun estaba decididamente encabronado.
CAPITULO OTRO
Sonó la sirena del estadio y comenzó el encuentro. La multitud gritó.
Sacaban de centro los Toronto Labas. Tenían un central muy duro. Lanzó el balón y tres codazos.
Parrondo, el cerebro de los Zaragoza Maños se quedó en la hierba con escasa simetría en sus costillares. La hinchada bramó.
Toronto anotó sus primeros tochadauns y el estadio rugió.
El guardameta de los Maños efectuó un saque largo ganando 200 yardas y apuntando para su equipo un jattrick. La afición baló.
Lo árbitros graznaban y las chirliders aullaban, croaban, piaban, rebuznaban, relinchaban, ladraban, maullaban, cacareaban ,mascaban chicle y se espantaban los babosos.
Enrique ajeno al partido, vio de reojo los marcadores y sintió con pena que los Toronto aventajasen a su equipo por seis jandreds a cuatro en el segundo ruaund a falta de media hora para que el colegiado señalase el cambio de campo, de reglas y de deporte, con un íguel patforbirdi de penalización para los Maños.
Pero él a lo suyo, a cazar a Vásquez antes de la media parte, no fuera a decidirse el tanteo en tandas de fildgouls, con lo que un autgraunde fallado daría al traste con las esperanzas del club de sus amores.
El estadio entero emitía sonidos guturales.
CAPITULO OTRO
En el palco de autoridades sentábanse orondos los individuos de mayor relieve: El excmo. Sr. Don Frasco Grandes D´oliveira, presidente de Globalred , máximo accionista de la Banca Ghana, dueño de una importante firma de bicicletas y posiblemente en la sombra, tesorero de su asociación de vecinos.
Su señoría Tribuno Largatierra, juez de primera, segunda y postrera instancia, abogado, fiscal, patricio, acusado, absuelto, etc.
Don Pietro Grullo, ya conocido, y del que la gente decía: Pietro Grullo el cual a la mano cerrada llama puño en pleno uso de sus facultades de ciencias delante de un notario y ay de aquel que osara rebatirlo huy huy huy ,cuán malo es.
Aunque no existieran pruebas era claro que este magnate de las finanzas controlaba Linternet bajo una identidad falsa y tenía a sus 580.000 empleados sin dar de alta, pues había sobornado a su señoría Tribuno Largatierra y al servicio de mantenimiento del alumbrado municipal.
También estaba don Runjo Panochas, el alcalde electo por don Pietro, incapaz, borracho, desafeitado y graduado en escolaridad con un 5 coma 2 copiando.
Y los presidentes de los clubs que se enfrentaban, Don Abelardo Incognoscíbile y don Sansón Incognoscíbile., hermanos gemelos a los que sus padres abandonaron en sendas bolsas de plástico que lanzaron a un torrente.
Vivieron vidas separadas acogidos por familias distintas, progresaron en la industria de la extorsión y se conocieron cuando contaban 50 años en un programa de televisión llorando en directo.
Ahora su rivalidad deportiva los hacía irreconciliables y en cuanto uno se descuidaba, el otro le pinchaba los neumáticos, le echaba salfumán en la cerveza o le hacía cualquier cosa por el estilo.
Se sentaban en los extremos opuestos del palco, casi en la barandilla y rodeados de alambradas de pinchos.
Enrique Braun sabía que si el objetivo de Lolón hubiesen sido estas personalidades, no tendría gana alguna de mover un dedo por ellas, es más , ahora estaría allí con la malsana intención de presenciar el éxito de un buen atentado. Pero por desgracia el cretino que se ocultaba en tan burdo muñeco, atacaría al azar, indiscriminadamente y a puto boyo.
Enrique examinó su revólver, miró con cariño aquella reliquia de tiempos remotos hecha por las sabias manos sin duda de un genial orfebre. Una vez más escogió las balas de artesanía, desechó las que no entraban en el tambor y las que bailaban dentro por falta de calibre, y cuando lo tuvo lleno lo cerró, le dio dos vueltas de alambre para que no se le cayera y lo alojó como siempre por dentro del pantalón en la parte izquierda de la barriga. Como era un poco largo, hace tiempo le limó totalmente el punto de mira para que no le volviese a arañar el cojón.
Respiró hondo diez veces y se apresuró a soltar el aire, porque ya se estaba empezando a poner bermellón e inflado como un zeppelín.
ENRIQUE BRAUN---7
Enrique apenas podía percibir las noticias de su audifonovisor, así que lo desconectó. El bullicio ensordecedor era ensordecedor. Y la multitud de personas tal, que se podían contar con los dedos de una mano siempre que ésta tuviera 200.000 dedos.
No se cabía por los pasadizos. Los vendedores de refrescos, tabaco, castañas o loción capilar tropezaban constantemente con las piernas del gentío.
Enrique miró de abrirse paso hasta la grada norte, justo al otro extremo del estadio. Sacó de su bolsillo de ingenios una campanilla y una capucha y las usó haciéndose pasar por leproso. La gente así le dejaba vía libre.
Logró llegar al pasillo interior e intentó orientarse por los numerosos indicadores electrónicos. Grada norte, grada norte, grada norte, ah, es por ahí. Corrió tanto como pudo. Urgía su intervención. Tal vez Lolón ya estuviese disparando sin ton ni son.
Efectivamente, el demente loco presionó suavemente el gatillo y tres silenciosos proyectiles volaron en dirección a cualquiera. Uno estaba húmedo y salió fallido, el segundo tras rebotar en un soporte del marcador acabó con la vida del bocadillo de lomo embuchado que se comía un señor moreno, y el tercero fue a dar justo entre las cejas de un anciano y si no le causó la muerte es porque ese hombre llevaba ya muerto más de una hora.
Enrique corría y corría y cuanto más corría más cansado estaba. Le faltaban sólo un par de pasadizos para llegar a la grada norte y decidió parar un poco para recobrar el resuello. Tomó un largo sorbo de su petaca térmica y se fumó dos cajetillas de rubio mentolado. Ya se mejoraba. A correr.
Lolón cargó de nuevo su arma, contó pito pito colorito y disparó su tripleláser. La primera bala acertó de pleno a la segunda y la tercera hizo impacto en el banderín de un linier, con lo que se quedó el hombre como un tonto con un palo.
El psicópata asesino se contrariaba por momentos. A los perturbados eso es algo que los vuelve aún más violentos y peligrosos si cabe.
La muchedumbre se agolpaba en las entradas de las gradas. Estaban unos encima de otros, todos pugnando por asomar la cabeza. Enrique jamás pasaría por allí a no ser que se produjera un milagro. Pero éste se produjo. Una andanada de proyectiles tuvo a bien en ir a parar al grupo que bloqueaba el paso. Lolón Vásquez casualmente acertó a tres tipos, con lo que Enrique pudo pasar por encima de sus cuerpos.
¡Joder!, reflexionó Braun, ya se ha cargado a tres. Dios mío, debo llegar ya mismo hasta él raudo y veloz, demorándome lo menos posible y sin mayor dilación.
El enajenado nutría nuevamente de munición su letal armamento.
Enrique lo tenía a la vista. Veía brillar el cañón por el ojal de la chaqueta. Empuñó su revólver y quiso apostarse en una esquina, pero a estas alturas del partido las apuestas estaban cerradas. Se apoyó, pues, en una barandilla y apuntó.
Cuando iba a disparar, se cruzó por delante un acomodador y se llevó un tiro que tuvo que hacerle daño seguro. Enrique hizo una mueca de maldita sea, apartó el cadáver y lo intentó otra vez.
Ya lo tenía, ya lo tenía, ahora. Apretó el gatillo, pero cuando lo hacía recibió el empujón de un tipo enorme que le gritaba que se apartase, que no dejaba ver a su niño, o le partía la cara.
El balazo encontró refugio en el culo de uno que estaba haciendo la ola.
Mierda, pensó Enrique, a ver si no voy a poder matar al esquizoide ese de los cojones.
Bajó la cabeza, se sentó en un escalón inferior y casi a ras de suelo puso en su escasa mira a la grotesca figura del criminal.
Ya te mato, ya te mato, pensó. Y disparó. El tambor de su revólver no ajustaba muy bien y se conoce que no ató con suficiente vigor el alambre que lo sujetaba, por lo que la bala salió como bailonga, describiendo ondas por el aire y yendo a darle en el uñero.
Vaya mala suerte, se decía Braun, ahora que le tiro al pecho, me sale la bala payasa.
Lolón Vásquez de un tiro en la uña no se pensaba morir, claro está,, pero notarlo sí que lo debió notar. O sea que el asesino ya se sabía detectado. Esto lo ponía francamente difícil. Enrique ya no dispondría de la ventaja del factor sorpresa. Ya no le valía esconderse y esperar paciente a tenerlo a tiro. Eso se había convertido en una guerra abierta. Podía morir mucha gente.
Enrique, heroico, en actitud castrense, se incorporó y a pecho descubierto fue a por el maldito canalla loco. Éste se apercibió y nerviosamente intentó enfocarlo con su arma, mas, encorsetado en esa estructura de cartón piedra, maniobrar a gusto resultaba por lo menos complicado.
Enrique se aproximaba empuñando su revólver, con los nervios de acero, seguro de sí mismo y de la trascendencia de su acción.
Llegó hasta él. Podía oler su aliento. No era ningún sibarita alimentándose ese carnicero.
Por qué lo haces, le preguntó.
Porque estoy muy malo y los psicólogos sólo me dan 30 años de vida, porque mi mujer se ha discutido con su novio y pretende volver a casa, porque mis propios hijos no me hablan cuando bucean, porque la vida es una mierda y porque leo a Zarrapastras.
Por la mejilla de Enrique rodó una amarga lágrima en el momento en que su dedo apretaba el gatillo. Clic, clic, clic. Me cago en la puta, mira que siempre se encasquille la pistola cuando ya está todo a huevo, joder.
Lolón intentó aprovechar las facilidades para apuntarle, pero dada su rigidez no atinaba.
Enrique se abalanzó sobre él y se enzarzaron. Sonaron dos detonaciones, una sencilla y una triple. La sangre baño el asiento. Vásquez se llevó la peor parte: un tiro artesanal en la barbilla y dos lasertiros en el ventrículo izquierdo y derecho, muriendo en el acto.
Si embargo Enrique Braun aún respiraba. El tercer impacto de su enemigo le perforó la ingle. Eso duele.
Estaba como fuera de sí, pataleando, convulsionándose y todavía con el revólver cargado en la mano. Era un peligro.
Poco después las fuerzas policiales lograron reducirlo y lo metieron en un frasco.
El día 26 de Junio del año de nuestro señor del 2041 fallecía el injustamente olvidado Enrique Braun Satrústegui.
Fue incinerado y sus cenizas arrojadas a la charca de la depuradora.
Globalred y Linterrnet acordaron no dar publicidad a la noticia.
El departamento de sobornos echó a la estufa todo informe que pudiera demostrar la existencia del malogrado héroe.
Ya nunca había estado en el mundo Enrique Braun.
Nadie lloró, nadie cantó unas coplas, nadie le puso una calle.
Ni siquiera Ferneja se acordó de él, estando como estaba enfrascada en el rodaje del musical Siete hermanos para mí sola.
Pero como dijo Federo Niche: Pues sí que...
THE END





