EL PRODUCTOR DE PORNO.
Todos mis amigos son verdaderas eminencias. Los elijo así porque me encantan los contrastes.
El último que añadí a mi lista es el señor José Luis Hilador Caldero.
Yo no soy periodista profesional pero en cuanto puedo le hago una entrevista a quien sea.
Llegué a su lujoso chalet y me recibió con hospitalidad y dos mastines.
J.L- ¿Está usted cómodo, Blas.?
B.D- Sí, gracias. Empiezo ya si no le importa. ¿Cuántos años tiene, maestro.?
J.L.- Hace un mes cumplí 85, en cambio hace dos no. Es curioso esto de las fechas.
B.D- Es usted una leyenda en el cine porno ibérico. ¿Cómo fueron sus inicios y por qué quiso dedicarse a eso.?
J.L.- Bueno, los comienzos fueron muy duros y difíciles, teniendo en cuenta que estábamos en la España de Franco. A mí me gustaba mucho el tema del sexo y dispuse de una pequeña herencia.
Mis padres murieron en un accidente de tráfico. Ellos vivían aún en el pueblo y yo ya residía en Gerona capital, emancipado con 55 años. Estaban labrando su finca de algarrobos con el tractor cuando se les echó encima una moto de trial y los aplastó. Luego los algarrobos me rentaron unos dinerillos.
B.D.- Pero en el franquismo del año 70 sería imposible hacer porno.
J.L.- En efecto. La censura lo controlaba todo. Fíjese, si a Raimon el cantautor le censuraban una frase por canción, qué no harían con una película de sexo explícito.
Aunque debo confesarle que yo a Raimon le hubiese censurado toda la obra de punta a punta. Y a Montllor también.
B.D.- ¿Y de qué modo pudo resolver el tema.?
J.L.- Yo estaba decidido a ser productor porno. Lo tenía claro. Pero, ¿cómo podría burlar al régimen franquista sin que se dieran cuenta?.
Entonces se me ocurrió una idea brillante: Irme a Francia.
B.D.- Muy hábil.
J.L.- Allí alquilé un almacén en desuso y lo acondicioné para el cine. Encontré a un director descendiente bastardo directo de los Lumiere - de ambos- y recluté actores en la bohemia noche parisina.
B.D.- Tendrá miles y miles de anécdotas que contar en una ocupación así.
J.L- Yo diría que miles. Recuerdo a una actriz, Marujita Fontaine, que tuvo que dejar el negocio por pudor. Le daba una enorme vergüenza ponerse las bragas delante de la gente al finalizar su trabajo. No llegó a adaptarse a ese mundillo tan desinhibido. Lástima, porque jadeaba como nadie.
Y Otra vez, un tal Robert Dumont se presentó a uno de mis castings. Era un tío escultural. Piedra pura, musculoso, guapo y con unas dotes interpretativas fuera de serie. Pero tenía el rabo como el de una boina. Vaya mierda de pijo.
Yo le pregunté por qué se había apuntado a un prueba de actor porno con esa miseria de colgajo. Y él me contestó que sólo por su impresionante aspecto físico, ya que creía que en esas películas las escenas difíciles y los primeros planos se filmaban con doble.
B.D.- Perdone, maestro. ¿Para ser actor sexual basta con calzar buen trasto, o se necesitan otras cualidades.?
J.L.- ¡Hombre, claro.! Un buen actor pornográfico debe interpretar el papel. Debe meterse una y otra vez en el papel hasta el fondo. No valen las sobreactuaciones. No sirven los histriónicos. No puede llegar un tío al estudio y liarse a dar saltos con el nabo en la mano. Tiene que cogerle el hilo al dramatismo de cada escena.
Aunque también los que van del palo Actors Studio se pasan. Un tío vestido de bombero que se la está endiñando a una enfermera, no puede ir mirando de refilón a la cámara todo el tiempo y frunciendo el ceño como James Dean. Hay que estar por la faena.
Y al que eché a patadas de mi despacho fue a Michael J. Fox. Aún no había triunfado en la industria y le dije que otra vez viniese con su padre o con un adulto. Joder, tenía 27 años y parecía sacado a destiempo de una incubadora. Un físico así no cuela en esto del sexo aunque tuviera la minga como el cuello de un avestruz. Si llego a filmar con él me hubieran acusado de pederastia.
Ahora me viene a la mente un sujeto extraño, Andrés Llobarru, un tipo atlético, no sé si de Madrid o Bilbao, que era un obseso del cine americano de los 40 y 50. El animal pretendía filmar todas las secuencias con una colilla de chester desmayada en la comisura de los labios. Se creía Bogart, el cabrón. Y claro, llegó un día en que su partenaire se negó en redondo a rodar la escena del cunilingus. Ni se sabe la cantidad de potorros que llegó a chamuscar con su puta pose.
Luego estaba la diva del momento, Jolie Lapin que se subió a la parra con el éxito y sólo estaba pendiente de su figura. Esa no quería practicar felaciones. Decía que comer entre horas engordaba.
El director que era muy listo le puso un ejemplo para convencerla. Le dijo que los mineros no paraban de picar entre comidas y estaban más flacos que un fluorescente.
B.D.- Vaya mundo, desde luego.
J.L.- Sí. También conocí al nieto de Chaplin. Y me contó cosas interesantes. Pocos saben que el famoso Charlot caminaba así porque cuando era desconocido intentó labrarse un futuro en el incipiente porno de Hollywood. Se confundió de puerta –allá rodaban muchas películas a la vez en diferentes platós- y fue a caer en una de orgías gays.
¡Qué tiempos aquellos.!
B.D.- Bueno, ya no le molesto más, maestro, que estará cansado.
J.L.- Bien. Ha sido un placer.
B.D.- Pero, perdone, antes de irme dígame. ¿Cómo se puede saber en ese tipo de películas cual será un éxito y cual una cagada, si son casi iguales.? Un productor debe cuidar sus inversiones, supongo.
J.L.- Bueno...,piense que ese cine no tiene guionistas, cada actor se maquilla su polla, cada actriz usa su propio pintalabios, se rueda en un metro cuadrado..., así que mucha pasta no hay que poner.
Y lo que usted dice de distinguir una película buena de una mala....,ja ja ja, joven, yo para eso tenía un ojo infalible.
Me casé con una pedorra que era fea y antipática de cojones, y cuando después de visionar un film me daban ganas de tirármela sin haber bebido, apostaba por su lanzamiento.
Por eso nunca me divorcié. Fue un inversión magnífica.
B.D.- Pues eso es todo. Muchas gracias, maestro.
J.L.- De nada, a su disposición.
EL COMPOSITOR.
Salvador Baqueriza quería ser compositor de clásica aunque para ello tuviese que desistir y dedicarse a otra cosa.
Eso era un jueves.
El lunes quiso ser quiromántico, paranormal y médium.
Ninguna chica se había fijado jamás en él. Por eso andaba en la obsesión de tener alguna experiencia sobre humana.
Pero en cualquier disciplina hay que empezar desde el parvulario e ir subiendo.
Se matriculó en una academia de ciencias ocultas y cuando todos sus compañeros dominaban ya la adivinación del futuro en los posos de una taza de café, Salvador aún tenía verdaderos problemas para interpretar los de una hormigonera.
Así que lo dejó y se volvió a la solfa.
Al finalizar su primer año, como trabajo de fin de curso presentó una suite para arpa de boca. Este instrumento tan limitado no es que le apasionara, pero era con el único que podía componerlo todo en pizzicatto.
Antes lo probó con el clarinete pero se le estropeaban las lengüetas.
Al segundo curso llegó como uno de los peores estudiantes en cuanto al sentido del ritmo.
Los profesores prepararon la pieza de Schubert “La Muerte y la Doncella”, y a Salvador para no deprimirlo le buscaron un hueco en la formación dándole un platillo solamente y dejando el otro custodiado por dos guardias jurados.
En esta obra, el segundo movimiento es un “andante con moto” de 15 minutos.
Salvador estuvo 17 riendo como una hiena emporrada. Se le ocurrió el chiste de que para tocar eso deberían ponerse casco.
Faltó una chispita para que lo expulsaran, pero su padre tenía peso.
En el tercer año se aplicó con todas sus fuerzas. Ya se veía más maduro y compuso varias corcheas de cierta belleza, todas ellas pensadas para una maraca en mano izquierda, mientras con la batuta en la derecha se dirigía él solo.
Acabó con una puntuación de 5,5 y promocionó.
En esa temporada compuso una gran serie de obras a las que llamó “Los Conciertos Qué Grande es Burgos” y ya no abusaba tanto del pizzicatto.
Los violines gemían dulces al suave roce del palito ese que lleva como un cordel tenso atado de punta a punta.
Comenzaba con un “adagio” en el que los metales lucían más que las maderas, sin duda por su composición física y por el efecto de los focos.
Un “re” sostenido por tres oboes se cayó al suelo, pero lo recogieron tan rápido que el respetable ni se dio cuenta.
Entonces empezó un “moderato” de dos minutos que pasó a bastante “allegro” cuando el trombón entró antes de tiempo.
El esquema de la obra es un crescendo prolongado.
“Allegro vivace”, cellos y contrabajos aliados mofándose de los canijos violines. Luego “allegro molto vivace combinado con un “andante con brío” y la percusión haciendo acto de presencia. El chico de los bombos se lía a agredirlos sin ningún decoro y el alumno que una vez cada diez minutos toca el gong, se aburre y se esconde detrás del instrumento para echar un cigarrito.
Ahí, Salvador aprovecha para subir el tono hasta un “allegro con fuoco ma non troppo.”
El pianista comienza a aporrear las teclas con los zapatos y el concierto amenaza con írsele de las manos.
Pero Salvador, que ya ha adquirido algo de tablas, baja con astucia el ritmo de su batuta y entra en un “andante” que va cayendo a “moderato” para concluir en “piano pianísimo molto insufríbile.”
Al finalizar el concierto una ovación se prolonga durante tres o cuatro cuartos de hora. Proviene de las manos de cinco personas apellidadas Baqueriza. El resto de familiares de alumnos hace bastante tiempo que se fueron a ver el fútbol.
La carrera de este prescindible músico, para sorpresa de todos, culminó con fama al aparecer en una película como el compositor que desde su fracaso narra la vida del maestro Rodrigo.
Y cuando a los noventa años, ya por pena, le dejan dirigir la obra de su envidiado colega “Los Jardines de Aranjuez”, Salvador consigue convertirlos bajo su dirección en una estéril sucursal de los Monegros.





