SAN SAGRARIO de PADUA
CAPITULO CINCO Y FINAL
Fray Sagrario pues, en ese portento había sufrido un desprendimiento de alma, como una especie de divino rechazo y ahora se hallaba desprovisto de ella, tieso e impávido igual que un leño, llevando sus pasos de acá para allá sin motivación alguna.
Intentó reencender sus adentros con el mismo ahínco que antes empleara pretendiendo ahogarlos. Y de ciento y una maneras probó recuperar el dolor flamígero que le causaba el alma cuando la tenía, para volverla a tener aunque fuera a ese precio y no haber de pervivir en insensibilidad, desalmado y sin norte.
Tal era su fijación, que una noche creyéndose solo, fray Alai lo detuvo en la acción de comerse el cuarto cirio de la capilla de Santa Eulalia, con el paladar en carne viva y a punto de asfixia.
En cuanto se descuidaban los hermanos, fray Sagrario se tiraba a los braseros, o bebía brea y corría hacia las antorchas.
Decidieron atarlo y cuando lo hicieron ni resistencia opuso, tan en desánimo como estaba. Se negaba también a hacer de vientre por temor a que si le quedaba aún algo, un resquicio siquiera de alma dentro, se fuera de él y desgraciáralo más si cabe.
Fray Alai, triste, abatido y anciano, creyó que antes de acudir a la final llamada, debía intentar una última cosa por su amado discípulo, además de estarse día y noche a sus pies rogando al Señor por la restitución de su espíritu, y determinó llevárselo en peregrinación al nacimiento del río Ibrattone, a ocho mil leguas italianas del convento, puesto que allí manaban las aguas que el Apóstol San Lucas bendijo y que desde entonces tenían la milagrosa propiedad de humedecer cuanto tocaban.
Cuentan las escrituras que llegando San Lucas en huída de los filisteos y sin descansar en muchas jornadas, vio cómo su caballo extenuado se volvía espuma y estaba en trance de morir, con lo que su porvenir parecía haber llegado ya a límite, pues no podría escapar con vida sin la ayuda del animal.
Y a punto estaba el noble bruto de ir a la muerte cuando oyeron el rumor del agua que refiero.
El equino arrastrose en desesperado intento y en cuanto consiguió darse un atracón de agua en esa fuente milagrosa, se compuso al pronto y sintiose repuesto y aliviado.
Historias como éstas eran las que alimentaban la fe de fray Alai y el arma eficaz con que convencía siempre al desventurado Lupo Sagrario.
Pusiéronse en camino recibiendo cientodiecinueve bendiciones y fuéronse haciendo cada vez más pequeños en la lejanura.
Cuando el anciano consideró que estaban suficientemente apartados, desató a Sagrario y lo llevó suelto, pues tuvo la precaución de no portar consigo nada inflamable.
Anduvieron andando treinta días y catorce noches. Las restantes dieciséis las pasaron en vigilia, alertas por temor de las alimañas, ya que no pudieron prender ninguna hoguera.
Y por fin arribaron al sacro monte, donde pudieron ver la urna con la piedra que conserva los restos de la baba incorrupta del apostólico caballo y que era objeto de peregrinaje en todo el mundo cristiano.
Oraron y se mantuvieron en estricto ayuno durante cinco largas horas como acto de contrición para lavar sus posibles pecados y para estar despabilados cuando llegara el amanecer e hicieran su plegaria, la plegaria de mayor importancia que fray Alai llevara a cabo en su longeva existencia.
Toda la fe de noventa y ocho años la concentraría en un solo esfuerzo aunque eso le costara la vida, por el desdichado muchacho al que consideraba ya más que como a un hijo, como a trillizos.
Y llegó el momento. Amanecía un alba despaciosa.
Fray Alali tomó en las palmas de sus manos a Sagrario como si de un descomunal retoño se tratara, fortalecido sin duda por su férrea convicción religiosa y de modo sobrehumano lo alzó mostrándolo a un cielo del que emergía la incandescente esfera cegadora del mundo en majestuosa muestra del poderío divino.
Entonces dijo con voz recia y firme:
“Oh, Señor, Dios de todo lo creado. Este infeliz que te presento ha sido privado de su alma por alguna artimaña diabólica.
Tú que lo llamaste a santidad destacándolo de entre la masa, atiende, ruégote humildemente, a su injusta carencia y concédesela de nuevo.
Oh, Señor del universo, póngome yo mismo en precio cuando le abogo, por cuanto de bueno mostrome en el tiempo en que la tuvo.”
Luego, esperando la respuesta se cantó unos salmos.
La emoción los mantuvo abrazados durante un cierto tiempo mientras el sol seguía subiendo, izado por Ángeles de guardia.
Que el mundo era un bello cuartel y el sol su bandera, sabía fray Sagrario por boca de fray Alai. Y que cuando éste falleciera, él continuaría su obra, lo asumía como un voto inquebrantable.
Tres meses más tarde a las puertas del convento llegaban los dos Santos varones.
San Sagrario portaba al anciano en brazos, cayéndosele algún trocito y envuelto en moscas. Moscas enviadas inequívocamente para proteger en espeso manto al cuerpo de fray Alai durante tan largo y penoso viaje.
Diéronle cristiana sepultura con la más honda pena jamás sentida y oraron vertiendo lágrimas los monjes todos.
Cuando se fueron reponiendo de tan amargo episodio, interesáronse vivamente por la suerte de San Sagrario; de cómo le iba el asunto del alma y de si se encontraba bien de salud. A todo ello él respondió con detalle, narrando asimismo de principio a fin la emocionante peripecia.
San Sagrario fue nombrado abad y pasó a convertirse en el mayor consejero de la curia romana. Todos los cardenales, obispos o teólogos le presentaban sus incógnitas y le sometían humildes sus estudios, especialmente si concernían al alma.
Las interrogantes le eran planteadas a millares:
“¿Es ciertamente el espíritu una tea divina?.”
“¿Tienen alma las urracas si se les prende fuego.?”
“¿Son acaso las ventosidades, remanentes de alma, puesto que arden.?”
Por dilucidar cuestiones como éstas, San Sagrario fue beatificado y poco más adelante canonizado en vida, convirtiéndose de ese modo en el Santo vivo más venerado de la historia.
Y a la edad de cincuenta y cuatro años pacíficamente murió, sin poder concluir un estudio en el que iba a demostrar que el número seis no debía ser de uso terrenal puesto que Dios hizo el mundo en seis días; ni el dos tampoco, porque el empleo de tal cifra supondría una incursión en el terreno de lo sacrílego, teniendo en cuenta el divino designio de que la Virgen y San José fueran dos.
A título póstumo el Rey lo nombró Marqués de Florencia y en la fachada del convento ordenó colocar un escudo heráldico de cuero en el que figuraran una sobria cabeza de gallina sobre campo de brasas y un lema que rezase: “Anímate, hombre.”
FIN
Fray Sagrario pues, en ese portento había sufrido un desprendimiento de alma, como una especie de divino rechazo y ahora se hallaba desprovisto de ella, tieso e impávido igual que un leño, llevando sus pasos de acá para allá sin motivación alguna.
Intentó reencender sus adentros con el mismo ahínco que antes empleara pretendiendo ahogarlos. Y de ciento y una maneras probó recuperar el dolor flamígero que le causaba el alma cuando la tenía, para volverla a tener aunque fuera a ese precio y no haber de pervivir en insensibilidad, desalmado y sin norte.
Tal era su fijación, que una noche creyéndose solo, fray Alai lo detuvo en la acción de comerse el cuarto cirio de la capilla de Santa Eulalia, con el paladar en carne viva y a punto de asfixia.
En cuanto se descuidaban los hermanos, fray Sagrario se tiraba a los braseros, o bebía brea y corría hacia las antorchas.
Decidieron atarlo y cuando lo hicieron ni resistencia opuso, tan en desánimo como estaba. Se negaba también a hacer de vientre por temor a que si le quedaba aún algo, un resquicio siquiera de alma dentro, se fuera de él y desgraciáralo más si cabe.
Fray Alai, triste, abatido y anciano, creyó que antes de acudir a la final llamada, debía intentar una última cosa por su amado discípulo, además de estarse día y noche a sus pies rogando al Señor por la restitución de su espíritu, y determinó llevárselo en peregrinación al nacimiento del río Ibrattone, a ocho mil leguas italianas del convento, puesto que allí manaban las aguas que el Apóstol San Lucas bendijo y que desde entonces tenían la milagrosa propiedad de humedecer cuanto tocaban.
Cuentan las escrituras que llegando San Lucas en huída de los filisteos y sin descansar en muchas jornadas, vio cómo su caballo extenuado se volvía espuma y estaba en trance de morir, con lo que su porvenir parecía haber llegado ya a límite, pues no podría escapar con vida sin la ayuda del animal.
Y a punto estaba el noble bruto de ir a la muerte cuando oyeron el rumor del agua que refiero.
El equino arrastrose en desesperado intento y en cuanto consiguió darse un atracón de agua en esa fuente milagrosa, se compuso al pronto y sintiose repuesto y aliviado.
Historias como éstas eran las que alimentaban la fe de fray Alai y el arma eficaz con que convencía siempre al desventurado Lupo Sagrario.
Pusiéronse en camino recibiendo cientodiecinueve bendiciones y fuéronse haciendo cada vez más pequeños en la lejanura.
Cuando el anciano consideró que estaban suficientemente apartados, desató a Sagrario y lo llevó suelto, pues tuvo la precaución de no portar consigo nada inflamable.
Anduvieron andando treinta días y catorce noches. Las restantes dieciséis las pasaron en vigilia, alertas por temor de las alimañas, ya que no pudieron prender ninguna hoguera.
Y por fin arribaron al sacro monte, donde pudieron ver la urna con la piedra que conserva los restos de la baba incorrupta del apostólico caballo y que era objeto de peregrinaje en todo el mundo cristiano.
Oraron y se mantuvieron en estricto ayuno durante cinco largas horas como acto de contrición para lavar sus posibles pecados y para estar despabilados cuando llegara el amanecer e hicieran su plegaria, la plegaria de mayor importancia que fray Alai llevara a cabo en su longeva existencia.
Toda la fe de noventa y ocho años la concentraría en un solo esfuerzo aunque eso le costara la vida, por el desdichado muchacho al que consideraba ya más que como a un hijo, como a trillizos.
Y llegó el momento. Amanecía un alba despaciosa.
Fray Alali tomó en las palmas de sus manos a Sagrario como si de un descomunal retoño se tratara, fortalecido sin duda por su férrea convicción religiosa y de modo sobrehumano lo alzó mostrándolo a un cielo del que emergía la incandescente esfera cegadora del mundo en majestuosa muestra del poderío divino.
Entonces dijo con voz recia y firme:
“Oh, Señor, Dios de todo lo creado. Este infeliz que te presento ha sido privado de su alma por alguna artimaña diabólica.
Tú que lo llamaste a santidad destacándolo de entre la masa, atiende, ruégote humildemente, a su injusta carencia y concédesela de nuevo.
Oh, Señor del universo, póngome yo mismo en precio cuando le abogo, por cuanto de bueno mostrome en el tiempo en que la tuvo.”
Luego, esperando la respuesta se cantó unos salmos.
La emoción los mantuvo abrazados durante un cierto tiempo mientras el sol seguía subiendo, izado por Ángeles de guardia.
Que el mundo era un bello cuartel y el sol su bandera, sabía fray Sagrario por boca de fray Alai. Y que cuando éste falleciera, él continuaría su obra, lo asumía como un voto inquebrantable.
Tres meses más tarde a las puertas del convento llegaban los dos Santos varones.
San Sagrario portaba al anciano en brazos, cayéndosele algún trocito y envuelto en moscas. Moscas enviadas inequívocamente para proteger en espeso manto al cuerpo de fray Alai durante tan largo y penoso viaje.
Diéronle cristiana sepultura con la más honda pena jamás sentida y oraron vertiendo lágrimas los monjes todos.
Cuando se fueron reponiendo de tan amargo episodio, interesáronse vivamente por la suerte de San Sagrario; de cómo le iba el asunto del alma y de si se encontraba bien de salud. A todo ello él respondió con detalle, narrando asimismo de principio a fin la emocionante peripecia.
San Sagrario fue nombrado abad y pasó a convertirse en el mayor consejero de la curia romana. Todos los cardenales, obispos o teólogos le presentaban sus incógnitas y le sometían humildes sus estudios, especialmente si concernían al alma.
Las interrogantes le eran planteadas a millares:
“¿Es ciertamente el espíritu una tea divina?.”
“¿Tienen alma las urracas si se les prende fuego.?”
“¿Son acaso las ventosidades, remanentes de alma, puesto que arden.?”
Por dilucidar cuestiones como éstas, San Sagrario fue beatificado y poco más adelante canonizado en vida, convirtiéndose de ese modo en el Santo vivo más venerado de la historia.
Y a la edad de cincuenta y cuatro años pacíficamente murió, sin poder concluir un estudio en el que iba a demostrar que el número seis no debía ser de uso terrenal puesto que Dios hizo el mundo en seis días; ni el dos tampoco, porque el empleo de tal cifra supondría una incursión en el terreno de lo sacrílego, teniendo en cuenta el divino designio de que la Virgen y San José fueran dos.
A título póstumo el Rey lo nombró Marqués de Florencia y en la fachada del convento ordenó colocar un escudo heráldico de cuero en el que figuraran una sobria cabeza de gallina sobre campo de brasas y un lema que rezase: “Anímate, hombre.”
FIN
Comentario:
Ya pensaba yo en esa doble interpretación mientras escribía, pero estaba demasiado vago como para ponerme a concretar el asunto. Aunque también influyó, lo admito, que ni yo mismo sabía ni sé qué sentido tenía mi propia frase.
Supongo que esto es como el arte moderno y esas cosas en las que cada uno puede sacar su propia conclusión. Incluído el autor.
Yo, personalmente, alterno períodos de escritura rápida y deshinibida con largos ratos de meditación silenciosa frente al monitor. Luego lo repaso todo, sí, no soy purista con esas cosas. Además me llevo alguna falta de ortografía de vez en cuando.
Completamente de acuerdo en lo del 'jajaja'.
Supongo que esto es como el arte moderno y esas cosas en las que cada uno puede sacar su propia conclusión. Incluído el autor.
Yo, personalmente, alterno períodos de escritura rápida y deshinibida con largos ratos de meditación silenciosa frente al monitor. Luego lo repaso todo, sí, no soy purista con esas cosas. Además me llevo alguna falta de ortografía de vez en cuando.
Completamente de acuerdo en lo del 'jajaja'.
Comentario:
Casi, casi.
Pero lo que me dice se puede tomar como un elogio... o como que me lo medite un poco más.
Verá, es que cuando intento ser un poco más reflexivo y calmo, me aburro. De modo que prefiero no andar corrigiendo y perdiéndome en detallitos formales. Me gusta ir a saco.
Por otra parte, celebro estar contribuyendo a su formación con mi magnífica e inconmensurable obra. (Aquí debería ir un "jajaja", pero queda fofo y por eso no lo pongo.)
Saludos.
Pero lo que me dice se puede tomar como un elogio... o como que me lo medite un poco más.
Verá, es que cuando intento ser un poco más reflexivo y calmo, me aburro. De modo que prefiero no andar corrigiendo y perdiéndome en detallitos formales. Me gusta ir a saco.
Por otra parte, celebro estar contribuyendo a su formación con mi magnífica e inconmensurable obra. (Aquí debería ir un "jajaja", pero queda fofo y por eso no lo pongo.)
Saludos.
Comentario:
Usted escribe a la velocidad que piensa, verdad?





