EL GRAN SAMBA. (Madera de superhéroe.)
Ya nada más nacer, el gran Samba tuvo serias dificultades con su formación física. Tenía los brazos a mayor altura que las piernas y se vio forzado a adaptarse a ello.
Tardó en andar erguido un año y medio -año más, año menos- y hubo de hacerlo solamente con los pies.
Todos los del pueblo decían: “Oh, qué alto es este chico y cuanto equilibrio tiene el daopolculo”.
En realidad esta diferencia con la masa le llenaba de orgullo. A él y también a los vecinos que lo consideraban una nota de distinción local. Ningún otro pueblo de los alrededores poseía un individuo tan singular, al que además podían recurrir para que les alcanzara los botes más altos de las estanterías, les podase las ramas de los chopos, etc.
Es sencillo, entonces, comprender por qué le suprimieron el nombre de Paco por el apodo de Paco.
El gran Samba era apreciado por la gente de bien, loado por los poetas, llorado por las ancianas, babeado por los cretinos y temido por los cobardes.
El tiempo se acercaba seco y soleado por la vertiente septentrional o por la meridional...El tiempo se acercaba seco y soleado por la vertiente.
En aquel lugar cada madrugada de sábado a miércoles la población iba a la vertiente para ver amanecer, porque ese pueblo era un sitio limítrofe, pero que muy limítrofe.
Limitaba al norte, al sur, al oeste, al suroeste, al este, al nordeste y a un montón de puntos cardinales más de los cuales prefiero no hacer una relación porque si me dejo alguno, podría sentirse ofendido y marcharse a otra población menos limítrofe.
Nuestro amigo siempre asistía a la ceremonia solar y se apostaba quieto fijando sus pupilas, sus retinas, sus córneas y sus nervios ópticos hacia el suroeste, con lo cual jamás vio un sólo amanecer.
Al gran Samba le amanecía por la paletilla izquierda.
La multitud permanecía mirando al este y los mozos más juerguistsas se petaban las cápsulas ovaladas de tejido conjuntivo que alojaban en sus calzones, ante la obcecación de nuestro protagonista.
Incluso le compusieron una coplilla corta y pegadiza que rápidamente caló en la gente.
Decía así: Samba, Samba, Samba, oh, oh, oh, gran Samba.
Esas latitudes tan limítrofes raramente dieron en su historia compositores de talla. Ahora, eso sí, de allí salieron agricultores, paletas, rovelloneros y representantes de fiambreras de prestigio universal.
A este hombre las mofas y befas le transpiraban el miembro. Él acrecentaba más aún su satisfacción por ser tan distinto de la plebe.
En las noches de pleno junio los aldeanos se desplazaban hasta el bosque buscando la soledad de los pinares, pero se iban todos, y entonces el gran Samba aprovechaba para hallar la soledad en el pueblo bajo un farol.
Allí discurría, cavilaba, sopesaba, discernía y se quedaba traspuesto pensando en el derecho a la diferencia. Y se dormía sonriendo, orgulloso de sus especial talento.
Se decía a sí mismo: Toda persona idéntica, clónica, clavadita a las demás tiene el derecho inviolable a la diferencia aunque se parezca al resto de sus congéneres como una sevillana a otra sevillana. ¡Quien pierde sus orígenes, pierde el documento nacional de identidad.! ¡El que ignora la historia está obligado a repetir examen.! ¡El que a buen árbol se esconde oculto, buena sombra le pusilanimiza.!
Así era de listo el gran Samba.
Él por eso mismo no caería nunca en la albañilería ni en la agricultura. Él sería capaz de inventar un oficio propio, una carrera que le habría de conducir a la aventura, a la gloria y a la consecución de grandes gestas.
No se suelen dar normalmente individuos varones con la extrema sensibilidad del gran Samba. Era tal la suya que a la menor tristeza, no sólo se le llenaban los ojos de lágrimas sino también las orejas, el ombligo, los sobacos y las vellosidades intestinales.
Viendo a su perrita Dulcealmíbar oler las flores de la primavera, el gran Samba se encharcaba en llanto.
Ciertamente tenía un corazón muy grande. Bien, no tanto como los glúteos, pero muy grande. Como suele decir la gente, un corazón que no le cabía en el pecho. Por eso lo llevaba en la chepa.
Mas un día, una tarde antes del almuerzo, volvía a casa andando el sendero –no todo, sino sólo la parte que le abarcaban los pies- e iba con su cestillo de mimbre –parece una contradicción, pero el cesto era de él y de mimbre, de los dos- cantando y dando saltos como la reencarnación transmutada de Heidi, Blancanieves y los tres cerditos, esparciendo por el aire orquídeas silvestres, margaritas de invernadero, pétalos de rosa y explótalos de lirio, cuando de repente sus ojos vieron que un desaprensivo perro se disponía a olisquearle la matrícula a la perrita Dulcealmíbar.
Las facciones del gran Samba cambiaron automáticamente. Los ojos se le inyectaron en sangre de su grupo, las uñas se le afilaron respetando el bordecillos negro que las adornaba y aparecieron sus dientes, apretados, amarillos, con zonas marrones, puntos negros y algún destello violáceo. Aunque éste era el aspecto habitual de su dentadura, todo sea dicho.
El gran Samba se abalanzó con agilidad circense sobre el abyecto perraco y le asestó dos bocados en el lomo -él al perro- mientras le aprisionaba los genitales por la parte de los huevos.
El can aulló como nunca había aullado en riguroso directo. Y como pudo entre alaridos de dolor, se revolvió, y poniéndose panza arriba con un pataleo frenético le bailó un claqué en el pecho a nuestro héroe que lo abrazaba, llenándolo de arañazos por doquier.
El cánido al fin logró zafarse de su fiero atacante y salió huyendo como alma que lleva el diablo.
El comportamiento relatado podría parecer inverosímil en un ser tan poético como el gran Samba. Pero es que además de ser muy sensible, también era bravo y aguerrido. No en vano había hecho la mili en Birmania, donde le enseñaron técnicas de supervivencia límite.
Gracias a una preparación tan elitista, las heridas producidas por el perro malo se las curó él mismo.
Cogió ortigas y las machacó sobre una piedra con un pequeño tronco, –si los troncos son muy pequeños se les llama ramas- después añadió musgos y líquenes, y por último dos boñigas frescas de cebú que masticó para hacer con todo ello una pasta. Se la extendió por la zona afectada y siguió su camino.
Las heridas le sanaron, mas hubo de pagar un alto precio por ello. Durante varios días las moscas le acudían a la boca sin descanso.
Se bebió tres litros y medio de listerini con flúor acción lejía para conseguir recuperar un aliento mínimamente soportable, pero el estómago se le resintió muchísimo.
Tiempo después, alguien le explico que enjuagar no era sinónimo de ingerir.
El gran Samba cuando se hizo mayor –a los quince años de su nacimiento ya había cumplido treinta. Quince años arriba, quince años abajo- sintió que su cociente intelectual era superior al de los jilgueros y se marchó a correr mundo.
Para ese menester se indumentó con unas zapatillas blandas con cámara de aire, que se hinchaban como una rueda, un pantalón corto, una camiseta sin mangas y un cronómetro, y no tomó más equipaje que una ligera mochila y cuatro baúles de madera de pino forrados con piel de vaca macho, que es más dura.
En la fiesta patronal de su pueblo, cada año después de ver amanecer en la vertiente, los vecinos llevaban a cabo una competición cuya tradición se perdía en la noche de los tiempos.
Se trataba de un combate intelectual contra los jilgueros, que venían a centenares desde las arboledas cercanas.
Éstas avecillas llevaban ganándoles más de ciento cincuenta años y lógicamente se había establecido una rivalidad sana pero no exenta de ciertos rencores.
Siempre salía algún mozo fanfarrón que pasado de vinos, le daba un tiro al jilguero ganador..
Entonces los pájaros restantes fruncían el ceño, se cruzaban de alas y pataleaban su protesta rabiosamente.
Mas como las fiestas son las fiestas y es de ley que reine la armonía, el alcalde obligaba al borracho avicida a presentarle sus disculpas al muerto y a prometerle que no lo mataría nunca más.
El gran Samba se creía superior al jilguero y por tanto más inteligente que sus paisanos. Por eso dejó el pueblo.
Todo el que se marcha de un pueblo, lo deja. Nadie lo lleva consigo. Porque si nos damos cuenta, amigos, los pueblos están agarrados de cojones al suelo con cemento.
Fin del capítulo.
(Próximamente, el gran Samba en Paris. O lo que sea.)
Comentario:
Ah nada, por una expresión que pensé que era de allí.
Comentario:
No, de Tarragona, pourquoi?
Comentario:
Usted es de Salamanca?





