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Blas Deker- Incompetencia aplicada.
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Acerca de
Mi nombre es Blas Deker y mi apellido es Deker, pero tengo otro.Licenciado en diversas materias y no licenciado en muchas más. Me gusta la cerveza más que al eructador oficial del Bar de Moe. Y estoy casado en terceras nupcias con mi cuarta esposa. Tenía varios hijos pero los tiré y me quedé sólo con uno, porque me dio pereza. No soy experto en nada de nada. Lo que quiero es morirme, pero nunca encuentro el momento.
Sindicación
 
EL GRAN SAMBA EN PARÍS.

París Era una nación grandísima, puntera, - como donde terminan los zapatos- muy modernísima y llena de avances tecnológicos.
El gran Samba se encontró fuera de lugar al principio, teniendo en cuenta de dónde venía él, ahí todo tan lujoso, tan automático, con esos códigos tan secretos con los que se comunicaban las gentes y que él no comprendía.
Se instaló como pudo en un hotel y se continuó asombrando al ver que en París los hoteles no empleaban botones para llevar las maletas. En París tenían ya cremalleras.
Pero, ah, la tranquilidad dura poco cuando es breve y concisa. Uno de los cremalleras al percatarse de la presencia de Dulcealmíbar, instó a nuestro héroe a deshacerse de ella, puesto que las normas no permitían la entrada de animales.

El gran Samba se alzó como un militar nazi, se le subió la sangre a la cara y pensó mirando con profundo asco al despreciable cremalleras: Tamaña ofensa no se salda sino con la vida. Voy a dar muerte a este infecto primate.

Sacó de su mochila una pistola del 45 –de Marzo más o menos- y se dispuso a disparar. Pero se detuvo, recapacitó, y se dijo para sus adentros que sería esa una muerte demasiado rápida e indolora para quien osó menospreciar a su canela Dulcealmíbar.
Entonces extrajo del cargador una bala y se la metió a mano -como si hurgase con un sacacorchos- en la barriga al descarado mozo.

El cremalleras falleció en unos minutos y el gran Samba huyó abandonando sus baúles. Al momento estuvieron allí la policía y una ambulancia. Son en verdad eficaces los servicios en esas culturas tan adelantadas.
Uno de los médicos que parecía novato le preguntó al veterano que examinaba el cadáver:
-Qué herida más desgarrada, ¿no?. Un boquete de entrada como el puño y sin orificio de salida. ¿Dónde estará alojada la bala.?
Y el doctor, sin mirarlo siquiera le contestó:
-Pues en el hotel, gilipollas.


Abandonamos esa escena y nos vamos a por faena.
El gran Samba se fue para el Amazonas porque París para él no es que no valiese una misa, sino que no valía ni medio padrenuestro.
En ese majestuoso río se encontró con los jíbaros. Y le parecieron un colectivo admirable por su estructura jerárquica. Nunca había imaginado que en una tribu todos pudieran ser cabecillas.
De ellos aprendió que la cerbatana no era instrumento de chupetones para adentro sino de soplidos para afuera. Se tragó un dardo emponzoñado y se le atascó en la nuez, quedándole el cuello hinchado como el de un orangután macho adulto.
Su voz se agravó dos tercios, o cinco octavas, o mucho. Esto le reportó mayores respetos entre los indígenas de la zona. Hablaba como un megáfono dentro de un tonel.

De hecho, los indios alucinaban con las maravillas del gran Samba. Por ejemplo con el dominio que ejercía sobre la fauna selvática. Lograba que especies absolutamente salvajes y violentas se doblegasen a su voluntad. Hacía con ellas lo que quería.
Un día vieron cómo en una canoa, sereno y aplomado, el gran Samba con sólo unas solemnes frases conseguía que las pirañas comiesen de su mano. La primera frase era algo referente a san Francisco de Assis, la naturaleza y el hermano lobo y la última después de la experiencia, a dios, a la santa madre y a la fisiología individual.
Cuando se le preguntaba si era creyente, él contestaba que sí, que creía que no.
También acostumbraba a irse a un llano y haciéndose el muerto esperaba a que los buitres empezasen a comerle el intestino. Entonces cuando estaban confiados les propinaba un capón en el cogote para darles un buen susto. Gastaba muchas bromas el gran Samba.
Y no se moría porque era carne de superhéroe. De peores lesiones se recuperó Cristo en sólo tres días, decía.

Una vez se estaba bañando en un meandro del Amazonas, despatarrado y con los brazos extendidos para tomar el sol tranquilamente y sestear un rato, cuando de pronto apareció un yacaré solitario –estos son los peores porque si no, irían con amigos- y abriendo su letal bocaza lo pilló justo por el medio.
La imagen era: Nuestro protagonista como un aspa, con los huevos en la glotis del caimán, el hocico a la altura del pecho y todo el abdomen metido en la boca. Sólo quedaban fuera de las fauces las piernas, -una por cada lado- los brazos y la cabeza.
El gran Samba estaba realmente jodido. Cualquier tonto hubiese pensado que no había más escapatoria que cagarse de miedo. Así el bicho con las arcadas soltaría presa. Pero este genio sabía que eso no era la solución puesto que los yacarés están hartos de pasearse por el fondo de los manglares, que son cieno puro, y no les da asco nada.

El reptil apretaba más y más su poderosa tenaza maxilar y al héroe le empezaba a faltar oxígeno. Sonaban tambores de muerte en toda la selva.
Pero el gran Samba no era un tipo común. Recordó que a los cocodrilos si se les consigue atrancar la boca con una estaca o algo similar, están desarmados.
Así que se esforzó en pensar algo. Se concentró en rememorar la última vez que se acopló virilmente con algo, pero no encontraba imágenes excitantes y lloró por su lamentable vida sexual. Aunque eso precisamente le dio las de ganar, pues entonces le vino la escena de cuando a los cinco años vio desnuda a su tía Reme en la acequia del pueblo y se le izó el miembro con la fuerza de un carro de combate Leopard y la dureza de otro carro de combate de la misma marca y modelo.

La quijada superior del caimán se fue elevando y elevando como levantada por un gato hidráulico hasta que al reptil se le rajó el cráneo y quedó como un inerme pelele.
Así ese ingenioso valiente se libró una vez más de la muerte, mas no de la erección.
Volvió a la aldea con las marcas de los dientes formando un arco en su torso, y con una manifiesta insuficiencia en el tamaño del taparrabos.
La suegra del jefe, que estaba ya un poco mayor y veía turbio, se puso a adorarle en mitad de la plaza creyendo que habían instalado un tótem nuevo.
Cuando le contó al hechicero lo que le había pasado con el yacaré y cómo iba de salido y reventón, éste le dijo que fuese a su choza y poseyera a su hija, que ya el domingo con más tiempo los casaría.
Tú, orgullo de yerno. Yo suegro feliz, le dijo abrazándolo.
El gran Samba sin esperar más palabras se lanzó atravesando la portezuela de cañas cual demonio de Tasmania y como la chica no estaba en ese momento, se tiró al hermano. De tal modo y manera que se tuvo que casar con él.

(Próximamente el gran Samba en Noruega, el Tibet, o lo que sea.)
No