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el blog de los palabros
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Un relato
Tal como les anuncie estoy añadiendo nuevas cosas al diario y así conseguir más menidad.
Hoy les ofrezco un relato mio. Espero que les guste, pensaba publicarlo en dos partes y así tener para dos entradas, pero tampoco es tan largo como para merecer esa división.
Ahí queda y ya me dirán que les ha parecido.
Recuerden de visitar el blog de recetas(Buen menú) y las críticas de Lucien (Una lectura crítica).
UN DESPERTAR AMARGO

Cada día, a pesar de los años transcurridos, no dejaba de pensar en ella. Julia había sido su gran amor y después de finalizar aquella aventura, no conseguía olvidarla.
Eran compañeros de trabajo y esa continua relación fue haciendo nacer, primero, un sentimiento de amistad y luego se fue transformando en cariño, para acabar con un sincero amor. A ello contribuyó, también, que ella, que estaba casada, no se sentía querida con la pasión que esperaba. Su intento de consolarla desde la amistad que había empezado a crecer hizo que pasará más tiempo con ella, iban a comer juntos, la acompañaba a su casa y así fue naciendo el amor. Pasaron varios años y llegó un momento que ambos sabían, pero no querían reconocer, que se amaban. La timidez de él por un lado y el sentimiento de culpa de ella hacían que ninguno diese el paso decisivo.
Pero finalmente ocurrió y se declararon ese amor que ambos sentían y empezaron una relación intensa, con encuentros a escondidas, evitando cualquier indiscreción en el trabajo para que nadie sospechara. Cuando podían se besaban con una intensidad y pasión que sorprendía a ambos. El sentimiento de hacer algo indebido en ella hizo que tardaran algún tiempo en llegar a la relación física íntima, pero eso llegó también.
Él se sentía cada vez más feliz, pero también deseaba estar más rato con ella y veía que ella cada vez estaba más seria, la culpa la corroía, era incapaz de separarse de su marido a quién, a pesar de sus fallos, aún quería en cierta medida; no se veía capaz de enfrentarse a sus hijos, a su familia y a la del marido y decirles que se separaba.
Finalmente el vaso se colmó y ella no aguantó la presión, decidió terminar aquella relación a pesar de lo mucho que le quería, él recibió la noticia con gran dolor y las palabras de ella se le grabaron en el corazón: “Yo no te puedo querer a ti y debo querer a mi marido”.
Daban a entender claramente el motivo de aquella ruptura, lo amaba, pero no podía romper con su situación actual. Él se quedó hundido, no lo entendía, o más bien no quería entenderlo. Le dolía la pérdida, no se resignaba a ella y quería recuperar ese gran amor, el primero de aquella intensidad en su vida, pero no había vuelta atrás.
Ella se recuperó más rápidamente, en un proceso de racionalización de sus circunstancias llegó a creer que su marido era mejor que lo que ella pensaba, incluso explicaba que actitudes que antes consideraba defectos, ahora las veía como virtudes, era un claro proceso de encontrar un paliativo a aquella ruptura que había provocado por su sentimiento de culpa.
Acabó buscando otro trabajo y aunque se vieron algunas veces, ella le pidió que no se vieran más, adujo que era lo mejor para él, pero claramente se trataba de un intento de alejar una posible tentación de querer volver.
Para él los años pasaron, pero no el recuerdo, pensaba con frecuencia en ella, miraba sus fotos y fantaseaba con un posible reencuentro. Empezó una nueva relación con otra mujer, Teresa, con la que llegó a casarse, pero él seguía pensando en ella. Era como una tragedia griega, no conseguía apartarla de su mente y de sus deseos. A veces cuando hacia el amor con su mujer, estaba pensando que era con la otra con quien estaba.
Había temporadas que estaba mejor, pero en otras se recrudecían los recuerdos, como ahora que por una serie de circunstancias atravesaba un mal momento en su matrimonio.
Eso hacía que, con más intensidad, recordará aquella mujer a quien tanto había querido y que aún quería.
Había ocasiones que se quedaba ensimismado en esos recuerdos y se despistaba de lo que estaba haciendo. Eso le ocurrió un día mientras conducía, había escuchado por la radio una canción que a ambos les había gustado mucho y empezó a recordar a aquellos tiempos y al volante no puedes perder la concentración, por eso no vio el camión que se le venía sobre.
Nada más despertar se dio cuenta de que estaba en un hospital, era una habitación de la UCI y veía, algo borrosamente, aparatos, luces y a algunas personas.
Una de las enfermeras al verle reaccionar le preguntó como se sentía y el intentó decirle que bien, pero aún se encontraba débil y le costaba trabajo articular las palabras. La enfermera le tranquilizó explicándole que estaba muy sedado y era normal su estado. Salió de la habitación para avisar al médico y al momento entró una persona, era una mujer y le costó reconocerla, pues no esperaba su presencia allí.
Era ella, Julia, su gran amor, no su esposa y no entendía que pasaba. Ella le preguntó como estaba y él le respondió preguntándole a su vez que hacía allí. Ella pensó que se refería a su situación y le explicó que había tenido un accidente y había estado en coma casi tres meses y que había ido a visitarle todos los días.
Él seguía sin comprender y solo acertó a preguntarle porqué. Interpretando la pregunta como un posible estado de confusión provocado por el coma, le explicó que porqué era su esposa, él casi pierde el conocimiento. Ella llamó a la enfermera asustada y le explicó la situación, la enfermera llamó al doctor y después de reconocerle le dijo a ella que, a veces, el shock puede provocar reacciones extrañas ante la realidad, incluso pérdida temporal de la memoria.
Cuando se recuperó ella le dijo que no se preocupara que el médico le había explicado lo del shock y le preguntó si es que no recordaba, él no sabía que decir, pero le dijo que no, que no recordaba algunas cosas.
Entonces le explicó que cuando habían tenido aquella aventura, ella se separó del marido y se fueron a vivir juntos. Cuando ella se pudo divorciar, al cabo de un año, se casaron y tuvieron un hijo, llevaban juntos desde entonces y eran muy felices. Ella había sufrido mucho con el accidente y con la posibilidad de perderlo.
Mientras ella hablaba él le escuchaba atónito, no podía creer todo lo que le estaban explicando, era su sueño hecho realidad, pero eso no podía ser, ella había roto la relación, todo era diferente, no podía haber cambiado todo por un accidente. No entendía nada, pero, al mismo tiempo, quería que fuese verdad. Así que no dijo nada, aceptó la historia y pensó que no importaba lo que hubiera pasado, lo importante era que su sueño se había hecho realidad, que tenía a su amor y que había tenido unos años maravillosos y, lo más importante, que podían continuar.
Al cabo de unas semanas le dieron el alta y se fue a vivir su “nueva vida”. Era maravilloso, tenía un piso bonito, normal y un hijo maravilloso, guapo como su madre y muy inteligente para su edad. Queriendo recuperar los años que no la tuvo, no se separaba de ella y hacían el amor en muchas ocasiones, al levantarse, por la noche, a veces incluso por la tarde a la hora de la siesta cuando el niño estaba en el colegio. Se sentía feliz, a veces se preguntaba que había pasado, pero llegó un momento que dejó de hacerlo, pues no importaba el qué, lo importante era el ahora.
La vida continuaba con normalidad, en ocasiones se despertaba por la noche con una especie de sueños que no llegaban a pesadilla, pero que hacían que se despertara sudando. Eran sueños que no podía recordar, solo oía rumores y algunas luces blancas brillantes. Habló con el médico y este le comentó que podían ser recuerdos del tiempo que estuvo en coma o sensaciones de cuando tuvo el accidente, en fin nada importante le dijo y que con el tiempo pasaría.
Pero no pasaban. Había pasado un año y aún tenía esos sueños, aunque a él no le importaban, era feliz, estaba con Julia, la mujer a la que siempre había amado y llevaba la vida que había deseado junto a ella.
Cada vez eran más frecuentes. Empezó a asustarse por su significado y el médico lo envió al psicólogo. Este le dijo lo mismo que el médico, que eran efecto del shock postraumático y entonces él le explicó la historia completa. Hablaron largamente del tema y el psicólogo le dijo que, lo más probable, toda esa historia de otra vida podía haber sido un sueño durante el trauma debido a los sedantes que le suministraban. En ningún momento se planteó la posibilidad, al menos por parte del psicólogo, de alguna experiencia paranormal o similar.
Llegó un momento en que eran casi diarias y más vívidas. Recordaba haber oído palabras o frases cortas sueltas, algún día vio sombras como de personas moviéndose a su alrededor.
Empezó a angustiarse por esas pesadillas, pero por otro lado era feliz, estaba con su amada, la vida transcurría normal y todo marchaba.
Pero una noche la pesadilla fue más angustiosa, no conseguía despertarse, lo intentaba, cada vez veía más claras las luces, se sitió estirado en una cama y veía un techo blanco con unos fluorescentes sobre él. Se iban perfilando cosas a su alrededor: un monitor de constantes vitales, un gancho donde colgaban unas bolsas de suero y una persona de espalda.
La persona se giró y él vio que era una enfermera, había preparado un recambio para el suero y al girarse vio que estaba despierto, le habló “Hola, por fin vuelve con nosotros”, no entendía que pasaba y oyó a la enfermera que salía y le decía a alguien: “Ha salido del coma, avisad al Dr. Hernández y a su esposa que está en la sala de espera, se llama Teresa…”
Dejó de escuchar y solo pudo articular un grito:
“Nooooooooooooooooooooooooooo”.