Memorias de un Corsario.
Ron en boca y alma por mano se adentró en la penumbra. Expectante. Sin intención alguna de hacerse sentir. No había remordimiento alguno, a pesar de percibir la guadaña sobre sus hombros.
No buscaba un premio a su osadía, ni siquiera de aquel que busca tesoros de barro.
Ni siquiera de aquel , que es debilitado por su propia mirada.
Ni siquiera de de aquel que merodea en su propio galeón.
Un silencio espectral sucumbió a la situación. Tan solo se oían sus propias pisadas chapoteando en la arena y la respiración de quien se encamina a lo desconocido.
De repente ocurrió. Sangraba demasiado. Las piernas le fallaron y las hincó en la arena, a modo de quien pide clemencia. El jamás la hubiera pedido.
Estaba exhausto. Intentó proseguir y levantarse de nuevo, pero no pudo. Lo intentó de nuevo pero una ligera brisa le hacia recaer una y otra vez.
Sus piernas ya no eran capaces de aguantar el peso de su ego, el peso del hombre que fue, el peso del hombre que todo el mundo quiso ser.
Las golpeó casi sin fuerzas, intentándolas despertar. No hubo forma de abrirles los ojos.
No recuerdo ya, cuantas veces lo intentó ,a sabiendas de no serviría de nada.
La agonía se enfrentaba a la esperanza. Era la última batalla.
Varios días después, parte de la tripulación encontró su cuerpo.
Nadie dijo nada. El no lo hubiera permitido.
Lo arrastraron hasta la playa y una vez allí lo vistieron con sus mejores ropas. Las mismas con las que iba vestido la primera vez que se embarcaron con él.
Fue enterrado con honor , con hombría, sin hacer mucho ruido, como lo hacia cuando cogía el timón de “Platea”.
No pudo haber sido de otra forma.
No buscaba un premio a su osadía, ni siquiera de aquel que busca tesoros de barro.
Ni siquiera de aquel , que es debilitado por su propia mirada.
Ni siquiera de de aquel que merodea en su propio galeón.
Un silencio espectral sucumbió a la situación. Tan solo se oían sus propias pisadas chapoteando en la arena y la respiración de quien se encamina a lo desconocido.
De repente ocurrió. Sangraba demasiado. Las piernas le fallaron y las hincó en la arena, a modo de quien pide clemencia. El jamás la hubiera pedido.
Estaba exhausto. Intentó proseguir y levantarse de nuevo, pero no pudo. Lo intentó de nuevo pero una ligera brisa le hacia recaer una y otra vez.
Sus piernas ya no eran capaces de aguantar el peso de su ego, el peso del hombre que fue, el peso del hombre que todo el mundo quiso ser.
Las golpeó casi sin fuerzas, intentándolas despertar. No hubo forma de abrirles los ojos.
No recuerdo ya, cuantas veces lo intentó ,a sabiendas de no serviría de nada.
La agonía se enfrentaba a la esperanza. Era la última batalla.
Varios días después, parte de la tripulación encontró su cuerpo.
Nadie dijo nada. El no lo hubiera permitido.
Lo arrastraron hasta la playa y una vez allí lo vistieron con sus mejores ropas. Las mismas con las que iba vestido la primera vez que se embarcaron con él.
Fue enterrado con honor , con hombría, sin hacer mucho ruido, como lo hacia cuando cogía el timón de “Platea”.
No pudo haber sido de otra forma.





