Una pequeña historia V (El columpio)
El camino se le estaba haciendo bastante largo y ya no le quedaban suficientes uñas en las manos para pasar el rato.
Miró la ventana y se dio cuenta de que andábamos cerca. Reconocía ese camino. El viejo la llevaba a el todos los viernes después de comer. Nunca me dijo porqué la llevaba siempre al mismo sitio. Supongo que le evocaría dulces recuerdos de juventud o algo así. Váyanse ustedes a saber.
Lo cierto es que estaba dulcemente embobada. Tenían que haber visto su carita, con la nariz pegada al cristal y con unos ojos propios de quien ve la luz por primera vez.
Yo también estaba expectante. Había pasado demasiado tiempo desde la ultima visita y no se que reacción iba a tener el viejo. Lo cierto es que si fuera por mí no habría vuelto. Todavía me corroía el orgullo de aquel que es herido en fulgor de la batalla, pero a Sophie no le podía hacer participe de ello. No hubiera sido justo. Era demasiado grande el cariño que le tenia al hombre que le enseñó a montar en bicicleta, a quien le dio caramelos a escondidas, a quien le decía que era su favorita. No era quien para arrebatar a nadie nada y menos a ella.
Por fin llegamos. Tras pasar una gran verja, accedimos al estrecho camino que nos separaba de la casa. Ahora el que pego la nariz al cristal fui yo.
Está todo tal y como lo dejé- me dije. Cual si de un ejército se tratara, unas hileras de chopos se alineaban a la derecha e izquierda del vehículo dándonos la bienvenida. Parecía que no había pasado el tiempo.
Ordené parar el coche y sin mediar palabra cogí a Sophie por el brazo y la arrastre conmigo fuera, no sin antes llevarme algún gruñido que otro.
Quería ir andando hasta la casa. No sabía el tiempo que nos íbamos a quedar ni siquiera si el viejo nos iba a recibir, así que por lo menos quería aprovechar el viaje y pasear antes por el jardín. En el tiempo que viví en aquella casa, recuerdo que fuimos la envida de la comarca por la espectacularidad de este.
El viejo se había paseado por toda Europa y se había traído raros especimenes propios de estudio, transplantándolos en el jardín.
Lo cierto es que ni Jean Baptiste Grenouille hubiera conseguido un aroma tan perfecto. Este se mantenía a lo largo del paseo, y hacia de ello un mundo paralelo reservado para los olfatos mas exquisitos.
El ruido de unas risas lejas me hicieron recobrar el sentido. De repente me di cuenta que Sophie no seguía cogida de mi mano. Ciertamente no me sorprendió demasiado. Siempre aprovechaba uno de mis “viajes” para hacer una de las suyas. Indiscutiblemente, había heredado los genes de su padre.
Apresure el paso en dirección a las risas. Tenia que ser ella. Era tarde y el viejo no era muy comprensivo con la impuntualidad.
Decidí acortar entre los huecos dejados por los chopos. Fue una mala idea. Las espinas de lo que me pareció un rosal se engancharon en los pantalones y a punto estuvieron de hacerme un buen rasguño. Me disponía a salir de tal desaguisado cuando oí de nuevo una risa. Pero no era la de Sophie esta vez. Me resultaba familiar. Demasiado familiar me dije. Deje de pensar en los malditos pantalones y salí disparado instintivamente en busca de Sophie. No me pregunten porque pero solo quería salir de allí. Ya volveríamos otro día..
Una vez atravesada la maraña de setos y flores, allí estaba ella , ajena a todo, en el viejo columpio. En el que fue uno de sus rincones favoritos. En el que fue en su día el mío también. Ella no lo había olvidado. Yo tampoco.
Realmente aunque solo se trataba de un simple y oxidado columpio, allí pasé unos maravillosos sábados interminables con Sophie. Era de los pocos ratos que podía pasar con ella a la semana. Supongo que por eso lo hacia tan especial.
Recuerdo que siempre la columpiaba con la promesa de que iba a coger un trozo de cielo para mi. Malditos críos, al final siempre te contagian de sus sueños imposibles.
Aun me pesa el día que salí de aquella casa. Sophie no dejaba de recordarme entre sollozos que todavía no lo había conseguido. Nunca más hablamos de ello pero creo que no me lo perdonara nunca. Supongo que fue el precio que tuve que pagar por salir de allí.
Me disponía a ir a por ella y largarme de allí en cuanto antes, cuando una mano me sujeto con fuerza el antebrazo.
-¿Te vas a ir otra vez sin despedirte?-
Me quede helado…Esa voz….Me volví bruscamente. Era el viejo!
-Contesta! ¿Vienes hasta aquí y no tienes el valor ni de que vea a mi nieta?!!
-Papa..yo…
-Cinco años he esperado pudriéndome en esta casa vacía . Cinco putos años…¿que crees que debería hacer ahora?
-Yo…-balbuceé entre lagrimas.
Creo que le cambio la cara. De hecho desconocía esa cara . ¿Compasión tal vez?
-Lo que deberías de hacer es dejar de llorar como un puto crío y dar un abrazo a tu padre!
Me abalance sobre él y nos fundimos en un abrazo pendiente.
Sophie siguió en su columpio, ajena a todo, intentando coger un trozo de cielo para mi. Esta vez estoy seguro que lo conseguiría.
Miró la ventana y se dio cuenta de que andábamos cerca. Reconocía ese camino. El viejo la llevaba a el todos los viernes después de comer. Nunca me dijo porqué la llevaba siempre al mismo sitio. Supongo que le evocaría dulces recuerdos de juventud o algo así. Váyanse ustedes a saber.
Lo cierto es que estaba dulcemente embobada. Tenían que haber visto su carita, con la nariz pegada al cristal y con unos ojos propios de quien ve la luz por primera vez.
Yo también estaba expectante. Había pasado demasiado tiempo desde la ultima visita y no se que reacción iba a tener el viejo. Lo cierto es que si fuera por mí no habría vuelto. Todavía me corroía el orgullo de aquel que es herido en fulgor de la batalla, pero a Sophie no le podía hacer participe de ello. No hubiera sido justo. Era demasiado grande el cariño que le tenia al hombre que le enseñó a montar en bicicleta, a quien le dio caramelos a escondidas, a quien le decía que era su favorita. No era quien para arrebatar a nadie nada y menos a ella.
Por fin llegamos. Tras pasar una gran verja, accedimos al estrecho camino que nos separaba de la casa. Ahora el que pego la nariz al cristal fui yo.
Está todo tal y como lo dejé- me dije. Cual si de un ejército se tratara, unas hileras de chopos se alineaban a la derecha e izquierda del vehículo dándonos la bienvenida. Parecía que no había pasado el tiempo.
Ordené parar el coche y sin mediar palabra cogí a Sophie por el brazo y la arrastre conmigo fuera, no sin antes llevarme algún gruñido que otro.
Quería ir andando hasta la casa. No sabía el tiempo que nos íbamos a quedar ni siquiera si el viejo nos iba a recibir, así que por lo menos quería aprovechar el viaje y pasear antes por el jardín. En el tiempo que viví en aquella casa, recuerdo que fuimos la envida de la comarca por la espectacularidad de este.
El viejo se había paseado por toda Europa y se había traído raros especimenes propios de estudio, transplantándolos en el jardín.
Lo cierto es que ni Jean Baptiste Grenouille hubiera conseguido un aroma tan perfecto. Este se mantenía a lo largo del paseo, y hacia de ello un mundo paralelo reservado para los olfatos mas exquisitos.
El ruido de unas risas lejas me hicieron recobrar el sentido. De repente me di cuenta que Sophie no seguía cogida de mi mano. Ciertamente no me sorprendió demasiado. Siempre aprovechaba uno de mis “viajes” para hacer una de las suyas. Indiscutiblemente, había heredado los genes de su padre.
Apresure el paso en dirección a las risas. Tenia que ser ella. Era tarde y el viejo no era muy comprensivo con la impuntualidad.
Decidí acortar entre los huecos dejados por los chopos. Fue una mala idea. Las espinas de lo que me pareció un rosal se engancharon en los pantalones y a punto estuvieron de hacerme un buen rasguño. Me disponía a salir de tal desaguisado cuando oí de nuevo una risa. Pero no era la de Sophie esta vez. Me resultaba familiar. Demasiado familiar me dije. Deje de pensar en los malditos pantalones y salí disparado instintivamente en busca de Sophie. No me pregunten porque pero solo quería salir de allí. Ya volveríamos otro día..
Una vez atravesada la maraña de setos y flores, allí estaba ella , ajena a todo, en el viejo columpio. En el que fue uno de sus rincones favoritos. En el que fue en su día el mío también. Ella no lo había olvidado. Yo tampoco.
Realmente aunque solo se trataba de un simple y oxidado columpio, allí pasé unos maravillosos sábados interminables con Sophie. Era de los pocos ratos que podía pasar con ella a la semana. Supongo que por eso lo hacia tan especial.
Recuerdo que siempre la columpiaba con la promesa de que iba a coger un trozo de cielo para mi. Malditos críos, al final siempre te contagian de sus sueños imposibles.
Aun me pesa el día que salí de aquella casa. Sophie no dejaba de recordarme entre sollozos que todavía no lo había conseguido. Nunca más hablamos de ello pero creo que no me lo perdonara nunca. Supongo que fue el precio que tuve que pagar por salir de allí.
Me disponía a ir a por ella y largarme de allí en cuanto antes, cuando una mano me sujeto con fuerza el antebrazo.
-¿Te vas a ir otra vez sin despedirte?-
Me quede helado…Esa voz….Me volví bruscamente. Era el viejo!
-Contesta! ¿Vienes hasta aquí y no tienes el valor ni de que vea a mi nieta?!!
-Papa..yo…
-Cinco años he esperado pudriéndome en esta casa vacía . Cinco putos años…¿que crees que debería hacer ahora?
-Yo…-balbuceé entre lagrimas.
Creo que le cambio la cara. De hecho desconocía esa cara . ¿Compasión tal vez?
-Lo que deberías de hacer es dejar de llorar como un puto crío y dar un abrazo a tu padre!
Me abalance sobre él y nos fundimos en un abrazo pendiente.
Sophie siguió en su columpio, ajena a todo, intentando coger un trozo de cielo para mi. Esta vez estoy seguro que lo conseguiría.
Comentario:
Hola, he estado leyendo tus relatos y la verdad es que me gustan mucho, creo que tienes estilo. También me parece interesante que describas partes de Zaragoza. Y si me permites una sugerencia me gustaría que comentases los libros que últimamente has leído.
N.
N.
Comentario:
Bonita elección de nombre para Sophie... tienes que contratar a la que te sugirió la modificación. Sobre tu talento ya sabes lo que opino. Ójala tuvieras más momentos de inspiración. Besos





