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Soliloquio de una vida vulgar
La primavera es como los turrones, cada año vuelve.
Acerca de
Esta suele ser mi pinta el 20 de enero a eso de las 00:00 horas
Sindicación
 
Fluídos corporales ajenos
Hay situaciones en la vida que a veces se vuelven exasperantes. La verdad es que no llevo unos días demasiado boyantes por culpa de la salud cervical de mi padre, pero bueno, eso es otra historia. La situación exasperante más aguda que me he topado estos días fue en el autobús el otro día. Había un asiento vacío junto a una chica de unos treinta años. Me siento sin mirarla demasiado pero noto la música de sus auriculares. Saca su móvil y se dedica a hurgar en él todo el trayecto. Esto no me importa lo más mínimo, pero es que al cabo de un breve tiempo desde que he llegado, noto como ella va aspirando los mocos de su nariz, hacia arriba, para que no caigan fuera de ella. La sorbida llevaba sustancia, sonaba a lleno. Se pasó los veinte minutos del viaje haciendo malabarismos mocosos aspirándoselos. No soltaba el móvil para buscarse un kleenex, y juro que yo estuve tentada de interrumpirle para darle uno a la marrana. De vez en cuando ella me miraba de reojo, quizá pensase que estaba interesada en lo que carajo estuviera pulsando en su teléfono, pero la verdad es que yo dirigía la cabeza para otro lado del asco que me estaba haciendo sentir. Vamos llegando a la parada y veo que ella guarda su móvil y siento como se limpia los mocos con el dorso de la mano. Se revuelve en su asiento. Me da la impresión de que quizá me pida paso para bajarse con la mano moqueada, así que cojo y me levanto antes de que ella me toque con esas manos mugrientas ya que mi parada es la próxima. Me bajo y me doy cuenta de que ella sigue en el bus, y, joder, ¡ahora!, ahora se ha sacado un kleenex que se lleva a sus mocos. Va escuchando su música. Ella música y yo sus sorbidas de moco líquido.
 
El "blus" del autobús
Anda que una alucina con las cosas que le pasan. Estaba yo en la cola del autobús de línea que te lleva a casa a horas intempestivas un sábado de madrugada después de haber acabado con el alcohol de todos los bares del centro de la ciudad cuando, casualidades de la vida, ese vecino del tercero de toda la vida que creías que no sabía hablar porque de las pocas veces que advertía tu presencia te drigía un gruñido a modo de saludo y las más veces un tosco movimiento de cabeza sin dirigirte la mirada, te reconoce como esa cría del piso de arriba y se le alegran los ojillos de dipsomaníaco (forma cultureta de llamarlo borrachuzo) y al cabo de un rato ves que te está dirigiendo la palabra, eso sí, sin entenderle por su lengua de trapo alcoholizado, y tú, que eres una chica afable y llena de urbanidad (vamos, que en vez de mandarle a practicar la sodomía pasiva vas y le haces algo de caso) le escuchas.

El coleguilla, que aún sigue vistiendo como en sus años mozos pero ya ha dejado de ser un niñato heavy, aunque lleve esa raída chupa vaquera que jamás conoció detergente, esa camiseta gótica y esas greñas en la nuca que no le tapan las entradas, te mira y comienza a babearte dando una grima absoluta diciéndote cosas como: "Joer, como pasan los años. Menuda chavala tan bien plantada en que te has convertido. Hace cuanto que no te veía" (En eso tú piensas, "ah, ¿pero me veías?"). Le sueltas cuatro monosílabos más por lástima que por interés. Pero lo malo es que al entrar al autobús el tío te sigue dando la paliza y se sienta a tu lado. Nada, a aguantarle hasta que se baje en la parada antes que la tuya. El tío sigue con su torpe intento de ligue, y tan torpe, como que te pregunta la edad e intenta repasar tu currículum vitae y tú ya empiezas a mentirle dascaradamente solo por divertirte. Pero lejos de decaer en su afán, al andoba no se le ocurre otra cosa que ponerse a despotricar de su ex-mujer, a ver si por el lado de la pena, el llanto y la amargura consigue algo. A estas alturas, menos mal que llega su parada y se baja, porque ya estás pensando en agarrar el martillo de emergencias y endiñárselo en la boca para que se calle de una vez y deje de dar tanta grima, que solo le falta ofrecer cleenex para enjuagarle no se sabe si las lágrimas o el baboseo.

En fins, que encima de llegar a las tantas con una ingesta de alcohol que deja como niños de teta a los cosacos del Volga y tener que sufrir el ambiente misántropo del autobús nocturno, encima tengo que aguantar al pesado del vecino en plan Don Juan. Meno mal que aunque achispada por los licores de graduación una sigue manteniendo el tipo y clara la percepción del entorno y sabes que afoortunadamente tan bajo no tienes el listón. ¡Ay, esos vecinos! Me voy a comprar una vivienda unifamiliar.