Discutir por internet ¿Placer inconfesable, afición incomprensible?
Es algo complicado autodefinirse. Muchas veces tenemos una visión algo distorsionada de nosotros mismos, pero siempre se puede decir algo sobre lo propio. Aunque soy una persona que huye de las discursiones como un famosete de los paparazzi que no pagan, me entusiasma discutir en foros de internet. Sobre sociedad, política, filosofía o religión. Pero siempre de una manera razonada y educada.
Me enganché verdaderamente a internet cuando conocí el antíguo foro de autonomías de terra. Me pasaba las tardes en el kzgunea discutiendo alegremente y siempre con buen humor. Hasta había un forista que decía que era como mi nick, pero en tío. Así, textualmente. De aquél antíguo foro hasta una vez tuve una kdada en Donostia y conocí en persona a una abogada madrileña con la que había discutido elegantemente hasta despertar admiración por los que deseaban un foro sin insultos, comprobando que se pueden tener ideas contrarias, pero ser impecables. De vez en cuando paso por allá, y muy pocos siguen. Quizá ese pesado cincuentón de un pueblo gironino con sus demonios particulares, de los que yo soy parte, aunque hayamos llegado a entendernos.
También usé en su día el blog otrora de libre acceso de un periódico israelí en castellano, donde conocí a un inquieto sociólogo católico costarricense y a un vehemente geriatra judío uruguayo que primero quiso partirme la cara por ser contraria a la invasión de Irak - y el tío se autodefinía como de izquierda, con lo que se confirma que no hay cosa más facha que ser judío sudamericano- y al saberme mujer intentó ligarme de todas las maneras posibles, pese a estar casado. Hasta se ofreció para darme un hijo mútuo. Fantasma!
Más tarde en esos sabrosos foros de melodysoft, del que ahora solo frecuento el nido de arpías. Encontré uno donde discutía mucho con un supuesto guardia civil destinado en el norte de Navarra y con un votante del PP vitoriano que residía en la vieja Iruña. Con los dos, pese a lo opuesto de nuestras ideas, siempre tuve una relación correctísima.
En mi otro blog, hace poco, recibí un post de un surfista religioso residente en una ciudad fronteriza que conozco bien. Él me invitó a su blog y se alegró de ello, pero ayer, al cabo de una discursión, me sentí, por primera vez en mi vida, expulsada de malas maneras de una discursión. No voy a entrar en las estrategias que tiene cada uno para discutir. Allá cada cual. Pero jamás en mi larga vida de forista intachable me habían llegado a decir cosas como las que ayer escribió el dueño del blog para zanjar la conversación. Me he topado con infinidad de tipos a quienes he leído y a quienes he escrito. Los hay brillantes y sutiles, los hay toscos y torpes, los hay cabezotas y los hay ignorantes. Los hay adoctrinadores y los hay del tipo docente e ilustrador. Los hay de los que creen que te dan vueltas en todo- demasiados, ¡ay!- y los que demuestran no tener demasiadas luces. Pocos problemas tuve con los que se puede conversar, sea de la idea que sean.
Es una pena, pero hay cierta gente con la que es imposible llegar a una conclusión de ideas, aunque no te convenzan las suyas ni a él las tuyas, pero siempre se puede aprender algo de quienes tienes como interlocutores. A menos de que te larguen, claro.
Me enganché verdaderamente a internet cuando conocí el antíguo foro de autonomías de terra. Me pasaba las tardes en el kzgunea discutiendo alegremente y siempre con buen humor. Hasta había un forista que decía que era como mi nick, pero en tío. Así, textualmente. De aquél antíguo foro hasta una vez tuve una kdada en Donostia y conocí en persona a una abogada madrileña con la que había discutido elegantemente hasta despertar admiración por los que deseaban un foro sin insultos, comprobando que se pueden tener ideas contrarias, pero ser impecables. De vez en cuando paso por allá, y muy pocos siguen. Quizá ese pesado cincuentón de un pueblo gironino con sus demonios particulares, de los que yo soy parte, aunque hayamos llegado a entendernos.
También usé en su día el blog otrora de libre acceso de un periódico israelí en castellano, donde conocí a un inquieto sociólogo católico costarricense y a un vehemente geriatra judío uruguayo que primero quiso partirme la cara por ser contraria a la invasión de Irak - y el tío se autodefinía como de izquierda, con lo que se confirma que no hay cosa más facha que ser judío sudamericano- y al saberme mujer intentó ligarme de todas las maneras posibles, pese a estar casado. Hasta se ofreció para darme un hijo mútuo. Fantasma!
Más tarde en esos sabrosos foros de melodysoft, del que ahora solo frecuento el nido de arpías. Encontré uno donde discutía mucho con un supuesto guardia civil destinado en el norte de Navarra y con un votante del PP vitoriano que residía en la vieja Iruña. Con los dos, pese a lo opuesto de nuestras ideas, siempre tuve una relación correctísima.
En mi otro blog, hace poco, recibí un post de un surfista religioso residente en una ciudad fronteriza que conozco bien. Él me invitó a su blog y se alegró de ello, pero ayer, al cabo de una discursión, me sentí, por primera vez en mi vida, expulsada de malas maneras de una discursión. No voy a entrar en las estrategias que tiene cada uno para discutir. Allá cada cual. Pero jamás en mi larga vida de forista intachable me habían llegado a decir cosas como las que ayer escribió el dueño del blog para zanjar la conversación. Me he topado con infinidad de tipos a quienes he leído y a quienes he escrito. Los hay brillantes y sutiles, los hay toscos y torpes, los hay cabezotas y los hay ignorantes. Los hay adoctrinadores y los hay del tipo docente e ilustrador. Los hay de los que creen que te dan vueltas en todo- demasiados, ¡ay!- y los que demuestran no tener demasiadas luces. Pocos problemas tuve con los que se puede conversar, sea de la idea que sean.
Es una pena, pero hay cierta gente con la que es imposible llegar a una conclusión de ideas, aunque no te convenzan las suyas ni a él las tuyas, pero siempre se puede aprender algo de quienes tienes como interlocutores. A menos de que te larguen, claro.





