El "blus" del autobús
Anda que una alucina con las cosas que le pasan. Estaba yo en la cola del autobús de línea que te lleva a casa a horas intempestivas un sábado de madrugada después de haber acabado con el alcohol de todos los bares del centro de la ciudad cuando, casualidades de la vida, ese vecino del tercero de toda la vida que creías que no sabía hablar porque de las pocas veces que advertía tu presencia te drigía un gruñido a modo de saludo y las más veces un tosco movimiento de cabeza sin dirigirte la mirada, te reconoce como esa cría del piso de arriba y se le alegran los ojillos de dipsomaníaco (forma cultureta de llamarlo borrachuzo) y al cabo de un rato ves que te está dirigiendo la palabra, eso sí, sin entenderle por su lengua de trapo alcoholizado, y tú, que eres una chica afable y llena de urbanidad (vamos, que en vez de mandarle a practicar la sodomía pasiva vas y le haces algo de caso) le escuchas.
El coleguilla, que aún sigue vistiendo como en sus años mozos pero ya ha dejado de ser un niñato heavy, aunque lleve esa raída chupa vaquera que jamás conoció detergente, esa camiseta gótica y esas greñas en la nuca que no le tapan las entradas, te mira y comienza a babearte dando una grima absoluta diciéndote cosas como: "Joer, como pasan los años. Menuda chavala tan bien plantada en que te has convertido. Hace cuanto que no te veía" (En eso tú piensas, "ah, ¿pero me veías?"). Le sueltas cuatro monosílabos más por lástima que por interés. Pero lo malo es que al entrar al autobús el tío te sigue dando la paliza y se sienta a tu lado. Nada, a aguantarle hasta que se baje en la parada antes que la tuya. El tío sigue con su torpe intento de ligue, y tan torpe, como que te pregunta la edad e intenta repasar tu currículum vitae y tú ya empiezas a mentirle dascaradamente solo por divertirte. Pero lejos de decaer en su afán, al andoba no se le ocurre otra cosa que ponerse a despotricar de su ex-mujer, a ver si por el lado de la pena, el llanto y la amargura consigue algo. A estas alturas, menos mal que llega su parada y se baja, porque ya estás pensando en agarrar el martillo de emergencias y endiñárselo en la boca para que se calle de una vez y deje de dar tanta grima, que solo le falta ofrecer cleenex para enjuagarle no se sabe si las lágrimas o el baboseo.
En fins, que encima de llegar a las tantas con una ingesta de alcohol que deja como niños de teta a los cosacos del Volga y tener que sufrir el ambiente misántropo del autobús nocturno, encima tengo que aguantar al pesado del vecino en plan Don Juan. Meno mal que aunque achispada por los licores de graduación una sigue manteniendo el tipo y clara la percepción del entorno y sabes que afoortunadamente tan bajo no tienes el listón. ¡Ay, esos vecinos! Me voy a comprar una vivienda unifamiliar.
El coleguilla, que aún sigue vistiendo como en sus años mozos pero ya ha dejado de ser un niñato heavy, aunque lleve esa raída chupa vaquera que jamás conoció detergente, esa camiseta gótica y esas greñas en la nuca que no le tapan las entradas, te mira y comienza a babearte dando una grima absoluta diciéndote cosas como: "Joer, como pasan los años. Menuda chavala tan bien plantada en que te has convertido. Hace cuanto que no te veía" (En eso tú piensas, "ah, ¿pero me veías?"). Le sueltas cuatro monosílabos más por lástima que por interés. Pero lo malo es que al entrar al autobús el tío te sigue dando la paliza y se sienta a tu lado. Nada, a aguantarle hasta que se baje en la parada antes que la tuya. El tío sigue con su torpe intento de ligue, y tan torpe, como que te pregunta la edad e intenta repasar tu currículum vitae y tú ya empiezas a mentirle dascaradamente solo por divertirte. Pero lejos de decaer en su afán, al andoba no se le ocurre otra cosa que ponerse a despotricar de su ex-mujer, a ver si por el lado de la pena, el llanto y la amargura consigue algo. A estas alturas, menos mal que llega su parada y se baja, porque ya estás pensando en agarrar el martillo de emergencias y endiñárselo en la boca para que se calle de una vez y deje de dar tanta grima, que solo le falta ofrecer cleenex para enjuagarle no se sabe si las lágrimas o el baboseo.
En fins, que encima de llegar a las tantas con una ingesta de alcohol que deja como niños de teta a los cosacos del Volga y tener que sufrir el ambiente misántropo del autobús nocturno, encima tengo que aguantar al pesado del vecino en plan Don Juan. Meno mal que aunque achispada por los licores de graduación una sigue manteniendo el tipo y clara la percepción del entorno y sabes que afoortunadamente tan bajo no tienes el listón. ¡Ay, esos vecinos! Me voy a comprar una vivienda unifamiliar.





