Bodorrio again. La venganza
Otra vez tuve boda este sábado pasado. Gran día, víspera de San Juan. Se casaba mi prima pequeña del pueblo, con lo cual, para ello, debía llevar coche, lo que se traduce en no puedes beber demasiado. Llego al pueblo y me doy una vuelta. Me encuentro con gente de la peña de sanfermines preguntándome a ver si pienso aparecer en dos semanas para la comida - y la bebida, sobre todo- de hermandad. Me encontré con el ex-alcalde que se acaba de quedar en el paro en la cafetería de su costilla.
Casualidades además, había dos bodas el mismo día, y había familiares que tenían que llevar una jornada esquizofrénica de "voy a una ceremonia, como en la otra y vuelvo a tomar café a la primera". lo puñetero del pueblo es que hay que subir una larga cuesta hasta la iglesia, y la cuesta tiene un precioso empedrado que hace acordarse a todas las que llevan tacones finos de la madre amantísima que dio a luz al ingeniero de caminos. Sí que estaba nervioso el novio, porque de normal es un poco pelma, pero esta vez casi ni hablaba. Yo iba en representación de mi núcleo familiar, porque mis hermanos como que pasan bastante por diversos motivos. Luego, además estaban las tías de la novia. La que vive en San Francisco, California, la que vive en el pueblo y la que vive en París. Y un par de familiares de la rama yankee a las que siempre desubico. Bueno, bastante desubicadas andaban las pobres.
Ya sé que siempre hablo de comida, pero es que ya nadie pone croquetas en las bodas. Verduras fritas en tempura, que estaba muy bien con, crema de lentejas. Joder, crema de lentejas. Y salmón el Bidasoa, que para eso estábamos an su orilla. La verdad es que fue una comida muy tranquila y me reí mucho con las primas de las primas que no son mis primas y con el novio bilbaíno de Egu. El baile iba a tener lugar en el jardín del restaurante. Conjunto con guitarrista ciego y solista con hechuras de dedicarse al oficio más antiguo del mundo, que, por cierto, como guía de invidentes mejor que no se gane la vida, porque por poco el pobre cieguito se come una puerta y estuvo a un pellizco de tropezarse con el escalón de la puerta.
Para empezar, el vals del nuevo matrimonio y los padrinos. La madre de él y el hermano de ella. Por cierto que el padrino, mi primo el teleco, tiene una desgana bailando que asusta. Al contrario que su retoño, que era el rey de la pista a sus dos añitos. Ahí en medio sin inmutarse. El bilbaíno estaba alucinado con la cantidad de canciones agarradas que se tocaban. Le dije que en los pueblos aún era así: el vals, un pasodoble, la ranchera desenfadada y a continuación baile popular. Y efectivamente, lo siguiente fue fandango y arin-arin. No falla. Después de esto, se abre la veda de las pachangadas. Como era día largo, sin oscuridad hasta bien dadas las diez de la noche, terminamos de poteo de vuelta en el pueblo, y yo, antes de que me diera por caer en la tentación alcohólica, agarré el coche de vuelta.
Por favor, queridos primos. No os caséis más, os lo ruego.
Casualidades además, había dos bodas el mismo día, y había familiares que tenían que llevar una jornada esquizofrénica de "voy a una ceremonia, como en la otra y vuelvo a tomar café a la primera". lo puñetero del pueblo es que hay que subir una larga cuesta hasta la iglesia, y la cuesta tiene un precioso empedrado que hace acordarse a todas las que llevan tacones finos de la madre amantísima que dio a luz al ingeniero de caminos. Sí que estaba nervioso el novio, porque de normal es un poco pelma, pero esta vez casi ni hablaba. Yo iba en representación de mi núcleo familiar, porque mis hermanos como que pasan bastante por diversos motivos. Luego, además estaban las tías de la novia. La que vive en San Francisco, California, la que vive en el pueblo y la que vive en París. Y un par de familiares de la rama yankee a las que siempre desubico. Bueno, bastante desubicadas andaban las pobres.
Ya sé que siempre hablo de comida, pero es que ya nadie pone croquetas en las bodas. Verduras fritas en tempura, que estaba muy bien con, crema de lentejas. Joder, crema de lentejas. Y salmón el Bidasoa, que para eso estábamos an su orilla. La verdad es que fue una comida muy tranquila y me reí mucho con las primas de las primas que no son mis primas y con el novio bilbaíno de Egu. El baile iba a tener lugar en el jardín del restaurante. Conjunto con guitarrista ciego y solista con hechuras de dedicarse al oficio más antiguo del mundo, que, por cierto, como guía de invidentes mejor que no se gane la vida, porque por poco el pobre cieguito se come una puerta y estuvo a un pellizco de tropezarse con el escalón de la puerta.
Para empezar, el vals del nuevo matrimonio y los padrinos. La madre de él y el hermano de ella. Por cierto que el padrino, mi primo el teleco, tiene una desgana bailando que asusta. Al contrario que su retoño, que era el rey de la pista a sus dos añitos. Ahí en medio sin inmutarse. El bilbaíno estaba alucinado con la cantidad de canciones agarradas que se tocaban. Le dije que en los pueblos aún era así: el vals, un pasodoble, la ranchera desenfadada y a continuación baile popular. Y efectivamente, lo siguiente fue fandango y arin-arin. No falla. Después de esto, se abre la veda de las pachangadas. Como era día largo, sin oscuridad hasta bien dadas las diez de la noche, terminamos de poteo de vuelta en el pueblo, y yo, antes de que me diera por caer en la tentación alcohólica, agarré el coche de vuelta.
Por favor, queridos primos. No os caséis más, os lo ruego.





